Sin valores, la
democracia pierde su estabilidad
Discurso de Juan Pablo II al
nuevo embajador de Chile ante la Santa Sede
Señor Embajador:
1. Con mucho gusto le recibo en este solemne acto de presentación de las Cartas
Credenciales que lo acreditan como embajador extraordinario y plenipotenciario
de la República de Chile ante esta Sede Apostólica, y me complace darle mi más
cordial bienvenida en el momento en que inicia las importantes funciones que su
Gobierno le ha confiado. Agradezco sus amables palabras y, muy especialmente,
el saludo del Excelentísimo Sr. Ricardo Lagos Escobar, Presidente de la
República, al que correspondo con los mejores deseos de que su servicio al
pueblo chileno, en estos momentos de su historia, ayude a todos a progresar por
el camino de la concordia, el mutuo entendimiento y la paz.
2. Viene como representante de un pueblo que, según ha recordado usted en sus
palabras, tiene hondas raíces cristianas. Esto ha enriquecido al país con
nobles tradiciones, las cuales han configurado la identidad de la nación y han
hecho de los chilenos un pueblo profundamente religioso. Con ese pueblo tuve la
oportunidad de encontrarme en mi inolvidable viaje pastoral en 1987, recibiendo
por parte de todos, desde Antofagasta hasta Punta Arenas, expresivas muestras
de cariño. Puede comprobar así que se trata de un pueblo recio, en busca de
caminos que lo conduzcan a la anhelada reconciliación, aunque para llegar a esa
meta haya que pasar por tramos estrechos. Por eso, una vez más, quiero
repetirle como hice en la beatificación de la joven carmelita Teresa de los
Andes que «el amor es más fuerte» porque «el amor puede siempre más».
La fe y la religiosidad, arraigadas tan profundamente en el alma de los
chilenos, han dado excelentes frutos, entre los cuales la Iglesia honra a santa
Teresa de los Andes y a los beatos Laura Vicuña y Alberto Hurtado. Es de
justicia recordar, además, cómo los padres de la Patria fueron creyentes
convencidos. A este respecto, cabe destacar cómo el capitán General Bernardo O'Higgins
tomó la iniciativa de pedir a la Sede Apostólica una Misión pontificia que
pudiera resolver en el territorio chileno los problemas religiosos derivados de
la independencia y la nueva organización eclesiástica con la provisión de
diversos obispados, siendo así la primera nación latinoamericana en acoger una
misión pontificia después de la emancipación nacional. Desde entonces, el país
reconoció la relevancia de la Iglesia católica como verdadera madre y garante
de su idiosincrasia, instaurando por ello lazos de respetuosa y filial
vinculación con el Romano Pontífice y, manteniendo siempre con este espíritu,
cordiales relaciones con la Santa Sede.
3. Amplia y enriquecedora ha sido la aportación de la Iglesia a la vida de
Chile, tanto en los tiempos de la colonia como después de la independencia
nacional, no siendo difícil descubrir su presencia en los momentos
significativos de la historia patria. Ha citado usted en su discurso a algunos
eminentes servidores de la Iglesia que, con su palabra y su acción pastoral,
han acompañado el desarrollo de Chile hacia metas más elevadas. Junto a ellos
cabe recordar la pléyade de numerosos pastores y fieles que han encontrado en
los ideales evangélicos la fuente de inspiración para trabajar, cada uno en el
lugar donde la Providencia le ha situado, por el bien común en los diversos
ambientes profesionales.
En el cumplimiento de su misión, anunciando la Buena Nueva de Jesucristo, la
Iglesia colabora en la promoción del bien integral de las personas y está
comprometida muy particularmente en favorecer la convivencia solidaria y la
reconciliación entre todos los ciudadanos, hijos de la misma tierra; así mismo,
quiere iluminar las conciencias para que algunos peligros de la sociedad de
hoy, como son el relativismo ético, el consumismo y otras formas
pseudoculturales no deterioren el tesoro de valores cristianos sobre los que
reposa la identidad nacional. A este respecto, las recientes Orientaciones
Pastorales de los Obispos de Chile que llevan por título «¡Si conocieras el don
de Dios!» quieren ser un anuncio de esperanza en los inicios del tercer
milenio, invitando a superar aquellas heridas que restan fuerza al desarrollo
de la sociedad chilena, y entre las que cabe señalar la pobreza y las enormes
desigualdades, las dificultades que afronta la familia, y la dignidad lesionada
de personas, familias, agrupaciones e instituciones.
4. Se ha referido usted también al deseo de defender y fortalecer la familia,
tan necesario «en un momento histórico como el presente, en el que se está
constatando una crisis generalizada y radical de esta institución fundamental»
(«Novo millennio ineunte», 47). Me complazco por esos propósitos, esperando de
los gobernantes y de la sociedad entera que sean consecuentes con la historia,
con la tradición más genuina del país y que no ahorren esfuerzos en este
sentido, de modo que no se ceda a fáciles tentaciones, disfrazadas a veces bajo
la apariencia de una falsa modernidad. A este respecto, resulta de primaria
importancia salvaguardar y fortalecer dicha institución. No cabe duda de que
muchos males sociales tienen su origen en la desintegración familiar, por lo
que se impone educar a las nuevas generaciones en el sentido del amor
verdadero, de la entrega total e indisoluble a través del matrimonio, lo cual
permita superar los momentos de incomprensión y desconfianza, de modo que cada
hogar chileno sea un lugar de amor y de paz, y una verdadera escuela de
humanidad.
5. La aspiración por un Chile cada vez más próspero y desarrollado exige un
esfuerzo por mejorar la calidad de vida y la vida misma de los chilenos. Me
complazco por la reciente decisión del Supremo Gobierno y del Poder legislativo
que --con la colaboración leal de la Iglesia-- ha abolido la pena de muerte y
es de esperar que con ese presupuesto se promueva siempre el respeto más celoso
e irrenunciable por la vida de cada ser humano, desde su concepción hasta su
ocaso natural. De esta manera, dando testimonio de amor al prójimo, de amor a
la familia en su sentido más original y del amor por la vida, se podrá formar a
las nuevas generaciones en unos principios éticos básicos que redundarán en la
grandeza moral de vuestro pueblo.
6. Su país, señor embajador, ha dado pruebas elocuentes de apego a su tradición
democrática y de fuerte integración nacional, lo cual queda reflejado en la
solidez de sus instituciones. Cuando se acerca el bicentenario de la
independencia nacional y el ideal es alcanzar la máxima expansión de las
libertades civiles, sociales y culturales, como ha señalado usted, hay que
tener presente que el fortalecimiento de la vida democrática tiene que ir
siempre acompañado de la promoción constante de los valores genuinos que son la
garantía de estabilidad, porque una democracia sin valores no sirve para el
verdadero progreso, de lo contrario se vuelve contra el mismo hombre.
Por lo que respecta al escenario internacional, Chile ha alcanzado un lugar
notable en Latinoamérica, tanto por su aportación en los foros internacionales
como por su participación en los organismos que promueven el desarrollo y el
progreso. Quiero, a este respecto, señalar la voluntad pacífica de los
chilenos, puesta de relieve en el diferendo con la hermana República Argentina,
donde fui testigo de primera mano del entendimiento entre dos pueblos que quisieron
y supieron superar las desavenencias y dedicar al desarrollo lo que hubiera
sido derrochado por las armas. Más recientemente, Chile ha resuelto sus asuntos
pendientes con Perú, firmando en noviembre de 1999 el Acta de Ejecución de las
cláusulas del Tratado de Lima de 1929, concentrando una vez más los esfuerzos
en el desarrollo y el bienestar de su sociedad y evitando contiendas con otros
pueblos.
7. Al concluir, Señor Embajador, formulo mis mejores votos por el buen
desempeño de su misión. En la Santa Sede encontrará disponibilidad para todo lo
que pueda redundar en bien del querido pueblo chileno y favorecer las buenas
relaciones que existen entre su País y esta Sede Apostólica. Pido al Señor, por
intercesión de Nuestra Señora del Carmen, que le asista en el ejercicio de sus
funciones, que bendiga a su distinguida y numerosa familia, a sus
colaboradores, así como a los gobernantes y ciudadanos de la noble nación
chilena, que recuerdo siempre con estima y a la que bendigo con afecto.
Máximo
Pacheco Gómez, nuevo embajador de Chile ante la Santa Sede, nació el 26 de
octubre de 1924 en Santiago de Chile. Viudo y padre de ocho hijos es doctor en
Jurisprundencia (Universidad de Chile, 1947), con especialización en Filosofía
del Derecho (Universidad de Roma, 1950).
Abogado de profesión, ha desempeñado, entre otros, los siguientes encargos:
embajador de Chile en Moscú (1965-1968); ministro de Educación (1968-1970);
presidente del Consejo Interamericano para la Educación, la Ciencia y la
Cultura (1970); Decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la
Universidad de Chile (desde 1972); Senador de la República de Chile
(1990-1994); profesor ante la Facultad de Derecho de la Universidad Católica de
Chile (desde 1996); Juez de la Corte Internacional de los Derechos Humanos ante
la Organización de los Estados Americanos (elegido en 1992 y reelegido en
1998). Desde 1999 es vicepresidente de la misma Corte.
Es autor de numerosas publicaciones sobre la Doctrina Social de la Iglesia,
sobre el Estudio de la Ciencia Jurídica y Social y sobre la Teoría del Derecho.
ZENITH - ZS01061804