La coyuntura de los oprimidos

 

Hace tiempo que los oprimidos de este mundo, y especialmente los de México, enfrentan una coyuntura por demás desfavorable. Algunos han marcado el inicio de este tramo de la historia a mediados de los años ochenta del siglo pasado, cuando los regímenes del bloque socialista se desmoronaron. En México, sin embargo, el neocardenismo o cuauhtemismo, surgió, creció, floreció y comenzó su declive en esa misma década. Hubo movilización, esperanza... y fraude. Y de ahí para acá, todo ha sido rodar cuesta abajo para los oprimidos.

 

Cuando hablamos de “oprimidos” nos referimos a obreros, campesinos, indígenas, mujeres, estudiantes, colonos, menospreciados por preferencias sexuales, etc., etc. todos aquellos que componen la mayoría de la población a quienes la revolución no les ha hecho justicia (y ya no se las hará porque ha sido cancelada) Estos oprimidos, digo, han quedado en el más ominoso desconcierto político: sin partidos que estén dispuestos a dotarlos de formación política, sin teoría revolucionaria, porque aún en los tiempos de la globalización es irrefutable la verdad descubierta por Lenin, a saber: “sin teoría revolucionaria no hay acción revolucionaria”, y lo que quizá sea peor, sin opciones organizativas que concentren sus fuerzas y potencien sus movilizaciones. Claro, se acabó la utopía de la sociedad igualitaria, se desvaneció la ilusión del poder popular y hoy se contentan los izquierdistas de oficio (resabios de aquellos movimientos) con administrar un capitalismo con rostro humano o con desarrollar una democracia participativa por el bien de todos. De los programas políticos de las izquierdas hace tiempo que desapareció la sustancia, y hoy sólo queda el oportunismo más rastrero, cuando no la corrupción, que tal vez sea lo mismo.

 

Por todo esto, tenemos que cambiar la perspectiva y mirar hacia otro lado, primeramente a nosotros mismos, abandonar a las élites políticas a su suerte, dejarlos que se autodestruyan mientras tomamos en nuestras manos el diseño de un nuevo destino. La coyuntura que enfrentamos nos pide la construcción desde abajo de una nueva manera de relacionarnos, nos exige la definición de nuevas utopías y el replanteamiento de nuestros problemas para saber a qué nos enfrentamos y qué es lo que queremos.

 

No sólo por procedimiento sino también por absoluta necesidad estratégica debemos comenzar por nosotros mismos, por responder a las preguntas: qué somos, quiénes somos y qué queremos. Si no sabemos esto, andaremos siempre políticamente a la deriva, votando ayer por Fox, hoy por el Peje y mañana quién sabe, de las urnas a la marcha y de ahí al ángel.

 

Es verdad que hay inquietud y búsqueda, hay pequeños grupos que hace cosas interesantes, hay esfuerzo y mucha dedicación al trabajo, hay motivos para luchar y experiencias de todo tipo, que duran lo que una flor en el jarrón. Entre los oprimidos hay de todo, pacifistas y guerrilleros, ecologistas y protectores de la fauna, radicales y moderados, ultras y fresas, asistencialistas, posmodernos, tradicionalistas,  comprometidos con toda revolución, anarquistas, tan sólo zapatistas los hay de toda índole. Pero falta lo principal, y no nos referimos a líderes, de estos también hay que olvidarse para poder crecer: la teoría revolucionaria, la utopía que nos congregue, el paradigma que nos represente idealmente. Y, por supuesto, la organización. Ha habido tantos descalabros en lo organizativo que necesitamos nuevas formas de organizarnos, ya no el viejo esquema del comité directivo, o la presidencia, ya no los esquemas jerárquicos de dirigentes y masas (de paso hay que reflexionar en lo que significa que el hombre sea el único animal que para organizarse sólo se le ocurre instalar una jerarquía).

 

De estos temas espera tratar la nueva sección de Espacio libre. Intentará plantear los problemas y eventualmente arribar a alguna respuesta con la colaboración de quienes se interesen en el desarrollo de estas apenas esbozadas preocupaciones. Cualquier intervención será bienvenida, sobre todo aquellas que ayuden al cuestionamiento, a la problematización de los temas.

 

 

 

 

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