
Juego de Alas No 1
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Cuentos de Alphard |
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UNA MIRADA A DOS CORAZONES “La oscuridad en un mundo intrínseco no siempre termina siendo eterna, salvo que no encuentres las fuerzas de tu luz interna; aquella fuerza encontrada en el valor de tu inconciencia. Y, mucho más, a aquella persona que sea capaz de sacarte de esa oscuridad, brindándote la luz con sus palabras de un amor tan puro y eterno. Recuerda que si no logras ver con tus ojos al mundo real, puedes hacerlo con los ojos de tu alma, y ellos te brindaran la visión más hermosa en tu consiente oscuridad… CAPITULO I – Es tarde, no pensé que la reunión se extendería tanto – decía una mujer, mientras subía con presteza los escalones que la llevarían a una de las salas de conferencias que contenía la universidad Hollin’s. – Creo que llegue muy tarde, será mejor que me vaya – musitaba otra dirigiéndose a la puerta de salida. Ambas se aferraron y tiraron al mismo tiempo del cogedero de la puerta. Pero la primera empujó con más fuerza, golpeando y tirando al suelo a la que pretendía salir. – ¡Oh!, lo siento no era mi intención, estoy un poco apurada y no me di cuenta – explicaba la mujer que ingresaba, en tanto ayudaba a izar a la que yacía en el piso. Al levantar a quien yacía en el piso, todo síntoma de urgencia desapareció cuando pudo ver más de cerca a la mujer con quien se había tropezado. – No se preocupe, ¿usted va a entrar a la conferencia? – Ya de pie, tratando de arreglarse el traje. Un poco aturdida y adolorida por el golpe. – Sí, ¿usted también se dirige hacia allá? – Sí, me haría el favor de ayudarme a llegar ahí, estoy un poco desorientada; es la primera vez que asisto a esta sala. – Claro. – Por favor, podría darme mi bastón, creo que lo perdí en la caída. En tanto la alta mujer recogía el objeto pedido, ya que no se había fijado en él antes, se dio cuenta de que estaba partido en dos, y, mucho más, esto le ayudo a saber que la mujer, al parecer, era ciega a pesar de la limpidez de sus ojos. – Lo siento… pero…se ha roto – trató de decir, con pesar, mientras se lo entregaba. – Ah, no se preocupe, ya veré como lo arreglo; además, ya estaba demasiado viejo. Me sorprende que no se haya roto antes – decía tratando de unir el bastón en su oscuridad, sin mucho éxito. – Creo que es preferible que compre uno nuevo – decía con pesar. – Debería, pero es lo único que tengo de mi madre. Más bien sería mejor que fuéramos a la conferencia, seguramente ya empezó. – Oh, sí claro, será mejor que vayamos, ya es tarde. Puede tomarme del brazo si desea. – esto último lo dijo extendiendo su brazo. – Gracias – respondió con una sonrisa en los labios. Por una extraña razón, la voz de la mujer le daba confianza. Y mucho más, el perfume de su transitorio lazarillo pudo ser percibido con más fuerza inundando y grabándosele profundamente en su sentido memorativo. Mientras se dirigían a la sala de conferencias. Un hombre, alto y delgado, con un aspecto de preocupación, que al ver a la pareja cambia. Dice: – Gracias a Dios, Doctora Peter’s, la estábamos esperando, ya no falta mucho para que concluya la ceremonia de apertura. – Lo siento, pero la reunión demoro más de lo que pensaba. ¿Por dónde debo ingresar? – Por aquí, por favor acompáñeme, ¿la señorita también viene con usted? – Sí, por favor, ¿puede buscarle un asiento? – Por supuesto. Las dos fueron separadas mientras se dirigían cada una a sus respectivos sitios. La conferencia duro casi dos horas. Se habló y discutió de los diferentes avances médicos. Al término del evento. Una mujer esperaba a que toda la gente que había asistido a la conferencia saliera para así no tropezarse. Cuando se disponía a avanzar hacia la salida, una mano la detiene agarrándola del brazo, sobresaltándola un poco, puesto que no la había podido escuchar, pero al percibir el perfume supo quien era. – Ah, hola. – Hola, siento la demora. – No te preocupes. Pensé que no vendrías. – Sí, bueno, es que a última hora se presentó un problema… – Descuida, ya me lo suponía, es por eso que decidí venir sola. – En realidad lo siento, Denise. Quería acompañarte pero… – Ya no te preocupes. – Sí, pero tuve un poco de miedo de que te perdieras, no conoces esta parte de la universidad y pues… – Lara, no soy una niña, sé conducirme sola, ves, estoy bien no me ha pasado nada. Más bien porque mejor no nos vamos. – Si, claro…Oye, ¿qué le pasó a tu bastón? – Te lo cuento en casa – no pudo evitar sonreír cuado el incidente se revivió en su memoria. Ambas se retiraron una del brazo de la otra. Sin saber que eran observadas en su marcha por una misteriosa sombra tras el telón de la tarima. CAPITULO II Apoyada en el balaustre del mirador se encontraba una rubia mujer, con la mirada perdida en el ocaso del día. Tan concentrada estaba. Cuando una conocida fragancia vuelve imperceptible a sus sentidos y con él una voz que paulatina le describe la escena invisible. – Se está resguardando en las aguas para dar paso a su amante callada, que gloriosa como él domina los cielos nocturnos. El pacifico oleaje lo recibe gustoso durante el descenso. Majestuoso desciende con los colores de su muerte. Tan prestigioso se siente que pinta los cielos con colores pasteles como regalo inconfundible para su adorada mujer, y junto a ese obsequio la promesa de volverse a encontrar en sus terrenos dominados y amarse en silencio en ese reencuentro. Ya ni rastro hay del gran astro. El oleaje se ha cerrado. Los cielos ya han palidecido por la tristeza, pero ella no quiere demostrar su pena y alienta a salir a las estrellas, que brillen hasta que su luz se apague mientras ella lo hace con toda su grandeza, y espera gustosa el fin de su reinado porque sabe que la noche no es eterna. – termina su pausado relato como lo había empezado, con la mirada enfocada en el sutil perfil. – Hola – sonriente y sin cambiar su posición, pero atenta a la voz –. Doctora Peter’s, ¿verdad? – ¿Cómo supo que era yo? – preguntó sorprendida. – Por su aroma a almendras y su voz. Con la ceguera he aprendido a desarrollar más los otros sentidos. Además, los recuerdo muy bien. – diciéndolo sin dejar de sonreír, y con un aire de satisfacción por su habilidad. – Ah, claro – dándose un golpe mental por las palabras antes dichas. Ya que era obvio como la había reconocido. Incluso estaba aliviada que no viera el cambio repentino del color en su rostro tras sus palabras. – Gracias. – ¿Gracias, por qué? – Por haberme ayudado a llegar a la sala de conferencia aquel día, y por describirme la escena de hoy – volteando para estar frente a ella. – No tiene porque darlas…hice ambas gustosa – sonriendo y viéndola fijamente. – Tengo que hacerlo. No tuve la oportunidad de dárselas antes y ahora que se me da, no la quiero desperdiciar. – Entonces…, así como usted tiene la oportunidad de darme las gracias. Yo tampoco la voy a desperdiciar para decir lo siento – cabizbaja. – ¿Lo siento?... ¿Por qué? – Fue culpa mía que se rompiera su bastón, sé que era muy importante para usted por ser un regalo de su madre... – al ver algo de incertidumbre en el rostro de la rubia mujer –, eso dijo, y yo... – No tiene que disculparse por eso, estaba muy viejo y en cualquier momento se podría haber roto, incluso pudo haberlo hecho en mis propias manos, así que descuide. – Tratando de centrar todos sus sentidos activos en la no tan extraña mujer –. Y, con relación a que forma parte muy importante en mi vida, sí, pero también hay algo mucho mejor que un simple objeto, y mi madre se encargo de dármelo – se gira para ver el ya oscuro ocaso. Ya que sin querer los recuerdos de las palabras sin imágenes regresaron a su mente. Al ver la postura que adquirió la rubia. La visitante decide callar ya que pudo ver en aquellos ojos algo inefable, era una mezcla inexplicable de orgullo, dolor y, a la vez, alegría. Una mixtura fascinante que la dejo sin dicción. Incluso surcaron sus pensamientos la idea de marcharse, pero no podía y ni siquiera entendía aún el por qué. Opta por quedarse, y toma la misma posición que su bella acompañante. Observando sin mirar siquiera el oscuro mar y a sus nuevas acompañantes: la innumerable incandescencia de la luna y las estrellas. Es así como surge entre las dos un mutismo incomodo que decidió ser roto por Denise. – Un gusto volver a saber de usted, Doctora Peter’s – girándose para poder despedirse. – Samantha – volviéndose para mirarla. – ¿Qué? – Mi nombre es Samantha. Solo me llaman así cuando estoy en el hospital – sonriéndole –. Preferiría que me llamara así. – Me parece algo extraño… – ¿Mi nombre? – No – no pudo evitar reír –, su nombre no es nada extraño, al contrario, es hermoso. A lo que me refiero, es que es insólito que no nos hayamos presentado aún. Yo sé su nombre porque lo oí en la conferencia pero usted ni siquiera sabe el mío – extendiéndole la mano –. Denise Swall. – Mucho gusto señorita Swall – algo sorprendida pero extendiendo igualmente su mano. – Denise. Me gustaría que me llamaras, Denise. – Bien, entonces…un gusto conocerte, Denise. Las dos cerraron el saludo con un apretón de manos. Sintiéndose un poco extrañas con el simple empalme. Era la misma sensación que fue percibida, por ambas, semanas atrás en la conferencia. Fin primera parte |

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Alphard “Se han puesto ya la luna y las pléyades… Es medianoche… Pasa el tiempo, y yo sigo durmiendo sola.” Safo: Soledad a Medianoche |
