Juego de Alas No 1

Cuentos de Paola

Lamedora

 

 

Cuando la tentación pudo con ella, acercó su nariz al piso y con la punta de su lengua lamió aquel pedazo milimétrico de baldosa. Cuando la noción de no saberse sola se apoderó de nuevo de su conciencia, miro a lado y lado, e incluso le sonrió a un hombre que la miraba desde su camilla, impávido, pero con un brillo en sus ojos… quizá miedo.

 

La mujer lo miró sin despegar los suyos ni mover sus pestañas hasta que se irguió nuevamente en su posición anterior. Limpiaba el piso. El balde olía a sangre y los aullidos de dolor, los gemidos estertóreos y los lamentos agónicos acompañaban el silencio de la sala. O componían su dialecto.

 

Tomó el balde con la mano izquierda y lo acercó a sus fosas nasales. Miró. El enfermo aún la observaba. Volvió su vista hacia el reloj: siete de la noche. Dejó de mirarlo todo y con los ojos en sus recuerdos, se levantó con la esponja en la mano y arrastró consigo el balde hasta erguirse casi completamente.

Un doctor salió de la sala. Llevaba bata. Una joven rubia lo acompañaba, con una libreta de notas, una voz suave y una pregunta insistente.

-¿Cuándo nos vemos entonces, doctor?

Él elevó el rostro hacia el techo y ella volvió la vista. 

Las miradas de ambas mujeres se cruzaron sin expresión. Ella continuó el camino del médico e Ilona Jo, siguió con su balde.

 

Una de sus canas está cubierta de sangre. La piel de su cara parece guarnecida durante años en una heladera, sin que siquiera la propaganda de las tejas Ajover le hubiera suministrado luz a su rostro. El cuerpo está machacado por los años de limpiar los pisos agachada, a penas por centímetros distante su rostro, su nariz, sus labios y su lengua, de las baldosas sangrantes.

 

Ilona Jo dejó ir a la rubia reportera. Blanca como era, la muchacha le dedicó una mirada antes de cruzar la puerta de emergencias en el Hospital Universitario.

Ilona Jo recorrió en línea recta los pasos de la joven pero se desvió y entró a la sala de cirugías. Vestía ropa de mayo y las babuchas correspondientes. Pidió permiso a la Jefe de Enfermeras. La mujer la miró un momento al rostro. Una pequeña mancha roja se adivinaba entre los dientes blancos de Ilona Jo. Podría ser el maquillaje, pero Ilona Jo no se maquillaba.

 

Siguió. Entró a una sala pequeña, donde otros útiles de aseo la esperaban. Vació el balde y vertió agua nueva. Lavó la esponja y dejó el trapero.

-¿No es más fácil que se lo lleve?

Ilona Jo negó con la cabeza, rumbo a la sala de cirugías. No había, por el momento, ningún enfermo listo para operar. Pero más de uno lo estaba necesitando. El doctor entró de nuevo a la sala.

-Esos hijueputas de Vanguardia, no me dejan en paz.

Dejó de oírlo. Cerró la puerta de la sala de cirugías.

 

Sola, dejó el balde a un lado y restregó una baldosa con la esponja. La vertió en el agua, que se tiñó de rojo pálido. Los abandonó de inmediato a los dos. Miro hacia la puerta. Se agachó de nuevo hasta pegar su nariz al piso frío. Sacó la lengua y lamió.

 

 

Su turno terminó a las siete y treinta. A las cinco de la mañana, había entrado en la sala de aseo para lavarse la cara, sucia de sangre. Había vuelto donde estaba y había usado durante las dos horas restantes la esponja, hasta quedar negra y también el agua, que la recibía de vez en cuando. Miró su reloj. Salió de la sala y fue a cambiarse.

-Allá está doctor, otra vez la niña de Vanguardia.

-Hijueputa.

Ilona Jo se despidió de su compañera de turno y saludó a quien venía a reemplazarla las horas siguientes. Hablaba con fuerza, siempre inclinada, jorobada.

Abrió la puerta y en la recepción encontró a la rubia periodista. La miró y alcanzó a pasar de largo pero la joven se acercó a ella y le puso una mano, que retiró enseguida, en la joroba de Ilona Jo.

-Señora, ¿hace mucho trabaja en el hospital?

-Hace 34 años, contestó con fuerza.

La joven miró hacia la puerta y caminó con Ilona Jo unos metros más lejos, hasta llegar al pasillo donde da la puerta de salida.

-¿Y cómo la contrataron? ¿Le pidieron referencias? ¿Es contrato por prestación de servicios o una empresa?

-Me contrataron directamente. No me pidieron referencias. Y no me han pagado los últimos trece meses de sueldo.

-¿Y me podría dar su testimonio? Es para un reportaje que está haciendo Vanguardia sobre el Hospital. No vamos a poner su nombre, pero necesitamos el testimonio. ¿Qué dice? ¿Nos colabora?

Ilona Jo asintió con la cabeza y le pidió a la rubia periodista que fuera a su casa a las dos de la tarde. Ya no hablaba duro y parecía haberse erguido unos centímetros más. Cuando se despidió de la muchacha, su columna vertebral parecía ligeramente recuperada.

 

 

 

La rubia reportera tomó un taxi hasta el periódico. Le contó a su coordinador y amigo las buenas nuevas y fue hacia su escritorio, para revisar su correo electrónico.

-¿Cómo va lo del Hospital?

Su compañera periodista se acercó a ella.

-Va bien. Conseguí el testimonio de una señora que trabaja allá desde hace 34 años. Habla re duro la señora, casi nos pillan. Pero hoy a las dos me atiende.

Su compañera se sonrió y caminó despacio hacia su escritorio.

“Mi señora, mi señora”. Y abrió su correo electrónico.

 

Ilona Jo se miró al espejo. Sus ojos le devolvieron unos alrededores casi lozanos, de menos de 54. La rubia periodista acababa de llegar. Estaba sentada en el mueble principal de la casa, en la periferia, en un terreno invadido por personas desplazadas de sus casas.

-Yo también estoy desplazada.

Ilona Jo se acercó a la rubia y se sentó junto a ella, en ese único armatoste del siglo XVI.

-Ah sí, ¿de dónde viene?

Ilona Jo la miró. Le habló sobre el Magdalena Medio y sobre Quibdó, pero también sobre los Cárpatos.

-¿Pero, exactamente, dónde nació?

-En los Cárpatos.

-¿En los montes Cárpatos?

La rubia periodista se rió de su propia ocurrencia demencial.

“Llegué a Csejthe una tarde, reclutada por Darvulia y Dorkó. Tenía quince años. La señora acababa de enviudar, me dijeron, y necesitaba criadas para que la cuidaran”.

-Pero… ¿Csejthe es…?

“Una villa y un castillo, que pertenece a los señores Báthory”.

-Ah. Usted me está hablando del cuento del escritor…

“Durante quince días no hice más que lavar y lavar ropa manchada de sangre. Pensé en las sanguijuelas, pensé en cualquier clase de bichos. Pensé en abortos, pensé en hijos clandestinos. Pensé en asesinatos. Una noche, Darvulia me mandó llamar. Dijo que me necesitaba, la señora. A medida que avanzaba por los pasillos, escuché una especie de lamento o un ruido que luchaba por serlo. Cuando entré a la habitación del sótano, Dorkó me detuvo por los brazos y yo vomité sobre su blusa, pero ella no le dijo nada a la señora, que estaba en pleno éxtasis, cociendo la boca de una joven palidísima, que lloraba y sangraba por la espalda, la piel desgarrada de la carne”.

La rubia periodista miró los ojos de Ilona Jo. Pero Ilona Jo no estaba allí, estaba fija en una nada, sentada cerca suyo. La observación de la rubia hizo a Ilona Jo volver los ojos hacia ella. Se levantó. Y la encaró.

“La señora culminó finalmente. Luego, bajamos todas a su cuarto y ella se metió a la tina. Una tina de sangre. Una joven colgaba de una prisión de hierro, pinchada con agujas pero rozagante, con las mejillas sonrosadas y a su lado, otra con las venas rotas. Dorkó me había soltado y yo no me fui. La señora se durmió allí mientras Dorkó le acariciaba las piernas y Darvulia los brazos. Y yo me adormecí también, para siempre”.

-Señora, eso es un evento histórico muy interesante pero yo no vine a hablar de eso sino de las irregularidades del Hospital…

Ilona Jo se limpió las manos con la falda azul oscura que llevaba puesta. La rubia periodista quiso levantarse, quiso irse, pero Ilona Jo se le atravesó en el camino.

“La Señora abrió los ojos de repente y dijo Ilona Jo quiero que vengas Ilona Jo quiero que me lamas y llamó a otras jóvenes también nuevas como yo y me acerqué a su piel como las demás y pusieron cara de asco y yo me di cuenta de la mirada de la señora y la lamí con todo gusto y yo Ilona Jo fui recompensada y seguí lamiendo…”

-Me tengo que ir, señora. Si quiere yo la llamo después, es que se me hizo tarde para ir a otra entrevista…

Ilona Jo sacó del bolsillo de su falda un escalpelo. La rubia periodista detuvo su respiración e Ilona Jo hizo rápidamente una incisión en la vena yugular.

“Y lamí una y otra vez, año tras año, día tras día, mujer tras mujer, sangre tras sangre, lamía y lamía. Y no dejé de lamer hasta que la señora fue emparedada y yo escapé, fingiendo ser un cadáver que se habían comido los perros, tirado abajo del río”.

La rubia periodista la miraba, sin llevarse una mano al cuello, con dignidad. Se desvaneció en el mueble desvencijado. Perdió el sentido con los ojos abiertos. Ilona Jo la recargó sentada sobre el mueble.

voy hacia usted Condesa”.

 

Ilona Jo se sentó en la mesa, en una de las habitaciones del castillo, para limpiar una concha de sangre que no quería salir de la madera y la piedra con la que estaba construida.

Suspiró, se limpió el sudor y se miró la mano. No había tocado a su señora pero sentía la sangre descender hasta tocarle el codo y ella lamerla, hasta llegar al pequeño punto donde la señora le había enterrado un alfiler. Sintió el dolor otra vez y otra vez volvió a lamerse la uña, como lo hiciera delante de su señora sin atreverse a mirarla, alejada y distante, como si estuviera sola.

Como recompensa, se le dejó marchar, seguir en el castillo limpiando la sangre. Era una necesidad, un pase de supervivencia.

“Es una vampira, se bebe la sangre. ¿También yo puedo? ¿O yo soy la vampira?”.

-Hubo otra Ilona, antes que tú, una cantante.

-¿Antes que yo? No entiendo. No soy cantante.

-Lo sé, tonta. Antes que tu hubo otra sacrificada, una cantante, llamada Ilona.

-Pero yo no seré sacrificada. La señora me ha perdonado.

Dorkó salió de la habitación y cerró la puerta. Ilona Jo se quedó encerrada. Se acercó a la puerta, trató de abrirla pero estaba trancada desde afuera.

“No tengo miedo, ¿Por qué no tengo miedo? Porque sé lo que hay que hacer. Lamerla, lamerla”.

 

La compañera periodista de la rubia periodista llamó a las cinco de la tarde a su teléfono. Pero estaba apagado. Antes de cada entrevista, la rubia periodista acostumbraba a apagar su teléfono para que no la molestaran durante las entrevistas. La fuente siempre tiene razón.

Pasaron dos días. Los padres de la rubia periodista y el director decidieron poner en conocimiento a las autoridades. En el Hospital, Ilona Jo escuchó los insultos una y otra vez del médico, mientras los agentes de la Fiscalía se lo llevaban a indagatoria. Encontraron el cuerpo en la sala de emergencias, en una cama. Pálido, cruzada la yugular por el escalpelo. ¿Pero quién es el asesino? Los investigadores tomaron las huellas dactilares de cada uno de los empleados, excepto de Ilona Jo que estaba fuera de su turno. Tres días después, la compañera de la rubia periodista se hizo cargo de la investigación por su asesinato. Los titulares colman el periódico y los reporteros de la sección de judiciales estuvieron felices. De lunes a domingo salían temprano de la oficina repitiendo cada día los detalles nuevos o viejos del extraño asesinato de la rubia periodista.

Treinta días después, el caso continuó abierto y el coordinador de la sección judicial ordenó cambiar de tema. Los reporteros volvieron a sus trabajos. La compañera periodista de la rubia periodista se mandó unos sufragios y alegó que estaba bajo amenazas por su investigación. Seguramente son “las águilas negras”, dijo. El beneficio de la duda obligó al director a enviarla fuera del país. Publicaron un titular: Periodista de Vanguardia Liberal tiene que exiliarse por amenazas en investigación del Hospital Universitario.

 

 

Ilona Jo se acercó a la Enfermera Jefe. Estaba más erguida que hace algunos meses. Hablaba con la vista hacia abajo. Le preguntó a quién debía dirigirse para renunciar. Ninguna de las dos hizo gestos. En el televisor, se escuchaba a una periodista tartamudear la liberación de la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt. La enfermera caminó con ella hacia la sala, donde hay una computadora y una secretaria. El enfermo que antes la miraba ya no está. Ilona Jo se quedó dos pasos atrás, en silencio.

-Ilona Jo va a renunciar. Haga la carta y entréguesela al doctor para que la firme.

-¿Al doctor que acaba de llegar, al nuevo?

La enfermera asintió con la cabeza y le ordenó esperar a Ilona Jo. Minutos después, la mujer salió del despacho del doctor y le entregó una copia de la carta a la mujer.

Se despidió de ella e Ilona Jo, sin sonreír, salió por la puerta principal del Hospital.

 

Caminó hacia la parada de bus, a una cuadra y media del lugar. Se subió a uno de esos, los últimos que quedan. No hay más de tres pasajeros. Dos de ellos estaban sentados adelante y uno atrás. Ilona Jo abrió su bolso y destapó un frasquito pequeñito. Lo último que le queda de la sangre que ha extraído de la periodista rubia. Se la llevó a los labios y bebió. En una frenada brusca del conductor, se derramó parte del contenido. Un 70 por ciento, casi toda. Ilona Jo la miró escurrirse. Dos, tres segundos. Y luego se abalanzó sobre ella. Se detuvo unos centímetros antes de que la tocara con su nariz y después, sacó la lengua y lamió.

 

El conductor, con el bus en marcha, miró por el espejo retrovisor a la mujer.

-Señora, ¿Qué le pasa?

Un pasajero, el que estaba sentado atrás, miró a Ilona Jo lamer la sangre.

-Está lamiendo el piso. Siga, siga, es una vieja loca.

-¡Ay, hijueputa, lo que me faltaba!

El bus siguió su marcha y el hombre se acercó a Ilona Jo, la miró ausente, acercó su nariz al suelo y lamió.

 

 

 

 

 

Paola Esteban Castrillón

 

Comunicadora Social y Periodista

 

Es periodista de la separata de crónica y reportaje “Séptimo día” del Diario Vanguardia Liberal. Participó en la Antología de la Novísima Narrativa Breve Hispanoamericana 2006 y en el Primer Concurso de Cuento de la UNAB 

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