Ojos Verdes
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Argumento: Ana no tiene muchos amigos, pero pronto conocerá a un grupo nuevo al que acabará temiendo. Con la yema de sus dedos cerró los párpados de su ahora difunta madre, que aún yacía caliente en el mismo suelo en el que había caído al recibir el martillazo. Había planeado esto desde hacía varias semanas, pensando en el veneno, en la electricidad, en la asfixia… todo ello tratando de tejer un elaborado plan para evitar posteriormente los problemas con la ley. Al final simplemente había improvisado. Pero las cosas no son como parecen, en ningún momento Ana –o ‘Lady Anne’ como era conocida entre sus grupos sociales de internet- había odiado a esa trabajadora mujer a la que llamaba madre, la que había trabajado horas extra para darle de comer, le había enseñado a andar, y había llorado en la oscuridad recordando cómo había sido abandonada por su marido. Hace unos meses, mientras vagaba por internet para olvidar al menos durante una noche que no tenía amigos y su vida no tenía mucho sentido en esos momentos, descubrió una extraña comunidad. Gente que se creía vampiro y afirmaba salir solo por las noches por temor al sol, gente que se excitaba con el simple hecho de ver sangre saliendo de su brazo mientras su vista se volvía borrosa, algunos sentían un inmenso placer con el ruidito de los huesos de sus propios dedos al romperse, y otros a los que le gustaba causar dolor físico a los que le rodeaban y buscaban cualquier excusa para hacerlo. Allí conoció a Miguel. Miguel no era como todos esos enfermos fanáticos de la sangre y del dolor, él la entendía muy bien, comprendía la soledad que sentía y la vida sin sentido que creía vivir. La intención de ese chico nunca fue la de automutilarse, sentía cierto placer por la sangre pero sobre todo buscaba amigos –al igual que Ana- y en aquella comunidad había encontrado una excéntrica segunda familia. Conectados a la red pasaron meses y meses hablando, conociéndose mejor a ellos y al resto. La mayoría se sentía aceptado en esa nueva familia porque no los trataban de locos o de enfermos, el resto simplemente se divertían con sus nuevos amigos sin llegar nunca a ofenderlos. La única norma no escrita era la del silencio, por lo demás se podía hablar de cualquier tema que en cualquier otro sitio rozaría la ilegalidad o heriría la sensibilidad de aquellos que pudieran escucharlos. Tras los primeros meses Ana ya tenía cinco hermanos íntimos a los que esperaba con ansia hasta que se conectaban, siempre a la misma hora y sin faltar un solo día, para poder preguntarles que tal el día como una hermana mayor preguntaría a sus hermanos pequeños que tal les ha ido el colegio. Miguel por supuesto era su favorito puesto que había sido el primero en aparecer en su vida, no tenía ningún fanatismo en especial -quizás un poco de placer por el cine Gore- pero todo aquello que le faltaba, le sobraba al que todos conocían como ‘Caos’ el cual llegaba hasta a masturbarse con la sangre brotando de sus brazos o cuello y coleccionaba las cicatrices como trofeos. ‘Señor de las Tinieblas’ por su parte era una persona simpática pero muy tímida y poco habladora que solo se sentía cómodo en los lugares oscuros, su lugar favorito era su cuarto completamente a oscuras a todas horas del día excepto por el reflejo de la luz del monitor en su cara. Por último ‘Día’ y ‘Noche’ eran dos hermanas gemelas que siempre trataban de vestir igual y tener aspectos completamente idénticos para poder afirmar que las dos eran una y que la una solo podía disfrutar agrediendo a la otra ya que, para ellas, el dolor y el placer era lo mismo, simplemente había que saber disfrutarlo en cada una de sus formas. Por ello era habitual verlas cubiertas de heridas y moratones en partes no visibles de su cuerpo. Poco a poco esas extrañas filosofías acerca de la vida, la muerte, el placer, el dolor y sobretodo la sangre, comenzaron a calar en ‘Lady Anne’. No pretendía rozar los límites de sus hermanos y hermanas, pero comenzaba a verle sentido a esa pequeña religión oculta, por lo que no dudó en decir que sí cuando le propusieron quedar físicamente para continuar el debate sobre sus ideas. El ‘Señor de las Tinieblas’ no estuvo muy de acuerdo con la idea de tener que salir de casa, pero los demás le apreciaban lo suficiente como para aceptar sus condiciones de quedar en un lugar apartado de las miradas, con poca luz y una vez estuviese bien entrada la noche. El reloj de la plaza anunciaba las doce cuando ‘Lady Anne’ atravesaba a paso rápido la distancia que la separaba de un pequeño rincón en un parque cercano. Ese rinconcito era famoso por la intimidad que profesaba a las parejitas inexpertas fuesen a vivir sus primeras experiencias en las cálidas noches de verano. Pero era bien entrado el invierno y no había absolutamente nadie en la zona. En el oscuro banco debajo del árbol ya había alguien, al acercarse más vislumbró una figura masculina de pelo largo que le caía sobre los hombros en negros bucles brillantes. Sentado en el banco jugueteaba con sus dedos y echaba rápidos vistazos a su alrededor como si esperase a alguien. La vio y se puso en pie. Al ver su cara, Ana sintió una pequeña punzada de temor pues una cicatriz reciente perfilaba la mejilla del chico simulando el camino recorrido por las lágrimas al resbalar por la cara. Con una reverencia exagerada, él agarró su mano y la besó suavemente dedicándole una sonrisa que la tranquilizó y que no dudó en devolverle. - Lady Anne, es un placer el conoceros. Estoy a vuestro servicio. Ya no dudaba en que aquel joven de aspecto terrorífico debía ser ‘Caos’ y que no había nada de maldad en él -al fin y al cabo solo era uno de sus hermanos a los que adoraba- por lo que entabló enseguida una animada conversación y se sintió tan unida como siempre a él. Mientras dialogaban sobre asuntos cotidianos sin importancia, Ana desvió su mirada a algún punto situado sobre el hombro de ‘Caos’ y vio que algo se movía muy cerca de ellos, hasta que ese algo les saludó. - Es un placer conoceros tal y como mi mente os había imaginado. Un chico joven con el pelo negro, corto y revuelto apareció entre las sombras y clavó sus verdes y hechizantes ojos en la pareja. Ladeó la cabeza sensiblemente como una rata frente a un laberinto incomprensible para ella esperando respuesta mientras los analizaba. En ningún momento hizo ademán de establecer cualquier contacto físico con sus compañeros pero el saludo que estos le dieron le pareció muy satisfactorio y mostró una simpática sonrisa casi infantil mientras jugueteaba tímidamente con sus manos. Casi al instante se acercaron dos chicas idénticas cogidas de la mano, con sendos vestidos largos y elegantes de colores morado y negro en perfecta armonía con sus largos cabellos del mismo color. Ambas saludaron al mismo tiempo con las manos que tenían libres y se dejaron seducir por los encantos del siempre educado ‘Caos’. Sin apenas moverse del lugar durante horas, charlaron de todos los temas que siempre solían tocar en la red pero con más intensidad que nunca: contaban pequeñas anécdotas cargadas de violencia o comentaban orgullosos hasta donde había llegado cada uno dentro de su fanatismo. La excitación en el ambiente era cada vez más palpable, ‘Caos’ gesticulaba cada vez más con las manos y brazos dejando entrever en las mangas de su abrigo un gran número de cicatrices, las gemelas reían a carcajadas cuando alguien narraba una escena de extrema violencia, y la propia Ana sentía un ligero cosquilleo en su cuerpo al escuchar pequeñas torturas que las gemelas procuraban a los animales callejeros que se cruzaban en su camino. ‘Lady Anne’ se sentía un poco decepcionada porque Miguel no había aparecido, pero cada vez se sentía más conectada a sus nuevos amigos. Ellos le habían enseñado a pensar en lo impensable, en no huir del miedo y a no sentir náuseas de lo que la mayoría de la gente sentiría, le habían enseñado a ocultar sus sentimientos desagradables y eso le hacía sentir más poderosa, ahora quería dar un paso más y pasar de la teoría a la práctica. Quería sentir el placer de recibir dolor, o el cosquilleo cálido producido por la sangre al resbalar por su cuerpo, quería no tener que depender de la luz y experimentar esas sensaciones casi orgásmicas que sus hermanos y hermanas le habían asegurado experimentar. Quería ser una de ellos. Aún con cierto temor, consiguió expresar esos sentimientos a todos los que estaban allí presentes. El primero en reaccionar fue ‘Caos’, quien se acercó despacio a ella sin decir palabra y le besó la mejilla con suavidad. Unió su cara a la de ella dejando que sintiese el áspero contacto con su cicatriz y le acarició suavemente el cuello con los dedos de su mano izquierda, bajando delicadamente hasta cogerle de la mano. Con su mano derecha comenzó a subir la manga del brazo bien sujeto y sacó del bolsillo una pequeña navaja plateada y decorada con complicados dibujos en oro. Durante un momento Ana se asustó y comenzó a sudar temerosa, pero seguiría adelante. Echó una ojeada a ‘Señor de Las Tinieblas’ que continuaba al margen de todo, observando casi como una gárgola sin vida, y pudo apreciar que se relamía ante lo que iba a ocurrir. Ocurrió mientras ella estaba distraída. Sintió un profundo escozor extenderse con rapidez a lo largo de su brazo y vio brotar la sangre con fluidez, trató de liberar su brazo en un acto reflejo pero estaba muy bien sujeto. Se sentía asustada y dolorida, no era como lo había esperado y quería alejarse todo lo posible de allí, pero el chico de los bucles negros como la noche se acercó a su rostro con tanta suavidad como firmeza usaba para sujetarla. - Siéntelo _ le susurró al oído provocando una extraña reacción en Ana que la dejó paralizada. Esa voz resonó por su cabeza y recorrió todo su cuerpo cubriéndolo de una tranquilidad nunca antes experimentada. Se concentró en su propio brazo y en el escozor que le producía y lo sintió. Una manta de calidez cubría todo su brazo. Estaba empapado de sangre, pero ella lo sintió como si estuviese completamente seco y extendido ante el sol del verano, sus preocupaciones se alejaron, durante un momento sintió que yacía en su propia y mullida cama descansando después de un largo día de trabajo oliendo el suavizante de las sábanas como ráfagas de aire en su cara. Abrió los ojos de nuevo para encontrarse con dos brillantes esmeraldas que la observaban tan profundamente como podían como absorbiendo el conocimiento que los envolvían. Era el ‘Señor de las Tinieblas’ que había abandonado su pequeño refugio bajo el árbol y se había acercado a ella para mirarla de cerca. ¿Dónde se había metido ‘Caos’? Una húmeda lengua recorriendo su brazo respondió a su pregunta, giró la cabeza en su busca y comprobó que realmente era él, disfrutando con cada gota de su sangre como si fuera la última. Fue entonces cuando se dio cuenta de que le faltaba el aire y se sentía un poco mareada. Una de las gemelas la tenía sujeta fuertemente por el cuello y la otra le sujetaba las piernas con tanta fuerza, que notaba que los tobillos le dolían.
En ese estado de estupor en el que se encontraba entre el dolor, el placer y la inconsciencia vio a alguien más que antes no
estaba y que contemplaba la escena horrorizado. Debía de ser Miguel. De esa noche poco más pudo recordar.
Abrió los ojos y vio a su madre entre los brillantes rayos de sol que entraban por la ventana abierta de su dormitorio. Rápidamente la preocupada mujer se abalanzó sobre su hija y la cubrió de besos entre lágrimas. Miguel esperaba junto a la puerta evitando mirarla a los ojos y aguardando con paciencia. - Hija mía que preocupada he estado por ti, tu amigo te ha traído chorreando sangre y realmente me preocupé muchísimo cuando vi que dormías y no podías escucharme. ¿Cómo ocurrió el accidente de moto? Deberías haberme hecho caso y no salir a esas horas de la noche. ¿Por qué nunca me haces caso? Enmudecida dejó que su madre continuase hablando y abrazándola hasta que estuvo lo suficientemente tranquila como para alejarse de su hija e ir a prepararle algo de comer a la cocina. Era el momento de Miguel. Horas antes de que la cita de la noche tuviese lugar, Miguel había estado como siempre vagando en la red y en su querida comunidad de ‘bichos raros’ como él la llamaba cariñosamente. Esa misma tarde conoció a alguien nuevo en la comunidad, alguien que parecía realmente desquiciado y al que poca gente le prestaba alguna atención. Se hacía llamar ‘Quimera’ y predicaba sin descontrol que toda esa comunidad era una comunidad de locos, todos acabarían mal y debían abrir los ojos. El propio Miguel hizo caso omiso a sus plegarias pues de vez en cuando aparecía una persona que los trataba de enfermos y no era capaz de comprender esa forma de vida distinta. Hasta que leyó el nombre de ‘Señor de las Tinieblas’. Solo los que realmente estaban metidos en ese mundillo conocían ese nombre, y era prácticamente imposible que cualquiera lo hubiese ido publicando fuera de los que eran como él. Comenzó una conversación privada con ‘Quimera’ interesado por el motivo que le había llevado a entrar allí y obtuvo unas respuestas terroríficas. La soledad y la poca aceptación de la persona conocida como ‘Señor de las Tinieblas’ y de su horrible enfermedad de intolerancia a los rayos del sol lo habían confinado a la locura, con a penas dieciséis años de edad empezó a comportarse de forma extraña, supo aprovechar bien el temor que causaban sus profundos ojos verdes en contraste con su pálida piel por la falta de bronceado y aprendió a manipular a la gente a placer comenzando con sus padres que comenzaron a evitar la mirada directa con él por temor. Ese pobre chiquillo tan solo había encontrado amigos en internet, pero pronto había descubierto que le divertía más causar miedo y manipularlos, por lo que creó su propia comunidad en la que incitaba a la gente a comportarse como él lo deseaba. Ya ni siquiera necesitaba sus ojos pues solo utilizaba la psicología aprendida con ellos. Finalmente había cruzado la línea de la cordura empezando a asesinar a gente. Naturalmente no se manchaba las manos de sangre ya que siempre lo hacía mediante otros de forma que en ningún momento sospechasen de él. Siempre estaba en todos los planes y todas las escenas pero conseguía ocultarse en las sombras pasando desapercibido.
- ¿Cómo puedo confiar en que realmente me dices la verdad?_ Le había dicho Miguel. Ana apenas podía creer que todo eso fuese verdad, pero todo cuadraba. El por qué ese extraño chico de ojos verdes permanecía al margen, por qué todos le incitaban… Miguel había llegado tarde esa noche porque había intentado ponerse en contacto con todos los del grupo para prevenirlos, pero al no conseguirlo había salido corriendo hacia allí para evitar que los hipnotizase con sus ojos y sus palabras. Aquella noche Ana apenas durmió, y cuando lo consiguió tuvo horribles pesadillas con el chico de ojos verdes. El resto de noches no fue muy diferentes. Se despertaba sudorosa y se apretaba la venda de su brazo como lamentándose de lo tonta que había sido. Miguel le hacía frecuentes visitas y le ponía al día de lo que la policía le contaba. Se habían hecho con el chico de alias ‘Señor de las Tinieblas’ que en realidad se llamaba Raúl, y habían comprobado todas las pruebas interrogando a gran parte de la gente metida en esa comunidad. Al parecer estaba realmente loco, trataba de usar sus encantos de forma desesperada con la propia policía – que afortunadamente ya había sido alertada – en un intento de librarse de su castigo, volviéndose cada vez más violento debido a la frustración de no conseguirlo. Llegó el día en que Ana fue acompañada de Miguel y de su madre al hospital para que le fuese retirada la venda y comprobar que la herida sanaba adecuadamente. - Te quedará una buena cicatriz _ le dijo el médico al retirarle la venda. Al salir, Ana vio en la sala de espera a dos chicas que llamaron su atención y paró en seco para mirarlas. Dos gemelas con el pelo negro y mechas moradas. Una de las dos tenía un ojo morado e hinchado, con un líquido blanquecino brillando en el párpado y limpiándose con una servilleta. La otra cruzó la mirada con Ana reconociéndola de inmediato, pero en lugar de decirle nada, volvió a mirar a su hermana y pasaron por su lado sin comentar nada. Ni Ana ni Miguel sabrían nunca si no dijeron nada por vergüenza o si esa comunidad que fue desmantelada por la policía en la red continuaba sus andanzas en secreto con ella la norma no escrita de guardar silencio de todo lo que ocurriese en ella. Después de eso pocas cosas mejoraron. Las pesadillas continuaban haciendo despertar a Ana de mal humor, volviéndose cada día más arisca con su madre y con Miguel. Los ojos verdes le perseguían en sus sueños pese a que su dueño estaría ahora ingresado en un sanatorio mental. Pronto empezó a ver esos ojos estando también despierta, los veía en la gente que se cruzaba con ella en la calle, los sentía al acecho incluso estando sola, los miraba fijamente al cerrar los ojos aunque solo fuese unos segundos. Su madre comenzó a mirarla también con esos ojos, incluso Miguel lo hacía. Nunca se lo dijo a nadie por miedo a que Raúl acechase en las sombras y lo escuchase todo, pudiendo vengarse de ella. Acabaría con esos ojos por sus propios medios, los ahogaría o envenenaría, los acuchillaría hasta que desapareciesen. Salió de su cuarto sudando nerviosa, notaba que le seguían mirando, la perseguían por el oscuro pasillo de su casa y chocaron contra ella. Inmediatamente se sobresaltó, agarró lo primero que encontró a mano y comenzó a golpear con todas sus fuerzas sin mirar adonde para acabar con esos ojos malditos que ahora eran cuatro… seis… Cuando volvió en sí vio a su propia madre tirada en el suelo con una masa gris saliéndole del cráneo y una expresión de horror desconcertante en el rostro. Solo pudo llamar a Miguel y dejarse llevar. En el tanatorio yacía su madre con sus mejores galas, aunque apenas podía verla por tener la mirada empañada por las lágrimas. Miguel la cogía de la mano pero no había nadie más allí, ya que nunca tuvo más familia que su madre y las dos carecían de amigos verdaderos. Después de verla se dirigieron a las escaleras para bajar al piso inferior y salir a la calle. Pero antes de salir, en el primer piso, vio a un chico joven de pelo negro que le caía en los hombros con unos graciosos y bien cuidados bucles. Él también llevaba sus mejores galas- la última ropa que llevaría jamás- y yacía dentro de una vitrina en un aparente sueño apacible con una belleza solo enturbiada por la cicatriz de su cara. Ana y Miguel solo pudieron compadecerse de que el autolesionamiento le hubiese llevado a la muerte y nadie hubiese llegado a tiempo para evitar que eso ocurriese. Salieron del edificio y allí los esperaban dos hombres de blanco con una ambulancia aparcada tras ellos. Al día siguiente enterrarían a su madre pero ella no estaría para asistir, pues ese mismo día ingresaría en un sanatorio mental durante tiempo indefinido hasta que esos ojos verdes dejasen de mirarla para siempre. */*/*/*/*/*/*/*/*/*/*/*/*/*/*/* |