| Buxi | |||||||||||||||
| Indice Poesia Relato Cuento Ensayo Autores |
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| Retorica especulativa Quignard, Pascal |
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Libro que se sit�a, por evidente intencionalidad de su autor, fuera de los encuadramientos ortodoxos, y que est� integrado con extractos de lo que �l denomin� �peque�os tratados� (in extenso, ocho tomos), piezas generalmente breves con las que fue elaborando una suerte de diario personal, en el que volc� sus reflexiones acerca de la existencia, la vida cotidiana, o lecturas o hechos del pasado o el presente que por diversos motivos lo impresionaron. Recuerda, por momentos, a los �Silogismos de la amargura�, de Emile Cioran, pero sin la metodolog�a, ni el escepticismo ni el rigor del pensador rumano, sino m�s bien con una singular�sima y audaz �ptica para atreverse, por ejemplo, a unir en el mismo texto, a Goethe con la historia de un bonzo que plantea una sutil deducci�n referida a la �tica y la identidad humanas, o interpretaciones sorprendentes de la esencia intelectual de figuras sin aparentes similitudes, como Shakespeare, Eur�pides, Eckhart o Montaigne. Poseedor de una formidable formaci�n cultural, Quignard remite al griego y al lat�n para alumbrar reinterpretaciones de muchos t�rminos muy usuales en el lenguaje actual, deformados respecto de su sentido original y que, desde esa perspectiva, se tornan otro aporte a la confusi�n generada por la distancia entre palabra y realidad. Peque�as joyas del tesoro general con el que deslumbra este libro son los aforismos. No resistimos la tentaci�n de compartir algunos: �El reparto de naipes del comienzo de ning�n modo puede ser el mazo del final�. �Entre las hormigas y las abejas, el itinerario mismo constituye la captura�. �La psicolog�a carece de verosimilitud. Lo real es lo insospechado�. �Un escritor es un hombre devorado por un tono�. �Toda la vida de un novelista se precipita hacia lo que ha dicho en su relato�. �Las grietas que se forman en el pan y que no han sido queridas por el panadero atraen la mirada y estimulan m�s el apetito que el resto del pan�, recuerda el ensayista franc�s Pascal Quignard y propone una ir�nica definici�n de la condici�n humana entendida como imperfecta condici�n felina. Llamo ret�rica especulativa a la tradici�n letrada antifilos�fica que recorre toda la historia occidental desde la invenci�n de la filosof�a. Fecho su advenimiento ret�rico en Roma, en el a�o 139. Su te�rico fue Front�n (Marcus Cornelius Fronto)�. Front�n es uno de los pensadores m�s originales y m�s profundos que haya conocido la antigua Roma. Multiplica las im�genes, construye r�pidos mitos que no se pueden encontrar en ninguna otra parte del mundo antiguo. ��Qu� es el sue�o? Una gota de muerte tan peque�a como puede serlo una l�grima que se disimula vertida en el cr�neo de los hombres, tal es la causa del sue�o.� El emperador Marco Aurelio escribi� que las grietas que se forman en el pan y que no han sido queridas por el panadero atraen sin raz�n la mirada y estimulan m�s el apetito que el resto del pan. Las resquebrajaduras del pan son, seg�n dice, �como las fauces abiertas de las fieras�. El lenguaje es en s� mismo investigaci�n. En la tradici�n filos�fica, el lenguaje no es m�s que un vestigio del que uno puede desprenderse o que se puede corregir, como el soma-sema, como el cuerpo animal convertido en tumba y signo, como las t�cnicas, como las artes. El lenguaje es la �nica sociedad del hombre (ch�chara, cotilleo, familia, genealog�a, ciudad, leyes, charla, cantos, aprendizaje, econom�a, teolog�a, historia, amor, novela) y no se conoce ning�n hombre que se haya librado de �l. As� el logos fue desatendido por la philosophia en su despliegue, de la misma manera que el aire es ignorado por las alas de los p�jaros, como el agua del r�o es ignorada por los peces excepto al morir por encima de la superficie del agua en donde se asfixian, una vez transportados por el anzuelo hacia la suavidad y la transparencia atmosf�ricas donde dejan de moverse y se iluminan. Front�n dec�a que hab�a que trabajar la lengua para ser capaz de enfrentar audazmente los peligros de los pensamientos m�s dif�ciles de aceptar, las afasias que provocan las experiencias m�s dolorosas o que son las m�s inmanejables. Hay que seguir el propio rumbo con los remos y las velas peque�as, pero cuando sobreviene la necesidad imprevista, hay que ser capaz de desplegar la vela mayor del lenguaje y dejar bruscamente atr�s los botes, los barcos de pescadores, la filosof�a, la historia, las leyes, los proverbios, los decretos, la charlataner�a, las costumbres. El pasaje de los primates al hombre no constituye un l�mite. No existi� un origen del hombre. Con �l la naturaleza se derram� como lo hace la lava en la cima de un volc�n. Una lenta metamorfosis simult�nea de varias especies a lo largo del tiempo ha procedido con sus propias mutaciones � una de las cuales, al buscar su presa a semejanza de muchas otras, descubri� una orientaci�n prodigiosa en la imitaci�n de la predaci�n de los grandes carn�voros a los que espiaba porque les tem�a�. La especie humana no sufri� mutaciones; fue la conversi�n en predadora de una especie que figuraba en el rango de las presas y cuya captura as� como la ferocidad la fascinaban. Los machos a quienes su situaci�n perif�rica expon�a a la predaci�n fueron hacia los animales de presa que los amenazaban y se convirtieron en sus acompa�antes. Una presa codicia una presa y se la disputa con otros. Esa es la fuente de la humanidad: predaci�n imitada. Un ojo puesto en la carne muerta, junto a otro mam�fero que olfatea los rastros de los predadores, al que por encima sobrevuela la vista de otro carro�ero. Eso se vuelve un hombre, un lobo, un �guila. Serge Moscovici ha mostrado que de ninguna manera se pod�a hablar de una �hominizaci�n� de los primates, sino de una �cinegetizaci�n� de algunos de ellos. La praedatio destruy� la colecta (en griego, el logos). La caza que devast� la recolecci�n transform� a un herb�voro en mam�fero necr�fago de los restos de los grandes carn�voros a los que acechaba, junto a las aves rapaces y a los lobos. Luego esos antiguos herb�voros convertidos en necr�fagos se transformaron tambi�n en carn�voros. Tales transportes son las primeras metaphora. Los hombres se transportaron hacia los que imitaban y los que devoraban: oso, ciervo, buitre, lobo, toro, mamut, carnero, bisonte. O en el mundo precolombino, puma, jaguar, c�ndor. Destrozar la carne de un carn�voro y distribuirla se llama sacrificar. Al seguir a sus presas hasta donde viv�an, se instalaron a su vez en las cuevas, las cavidades, los nidales, los pozos donde los animales que rastrean hab�an hecho su madriguera. La caza se volvi� un modo de vida excluyente: el animal es el modelo, la imagen, el competidor, el alimento, el dios, el vestido, el calendario, el objeto del grito, el tema de los sue�os, el hogar de los hijos, el desplazamiento como destino, el mundo como trayecto. En las paredes de las cuevas magdalenianas, la cara humana es bestializada en forma de cabeza de oso, de lobo, de buitre o de ciervo. La agresividad, la ferocidad, la guerra no se desarrollaron en nosotros gen�ticamente. Nos vinieron de la caza: fue un largo aprendizaje de la muerte, primero de los restos y luego dando muerte. El canibalismo fue la etapa siguiente: es la culminaci�n de la caza y el despertar de la guerra. Lo que llamamos el devenir-hombre de algunos primates fue ese lento devenir-animal de los protocazadores. La invenci�n del hombre fue la imitaci�n de la predaci�n de los grandes carn�voros. Esa invenci�n no se llama la risa, el lenguaje, la mano prensil, la postura erguida, la muerte. Se llama la caza. Tensar un arco quiere decir doblar la vara hasta que se curva y hacer fuerza en ella para estirar al m�ximo la cuerda que sus extremos retienen y cuya tensi�n (tonos) servir� de propulsor a la flecha. Los cazadores paleol�ticos, al inventar el arco, en el origen del arco, inventaron el origen del sonido de muerte en la cuerda �nica (la m�sica), es decir, el lenguaje apropiado para la presa. Cuando una sociedad est� a la espera del acontecimiento que puede extinguirla, cuando el miedo, el desamparo, la pobreza, la desherencia y la envidia de todos contra todos han llegado a un estado de madurez, comparable al de los frutos bajo el calor, una expresi�n secreta y �vida aparece en la mayor�a de los rasgos de los vivos que se encuentran por las calles de las ciudades que son las nuevas selvas. Los rostros que nos rodean cargan con esa tristeza y manifiestan ese silencio que se extiende. Ese silencio, a pesar de la Historia, es decir, a causa del mito de la Historia, sigue siendo ignorante de su ferocidad. Las sociedades occidentales est�n de nuevo en ese estado de terrible madurez. Est�n en el l�mite de la carnicer�a. Ocurrir� con la Historia venidera como con la psiquiatr�a de comienzos del siglo XX, un saber ya extinto que diferenciaba con precisi�n la guerra que lo incinerar�a. A medida que lo real haya dado paso al delirio y sus in�tiles razones, cada vez m�s el futuro, de manera cruel, melanc�lica, tomar� la apariencia del pasado. El pasado retroceder� hasta pasar revista a sus m�s viejas fundaciones y so�ar� con explorar el lenguaje disimulado, masculino y secreto que supon�a que lo ornamentaba. Michelstaedter dec�a que las palabras, como las obras, eran ornamentos de la oscuridad. Se mat�. El pasaje sobre las fieras y las grietas del pan propone un enigma que es todav�a m�s dif�cil de interpretar de lo que he indicado. El icono no es un arma f�cil en la boca de los hombres. �El pan, al cocerse por partes, se abre y esas fisuras se producen en contra del arte del panadero. Los higos muy maduros que se entreabren se asemejan al estallido de la aceituna podrida. La frente de los leones, la cabeza de los viejos, la espuma que sale del hocico de los jabal�es, est�n lejos de ser hermosas y sin embargo tienen un atractivo (psychagogei).� Este texto es muy extra�o. Como si recordara al cazador necr�fago que rastrea a los animales, siguiendo el rastro de las huellas y los vestigios, espiando el bulto de las presas muertas. La cercan�a de la muerte crea la sensaci�n de apetito y de belleza. Hay una contemplaci�n que atraviesa el lenguaje y que la misma naturaleza suministra con su silencio en su punto extremo de maduraci�n, de putrefacci�n, es decir, de carro�a. La belleza, dice Marcus, separa lo intempestivo de lo oportuno. En la cabeza del viejo, as� como en la fisura del higo muy maduro, como en la grieta del pan, como en las fauces bien abiertas de las fieras, los jabal�es, los leones, la muerte es oportuna, tentadora. |
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| Ronsard | |||||||||||||||
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