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| Bodas en Tipasa (fragmento) Camus, Albert |
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| En los misterios de Eleusis, bastaba contemplar. Aqu� mismo, s� que nunca me aproximar� suficientemente al mundo. Necesito estar desnudo y hundirme luego en el mar, perfumado todav�a por las esencias de la tierra, lavarlas en �l y atar sobre mi piel el abrazo por el cual suspiran, labio a labio, desde hace tiempo, la tierra y el mar. Inmerso en el agua, sobrevienen el escalofr�o, la subienda de una liga fr�a y opaca; la zambullida, luego, con el zumbido de los o�dos, la nariz manante y la boca amarga �nadar: sacar del mar los brazos barnizados de agua para que se doren al sol y sumirlos de nuevo en una torsi�n de todos los m�sculos; el curso del agua sobre mi cuerpo, esa tumultuosa posesi�n de la onda por mis piernas� y la ausencia de horizonte. En la playa, es la ca�da sobre la arena, abandonado al mundo, de vuelta a mi peso de carne y huesos, embrutecido de sol, teniendo, de vez en cuando, una mirada para mis brazos en donde las charcas de piel seca descubren, la deslizarse al agua, el vello rubio y el polvillo de sal. (...) Los �rboles se hab�an poblado de p�jaros. La tierra suspiraba lentamente antes de entrar en la sombra. Dentro de un momento, con la primera estrella, caer� la noche sobre la escena del mundo. Los resplandecientes dioses del d�a tornar�n a su muerte cotidiana. Pero otros dioses vendr�n. Y para ser m�s sombr�os, sus asolados rostros habr�n nacido en el coraz�n de la tierra. Ahora, al menos, la incesante eclosi�n de las olas sobre la arena me llegaba a trav�s de todo un espacio en el que danzaba un polen dorado. Mar, campi�a, silencio, perfumes de esta tierra, me hench�an de una vida odorante y mord�a en el fruto, dorado ya, del mundo, conturbado al sentir su jugo dulce y fuerte deslizarse a lo largo de mis labios. No, no era yo quien contaba, ni el mundo, sino el acuerdo y el silencio de que �l en m� hac�a nacer el amor. Amor que no ten�a yo la debilidad de reivindicar para m� solo, consciente y orgulloso de compartirlo con toda una raza, nacida del sol y del mar, viva y s�pida, que extrae su grandeza de su sencillez y, de pie sobre las playas, dirige su sonrisa c�mplice a la sonrisa luciente de sus cielos. | |||||||||||||
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