Compañeros, compañeras, buenas noches. Ya somos menos de los que empezamos, pero con eso basta. Hace rato, ahí en la Casa de la Cultura estuvimos escuchando varias historias de cómo se da la explotación y el dolor.
Escuchamos a compañeras jóvenes hablando de la explotación en las maquiladoras. También escuchamos a varones, a jóvenes también de las maquiladoras. Escuchamos una voz de rabia e indignación con los compañeros y compañeras de la Mixteca que nos hizo entender que así como luchan para hacer que la tierra pueda parir frutos, también así luchan para hacerse un lugar en estos suelos y en esta patria que llamamos México. Escuchamos dolores de pueblos indios, escuchamos dolores de las colonias populares también de Tehuacán.
Y de todos esos dolores que estaban un poco dispersos o separados, como piezas de un rompecabezas, llegó este compañero que se llama Martín —que ustedes ya conocen— y nos lo acomodó todo. Una intervención muy brillante que no podría repetir, pero acomodó todo en un rompecabezas y nos hizo entender cómo lo que está detrás de estas injusticias que se padecen en el campo y en la ciudad tienen que ver con un sistema.
Nos explicó cómo estaban de acuerdo los mismos que están explotando en las maquiladoras con los mismos que están despojando de las tierras a los campesinos, y cómo todos estos están de acuerdo con los políticos. Sea por relaciones de compadrazgo, de parientes o simplemente por dinero.
A este compañero hay que cuidarlo —ya lo dijo él y aunque no lo hubiera dicho—, de esa amenaza de atentado que recibió. Tenemos que cuidarlo, porque él representa mucho aquí en el Valle de Tehuacán y —a lo mejor él no lo sabe— también representa mucho en la lucha que estamos levantando en todo el país. Y no vamos a esperarnos a que pase algo para luego protestar, sino que inmediatamente ahora, con la amenaza que recibe ya y con los antecedentes que ha explicado de la golpiza y la prisión, pues no vamos a esperar a que le pase algo para elevar nuestra voz.
Y advertir, de una vez, al gobierno estatal, al gobierno federal y a los poderosos del Valle de Tehuacán y de México que éste compañero —así como la gente toda, ustedes del Valle de Tehuacán— ya no está solo, ya estamos todos en la Otra Campaña, en un movimiento nacional. Y todo ese movimiento nacional está con este compañero. Les pedimos que lo cuiden, nosotros a la distancia, conforme vamos avanzando, también estaremos pendientes de él. Pero nos vamos un poco con confianza porque hemos escuchado de todos ustedes, o de la gran mayoría, palabras de cariño y admiración para este compañero.
Como eso, como él y como todos ustedes es lo que queremos levantar y unir en esta que es la Otra Campaña. De las historias que escuchamos, hay que entender una cosa. Tal vez ir del final hacia el inicio; y del final es cuando compramos una mercancía, cuando compramos un producto: un pantalón, por ejemplo, o una chamarra, o un kilo de azúcar.
Entonces, vamos a la tienda, o al mercado, o al centro comercial que ya vimos en los anuncios en la calle, o en la televisión, o en las revistas, o en el periódico, pues que ponen un modelo al que le queda muy bien ese pantalón. Si es mujer, pues ponen a una chamaca así delgada o muy untuosa, o un hombre así muy atractivo pues, como dicen las mujeres. Entonces, uno va al mercado y ve el pantalón y luego luego se imagina que si se lo pone pues va a quedar igual ¿no? Puede que tenga que sumir la panza, o a ver cómo le hace para que el che pantalón… —a veces hay que echarle manteca o algo para que puede pasar pues—.
Y entonces vemos el pantalón que ahí está, esa mercancía, vemos el precio —no se en cuánto andarán los pantalones, porque los que yo traigo me los hacen allá las compañeras y los compañeros en los talleres zapatistas— no sé si costarán 300 o 400 pesos, según la marca. Y vemos que está de determinado color, vamos y pagamos. Y en el momento en que tenemos el pantalón no vemos lo que pasó para que ese pantalón o esa chamarra —o como explicaba el compañero que hace el corte de caña— o ese kilo de azúcar llegara ahí.
Y, a lo mejor, lo que se necesita es que cada vez que enfrentamos algo preguntemos sobre la historia que lo hizo posible. Y, entonces, en este pantalón o en esta chamarra vamos a la historia de las maquiladoras. Pero en el pantalón no está escrita la historia de explotación que nos contaron las compañeras y compañeros hace rato. No están las jornadas laborales —esa historia ya la conocimos, hace 100 años así eran las jornadas laborales— de 12, 14 y hasta 16 horas, como nos explicaron. No está la humillación que reciben de parte de los jefes de línea, o de los gerentes, o de los capataces, como se llamaban hace 100 años. No está ahí el dolor, la humillación que reciben, la explotación de la que son producto después de una jornada laboral muy grande y luego que reciben apenas una pequeña cantidad de dinero.
Y ahí está la trampa del sistema, decimos nosotros, que esa pieza del rompecabezas que, así como las que escuchamos hace rato allá en la Casa de la Cultura y que Martín armó muy bien, está la pieza que es la mercancía y no está acomodado cómo fue que llegó ahí. Y esa es una trampa del capitalismo, decimos nosotros, del sistema en el que estamos. Que aparecen las cosas y los productos y no aparece quién las produjo, quién las creó, quién las hizo. Y qué fue lo que sufrió para hacerlo.
Y, sobre todo, eso que pagamos por ese pantalón, por esa chamarra, ¿para quién va? Y si empezamos a preguntar eso vemos que ese dinero no va para quien produjo esa mercancía. No va para la compañera maquiladora o el compañero maquilador que cosió ese pantalón, que lo pintó, que lo arregló y le puso la etiqueta para que pudiera llegar a la tienda donde nosotros lo estamos comprando.
Resulta que esa cantidad de dinero que estamos pagando se la está quedando el dueño de esa empresa. Y, a lo mejor, el dueño de esa empresa —si le rascamos— pues resulta que es uno de los grandes políticos, o el pariente de uno de los grandes políticos o, en el Valle de Tehuacán, tiene el apellido Gil —como escuchamos varias veces—, que son varias generaciones de explotadores. Y, a lo mejor, si le rascamos a esos nombres, descubrimos que detrás de ellos hay grandes empresas de otros países: de Norteamérica fundamentalmente.
Y entonces resulta que en esa mercancía, en ese pantalón o en esa chamarra, está escrita una historia que fue tapada a la hora que pintaron el pantalón para que fuera azul mezclilla y, con los residuos —lo que sobró de esa pintura—, fueron y contaminaron el agua del Valle de Tehuacán. Y a la hora de contaminar esa agua afectan a los pueblos, a las comunidades que dependían de esos manantiales. Y también los pasó a perjudicar que, a la hora de perder el agua y perder la tierra, tuvieron que emigrar a Estados Unidos y están buscando trabajo allá: a lo mejor de empleados, a lo mejor de cocineros, a lo mejor de trabajadores del campo. Y van caminando por una de las grandes ciudades de Estados Unidos y ven en los aparadores ese pantalón y esa chamarra que está ahí con una marca norteamericana, que está ahí con un precio en dólares y que ellos saben que fue producido aquí por sus mismos familiares, aquí en Tehuacán.
Pero esa historia no se sabe, compañeros y compañeras, no se sabe. En un solo pantalón, en una sola chamarra, en un kilo de azúcar, no se ve el sufrimiento de los trabajadores para poner ese producto ahí. Y, sobre todo, no se ve la explotación. No se ve quién se queda con la riqueza que produce esa mercancía.
Y entonces, es donde los compañeros y compañeras de las maquiladoras, los maestros, los pueblos indios que estaban ahí hace rato se preguntaban: “bueno, ¿qué pasa si dejamos ahí la tela, dejamos los cierres, los botones, el hilo para costurar, las máquinas, el caserón donde está la maquila y nosotros nos vamos?”. Si va a poder el capataz, el patrón, el dueño, el señor Gil o quien lo respalda, si va a poder hacer que esas cosas se junten y salga un pantalón, que luce un artista o luce un señor que sale en televisión.
Ellos mismos se responden: No. No, ahí lo que se necesita es la fuerza de trabajo. La capacidad de un hombre o de una mujer que sabe cómo juntar las piezas y producir un pantalón de calidad. Porque escuchamos también de las compañeras maquiladoras que a ellas se les exige cantidad y calidad. No les importa si están enfermas, no les importa si tienen problemas familiares, no les importa si batallan para llegar al trabajo —como explicaban que viven retirado y tienen que agarrar transportes— y que si llegan tarde, pues van para afuera. Entonces, se necesita todo eso para juntar y poder hacer el pantalón.
Entonces, ellos mismos se preguntan: ¿y qué pasa si el que se va es el patrón? ¿si se va el jefe de línea? ¿si se va el gerente? ¿los trabajadores y las trabajadoras pueden hacer el pantalón? Y se responden: “sí”. Entonces, aquí hay un elemento que es el que trabaja, el que hace el pantalón, que hace la chamarra, o el que hace el azúcar en el caso de la caña.
Pero hay
uno que no trabaja y es ése el que se queda con la riqueza.
Entonces, así como Martín nos explicó “aquí en el Valle de Tehuacán y en Puebla
está así y así y estos son los nombres” y explicó bien cómo está la familia o
las familias que son las responsables del despojo de las tierras en la Sierra
Negra, de la contaminación de las aguas, de la privatización de la tierra y del
agua, de los recursos naturales. Los responsables de la represión, de los
despidos de los trabajadores, de los bajos salarios, de cómo está organizada la
maquila para extorsionar y sobre explotar, decían ellos, a los trabajadores y a
las trabajadoras —y vemos que son los mismos nombres—, nosotros nos preguntamos,
en todo el país, ¿quién es el responsable de esto?
¿Quién es el responsable de que el trabajo no sea pagado con justicia? ¿Por qué la persona que trabaja 16 horas está pobre y por qué el que no trabaja está rico? Entonces, nosotros decimos, si podemos conseguir que nuestro país, que la gente de abajo humilde y sencilla se empiece a preguntar sobre por qué son las cosas, va a empezar a encontrar a gente como nosotros. A gente humilde y sencilla que es la que pone esos productos que usamos y que no es la responsable del precio: es la responsable del trabajo; de la riqueza que ese producto tiene, que nos sirve un tiempo como pantalón o como chamarra, o sirve para endulzar el café, o el agua, lo que estemos tomando con azúcar.
Entonces, es cuando se necesita que la voz del que trabaja, la voz del que hace ese producto, se escuche y cuente la historia. Hagan de cuenta que compran un pantalón y, en lugar de estar pintado como está, viene ahí la historia: “yo, Pedro Pérez… yo, Juana Martínez… hice este pantalón tal día y me costó tanto trabajo hacerlo, y me pagan tanto”. Imagínense que cada mercancía que compramos llevara la historia de explotación, de sufrimiento y de humillación del trabajador.
Entonces, cada mercancía, cada prenda de vestir, cada kilo de azúcar, cada cosa de las que consumimos se convertiría así como en un agitador, que estuviera diciéndole a la gente en todo momento: “este país no vive en la justicia”, “en este país no están cabales las cosas”. “No está cabal”, decimos nosotros allá en Chiapas, quiere decir que no está como debe de ser. Porque como debiera de ser es que aquel que trabaja debería vivir bien y aquel que no trabaja debería vivir mal.
Y ¿qué pasaría si en ese pantalón viene escrito —en un papel en la bolsa, a la hora en que uno se lo está poniendo y se lo está acomodando encuentra un papel— donde viene la historia de los trabajadores despedidos de esa planta maquiladora, de esa empresa de cortes que tiene muchos nombres que nosotros escuchamos aquí? Y entonces, otro, en otro lado y que está comprando ese pantalón —supongamos un joven en la ciudad de México, de la UNAM—, compra ese pantalón, mete el boleto del metro y se encuentra con que hay un papel, y conoce la historia de Altepexi.
Y dice: ahí hay un hombre, una mujer, que tiene mi misma edad —porque son jóvenes todos los que pasaron, hombres y mujeres—, tiene mi misma edad y le está pasando esto. Y el patrón que lo explota se apellida así, y el político que respalda a ese patrón se llama así y este compañero o compañera que hizo este pantalón me está diciendo: “esto soy, aquí está lo que hago. Tú, ¿qué piensas o qué haces?”.
Entonces hagan de cuenta que en lugar de que encontremos ese papel en el pantalón, encontramos un movimiento que hace esto. Y que los jóvenes del Distrito Federal, pero también los jóvenes indígenas zapatistas que están en la montaña —mis compañeros y compañeras guerrilleros y guerrilleras— escuchan la voz de ustedes, la que escuchamos hace un momento, la que ustedes mismos dijeron. Y se enteran de cómo está la explotación en el Valle de Tehuacán, de cómo está el despojo de tierras y la contaminación en la Sierra Negra.
Y empiezan a responderse a la pregunta que sale en las historias de cada uno, y la respuesta es: sí, sí somos compañeros; sí tenemos el mismo responsable de nuestro sufrimiento. Eso es lo que quiere hacer la Otra Campaña, compañeros y compañeras. Y aquí no importa si aquí hay 100, 200, o hay 3 mil compañeros.
Lo que importa es que esas historias se digan y se hablen. Porque una cosa es leer un libro sobre cómo está la situación de las maquiladoras y otra muy diferente es que un trabajador o una trabajadora, despedida de esa empresa por exigir sus derechos —y además derechos que ya están en la Constitución, no estaba pidiendo una revolución ni la toma del poder—; lo que estaba pidiendo es que le pagaran cabal, lo que es una jornada de trabajo. Pues, en lugar de ver el libro —como explicó el compañero ese que nos criticaba por ver telenovelas—, en lugar de leer el libro: abrir el oído al otro compañero. Conocer su historia y aprender a decir ese “nosotros” que también se dijo. Aprender a decir que somos compañeros de lucha.
De eso se trata esto en esta primera etapa: de decir nuestra historia, de decir nuestra palabra. De poner, no en el producto que hacemos, la historia de explotación pero también de rabia e indignación que tenemos, pero sí en el oído de otro, en el corazón de otro. Para decirle: “aquí estoy yo, esto soy, conóceme, ésta es mi dignidad”. Que también se habló mucho aquí de esa palabra.
Y la dignidad para nosotros los zapatistas es decir: “esto soy yo y demando que me respeten, y reconozco que tú eres lo que eres y también te respeto”. Y, entonces, sigue esta parte de “echemos trato, compañero, compañera”. “Echemos trato, porque tu misma situación la tengo yo, aunque allá en Chiapas”. Porque así como escuchamos la historia de dolor y de rabia de la compañera de la Mixteca, que nos explicaba: “a nosotros nos separaron, una parte estamos en Puebla, otros estamos en Veracruz, otros en Oaxaca, pero somos los mismos y estamos arañando la tierra para sacarle algo. Y nos da rabia y coraje pero la tenemos que vencer; tenemos que convencer a esa tierra que nos dé el fruto que necesitamos”, así como tenemos que convencer a este país que tenemos un lugar en él y así como tenemos que convencer al país que ya estamos hartos —hasta la madre, ya basta—, hastiados de un sistema que nos está jodiendo a cada quien de forma diferente.
Entonces, tal vez volvamos a enfrentar —como les decía ayer— la soledad de nuestra mesa, de nuestra casa, de nuestro trabajo, de nuestra calle, de nuestro campo, de nuestra montaña, de nuestra comunidad, pero ya de otra forma: sabiendo que esa soledad está empezando a desmoronarse —como se desmoronan las cosas de por sí— para ya no volver a encumbrarse, que es desde abajo.
Entonces, nosotros, cuando les decíamos “aquí en la Otra Campaña no se trata de venir a venderles promesas”, por muy baratas y si nadie las quiere comprar las regalan —aunque luego se haga la cuenta y resulta que salen muy caras, como están saliendo caras las campañas electorales—. Alguien en Oaxaca hacía la cuenta y dice: “bueno, si todo lo que se están gastando en las campañas electorales los partidos políticos, se invirtiera en una zona de Oaxaca, la más pobre, se levantaba inmediatamente: habría escuelas, hospitales, mejoraría la vivienda, el trabajo de la tierra.
Entonces resulta que todo ese dinero que debería estar usándose para lo que debe de ser, que es para las mejoras de las condiciones de vida de la población, se está usando para que los políticos hagan propaganda.
Y de que va a costar trabajo esto que vamos a estar haciendo, pues, es la verdad compañeros. Y ayer hablábamos de que teníamos que arañar la historia porque no teníamos otra cosa, para poner nuestro nombre en ella, más que nuestras propias manos, la dignidad, y la fuerza y el coraje de nuestro corazón. Para que ya no apareciera en la historia, como importante, la participación de la familia Aquiles Serdán en la revolución mexicana, sino para poner en esa historia la que estamos haciendo hoy, aquí en Altepexi, nuestros nombres; el nombre de nuestras organizaciones en el movimiento que sí cambió fundamentalmente —o sea, desde abajo y a la izquierda— la historia de este país y esta situación de explotación.
Y, a lo mejor, va a llegar el día en que otra vez vamos a enfrentar ese pantalón de mezclilla o esa chamarra de mezclilla y va a venir ya la historia ahí, no sólo de la explotación, va a venir la historia de la rebelión que empezó en febrero del 2006 en Altepexi. Y, junto con todo lo que se levantó en el resto del país, iluminó lo que se llama ahora México y le empezó a dar la lección de amor más hermosa que han tenido en estos suelos, desde que fueron creados. La de quien lucha, junto con otros, por que todos tengan justicia, democracia y libertad.
Eso es lo que plantea la Sexta Declaración de la Selva Lacandona, compañeros. Plantea la pregunta a cada quien: ¿quién eres? Y entonces que cada quien contesta: “esto soy, éste es mi dolor, ésta es mi lucha, ésta es mi rabia, y esto es lo que quiero”. Y, entonces, pregunta: ¿y cómo le vas a hacer? Y la misma Sexta Declaración le contesta: “¡únete!”. Únete con nosotros, siendo lo que eres: siendo indígena, siendo joven, siendo trabajador, siendo mujer, siendo estudiante, siendo maestro. Únete en todo el país con otras historias. Y vamos a explicarnos todos qué es lo que está pasando.
Y a la hora que nos empezamos a explicar esto —así como nos explicó Martín hace rato— empezamos a descubrir que hay un sistema, el sistema capitalista: hay quien tiene las cosas y hay quien las hace producir. Y el que tiene las cosas es el que se queda con el dinero y el que hace que produzcan, ese no tiene más que lo necesario para vivir y, a veces, ni eso.
Porque en la reunión de hace rato escuchamos a una compañera de una comunidad que dice: “pues yo oigo que aquí piden mejores salarios o condiciones laborales, y nosotros ni siquiera trabajo tenemos para poder demandar un mejor salario”. Y nos platicaba cómo se dedican a coser balones de fútbol y les pagan 10 pesos por cada balón. No sé a cuánto cueste en el mercado, pero debe andar a más de 100 pesos —yo creo— un balón de fútbol. Diez veces más de lo que le pagan a esa compañera por coser el balón. ¿Y si sale mal? Le cobran 30 o 40 pesos por haber hecho mal el trabajo de coser el balón. Entonces dice: “¿y nosotros qué? nosotros todavía estamos más abandonados que ustedes” —les decía a los demás compañeros de las maquiladoras—.
Y en otras partes de la República, en Chiapas, en Campeche, en Quintana Roo, en Yucatán, en Tabasco, en Veracruz y, ahora poco, en Oaxaca, escuchamos también muchas historias como esa; de gente que decía “nosotros estamos más peor”, que quiere decir: estamos más desesperados. Y al mismo tiempo que lo están diciendo, ellos están diciendo ya hay un cambio, porque antes no tenía a quien decirlo y no tenía quien me escuchara. Y no tenía, sobre todo, quien me respondiera sin mentiras, sin promesas falsas, sin esperanzas vagas.
Y encontró en la Otra Campaña esto: vamos a luchar juntos por que eso ya no pase nunca más. Por que nunca más alguien se tenga que parar —una mujer de edad mediana con un hijo en brazos— y decir: “nosotros no tenemos nada, ni siquiera tenemos algo por qué quejarnos”. Que no vuelva a pasar eso en este país. Así como decimos que no vuelva a pasar que alguien es despreciado por su lengua, por su cultura, como es el caso de los pueblos indios. Que nadie pueda ser perseguido y encarcelado por elevar la voz o por enseñarle a otro a defender sus derechos, como los compañeros del Centro de Derechos Humanos y Laborales aquí del Valle de Tehuacán. Que nadie vuelva a ser despedido de su trabajo porque tiene un problema de salud, o un problema familiar. Que nadie pueda ser obligado a trabajar más de la jornada laboral.
Por que si hubo una revolución y grandes movimientos obreros por la jornada laboral de ocho horas, por qué tanto tiempo después, otra vez, nos encontramos con historias de jornadas laborales de más de doce horas. Y sí —como dicen los compañeros—, si la ley te dice que eso está prohibido, no sirve compañeros y compañeras más que para limpiarse la cola después de ir al baño. Y eso es lo que hacen los ricos con las leyes que supuestamente debían protegernos. Y ahora no les basta. Ahora lo que quieren hacer es otras leyes para que ya ni siquiera esas se puedan usar. Para que ya no haya centros de derechos humanos o consejeros que nos digan hay que luchar por esta ley, porque ya no va a existir.
Así como hace más de doce años, cuando estaba Salinas de Gortari, quitó la ley de la Reforma Agraria y quitó el derecho a la tierra y ya no se podía pedir tierra. Así, al rato, se quitan completamente las leyes laborales. Y ya alguien —uno de los maestros— nos había advertido: van a cambiar toda la ley laboral. Para que ya no haya derecho a huelga, ya no haya derecho a sindicatos. Y, entonces, los compañeros y compañeras maquiladoras van a pararse como esa compañera y van a decir: “ya ni siquiera podemos pelear por un sindicato independiente, porque ya no hay sindicatos”. Ni siquiera podemos pelear por que nos hagan un contrato que no sea temporal, sino por tiempo indefinido y poder adquirir derechos laborales, y tener derecho al Seguro Social, porque ya no hay contratos. Hay puros acuerdos verbales. Y según cuánto produces es cuánto te voy a dar.
Y como nos dicen —en las historias que nos contaron— que cada vez que llegaban a reclamar les decían: “no hay y hazle como quieras”. Nosotros en la Otra Campaña les decimos que ya hay una respuesta para cuando nos digan “hazle como quieras”: entonces, nosotros contestamos: como queremos es una rebelión nacional. Y que tú el patrón, tú el capataz, tú el político, tú la ley que estás respaldando esta situación, se vayan. Y que se abran las puertas de la cárcel, pero no para que entre Martín. Para que salgan todos los que están presos y entre el señor Gil, y entre el señor… y entren todos los que se llaman como ellos, haciendo estas cosas. Todos los que allá arriba están construyendo su bienestar sobre el dolor, las lágrimas, el coraje y la rabia de todos nosotros.
Si alguien pregunta ¿qué es lo que quiere la Otra Campaña? Es eso, compañeros y compañeras. Cambiar el país totalmente, radicalmente, desde abajo y a la izquierda, por eso decimos. Nosotros queremos agradecerles porque en este poco tiempo que llevamos aquí en Altepexi —y feliz la tierra que los parió a todos ustedes, digna— nos enseñaron muchas cosas, que no hemos aprendido en tantos años que llevamos en la montaña ya.
Y cuando regresemos a hablar con nuestros compañeros y compañeras —que allá nuestros jefes son las comunidades indígenas zapatistas— les vamos a contar su historia, la historia de dolor sí, pero también la historia de rabia. Y ellos, nuestros compañeros y compañeras, van a sentir grande su corazón porque van a saber que acá, en el Valle de Tehuacán, tienen compañeros y compañeras. Que hablan otra lengua, que a lo mejor tienen otro color, que tienen otra historia, pero tienen la misma rabia e indignación y, sobre todo —como se repitió aquí—, la misma decisión de cambiar todo esto.
La historia va a echarse a andar de nuevo, compañeros y compañeras. Y, ahí, tenemos que elegir: si nos toca leerla o nos toca escribirla. En la Otra Campaña nos toca escribirla. Y ahí que vea cada quien si le toca leerla o que otro se la cuente, o enterarse de lo que pasó en los poemas, en los corridos o en los libros.
Seguimos pensando que nuestro trabajo en esto de la Otra Campaña, en este movimiento de rebelión nacional, es como hacen los compañeros jóvenes grafiteros sobre las paredes —aquí en este pueblo y en otros pueblos que hemos visto a lo largo de nuestro recorrido—: no se trata de pintar un letrero, se trata de sacarle a la pared lo que tiene callado, lo que no quiere decir; de hacerla que hable y grite. Y ahora que hemos venido caminando hasta acá, vimos algunos que es como un grito y que está ahí pintado en la pared y que nos está diciendo: “esto soy, no quiero que las cosas sigan así”. Cada grafiti nos está diciendo “ya basta”, “ya no más, hagamos algo”.
Y, de una u otra forma, esta primera parte de la Otra Campaña, esta primera parte del gran levantamiento nacional que estamos haciendo, es eso: estamos arañando en el suelo de este país y dejando marcado con nuestras uñas, con nuestras manos, con nuestra rabia, con nuestro corazón, un ¡YA BASTA! mucho más grande que el del primero de enero del 94. Más heroico, más firme y más decidido.
Así, en eso estamos, compañeros y compañeras. Les agradecemos nuevamente la lección que nos dieron hoy. Esperamos que vamos a ser buenos alumnos de ustedes. Y ahora en diciembre que regresemos otra vez, ya para estar más tiempo con ustedes, podamos decirles que hicimos bien la tarea. Porque la tarea que tenemos ahora es llevar su palabra —la que escuchamos aquí—, su historia —la que nos contaron—, a que la conozcan todos los compañeros y compañeras en todo México. Gracias compañeros, gracias compañeras.