UNIVERSIDAD NACIONAL DE CORDOBA
Sobre la calidad docente
en la Universidad
por
Ernesto Guillermo Abril
Profesor UNC
1. Introducción
La oportunidad de reflexionar sobre la docencia que ejercemos, confrontada con la que desearíamos, vislumbrada esta última según literatura inteligentemente seleccionada con esa finalidad, nos pone en la situación de necesitar clarificar aquellos puntos de partida y trayectorias que necesariamente debemos vigilar para replantear, corregir o alimentar, en aras de poder trabajar cada vez más y mejor para lo que sigue siendo nuestra razón de ser como docentes: el alumno.
2. Desarrollo
2.1. Análisis de situación
Los docentes de muchas carreras
universitarias, provienen directamente del sector profesional específico de las
mismas y no necesariamente poseen los conocimientos y las habilidades
necesarios para llevar adelante un ejercicio adecuado de esa función.
El propio docente, uno mismo, puede
comprobarlo a cada instante a partir de las dificultades y carencias que
verifica permanentemente en los distintos ámbitos en que se desempeña el papel
de docente, sea frente a la clase, durante la preparación del material
didáctico y en las horas de consulta, así como en la elaboración de las evaluaciones,
la corrección de los exámenes y el trato diario con los alumnos, personalmente
o a través de Internet.
La responsabilidad que le compete como
docente hace necesario que se pregunte (que nos preguntemos) acerca de cómo ejercer
con competencia una tarea que de alguna manera le ha terminado encomendando la
sociedad y que tiene como centro al joven, no sólo como alumno sino como
persona que se encuentra en proceso de formación (... y formación integral),
aspecto que es imposible de aislar de los deberes inherentes al que “enseña”.
La primera pregunta que surge al respecto, y
de inmediata respuesta por la negativa, es si la docencia debe remitirse
exclusivamente a una competencia profesional en el sentido estricto de lo
profesional, esto es, referirse solamente al rigor del saber necesario
([1]).
Según lo que nos recuerda Martínez (2001), entendiendo
la educación como un tipo de relación comunicativa que optimiza a la persona como
sistema, tal optimización es posible a través de dos vías: una la propiamente
comunicativa, aquello que decimos y mostramos con nuestros hechos y mensajes, y
otra metacomunicativa, que permite mostrar aquellas estructuras del discurso en
las que los contenidos de nuestros hechos y mensajes adquieren significación.
De esto nos han hablado en otro momento como currículo oculto y currículo
manifiesto.
Ya Olivé (2003) nos recuerda también algo que no puede
ser novedad para un docente: saber puede implicar una responsabilidad moral.
Además, el uso del conocimiento involucra responsabilidades morales
asociadas con la profesión de que se trate (Martínez, 2003).
Quien es docente no puede pasar por alto que
su función es totalmente abarcativa de la persona del alumno, siempre dejándole
en libertad, pero también siempre presentándole el todo de las cosas.
Y la consideración de la libertad en ambos
extremos de esta línea, del que se propone enseñar y del que se dispone a
aprender, es un asunto tan importante como el mismo contenido del saber que se
encuentra en juego, ya que el acto docente no puede ser tal si lleva consigo
algún vestigio que contradiga el principio de una necesaria construcción
conjunta de los nuevos conocimientos, a partir del gran saber.
Sólo la garantía de tal libertad podrá
espantar la posibilidad de la influencia del que enseña sobre el que aprende y
permitirá el vuelo conjunto del razonamiento y del espíritu hacia zonas tal vez
nuevas, pero confrontadas y verificadas en conformidad al saber.
Y solo así uno se puede lanzar con confianza
y compromiso a verter el saber en un contexto real, con todos los valores que
cree oportuno presentar, conjuntamente, para dar así un sentido último al
conocimiento.
Es que surge desde el interior la necesidad
de no impartir aisladamente el saber sino en el marco del somos, del hoy, de un
algo que si bien no es el todo es sin duda mucho más que una instrucción, un
comando o una simple receta.
Cabe preguntarse si desde el mismo momento
en que la cultura reconoce ciertos valores (hasta el punto de incluirlos) somos
quienes necesariamente debemos parcializar el saber conocido, aislarlo de todo
contexto, privarlo del soporte último de toda actuación humana y presentarlo
solo, como un híbrido, desconectado.
Somos parte de aquellos que pensamos que no,
que la autonomía indiscutible del docente como tal no solo incluye de hecho la
formación en valores sino que no sería docente quien no los presentara a sus
alumnos.
Este escrito pretende ser una reflexión en
ese sentido (en realidad una auto-reflexión), a la luz de nuevos conocimientos,
recientemente incorporados, que avalan y cuestionan desde el punto de vista
teórico toda nuestra trayectoria y nuestra actual postura. De ellos, por este
hecho, nos sentimos parte por haber participado, de alguna manera, en una nueva
construcción.
2.2. Lo que nos tocó vivir
La última parte del siglo pasado nos ha
permitido ser testigos de los avances tal vez más espectaculares que haya
experimentado la sociedad humana, en todos los campos del quehacer.
Paralelamente, se han ido reconociendo
progresivamente los derechos que hacen a la dignidad del hombre, alcanzándose,
según se dice, el postergado ideal de la libertad.
Pero, ante la realidad que nos ofrece el
mundo hoy, cabe que nos preguntemos acerca del valor y de lo concreto de lo
logrado: ¿ es que lo alcanzado tiene tan sólo una dimensión material y
declamatoria ?
No nos ha sido fácil. El pos-modernismo
muestra a una sociedad individualista, donde priman los intereses personales, las
ansias de poder y el consumismo, se advierte una increíble falta de ideales y
parecen ausentes los valores. La verdad ha pasado al campo de lo subjetivo y
domina un relativismo funcional, aún hasta en el campo de lo ético. Parece sólo
contar aquello que tiene consenso social.
Una inmadurez notable, a la que sucede una
alarmante falta de compromiso, demuestra claramente que el desarrollo alcanzado
por la humanidad es aparente y que no ha sido de ningún modo equilibrado.
Se privilegia el gusto y el placer sobre lo
necesario y el deber. La ausencia del sentido del sacrificio es el resultado de
la prescindencia de lo sagrado y ha conducido, en la sociedad urbana
principalmente, al olvido de las riquezas de la tradición, de la cultura
regional, de los valores de la autoridad, y de las bondades de la familia.
A pesar de las grandes conquistas de la
humanidad en el campo de lo social, progresándose indudablemente hacia el
reconocimiento y la valoración de la vida humana, el ambiente, la paz y la
justicia, se da una alarmante desigualdad y tremendas injusticias.
El despotismo
del mercado ha llevado a la exclusión y al desamparo y la fugacidad del
tiempo a vivir el momento.
Los valores actuales son disfrazados de un humanismo neoliberal, un
pseudo-humanismo, algo superficial en cuyo ámbito todo es disminuido y
tergiversado donde, en rigor, no se valora la persona, el esfuerzo y mucho
menos el sacrificio.
El hombre ha conseguido llegar a un punto de
su historia en que lo domina la insatisfacción, es el hombre insatisfecho, pero no con esa insatisfacción que lleva a
progresar, a crecer, sino aquella que se identifica más con una frustración
permanente por el sólo hecho de no tener más. Ha pasado a ser un discapacitado económico ([2]), en particular en las naciones postergadas.
Pensar del lado de la esperanza no excusa para
analizar objetivamente y advertir los signos de la realidad, por el contrario,
un análisis realista que detecte estas partes negativas de la situación actual
sirve para no evadirse de la responsabilidad que nos cabe en cuanto al estado
de las cosas y en lo relativo a la necesidad imperiosa, urgente, de revertirlo.
En ese espíritu, entonces, es que lo
expuesto nos lleva a preguntarnos sobre si el hombre, y en particular el
docente, es capaz de ser algo más que sólo un gran teórico.
2.3. Reflexión ante la tarea de educar hoy
Ante la tarea de educar, cabe tal vez expresar en síntesis una sensación frente a la realidad histórica y geográfica que se nos presenta.
La situación actual parece desalentadora
para cualquier iniciativa. Toda acción parece insignificante ante la monumental
tarea de reconstruir la sociedad desde sus bases.
No obstante, le cabe al hombre de hoy tal
tarea, como le corresponderá a la generación siguiente, hacerse cargo de tamaña
tarea que le significará lo que le dejemos.
En lo inherente a la labor del profesor, del
educador universitario, creemos firmemente en que nuestra tarea de formadores
puede servir decididamente a la solución de los graves problemas de hoy.
Estamos convencidos de que el principio del
necesario proceso de transformación de la sociedad actual es contribuir a
despertar en el joven la conciencia social, dando lugar al crecimiento de su
sensibilidad individual y ayudando a disponerla para captar sus genuinas
necesidades interiores como persona y para estar atento a la satisfacción de
los anhelos de verdad, justicia y libertad de la sociedad: “Nuestra sociedad debería educar para el
servicio” ([3])
Alimentar y perfeccionar constantemente a
partir de una educación integral, también en el nivel universitario, les hará
descubrir en su crecimiento profesional el camino de la maduración personal y
el de la propia realización personal.
Y entendemos como maduro un crecimiento
equilibrado de la interioridad en la conciencia
del poder ubicarse, orientarse, y en la libertad poder conquistarse
y gobernarse uno mismo, del cuerpo, en lo personal, aceptándose para
integrarse, y en lo comunitario, haciendo a la propia socialización,
participando, todo esto regido por una vocación,
proyectándose y brindándose, como camino de perfección, hacia lo trascendental ([4]).
Creemos sumamente útil incluir seguidamente,
para no remarcar solamente ideas provenientes del pensamiento de la Iglesia Católica, un documento proveniente del
proyecto educativo universitario actual de Cuba, sintiéndonos identificados no
en la ideología sino en los objetivos y en la claridad con la que se ha
detectado y circunscrito la problemática del estudiante-egresado universitario.
El documento revela una fabulosa toma de
conciencia nacional acerca de que el problema puede que esté en la sociedad
toda pero, la solución, sin lugar a dudas, primordialmente en la educación, en
los docentes y en una postura cosmológica integral del hombre como materia y de
los modos fundamentales a transmitir.
Después de años de la Revolución, se han dado cuenta
de que, si bien subsisten los auténticos ideales de los revolucionarios, la
juventud cubana de hoy carece de los valores que sustentaron la fuerza y la
razón revolucionarias. Así, el artículo referido se titula nada menos que educación en valores ([5]).
De acuerdo a lo expresado por su
autor, Aguilera García (1999), la tarea a desarrollar en una universidad tan
particular como la de Cuba, para la formación de los futuros profesionales, se
deberá centrar en una educación en
valores: el desafío será encontrar los caminos más expeditos para formar
hombres profesionales más íntegros.
Cuba, dice, reconociendo sus
carencias formativas en lo profesional, levanta como discurso el enfoque
integral para la labor educativa: hay que formar profesionales que den
respuestas contundentes a los problemas tecnológicos de su profesión pero que,
además, sean personas íntegramente comprometida con la doctrina de la
dignificación del hombre. En ello, el valor rector propuesto es la profesionalidad, no como rasgo o
cualidad de ejercicio profesional sino como atributo de la conducta cotidiana
de la persona.
Sus preceptos forman principios
máximos que terminan conformando una nación y una nacionalidad, van nutriendo
una identidad. A esa conjunción
necesaria de valores de la moral social, de la individualidad, de la
profesionalidad, se debe responder en la labor educativa en el ámbito de la
formación de profesionales.
Es precisamente el desafío para
el educador garantizar la continuidad y el enriquecimiento de los preceptos que
conforman la ética social.
El valor profesionalidad, pasa a ser un valor síntesis que integra todos los
valores que tienen que ver con el perfeccionamiento de la conducta ciudadana y
profesional de una persona que al fin de una carrera tiene que presentarse ante
el mundo con una nueva visión de él, de sí y de su misión. Tal idea de
la individualidad ha de acompañar al egresado en todas las facetas que
conforman su ser.
Así, la llamada profesionalidad
trasciende el marco del ejercicio profesional y educa ante la vida con una
posición responsable e íntegra.
Se trata de que todas las
asignaturas de una disciplina tengan como objetivo la formación o consolidación
de esos valores.
Es que la responsabilidad profesional no puede
reducirse a reglas y es el tipo más común de responsabilidad moral que
surge del conocimiento especializado que posee una persona (Martínez, 2003).
Y viene muy al caso habiendo incursionado en
una nación donde los esquemas de enseñanza son tan condicionantes, destacar las
virtudes de algunas concepciones hoy denostadas sobre la educación, sus
perspectivas ideológicas y la consideración del docente, descartadas, decíamos,
por haberse evolucionado hacia modalidades más enriquecidas de éstas, por
haberse transitado por los caminos que inauguró una más amplia libertad.
2.4. Algo que rescatar
Analizando cada una de las concepciones de la educación,
al ser estas exageraciones en algún sentido, además de observarse sus carencias
y defectos es ineludible encontrar elementos positivos.
La gran diferencia entre cada una es su grado de
perfección; podemos rescatar valores en cada una de ellas.
Así, mientras la concepción bancaria es evidentemente abrumadora, siempre será necesario que el
alumno acumule cierta información de base. Claro, es necesario que el alumno
también reciba esto con criterio, es necesario que incorpore lo que va
acumulando porque, de lo contrario, la masividad de la información empobrecerá
seguramente su análisis (Marcovitch,
2002).
El alumno necesitará siempre ejercitar la memoria,
algo positivo, y más si acompaña el proceso con razonamiento, articulando los
contenidos. Es cierto que el alumno se transforma en un ser pasivo pero, ante
el desorden en que desemboca cierto tipo de enseñanza, aquí el docente puede
expresarse, hacer oír su voz con saberes expresados con criterio
profesional y la experiencia de la
especialidad.
Tomemos ahora la concepción conductista. Es cierto, motiva por un interés personal, con un
“premio”. Es también cierto que el monitoreo del alumno puede transformarse en
una vigilancia condicionante, amenazante, intolerable. Pero no es menos cierto
que incentiva a hacer, no se queda en la teoría (claro, la obvia), mueve a
concretar el pensamiento, a actuar.
Es cierto que automatiza, programa, mecaniza, pero
también es cierto que las destrezas contienen un cierto grado de automatismo en
aquellas cosas que pueden ser anecdóticas, menores, o que se pueden revisar o
discutir más adelante. Aporta un elemento básico en la optimización de la
producción que tanto se busca.
Finalmente, sin dejar de reconocer que la concepción autogestionaria se presenta como la más
adecuada, sus excesos son graves y la ocurrencia de los mismos es demasiado
frecuente entre los jóvenes innovadores entusiastas y los no tan jóvenes que
creen finalmente haber descubierto la libertad de enseñanza.
He experimentado estas clases cuando se
plantean según posturas exageradas. Cuesta reconocerlas como tales, parece que
toda la responsabilidad ha pasado al alumno, quien está desarmado ante la
misión que le encomiendan de construir la clase. Reina el desorden, la síntesis
final y la conclusión del tema están ausentes, todos se quedan con la sensación
de que allí finalmente nada ha pasado. Una verdadera pérdida de tiempo, con la
vergüenza ajena de parte de los más mayores, que sentimos que hemos terminado
siendo cómplices de algo muy poco serio.
La confusión de roles es tremenda, todos parecen
perder su sitio en la clase, nadie sabe quién está a cargo, quién expone el
saber básico para que en su torno gire todo.
Evidentemente que la aplicación de este tipo de
concepción del acto educativo requiere una muy acabada preparación práctica del
docente y una introducción progresiva del alumno a una dinámica especial, que
requiere tanto del manejo responsable de la libertad, la consideración del
otro, el diálogo. Como dice Prieto Castillo, estas competencias del docente “no
se improvisan... son el resultado de largos procesos de maduración e
interacciones“. Un ambiente áulico como el que supone esta práctica es el
que permite que los alumnos hagan una práctica conjunta de habilidades lógicas
como pensar y decidir, discursivas, comunicándose con soltura, y aplicativas,
observar, investigar, actuar, que el docente también debe promover y acompañar
en su aprendizaje.
Es un resultado de una educación en tal ambiente un
estudiante que se hace “dueño de las competencias necesarias para moverse
con orientación y creatividad... dueño de los instrumentos necesarios para
expresarse, comunicarse, solidariamente, resolver problemas productivos y
sociales, explicar causas y prever consecuencias de sus propias decisiones”
(Prieto Castillo, 1995).
Por otro lado, lo que quedará es que “cuando un
hecho es suficientemente importante para formar parte de la vida de ese joven,
este espera de su maestro un análisis cualitativo, fundamentado en la razón y
la conciencia”, “un análisis que sorprenda y que sirva como disciplina
de razonamiento y elección de valores, utilizable en otras situaciones” (Marcovitch, 2002).
Y su maestro es un profesional que, además, hace
ciencia, lo que lo pone en una posición aún más crítica frente a los ojos de
todos y, más aún ante sus alumnos. Ellos esperan de él una conducta
responsable.
Pero el problema de qué es una conducta responsable
es un aspecto muy importante de ser un científico... que generalmente no es
parte de su educación (Martínez, 2003).
El docente les está mostrando una postura ante la vida
sin más, dejando luego a su libertad los pensamientos y proceder ulteriores.
Tal es el valor de su autonomía que le compete una conducta responsable que involucra
saber cuándo delegar la responsabilidad de llevar a cabo cierta acción
(Martínez, 2003).
Si se analizan
las perspectivas ideológicas del discurso y de la práctica, se identificarán
también elementos positivos y negativos, como así también riesgos.
Los peligros que encierra la perspectiva tradicional
se encuentran comprendidos en el ámbito de la presión que ejerce el bagaje de
lo que se transmite, en cuanto que fuerza a aceptarlo o a recibirlo tal cual es
transmitido, pero nadie puede negar lo positivo que encierra la tradición en
cuanto a cultura, con su lengua, creencias, actitudes y formas de vida, el
valor de la herencia.
La concepción técnica
contribuye con lo que de método y disciplina tiene el saber, aunque es
obvio que es una enseñanza incompleta si carece de revisión y si se trata de
enseñar habilidades desconectadas de una teoría que les dé sustento y sentido.
Finalmente, una concepción radical es muy positiva en cuanto tiene de reflexión y revisión,
pero el exceso de lo teórico y discursivo puede hacerla no traducible a la
realidad que se vive y, por lo tanto, mantenerla ajena a ella.
En cuanto a la concepción del docente, una
consideración del tipo platónica lo
erige en un profesional autónomo. Valora la libertad, sí, pero es grande el
riesgo de caer en un individualismo que separa de la cultura y de la realidad
social en que se vive. Libertad supone responsabilidad en cada acto, y es más
exigente y comprometida en “situaciones conflictivas que exigen respuestas
según creencias éticas, según virtudes humanas” (Martínez, 2003). La
inmediatez de estas situaciones imprevisibles exige posicionamientos rápidos y
cristalinos que muestren posturas claras ante la vida.
Es a este tipo de concepción del docente al que Diker
y Terigi, 1997) asignan una dimensión
realista en cuanto da lugar a enfrentar “situaciones indeterminadas que
hacen del hecho pedagógico un acto complejo que exige un posicionamiento
ético...” en la medida que compromete personalmente (según Hargreaves), ponderando
a la luz de la situación, generando alternativas.
Concebir su actividad como una respuesta al mercado social (mercantilista) hace que
no se desprenda de las habilidades, de la técnica, que contemple la destreza y
el manejo de la cosa práctica, pero corre el riesgo de parcializar el conocimiento,
de orientar el saber solamente a lo que se necesita, en el sentido materialista
y no a lo que sería necesario, en un sentido humanista.
Finalmente, la concepción hermenéutica, la que sonaría
como la más acertada en cuanto a una conducta revisora e investigadora de la
propia práctica, se arriesga a la dispersión del saber, a considerar sólo la
teoría, a que se trate solamente de una práctica a nivel discursivo.
2.5. Función docente y formación específica
para su ejercicio
El quehacer docente abarca ámbitos o dimensiones
diversos en los diferentes marcos de actuación. Así, su formación debería
hacerse explicita para que sus competencias las abarquen a todas y a cada una y
sin fallas o carencias que no se encuentren en proceso de solucionarse.
Hay dimensiones ([6])
muy conocidas y que por tanto se exigen más frecuentemente y que corresponden
al ámbito de lo llamado epistemológico, es decir, aquellas referidas a
los contenidos y al dominio de la materia en cuestión, la especialidad, y a la
jurisdicción de lo pedagógico, comprendidos por lo tanto en la
planificación, y los procesos de ejecución, evaluación y seguimiento del
alumno.
También abarcados por lo pedagógico, hay dos aspectos
tal vez no suficientemente considerados desde fuera, aunque sí enormemente
valorados por el alumno: la aptitud, las habilidades para adaptarse,
flexibilidad, creatividad, y sus manifestaciones externas a través de actitudes, como la iniciativa, el interés,
la apertura al conocimiento y la actualización y la puesta en práctica de
aptitudes propias de la capacidad de autogestión.
Hablando de la Universidad, podría decir que, según
lo he notado en este tiempo, poco o nada se ocupa la Institución (a través de
algún medio instrumentado a tales efectos) de la formación del docente en dos
ámbitos que le corresponden específicamente: el institucional
(¡precisamente!) y el socio-cultural, entendiéndose por este último a
ocuparse de proveerle los recursos y los medios como para que pueda analizar y
obtener una visión objetiva del contexto propio, de las realidades mundial y
nacional en las que está viviendo y educando.
Si bien pueden conocerse aspectos visibles relativos
a la organización y estructura de la propia Universidad, muy poco llega al
docente en lo referido a aspectos políticos tales como objetivos, leyes y
reglamentos, tanto generales como de cada Casa de Estudios.
Nadie se ocupa de decir institucionalmente algo como
“nuestra política (la de la Universidad) en tal cosa es esta” o “mire
Ud., los reglamentos son estos”. Simplemente conforman un punto en una
nebulosa (y un punto que nadie quiere tocar y mucho menos clarificar o, lo más
común, tal vez, estas políticas quedan confundidas entre lo que “es” la
Universidad, por sus objetivos, y lo que piensa (más o menos concienzudamente,
pero siempre a título personal o en nombre de la facción que se encuentra en el
gobierno universitario) el rector o el funcionario.
En cuanto a los Reglamentos, salvo “escándalos”
quedan relegados a ser un conjunto de papeles (medio amarillos, imagino) que se
encuentran en algún lugar de alguna oficina o biblioteca.
Finalmente, y como si fuese un condimento libre, o
mas bien dejado a la mano de Dios en la Universidad, cabe la dimensión axiológica.
Aquí pretendemos poner el acento en los valores éticos y morales,
ya que los utilitarios y vitales son, de práctica, conocidos y
necesariamente vividos, simplemente por cuestiones de prolijidad, conveniencia
y urgencia.
¿Cómo se vigila sino mediante el escándalo la
probidad ética y moral en el ejercicio docente? ¿Hace falta llegar a ese nivel para que se discuta la actuación
de alguien?.
Aún en tales casos, ¿no conocemos a algunos
profesores que continuaron en sus cátedras, rigiendo Departamentos, los
destinos de alguna Facultad... ¿de la propia Universidad?.
¿Quién se ocupa de nuestra formación? ¿Y
quién de la de nuestros alumnos? ¿No es que de allí provenimos nosotros, los
actuales docentes?
Si bien la ética y la moral se practican,
se hacen, hay un tiempo en el que la persona se está formando,
nutriéndose de saberes y experiencias al respecto. La casa y la escuela, al
principio, el entorno luego, son los ámbitos donde se accede a esa formación (y
siempre la televisión está presente, constante y significativamente).
Lentamente, practicándolos, inspirados en
ideales, la persona se introduce en estos valores: La excelencia moral es el
resultado del hábito. Nos volvemos justos, haciendo actos de justicia,
templados, realizando actos de templanza, valientes, realizando actos de
valentía (Aristóteles).
No por casualidad los alumnos deben
enterarse, y a tiempo, de que la manera normal de vivir es hacerlo acorde a la
ética y a la moral.
El desarrollo de su personalidad les
compete, y una de las facetas de esta es la personalidad moral.
Si analizamos las características de la
persona en sociedad podemos identificar rápidamente esta faceta. Las
dimensiones de la personalidad moral
comprenden el auto-conocimiento, la autonomía y la autorregulación, el
desarrollo de capacidades para el diálogo y para transformar el entorno,
comprensión crítica, empatía y perspectiva social, habilidades sociales y para
la convivencia y razonamiento moral (Martínez, 2001 en Buxarrais et al.,
1995).
Desde nuestra óptica docente, no puede ser
sino un proceso, tácito y también explícito, pero programado e integrado, en el
cual puedan (y deban) participar docentes específicos y todos los docentes,
cada uno y como cuerpo, institucionalmente.
Esto, estamos convencidos, lo debe discutir toda
la Universidad, no sus representantes sino todos y cada uno de sus
miembros (porque hoy, y desde hace mucho, por diferentes motivos, no hay
representatividad ¿alguien lo duda?).
¿Quiénes, dónde y cuándo darán este paso?
Dado que este plano axiológico es
totalizador, inunda a toda la persona y sin remedio la llama a considerarlo tan
elemental como urgente, dado que es un aspecto que se lleva irrenunciablemente a
bordo, es que no queda otro remedio, no hay otra alternativa que tener a la
función docente como algo especial, aunque muy común por la enorme cantidad de
personas que abarca, algo muy especial dado que a ella se confía y entrega lo
más valioso que tiene la sociedad, amén de su presente: su futuro.
Y debe ser claro, como punto de partida, que
no todos pueden cumplir como es deseable semejante misión.
2.6. Los supuestos básicos y la enseñanza de
hoy
La sociedad de hoy se caracteriza por las
grandes y elementales paradojas, contradicciones e incoherencias tan evidentes
como toleradas, cuando no negadas.
Se dice que se desea la libertad, que se
vive en libertad, cuando en realidad se busca someter, imponer; y uno mismo
vive según imposiciones ajenas, sometido al imperio de sus propios y no
revisados esquemas, según sus conveniencias.
Se proclama la apertura y la tolerancia,
mientras se vive atado a formas del pasado y a prejuicios.
Se exige y no se cumple, se reclama, eso sí,
y con violencia, y poco se da o se comparte siquiera.
Como parte de esta realidad, podemos preguntarnos
si estas incoherencias, este anti-testimonio (porque eso es, en realidad), debe
ser tolerado y digerido sin cuestionamientos también en el acto docente.
Porque los alumnos ven al docente no sólo
como aquel que tiene el saber sino como una persona que tiene un saberlo
vivir, riqueza que ellos anhelan poseer como germen y sentido final del nuevo
conocimiento del que participarán.
Así presentado, el tema de los supuestos
básicos según los cuales vivimos... y enseñamos, invita a repasar lo que
vivimos y por qué somos así quienes somos hoy docentes.
En los albores de la década de los 70
ya adelantaba el Concilio ([7]) que los jóvenes de aquel tiempo eran aquellos que
iban a vivir las más gigantescas
transformaciones del mundo.
Reconociéndoles
la facultad de alegrarse con lo que comienza, la cualidad de darse sin
recompensa, la característica de renovarse y de partir de nuevo para nuevas
conquistas, les encomendaba entonces a los jóvenes construir una sociedad
respetuosa de la dignidad, de la libertad y del derecho de las personas. Les exhortaba a ensanchar el corazón y
escuchar la llamada de sus hermanos poniendo ardorosamente a su servicio sus
propias energías. Les pedía negarse a los instintos de violencia y de odio, a
construir un mundo mejor que el de sus mayores.
Después de más de treinta años de este
mensaje que iba dirigido a toda la sociedad pero específicamente a nosotros,
jóvenes de aquél tiempo, y después de contemplar sin intentos de explicación o
justificaciones el panorama que tenemos ante nosotros, habremos de concluir con
que ese mensaje parece no haber tenido cabida.
Nuestra actividad continuada durante este
último decenio, indudablemente frente al recuerdo de la universidad de los años
70, y según nuestra experiencia en las facultades de Ciencias Exactas, Físicas
y Naturales y de Ciencias Agropecuarias de esta Universidad Nacional de
Córdoba, nos permite advertir grandes cambios.
Si bien han sido muchos los progresos
experimentados durante este tiempo, también son muchos los incomprensibles
daños que se perciben sobre la institución universitaria.
En nuestro país, y de un modo particular en
Córdoba, años de insurgencia y represión, en una lucha desordenada entre reivindicaciones justas, la necesaria
defensa de las instituciones, la lucha por el poder, la violencia como método y
procedimiento de Estado, la deshonestidad de los oportunistas, la injerencia
exógena y una tremenda inmadurez cívica (hoy responsable a nuestro juicio de
nuestras graves falencias democráticas), abrieron una brecha en la sociedad
argentina. Y tal vez no podamos asegurar que todo el nuevo siglo sea suficiente
para que cicatrice.
Fuimos los jóvenes de ese entonces, parte de
los docentes de hoy, junto a numerosos trabajadores, protagonistas, víctimas y
testigos de aquella terrible sinrazón. Hay numerosas crónicas sobre aquellos
años y una increíble síntesis en Eroles (1982, p. 13).
A un desmantelamiento material del Estado,
del que fue partícipe y cómplice necesario nuestra Universidad (de la que egresaron
una increíble mayoría de sus tristes artífices, gestores y verdugos), hay que
sumar una pérdida aún mayor, la de muchos profesores y alumnos que con sus
sueños, con los ideales solidarios de ese tiempo, no sobrevivieron a semejante
barbarie. De aquellos, los que no se fueron terminaron replegándose hacia los
confines del silencio, muchos con enorme tristeza en su interior.
Tristemente, la sociedad está distinta. Los
jóvenes de hoy no son parecidos a los de aquellos tiempos, pero tampoco los
adultos ni los ancianos a los adultos y a los ancianos de aquella época. Algo
parece habernos aplastado a todos, parece habernos uniformado en la chatura y
en la monotonía de una gran quietud.
Arrinconado en el interior de cada uno, y a
lo sumo compartido en la intimidad de la amistad, se ha logrado posicionar,
acallar, el pensamiento vivo de lo que eran actitudes francas por reclamos
justos, silenciar la puesta en común y la discusión de las ideas, el semillero
del entusiasmo y del liderazgo, la diversidad, el disenso.
Subsisten en cambio la presión constante de
un Estado socialmente insensible y la violencia del chantaje, la queja
infructuosa, el lamento doloroso del impotente y el pedido de pocos,
perseverante, pero sin eco y sin futuro, manoseado y, en el mejor de los casos,
ignorado.
“No es
un secreto para nadie la facilidad con que se pasa del idealismo más
radicalizado al aburguesamiento más acomodaticio” ( [8]).
En lo personal, veo en el joven estudiante la
pérdida del entusiasmo de grupo, de la inquietud mayoritaria por lo social, por
lo comunitario. Al universitario, lo veo empujado a cumplimentar el trámite de
pasar por la Universidad para luego ver cómo subsistir con el ejercicio de una
profesión. Y está casi convencido, tal vez a partir de vernos a nosotros, sus
docentes, de que ésta no le permitirá más que eso, subsistir.
No veo casi al estudiante que trabaja a la
par de su estudio, no le dan los tiempos, y cuesta hallar al profesor dedicado
y feliz con su tarea.
No obstante, según se dijo, considero
también que hace falta a veces rozar el fondo para luego hacer pie en suelo
firme y resurgir con un impulso cierto. No veo entonces la presente realidad
sino como un llamado de atención, casi el de un último golpe a la puerta (para
nosotros al menos) en el largo camino de frustraciones que costaron nada menos
que toda una generación, en vidas y en
activa participación en la cosa pública.
Siendo nuestro parecer seguramente pasible
de reproche y corrección, de grave equívoco o subjetividad, sirva sólo para que
cuente aquí un sentir ante la universidad de hoy y, en consecuencia, las
necesidades urgentes que consideramos hoy
primordiales atender.
Siendo que en la dimensión de la historia
individual y social del docente hay marcas que provienen de lo que vivió la
persona que es y que su práctica, la práctica docente, será incidida por
estos supuestos básicos subyacentes,
es preciso considerar su huella, su peso, la carga espiritual y emotiva que
representan al momento de estar parado frente a los alumnos.
Una visión de la realidad del docente desde
el punto de vista de lo material (otro de los aspectos a contar), es expresada
por la Comisión de Asuntos Económicos del Consejo Inter-universitario Nacional ([9]), el que analizó en 1998 y destacó las consecuencias
de la reducción de los recursos a las Universidades Nacionales por
incumplimiento de la Ley Federal de Educación, tiene lugar ([10]):
- Un apreciable deterioro del crecimiento
institucional (traducido en una infraestructura insuficiente, falta de
equipamiento y actualización ...)
- El tránsito inevitable hacia la pérdida de
la calidad académica
En cuanto a su visión sobre la Universidad
Nacional de Córdoba, la Comisión plantea como realidades comprobadas:
- El aumento del número de estudiantes
- Problemas edilicios, con aulas de
capacidad inadecuada.
- Precarias condiciones para adquirir
conocimientos
- Sobrecarga de los docentes por alumnado
numeroso...
- ... condiciones insatisfactorias del
alumnado
- Postergación de actividades de
mantenimiento
- Afectación de las tareas de investigación
- Problemas de incorporación y actualización
del equipamiento específico
Como se puede advertir, el análisis se
refiere puramente a cuestiones materiales, pero indudablemente éstas inciden
fuertemente sobre las condiciones de la enseñanza y, por ende, sobre su
calidad. Y esto también recae sobre nuestras espaldas al momento de “enseñar”.
Podríamos decir que también constituye una carga que no resulta precisamente liviana,
en particular desde el momento en que uno sale del aula, a la que, gracias a
Dios, hay que volver a entrar.
Lo podemos constatar individualmente. La
estructura actual de dictado de las materias ¿no se encuentra sitiada por el
volumen de conocimientos a trasmitir, por la cantidad de alumnos a atender, por
el escaso tiempo disponible y las urgencias del momento?.
La mala formación de base del que hoy se
presenta como alumno, las carencias materiales del sistema educativo, el
fantasma del desalentador panorama que presenta el futuro, las necesidades
formales de la familia en la que está inserto cada alumno ¿no contribuyen a
terminar acorralando el acto educativo?.
Una mala o incompleta formación del
encargado de formar ¿no sería la estocada final?
Hoy, ¿hay tiempo para una Universidad
dialogal, participativa, efervescente?. ¿Hay tiempo para detenerse, para
que se pueda preguntar, cuestionar, mostrar alternativas, razonar en conjunto,
jerarquizar, vislumbrar …?. ¿Hay tiempo para crear?.
Parece que de las tres funciones de la
Universidad, docencia, investigación y servicios (Prieto Castillo, 1995) se ha
progresado mucho en las últimas dos pero, ¿qué hay de la docencia?.
La investigación científica impulsa el
conocimiento; la transferencia de la Universidad provee de experiencias,
conecta con las necesidades y requerimientos concretos de la sociedad y permite
a su vez lograr fondos para contribuir a la retroalimentación del sistema...
¿Y la docencia? ¿No es de la consecuencia de
la acción docente que se nutren la investigación y la transferencia?. Marcovich
(2002) invita a reflexionar sobre la atención que esta función primera de la
Universidad sin dudas merece.
2.7. La Enseñanza que deseamos
¿Será precisamente aquello que parece hoy no
poderse concretar... lo que sería deseable?.
Algo ganado recientemente, demasiado
recientemente, habría que decir, es la tranquilidad de saber que nuestra
preocupación es fundada, que nuestro compromiso es sobre algo cierto, que
nuestras convicciones de base están vigentes y merecen la pena ser llevadas
adelante y defendidas, que la dirección es la correcta y que nuestra búsqueda,
a veces desesperada, tiene razones valederas para ser constante.
Hemos aprendido que el poder del
Educador no es un peso sino una alegría, nunca una culpa (Meirieu, 2001), que
la convicción no esconde fanatismo, que nuestros alumnos nos han sido
confiados, que merecemos confianza... y hasta ahora tal vez habíamos
solamente pensado en trabajar para alguna vez merecer confianza, nos habíamos
concentrado en la responsabilidad más que en la libertad.
Hemos ganado la confianza en que nuestro
esfuerzo y dedicación harán que el alumno se reconozca capaz de conseguir lo
que se propone. Logramos definitivamente no sentirnos demagogos cuando
recordamos haber logrado la adhesión y la satisfacción del alumno cuando se
pudo reconocer partícipe de algo distinto, co-responsable de que algo nuevo
surgió a partir nuestro (¿la construcción de nuevos saberes?).
Es que si se es cuidadoso en el ejercicio de
las formas de administrar los saberes, si se respeta la libertad del alumno
porque se lo está considerando persona, nunca la carga que son nuestros bien
llamados supuestos básicos subyacentes serán carga para ellos sino una
experiencia enriquecedora. Lejos de una contaminación, será una siembra, y una
siembra con valor agregado, con experiencias, con valores (Sosa Carbó, 2001).
Habremos reconocido que les es posible
independizarse de nosotros y, a la vez, enriquecerse con nosotros, con lo
que traemos con nosotros, con lo que acompaña nuestro (¿?) saber.
Los valores que acompañan nuestra función
(en todo momento, no solo en el aula) serán así una propuesta, algo limpio, no
una imposición, algo firme en cada uno de nosotros, sí, porque son nuestras
convicciones, pero optativo, discutible, perfectible para ellos. Serán libres.
Cada clase, un espacio donde crear cosas
nuevas a partir de lo que se sabe, a partir de una interacción única
irrepetible entre el docente bien preparado y alumnos deseosos, activos, libres,
bien incentivados, ambos bien dispuestos, en una relación inequívoca frente al
saber... ¿una utopía?
Sin diálogos, sin interacción, ni se usa, ni se genera
ni se transfiere conocimiento tácito. Porque “sabemos mucho más de lo que somos
capaces de decir con palabras” (Polanyi, 1966 en Arocena y Sutz, 2003).
No es una novedad entonces descubrir que,
tal vez en nuestro anhelo de dar sin influenciar, llevamos años
subestimando la capacidad del alumno de filtrar todas esas, nuestras cargas, de
poder saber leerlas e interpretarlas para tomarlas como algo a
considerar, a tener en cuenta, pero libres frente a ellas.
No estamos decidiendo sus destinos sino
proponiendo como docentes y construyendo en conjunto... algo nuevo.
Entonces, decíamos, no una utopía pero sí
tal vez asociarnos a una locura necesaria (Meirieu, op.cit.). Locura en
cuanto a riesgo, en cuanto a aventura. Pero no un riesgo en el sentido de lo
temerario ni una aventura en el sentido de lo improvisado sino todo lo
contrario.
Pareció tan básica como importante (él lo
remarca) la afirmación de Prieto Castillo (1995) de que el sentido último de
nuestra práctica docente debe apuntar a promover y acompañar el aprendizaje.
Y, como se encarga de enfatizar, nos podemos sentir muy aludidos cuando habla
de que institucionalmente nos desentendemos del aprendizaje, que
deberíamos sentirnos en la obligación de vigilar permanentemente ese aspecto.
Buscar, justamente, que se hagan uno
con el mundo, que se lo apropien, que se sientan dueños de sí y de lo que saben
y que entiendan su saber como parte de su mundo, debería ser nuestra búsqueda y
preocupación constante.
Lograr que estén confiados en sus
capacidades, en sus potencialidades, no tanto en lo que tienen ya incorporado
como en lo que les queda por aprehender, confiados en que van a poder
buscarlo, en que lo van a hallar y en que van a lograr hacerlo.
Que reconozcan y que hagan crecer el germen
del que disponen como personas, que se tengan confianza, que se encuentren
inmersos en un proceso de maduración constante que signifique el reconocimiento
de lo que son y de lo que quieren ser, que estén confiados porque advierten su
buena fe y que ésta nunca jamás les resulte un sinónimo de debilidad o de
carencia sino, por el contrario, una base sólida para la personalidad que están
forjando.
Y, hablando de buena fe, es muy rescatable
la figura de maestro que realza Prieto Castillo porque es precisamente la de maestro
la estampa que tiene nuestra generación de aquel sencillo personaje que lleva
consigo el saber con la tozudez de estar muy a pesar suyo convencido, seguro y
firme, llevando con perseverancia y apertura increíbles su aparentemente
solitaria humanidad, a través de apenas la subsistencia.
¿Por qué formar al docente...? ¿Es que no
merece formación específica (¡y formación especial!) quien se encuentra a
cargo, quien es responsable de semejante tarea?.
No basta una buena disposición, una
intención que es necesaria, imprescindible. Es preciso algo más, algo que
garantice no el éxito, porque eso no es lo que se busca, sino el ejercicio
adecuado de una función que implica conocimiento profesional y capacidad y
solvencia para suscitar, y para acompañar en un proceso.
Verdaderamente, hay que estar preparados
ante los desafíos constantes a la capacidad de enseñar que plantea la realidad
docente.
Al decir del mismo Prieto Castillo, “nos
toca acercarnos a ellos no solo sobre la base de la relación en las aulas ,
sino con un bagaje de información y procedimientos que hagan posible la
relación para construir el aprendizaje”.
2.8. La calidad educativa en la evaluación
La calidad de la educación se
construye con las decisiones que se toman para lograr excelencia,
considerándola como el grado máximo de calidad del proceso educativo. La mejora
de la calidad de la educación está orientada a satisfacer las demandas del
mercado y la creación de nuevas ofertas en innovación, ciencia y tecnología
(Liendo, 1998) ([11]).
El término calidad (cualidad, manera de
ser) significa la propiedad o
conjunto de propiedades inherentes a una cosa, que permiten apreciarla como
igual, mejor o peor que las restantes de su especie.
La calidad importa a todos los
que participan del proceso educativo, a los gobiernos, a los empresarios y a
los empleadores.
La calidad universitaria implica
que todos los factores involucrados se relacionen entre sí y fructifiquen en un
individuo capacitado en una especialidad. Pero también pensamos que no debe
constituir solo un supuesto el hecho de la contribución específica de la
Universidad a la formación ética y moral del alumno.
Esto también será parte
importante en el egreso de ciudadanos competentes que se desempeñen honrando al
ser humano que son, en la sociedad en la cual se encuentran inmersos.
En la educación universitaria,
la evaluación y acreditación pasan a ser pilares que sustentan la calidad. El
proceso de evaluación permite distinguir la calidad académica y la capacidad de
las instituciones para cumplir con su cometido.
La acreditación de carreras
aporta un mecanismo para evaluar los programas de estudio basándose en
criterios específicos y comunes, tanto a los niveles nacional como
internacional. Permite a los estudiantes saber los conocimientos que van a
adquirir y cómo éstos los habilitarán para su función profesional y a los
empleadores conocer las aptitudes del profesional a emplear.
Y también debería permitir a la
comunidad toda conocer el destino de los recursos invertidos y la medida en que
la Universidad contribuye a preservar la seguridad, la salud, los bienes de la
sociedad, el ambiente, y su aporte al progreso socioeconómico y cultural.
Bien hasta aquí. Preguntamos, no
obstante ¿en qué parte del proceso se evalúan específica y adecuadamente los
aspectos axiológicos de la docencia?
¿Está esto contemplado en la
definición del nivel de calidad que se busca?.
Si bien una evaluación institucional muestra la situación real a partir de la
cual poder tomar conciencia de cuan cerca se está del nivel de calidad buscado
y tomar decisiones para efectuar los cambios necesarios, cómo tomar decisiones
sin haber considerado aspectos tan básicos?
A pesar de que el autor
considera en la auto-evaluación que se cubren todas las funciones que desempeña
la Universidad, ni ésta ni la evaluación externa, que es el paso siguiente y
que lleva adelante la CONEAU contemplan el nivel axiológico. Está ausente.
Como se advierte, debemos
resaltar y reiterar una vez más que nos resulta obvio que la capacitación del
joven universitario no puede de ningún modo pasar sólo por la instrucción. La
acción elemental de un educador, y por ende (y más aún) de una Universidad que
se precie de tal debe contemplar toda la dimensión humana de la persona,
formativa de manera integral y, por lo tanto, humanista.
El enfoque económico (de
mercado) y utilitario, no solo del conocimiento sino de quien lo posee, no
puede menos que producirnos tristeza y espanto. Tristeza, porque vemos el
criterio con el que se evalúa la cosa pública, espanto porque estamos hablando
nada menos que de nuestros jóvenes.
Podrá objetarse esta línea de
opinión diciéndose que ya el joven puede elegir y puede ya auto-formarse, como
parte de su libertad. Pero esto supone no sólo desconocer las etapas evolutivas
del hombre y sus capacidades sino las condiciones de la escuela de nivel
secundario de nuestro país.
Podrá decirse que el aspecto
aludido aquí como faltante le corresponde a la familia, lo que significa que se
desconoce el actual proceso de desintegración que sufre la sociedad familiar en
gran parte por haber quedado rodeada por la economía de mercado y, en ese
marco, es hoy muy difícil asumir la problemática de la educación actual de los
hijos ante el estilo resultante de vida y la acción lacerante de los medios de
comunicación social. No debe dejar de mencionarse que una parte importante de
nuestros alumnos son del interior provincial, careciendo en esta etapa de su
vida de una contención familiar clásica a la que están sí acostumbrados.
Por tratarse de la Universidad,
no puede dejarse de lado la dimensión universal de la persona.
Este pensamiento sabemos va a
contracorriente de las tendencias actuales que se han generalizado en todos los
órdenes de la vida.
Conste entonces que, por
considerar que no contempla la formación integral del joven, nuestra conciencia
nos lleva a cuestionar el enfoque de la enseñanza universitaria nacional y todo
su proceso de evaluación.
En lo personal, como salida autónoma
ante esta problemática condicionante para el docente, no nos queda sino
recurrir a la transversalidad para ofrecer al alumno, en las condiciones y los
tiempos que nos quedan lo que as nuestro juicio le debe ser brindado.
Aunque esto se nos ha objetado y
se nos ha menospreciado por practicarlo, encontramos que nadie se encontraría
exento de esta práctica ya ... su
práctica es inherente al acto educativo a través de su componente ideológico (Palos Rodríguez, 2001).
2.9. Una universidad diferente
A través de la experiencia de ilustres
docentes y luego funcionarios universitarios es posible intuir lo que sería
nuestro anhelo de Universidad.
Pero antes, no debemos dejar pasar la
oportunidad de insistir una vez más con que la idea de Universidad no puede ser
concebida sin la existencia del acompañamiento paralelo de una formación
humanística de excelencia.
Significa que todos debemos ser excelsos en
filosofía, historia contemporánea, epistemología...?. Habrá quienes puedan
serlo, pero bastaría introducir primero y ajustar progresivamente luego los
alcances de tal formación.
Volviendo a lo que expresábamos antes, nos
parece muy oportuno citar los acertados conceptos de Jaques Marcovich (2002), a
partir de su larga y rica experiencia.
La realidad permite advertir la función
doble de nuestro docente-investigador y reflexionar acerca de que mientras la
actividad de investigación se evalúa mediante criterios cualitativos (calidad),
la actividad docente se evalúa con criterios cuantitativos (cantidad). Esto es
real. Quienes somos como somos lo lamentamos cada año al imprimir nuestros
informes anuales ante la Facultad.
Así, la señal que recibe el
docente-investigador, el elemento esencial de su evaluación anual no es
precisamente su docencia sino la investigación. Hay un reclamo
anual de carácter oficial, entonces, hacia cantidades (docencia medida en...
¿cantidad de horas? ¿número de cursos?) y hacia la calidad (investigación
medida en... jerarquía de las publicaciones, patentes...), pero respectivamente.
Planteamos: ¿Es que en el nivel
universitario no se habla de calidad en la docencia? ¿es un olvido? ¿no
interesa? ¿dónde se habla de esto? ¿quién habla de esto ? ¿cuándo
se habla de esto? (Y pregunto, ¿me lo habré perdido?).
Por otro lado, suponiendo que el
interrogante estuviese planteado seriamente y en el lugar adecuado, ¿a qué nos
referimos cuando hablamos de calidad en la docencia universitaria?.
¿En qué espacio se podría discutir el papel
del profesor? Tal vez esto se esté hablando... o haya sido ya hablado.
Entonces, ¿qué papel tuvimos (tenemos) los profesores en esa discusión? ¿fue
solo a partir de representantes... políticos? ¿gremiales?
No vaya a ser que nos demos cuenta recién a
esta altura de nuestra vida de que nuestro sistema democrático nos permite
acceder a estos foros solamente si pertenecemos a algún... ¿movimiento? ... si participamos
públicamente de una... ¿ideología?.
Así tal vez, deba plantearse aquí y ahora un
necesario re-pensar el tema de la calidad en la docencia universitaria y, con
ello, definir el perfil del docente que se busca para la formación de los
alumnos de la Universidad que, como tales, no serán sólo técnicos,
especialistas en lo suyo sino, además... personas. Como tales, deberán
ejercer un papel social que será definitivo a la hora de concebir un modelo de
comunidad nacional y de enseñanza deseable.
Porque el objetivo final de la Universidad
publica no es la ganancia sino una buena formación de sus alumnos, es
indiscutible que la función de la universidad es formar líderes, agentes de cambio,
hombres y mujeres dispuestos a asumir riesgos para construir un mundo mejor
(Marcovich, pág. 21).
Si nuestra universidad ha sido, a partir de
la Reforma, fiel a una función alguna vez definida... indudablemente, a las
luces de la situación a la que nos han llevado nuestros políticos, la enorme
mayoría de ellos sus egresados (y egresados en particular de Facultades de
nuestra Universidad Nacional de Córdoba), algo debe haber fallado (¿debe estar
fallando?)
¿Será que, como dice Marcovich, hay un
descompás entre la actitud de los profesores y las expectativas de los alumnos?.
Si es así, se hace presente ante nosotros en modo sumamente silencioso. ¿Será
tal vez porque somos una sociedad conformista o porque nuestras conciencias
fueron también apaleadas y silenciadas por la dictadura y adormecidas luego en
la reciente (¿actual?) proto-democracia ?.
Como sea, agradezcamos que las expectativas
de los alumnos superen nuestras actitudes ya que, a partir de ello, una cierta
vergüenza, engendrada en algo así como una inquietante sensación de deuda, nos estimula
a mejorar.
Mejorar... ¿qué?
Hay una mejora que proviene de la
capacitación, del estudio,
llamémosla... ¿técnica?. Es propia del conocimiento acabado, profundo de
las bases de la especialidad, pero también comprende conocimientos y
habilidades del ámbito de la pedagogía, ya que se refiere concretamente a
cuestiones didácticas, algo que, con seguridad, si no proviene de una
adquisición voluntaria de parte del docente difícilmente nos la haya dado
específicamente la Facultad donde ejercemos.
Pero lo inquietante es “lo otro” que debe
tener el docente. Por una parte la práctica docente, que abarca todo el
resto de las actividades no-áulicas en las que se encuentra involucrado el
docente, ya que son también parte ineludible de la función, obligaciones que lo
comprometen fuera de la actividad áulica, fuera del laboratorio, del gabinete,
del trabajo de campo.
Todos sabemos qué aspectos y actividades se
encuentran incluidas en este tipo de tareas, pero lo importante es remarcar que
el docente no es solo docente en el aula, y eso es un punto de partida básico
en el razonamiento que viene.
Las otras actividades lo ponen en
contacto con sus colegas, con las autoridades de la institución, incluyen a los
administrativos, ordenanzas, el personal de servicio, los técnicos y
profesionales de las empresas e instituciones hacia las que van dirigidas las
actividades de servicio, etc.
Ante estas personas, en los respectivos
escenarios, el docente también se encuentra investido de tales atributos y
cumpliendo funciones que son de su incumbencia.
Esto ya supone que también ser docente
implica el ejercicio de responsabilidades muy variadas, comunes a muchas otros
ciudadanos como él, sean profesionales, técnicos, administrativos. Cabe
entonces afirmar que, como estas requieren de saberes, habilidades y aún
niveles de compromiso no específicos de aquel a quien designamos habitualmente
como docente, puede reconocerse un ciudadano que, además, es
docente.
Dicho de otra manera, muy obvia pero que es
necesaria para poner los precisos acentos: el docente es también un ciudadano,
un hombre común.
Visto desde fuera de la Universidad, la
gente no lo puede nunca dejar de ver como un ciudadano marcado por el hecho de
ser docente universitario. Como tal, es, debe ser, un ciudadano diferente.
El docente, aquel que enseña a nuestros
jóvenes, no puede permitirse la incoherencia de ser un anti-testimonio ya que,
también en la calle, el alumno, sus colegas, la gente, reclaman en él, también
ahí, actitudes propias de un docente.
Así, ser docente pasa a ser de una función
apasionante a una posición social que nos totaliza, nos abarca, nos obliga y
nos compromete de modo particular, especial, singular.
No debe extrañarnos, ya que muchas
actividades de nuestro mundo de hoy tienen cultores que las consideran... ¿un
sacerdocio?... una vocación (de vocare: llamado).
Y no todos son llamados a la docencia. Y esto se
notorio en los requerimientos que implica su ejercicio.
Hay corrientes que tratan de desmitificar al
docente, quitarle aquella marca de... ¿perfección? que lo debería acompañar
durante toda la vida en todos los ámbitos y momentos. Para su sorpresa, no
estamos sino a favor de tal postura, totalmente a favor.
Volviendo al significado llano de maestro,
por supuesto, a la manera de que los padres no son perfectos, no pueden serlo,
tampoco los maestros pueden serlo ni reclamárseles tal cualidad.
La gran distinción, precisamente, se
encuentra en la actitud, en la postura del maestro. Allí sí, igual que un padre
frente a sus hijos, el maestro, frente a una sociedad que le ha confiado una
parte importante de la formación de sus hijos, no puede de ninguna manera
permitirse no tender a esa perfección (aunque nunca la consiga... ¡y no
la conseguirá!), no estar siempre abierto y dispuestas todas sus fuerzas a ser
siempre, siempre, mejor. Y es ese el mensaje que los hijos reciben de
sus padres y que el alumno debe recibir del docente.
Y eso es lo que aquellos desmitificadores no
consideran, buscando pretextos para evadir responsabilidades que son inherentes
a las funciones, que no se pueden dejar de lado porque les pertenecen, les son
propias. Es fácil descansar en pretextos, desviar la atención y, así, avalar
todo a todos.
Es cierto, no todos son llamados. Y se nota.
3. Conclusión
Arocena y Sutz (2003) plantean que en ciertos
contextos, y librados a su tendencia, la investigación y la innovación tienden
a agravar la desigualdad social. Esto significa que, como también ellos dicen,
habrá que estimular el estudio de lo que se hace hoy para fomentar una
innovación socialmente útil, que sea una fuente de información, inspiración,
y precaución para el diseño de alternativas propias.
Y esto implica que los docentes, hoy docentes-investigadores
deben orientar su acción en ese sentido y también ensañar en ese sentido,
formar en esa dirección.
Por otra parte, vemos que al limitar rígidamente lo
económico de lo social y cultural y al relacionar estrechamente la ciencia con
lo económico, las dimensiones social y cultural han quedado oscurecidas
(Vesuri, 2001).
Siendo tal vez la vocación original de la universidad ser una institución que aspira al cultivo de la cultura y del conocimiento en su conjunto (Arocena y Sutz, 2001), lo antedicho, la realidad, se le presenta opuesto.
Durante lo que podría llamarse la revolución académica
del siglo XIX, se incorporó a la enseñanza universitaria la función de
investigación. Este fue un logro sustancial, pero aspiraba una verdadera
integración de ambas, ya que cada una nutre a la otra y las dos son
imprescindibles para ofrecer una formación integral a los estudiantes (Arocena
y Sutz, 2001).
Luego se sumó la extensión universitaria, una expresión
de compromiso social que resultó muy acertada, un acercamiento de la
universidad a la sociedad, al pueblo y sus necesidades.
Coincidimos con estos autores cuando dicen que hoy, la
universidad está “atenazada” por la fragmentación y las urgencias de corto
plazo... impulsadas por la multiplicación de saberes, la gravitación económica
de varios de ellos y la velocidad de los cambios, por lo que la vocación
cultural y la formación integral de los estudiantes no enfrentan
condiciones propicias.
¿Qué hacer ante esta realidad?
Tal vez
para nuestra generación suene un tanto... ¿subversivo? afirmar lo que Smith (1987), que:
“el docente es un intelectual transformador, un educador y un activista
político...”, completando
luego la idea (y dándonos un poco de tranquilidad a los temerosos) diciendo que
esto es así porque le toca “... intervenir abiertamente en el análisis y el
debate de los asuntos públicos así como por su pretensión de provocar en los
estudiantes el interés y un compromiso crítico con los problemas colectivos”.
Esta es la docencia que me conmueve y compete, la que
me involucra por entero en la realidad común que es la que engloba al problema
de la materia y en la cual se deberá encontrar solución satisfactoria y en lo
posible excelente a tal problema.
En lo personal me he encontrado a menudo con colegas
que me han hecho creer que se encuentran en lo cierto al recriminarme
introducir cuestiones de la vida común en las clases. Mi pecado había sido el
de osar contaminar a la ciencia, el saber, con cosas mundanas.
Hoy encuentro
satisfacción y algo de tranquilidad en que alguien, y no cualquiera, piense
completamente a la inversa y más cercano a mi sentir. En tal sentido, imagino a
Smith (1987) “vociferando” que hay que “... disolver la separación
esquizofrénica entre las ideas, los sentimientos y la actuación”.
¿Es que uno puede
crear todos los filtros que desee y necesite para que no se le acople a su
clase, en su vida frente al alumno, una postura personal frente a un problema
que requiere compromiso? ¿se puede disimular tanto? ¿puede uno disociarse de tal
forma?
El manejo de
situaciones de libertad con autonomía y con conocimiento y “oficio” suple lo
que posturas rígidas pregonan como leyes. Y preguntamos si son capaces las
ciencias para garantizar la racionalidad de decisiones éticas y políticas. I. Kant
responde que el juicio moral sobre los actos humanos es resultado de una
facultad humana, la razón práctica, que nada tiene que ver con el conocimiento
científico (Velasco, 2003).
No obstante, y se encuentran entre los peligros los
excesos en esta postura, se puede caer en “convencer” al alumno de la propia
postura, cuando en realidad lo que se debería procurar es mostrarle una
variedad de posiciones y la actitud que uno adopta en definitiva por creerla la
mejor, la más adecuada. También puede caerse en transformar la clase en
solamente un debate de la cosa pública, cuando en realidad lo que se debería
buscar es la actitud profesional, con una ética definida, frente a cuestiones
que presenta el ejercicio de la especialidad ante una determinada situación.
Es así como Smith termina por decir, suponiendo todo
lo que uno intente cuidar su presentación ante el alumnado que, si se es fiel
al deber, cada clase “... desemboca inevitablemente en el compromiso de
actuación pública” de parte del docente.
Es que “los valores éticos son los valores
sencillamente humanos” (Martínez, 2003). Verdaderamente, se trata de formar
en el compromiso, esto es, ejercer la docencia asumiendo las propias
convicciones y hasta las últimas consecuencias: Marcovitch (2003) se pregunta entonces si hay hoy espacio para
los profesores míticos, para el carisma
en el docente.
Así, compartimos absolutamente lo que este autor dice
al respecto afirmando que la universidad debe formar líderes, agentes de cambio
“hombres y mujeres dispuestos a asumir riesgos para construir un mundo mejor”.
Para ello la sociedad debe confiar en que una
autonomía integra del docente supone el ejercicio pleno y responsable de todos
los compromisos que en conciencia asume ante sí y ante sus alumnos, respetando
su libertad y suscitando el entusiasmo del que se sabe en camino de un
crecimiento integral y de su realización personal a través de la profesión que
ha abrazado con vocación.
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