IV
La “cuatrocientos”
La resurrección es un acontecimiento un poco especial, tan especial que es imposible describirla. El mundo resulta encantador después de una bella jornada, después de haber dormido bien. Pero esto es como si la jornada fuese todavía más bella, como si se hubiese dormido mejor que nunca. A ti te parecía conocer bien el escenario de la vida. Pero esto es como si el director de la iluminación encendiese a la vez todos los reflectores, provistos de claros cristales, y de repente, pusiera ante ti una escena llena de luz. A ti te parecía ver bien. Pero es como si pusieras prismáticos ante tus ojos y miraras, al mismo tiempo, a través de un microscopio. Una resurrección es algo eminentemente primaveral y, al igual que la primavera, descubre ante ti encantos inesperados hasta en los más conocidos paisajes.
Y eso incluso cuando sabes que no es más que para un momento. Incluso cuando lo que te rodea es tan agradable y rico como una celda de la cárcel de Pankrac.
Pero un día, por fin, te llevarán al mundo. Un día te llamarán al interrogatorio. Irás sin camilla y, aunque te parezca mentira, casi andarás con tus propios pies. Hay una barandilla en el corredor y otra barandilla en la escalera. Y tú, en realidad, más que caminar sobre dos piernas, te arrastrarás sobre cuatro patas. Abajo ya habrá otros detenidos que se encargarán de ti y te llevarán hasta el coche celular. Y después, estarás allí sentado, con diez, doce personas, en una sombría mazmorra rodante. Nuevas caras te sonreirán y tú les sonreirás. Uno te susurrará alguna cosa y tu no sabrás quién es. Estrecharás la mano de otro y no sabrás de quién. Y, por último, el coche entrará, con una sacudida, en el gran zaguán del Palacio de Petschek. Los camaradas te bajarán. Entraréis en una espaciosa sala, de desnudos muros. Cinco bancos, uno tras otro. Y sentados en ellos, los presos, en posición de atención con las manos sobre las rodillas, la mirada fija en el desnudo muro de enfrente. . . Y este es, muchacho, una parte de tu nuevo mundo, al cual llaman “el salón cinematográfico”.
Interludio de mayo de 1943
Hoy es el Primero de mayo de 1943. Y de servicio se encuentra un guardián que me permite escribir. ¡Qué felicidad! Sentirse una vez más, aunque sólo sea por breves momentos, un periodista comunista y escribir la reseña sobre el desfile del Primero de Mayo de las fuerzas de combate del mundo nuevo. No esperes oírme hablar de banderas flameando al viento. No hay tal cosa. Tampoco puedo contarte de esos actos de heroísmo que son tan agradables de escuchar. Hoy todo es mucho más sencillo. Ni la impetuosa y vibrante ola de decenas de millares de camaradas que yo veía otros años irrumpir en las calles de Praga, ni el majestuoso mar de millones de otros camaradas que he visto inundando la Plaza Roja de Moscú. Aquí no puedes ver ni a millones ni a centenares. Aquí sólo distingues algunos camaradas, hombres y mujeres. Y a pesar de ello sientes que no es menos importante. No lo es porque es una revista de la fuerza sometida en ese momento, a la dura prueba del fuego, y que no se transforma en ceniza sino en acero. Es una revista en las trincheras, durante la batalla. Y en las trincheras se lleva el uniforme gris de campaña.
Pero todo esto consta de tan pequeños detalles que tú que no lo has vivido quizás no logres comprenderlo cuando lo leas. Trata de comprenderlo cuando lo leas. Trata de comprenderlo, sin embargo. Créeme: hay en ello una gran fuerza.
El saludo matinal de la celda vecina, consistente en dos compases de Beethoven, suena hoy más solemne, más elocuente, y el muro lo transmite con tonos superiores.
Nos vestimos con lo mejor que tenemos. E igual cosa sucede en todas las celdas.
Recibimos el desayuno ceremoniosamente. Por delante de la puerta abierta de la celda pasan los ordenanzas con el pan, el café negro y el agua. El camarada Skorepa nos da tres trozos de pan en lugar de dos. Es su saludo del Primero de Mayo, el saludo activo de un alma llena de atenciones. Bajo los trozos de pan un dedo presiona al otro. Está prohibido hablar. Ellos vigilan incluso tus miradas. Pero, ¿acaso los mudos no se expresan claramente con los dedos?
En el patio, bajo la ventana de nuestra celda, entran corriendo las mujeres para el ejercicio matutino de media hora. Subo a la mesa y, a través de los barrotes, miro hacia abajo. Puede ser que me vean. Sí. Me han visto. Y levantan el puño para saludar. Repito el gesto. Abajo, en el patio, hay hoy una animación mucho más alegre que la de los demás días. La vigilante no percibe nada o quizás no quiere ver. Y también esto forma parte de nuestra manifestación del Primero de Mayo de este año.
Y ahora, nuestra media hora de gimnasia. Yo soy el instructor. Es el Primero de Mayo, muchachos, y no vamos a comenzar como los otros días: Qué importa si eso llama la atención de los vigilantes. El primer ejercicio: uno, dos; uno, dos: los golpes del martillo. El segundo: segar. El martillo y la hoz. Con un poco de imaginación los camaradas quizá comprendan. El martillo y la hoz. Miro en torno mío. Ellos sonríen y repiten los ejercicios con fervor. Me han comprendido. He aquí, muchachos, nuestra manifestación del Primero de Mayo. Y esta pantomima es nuestra promesa del Primero de Mayo, a la cual permaneceremos fieles, aún cuando marchemos hacia la muerte.
De vuelta en la celda. Son las nueve. En este momento el reloj del Kremlin da diez campanadas y en la Plaza Roja comienza el desfile. Padre: ¡unámonos a ellos! Allá, en este momento, cantan La Internacional; en este momento La Internacional resuena en el mundo entero. ¡Que resuene también en nuestra celda! Cantamos. Y una tras otra se suceden las canciones revolucionarias. Pero nosotros no queremos estar solos, no estamos solos. Estamos junto a los que ahora, en libertad y luchando igual que nosotros, cantan . . .
Camaradas en prisiones,
en celdas frías:
vosotros estáis con nosotros,
estáis con nosotros,
aunque no forméis en nuestras filas. . .
Da,* nosotros estamos con vosotros.
Y es así como nosotros, los encerrados en la celda 267, imaginamos el solemne final del desfile del Primero de Mayo de 1943. Pero, ¿es realmente el final? ¿Y la ordenanza del sector femenino que esta tarde se pasea por el patio silbando la marcha del Ejército Rojo, silbando la canción del guerrillero, silbando otras canciones soviéticas para infundir ánimo a los hombres de las celdas? ¿Y ese hombre con el uniforme de la policía checa que me ha traído papel y lápiz y que en este momento vigila el corredor para que ningún indeseable me sorprenda? ¿Y ese otro que, en definitiva, ha dado impulso a estos escritos y que, ocultándolos cuidadosamente, los saca afuera para que aparezcan a la luz en el momento oportuno? Por este trozo de papel se juegan la cabeza. Ellos la arriesgan para establecer un puente de unión entre el hoy aherrojado y el mañana libre. Ellos luchan. Luchan con devoción y sin miedo, cada uno en su puesto, cada uno en su campo de batalla y por todos los medios a su alcance. Y son tan sencillos, tan anónimos y tan desprovistos de patetismo que ni siquiera podrías adivinar la lucha a vida o muerte que sostienen junto a nuestros amigos, y en la cual lo mismo pueden caer que vencer.
Diez veces, veinte veces habrás visto marchar a los ejércitos de la revolución en las manifestaciones del primero de Mayo. Y siempre era algo solemne. Pero sólo en la lucha puedes apreciar la verdadera lucha de este ejército y su carácter invencible. La muerte es más sencilla de lo que habías creído y el heroísmo tiene faz sin aureola. Pero el combate es todavía más cruel de lo que habías supuesto. Y para perseverar en él y conducirlo hasta la victoria es necesaria una fuerza inconmensurable. Diariamente la ves en movimientos, pero no siempre te das clara cuenta de ella. ¡Sí todo parece tan natural, tan evidente!
Hoy la has percibido nuevamente.
Hoy, en el desfile del Primero de Mayo de 1943.
* * *
El Primero de Mayo de 1943 interrumpió por un momento la continuidad de este relato. Eso está bien. En los días solemnes, uno recuerda más intensamente que en los otros y pudiera ser que el júbilo que hoy te domina te llevara a deformar el recuerdo.
El “salón cinematográfico” del Palacio de Peschek no tiene, en verdad, nada de alegre. Es la antecámara de una sala de torturas, desde la cual oyes las quejas y los gritos de terror de otros, sin saber lo que te espera. Ves partir de entre nosotros gente sana, robusta y llena de vida que después de tres horas de interrogatorios vuelve mutilada y deshecha. Oyes una voz sonora anunciar su partida hacia el interrogatorio y a la hora una voz rota, ahogada por el dolor y la fiebre, te anuncia su regreso. Y algo peor aún una cosa peor todavía: ves a gentes marchar con la mirada limpia y franca que, al volver, no pueden ya mirarte a los ojos. Quizás se ha tratado tan sólo de un pequeño momento de debilidad allá arriba, en el despacho del comisario. Un único momento de vacilación, nada más que un relámpago de miedo o de deseo de salvar el propio yo, y hoy o mañana llegarán nuevas víctimas que volverán a vivir aquí todos esos horrores; nuevas víctimas entregadas al enemigo por quien ha sido compañero de combate.
El espectáculo de las gentes cuya conciencia se halla comprometida es aún más terrible que el espectáculo de los hombres físicamente torturados. Y si tus ojos han sido lavados por la muerte que pasó a tu lado, si tus sentidos se encuentran afinados por la resurrección, se percibe, sin necesidad de palabras, quién ha vacilado, quién ha traicionado y quién piensa, precisamente en ese momento, en un pequeño rinconcito de su alma, que, después de todo, no sería tan malo aliviar un poco la situación entregando solamente al más insignificante de sus compañeros de lucha. ¡Oh, pobres débiles! ¡Infelices! ¡Como si la vida comprada con la de un camarada pudiese considerarse vida!
Es posible que no se me ocurriera pensar en eso durante mi primera estancia en el “salón cinematográfico”. Pero luego he pensado en ello con frecuencia. Y esa idea reapareció seguramente esta mañana, en ambiente un poco distinto, en un medio que era la mejor fuente de conocimiento: en la sala número cuatrocientos.
No permanecí sentado mucho tiempo en el “salón cinematográfico”. Una hora u hora y media. Después, a mi espalda, sonó mi nombre y dos hombres vestidos de paisano, que hablaban checo, se encargaron de mí. Me metieron en el elevador, que me depositó en el cuarto piso, y me condujeron a una amplia sala, en cuya puerta estaba escrito el número.
La “cuatrocientos”
Allí, bajo su vigilancia estuve sentado completamente solo en un principio y muy atrás, junto a la pared. Miraba a mi alrededor con la extraña impresión de quien ya ha vivido una vez la misma escena. ¿He estado aquí alguna vez? No. Nunca. Pero a pesar de ello conozco esta habitación, he soñado con ella, la he visto en una febril y cruel pesadilla que aunque la desfiguró, presentándomela con horribles muecas, no pudo cambiarla tanto como para impedir que la reconociese. Ahora es acogedora, llena de la luz del día y de claros colores. A través de sus grandes ventanas de finas rejas se puede ver la iglesia de Tyn, las verdes colinas de Letna y el castillo de Hradcany. En el sueño, la pieza era sombría, sin ventanas, iluminadas por el polvo de una sucia luz amarillenta, bajo la cual los hombres parecían sombras. Entonces había aquí más gente. Ahora, la pieza está vacía y sus seis bancos alineados forman una alegre pradera de amargones y ranúnculos. En mi sueño la veía llena de hombres sentados en estos bancos uno al lado del otro. Y sus caras estaban pálidas y ensangrentadas. Allí, muy cerca de la puerta, un hombre con expresión de dolor en los ojos, de pie, vestido con overol azul, ansiaba beber, beber, y, al fin, se desplomó lentamente sobre el suelo, como cuando cae el telón. . . Sí, así era; pero yo sé ya que no fue sueño. Aquella cosa de delirio febril y cruel, era la realidad.
Fue durante mi primer interrogatorio, la noche de mi detención. Me trajeron aquí tres, diez veces quizá. ¡Qué sé yo! Cada vez que querían descansar y emprenderla con otros. Yo estaba descalzo y, lo recuerdo, las baldosas del suelo refrescaban agradablemente las plantas destrozadas de mis pies.
En aquella ocasión los bancos estaban ocupados por los obreros de la Junkers. Producto de la cacería nocturna de la Gestapo. Y aquel hombre de overol azul, cercano a la puerta, el camarada Barton, de la célula de la fábrica Junkers, era la causa indirecta de mi detención. Digo esto para que nadie sea culpado de mi suerte. Mi detención no obedeció ni a la traición ni a la cobardía de ningún camarada. Fue sólo consecuencia de la imprudencia y la mala suerte. El camarada Barton buscaba para su célula un contacto con la dirección del Partido. Su amigo, el camarada Jelinek, sin respetar por completo las reglas de la conspiración, en vez de consultar ese asunto conmigo, en primer lugar, a fin de que fuera arreglado sin su intervención personal, se comprometió a buscar él mismo ese contacto. Tal había sido la primera falta. La segunda, más desastrosa, consistió en que la confianza del camarada Barton fue ganada por un provocador llamado Dvorak. El camarada Barton le confió hasta el nombre de Jelinek. Y fue así como la Gestapo comenzó a interesarse por la familia Jelinek. No la buscaban a causa de su trabajo principal, que había realizado perfectamente durante dos años, sino a consecuencia de un pequeño servicio que la apartó, en sólo un paso, de sus deberes conspirativos. Y el que los del Palacio de Petschek decidieran detener a Jelinek precisamente la noche en que habíamos quedado citados, así como el que llegaran en tan gran número, se debió únicamente a la casualidad. Aquello no entraba en sus planes. Los Jelinek deberían haber sido arrestados al día siguiente. En realidad, la Gestapo llegó casi en plan de diversión, como “para tomar un poco de aire” y celebrar el éxito que representaba la detención de la célula de la fábrica Junkers. Nuestra sorpresa a la llegada de la policía no fue mayor que la de ellos al encontrarme allí. Ni siquiera sabían a quién arrestaban. Y es posible que nunca lo hubieran sabido si junto conmigo. . .
Pero yo no pude hacer estas reflexiones en la cuatrocientos, sino después de un rato bastante largo. Para entonces ya no me encontraba solo: los bancos y las paredes se hallaban ya ocupados y transcurrían las horas llenas de sorpresas. Sorpresas extrañas, de las que nada comprendía, y sorpresas malvadas, que comprendí demasiado bien.
La primera sorpresa no perteneció a ninguna de estas dos categorías. Fue algo agradable, pequeño, sin importancia para nadie, pero que yo no podré olvidar jamás. El agente de la Gestapo que me vigila -lo conozco, es el mismo que me limpio los bolsillos después de mi detención- me lanza la mitad de un cigarrillo encendido. El primer cigarrillo después de tres semanas. El primer cigarrillo para un hombre que nace por segunda vez. ¿Debo tomarlo? ¿No pensará que me puede comprar? Pero él sigue su cigarrillo con una mirada carente de malicia. No, éste no quiere comprarme. Además, ni siquiera tuve tiempo de fumármelo entero. Los recién nacidos no son buenos fumadores.
Segunda sorpresa: en la pieza entran, a paso de ganso, cuatro personas; saludan en checo a los agentes de civil y a mí; se sientan tras las mesas, ponen sus papeles ante sí, y encienden sus cigarrillos libremente, con la libertad de los empleados. Pero, ¡si yo los conozco! Conozco, por lo menos, a tres de ellos y no es posible que estén al servicio de la Gestapo. ¿O quizás lo están? ¿También ellos? Pero si es Teringl o Renek -como le llamábamos- antiguo secretario del Partido y de los sindicatos, de carácter un tanto salvaje, pero fiel. No, eso no es posible. Y esta es Anicka Viková, siempre tan sincera y tan hermosa, a pesar de sus cabellos ya completamente blancos: militante firme y tenaz. No, eso no es posible. Y este es Vasek Resek, albañil en una mina del norte y más tarde secretario regional del Partido. ¡Cómo no voy a conocerlo! ¡Cuántos combates hemos vivido juntos allá, en el norte! ¿Es posible que lo hayan doblegado bajo su puño? No, eso no es posible. Pero entonces, ¿qué es lo que buscan ellos aquí ¿Qué es lo que hacen aquí?
Sin dar respuesta a estas preguntas, ya se me acumulan otras nuevas. Traen a Mirek, a los esposos Jelinek y al matrimonio Fried. Sí, lo sé: éstos, desgraciadamente fueron arrestados conmigo. Pero, ¿porqué está aquí también Pavel Kropácek, historiador de arte, quien ayudaba a Mirek en su trabajo entre los intelectuales y al que no conocía nadie más que Mirek y yo? ¿Y por qué está aquí ese hombre joven y alto, con la cara tumefacta por los golpes, dándome a entender que no nos conocemos? Si yo no lo conozco realmente. ¿Quién será? ¿Stych? ¿El doctor Stych? ¿Zdenek? Pero, ¡Dios mío!: eso significa el grupo de médicos. Y ¿quién podría conocerlo, fuera de Mirel y de mí? ¿Y por qué durante el interrogatorio me preguntaban tanto sobre los intelectuales checos? ¿Cómo han llegado ellos a suponer un contacto entre mi trabajo y el que se realiza con los intelectuales? ¿Quién podría estar al corriente, fuera de mí y de Mirek?
La respuesta no era difícil, pero era grave y cruel: Mirek ha traicionado. Mirek habló.
En el primer momento podía todavía esperar que, por lo menos, no lo hubiera confesado todo. Pero después llevaron a otro grupo de detenidos y he reconocido a Vladimir Vancura, al profesor Felber y a su hijo, a Bedrich Vaclavek, desconocido bajo su disfraz, a Bozezenea Pulpanova, a Jindrich Elbl, al escultor Dvorak, a todos los que formaban o estaban llamados a formar parte del Comité Nacional Revolucionario de intelectuales checos: todos están aquí. Mirek ha revelado cuanto sabía sobre el trabajo entre los intelectuales.
Mis primeros días en el Palacio de Petschek no fueron ciertamente fáciles. Pero éste ha sido el golpe más duro que recibí. Esperaba la muerte, pero no la traición. Incluso juzgando con indulgencia, incluso tomando en consideración todas las circunstancias y recordando todo lo que Mirek no ha dicho, no he podido encontrar otra palabra: traición. No ha sido sólo la vacilación, la debilidad ni el hundimiento de un hombre torturado hasta la muerte que busca un alivio en medio de la fiebre. Nada hay que pueda disculparlo. En ese momento comprendí por qué supieron mi nombre desde la primera noche. En ese instante comprendí porqué se encontraba allí Anicka Jiraskova, en cuya casa tuve muchas entrevistas con Mirek. Comprendí por qué estaban allí Kropácek y el doctor Stych.
Casi diariamente iba al número cuatrocientos y cada día conocía nuevos detalles. Era algo triste y desesperante. Así es. Antes fue un hombre recto, que no trató de huir de las balas cuando combatía en el frente de España y que no se doblegó tampoco bajo la cruel experiencia del campo de concentración en Francia. Ahora palidece bajo la vara de un agente de la Gestapo y comete una traición para salvar su pellejo. ¡Cuán superficial sería su valor para ceder ante unos golpes! Tan superficial como sus convicciones. Era fuerte porque pensaba en ellos. Pero ahora, aislado, solo, rodeado por la hostigación del enemigo, ha perdido completamente su fuerza. Lo ha perdido todo porque empezó a pensar en sí mismo. Para salvar su pellejo sacrificó a sus camaradas. Lo dominó la cobardía y por la cobardía es un traidor.
No pensó que valía más morir que descifrar los materiales encontrados en su casa, y los descifró. Dio nombres. Dio direcciones de un escondite. Llevó consigo a los agentes de la Gestapo a la cita con Stych. Los envió al piso de Dvorak y a la cita con Vaslavek y Kropácek. Entregó a Anicka. Entregó incluso a Lida, muchacha valerosa y resuelta que le amaba. Bastaron algunos golpes para que dijese la mitad de todo eso. Y cuando se convenció de mi muerte y pensó que no tendría que justificarse ante nadie, dijo todo lo demás.
Con su conducta no me ha hecho, personalmente, ningún daño. Yo ya estaba entre las garras de la Gestapo. ¿Qué más se podría agregar a mis males? Al contrario: era una cosa concreta, sobre la cual podían basar todas sus búsquedas. Algo así como el comienzo de una cadena, cuyos eslabones siguientes estaban en mis manos y cuyo final ellos querían alcanzar. Gracias a eso solamente he sobrevivido hasta después del estado de sitio y, conmigo, una gran parte de nuestro grupo. Pero en este caso no habría habido ningún grupo si él hubiese cumplido con su deber. Nosotros dos estaríamos muertos hace tiempo, pero los demás vivirían y trabajarían.
Un cobarde pierde algo más que su vida. El ha perdido. Es un desertor del ejército glorioso y merece el desprecio del más ruin de sus enemigos. Y aunque viviese, no viviría ya, porque se ha excluido de la colectividad.
Más tarde intentó corregir algunas cosas, pero jamás pudo ganar la confianza de los compañeros. Esto es más terrible en prisión que en cualquier otra parte.
El preso y la soledad, esas dos palabras son, al parecer, inseparables. Pero es un gran error. El preso no está solo. La cárcel es una gran colectividad en la que ni el más riguroso aislamiento puede separar a nadie, si es que uno no se excluye a sí mismo. La fraternidad de los oprimidos está sometida a una presión que la concentra, la fortalece y la hace más sensible. Atraviesa los muros, que viven, hablan y transmiten mensajes. Abarca las celdas de un mismo corredor, unidas por sufrimientos comunes, servicios comunes, ordenanzas comunes y medias horas comunes al aire libre, cuando basta una palabra o un gesto para transmitir una noticia o salvar una vida humana. Liga a toda la prisión por medio de las salidas y vueltas comunes del interrogatorio y la asistencia común al “salón cinematográfico”. Es una fraternidad de pocas palabras y de muchos servicios, porque un solo apretón de manos o un cigarrillo pasado a hurtadillas rompe la jaula a la que te han arrojado y te libra de una soledad que debiera quebrantarse. Las celdas tienen manos: percibes cómo te sostienen para que no caigas tras las torturas del interrogatorio y de ellas recibes alimento cuando otros te empujan a la muerte por hambre. Las celdas tienen ojos: te miran cuando marchas hacia la ejecución y tú sabes que tienes que ir con la cabeza alta, porque eres su hermano y no debes mostrar debilidad ni siquiera con un paso vacilante. Es una fraternidad que sangra, pero que es indestructible. Si no fuera por su ayuda, no podrías soportar ni la décima parte de lo que soportas. Ni tú, ni nadie.
En este relato, si logro continuarlo -porque uno no sabe ni el día ni la hora del fin- veréis a menudo el número cuatrocientos que da título a este capítulo. Yo lo he conocido. Era una sala, y las primeras horas que pasé en ella, las primeras reflexiones que en ella me hice, no fueron nada alegres. Pero no era sólo una habitación: era una comunidad, una comunidad alegre y combativa.
La “cuatrocientos”, nació en el año 1940, al aumentar la actividad de la sección anticomunista de la policía. Era un anexo del depósito, del “salón cinematográfico”: la sala de espera de quienes serían sometidos al interrogatorio, especialmente seleccionada para los comunistas, con el fin de evitar el llevarlos y traerlos desde el sótano al cuarto piso y viceversa a cada interrogatorio y con el fin de tenerlos en todo momento a disposición de los empleados de la Gestapo encargados de los interrogatorios. Era para facilitar su trabajo. O al menos ellos pensaban así.
Pero por juntos a dos presos, y sobre todo a dos comunistas, y en cinco minutos se habrá formado un colectivo que estropeará todos sus planes. En el año de 1942 se la conocía como la “Central Comunista”. Ha conocido muchos cambios y pos sus bancos han pasado millares y millares de camaradas, hombres y mujeres. Pero hay algo que no ha cambiado nunca: el alma de ese colectivo, fiel a la lucha y seguro de la victoria.
La “cuatrocientos” era una trinchera avanzada, totalmente cercada por el enemigo y sometida a un fuego concentrado, pero que jamás pensó en rendirse. Sobre ella flotaba la bandera roja y en su seno se manifestaba la solidaridad de todo el pueblo, en lucha por su liberación.
Abajo, en el “salón cinematográfico”, los S. S. Pasaban arrastrando sus pesadas botas y acompañando con gritos el menor movimiento de tus ojos. Aquí, en la “cuatrocientos”, la vigilancia es ejercida por inspectores y agentes de la Jefatura de Policía, al servicio de la Gestapo como intérpretes, bien voluntariamente, bien por orden de sus superiores, y que cumplían con su deber como mercenarios de la Gestapo o como checos. O como cualquier cosa entre ambos. Aquí no estabas obligado a permanecer sentado en posición de firmes, con las manos en las rodillas y los ojos fijos. Aquí ya podías sentarte más libremente; podías mirar alrededor tuyo; podías hacer un signo con la mano y podías hacer incluso algo más, según el caso. Todo dependía de la clase de vigilancia que estaba de servicio en el momento dado.
La “cuatrocientos” era el lugar donde se alcanzaba el más profundo conocimiento de esa criatura que se llama hombre. Allí, la proximidad de la muerte ponía al desnudo a todo el mundo: a los que el brazalete rojo señalaba como detenidos comunistas o como sospechosos de tener relaciones con los comunistas y a los que debían vigilarlos y que en una habitación vecina participaban en su interrogatorio. En ésta, durante el interrogatorio, cada palabra podía servir de escudo o como arma. Pero en la “cuatrocientos” es imposible ocultarse tras las palabras. Allí ya no cuenta lo que dices, sino lo que está más hondo en ti. En tu interior más profundo no ha quedado más que lo esencial. Todo lo que estaba en segundo plano y que ennoblecía, debilitaba o embellecía el fondo de tu carácter, todo eso ha caído, ha sido arrancado de cuajo por el vendaval que precede a la muerte. No queda más que el sujeto y el predicado: el fiel resiste, el traidor traiciona, el burgués se desespera, el héroe combate.. En cada hombre hay fuerza y debilidad, audacia y miedo, firmeza y vacilación, limpieza y suciedad. Pero allí no puede quedar más que una cosa u otra. O esto o aquello. Y si alguno ha intentado navegar entre dos aguas, ha sido descubierto con mayor prontitud que un bailarín con los cimbales en la mano y una pluma amarilla en el sombrero exhibiéndose durante una ceremonia fúnebre.
Había personas de ese género entre los detenidos. Las había también entre los inspectores y agentes. Durante el interrogatorio encendían una vela al buen Dios del Reich y en la “cuatrocientos” prendían otra al diablo bolchevique. Delante del comisario alemán te rompen los dientes para arrancarte, a fuerza de golpes, el nombre de tu enlace y en la “cuatrocientos”, te ofrecen amigablemente pan para mitigar el hambre. Durante los registros saquean totalmente tu piso, para ofrecerte, de manera oculta, en la “cuatrocientos”, la mitad de un cigarrillo de su botín, a fin de mostrar sus buenos sentimientos. Y había otros -que no eran más que una variante de la misma especie- que jamás, por su propia iniciativa, hicieron mal a nadie, pero que tampoco ayudaron nunca a nadie. Estos no pensaban más que en su propia piel. Su sensibilidad los convertía en un excelente barómetro político. ¿Se muestran reservados, muy oficiales? Es seguro: los alemanes avanzan sobre Stalingrado. ¿Son amables y entablan conversación con los detenidos? La situación es favorable: los alemanes han sido rechazados en Stalingrado. ¿Hablan de su viejo origen checo y de cómo han sido obligados a entrar al servicio de la Gestapo? Excelente: el Ejército Rojo avanza ya seguramente sobre Rostov. Hay todavía otros -de la misma especie- que se meten las manos en los bolsillos cuando estás a punto de perecer ahogado y te las tienden completamente cuando has llegado ya a la orilla.
Esa especie de gente ha sentido la unidad de la “cuatrocientos” y ha intentado aproximarse a ella, porque apreciaba su fuerza. Pero jamás formó parte de la misma. Y existía todavía otra especie que no tenía la menor idea de esta comunidad: yo los llamaría asesinos, aunque los asesinos, a pesar de todo, pertenecen al género humano. La fiera de lengua checa, con el vergajo y en hierro en la mano, torturaba a los detenidos en forma tal que muchos comisarios alemanes terminaban por volver la vista ante el espectáculo. Ellos no podían cubrirse ni con la hipócrita excusa de la lucha por su pueblo o por el Reich: torturaban y asesinaban por placer; rompían los dientes, perforaban los tímpanos, vaciaban los ojos, despedazaban a patadas los órganos genitales, dejaban al desnudo el cerebro de los torturados y les pegaban hasta la muerte impulsados por la crueldad, sin otro móvil que la crueldad misma. Tu los has visto diariamente; cada día te veías obligado a soportar su presencia, que llenaba la atmósfera de sangre y de estertores de agonía. Sólo te sostenía tu profunda fe, la firme confianza de que nunca podrían escapar a la justicia, aunque asesinasen a todos los testigos de sus crímenes.
Y al lado de esos, en la misma mesa, iguales al parecer y con la misma jerarquía, se sentaban otros hombres. Hombres, con h mayúscula. Hombres que aplicaban el reglamento de la prisión en beneficio de los encarcelados; hombres que ayudaron a formar la colectividad de la “cuatrocientos”, y que a ella pertenecían con todo su corazón y con toda su audacia. Su generosidad destaca más cuanto que no eran comunistas, sino que, por el contrario, habían trabajado antes, al servicio de la policía checa, en contra de los comunistas. Pero, al verlos luchar contra el ocupante, conocieron la fuerza y comprendieron la importancia que para todo el pueblo tienen los comunistas y, desde ese momento, sirvieron fielmente y ayudaron, hasta en los bancos de la prisión, a todos aquellos que se mantuvieron firmes. Numerosos combatientes de fuera vacilarían si conociesen los horrores que les esperan, de caer en manos de la Gestapo. Pero los de aquí tienen constantemente, cada día y cada hora, esos horrores ante sus ojos. Cada día y cada hora podían esperar ser colocados junto a los otros detenidos y sufrir martirios aún mayores. A pesar de todo, no vacilaron. Ayudaron a salvar la vida a millares y aliviaron la suerte de aquellos cuyas vidas fue imposible salvar. Merecen el título de héroes. Sin su ayuda, al “cuatrocientos” jamás hubiera podido llegar a ser lo que fue y como la conocieron miles y miles de comunistas: un lugar claro en una casa sombría, una trinchera en la retaguardia del enemigo, el centro de la lucha por la libertad en el interior mismo de la fortaleza de los ocupantes.