Figuras y figurillas
Sólo os pido una cosa: si sobrevivís a esta época no olvidéis. No olvidéis ni a los buenos ni a los malos. Reunid con paciencia los testimonios de los que han caído por sí y por vosotros. Un día, el hoy pertenecerá al pasado y se hablará de una gran época y de los héroes anónimos que han hecho historia. Quisiera que todo el mundo supiese que no ha habido héroes anónimos. Eran personas con su nombre, su rostro, sus deseos y sus esperanzas y el dolor del último de los últimos no ha sido menor que el del primero, cuyo nombre perdura. Yo quisiera que todos ellos estuviesen cerca de vosotros, como miembros de vuestra familia, como vosotros mismos.
Los nazis han exterminado a familias enteras de héroes. Amad por lo menos a alguno de ellos, como si fuese un hijo o una hija, y sentios orgullosos de él, como de un gran hombre que ha vivido para el futuro. Cada uno de los que han servido fielmente al futuro y han caído por hacerlo más bello, es una figura esculpida en piedra y cada uno de aquellos que, con el polvo del pasado, han querido construir un dique para detener la revolución, no son más que figurillas de madera, aunque tengan los brazos cargados de galones dorados. Pero es necesario ver también las figurillas vivientes en su infamia, en su imbecilidad, en su crueldad y en su ridículo, porque es un material que nos servirá para el futuro.
Yo puedo daros solamente el material que corresponde a la declaración de un testigo. Es limitado y sin espacio en el tiempo, tal y como he podido verlo en mi pequeño sector. Pero contiene rasgos de una verdadera imagen de la vida: los rasgos de las grandes y pequeñas figuras y de las figurillas.
Los Jelinek
José y María. El, electricista; ella, empleada de casa. Tienes que conocer su casa: muebles modernos, simples y lisos, una pequeña biblioteca, una estatuilla, cuadros sobre las paredes y todo limpio, increíblemente limpio. Dirías que toda el alma de ella estaba encerrada allí dentro y que no conocía otra cosa más en el mundo. Sin embargo, trabajaba desde hacía largo tiempo en el Partido Comunista y concebía a su manera la justicia. Los dos trabajaron silenciosamente y en forma abnegada, sin apartarse de sus actividades en el periodo de ocupación, que planteaba ante ellos grandes exigencias y responsabilidades.
Después de tres años, la policía hizo irrupción en su domicilio. Estaban, uno al lado del otro, con las manos levantadas sobre sus cabezas.
19 de mayo de 1943
Esta noche, los nazis llevan a mi Gustina a Polonia “a trabajar”. A las galeras, a la muerte por el tifus. Me quedan algunas semanas, quizás dos o tres meses de vida. El acta de acusación ha pasado al tribunal. Puede que queden cuatro semanas más de investigación complementaria en contra mía en la prisión de Pankrác y después todavía dos, tres meses, hasta el fin. Este reportaje ya no será terminado. Si en estos días tengo ocasión, intentaré continuarlo. Hoy no puedo. Tengo la cabeza y el corazón llenos de Gustina, de esa mujer noble, compañera tan querida, ferviente y abnegada en mi vida tan azarosa y nunca apacible.
Cada tarde le canto su canción predilecta: sobre la hierba azulada de la estepa, llena de leyendas de combates guerrilleros; sobre la cosaca que, al lado de los hombres, luchaba valerosamente por conquistar la libertad hasta que en un combate “jey podniatsia s zemli nieprislos” «
“Vot, moi druzhok boievoi” «2 ¡Cuánta fuerza encierra esta fina criatura de trazos firmemente esculpidos y con grandes ojos de niña, llenos de ternura! La lucha y las continuas separaciones han hecho de nosotros dos amantes eternos, que no sólo una, sino cien veces en la vida han vivido los momentos ardientes de las primeras caricias y de los primeros abrazos. Y sin embargo, nuestros corazones latían siempre al unísono y nuestro aliento era el mismo en las horas de felicidad y en las horas de angustia, excitación y tristeza.
Durante años hemos trabajado juntos y nos hemos ayudado como sólo los camaradas saber hacerlo. Durante años ella fue mi primer lector y crítico, me era difícil escribir sin sentir sobre mí su cariñosa mirada; durante años hemos participado, uno al lado del otro, en frecuentes luchas y durante años hemos vagado, tomados de la mano, por los lugares preferidos. Hemos conocido muchas dificultades y hemos vivido muchas y grandes alegrías, porque nosotros éramos ricos, ricos como son los pobres. Con esa riqueza que está en el interior.
¿Gustina? He aquí a Gustina:
Fue durante el estado de sitio, a mediados de junio del año pasado.
Me vio por primera vez a las seis semanas de nuestra detención, después de aquellos tristes días en que, sola en la celda, meditaba sobre las noticias que le anunciaban mi muerte. La llamaron para ablandarme:
-Hágalo entrar en razón -le decía a Gustina el jefe de la sección durante el careo-. Dígale que sea razonable. Si no piensa en sí mismo, que piense al menos en usted. Dispone usted de una hora para reflexionar. Si después de ese plazo su porfiada cabeza no cede, esta tarde serán fusilados. Los dos.
Ella me acarició con la mirada y respondió con sencillez:
-Señor comisario: eso no es ninguna amenaza para mí. Ese es mi último deseo. Si a él lo ejecutan, ejecútenme a mí también.
Hela aquí. Esta es Gustina: amor y firmeza.
Pueden quitarnos la vida, ¿verdad Gustina? Pero nunca nuestro honor y nuestro amor.
¡Ay amigos míos! ¿Podéis imaginaros cómo viviríamos si nos encontráramos de nuevo en una vida libre y bella, en la vida de la libertad y la creación? ¿Cuándo se realizará lo que ansiamos, aquello por lo que hemos hecho tantos esfuerzos y por lo que ahora vamos a morir? Sin embargo, aunque muertos viviremos en un pequeño rincón de vuestra felicidad, porque por esa felicidad hemos dado nuestra vida. Y eso nos da alegría, aunque la despedida sea triste.
No nos permitieron ni decirnos adiós, ni darnos un abrazo, ni estrecharnos la mano. Sólo el colectivo de la prisión, que une la Plaza de Karel con Pankrac, nos da mutuas noticias de nuestra suerte.
Tu sabes, Gustina, y yo también lo sé, que no nos volveremos a ver más. Pero aún así, yo te oigo gritando desde lejos: “Hasta la vista, querido”.
¡Hasta la vista, Gustina mía!
* * *
Mi testamento.
No tenía más que mi biblioteca. Y la Gestapo la destruyó.
He escrito muchos artículos culturales y políticos, reportajes, ensayos, y reseñas críticas de literatura y de teatro. Muchos de ellos correspondían a una jornada y con ella morían. Dejadlos en paz. Pero algunos pertenecen a la vida. Esperaba que Gustina pudiese organizarlos. Quedan pocas esperanzas. Por ello ruego al honesto camarada Ladislav Stoll que haga una selección de ellos para formar cinco libros:
1.- Artículos políticos y de polémica.
2.- Recopilación de reportajes sobre nuestro país.
3.- Recopilación de reportajes sobre la URSS.
4 y 5.- Artículos y ensayos sobre literatura y teatro.
La mayoría de estos trabajos los encontrará en Tvorba y en Rude Právo. Otros en Kmen, Pramen Proletkult, Doba, Socialista, Avantgarda, etcétera.
En casa del editor Girgal (al que aprecio por la audacia con que, durante la ocupación, publicó mi estudio sobre Bozena Nemcová) están los manuscritos del estudio sobre Julius Zeyer; en la casa donde vivían los Jelínek, los Vysusil y los Suchánek -la mayoría de ellos muertos hoy- está ocuulta una parte de mi estudio sobre Sabina y las notas sobre Jan Neruda.
He comenzado a escribir una novela sobre nuestra generación. Dos capítulos están en casa de mis padres. El resto, probablemente ha sido destruido. He visto algunos cuentos en manuscrito en el expediente de la Gestapo.
Al historiador literario que va a nacer, le lego mi amor por Jan Neruda. Es nuestro mejor poeta. Vio por encima de nosotros pensando en el porvenir. Pero no hay todavía ninguna obra que lo comprenda y valore. Es necesario mostrar al Neruda proletario. Le han pegado a los faldones la etiqueta de los “Idilios de Malá Strana”.«3 Sin darse cuenta de que justamente ese barrio “idílico” de Malá Strana lo consideró siempre como un “granuja”, nacido en los límites de Smichov, «4 en un ambiente obrero, que para ir al cementerio de Malá Strana por sus “flores de cementerio” tenía que pasar junto a la fábrica de Ringhofer. Sin conocer eso no comprenderán nunca a Neruda, desde su “Flores de Cementerio” hasta el folletín del Primero de Mayo de 1890. Todo el mundo -incluso un hombre tan clarividente como Salda- veía en la actividad periodística de Neruda un cierto freno a su creación poética. Es una insensatez. Porque precisamente por ser periodista, Neruda ha podido escribir obras tan magníficas como sus “Baladas y Romances”, “Cantos de Viernes Santo” y la mayoría de sus “Motivos Simples”. El trabajo periodístico agota a menudo al hombre y es posible que hasta le impida concentrarse, pero le acerca al lector y le enseña a crear también en poesía, sobre todo si se trata de un periodista honesto como Neruda. Neruda, sin periódicos donde reflejar la vida diaria, es posible que hubiese escrito muchos volúmenes de poemas, pero ni uno solo hubiera podido sobrevivir a su siglo como sobrevivirán todas sus obras.
Puede ser que alguien termine mi estudio sobre Sabina: lo merece.
A mis padres, por su amor y su sencilla nobleza, hubiera querido asegurarles, con mi trabajo realizado también para ellos, un otoño lleno de sol. Que no se sientan turbados porque no sigo con ellos. “El obrero es mortal; el trabajo es eterno”, y en el calor y la luz que les rodean, yo estaré siempre a su lado.
Pido a mis hermanas Líba y Verka que, con sus encantos, hagan olvidar a mi padre y a mi madre que hay un vacío en nuestra familia. Han tragado muchas lágrimas cuando venían a vernos al Palacio de Petschek. Pero la alegría vive en ellas y por eso las amo, por eso nos amamos. Ellas son sembradoras de alegría: que no dejen de serlo nunca.
A los camaradas que sobrevivan a esta batalla final y a los que vengan detrás de nosotros, les estrecho fuertemente la mano. En mi nombre y en el de Gustina. Cumplimos con nuestro deber.
Lo repito una vez más: hemos vivido para la alegría; por la alegría hemos ido al combate y por ella morimos. Que la tristeza jamás vaya unida a nuestro nombre.
19-V-1943
J. F.
22 de mayo de 1943
Concluido y firmado. Desde ayer, mi causa ante el juez de instrucción está terminada. Esto marcha más rápido de lo que yo pensaba. Parece que tienen prisa. Lida Planchá y Mirek son mis compañeros de juicio. A Mirek no le sirvió de nada su debilidad.
Con el juez de instrucción todo ha sido correcto y frío como el hielo. En la Gestapo, por lo menos, había un poco de vida, algo terrible, pero vivo. Allí dentro había pasión: por un lado la pasión de los combatientes y, por el otro, la pasión de los cazadores, de las fieras o de los simples ladrones. Alguno de los del otro lado tenían hasta una especie de convicción. Pero aquí, el juez de instrucción no entiende más que de burocracia: grandes insignias con la cruz gamada proclaman convicciones que en el fondo faltan. Es el escudo detrás del cual se esconde el pobre empleadillo, decidido a sobrevivir a esta época de cualquier manera. No es ni malo ni bueno para con los acusados. No sonríe ni frunce el entrecejo. Ejerce. Nada de sangre; sólo una sopa aguada.
El acta de acusación está lista, firmada y ahora agregan todos los párrafos que quieren. Se citan en ella seis crímenes de alta traición, un complot contra el Reich, la preparación de una sublevación armada y no sé cuántas cosas más aún. Uno sólo de estos cargos habría sido suficiente.
He luchado aquí durante trece meses por la vida de los otros y la mía. Con audacia y con astucia. Los nazis tienen incluido en su programa la “astucia nórdica”. Creo que también supe usarla. Me han vencido por la sencilla razón de que ellos tienen también un hacha en sus manos.
Esta lucha, pues, ha terminado. Ahora comienza el periodo de espera. Dos, tres semanas para elaborar la acusación. Luego, el viaje al Reich, esperar la reunión del Tribunal, la condena y, por último, cinco días de espera hasta la ejecución. Esas son las perspectivas. Quizá todavía cuatro o cinco meses. Durante ese tiempo muchas cosas pueden cambiar. Durante ese tiempo todo puede cambiar. Quizá, es posible. Desde aquí no puedo juzgarlo. Un desarrollo más rápido de los acontecimientos en el exterior puede acelerar también nuestro fin. Y con eso todo se equilibra.
Es una carrera entre la esperanza y la guerra. Una carrera entre la muerte y otra muerte. ¿Qué vendrá primero? ¿La muerte del fascismo o la mía? ¿Sólo yo me haré esta pregunta? No. Eso mismo se preguntan decenas de millares de presos, eso mismo se preguntan millones de soldados, eso mismo se preguntan decenas de millones de hombres y mujeres en toda Europa y en el mundo entero. Unos tienen más esperanza y otros menos. Pero es sólo aparentemente. Los horrores con que el capitalismo en descomposición ha inundado al mundo constituyen amenazas supremas para todos. Centenares de miles de hombres -¡y qué hombres!- caerán todavía antes de que los sobrevivientes puedan responder: yo sobreviví al fascismo.
Ahora la cuenta es sólo de meses y pronto será de días. Pero precisamente serán esos los más crueles. Siempre pensé cuán triste sería ser el último soldado que en el último segundo de la guerra lo alcanzara la última bala en el corazón. Pero alguien tiene que ser el último. Y si supiera que puedo serlo yo, ahora mismo iría.
* * *
El breve tiempo que aún me queda en la cárcel de Pankrac no me permite dar a este reportaje la forma que debiera tener. Tengo que ser más breve. Mi reportaje constituirá el testimonio de los hombres y no de toda una época. Eso es, creo, lo más importante.
He comenzado estas figuras con el matrimonio Jelínek, gente sencilla que en tiempos normales no parecían héroes. En el momento de la detención estaban uno al lado del otro, con las manos en alto: él, pálido; ella, con las rosetas de la tuberculosis en sus mejillas. Tenía los ojos un poco asustados al ver cómo, en cinco minutos la Gestapo transformó el orden ejemplar que reinaba en su casa en una desolación. Después volvió lentamente la cabeza hacia su marido y le preguntó:
-Pepe, y ahora ¿qué va a pasar?
El fue siempre poco hablador. Encontraba con dificultad las palabras. Hablar le inquietaba. Pero en ese momento respondió tranquilamente y sin ningún esfuerzo:
- Vamos a la muerte, Maña.
Ella no lanzó ni un grito. Ni se conmovió. Con un bello gesto bajó las manos y se las tendió a Jelínek, ante los cañones amenazadores de las pistolas. Este gesto atrajo sobre ella y su esposo los primeros golpes en la cara, se pasó la mano por ella, miró con extrañeza a los intrusos y casi cómicamente dijo:
-Tan buenos mozos -dijo, y alzó la voz-, ¡tan buenos mozos ... y tan brutos!
Los he apreciado en su justo valor. Unas horas más tarde la sacaron de la oficina del comisario encargado del “interrogatorio” casi sin conocimiento por los golpes recibidos. Pero ni aún pegándole pudieron sacar nada de ella. Ni entonces ni más adelante.
No sé lo que pasó con ellos durante el tiempo que estuve tendido en mi celda, en la imposibilidad de ser interrogado. Pero sé que en todo ese tiempo nada dijeron. Me esperaban. Y después, ¡cuántas veces Pepe fue golpeado, golpeado y golpeado! Pero nada dijo, antes de que yo supiera decirle o por lo menos indicarle con la mirada lo que podía o debía decir, a fin de desorientar la investigación.
Antes, Maña era sensible hasta las lágrimas. Así la conocí hasta el momento de su detención. Pero durante toda su estancia en la Gestapo jamás vi una lágrima en sus ojos. Amaba su casa, pero cuando los camaradas de fuera le dijeron, por darle una satisfacción, que sabían quién había robado los muebles de su casa y que lo vigilaban, contestó:
-¡Al diablo con los muebles! No perdáis el tiempo con ellos. Ahora debéis ocuparos de cosas más importantes: trabajar en lugar nuestro. Primero hay que hacer una limpieza general y después, si sobrevivo, yo misma pondré orden en mi casa.
Un día se los llevaron a los dos. A cada uno por un lado. En vano busqué el lugar de destino. En la -Gestapo, la gente desaparece sin dejar huella, sembrada en millares de cementerios. ¡Ah, qué cosecha saldrá de esta terrible semilla!
Su último mensaje fue:
-Jefe, diga a los de afuera que no me compadezca nadie, y que nadie se aterrorice con mi suerte. He hecho lo que me ordenaba mi deber de obrera, y como tal moriré.
Era sólo una criada. No tenía ninguna cultura clásica y no sabía que en el pasado ya se había dicho:
Peregrino: anuncia a los lacedemonios que nosotros yacemos aquí muertos, como las leyes nos lo han ordenado.
Los Vysusil
Los Vysusil vivían en la misma casa, en el apartamento vecino al de los Jelínek. También ellos eran Josef y Marie. Una familia de empleados subalternos, un poco más vieja que sus vecinos. Josef era un chico alto, del barrio de Nusle y a los diecisiete años fue movilizado para la Primera Guerra Mundial. Semanas más tarde fue hospitalizado a consecuencia de la fractura de una rodilla, de la que nunca llegó a restablecerse. Se conocieron en el Hospital de Brno, donde Marie trabajaba como enfermera. Tenía ocho años más que él y había abandonado su infeliz matrimonio.
Terminada la guerra, se casó con Pepe. Y algo de enfermera, algo de madre quedó entre ellos para siempre. No procedían de familias proletarias; tampoco formaban una familia proletaria. Tanto más complicado, más difícil fue su camino hacia el Partido: pero lo encontraron. Fue como en muchos otros casos por el ejemplo de la Unión Soviética. Aún mucho antes de la ocupación nazi no sabían que es lo que querían, y ocultaban en su casa a camaradas alemanes.
En los tiempos más duros, después del ataque a la Unión Soviética y el primer estado de guerra, en 1941, se reunían en su casa los miembros del Comité Central. Allí dormían Honza Zika, Honza Cerny y, más a menudo, también yo. Allí, en su casa, se escribía el Rudé Právo, allí se tomaban decisiones y allí conocí por primera vez a “Karel”: a Cerny.
Eran concienzudos, justos y atentos; encontraban la salida correcta siempre que surgió alguna situación imprevista de las que, en la clandestinidad, hay más de lo previsto. A nadie se le hubiera ocurrido que ese alto empleado subalterno de los “caminos de hierro” y esa “pequeña señora” de Vysusil se encontraran complicados en un asunto ilegal.
Lo detuvieron poco después que a mí. quedé horrorizado al verlo aquí por primera vez. Si hablaba, las consecuencias serían graves. Pero calló. Fue detenido por unos manifiestos que había dado a leer a un amigo. Y se mantuvo en la cuestión de los manifiestos.
Unos meses después, cuando por la indisciplina de Pokorny y Pixová se supo que Honza Cerny había estado alojado en la casa de la hermana de la señora Vysusil, los nazis, durante dos días consecutivos y a su manera, “interrogaron” a Pepe para arrancarle la pista del último mohicano de nuestro Comité Central. Al tercer día llegó a la “cuatrocientos” y se sentó con precaución: sobre las carnes laceradas uno se sienta verdaderamente mal. Le lancé una mirada ansiosa, interrogándole y animándole. El respondió graciosamente, en su léxico de barrio:
-Cuando la cabeza no quiere, no hablan ni el boca ni el culo.
Conocía bien a esta pequeña familia. Sabía hasta qué punto se amaban, cuán nostálgicos se sentían cuando se hallaban separados uno de otro, aún cuando no fuera más que por uno o dos días. Sin embargo, los meses pasan y cuán triste será la vida en aquel cuarto acogedor de Nusle, cerca de Michle, para una mujer sola, a esa edad en que la soledad es tres veces más dura de soportar que la muerte. ¡Cuántos sueños habrá tejido para ayudar a su marido a restablecer aquel pequeño idilio durante el cual se llamaban -un poco ridículamente, bien es cierto- “mamacita” y “papacito”. Y encontró de nuevo el único camino: perseverar en el trabajo, trabajar por los dos.
La víspera de año nuevo de 1943, sentada sola a la mesa ante su fotografía y en el mismo lugar donde solía sentarse él, esperaba las campanadas de las doce. Y cuando sonaron, brindó a su salud por su regreso, porque pudiese alcanzar el día de la libertad.
Un mes más tarde fue detenida. Mucha gente en la “cuatrocientos” tembló, porque ella era el enlace encargado de las relaciones con la cárcel.
Pero no dijo nada.
No la torturaron a golpes: estaba gravemente enferma y hubiera muerto en sus manos. La torturaron con algo más terrible: atacando su imaginación.
Unos días antes de su detención enviaron a su marido a trabajar a Polonia. Ahora le decían:
-Mire: la vida allí es dura, incluso para la gente sana. Y su marido está inválido. No resistirá eso. Perecerá en cualquier parte y no lo verá más. ¿Y a quién buscará usted después, a sus años? Sea razonable. Díganos todo lo que sepa y nosotros se lo devolveremos enseguida.
¡Mi pepe! ¡Mi pobre Pepe! Va a perecer allí, en Polonia, quién sabe dónde. ¡Y quién sabe cuál será su muerte! Ya han matado a mi hermana; ahora están matando a mi marido. Voy a quedar sola, completamente sola. ¿A quién podría yo encontrar después a mis años? Sola, abandonada hasta la muerte . . . y yo podría salvarle. Me lo devolverían, sí, pero ¿a qué precio? Pero entonces ya no sería yo ni él mi “papacito” . . .
Y no soltó ni una palabra.
Desapareció en uno de aquellos transportes anónimos de la Gestapo. Poco tiempo después recibimos la noticia de que Pepe había muerto en Polonia.
Lida
La primera vez que llegué a casa de los Baxa era por la tarde. Únicamente estaba Jozka con una muchachita menuda, de ojos vivos, que se llamaba Lida. Esta era todavía una niña y estuvo todo el tiempo mirando con curiosidad mi barba, contenta de que, conmigo, hubiese entrado en la casa una cosa nueva e interesante, con la cual ella podría divertirse un rato.
Rápidamente nos hicimos amigos. Con gran sorpresa supe que esta criatura tenía ya casi diecinueve años. Era hermanastra de Jozka y se apellidaba Plachá«5