EL VENDEDOR DE ENCICLOPEDIAS.

Lo que m�s me gusta de The Clash, son las guitarras. Son ruidosas pero no demasiado. Est�n en el punto ideal: una distorsi�n que tiene el sabor negro del blues y el rock and roll de los cincuenta y la agresividad y violencia callejeras del punk de los setenta que saltan por todos lados. Como un disco de mierda que se desintegra sobre una cara perpleja y las paredes de una habitaci�n cualquiera, al contacto con un ventilador de mesa sin rejilla cuyas aspas giran a la m�xima velocidad. Por otro lado est�n las letras. Son directas, claras y saben a navajazo cuando salen de la boca rabiosa de Joe Strummer que grita “el poder est� en las manos de la gente lo suficientemente rica como para comprarlo”, al tiempo que pareciera destrozar su guitarra y despedazar a cada uno de los asistentes con su mirada estr�bica y convulsa.

En eso pensaba al o�r “White Riot”, el tema m�s controvertido de su primer disco, y le�a el folleto incluido en la caja de tres cds que me hab�an prestado y que sonaba a todo volumen en mis aud�fonos. Las fotos eran alucinantes. Era incre�ble la diferencia entre la posici�n que ellos asum�an frente a la m�sica y la de quien iba a ser mi profesora, dos o tres canciones m�s adelante. Ella, conservadora y convencional. Educada en la m�sica a la vieja usanza y con ciertas man�as medio europeas de televisi�n, medio criollas de calentado de domingo por la ma�ana que le daban cierto aire caricaturesco. Ellos, en los ant�podas, glorificando el hecho de desayunar con cerveza despu�s de meses y meses de giras de conciertos y alabando con esa inocencia de la distancia a los grupos guerrilleros centroamericanos de ese entonces a los que reivindicaban en sus fotos, imitaban en su vestimenta y vislumbraban como h�roes rom�nticos en sus canciones.

La calle reverberaba con ese calor que sabe hacer en Medell�n, a eso de las once de ciertas ma�anas de semana en las que uno s�lo quisiera una piscina o estar de vacaciones en el Caribe, en la mano un coctel de colores con una rodaja de pi�a y una cereza ensartadas en una sombrillita al borde de la copa, con una buena banda de reggae al lado y ning�n tipo de preocupaci�n en la cabeza. Pero hay que meterse a caminar por el centro.

En un momento cualquiera, sin una raz�n aparente, levant� la cabeza y abandon� a los punkeros londinenses s�lo por un instante. En la esquina, sobre C�rdoba, dobl� un muchacho abandonando La Playa. Iba sobre el and�n contrario en direcci�n opuesta a la m�a lo que hac�a previsible un eventual encuentro que a ninguno interesar�a en absoluto pues no �ramos del tipo que el otro determina en la calle en una situaci�n normal. �l vest�a pantal�n, saco y corbata, pero no se ve�a elegante. Con el malet�n tipo portafolios que llevaba en su mano izquierda parec�a m�s bien un vendedor de enciclopedias o un visitador m�dico. No hab�a nada en su apariencia que lo hiciera sobresalir, pero a�n as� detuve mi mirada sobre �l. Fue algo curioso pues la m�sica le daba cierto aire cinematogr�fico a la situaci�n, parec�a de repente la banda sonora de lo que estaba sucediendo. S�lo faltaba que el fulano empezara a caminar en c�mara lenta y con ese tufillo arrogante de los protagonistas de las pel�culas gringas de detectives que se mueven cadenciosamente al son de un funk.

El segundo muchacho lleg� una fracci�n de segundo despu�s. Siempre he cre�do que �l s� entr� a cuadro en c�mara lenta. Tambi�n era uno de esos seres an�nimos que parecieran vertidos de un molde del que han sacado miles de zutanos, menganos y perenganos. Como cuando el chofer del bus tiene la misma camisa que vos y te produce la sensaci�n de que las empezaron a vender y fuiste el �ltimo en enterarte. Iba vestido de jeans, probablemente blancos, y chaqueta, tal vez, verde militar. La escena parec�a haberse detenido, era como si hubieran amarrado un extremo de ese momento a un palo y halaran el otro y estiraran y estiraran sin moverlo de su sitio, como si fuera el�stico. La mano del segundo se mueve segura y �gil, pasa desde el lado de su muslo derecho hasta la altura del hombro describiendo un �ngulo de poco m�s de noventa grados. Es ah� cuando veo el rev�lver negro de no s� que calibre que brilla orgulloso bajo ese sol pesado y amodorrador y siento dos fogonazos que se descargan sobre la cabeza del vendedor de enciclopedias, a la altura de la cien, seguidos, sin darle tiempo a sus rodillas de perder la fuerza entre uno y otro, a quemarropa, a poco menos de un metro de distancia. Ah� estaba yo, el �nico espectador de semejante pieza teatral, observando lo que esos dos actores parec�an representar para m� y s�lo para m�. El contexto parec�a haber desaparecido. Ya no hab�a carros, no hab�a m�s gente, no hab�a calle, calor, reverberaci�n del aire. S�lo dos seres an�nimos, el uno detr�s del otro que se desgonzaba como si fuera uno de esos globos cil�ndricos que ponen con publicidad al lado de una tarima y que tienen que estar llenando de aire a chorros para mantenerlos erguidos, se mueven como danzando entre chorro y chorro de aire, pero �ste estaba roto y ya no se levantar�a m�s. Cay� pesadamente sobre una camioneta que hab�a parqueada a su lado y empez� desangrarse sobre el borde del and�n hacia el declive del desag�e a la orilla de la calle. Era un hilo que avanzaba parsimonioso hasta una alcantarilla.

Me parec�a estar viendo alguna rata agazapada en esa alcantarilla y recibiendo dichosa ese chorro de n�ctar rojo oscuro, tibio y sabroso que alg�n dios generoso parec�a enviarle desde el cielo sobre su golosa cara. El verdugo simplemente camin� deshaciendo sus pasos sobre C�rdoba, volviendo a La Playa y bajando por �sta en direcci�n a la Avenida Oriental. Ese tel�n l�gubre que deber�a haber ca�do para terminar aquella representaci�n nunca lo hizo.

No pod�a evitar sentir cierta complicidad, no con uno u otro de los actores, sino con la situaci�n como tal o con el director, tras bambalinas, que parec�an haberme escogido por alg�n aciago y misterioso motivo. Hab�a descendido de ese mundo de chaquetas de cuero, botas, crestas de colores y miradas rabiosas directamente sobre la primera fila de ese teatro en el que estaba solo. Eso era lo m�s claro: la soledad. Nadie m�s pod�a acompa�arme en mi perplejidad y desconcierto. Nadie pod�a ayudarme a cargar el fardo de esa escena que pesaba y pesaba. La m�sica en los aud�fonos hab�a pasado a un segundo plano. Todo mi entorno me hab�a abandonado y me hab�a dejado solo, frente a ese cad�ver al que, poco a poco, a medida que perd�a la sangre y la temperatura bajaba, se iban los �ltimos signos de la vida que hasta esa ma�ana, mientras desayunaba en casa, hubiera podido parecerle eterna.

La muerte hiela la sangre cuando mira a los ojos. Parece jugar conmigo cuando viene as�, como un hurac�n violento que me golpea a mi pesar. Recuerdo una pel�cula: Highlander. Sus protagonistas eran unos inmortales que deb�an ir decapit�ndose el uno al otro, la �nica manera de matarse, y rob�ndose la energ�a vital  hasta que no hubiera sino uno, el �ltimo, el m�s fuerte, el �nico. Cuando mataban a alguno aparec�a una r�faga de viento que alimentaba al asesino pero que a m� me pesaba y me dejaba sin fuerzas. Como desnudo e indefenso frente a su infinita majestad.

-  �Que susto!, �no?

La muchacha de la papeler�a me sac� de mi sopor. No dije nada. No hab�a nada que decir. Siempre me quedo sin palabras frente a la muerte. Por eso odio los funerales. Por ese primer momento, cuando ves a la cara al doliente y deb�s decir algo, pero, �qu�?. Se cerr� el par�ntesis y volvi� el tapiz de fondo: los carros, la gente, el calor, la reverberaci�n del aire. Al frente m�o estaba el edificio de Bellas Artes y una se�ora con �nfulas de europea me esperaba para clase. The Clash no volvi�, se qued� all�, al fondo, detr�s del caos de emociones, ideas, im�genes y sensaciones que daba vueltas en mi cabeza, aturdi�ndome y sin atender a mis pies que dec�an que no hab�a m�s que hacer sino apagar la m�sica y seguir caminando, como si nada hubiera pasado, devolviendo al vendedor de enciclopedias y a su verdugo a ese mundo de sombras an�nimas que pueblan las calles de Medell�n, agazapadas a la vuelta de cualquier esquina, esperando a alg�n transe�nte distra�do para volver a representar su obra y, eventualmente, bajo el peso de alguna bala perdida arrastrarlo a ese mundo oscuro que est� ah� aunque las noticias de Caracol y RCN  no puedan o no quieran registrarlo detr�s de las caras alegres, a la moda y huecas de sus bellas presentadoras.

 “DON VITO”.


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