Este año no apareció Guadalupe entre los peregrinos llegados de Temoaya. Algo muy grave tiene que haberle sucedido para que haya faltado a la Basílica. Si supiera su nombre completo podría ir a buscarla en cuanto pase esta temporada, la de más trabajo: hacemos comida para los romeros.
Cada año son más y más pobres. También cada diciembre son menos abundantes las raciones que les regalamos; tan siquiera es algo para calmarles el hambre, la fatiga y el frío. Todo eso arrastran durante los kilómetros de una caminata agravada por los hijos que cargan en brazos o a la espalda, los enfermos a quienes dan apoyo, las imágenes que traen a bendecir, los regalos que ponen a los pies de la Virgen: ramilletes, panes, telas bordadas, miel, cirios, veladoras, mazorcas...
Desde que la conocí, Guadalupe le ha traído a “su tocayita divina” pequeñas alfombras que son verdaderos jardines en miniatura. Las teje, según me ha contado, en los tiempos que le roba a su jornada de trabajo. Comienza a las cinco de la mañana ante el fogón donde prepara el almuerzo y termina en el mismo sitio. Allí espera el regreso de su marido.
Por causa de él Guadalupe empezó a peregrinar. Vino a pedirle a la Virgen que lo metiera en razón, que lo alejara del alcohol y de la tranca con que la golpea porque aún no le da un hijo, porque rompe un jarro o extravía alguna cosa; a veces la maltrata sólo para desquitarse del coraje que le causa ser pobre y no verle salida a la miseria.
II
“Y por usted, ¿qué pedirá?”, le pregunté a Guadalupe el primer día que entró en la casa para curarse con hilo y aguja las ampollas de los pies. Levantó la cara y miró hacia los peregrinos, que seguían desfilando por la Calzada de los Misterios:
–Uh, son tantas cosas que no terminaría de contárselas. Lo bueno es que Ella las sabe, porque mientras le fui tejiendo su tapetito le platiqué toda mi vida: desde que comencé a trabajar a los 5 años en el campo hasta el momento en que me puse a tejer su regalo, hará como dos meses, o a lo mejor más. No lo sé bien. El tiempo se me revuelve, los días son tan iguales que ni me doy cuenta de cuándo termina uno y cuándo empieza el otro.
Sin que se lo pidiera, Guadalupe sacó de entre sus cosas el tapete con fondo azul y flores de muchos matices. Me pareció increíble que en algo tan hermoso pudiera entramarse la vida amarga y miserable que se traslucía en el aspecto y el tono de la peregrina:
–La noche en que decidí venir en peregrinación me puse a ver que era imposible presentarme ante la Virgen con las manos vacías: si uno va de visita a una casa lleva un presente, cuantimás si viene a la Basílica. Lo primero que se me ocurrió fue traerle un ramo de flores. Pero recordé que casi todas las mujeres de mis rumbos se las traen. La Virgen no iba a saber cuáles eran las mías y a lo mejor por ese motivo no iba a ocuparse de mis súplicas. Y si Ella no las atiende, ¿quién va a hacerlo? ¡Nadie!
La reflexión de Guadalupe me conmovió tanto que le acaricié el hombro. Ella retrocedió:
–No se recargue mucho en mi brazo porque lo traigo desvencijado de cargar tantas cosas y por los golpes. ¿En qué estábamos? Ah, sí, en el ramo de flores. Luego pensé: en uno o dos días se van a marchitar y mi divina tocayita muy pronto dejará de tenerme presente en medio de tantos que ruegan sus favores. ¿Le llevo dinero? Pos cuál, si apenas tuve para los gastos del viaje; no son muchos, pero cuando uno es pobre hasta un centavo cuenta. Usted me entiende… Seguí piense y piense hasta que me decidí por tejerle a mi Virgen una alfombra. La hice a escondidas de Felipe –a veces en la oscuridad, como tejen las arañas–, porque si él la hubiera visto me habría dicho: “Salte a la carretera para que la vendas.” ¿Cómo iba a hacerlo, si desde que me puse a cardar la lana tenía planeado que fuera para Ella?
Guadalupe recuperó la alfombra que me había prestado para que la apreciara de cerca y se puso a acariciarla:
–Aunque no perfumen, lo bueno de las flores tejidas es que jamás se marchitan. Éstas durarán mucho tiempo, puede que hasta más que yo. Cuando las mire, y las verá, porque la Virgen lo puede todo, mi Señora dirá: Son las primeras que me regaló Guadalupe, esa chaparrita con un hombro desvencijado que vino a solicitarme tantas cosas, hasta el perdón por haberme pedido que le quitara la vida. Para qué más que la verdad: es cierto. Hace poco fui a la capilla a rogarle que me diera valor para acabar con mis días colgada de un árbol. Mi prima Eulalia así terminó. El sacerdote no quiso que la enterráramos en el camposanto, sino del otro lado de la barda, casi a la orilla del camino. Allí sigue la cruz con su nombre: Eulalia. Mis tíos se negaron a ponerle sus apellidos en señal de que rechazaban la decisión de su hija. No los juzgo, pero para mí que eso no estuvo bien, ni tampoco que hayan quemado el árbol. Quedó nomás hecho un tocón negro. Me dio gusto que luego empezaran a salirle brotes. Pronto volverá a ser un árbol; mi prima, en cambio, ya nunca será nada.
III
Guadalupe dobló la alfombrita y la guardó entre sus cosas:
–Ya es hora de irme. Tengo mucha ilusión de presentarme ante la Virgen. Primero le agradeceré que haya cambiado los pensamientos de mi esposo, que no quería darme el permiso para venir; luego voy implorarle perdón por haber pensado en quitarme la vida. Para que entienda bien por qué lo hice le diré que una mañana, de repente, se me fueron acabando las fuerzas, las ganas de seguir levantándome y acostándome sin ninguna esperanza. Es algo muy triste eso de sentir que ya nada la provoca, que no le importan ni los golpes, que todo da lo mismo y sólo se piensa en salirse de la vida como si se tratara de un vestido roto.
Guadalupe se calzó las zapatillas de plástico transparente en señal de que estaba lista para remprender su caminata. Llegó a la puerta y se detuvo para ver a un hombre que avanzaba de rodillas, con los brazos en cruz, mirando hacia la cúpula de la Basílica y llorando:
–Pobre cristiano. Cuando esté frente a la Virgen voy a pedir por él. Se ve que no tiene quien lo haga porque anda solo; yo vengo igual, pero sobre mis pies y de seguro cargando menos arrepentimientos.
Sin despedirse, Guadalupe atravesó la calle y se confundió con los romeros. Unos iban rezando, otros se mantenían en silencio tal vez haciendo la lista mental de las peticiones que iban a presentarle a la Virgen: desde que les conceda fuerzas para aferrarse a la vida hasta que les dé valor para no buscar la muerte.
Nadie ha notado la ausencia de Guadalupe, una más entre las filas de menesterosos que ya sólo pueden esperar lo imposible. A cada momento me vuelvo hacia la calzada con la esperanza de verla renqueando, cargada con la bolsa donde le trae otro regalo a la Virgen: la alfombra que simula un jardín salpicado de flores que nunca se marchitan. Ese milagro lo teje Guadalupe a escondidas, en la oscuridad donde hilan infatigables las arañas.
Domingo 20 de mayo del 2007
Eje Central Cristina Pacheco
Los tesoros del mar
El estruendo de las máquinas inunda el taller donde se fabrican bolsas, gorras y mochilas. En las paredes salitrosas se exhiben muestrarios de las telas y las figuras que decoran los productos Mer-Ger. El futuro de la marca es tan incierto como la relación entre Mercedes y Germán.
Hace 13 años, cuando decidieron unir sus vidas y sus nombres para dar identidad al sueño realizado de tener un negocio propio, trabajaban en la misma mesa por el gusto de mantenerse cerca. Ahora Mercedes está frente a la máquina, al otro lado del taller, y Germán en el área de empaques, junto a la ventana desde donde puede mirar la calle. Esa breve distancia simboliza el deterioro de una relación convertida en trampa de la que ambos quieren salir.
Al cabo de los años también ha habido cambios entre el personal del taller. De los ocho fundadores sobreviven cuatro: Anselmo, Tobías, Esteban y Librado, a quien por su delgadez apodan La Parca. Cuando Mercedes y Germán salen a comprar material o a repartir la mercancía, los trabajadores se lamentan por no haber abandonado la empresa desde que empezó a dar señales de fracaso.
Todos culpan a sus patrones de la mala situación, juran que no se irán con las manos vacías cuando Mer-Ger termine de asfixiarse entre los productos chinos que los tienen sitiados, y se amargan pensando si cobrarán la raya de la semana.
Ese peligro los enmudece. En cuanto Mercedes y Germán regresan, en el taller vuelven a escucharse los rumores de las máquinas, las tijeras, las telas, los papeles y la música que sale del radio sintonizado en la misma estación desde hace mucho tiempo. Como siempre que escucha su bolero predilecto, Caminos de ayer, La Parca dice entre suspiros y el humo del cigarro que cuelga de sus labios: "Ni siquiera recuerdos".
II
Don Celso, el voceador, se acerca a la ventana del taller: "¿Le dejo su periódico? Está muy bueno". Germán le responde sin levantar los ojos: "No. Ya me cansé de que todos saquen lo mismo: balaceras, asaltos, secuestros, levantones, decapitados, pleitos de políticos y promesas de que ahora sí van a librarnos de la pinche crisis".
Celso introduce un ejemplar del periódico por entre los barrotes: "Ahora trae lo de un tesoro que encontraron en el mar. ¿A poco no lo sabe? Anoche lo dijo Joaquín en las noticias". Mercedes aprovecha para descargar su rencor hacia Germán: "A menos que sea de viejas, éste no se entera de nada". La Parca desiste de encender otro cigarro y se lo pone en la oreja: "Yo escuché algo, pero creí que era publicidad de una película. ¿De qué se trata, don Celso?"
Animado por el interés que despertó, don Celso entra en el taller: "De que hallaron en el mar un barco hundido con 17 toneladas de monedas de oro y plata. Híjole, nomás de imaginármelo se me hace agua la boca". "A usté lo que se le hace agua es la canoa".
Habituado a las bromas de Esteban, el voceador asienta el periódico en la mesa y golpea con el índice la fotografía que ilustra la noticia: "Allí están los cofres, todos llenos de monedas".
Ante la imagen del hallazgo, los trabajadores parecen hechizados: "Tenían que ser extranjeros los que encontraron esa lana", dice Anselmo, con su habitual inconformidad. "Lógico. Ellos son los que tienen para hacer las investigaciones y meterse en los hundimientos", agrega Tobías. "¡Ya habló el sabelotodo!", murmura Anselmo fastidiado. "A las investigaciones hay que meterles mucha feria, porque si no nomás no..."
La Parca al fin enciende su cigarro: "Chingao, mientras aquellos sacan del mar toneladas de oro y plata, nosotros ni siquiera logramos sacar el lirio acuático de Xochimilco". "Qué se me hace que usted es medio malinchista", deduce Esteban.
Mercedes aparta a los trabajadores, toma el periódico y lee en voz alta: "Hallan millonario tesoro en el Atlántico. Rescata compañía estadunidense cientos de miles de monedas de oro y plata". Anselmo la interrumpe: "¿No se lo dije? Fueron los gringos".
Germán le arrebata el diario a Mercedes y analiza la foto del hombre y la mujer que clasifican las cajas de monedas: "¿Estos van a quedarse con el tesoro?" "Pues si son ellos no se ven como muy contentos; más bien parecen preocupadones".
Esteban se rasca la barbilla: "Lo comprendo: a como está la inseguridad, van a perseguirlos un montón de cabrones para bajarles la lana". Sacudido por un acceso de tos, La Parca levanta la mano: "Aquí la cosa es saber si esas monedas sirven". En medio de las burlas se impone la voz de Germán: "¡Qué pregunta! ¡Claro que sirven! Son de oro y plata, no piedrólares".
La Parca se defiende: "Pero son monedas antiguas, señor, an-ti-guas". Mercedes sonríe conciliadora: "Ya entendí lo que la Parquita quiso decir..." "Uta, Parca, ¿desde cuándo tienes vocera?" Mercedes mira con severidad a Germán: "Por favor, déjame terminar, ¿sí? Sus dudas me parecen muy lógicas. El dinero del tesoro no es de nuestros tiempos, así que no van a recibir esos tostones en las tiendas". "El dinero se acuña, no se hace", aclara Tobías, sin que nadie le preste atención.
Anselmo se quita los lentes y los observa a contraluz: "Para eso están los bancos o las casas de bolsa. Además, no sé si habrá alguna institución con tanta feria como para cambiarles 17 toneladas de oro y plata". Esteban levanta los hombros: "Los narcos... Esos van a ser los ganones, y si no, de mí se acuerdan". Mercedes se inclina sobre el hombro de Germán: "¿Y por qué los narcos?" El le responde, con una sonrisa displicente: "Gordita, eso hasta un niño lo sabe: porque ellos tienen todo el dinero del mundo".
Don Celso escucha un grito: "Me busca mi nieto. ¿Les dejo el periódico?" Germán se mete la mano al bolsillo: "No traigo cambio. Mercedes, si tienes 10 pesos, págale". "Yo tampoco tengo, ¿o a poco crees que me encontré un tesoro?" "No se apuren, al rato paso, y si no mañana me pagan". Celso corre hacia la puerta y en seguida vuelve a oírse su pregón: "Un inmenso tesoro..."
III
Es mediodía. Por primera vez en el taller no se escuchan la música ni el sonido de los motores. Todos observan a Germán, quien por segunda ocasión lee la noticia: "La compañía se negó a revelar el sitio del hallazgo, el nombre del barco hundido o el año del naufragio, porque aún no están seguros de cuál es. Sólo precisó que el tesoro fue recuperado en el océano Atlántico..."
Germán no disimula su impaciencia cuando lo interrumpe Mercedes: "¿Dónde queda eso? El Atlántico". "Es un océano", le informa Tobías. "Ya me lo imaginaba. ¿Dónde está?" Espera una respuesta, pero sólo oye la indicación de La Parca: "Luego lo estudia. Ahorita deje que Germán siga leyendo".
Mercedes va a sentarse al lado de su esposo. Le gusta ver de reojo el periódico que él tiene entre las manos, tal como hacía, antes de que se casaran, cuando se encontraban de casualidad en el microbús y él iba leyendo el Ovaciones. "El naufragio está hundido a 100 metros de profundidad, distante 64 kilómetros de..." "¿Dónde?", lo presiona Anselmo. "¡Qué prisa! ¿Piensas ir a buscarlo, o qué?" "No, sólo quiero saberlo. A ver, présteme el periódico. Aquí dice que en Land's End, la parte más occidental de Inglaterra".
Todos se miran desconcertados y Mercedes pide una aclaración: "Ay, Anselmo, eso está medio reborrujado, ¿no se le hace? ¿O usté qué opina, Tobías?" "Pues que lo explican así precisamente por seguridad, si no al rato medio mundo querrá ir a meter mano".
Germán recupera el periódico y continúa la lectura... Cuando termina dobla el diario y lo deja sobre la mesa: "Con estas cosas como que se queda uno pensando". Mercedes le toca el brazo: "¿En qué?" El la mira con cierta ternura: "Pues en lo que haría uno, que no tiene un centavo, con tanto dinero. Yo no sé..."
Anselmo toma la botella de refresco y, como es su costumbre, lo mira a contraluz: "Pues yo sí: por lo pronto cubrir todas mis deudas y luego, ya bien tranquilo, me iría por el mundo para volver a morir en mi tierra". "¿Y usted, Esteban?" El hombre se mete las manos en los bolsillos: "Poner un negocio grandísimo, de pura computación, y con mis ganancias, dedicarme a estudiar idiomas. Tobías, ¿qué nos dice?" "¿Para qué pienso en eso? Mejor que se lo diga Librado".
La Parca se vuelve hacia la repisa donde está el radio: "Llamaría a los científicos más chingones del mundo para que con todos sus conocimientos me regresaran a 1953. En ese año nací. Quien quite y en un segundo chance me toca una vida distinta. Me conformo con que sea un poquito mejor". Estira la mano, gira el botón del radio y sonríe al escuchar Caminos de ayer.
DOMINGO 13 DE MAYO DEL 2007
Eje Central Cristina Pacheco
Los papeles de Mini
Las personas interesadas en alquilar un departamento lo primero que hacen es pedirme que se los muestre. Me extrañó que Daniel Conde sólo preguntara por la renta: 700 pesos. Cuando lo apuntó en una tarjeta y le vi la argolla de matrimonio, sospeché que andaba buscando un sitio donde meterse con algún amorcito. Imaginé una esposa envejecida, luchando por ahorrarle el dinero, y a unos hijos faltos de todo mientras él se daba sus lujos.
Eso aumentó la antipatía que desde el primer momento sentí hacia Daniel. Me propuse desanimarlo: "¿No quiere ver el departamento? Es muy chico. Tiene una sola recámara, cocina, baño y una salita donde caben muy pocos muebles". Daniel insistió: "¿Cuánto renta?" Se lo repetí y no me sorprendió que me pidiera una rebaja: "¿Es lo menos?"
Pensé otra vez en su amorcito y me enterqué en desilusionarlo: "Sí. La verdad, no me parece caro. Si no ha aumentado el alquiler es porque el edificio no tiene elevador. Desde que compusieron el centro las rentas han subido muchísimo. No le miento, vaya a otros lugares y compruébelo usted mismo, tal vez hasta encuentre algo más amplio. Comprendo que el departamento resulte incómodo para una familia. Además, tampoco tiene jaula para tender la ropa". Daniel levantó los hombros: "Eso es lo de menos. No creo que Mini vaya a necesitarla. Mandará su ropa a la lavandería. ¿Hay alguna cerca?"
Me reí al saber que el amorcito de Daniel se llamaba como la tienda que abrieron a dos cuadras: "Mini". El interpretó mi risa como una muestra de interés y se volvió comunicativo: "Se llama Minerva, pero le digo Mini de cariño. Le caerá bien. No se mete con nadie, es muy tranquila y tiene un sentido del humor que me fascina". Daniel estaba decidido a cerrar el trato. Tenía todo el derecho de hacerlo y eso me irritó aún más.
Para desquitarme, seguí poniéndole trabas: "Aquí hay familias con cantidad de niños. Ya sabe cómo son: gritan, chillan, se pelean, juegan futbol... Se lo advierto para que luego no vaya a salirme con que quiere rescindir el contrato. Es, mínimo, de un año. Si no tiene fiador deberá pagar tres meses de adelanto".
Daniel me descubrió: "¿Tiene otro candidato para el departamento? No la veo con muchas ganas de rentármelo". Le aclaré que el edificio no era de mi propiedad, que tenía un administrador y le di sus señas para que se pusiera en contacto con él. Se fue sin darme las gracias. Pensé que la calentura estaba fuerte y ya le urgía tener dónde meterse con la dichosa Mini.
El nombre me hizo imaginarla como una mujer alta, delgada, rubia falsa, perezosa y gritona a la hora de la hora. Juré que ni por todo el oro del mundo me prestaría a hacerle sus encargos. De seguro me lo iba a pedir: bajar diez tramos de escalera es cansado, pero subirlos está en chino.
II
El día en que Daniel trajo a Mini quedé tan sorprendida que ni siquiera pude contestarle el saludo. Más tarde, cuando fui a entregarle sus llaves del zaguán y la encontré solita, me disculpé por mi falta de amabilidad. Terminé contándole cómo me la había imaginado y el tipo de relación que, según yo, llevaba con Daniel.
Mini suspiró aliviada: "Qué bueno que me lo aclaras, porque cuando vi que no me respondías y sólo me mirabas de una manera tan rara pensé: 'a esta señora también le caigo mal'. No te mortifiques. En tu lugar me habría quedado tan sorprendida como tú: esperabas que tu nueva inquilina fuera la amante de Daniel y te encontraste con que soy su abuela. De milagro no te dio un patatús".
Nos reímos mucho y le pregunté cuántos nietos tenía: "Siete. Daniel es el mayor y el único que se ocupa de mí. Los otros me hubieran arrumbado en un asilo; en cambio, Dany me buscó este departamento aunque vaya a pagarlo con su dinero. Lo único malo son las escaleras, pero no voy a ponerme de remilgosa porque sería una malagradecida. Además, no necesito salir mucho: los domingos, después de la misa, puedo hacer mi mandado. Dany prometió sacarme a pasear cada 15 días. No puede venir más por su trabajo y porque vive hasta Izcalli".
Mini estaba convencida de que su nieto era el hombre más generoso del mundo. En cambio, yo seguí desconfiando de Daniel; no entendía que un hombre con experiencia le hubiera alquilado a su abuela, de 86 años, un departamento en un quinto piso, a menos que quisiera aislarla del mundo y dejarla morir sola.
III
De todo lo que me imaginé acerca de Mini sólo acerté en una cosa: es gritona. Se pasa todo el tiempo asomada a la ventana y desde allí saluda a los inquilinos, les pregunta adónde van, qué compraron, qué hicieron en la calle. Al principio le contestaban, pero ya no, porque temen que les haga plática. Nadie tiene tiempo para eso, y menos yo.
Antes, aunque estuviera muy ocupada, procuraba responderle, decirle alguna cosa para animarla. Pero luego me aburrí de sus gritos y de los míos hasta que di con el remedio: "Mini, estuve pensando que no debe gritarme tan fuerte porque se pondrá ronca y cuando venga Daniel por usted, si la encuentra malita, no la llevará a pasear".
Dios me castigó por mentirosa: desde que instaló a su abuela en el quinto piso, en dos años Daniel ha venido apenas media docena de veces y sólo una sacó a Mini: la llevó al banco para hacer unos trámites. "¿Cuáles?" Le pregunté cuando subí a entregarle su ropa. "De esas cosas nunca supe ni jota y menos ahora. Sólo firmé. Le doy muchas gracias a Dios de que me haya conservado la buena letra. La señorita que nos atendió en el banco estaba maravillada de que pudiera escribir mi nombre tan bien. Daniel se sintió muy orgulloso y me besó las manos. Mis manos de vieja, temblorosas, deformes, llenas de manchas, que hasta a mí me dan asco, mi nieto las besó".
IV
Mini creyó que iba a ser muy fácil salir los domingos y aprovechar para hacer sus compras. Pero desde que se perdió no ha vuelto a hacerlo, así que ya para todo depende de su nieto. Antes siquiera venía a dejarle su despensa cada semana; ahora se la manda en un taxi. Yo la recibo y subo a acomodar las cosas. Cuando veo lo que el dichoso Dany le manda a su abuela -un jabón, un rollo de papel sanitario, arroz, frijol, huevos, un frasco de aceite, una que otra latita sin marca, naranjas, plátanos- me pregunto qué le habrá hecho firmar el desgraciado.
Por el temor de que Daniel no la saque a pasear si la encuentra ronca, Mini casi ya no grita. Ahora se comunica con nosotros, más bien dicho conmigo, porque soy la única que le hace caso, mediante recados que arroja desde su ventana. Lo hace a todas horas, inclusive por la noche.
Durante el día llueven papelitos. Tardan mucho en caer del quinto piso al patio. Como sé que Mini me está observando, los recojo y los leo: "Me gustaría tener una maceta en la ventana. ¿Qué le parece?" "No he podido ir al baño". "El agua sale fría. ¿No me compró mi gas?" "Cuando venga Dany a visitarme le pediré un teléfono celular para que me diga si va a venir y no me deje esperándolo".
Le respondo a gritos lo que imagino que ella quiere oír: "Una planta se daría muy bien en su ventana porque le pega mucho sol". "Camine para que su intestino funcione". "No han venido los del gas, pero seguro ya no tardan". "Es buena idea lo del celular. Dígaselo a su nieto".
Por las mañanas, cuando me levanto encuentro el patio como si hubiera granizado: blanco de papeles. Preferiría no leerlos, porque casi todos los mensajes son tristes y me asustan, muestran lo horrible que es la vejez para alguien tan pobre y tan sola como Mini. Si estuviera enferma creo que su familia se apiadaría de ella, pero como es muy sana, la han abandonado. Dios me lo perdone, pero terminarán por olvidarla como si fuera un suéter o un paraguas inservible.
No creo que a Mini le reste mucho tiempo de vida. El día en que ella muera, cosa que sentiré mucho, Daniel tendrá que venir. Y si no lo hace, el administrador se encargará de traerlo para que cubra los gastos del entierro.
Si anhelo tanto ese día es porque quiero entregarle a Daniel un regalito: los recados que su abuela ha estado escribiendo desde que él dejó de visitarla. Quiero estar presente para ver la cara del imbécil cuando lea el menos triste de los mensajes que tiró Mini desde su ventana: "Soñé que estaba muerta. ¡Al fin conocí la felicidad!"
DOMINGO 6 DE MAYO DEL 2007.
Eje Central Cristina Pacheco
Hijas de las tinieblas
Aunque nadie lo crea, se puede vivir en un cuarto de tres por tres. El nuestro no tenía ventana, sólo una puerta de lámina pintada de rojo. Una tarde muy calurosa, a mi hermana Virginia y a mí se nos ocurrió perforarla con un destornillador. Por esos hoyitos entraban hilos de aire y gotas de luz.
En un lazo tendido sobre la cama, de una pared a otra, poníamos la ropa usada que mi madre compraba por kilo para revenderla en los municipios más lejanos. En aquel tendedero había de todo: pantalones, abrigos, sacos, blusas, faldas y hasta vestidos de noche muy acabados. Todas esas prendas eran para Virginia y para mí como una procesión de gente que caminaba sobre nuestras cabezas. También podían ser otras cosas: un bosque oscuro, una fila de personas esperando turno para algo -nunca precisamos qué-, un grupo de trapecistas...
Los vimos la única vez que mi madre nos llevó a un circo. La pobre se durmió durante toda la función. Y cómo no, si se levantaba a las cuatro de la mañana para prepararnos algo de comida antes de ir a vender.
Volvía al cuarto para las diez de la noche. Se iba directo a la cama y estiraba el brazo para jalar alguna de las prendas y usarla de cobija. Me gustaba pensar que sus humores quedarían escondidos entre los hilos de casimires y popelinas; que sus sueños eran un hilo más de los encajes rotos, percudidos.
II
Mi madre se llamaba Rutila. No recuerdo el tono de su voz. Nunca la oí cantar y hablaba poco. Por lo general antes de ir a vender nos leía la cartilla aunque estuviéramos medio dormidas: "No vayan a salir. Coman. Tengan cuidado con la hornilla. No entren al baño si alguien está adentro. No le abran la puerta a nadie". Muchas veces, en las madrugadas, me despertó el golpe de la puerta al cerrarse. Entonces permanecía atenta a los pasos de mi madre conforme iba subiendo la escalera con su carga de ropa sobre la espalda.
Nunca supimos su edad. Tomando en cuenta que cuando llegamos a vivir en aquel cuarto Virginia tenía 4 años y yo 6, mi madre debió ser aún joven cuando murió. Siempre tuvo las mismas arrugas en la frente y en las comisuras. Esas líneas contaban su vida difícil. Nunca se quejó ni nos reveló el nombre de nuestro padre. Tal vez debería decir "de nuestros padres". Virginia y yo salimos muy distintas en lo físico, pero a fuerza de estar siempre juntas acabamos por ser idénticas: pensábamos igual, queríamos las mismas cosas y nunca le tuvimos miedo a la oscuridad. Es más, jugábamos con ella.
III
Encerradas en nuestro cuarto, sin ver a nadie, se puede decir que Virginia y yo vivíamos solas. Tal vez por eso nos inventábamos una nueva familia. La "vestíamos" con las prendas que mi madre no alcanzaba a llevarse para venderlas. Una chamarra era "el papá"; un suéter, "la abuela"; un pantalón, "el hermano"; una falda, "la prima"...
Una vez mi madre tardó mucho tiempo en vender un saco a cuadros verdes y negros. A Virginia y a mí se nos ocurrió que era de nuestro padre y nos encariñamos mucho con esa prenda.
La tomábamos por las mangas y nos poníamos a pasearla por el cuarto hasta que al fin, suponiendo que ya estaba fatigada, la sentábamos en el quicio para que le diera el sol.
Un día un vecino se acercó para saber si el saco estaba en venta. Le dijimos que no. El domingo volvió para preguntárselo a mi madre y ella se lo vendió por siete pesos. Cuando el hombre se fue con el saco puesto mi hermana y yo nos soltamos llorando. "¿Qué tienen, qué les sucede?" No pudimos explicarle a mi madre que llorábamos porque sentíamos lo que era ser huérfanas.
Sin ponernos de acuerdo, Virginia y yo nunca volvimos a inventar una historia semejante y retomamos las diversiones habituales: saltar en la cama para ver si alcanzábamos el techo, perseguir insectos, hacer de nuestros brazos mortajas. Estoy usando la palabra correcta, a no ser que la ropa con que se viste a un muerto para enviarlo a la sepultura lleve otro nombre.
En el edificio la luz se iba con mucha frecuencia, pero en el cuarto nunca tuvimos velas. Mi madre temía que ocurriera un accidente como el que le deformó la cara a una conocida suya y prefería estar a oscuras hasta que volviera la corriente. Eso podía tardar horas. Al final, el portero detectaba el origen del problema o pedía dinero a los vecinos para contratar a un electricista.
En uno de aquellos apagones a Virginia se le ocurrió que jugáramos a morirnos e impuso las reglas: "Gana la que se quede más tiempo quieta sin abrir los ojos y sin respirar". Después de contener el aliento durante unos segundos que nos parecían eternos, estallábamos en carcajadas y enseguida volvíamos a la inmovilidad y al silencio, tratando siempre de superar nuestras marcas
IV
La mañana de un lunes mi madre no se levantó. Con la cara al techo parecía dormir, pero sus ojos entreabiertos estaban opacos. Lo último que vio de este mundo fueron las ropas que no alcanzó a vender. Le gritamos a Melquíades, el portero. Enseguida dio su veredicto: "Está muerta". Luego fueron apareciendo los vecinos. Se corrió la voz y llegaron algunos desconocidos. Uno de ellos llamó a una funeraria de Iztapalapa que brindaba servicios gratuitos a personas indigentes.
Mientras corrían los trámites, mi madre continuaba rígida en la cama bajo una sábana que alguien nos prestó. Nos hicimos las ilusiones de que estaba jugando a morirse hasta que dos hombres la metieron en una bolsa negra y se la llevaron a la carroza, donde la esperaba un ataúd gris. No la enterramos en él porque sólo era prestado. Mientras esperábamos ante el horno crematorio, vimos cómo los mismos empleados que acababan de trasladar a mi madre devolvían el ataúd a la carroza en que ella realizó su último viaje.
V
Todo sucedió muy rápido y no tuvimos tiempo de llorarla. La gente nos aturdía con preguntas: "¿Qué piensan hacer?" "¿Con qué van a pagar los 300 pesos del cuarto?" "¿Aceptarían irse a un orfanatorio aunque no pudieran quedarse juntas?" En esos momentos la idea de separarnos nos parecía imposible a Virginia y a mí. Sin embargo, poco tiempo después tuvimos que aceptarla.
Presionadas por la necesidad, retomamos el negocio de mi madre. Rematamos en la puerta del edificio la ropa usada que teníamos en la casa. Con el poco dinero que sacamos fuimos a ver a los ayateros de Tepito y compramos otro bulto. Esa fue nuestra rutina durante cuatro años.
Nos hicimos de amigos entre los comerciantes de los tianguis. Uno que conocimos en Chicoloapan se llamaba Ernesto Morales. Vendía fierros. Sus clientes eran plomeros, albañiles, choferes. Entre ellos un compadre que pasaba gente al otro lado en el doble fondo de su tráiler. Virginia y yo empezamos a considerar la posibilidad de irnos juntas a Estados Unidos. Cuando se lo dijimos a Ernesto nos preguntó cuánto dinero teníamos, porque el viaje costaba 5 mil pesos nada más hasta Tijuana. Ya después, si atravesaba la frontera o no, era cosa de cada quien.
Para nosotras esa cifra, y más multiplicada por dos, era inalcanzable. Ernesto comprendió muy bien nuestra situación y nos dijo: "Si de veras les interesa puedo recomendarlas con mi compadre Salustio. Hablen con él, explíquenle su problema, a ver si se pone al tiro. Es buena gente, a lo mejor ni les cobra".
Nos reunimos varias veces con Salustio. No quería perder sus ganancias, pero al fin aceptó llevar gratis a una de nosotras. Le cedí la oportunidad a mi hermana. Tardé en convencerla de que yo iba a estar bien, esperando sus noticias para reunirnos en cuanto hallara trabajo en Estados Unidos. Fue menos sencillo quitarle el miedo a viajar durante muchas horas sepultada en un ataúd ambulante. Lo conseguí recordándole nuestro juego infantil, cuando nos quedábamos horas inmóviles, casi sin respirar, en medio de la oscuridad.
El día en que mi hermana se fue, me sorprendió saber que Ernesto también iba a viajar. Harto de vivir ganando miserias había decidido, como dijo, "hacerle la corte a la fortuna". La despedida fue horrible. Me quedé con la mano levantada hasta que el tráiler desapareció. Regresé a mi casi y estuve todo el día tendida en la cama, inmóvil y casi sin respirar, para compartir aunque fuera de lejos lo que mi Virginia estaría sintiendo.
Esperé mucho tiempo tener noticias de ella y de Ernesto. Salustio tampoco apareció. Nunca quise siquiera imaginarme lo que pudo haberles sucedido. Me concentré en conservar la esperanza de que mi hermana volviera a nuestro cuarto. Lo conservé igual: repleto de ropa usada. Llegó a rentarme 700 pesos, pero continuaba midiendo tres por tres. Cada noche, al volver, el espacio me parecía más y más inmenso. Al fin no aguanté y he decidido emprender el viaje en busca de Virginia. Cuando sienta miedo de estar sepultada en el doble fondo del tráiler pensaré que mi hermana me dice: "No te asustes. Nada más estamos jugando a morirnos, como cuando éramos niñas".
29 de abril del 2007
Eje Central Cristina Pacheco
Licencia para vivir
En la calle se escucha un grito: "¡Apúrate, ya es muy tarde. Si no bajas, me voy!" Entre sueños, Paulina capta la advertencia. Sabe que no va dirigida a ella, pero la atemoriza. Con una sensación de náusea, se yergue en la cama. Al verse reflejada en el espejo del tocador, se cubre con la sábana, como si el desconocido amenazante que gritó en la calle pudiera verla con el cabello en desorden y la cara envejecida por el maquillaje trasnochado y el maldormir.
Se mantiene en tensión. Oye el motor del coche que se aleja. Ya no podrá dormir y, sin embargo, vuelve a desplomarse sobre la almohada. Aprieta los párpados, que le arden como si hubiera llorado, y procura concentrarse en lo que hará este martes, el primero en dos años en que Fabricio no la llamará por teléfono para concertar la hora y el sitio de su encuentro. Intenta huir de esos pensamientos cambiando de posición, pero la pesadez del cuerpo se lo impide. Se toca la frente con la esperanza de tener fiebre. Unos cuantos grados serían suficientes para justificarse ante sí misma y posponer la decisión de tomar las riendas de su vida.
II
Las puso en manos de Fabricio, pero anoche decidió recuperarlas. "Paulina, no me digas que quieres terminar lo nuestro nada más porque una mesera, con el afán de ser amable, nos hizo una broma estúpida". "Sólo dijo la verdad: parezco tu tía y con el tiempo pareceré tu madre o tu abuela. Desde que comenzamos a estar juntos pensé que iba a llegar este momento".
Fabricio la obligó a detenerse: "Sabes que jamás me ha importado que seas mayor que yo. Hoy cumpliste tus maravillosos 50 años. Quédate allí, espérame, no tardaré en alcanzarte. Quiero que terminemos pareciéndonos a los matrimonios que duran muchos años, confesándonos nuestras debilidades, dándonos fuerzas para sobreponernos al tiempo visitando al mismo geriatra. ¿Te imaginas?"
La imagen provocó la sonrisa de Paulina: "Será terrible. Mientras el médico me ausculta pensaré que estás cortejando a las enfermeras". Fabricio se detuvo y miró al suelo: "Cuando yo era niño mi madre trabajaba en un restaurante como galopina. Se vestía toda de blanco, desde la cofia hasta los zapatos. A partir de que se uniformaba no me permitía abrazarla para que no fuera a mancharle la ropa. Odio el color blanco. Tendrás que ponerte celosa de otras mujeres que no sean enfermeras".
La tomó del brazo y siguieron caminando juntos en silencio. Al llegar al edificio, Paulina estiró la mano: "¿Me entregas mis llaves?" El se resistió una vez más: "No hagas esto. Piensa en el tiempo". "Porque lo pensé, tomé la decisión". "Por los dos. Decidiste por los dos. ¿No te parece una actitud muy arbitraria?"
Paulina levantó los hombros: "Si quieres tomarlo así..." "Crees que nuestras edades son una razón para que nos separemos, pero yo opino lo contrario: precisamente por eso tenemos que aprovechar la maravillosa oportunidad que nos ha brindado la vida. El tiempo pasa muy rápidamente y no podemos perderlo.
¿No crees que tengo razón?"
Ella se aferró a su silencio. "Siempre has impuesto tus condiciones. Acepté tu decisión de que no viviéramos juntos, pero esto..." "Por favor... Mis llaves".
Paulina abrió la puerta y la cerró de golpe. Alcanzó a oír el último intento de Fabricio por retenerla: "Tienes que darte cuenta de que eres injusta con los dos". Para no caer en la tentación de dar marcha atrás, ella subió la escalera de prisa. Entró en su departamento, encendió las luces y lo miró todo como si nunca antes lo hubiera visto.
Mientras iba hacia la recámara celebró haberle prohibido a Fabricio dejar objetos personales en su casa. Desde que comenzaron la relación impuso sus reglas sin entender los motivos que ahora le resultan claros: ahorrarse por adelantado el dolor de empacar la ropa, los libros, la agenda y la rasuradora de Fabricio, y luego sobreponerse al vacío dejado por cada uno de esos objetos.
Sin desvestirse, maquillada, se tendió en la cama cubierta con una colcha blanca. Paulina recordó lo que Fabricio acababa de revelarle acerca de su madre. Le extrañó que él nunca antes lo hubiera mencionado. En otras condiciones habría podido llamarlo por teléfono para pedirle explicaciones y con ese pretexto enfrascarse en una larga conversación.
Con frecuencia, después de separarse, se comunicaban por teléfono para establecer una especie de relación clandestina que a veces adquiría los registros de la absoluta intimidad. Al darse cuenta de que nunca más iba a repetir esa experiencia, Paulina lamentó no haber tomado con las conferencias nocturnas la misma precaución que había tenido con los objetos personales.
Se prohibió seguir pensando en eso y recordó un consejo de su padre: "Los leones, antes de atacar, duermen".
III
Paulina arrancó la hoja del calendario y leyó el horóscopo en el anverso: "Enfrentará una prueba difícil. Logrará superarla si escucha la voz del sentido común: el menos común, pero el más sabio de todos los sentidos". Arrojó el papel y se quedó mirando la nueva fecha: "Martes 14". Era el primer paso hacia los cincuenta y un años. Debía aprovechar el tiempo y, por lo pronto, mantener su rutina. Cargó la cafetera y se apresuró al baño; apenas tenía tiempo para llegar a su trabajo, una productora de comerciales.
Mientras se bañaba, advirtió el primer cambio en su nueva vida: por primera vez en dos años Fabricio no iba a pasar a recogerla y ella tendría que conducir su automóvil. En cuanto terminó de vestirse fue a buscar su licencia. Al verla, recordó que había expirado un año antes. Lamentó darle la razón a Fabricio: "Aunque uses poco tu coche, refréndala. Puedes hacerlo en un centro comercial en el que haya oficinas de Hacienda. Te tomará 20 minutos y evitarás problemas con la policía". "Nunca he querido tenerlos, y menos ahora", murmuró ella rumbo a la puerta.
IV
Paulina encontró semivacío el estacionamiento del centro comercial. Consideró que el trámite de renovar su licencia iba a tomarle menos tiempo del que pensaba y llegaría puntual a la oficina. Ahora, más que nunca, era importante conservar el trabajo y, sobre todo, mantener la relación con sus compañeros.
En el módulo de licencias había una fila de tres personas esperando turno. Paulina tomó su lugar y enseguida llegó otra mujer con el cabello húmedo y la cara brillante de crema. La recién llegada abrió su bolsa, extrajo unos papeles y se puso a darle explicaciones: "Siempre traigo copias fotostáticas de mi acta de nacimiento, por si acaso la necesito. Aunque no creo que vayan a pedírmela, porque nada más quiero refrendar mi licencia. ¿Usted, a qué viene?" Paulina apenas le respondió: "A lo mismo".
Pese al tono cortante, la desconocida no renunció a la posibilidad de seguir charlando: "¿Y por cuánto tiempo piensa pedirla? Yo, por cinco años, porque como ya estoy grande a lo mejor luego no quieren dármela". Al notar que sus deducciones interesaban a Paulina, siguió hablando: "En el momento en que se le presentan a uno las oportunidades tiene que aprovecharlas, porque luego quién sabe... Por ejemplo: si a mi esposo se le ocurre que nos vayamos por allí, a pueblear, enseguida le tomo la palabra. Así le hago con todo. A las oportunidades hay que agarrarlas de las greñas, porque si no, se pasan y otros las aprovechan. ¿Por qué me mira así? ¿No cree que tengo razón?"
Paulina recordó lo que había leído en la hoja del calendario y marcó el número de Fabricio. En cuanto escuchó su voz, murmuró una explicación: "Alégrate, por fin te hice caso: vine a refrendar mi licencia... Ah, y al salir de aquí pienso ir a comprar una colcha nueva... De acuerdo, iremos juntos el sábado".