CUENTO CONTIGO (DE M-80 RADIO) - II

 

Algunos relatos del programa radiofónico "Cuento Contigo", emitido en la antigua cadena de emisoras española M80 Radio, entre los años 2000 a 2002.

Cuento contigo fue un programa emitido por la antigua cadena española de emisoras M80 Radio (cadena que en noviembre de 2018 pasó a ser "Los 40 Classics"), que estuvo en antena durante 8 años, desde 1994 hasta verano del 2002, emitiéndose las noches de los domingos, de 22:00 a 24:00 horas.

El programa estaba en gran parte hecho por los oyentes, ya que el programa ponía en antena cortos relatos, cuentos e historias que los oyentes enviaban al programa, y que eran selecionados y leídos por la locutora (y periodista) Alicia Sánchez Gómez. Alicia, directora del programa, ponía su preciosa voz, muy cautivadora en muchas ocasiones, y además se acompañaba de buenos temas musicales de fondo durante las narraciones, así como para los intermedios dentro de una narración o entre narración y narración. En alguna ocasión, la voz de Alicia Sánchez fue sustituida por la del conocido locutor Ángel Álvarez, por ausencia forzada de Alicia.

El programa se iniciaba con una sintonía para la cual se tomó el bonito tema musical de violín y piano Traditional Gaelic Melody de Alasdair Fraser y Paul Machlis (tema del disco "The Road North" de ambos músicos, año 1989), y tras un recordatorio de cómo enviar los relatos al programa, Alicia presentaba la lista de las historias seleccionadas para ser leídas esa noche y sus autores. Normalmente, las dos horas de duración del programa daban para leer de 5 a 7 relatos, dependiendo de la duración de éstos.

Tras ello, comenzaba el primer relato de la lista. Alicia lo presentaba, presentaba al autor y leía lo que éste comentara en la carta que había enviado sobre él y su relato (normalmente de cómo surgió la idea de escribir su relato) o como alternativa, se radiaba una grabación de la presentación del relato de viva voz por el propio autor, con el cual se había contactado previamente por teléfono si éste así lo deseaba.

A continuación, se iniciaba la locución del relato. Normalmente eran cortos relatos de 5 a 10 minutos de duración (alguno excepcionalmente llegaba a los 15 o 20 minutos), y acompañando a la cálida voz de Alicia, se empleaban bonitos temas musicales (tipo New Age o instrumentales) como acompañamiento de fondo. Si el relato duraba más de 4-5 minutos, se fraccionaba su narración en partes de 3 a 5 minutos de duración, entre las cuales se intercalaba una pausa musical, generalmente de música instrumental o de conocidos éxitos de música pop.

Tras cada narración y una nueva pausa musical, seguía la siguiente narración, con un formato similar: presentación de la narración por Alicia Sánchez, eventual presentación por el autor, y la narración a continuación.

El programa finalizaba hacia las 12 de la noche del domingo al lunes con la despedida de Alicia Sánchez, emplazando a los oyentes hasta el siguiente programa, y empleando como fondo el mismo tema musical de sintonía del programa (la "Traditional Gaelic Melody"), que se dejaba sonar hasta la hora de finalización del programa.

Gracias a este programa muchos oyentes probaron sus cualidades como escritores, y realmente habían historias muy buenas. Oyentes de todas las edades, desde estudiantes de pocos años de edad, incluso alguno aún en edad escolar, hasta personas de edad ya un tanto avanzada. Era un gran éxito para cualquiera de ellos que una historia suya fuera seleccionada y leída en el programa. Otros oyentes, la mayoría, que no tenemos estas cualidades como escritores, simplemente disfrutabamos (e incluso nos emocionábamos) escuchando estos relatos.

Sin embargo, tras 8 años de emisión del programa (de los cuales yo seguí más o menos regularmente los 4 ó 5 últimos años), sin ninguna advertencia previa en programas anteriores, el día 28 de julio de 2002 Alicia Sánchez despedía el programa de las ondas de M80 Radio "por tiempo indefinido", es decir, que se cerraba el programa, sin explicar los motivos del cierre (y sin saber si se emitirá de nuevo por alguna otra cadena de radio). Por lo visto, los directivos de la cadena decidieron suprimir este programa de la programación de M80, no debía ser apropiado en una cadena eminentemente musical (¡después de 8 años!).

 

 

ÍNDICE

(Clic en los botones para ir al correspondiente relato).

01- Yesterday
02- Parque Mádison
03- Hiroshima
04- Pena de muerte
05- La leyenda del marinero
06- Francesca
07- El contestador
08- La batalla
09- La hoguera
10- ¡Vaya por Dios!
11- Una vida, una historia
12- El juguete roto
13- Sin título (Carolina y Garú)
14- El infierno de los muertos
15- Felicidad
16- Agonía
17- El extraño
18- Sirka
19- El sueño de Laura
20- Sin título (el ciclista)
21- Lysa
22- Querido ángel
23- Tiempo perdido
24- En un barrio de Madrid
25- Una noche rota
26- ¡A la hoguera!
27- La puerta de los Ángeles
28- Historia de una foto
29- Amor para siempre
30- Tarde para comprender
31- 24 horas
32- Con cariño, de tus padres
33- El sueño
34- Frío
35- Inspiración
36- Guiado por Mercurio
37- Último destino
38- El extraño monje
39- El cuarto de juegos
40- Asesinato en el comité de dirección
41- Sonó el despertador
42- El coche nuevo
43- Nadie
44- Fueron cosas de niños
45- El último vagón
46- Una ventana llamada ternura
47- Zapatillas de ballet
48- La última carta
49- Cierra los ojos

 

 

01- YESTERDAY

No sé cómo se metió en mi vida, pero lo hizo. Yo nunca fuí muy dado a visitar ese tipo de lugares en mis horas libres, pero aquella noche me apetecía beber algo y fumar unos cuantos cigarrillos, y por otra parte pensé que uno de esos pubs de moda me liberarían un poco de la odiosa monotonía.

Creo que me enamoré en cuanto la vi. Ella estaba tras la barra. Vestía una blusa azul y una minifalda que te dejaba entreveer lo que se escondía un poco más arriba. Yo me senté frente a ella y pedí un wisky con hielo, algo que yo no solía beber a aquellas horas de la madrugada. Me lo sirvió enseguida, enderezado con una sonrisa juvenil y un "Aquí lo tiene, señor".

En aquel momento le puedo asegurar que lo hubiera dado todo por el simple hecho de que ella me volviera a obsequiar con otra sonrisa similar, pero lo cierto es que el individuo que yo tenía a mi derecha no daba margen, se pasaba todo el tiempo pidiendo una copa tras otra, bebiéndoselas de un trago.

Al cabo de unos minutos sucedió lo inevitable. Aquel viejo borracho cogió la trompa de su vida y comenzó a insultar a todas las personas que tenía a su alrededor, incluyéndome a mí. Yo no le hice el más mínimo caso, los borrachos suelen ser inofensivos, como mucho te llaman "hijo de puta" y luego se duermen, a no ser que los echen a patadas del local, que fue lo que ocurrió con éste. Entonces, viendo que toda la clientela estaba un tanto perdida a causa de las palabras malsonantes con las que nos había atormentado aquel viejo, supuse que era la ocasión idónea para entablar una conversación con la joven que reinaba tras la barra.

¿Cómo te llamas? –le pregunté.

Ann –respondió, regalándome una nueva sonrisa.

A mí los borrachos me dan pena. ¿A ti no?

Algunos sí. Otros ni siquiera son borrachos, sólo lo aparentan para meterte mano y contarte la típica historia.

¿Qué típica historia?

Esa en la que te aseguran que no soportan a su mujer, que la odian, que incluso estarían dispuestos a matarla con tal de deshacerse de ella. ¡La típica historia!

En esa pausa, Ann me miró fijamente y me sirvió otra copa al comprobar que ya había terminado la que minutos antes había pedido.

¿Y eso? –le pregunté sorprendido.

Invita la casa –dijo regalándome una tercera sonrisa.

Yo soy el que suele invitar a las mujeres, y por otra parte, ¿por qué tanta amabilidad hacia un hombre que no conoces de nada?

No sé, supongo que me has caído bien. Por cierto, ¿cómo te llamas?

Cosswell –respondí en el momento que hacía acto de presencia mi cajetilla de tabaco rubio–. ¿Fumas?

Ahora no, no se nos está permitido.

¿Por qué?

Dice el gerente que si fumamos nos parecemos más a putas que a camareras.

Fuma si quieres. Si el gerente te dice algo, dile que hable conmigo.

¿Eres poli o algo así?

Digamos que me llamo Cosswell, eso basta.

¡Vaya!, no me imaginaba que fueras poli.

Yo no he dicho que lo sea.

¡Ya!, por eso sé que eres poli.

¿Por?

Por tu manera de escabullirte de mi pregunta.

Cosswell. Recuerda, mi nombre es Cosswell.

Te aseguro que no me olvidaré de tu nombre, al menos por esta noche.

Y cuando escuché aquellas palabras, sentí como la soledad y la tristeza desaparecían de pronto.

¿Cuántos años tienes? –le pregunté con más confianza.

¿Cuantos quieres que tenga, poli?

No está bien responder a una pregunta con otra pregunta.

Lo que tú quieras. Tengo 17.

Eres demasiado joven como para trabajar en un sitio como éste.

Hoy en día los hombres las prefieren demasiado jóvenes.

Yo sonreí pensando que era cierto lo que estaba diciento aquella tierna jovencita.

Entonces fue cuando ocurrió todo. Escuché los disparos y me tiré al suelo. Contabilicé un total de cinco o seis. Provenían de la calle. Uno de ellos traspasó la ventana y le impactó en el pecho a Ann. Rápidamente saqué mi pistola y salí a la calle. Sólo vi gente aterrorizada corriendo en todas direcciones, pero sólo gente.

Cuando volví adentro, vi el cuerpo de la muchacha tendido en el suelo, rodeado por un puñado de personas que intentaban reanimarla. Luego llegó la ambulancia, la camilla, la muerte...

Le acompañé hasta el final. Yo le hablaba, pero ella no decía nada. No sé si ya estaba muerta cuando le confesé que me gustaba su sonrisa, su blusa azul, su minifalda...

Eso fue lo que ocurrió. Supongo que no es motivo suficiente como para que un poli deje su placa sobre la mesa, pero le aseguro que ni yo ni nadie puede aguantar el hecho de pensar en una chiquilla así, con toda una vida por delante y con muchos, muchísimos cigarrillos por fumar. Murió en mis brazos, pero yo ya estaba enamorado de su sonrisa, de su blusa, de sus copas de whisky con hielo....

 

Jesús Rodríguez Rodríguez (Pontevedra)
(Emitido el 1-2-2000)

Tema musical de fondo: "Carnation Lily Lily Rose" (de David Arkenstone,
álbum "Island", 1989).

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02- PARQUE MÁDISON

Se llamaba Víctor y tan solo contaba con 10 años. Jamás olvidará lo que ocurrió aquel fatídico verano. Aquel niño de corta edad era yo, y aún ahora, después de 15 años, no puedo borrar aquel día de puro terror que muy pronto os revelaré.

Yo vivía con mis padres en una pequeña aldea rodeada de montañas. Éramos pocos vecinos y todos nos conocíamos bien. En frente de nuestra casa vivían Carlos y Daniel, mis inseparables amigos. Ellos y yo solíamos ir a jugar después de clase. A eso de las seis de la tarde corríamos para ir a jugar a un parque llamado Mádison, situado a las afueras de la aldea. Mamá siempre solía regañarnos por ir allí, porque estaba algo lejos y no quería que se nos hiciese demasiado tarde para volver solos. Pero tan solo teníamos 10 años y olvidamos los consejos maternos con mucha facilidad, así que asentíamos con la cabeza y después corríamos hacia el parque.

Siempre recordaré aquel maravilloso sitio rodeado de flores y con ese lago tan grande donde jugueteábamos con los pobres patos que habitaban. Allí pasé los mejores años de mi vida... y también los peores.

Hacía ya unos meses que mi mayor ilusión por ir a ese parque tenía nombre. Se llamaba Karla, y todavía recuerdo esos cabellos rubios brillar al sol, y cómo el viento enredaba sus rizos. Los chicos y yo solíamos jugar a canicas o al fútbol, siempre y cuando no se nos ocurriera alguna trastada para hacer, como molestar a los patitos. Lo hacíamos siempre al lado del lago, por donde solía pasear la dulce Karla acompañada de sus amigas y de su inseparable perrito Bubby. Casi siempre se giraba dedicándome su mejor sonrisa, pero nunca hablaba con nosotros. Yo me sentía realmente enamorado de esos ojitos color miel. Los chicos solían bromear sobre esto y yo intentaba llevar sus bromas lo más resignadamente posible.

Karla pasaba temporadas en casa de su abuela porque sus padres se habían separado de una manera algo tormentosa, o al menos eso explicaba mamá. En aquel entonces yo no entendía la situación, algo más tarde empecé a entender, y vi con más claridad todo lo que estaba pasando con Karla. Al parecer, el padre de ellas las maltrataba y según explicó mamá, les pegaba muy a menudo. No podía entender que pudiera hacerle daño a ser tan maravilloso, pero la creí.

Un día salimos como de costumbre para ir a jugar y allí estaba ella como cada tarde. Se giró como hacía habitualmente y sonrió. Pero en ese momento Bubby salió corriendo y yo al verle, vi mi esperada oportunidad para conocerla de cerca. Cogí al perrito para llevárselo, pero de repente alguien gritó su nombre con fuerza. Ella gritó despavorida, asustada. Yo me quedé inmóvil, confuso, y sólo se me ocurrió esconderme detrás de un árbol muy cercano a ella.

Los chicos se apresuraron a venir hacia mí preguntándome qué pasaba. Yo les hice callar y les dije que no entendía nada. Carlos decidió que lo mejor era marchar, se hacía tarde. Daniel y yo nos quedamos y dijimos que dijera a nuestras madres que estábamos en su casa para que no se asustaran. Las amigas de Karla vinieron hacia nosotros advirtiéndonos que nos fuéramos, ya que aquella persona que gritó era el padre de Karla y era peligroso.

Empezamos a temblar, pero decidimos quedarnos allí. Él pareció no enterarse de nuestra presencia relativamente cerca. Parecía borracho, tanto que no se enteró que estábamos a pocos metros de ellos.

Nos centramos en lo que estaba pasando. Karla estaba muy asustada y miraba hacia todos los lados buscando ayuda. Nos vio pero no quiso involucrarnos. Sólo pedía ayuda con su mirada. Allí estaba él, un hombre de unos 40 años, bastante desaliñado. Empezó a gritarle cosas horribles. Daniel y yo permanecíamos escondidos y muy atentos a lo que estaba ocurriendo, intentando oír lo que decían, lo cual no resultaba difícil ya que más que hablar chillaban.

De repente empezó a decirle en tono nada agradable:

¿Por qué te has ido de mi lado? ¡Tu madre quiere separarnos, pero por Dios que no lo conseguirá! ¡Maldita furcia!

Karla le miraba con una cara descompuesta de terror, a la vez que respondía:

¡No hables así de mamá! Ella sólo quería que no bebieras para estar juntos, pero no ha sido su culpa...

No pudo decir nada más. Se giró bruscamente y sin pensárselo le propinó tal golpe a Karla que de su nariz empezó a brotar un chorro de sangre que se mezcló con las lágrimas que corrían por sus mejillas.

¡Cállate! –dijo él–. ¡Eres igual que ella, otra pequeña zorra!

¡No, yo solo quería que te curaras, no quiero que me hagas más daño! –respondió enjugándose sus lágrimas rojizas.

Las cosas parecían complicarse cada vez más. Karla se giró como queriendo huir de esa pesadilla que para nosotros parecía del todo irreal. Pero él la agarró con fuerza del brazo diciéndole:

¿Dónde crees que vas? ¿Acaso ya no te gusto como hombre? ¿O es que hace tanto tiempo que no lo hacemos que no te acuerdas? Vamos pequeña, sé que quieres recordarlo con ansia, pequeña putita viciosa.

¡Basta!, estás bebido, déjame ir y olvidaré todo el daño que me has hecho a mí y a mamá. ¡No! ¡Suéltame! ¡No lo hagas, por favor!

Le dio otro golpe y cayó al suelo.

¡Tú no mandas, sólo obedeces, y serás mía quieras o no, puta callejera! Además, estás deseando que te la meta, y gozas cuando te la metes en la boca. Vamos, admite que te encanta que me corra en tu boca, vamos, ¡pídeme que te la meta, lo estás deseando!

Miré a Daniel. Ninguno de los dos creíamos lo que estábamos oyendo y le pedí que corriera a avisar a alguien. Daniel se quedó un instante paralizado de terror: ese hombre tenía un cuchillo. Era tan grande que pensamos lo peor. Pero le dije a Daniel que corriera, él no se daría cuenta, estaba demasiado pendiente de ella y también demasiado bebido para enterarse.

Mientras Daniel se alejaba despavorido, yo me quedé inmóvil con Bubby, que ni se movía. Creo que hasta él, siendo un perro, sabía lo que estaba pasando.

Volví a centrarme en Karla. Yacía en el suelo llorando. Él la empujó para atrás quedando totalmente estirada. Y entonces acercó sus manos hacia el pecho de Karla. Ella levantó la mirada, intentó darle un golpe en la cara con algo, supongo que con una piedra que había escondido en su mano al caer al suelo. Imagino que la escondió en ese momento, por supuesto yo no pude verla. En fin, su hazaña no tuvo éxito. A pesar de su lamentable estado, pudo ver que levantó la mano para agredirle.

¿Qué pretendes hacer? –dijo él chillándole.

Ella no respondió, solo lloraba más intensamente después de haber fallado en su intento de frenarle.

Se puso de rodillas enfrente de ella. Yo no sabía lo que pasaba, estaba muy oscuro. Entonces escuché el sonido de la correa de su pantalón, y el sonido de una cremallera. Entendí que debía actuar con rapidez, hacer algo. Karla permanecía inmóvil, como esperando algo que ya había ocurrido más veces. Él hizo gestos de ponerse sobre ella, y entonces se escuchó un grito ensordecedor, y él diciendo:

¿Te gusta cómo te la meto? ¡Así es como se trata a las putas como tú!

¡Dios mío, tenía que hacer algo! Solté a Bubby. El perro corrió hacia ella. El giró su cabeza al oír el cascabel que llevaba Bubby en su collar y que yo había mantenido en silencio entre mis dedos. Ella aprovechó el momento y se lanzó a coger el cuchillo del bolsillo de su padre. Sin pensarlo un instante, se lo clavó en el cuello produciéndole una muerte casi instantánea.

Volvió a reclinarse agotada y dolorida, con él encima de ella, ahora ya sin vida. Entonces, con voz silenciosa, llamó a Bubby, que acudió raudo a su llamada y se quedó a su lado. Yo permanecí inmóvil enfrente de ella, mirándola. No podía creer lo que había presenciado.

En cuestión de media hora empezó a llegar una multitud de gente que la rodeaba. Entonces decidí acercarme para verla. Ella me dio las gracias y dijo:

Siento mucho la manera en que nos hemos conocido. Muchas gracias por ayudarme.

Me dio un beso en la mejilla y la gente se ocupó de alejarme del lugar. Desde aquel día no la volví a ver.

Años más tarde supe que su madre estaba internada en un psiquiátrico y que ella se suicidó colgándose del árbol donde Bubby y yo presenciamos toda la historia. Entre sus manos sujetaba un papel que decía:

Siempre fuiste el único al que dediqué mi sonrisa, ahora puedo
decirte que te quería. Perdóname por este acto de cobardía, pero
toda yo estaba manchada de sangre y no podía entregarme a ti así.

Siempre tuya, tu amada Karla.

Así me enteré de su suicidio, creándome el mayor vacío de toda mi vida.

Carlos, Daniel y yo tuvimos que pasar por cientos de interrogatorios policiales, y después de eso jamás volvimos a pisar aquel parque, y mucho menos hablar de lo que había ocurrido allí. Hoy por hoy, después de 15 largos años, tan solo me queda su sonrisa, sus ojos color miel y esos bonitos rizos rubios que nunca podré olvidar.

 

Susana Moiá (Prat de LLobregat - Barcelona)
(Emitido el 12-3-2000)

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03- HIROSHIMA

¡Qué día más bonito! El cielo estaba completamente azul, sin ninguna nube. Me sentía cansado, y el dulce sonido del agua corriendo por el río hacía que entrara en un profundo sueño. Pero algo interrumpe mi sueño. Un brusco movimiento me obliga a abrir los ojos, y ante mí aparece el rostro de una enfermera más bien regordeta y un poco feucha.

¡Qué fastidio! La enfermera ha fastidiado mi dulce sueño con su costumbre de cambiarme de posición en la cama. Bueno, sí hay que reconocer que lo hace con toda la buena intención, pero no siempre lo hace de buena gana, y además es un poco bruta, y encima me deja en una incómoda postura, de costado y sobre mi muñón izquierdo, que es todo lo que queda de mi brazo. Pero bueno, por lo menos puedo ver algo más variado que el monótono y aburrido techo.

A mi lado se encontraba otra persona. Su cabeza estaba completamente cubierta por un vendaje sucio y lleno de sangre. Por la silueta que marcaba en la delgada sábana que le cubría se podía adivinar que le faltaban ambas piernas. ¿Quién sería?, ¿de dónde sería?

Esas preguntas vinieron a mi cabeza sin previo aviso, y de la misma manera que vinieron se fueron, pero por razones de peso, ya que un agudo dolor empezaba a aparecer en mi costado izquierdo a causa de la presión que mi cuerpo estaba haciendo a ese costado.

El problema era que ese maldito dolor iba en aumento, por lo que intenté llamar a la enfermera, pero mis dañadas cuerdas vocales no respondieron a mis deseos de hablar, por lo que intenté moverme, pero mis músculos tampoco quisieron hacerme mucho más caso, y a causa de este esfuerzo el dolor empezó a extenderse por todo mi cuerpo. Así que sólo me quedaba una cosa, y era olvidarme de ese horrible dolor, e intenté hacer que mi mente navegara en el pasado, y empecé a recordar la guerra.

Aun recuerdo los días de gloria en que tanto nuestra flota como la infantería arrasaba a todos los enemigos que se interponían a nuestro paso. Nos creíamos invencibles, y ese fue nuestro mayor error.

Mi unidad estuvo destinada en China durante toda la guerra, pero poco antes de la desgracia fuimos destinados a Japón, a defenderlo de una posible invasión norteamericana, y para mi alegría fuimos destinados a Hiroshima, mi ciudad natal, donde mi esposa me esperaba.

(El dolor empezaba a desaparecer)

También recuerdo el día que en la estación de tren de Hiroshima descendí al andén y vi a mi esposa por primera vez en un larguísimo año. Allí estaba ella, vestida con un kimono blanco, su largo cabello negro recogido y su esbelta figura desentonando en medio de ese ruidoso andén, lleno de soldados sudorosos bajando el equipo del tren, familias enteras saludando a los soldados. Tambien recuerdo haber arrojado al suelo mi fusil y mi macuto, y casi al instante tener a mi esposa en mis brazos y notar cómo me envolvía un dulce olor a jazmín, y cómo sus labios rozaban los míos durante lo que a mí me parecía una eternidad. Recuerdo su frágil figura junto a la mía caminando por las calles de la ciudad con destino a nuestra pequeña casa al lado del río. ¡Dios, cómo la quería..!

(El dolor había casi desaparecido)

Recuerdo nuestra última noche. Recuerdo la última vez que estuvimos juntos. Recuerdo cómo hicimos el amor, cómo nos acariciamos. Recuerdo su silueta, sus pechos. Recuerdo nuestras promesas de amor eterno susurradas al oído mientras a través de la ventana veíamos las estrellas. Recuerdo su sonrisa, recuerdo....

(El dolor ya sólo era otro recuerdo)

Pero en algún momento tuvimos que quedarnos dormidos porque las sirenas de la ciudad avisando de bombardeo nos despertaron sobresaltados. Yo salí al jardín de la casa y pude ver en el cielo y a lo lejos unas nubecillas de humo negro causadas por los escasos antiaéreos que habían sido colocados para defender la ciudad. Volví rápidamente dentro de la casa y cerré todas las puertas y ventanas. Abracé a mi esposa, que estaba asustada, y de sus sollozos de desesperación yo intentaba consolarla.

(El dolor volvía a empezar)

Tanto tiempo estuvimos así, tal vez unos minutos, tal vez unos segundos, pero cuando una potente luz iluminó nuestro alrededor cegándonos, supe que el fin estaba cerca.

(El dolor aumentaba. El resto está completamente borroso)

Recuerdo despertarme en medio de las ruinas de nuestra casa. Recuerdo ver el cuerpo inerte de mi esposa junto a mí. Pude observar sus ojos abiertos completamente blancos, y su precioso pelo y su piel completamente carbonizados. Pero ese no fue el único horror de ese día, porque la ciudad había sido destruida. No se podía ver ni uno solo de los antaños orgullosos edificios en pie.

Todo es borroso en mis recuerdos. Recuerdo como a mi alrededor había por todas partes gente que corría de un lado para otro, sin rumbo fijo. Recuerdo que algunos me perseguían, como si yo pudiera ayudarles en algo.

Recuerdo sus caras carbonizadas, sus hombros destrozados, algunos colgando en jirones de carne. Recuerdo a una pobre mujer que intentaba apagar las llamas que estaban comiendo su rostro. Recuerdo a un hombre desfigurado con su rostro en carne viva y cargando a sus espaldas el cuerpo, por llamarlo de alguna manera, sin vida de su mujer. Recuerdo a un grupo de jóvenes estudiantes que iban a clase cuando todo ocurrió, desplomados unos sobre otros, todos muertos. Recuerdo el cadáver de un perro con las patas aprisionadas en el asfalto fundido, igual que otros muchos supervivientes que no corrieron lo suficiente.

Recuerdo el río, antes cristalino, ahora oscuro. Recuerdo a la gente como si fueran antorchas, con los cabellos en llamas arrojándose al río como si fueran apretados racimos. Recuerdo la lluvia, lluvia negra que caía sobre nosotros aumentando el dolor de nuestras heridas.

(El dolor era insoportable)

Unas lágrimas avanzaban por mi rostro. Notaba cómo mi cuerpo estaba completamente cubierto por un sudor frío. ¡Dios!, creo que hubiera sido mejor morir por el poder norteamericano. Ahora me esperaba una vida llena de pesadillas, llena de dolor. ¿Por qué? Ya estábamos vencidos. ¿Por qué tuvieron que hacer algo así? Creo que eso nunca podrá explicarlo nadie.

 

Jacobo Carvajales (Bilbao)
(Emitido el 16-4-2000)

Tema musical de fondo: "Andalu" (de Chris Spheeris,
álbum "Desires of the heart", 1987).

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04- PENA DE MUERTE

Esta vez no le temblaría el pulso. El juez Hamilton sujetó con mano firme la Parker de oro y estampó su rúbrica en la sentencia que condenaba a la silla eléctrica al joven Tom Adams. Recostado en el sillón de su despacho, Nick Hamilton observaba el ir y venir de las gentes por la calle principal de Lexintong, ciudad del estado de Texas que le había acogido hacía 27 años, recién aprobadas las oposiciones como juez.

Su defensa a ultranza de la pena capital le había llevado a aquel estado, donde pensaba aplicar la justicia con todo su rigor. Durante años había firmado sentencias de muerte como el que firma felicitaciones por Navidad. Pero ahora, a sus 52 años, ya no lo tenía tan claro. Sus firmes convinciones de antaño se iban desmoronando poco a poco. Cada vez que tenía que firmar una condena de este tipo una serie de preguntas rondaban su cabeza. ¿Quién era él para disponer de esa manera de la vida de las personas? ¿Y si acaso enviaba a la silla eléctrica a alguien inocente? Contribuía a todo ello el cambio de mentalidad en la sociedad, especialmente en los jóvenes. Su hija Laura, al igual que los estudiantes del Instituto, abogaban por la supresión de la pena capital y organizaban campañas de concienciación que poco a poco iban calando en la población.

A sus 17 años Laura era una joven alegre que adoraba a su padre, con el que mantenía frecuentes charlas sobre el tema.

Pero papá –le decía–, ¿no crees que la privación de la libertad ya es suficiente castigo para una persona?

Una lágrima resbaló por su mejilla. El recuerdo de su hija le sumió en una profunda tristeza. Desde la muerte de su esposa el año anterior, Laura había sido su apoyo y la razón de su existencia. Pero ahora su hija tampoco estaba. Aquel desalmado había acabado con su vida y pagaría por ello.

No le tembló la mano. Quería un culpable y lo tenía. Quería venganza y tenía las armas legales para ello. De nada sirvieron los gritos del joven proclamando su inocencia ni las lágrimas de su madre pidiendo clemencia, ni lo igualado de la votación del jurado al emitir su veredicto. Las pruebas no eran suficientes para condenar a Tom, pero el testimonio del reverendo Taylor fue definitivo.

Laura y Tom se conocían desde la infancia. Sus vidas habían llevado una trayectoria paralela y el paso de los años había convertido aquella amistad en algo más. Se les solía ver juntos a la salida del Instituto dando grandes paseos por los alrededores. Nick veía con agrado esta relacción pues los Adams era una familia respetable en Lexintong.

Aquella tarde Tommy iría a recoger a Laura a casa del reverendo Taylor a las afueras de la ciudad, cerca de un bosque por donde solían pasear con frecuencia. Taylor llevaba poco tiempo en la ciudad y preparaba reuniones con grupos de jóvenes para ir conociéndolos poco a poco. Ese día Laura asistiría con varias compañeras del Instituto.

Cuando Tom llegó a casa del reverendo a eso de las ocho, estaba anocheciendo. Llamó a la puerta pero nadie le contestó. Divisó entonces una pequeña luz a la entrada del bosque cercano a la casa. Se dirigió hacia allí.

Entre unas malezas pudo distinguir un pie desnudo. Retiró unas ramas y lo que vio le dejó petrificado: El cuerpo de Laura yacía desnudo entre un gran charco de sangre. Tenía el rostro completamente desfigurado a consecuencia del golpe con algún objeto contundente, posiblemente una piedra. Se arrodilló a su lado y los sollozos le impidieron oír unos pasos que se alejaban.

Permaneció no sabe cuanto tiempo llorando ante el cuerpo inmóvil de Laura. Ensimismado en sus pensamientos ni siquiera se percató de la presencia de una patrulla policial. Le condujeron a la comisaría y le encerraron en una celda después de leerle sus derechos.

Tiene derecho a permanecer en silencio. Todo lo que diga...

Las palabras resonaban en su cabeza sin que la imagen de Laura pudiese borrarse de su retina.

Tom carecía de coartada y fue acusado oficialmente del asesinato de Laura Hamilton. Durante el juicio el reverendo Taylor testificó que Tom había pasado aquella tarde por su casa a las siete y media a recoger a Laura y que juntos habían iniciado el camino que conduce al bosque cercano.

Este testimonio, junto con la presencia de Tom en el lugar del crimen y la falta de testigos, fue definitivo y el jurado, aunque por escaso margen de votos, le declaró culpable.

Durante el tiempo que transcurrió hasta la ejecución hubo movilizaciones y petición de indulto al gobernador del estado. Pero éste, amigo personal de Nick, lo denegó, y al cabo de un tiempo Tom fue ejecutado en la silla eléctrica en la prisión de Lexintong.

Poco a poco la ciudad fue recobrando la normalidad. Habían sido unos meses en los que todos los estamentos municipales se vieron convulsionados por el caso.

Un día el reverendo Taylor pasó por el despacho de Nick para despedirse. Sus superiores creían conveniente enviarle a una parroquia en Austin, donde podría desarrollar una gran labor entre jóvenes marginados. Se desearon suerte mutuamente. Lejos estaban de pensar el destino que les esperaba a ambos.

Pasaron los días y la penosa y triste existencia del juez Hamilton se vio alterada un día con la visita de dos agentes del FBI. Le mostraron una foto del reverendo Taylor. Había sido detenido en Austin acusado del asesinato de una joven de su parroquia. Acosado y cercado por los interrogatorios de los federales, se había confesado autor del asesinato de otras 7 jóvenes, entre ellas Laura Hamilton.

Al oír su nombre, Nick se derrumbó en su sillón y lloró amargamente. Cuando la señora de la limpieza entró en el despacho a la mañana siguiente, el cuerpo inerte de Nick colgaba de una soga atada a una de las vigas de la habitación.

 

Luis Gárrez Cano (Logroño)
(Emitido el 16-4-2000)

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05- LA LEYENDA DEL MARINERO

¿De qué color es el cielo cuando no hay estrellas? –preguntaba la niña al viejo pescador.

Este la miraba fijamente mientras exhalaba una fuerte bocanada de humo de su vieja pipa.

Negro. Muy negro e infinito como la mar.

Siempre pensé que se decía "el mar" –replicaba la niña con una mueca de disgusto reflejada en su pequeño rostro.

Es "la mar", cariño. Femenina, dura, inmensa, misteriosa, cuajada de hechizo y viejas tradiciones, cruel y a veces traidora para nosotros los marineros cuando el viento de poniente se rebela dejando que el temporal agite nuestras pequeñas barcas rompiendo las velas, que son como juguetes rotos en sus manos. Así es la mar. Hermosa y sin piedad como una mujer, la cual no tuviera corazón ni alma.

Abuelo, abuelito, cuéntame un cuento, un cuento de sirenas, de esos que tú te sabes.

Pues bien, empecemos la historia.

 

Hace muchos años, en estas costas vivía un joven marinero que poseía una pequeña barca. Era alto, gallardo y altanero, moreno aceitunado, que más bien parecía del sur que de esta tierra gallega hija de meigas y de aquelarres.

No sabía lo que era estar enamorado, y jugaba con el cariño de las mozas del pueblo sin pensar que a más de una la había roto el corazón. Pero he aquí que un día salió a la mar como tantos otros. Henchido el corazón de pasión y gozo, subió a su embarcación, y después de recoger las redes, partió del muelle, perdiéndose en la lontananza.

Cuando estuvo en altamar, escuchó un encanto suave, embriagador, sugerente y hechicero. Creyó estar soñando cuando la vio. Era hermosa. Una suave túnica ocultaba su cuerpo. La cascada de su pelo, dorado como el sol de octubre, envolvía su figura femenina. Su voz suave y melodiosa llegaba hasta sus oídos, enajenando su espíritu.

¡No puede ser una ondina, ni una sirena! Es una alucinación, una mala pasada de mi mente cansada del trabajo.

Pero aquella venus de piel blanca como porcelana y pies diminutos, de ojos de un gris violeta, le miraba fijamente. Despedía todo su cuerpo un suave perfume penetrante y desconocido. El pobre muchacho se enamoró.

¡No te vayas! –suplicó –. Te llevaré a tierra, te haré mi esposa y viviremos felices para siempre, dejando agotarse el reloj de arena de nuestras vidas.

¿Pero qué dices, insensato? ¡Yo no puedo ir contigo! Soy Afrodita. Mi misión no es vivir por siempre con un mortal. Vete pues, pon rumbo al puerto y olvídate de mí.

El joven, destrozado, obedeció. Deshecho el corazón, con el alma rota, regresó a tierra.

Se le veía de cantina en cantina, apurando vaso tras vaso de ron, sin más afán que ahogar sus penas de amor en copas de aguardiente. Un día, ebrio de orujo, borracho de "sombra negra", la divisó. No había duda, era ella, la venus del mar, con un dedantal y una jarra de vino amargo sirviendo las mesas.

Tímidamente el muchacho se acercó a ella y le dijo:

¿Saldrías mañana conmigo?

La muchacha levantó la mirada. Cándidamente le respondió:

¿Salir? ¿A dónde quieres salir conmigo? Yo sólo soy una pobre muchacha que sólo tiene como tesoro su honradez, la cual no pienso tirar al lodo por estar contigo. Conozco tu fama de mujeriego y fanfarrón. ¿De cuántas jóvenes te has burlado con las cuales has salido, dejándolas luego abandonadas sin una explicación que avalase ese comportamiento? Así que déjame en paz, no tengo tiempo que perder, la cantina está llena y he de volver a mi faena.

Pero... ¡espera! –musitó él–. ¿No ves que te hablo con el corazón en la mano, que pierdo mi alma en cada palabra que te digo? Muchacha, no seas soberbia. Si tú luchas por tu honra, yo lucho por salvar mi destino.
   ¡Mujer, mírame bien! ¡Clava en mí tus ojos y observa la sinceridad con la que te hablo! Yo tampoco poseo ya nada que no sea conseguir tu amor.

Ella le escuchó sin mediar palabra, y al posar sus ojos en los de él, de un azul profundo como la mar, sonrió tímidamente.

Pues bien, ¡sea! Saldré contigo mañana.

A aquel mañana siguieron otros muchos, y un día en el pueblo sonaron campanas de boda.

Así de aquella manera, la diosa Venus se salió con la suya. Desde el Olimpo donde habitan los dioses los miró y sonrió.

 

¡Qué bonito, abuelito! –dijo la chiquilla–. ¡Pero este cuento no es de sirenas!

No –respondió el marinero–. Esta narración sólo es una leyenda que tiene como enseñanza lo que significa para los pobres la honra. Es algo que hay que guardar como un tesoro, sin abrir nunca la caja de Pandora. Tampoco la soberbia es buena consejera. Así pues, esta leyenda corre de voz en voz en las noches de invierno, cuando los barcos no pueden salir a la mar, como ha sucedido hoy.

 

María del Carmen Conesa Pardeiro (Collado Villalba - Madrid)
(Emitido el 7-5-2000)

Tema musical de fondo: "She moves through the fair" (de Mike Oldfield,
álbum "Voyager", 1996).

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06- FRANCESCA

Elizabeth estaba ocupada en la cocina. Preparaba unas galletas para la pequeña Ann, que jugaba frente al porche de la casa, cuando el sonido de un vehículo al detenerse le sacó de sus abstracciones. Se enjugó las manos en el delantal y caminó hacia la puerta.

Cuando se asomó al exterior y vio quienes eran, sus piernas flaquearon, y fue la rapidez de uno de los militares la que consiguió evitar que cayese al suelo. No podía articular palabra. Se dejó introducir en la casa mansamente. Luego, sentada en un sillón con Ann acurrucada a su lado, escuchó aquellas palabras que tanto había temido y que ahora resonaban huecas en su mente. Sintió como si el mundo entero se hubiese detenido para contemplar su desdicha.
 

Su esposo, el sargento Robert Mine, cayó en acción el día 17 de junio de
1944 cuando encabezando a su pelotón asaltaba una fortificación enemiga
en la localidad de Calais. Su acto de valor permitió tomar la posición y
evitar gran pérdida de vidas. El pueblo de los Estados Unidos, y nosotros
en su nombre, le agradecemos sinceramente a usted y a su hija el sacrificio
que hacen en favor de la libertad. Le damos nuestro más sincero pésame.
 

Luego siguieron las explicaciones formales sobre la imposibilidad de repatriar el cuerpo, al que se había dado sepultura en un cementerio militar de la región, la posibilidad de solicitar todo tipo de ayudas sociales y, finalmente, la entrega de una pequeña caja de cartón, conteniendo los efectos personales que habían podido ser recuperados.

Esa noche, después de acostar a su hija, se sentó en la mesa. Frente a ella tenía la caja que le habían entregado. ¡Oh, Dios, una pequeña caja a cambio de su Robert! Pero... ¿Y sus sueños? ¿Y todas las esperanzas que habían tejido bajo las estrellas en el porche de su casa? ¿Quién le iba a devolver aquello? Y su pequeña Ann, ¿quién iba a mecerla ahora en las rodillas?

Por fin, como una liberación, las lágrimas que hasta entonces se habían negado a aflorar, salieron a la superficie, y toda su tristeza, su pena, resbaló por sus mejillas hasta su falda, mientras en su mente tan solo se repetía una y otra vez "¡Robert, mi Robert!".

Abrió la caja y la imagen de Robert se instaló en sus ojos. Allí estaban su reloj, fotos de los tres juntos, algo de dinero y un paquete de cartas, las que ella le había enviado cada semana. En el fondo de la caja algo dorado llamó su atención. Lo cogió. Era una pulsera pequeña en la que había una inscripción: "Francesca".

Elizabeth, sorprendida, no encontraba sentido a aquello. Pensó que sin duda aquella pulsera pertenecía a una mujer. ¿Cómo había llegado allí, qué tenía que ver con Robert? Luego, de repente, pensó que seguramente se trataba de un error, algo que habían depositado en su caja por equivocación, y la dejó caer dentro de nuevo. Cogió el paquete de cartas y fue mirándolas una a una, recordando el momento en que las había escrito. Hacía dos años que Robert había sido movilizado y tras estar primero en Africa, después había pasado destinado en Inglaterra, y luego participó en el desembarco de Normandía. Ahora estaba muerto y ya nunca volvería a su lado.

Pasaba las cartas cuando una le llamó la atención. Aunque iba dirigida a su esposo, aquella no era su letra. Miró el remite. Decía: "Francesca Macius. Oxton, Londres".

Su corazón comenzó a palpitar con fuerza. Abrió la carta y leyó su contenido. Cuando acabó, sus manos, incapaces de sostener el papel, dejaron que cayese sobre la mesa y ella rompió a llorar.

 


 

Habían pasado 10 años cuando Elizabeth recibió una invitación del ejército de los Estados Unidos para desplazarse a Normandía en la conmemoración del desembarco y poder visitar la tumba del que fuera su esposo. Ahora ella estaba nuevamente casada y había tenido otro hijo. Pero la compresión de su esposo para ella y su hija les hizo emprender aquel viaje, para que ella pudiera decir unas últimas palabras ante aquél que amó, y su hija llevar unas flores ante la tumba de su padre.

Cuando llegaron a la localidad de Amiens los alojaron en un pequeño hotel, en unión de otros familiares de soldados también caídos en combate. El coronel que coordinaba las expediciones tuvo unas palabras para todos ellos y les dijo que al día siguiente se les acompañaría hasta los cementerios militares y se les indicaría dónde reposaban sus seres queridos, finalizando con las mismas palabras de agradecimiento en nombre de la libertad que Elizabeth oyese en el comedor de su casa años atrás, y que provocaron que su piel se erizase de nuevo.

Amaneció un día gris y lluvioso, como si el cielo quisiera recrear con esa tristeza el motivo de aquel viaje. Después de desayunar, subieron a unos autobuses y fueron desplazados al cementerio.

Al llegar, quedaron impresionados. Ante sus ojos se extendía un inmenso mar verde del que, como navíos fantasmas, sobresalían losas blancas alineadas perfectamente, como si una fantasmal regata se disputase en aquel páramo olvidado del mundo.

Varios soldados indicaban qué camino tomar y qué referencias buscar para encontrar cada uno la tumba que buscaba. Elizabeth y Ann, junto con su esposo y su hijo, caminaron buscando la parcela 16. Tras 10 minutos viajando por aquel mar de dolor, donde yacían tantas esperanzas perdidas sacrificadas al absurdo, vieron el pequeño indicador que señalaba la parcela que buscaban. Luego poco a poco fueron leyendo nombres, buscando el de Robert.

Cuando llegaron frente a su lápida vieron como una mujer estaba arrodillada ante ella, con la mirada perdida en el infinito, sujetando un ramillete de flores en su regazo. Cuando ella apercibió su presencia levantó su mirada, y cuando sus ojos se encontraron con los de Elizabeth, ésta no necesitó preguntarle nada. Ella era Francesca.

Siempre pensó qué haría si la encontrase. A veces la odió, otras en su curiosidad le hubiese gustado saber cómo era. Ahora la tenía ante ella. Francesca sintió lo mismo, aunque ella desde que vivía en Francia acudía algunas veces al cementerio, siempre pensó que esto podría suceder. Se levantó lentamente, mirándola a los ojos. Después su mirada se centró en aquella jovencita. Debía de ser Ann, la amada hija de Robert. Él le hablaba de ella y le mostró fotografías. Recordó como se iluminaba la cara de Robert al pensar en su hija. Después empezó a alejarse, pero se detuvo al oír la voz de Elizabeth llamándola.

Hola, eres Francesca, ¿verdad?

Sí, ¿y tú Elizabeth?

Sí. Me gustaría hablar contigo si no te importa.

¡Cómo no! Hace tiempo que esperaba este momento.

Un rato después ellas dos solas se sentaron en un reservado de la cafetería y allí hablaron, al principio con reparos. Les era difícil nombrarlo.

Poco a poco se fueron acercando emocionalmente. Elizabeth, que veía en los ojos de Francesca una mezcla de amor y de tristeza, escuchaba cómo le relataba que para ella Robert fue la razón que la impulsó a vivir en un tiempo en que su mundo se derrumbaba a su alrededor. Le explicó la otra guerra, no la de quienes esperaban a los soldados alejados del frente con noticias del periódico o la radio. Le habló de la guerra para aquellos que temen el siguiente bombardeo, que no saben cuanto durará su futuro, que pasan miedo. Entonces cada día, cada hora se vuelve más importante porque puede ser la última. Las personas se aferran con todas sus fuerzas a lo que les hace sentir vivos, ¿y qué puede hacer sentir a alguien más vivo que el amor?

Por eso, cuando una mañana se cruzó con Robert en el parque, y él sonriendo le preguntó por la National Galery, ella se ofreció a acompañarlo. Al principio sólo por la cortesía que pedía el Gobierno para con los soldados yankis. Luego él la invitó a tomar un té. No quiso rehusar para no agraviarlo, él también sufría y además estaba lejos de su país. Pero luego, tras charlar con él, olvidó la realidad para sumergirse en aquel sueño, y se enamoró.

Siempre supe que existías. El nunca negó ser un hombre casado. Pero como te he dicho, cuando el mañana puede abarcar tan solo hoy, todo importa mucho menos. No nos hicimos promesas. Él jamás dijo que volvería a mí. Supe que te amaba y que volvería contigo al acabar la guerra. A mí tan solo me perteneció un instante. Pero fue tan dulce que jamás lo olvidaré. Convirtió mis días grises en un arco iris. Me hizo desear vivir para poder volver a verle, y entretejió mis sueños con sus palabras. De los días con él conservo la afición por la poesía de Whitman, tan vitalista como el propio Robert. Espero que me perdones. Jamás te lo quise arrebatar, pero estaba tan sola que anhelé convencerme que no te importaría que lo amase durante un tiempo. Robert siempre te perteneció a ti.

Los ojos de ambas mujeres estaban envueltos en lágrimas, sus manos entrelazadas, y se sentían ligadas por el recuerdo de él. Elizabeth abrió su bolso y sacó un sobre, entregándoselo a Francesca. Le dijo que lo había traído con intención de depositarlo en la tumba, pero que ahora que la conocía, quería que lo volviese a tener ella. El sobre contenía su pulsera y su carta. La había guardado todos aquellos años, como si algo en su corazón le advirtiese que algún día se encontrarían, y así poder probar el engaño. Ahora había ocurrido, pero no podía odiar ni maldecir a aquella mujer.

Después de oírla hablar, se sintió cercana a ella. Había amado a su Robert. No era odiosa, tan solo fue una mujer enamorada en un tiempo difícil donde los valores cambiaron.

Se despidieron después de intercambiar sus direcciones. Francesca se alejó caminando. Un rato más tarde se sentó en su habitación del hotel. Estrechó en su mano la pulsera y releyó aquella carta que había escrito tantos años atrás, sintiendo que la emoción se apoderaba de ella.
 

Londres, 3 de junio de 1944.

Querido Robert:

Cuando amaneció y el tibio calor del sol sobre mi cara me despertó,
tú ya no estabas allí. Entre las sábanas dormitaba aún el aroma de tu
piel, y en mi piel dormitaban tus caricias. Perduraba la sensación que
me produjeron tus fuertes brazos cuando me envolvían, y mi cuerpo
aún temblaba al recordar cómo me tomastes anoche.

Cuando llegaste a mi vida empecé a sentir. Tus palabras han sido
música para mis oídos, y tus manos, siempre delicadas conmigo, me
hicieron sentir tanto.

Has sido honesto conmigo. Me hablaste de tus compromisos. Pero el
momento que nos ha tocado vivir, cuando el mañana puede que sólo
alcance algunas horas más, ¡cómo renuciar a ti! Nunca me hicistes
promesas por no saber si las podrías cumplir. Pero yo me congratulé
de tenerte durante ese tiempo. Los días se hicieron eternos sin ti,
y efímeros a tu lado. Las noches se llenaron de pasión como jamás
había tenido. ¡Cuántas veces en mi alma quise detener el tiempo para
estar junto a ti toda la eternidad! Ahora estás camino de tu incierto
destino. Los dos sabíamos que iba a llegar, pero ¿por qué tan pronto?
¡Qué poco te he tenido! ¡Cuantas palabras de amor duermen en mis
labios sin haber sido pronunciadas! ¡Cuantos abrazos no te pude dar!
¡Cuantos besos sin dueño!

Te amo con toda mi alma. El Universo ha sido generoso conmigo porque
me permitió conocerte y compartir parte de tu sendero. Ahora me quedan
los recuerdos. Cuando camine por los jardines que recorrimos juntos,
las flores me hablarán de ti. El banco que compartimos seguirá aguardando
para oírnos hablar de amor. Las golondrinas se acercarán hasta mí
buscando en mis ojos el reflejo de tu mirada.

Desde hoy, cuando vea el sol amanecer, sabré que allí donde estés
ese mismo sol brilla para ti y nos acercará. En la noche, cuando las
estrellas desplieguen su manto y la luna ilumine mi habitación, buscaré
en ella tu reflejo porque dormirás bajo el mismo manto.

Me siento feliz porque pocas personas disponen en su vida de un instante
de dicha como los que yo he tenido junto a ti. Ahora sólo pido que
vuelvas, o aunque no lo hagas, que tu vida sea preservada, que no se
cumpla el adagio "Muere joven el guerrero amado de los dioses".

Quiero saber que tu corazón aún palpita, que respiras para tener la
ilusión de que el viento traiga tu aliento hasta mí, y así tenerte
nuevamente en mi interior.

No renunciaría a haberte conocido por nada del mundo. Nos lleve donde
nos lleve la vida, tú formas parte de la mía para siempre.

Te amaré siempre.

Francesca

 

Ramón Rizo (Valencia)
Emitido el 28-05-2000

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07- EL CONTESTADOR

Eran las dos y media de la madrugada cuando por fin llegué a casa. Fui tambaleándome hasta la puerta de entrada. Tardé un rato en encontrar las llaves y otro tanto en conseguir meter la correcta en la cerradura.

Aquella noche había salido de copas con los amigos, y había bebido más de la cuenta. Encendí las luces y fui directamente al baño, donde estuve un buen rato orinando. Después fui al sofá, me tumbé en él y encendí la televisión. Sin darme cuenta, me quedé dormido.

Eran casi las cinco cuando me desperté. En la televisión estaban reponiendo uno de los viejos capítulos de Star Treck. Apagué la tele, me levanté y fui hacia la nevera, pues a pesar de que había bebido demasiado aquella noche, no había probado bocado desde la cena y me sentía hambriento.

En la nevera no había gran cosa, pero al fondo pude encontrar unos restos de comida china. Sin preocuparme de cuanto tiempo llevaban allí y sin ni siquiera calentarlos en el microondas, empecé a devorarlos.

Mientras comía, fui hacia el teléfono para ver si habían mensajes en el contestador. Había 4. El primero era de mamá, recordándome que el domingo era el cumpleaños de papá, y que a ver si podía pasarme por allí para celebrarlo. El segundo era del trabajo, acerca de una reunión que habría el jueves por la tarde en el despacho, o algo así. Pero fue el tercero el que hizo que casi me atragantase con los tallarines, y me provocó un ataque de tos.

A principio se oían leves murmullos, como si alguien intentara hablar pero no le surgiesen las palabras, y pensé que era una broma. Poco a poco esos murmullos se fueron transformando en gritos de lo que parecía una voz de mujer. De pronto esa mujer comenzó a llamarme por mi nombre. Por cierto, me llamo John. Después de eso no tuve ninguna duda de quien era esa mujer. Era Lysa, mi novia.

El plato de tallarines se me cayó al suelo y se hizo añicos sobre el blanco suelo de mármol. Aquella tarde Lysa y yo habíamos discutido acaloradamente, aunque no recordaba la causa, por lo que ella había decidido quedarse en casa sola, y yo me había ido de juerga con los amigos. En el mensaje se podía oír una mezcla de súplicas, sollozos y terribles alaridos, entre los cuales a veces podía escuchar como Lysa me llamaba. Yo no sabía qué podía hacer para ayudarla. Me sentía impotente. De repente escuché lo que me pareció el crujir de unos huesos, y los gritos cesaron de golpe.

Tras un minuto de silencio comencé a oír la respiración entrecortada de una persona al otro lado de la línea. Sin darme cuenta de que no podía responder, comencé a preguntar a gritos quién era. Sabía que no era Lysa. Después el mensaje se cortaba. Había colgado.

Estaba sudando, y además, aunque yo no me había dado cuenta, me había puesto pálido. Las manos no dejaban de temblarme. Aún sostenía en mi mano el tenedor con el que había estado comiendo los tallarines, así que lo lancé al suelo.

Mientras intentaba calmarme y pensar en lo que debía hacer, el cuarto mensaje, esta vez de Mike, un compañero de trabajo, sonaba en el contestador. Volví a poner el mensaje de Lysa para ver si podía aclararme las ideas. El mensaje duraba apenas unos 7 minutos en total y había sido grabado a las 3.45 de la madrugada. Miré el reloj y vi que eran las cinco y cuarto. Decidí llamar a su casa. Nadie cogió el teléfono. Después marque el número de la policía. Una operadora me puso a la espera. Mientras sonaba "My way" de Frank Sinatra como música de fondo, intentaba pensar qué era lo que iba a decir.

Estaba poniéndome impaciente cuando la voz de la operadora me volvió a comunicar que debía esperar unos momentos. Antes de que pudiera decir nada, ya me había vuelto a poner la estúpida canción. Yo no podía esperar, así que sin más vacilaciones colgué el teléfono y me dispuse a ir a casa de Lysa.

Salí fuera de casa. Mientras me dirigía hacia el coche, busqué en mis bolsillos las llaves. No las encontré. Una vez frente al coche, un Ford azul, me di cuenta que estaban colocadas en la cerradura de la puerta y pensé que se me había olvidado cogerlas antes debido a la borrachera. Así que entré en el coche y puse el motor en marcha.

Mientras conducía, no podía pensar más que en los horribles gritos grabados en la cinta. Esperaba que no le hubiese pasado nada a Lysa, pero sabía que no era así. Sabía que todo había sido culpa mía por haberla dejado sola en casa en vez de estar con ella. Si hubiese estado yo con ella, pensaba, nada de esto habría sucedido. No podía imaginar que nadie quisiese hacer daño a una chica como ella, y sólo pensarlo me hacía poner furioso.

Mi casa está situada a las afueras de la ciudad, a unos 25 minutos del apartamento de Lysa, por lo que apreté el acelerador a fondo. Iba tan deprisa que casi choqué contra un coche que venía por el carril contrario. Pude esquivarlo en el último momento. Intenté tranquilizarme y aminoré un poco la velocidad. Pensaba en lo que podía encontrarme al llegar allí, cuando otro coche pasó por mi lado. La luz de sus faros iluminó el interior de mi coche, y a través del retrovisor pude observar una figura sentada en el asiento de atrás. Me quedé paralizado ya que ese hombre me estaba observando. Tenía un rostro igual que el mío, y además me estaba sonriendo. Me dí la vuelta, pero ya no estaba. Había desaparecido.

Cuando volví a mirar hacia la carretera vi que me había metido en el carril contrario y que un coche venía directo hacia mí. Giré el volante, pero fue demasiado tarde porque el otro coche, a pesar de intentar frenar, golpeó al Ford en un lateral, y este salió despedido fuera de la carretera cuesta abajo, dando varias vueltas de campana antes de detenerse en una pequeña explanada.

 


 

Cuando la policía localizó el coche, encontó el cadáver de John en su interior. El examen forense demostró que el hombre tenía un elevado grado de alcohol en la sangre en el momento en que se produjo el accidente. En la guantera del vehículo se pudo encontrar un cuchillo con sangre seca en el filo. Más tarde la policía encontró en el apartamento de Lysa un cuerpo destrozado por múltiples heridas de arma blanca. Se trataba de una chica completamente desnuda a la que habían atado de pies y manos a la cama de su dormitorio. Además de los profundos cortes en el cuerpo, le habían partido el cuello. El rostro estaba tan desfigurado que fue necesario un examen dactilar y dental para confirmar que el cuerpo era de Lysa.

Un examen clínico demostró que la sangre del cuchillo encontrado en el vehículo pertenecía a Lysa. Una amiga de Lysa informó a la policía que la pareja discutía muy a menudo, la mayoría de las veces a causa de John. También dijo que John era muy celoso y que en algunas ocasiones se había mostrado violento con Lysa, por lo que ella había roto con él aquella misma tarde. Además, algunas personas aseguraron haber visto un Ford azul frente a la casa de la chica justo a la hora en que había ocurrido el terrible suceso.

La prueba definitiva fue el mensaje grabado en el contestador, donde podían oírse los gritos de Lysa acusando a John como su asesino. Al final se llegó a la conclusión de que John, en plena borrachera, había acudido al apartamento de Lysa, donde había acabado con su vida ya que no podía soportar que le hubiese dejado. Posteriormente los efectos del alcohol o los remordimientos por lo que había hecho, habían hecho que John se matase en su coche.

 

Javier Ruiz Beneito (Valencia)
Emitido el 18-6-2000

Tema musical de fondo: "Pittsburgh 1901" (de la banda sonora de
la película "Mrs. Soffel", 1984, compuesta por Mark Isham).

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08- LA BATALLA

El Sol centelleaba en lo alto del cielo cuando llegó la hora de la lucha. El rey se aproximó seguido de algunos de sus más fieles soldados, que formaban su escasa pero fornida guardia real. La reina estaba situada a su lado. Poco a poco se fueron acercando a la pequeña colina a través de la cual iban a poder observar toda la contienda. Ya se podía oír el bullicio que precedía a toda batalla.

Ante los ojos del rey fueron apareciendo los cientos de soldados que formaban su ejército, dispuestos a todo por defender su persona y la de la reina.

La aparición del rey sobre la colina fue anunciada por multitud de trompetas. Los soldados callaron, y al ver a su rey, comenzaron a vitorearle como si su vida dependiera de ello.

Justo en el otro extremo del extenso valle podía oírse el vocerío y el sonido de cascos procedentes del ejército enemigo. Los oficiales del ejército real, ya atentos a lo que se avecinaba, se apresuraban en sus monturas a ordenar sus respectivos batallones. Aún podían verse algunos soldados rezagados corriendo para incorporarse a sus filas. Se había levantado un poco de viento, por lo que el estandarte real ondeaba en todo su explendor.

Las tropas enemigas se acercaban y ya se podía apreciar como los primeros jinetes se acercaban al galope. Cuando el rey dispuso que ya estaban lo bastante cerca, indicó con un gesto de su mano que la batalla podía comenzar.

De repente el aire se llenó de un griterío ensordecedor. Los soldados comenzaron a correr hacia sus enemigos mientras los oficiales lo hacían montados en sus espléndidos caballos.

Los dos ejércitos se fueron acercando el uno al otro. Las fuerzas de ambos estaban muy igualadas en número. El choque entre ambos fue como el encuentro de dos olas gigantescas en medio de un mar embravecido. Los soldados se mezclaron unos con otros, únicamente diferenciados por las insignias que llevaban grabadas en el pecho. Las espadas entrechocaban unas con otras.

Los primeros muertos fueron apareciendo. A medida que la batalla transcurría podían oírse los gritos angustiados de los heridos por parte de ambos bandos.

Desde la colina el rey observaba el espectáculo. El rey miró a su reina. Ella tenía el rostro impasible, como si aquello no le importara demasiado. No hacía el menor gesto de horror o dolor ante el macabro espectáculo que se estaba representando. La gente decía de ella que su corazón era de piedra, pero el rey sabía que no era cierto. Sólo era una apariencia externa que debía representar como reina ante las gentes de su pueblo. Ella siempre había insistido en acompañarlo en todas las batallas, y él no había podido negarse.

El rey golpeó suavemente los flancos de su precioso caballo alazán, adelantándose un poco para poder divisar mejor lo que estaba ocurriendo y dejando atrás a su escolta y a su reina.

El valle estaba sembrado de cadáveres y algunos caballos yacían también sobre el terreno. Había algunos hombres que iban y venían entre los cadáveres. Eran unos ladrones que despojaban a los muertos de todo aquello de valor que poseían. El rey vio como uno de los hombres se acercaba a uno de sus soldados que aún estaba vivo. Parecía malherido y no podía moverse. El ladrón se sacó un cuchillo del cinto y le cortó la garganta con una mano, mientras con la otra ya le estaba registrando en busca de algún botín.

Los enemigos parecían aumentar en número y estaban destrozando al amado ejército del rey. Ya quedaban pocos oficiales sobre los caballos y los que quedaban lo hacían a duras penas. La sangre salpicaba los rostros, y lo que antes parecía un bello paraje verdoso, se estaba transformando en un río de sangre.

De alguna manera el ejército enemigo había conseguido rodear a las tropas del rey. Cada enemigo muerto era sustituido por otro, que en ocasiones conseguía abrir brechas en la ya destrozada resistencia, y dividía al ejército real en pequeños grupos que rápidamente eran abatidos por las tropas enemigas. Había que reconocer que tácticamente el ejército enemigo era superior. Estaban cumpliendo a rajatabla el antiguo probervio de "Divide y vencerás".

Aún se podía ver el estandarte real sostenido en las manos de un soldado viejo y de aspecto indiferente, que estaba rodeado de compañeros que intentaban que no cayera en manos del enemigo.

Uno a uno fueron cayendo y cuando sólo quedaba el viejo, una espada le atravesó la garganta mientras un enemigo a caballo le arrebataba el estandarte y salía a galope fuera de la zona en lucha, seguramente a entregar el preciado tesoro a su señor.

Ya casi no quedaba ejército real. Pequeños grupos resistían aún las embestidas de los renegados, pero sólo era cuestión de tiempo que cediesen y acabasen pereciendo. La batalla había sido perdida y sólo quedaba huir.

Apenado por el resultado de la contienda, el rey dio media vuelta dispuesto a la huida, pero no pudo seguir. Los hombres que formaban su escolta yacían en tierra en medio de pequeños charcos de sangre. Estaba rodeado de una veintena de hombres del ejército enemigo. Uno de los soldados sonrió y mostró al rey lo que tenía entre sus manos: Era la cabeza de su reina. Uno de los cuerpos tendidos en tierra era el de su reina. Le habían cercenado la cabeza.

El rey parecía lleno de furia y tenía los ojos llenos de lágrimas. Sin darse cuenta, los enemigos habían avanzado por detrás y les habían tendido una emboscada. Estaba tan sumido en la batalla que no se había dado cuenta de nada. El, un gran Señor, había sido vencido por unos despojos humanos. Sólo le quedaba una última cosa por hacer. Con un majestuoso gesto sacó su espada de la vaina y espoleó su caballo contra sus enemigos.

 

¡Jaque maté! –dijo Leopoldo a su amigo y contrincante de partida.

Nacho, a pesar que era la segunda partida que perdía, hizo lo que parecía una media sonrisa. Extendió su mano y con uno de sus dedos arrojó al rey sobre el tablero de ajedrez.

Esto tendremos que repetirlo –dijo mientras se reía estrepitosamente ante la mirada divertida de Leopoldo.

 

Javier Ruiz Beneito (Valencia)
Emitido el 30-07-2000

Tema musical de fondo: "Main title" (de la banda sonora de
la película "El último mohicano", 1992, compuesta por Trevor Jones).

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09- LA HOGUERA

Me llamo Ezequiel y soy un judío converso. Me encuentro en una celda en la ciudad de Madrid. Estamos en el 1513 año cristiano. He sido encarcelado por la llamada Santa Inquisición, y me quedan pocas horas para ser quemado en la hoguera. Se me acusa de realizar prácticas judaizantes y de realizar rituales paganos contra los cristianos. No sé cuantos días llevo metido en la celda. Tengo un hombro dislocado y me faltan algunos dientes a causa de las terribles torturas a las que he sido sometido. A pesar de que la mayoría de las acusaciones no eran ciertas, yo las he admitido todas para no sufrir más. He llegado incluso a acusar a otros judíos a los que no conocía de nada.

Frente a mí está el cadáver desnudo de otro hombre acusado de ser judío. Lleva muerto un par de días y el olor a putrefacción ya invade todos los ricones de la prisión. Los carceleros no han querido llevárselo porque lo van a quemar a pesar de estar muerto. Una rata le está mordiendo un dedo del pie, y ni siquiera tengo fuerzas para apartarla. Las heces y la orina se acumulan en los cubos. Nadie quiere limpiarlos, por lo que la atmósfera es irrespirable.

Nada más llegar se me despojó de las escasas pertenencias que tenía, y sólo me dejaron con una túnica que apenas tapaba mi desnudez. La celda es lo suficientemente grande para dar unos cuatro pasos de lado a lado. Hay una pequeña ventana por la que entra cierta cantidad de luz, única forma de saber si es de día o de noche.

Por el día hace un calor insoportable y por la noche entra un frío gélido por la ventana. Eso no me preocupa mucho, pues cuando mi compañero judío murió, le arrebaté su túnica y me la puse sobre mi maltrecho cuerpo.

No tengo a nadie con quien hablar, por lo que paso las jornadas rezando a mi Señor para que me ayude en este doloroso trance al que estoy siendo sometido.

Cada tarde los carceleros nos alimentan con unas gachas insípidas que ni siquiera puedo probar. Cuando noto mi cuerpo entumecido por las largas horas tumbado, dedico el tiempo a pasear por la celda, que no tardo mucho en volverme a sentar en el húmedo suelo debido a una gran debilidad.

Sé que hoy voy a ser quemado porque oigo a los carceleros cómo están hablando de ello diciendo "Espero que no llueva hoy para que no se estropee la magnífica fogata que se está preparando. Va a ser un gran espectáculo".

Hoy he intentado suicidarme. He roto mi cuenco de agua y he intentado cortarme las venas con uno de los trozos, pero no he sido lo bastante fuerte para hacerlo. Después me he puesto a llorar amargamente. Lo único que me mantiene vivo es el odio que siento hacia los cristianos, odio que por otra parte nunca voy a poder demostrar.

Oigo como abren las celdas contíguas a la mía. Veo como el carcelero abre la puerta de mi celda y como otro hombre se lleva a mi compañero muerto a rastras. Yo a duras penas logro levantarme.

Salgo al estrecho pasillo donde me sitúo en una fila de otras ocho personas. Veo cómo hay personas que están peor que yo. Una mujer lleva colgando los dos brazos porque están rotos. Otro hombre tiene las dos piernas destrozadas y es llevado casi a cuestas por otros dos judíos.

Salgo de la prisión y me tapo los ojos ante la cegadora luz. Nos suben a todos a una carreta. Vamos de pie en la carreta de camino hasta nuestro lugar de ejecución. Por el camino las personas nos miran con desprecio y se mofan de nosotros. Algunas nos tiran comida podrida y otras, a falta de otros recursos, nos escupen al pasar.

No tardamos mucho en llegar a la plaza. Está abarrotada de gente que grita como si estuviera poseída. En el extremo de la plaza puedo ver los postes de madera destinados a sujetarnos mientras ardemos en la hoguera. En medio de los postes un individuo lee los nombres y los cargos por los que han sido declarados culpables los condenados. A pesar del griterío, oigo mi nombre entre la lista de condenados, aunque no presto atención a los cargos por los que se me acusa. Unos hombres me quitan las dos túnicas dejándome desnudo frente a la inmensa muchedumbre. Veo como los demás prisioneros también se quedan desnudos. Ya poco me importa.

Uno a uno somos atados a los postes. Mi compañero muerto ocupa un lugar a mi lado. La gente se ríe y nos insulta. Veo como un hombre con hábito de monje empieza a hablar con cada uno de los condenados. Con algunos está unos minutos, con otros, pocos segundos.

Yo sé que la única forma de morir sin sufrir el tormento de la hoguera es arrepintiéndome de mis pecados y reconciliándome con Dios a través del monje. A pesar de que no creo en ello, cuando el monje se sitúa frente a mí, le digo que quiero reconciliarme con Cristo. Él me enseña una cruz de hierro y me dice que la bese. Yo lo hago sin mucha convicción.

Comienzan a apilar ramas secas a nuestros pies. La gente está cada vez más agitada. Algunos de los prisioneros lloran y piden clemencia. Veo como el monje que ha hablado conmigo hace unas indicaciones a otro hombre de cúales son los prisioneros que han pedido perdón. Los que así lo han hecho serán sometidos al garrote antes de ser quemados en la hoguera.

El garrote es un instrumento colocado al nivel del cuello que sirve para afixiar al individuo al que se le aplica. No es una muerte agradable, pero es mucho mejor que sufrir el fuego en las carnes.

Veo como los prisioneros que se han arrepentido van cayendo uno a uno presa del garrote. Un par de ellos no han querido renegar de su religión, por lo que serán sometidos al fuego de la hoguera.

Llega mi turno. Noto como algo me apresa el cuello y cómo me falta el aire. Mis pulmones hacen un último esfuerzo por respirar, pero no lo consiguen. La vista se me va empañando y sólo consigo oír los gritos de la muchedumbre enardecida. Antes de exhalar mi último suspiro comienzo a oler el humo de la madera ardiendo y los gritos de dolor de los judios que no han querido arrepentirse.

Ya sólo veo oscuridad. Todo ha acabado para mí.

 

Javier Ruiz Beneito (Valencia)
Emitido el 30-07-2000

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10- ¡VAYA POR DIOS!

Este era un hombre que vivió, y cuando le llegó la hora, murió. Mientras estuvo en el mundo no hizo nada especial. Trabajó ocho horas cada día, más algunos ratos extra de vez en cuando. Tuvo dos hijos, un chico y una chica, que se llamaron Jorge y Fina, y quedó viudo de su primera mujer cinco años después de jubilarse. En el tramo final de su existencia, cuando tenía 72 años, este hombre decidió arrejuntarse con María Isabel, señora con la que no se casó por no perder la paga de viudedad que tanta falta le hacía para poder terminar su estancia en este valle de lágrimas de forma feliz.

Tras una vida tan común, pues, nadie esperaba que el protagonista de nuestra historia acabase en el Infierno. Y efectivamente, así fue.

De este modo, tal como es habitual entre las personas de comportamiento normal, el señor que nos ocupa ascendió al Purgatorio poco después de ser enterrado. Allí pagó la "Pecata Minuta" que había cometido durante su existencia. Lo que a nosotros nos interesa, no obstante, no son las calamidades que aquel buen hombre tuvo que pasar en ese sitio, sino el hecho que permaneciera en ese lugar hasta que al cabo de unos días de estar allí un ángel se le apareció. Aquella criatura celestial, de aire ceremonioso y solemne, pronunció su nombre y le dijo que era la hora de asistir al Juicio Final.

Llegado a la sala grande del juzgado, el ángel le presentó a Nuestro Señor Dios, que ya hacía rato que se encontraba en ese lugar, resolviendo asuntos de otros seres humanos.

Ocupado como estaba todo el mundo en aquella habitación, el recién llegado pasó desapercibido entre el público y los testigos, así como entre los jueces y los abogados. Esta circunstancia le fue muy bien para medir mentalmente cada una de las palabras que tenía que pronunciar en su defensa.

De esta manera, y casi sin darse cuenta, llegó su turno. Las presentaciones y los cumplimientos de rigor tuvieron lugar entre los distintos miembros que tenían que tomar parte en el acto. Todo el mundo tenía un ritual que cumplir. La estructura del ritual era bastante rígida.

Una vez acabada esta parte, llegó la hora crucial.
 

Dios inculpa al hombre de haberse dejado llevar por el cuerpo que él
mismo le había dado, y en especial por haber mantenido relacciones
prematrimoniales con su primera esposa.
 

En segundo lugar, Dios lo acusó también de haber utilizado métodos anticonceptivos para no tener más hijos de los que pudiera mantener. En tercer lugar, Dios recordó a nuestro protagonista que había amado a su segunda mujer sin haber pasado por la sacristía.

Acabado el ceremonial, y dentro del esperado turno de réplica, el hombre comenzó a hablar del hambre del Tercer Mundo, de las guerras que él había presenciado entre los países más ricos del planeta, de las enfermedades contra las que no se podía luchar, de las envidias entre dos de sus hermanos, de las luchas entre los vecinos de su bloque, de la muerte de los seres que él había estimado, y de varias otras miserias de la Tierra.

Como no podía ser de otra manera, al finalizar su discurso el hombre se había metido a gran parte de la audiencia en el bolsillo, y entre hurras y aplausos, los presentes condenaron a su Creador.

 

Salvador Faura (Setmenat - Barcelona)
Emitido el 1-10-2000

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11- UNA VIDA, UNA HISTORIA

Podría empezar diciendo que esta historia, de la que soy el protagonista, podía haberle sucedido a cualquiera. Pero no lo voy a hacer. Y no lo voy a hacer porque si dijera eso, mentiría, ya que esta historia es mía, es "mi" historia y de nadie más. Quizá alguien haya vivido otras situaciones análogas, con un cierto parecido a ésta que voy a contar, pero esas no dejarán de ser "sus" historias, lo cual me alegra, pues todo el mundo tiene derecho a ser alguna vez protagonista, pero no serán "mi" historia, la historia de mi vida.

Curiosamente la historia de mi vida no se remonta a mi nacimiento, como la de tantos otros, sino que comienza cuando yo ya contaba con 22 años de edad. Durante aquellos años yo me encontraba intentando sacar adelante mis estudios con más pena que gloria. El alejarme de casa había afectado a mi rendimiento, y la añoranza de mi vida familiar se apoderaba de mí regularmente.

Habitaba en un pequeño pero agradable apartamento que compartía con otros tres amigos. Sin embargo, en la segunda semana de aquel mes de julio en la que aconteció lo que voy a contar, yo me encontraba en la más absoluta de las soledades, derritiéndome por el calor y maldiciendo la mala fortuna que me obligaba a terminar mis exámenes 7 días más tarde que el resto de mis conocidos, entre los que se incluían mis tres compañeros de piso, que ya habían partido hacia sus lugares de veraneo con una sonrisa en los labios, un bañador en la maleta, y un "no desesperes" dirigido a mi persona.

El timbre de la puerta sonó a media tarde, cuando yo me debatía entre dedicar los minutos siguientes a la memorización exhaustiva de uno de los temas de mi próxima prueba, o lo que era más probable, entregarme incondicionalmente a una dulce y reparadora siesta. Me dirigí a la puerta con parsimonia y la abrí sin utilizar la mirilla ni preguntar por la identidad del visitante, y aunque aún no era consciente de ello, ese instante constituiría un punto de inflexión fundamental en el transcurso de mi vida.

El visitante en cuestión era un desconocido, al menos para mí. En cuanto estuvimos frente a frente dijo "Buenos días" con toda educación. Pasó sobre mí y se sentó con tranquilidad supina en el sofá del salón.

En condiciones normales habría considerado esa actitud como una intolerable intromisión en mi intimidad y habría procedido sin demora a expulsar al intruso de mi casa. Pero había algo en él que me resultaba familiar, por lo que preferí esperar hasta comprobar cuales eran sus intenciones.

Era sin duda alguna un personaje bastante singular. Desde el primer momento percibí en él un cierto aire de vendedor de enciclopedias o de predicador ambulante, y la verdad es que esta primera intuición se aproximó bastante a la realidad.

Estoy aquí para ofrecerle al módico precio de 1000 pesetas el libro más completo, un único volumen titulado "El libro de tu vida".

Mientras pronunciaba esta frase tumbó sobre la mesa del salón un maletín de piel que ya portaba cuando entró sin permiso en mi casa. Lo abrió, y sacó de él un libro no demasiado grueso de pastas azules, y que parecía ser una edición bastante antigua, al menos por su aspecto, pues desprendía aquel olor añejo que destilan los libros viejos, que te sugieren historias acerca de sus anteriores poseedores, y que a buen seguro han vivido más que cualquiera de nosotros.

Con una mano firme el vendedor me tendió el libro para que lo hojeara, y con aire interesante se rascó la nariz y se ajustó sus gruesas gafas, a través de las cuales miraban unos pequeños ojos escrutadores.

El pelo descuidadamente echado hacia atrás, su chaqueta marrón y sus zapatos algo sucios le daban una imagen de inseguridad que al mismo tiempo hacían que yo mismo desconfiara de él. Sin embargo me convencieron sus ojos, su voz profunda e interesada, y por supuesto, su eterna sonrisa, característica esencial de todo buen vendedor, pero que en su caso parecía poseer un transfondo de sinceridad, como la de un familiar que vuelve a verte después de mucho tiempo, o la de un amigo que busca tu compañía en los momentos de ocio.

"El libro de tu vida", leí con curiosidad y un cierto escepticismo en la portada, mientras buscaba el nombre del autor, ausente tanto en las primeras páginas como en el lomo del antiguo volumen.

¿Quién escribió esto? ¿Sobre qué trata? ¿De qué época es? –le pregunté con un creciente interés de bibliófilo.

Su respuesta fue concisa, como estudiada de antemano:

El autor no es importante. El tema viene descrito en el título, es "El libro de tu vida". En cuanto a la época se trata de un libro relativamente reciente, pero que todavía no goza del reconocimiento que se merece. Por cierto, son sólo 1000 pesetas, realmente una ganga.

Tras decir esto, volvió a sonreír y quedé definitivamente convencido.

La verdad era que me resultaba extraño ver como un tipo entraba en mi casa y me ofrecía un extraño ejemplar, que parecía ser único, a mí expresamente, como si yo fuera alguien especial. "El libro de tu vida" tal vez se tratase de un ensayo de tipo filosófico-moral o de una descripción de carácter sociológico. En cualquier caso podría ser una lectura interesante para el verano y sólo costaba 1000 pesetas, así que lo compré.

Pues bien, mi vida no volvió a ser la misma desde el momento en que me di cuenta, varios días más tarde, de que "El libro de tu vida" era realmente "El libro de mi vida", la descripción biográfica de todas mis experiencias vitales pasadas, presentes y futuras, condensadas en algo más de 300 páginas.

Así, en aquel verano pude repasar mediante la lectura el transcurrir de mi vida, mi nacimiento, mi infancia y adolescencia, con multitud de anécdotas e infalibles impresiones personales que ni yo mismo recordaba. Pero lo que es más sorprendente, pude también ver reflejada en las páginas, recreada a través de las palabras, mi vida futura, con la misma profusión y riqueza de detalles, por lo que, como comprendí con el tiempo, el autor de aquella obra no podía ser sino una suerte de divinidad eterna y omnisciente.

Cuando concluí el libro, se había apoderado de mí la impresión de que nada en mi vida volvería a sorprenderme. De hecho ya había vivido mi vida completa, con sus alegrías y tristezas, con sus logros y fracasos, a través de las páginas de un libro, elevando a la máxima expresión la teoría de la lectura como modo de evasión, de vivir como lector las vidas de unos personajes ficticios. En este caso el personaje no era ficticio: Era yo.

Así, mi vida se desarrolló como tenía de hacerlo, como estaba escrito. De ese modo terminé mis estudios el día en que debía de hacerlo. Conocí a una chica sabiendo que llegaría a ser mi mujer y la madre de mis dos hijos, e incluso supe en el momento de conocerla que ella me abandonaría, que se iría con otro, y sabía el día en que esto sucedería.

Tal vez alguien se preguntará por qué no rompí las páginas del libro en cuanto comprendí su contenido, o por qué no hice lo posible e incluso lo imposible para contradecir lo que en él se contaba y demostrar que no se trataba nada más que de una ficción. Mi respuesta, basada en la experiencia, es que el Destino existe, está escrito y es inalterable, solo que yo tuve la posibilidad única de tenerlo en mis manos y conocerlo con antelación.

Esta idea se basa en pasajes de "El libro de tu vida", como aquel en que un vendedor se acerca a mi casa para venderme un extraño libro, o aquellos capítulos en los que me planteo la posibilidad de cambiar mi destino y contradecir las narraciones del libro, y que se corresponden con total exactitud a aquellos momentos de mi vida en que deseé hacerlo.

Esa es mi historia. Y aunque puede no ser creída por determinadas mentes iluminadas, es real. Por cierto, en el penúltimo capítulo de "El libro de tu vida" se me ocurre escribir este pequeño relato, lo cual me resulta un tanto reiterativo ahora, mientras lo estoy haciendo, 20 años después de la visita del extraño vendedor, cuya personalidad sigue siendo un misterio para mí. Y digo que me resulta reiterativo porque todas estas palabras ya las he visto antes escritas, ya las he leído en un libro con pastas azules.

Por último, un consejo: Si alguna vez alguien que te resulta familiar llama a tu puerta, entra sin pedir permiso, y te ofrece un extraño volumen por sólo 1000 pesetas, piénsate muy bien la compra que vas a realizar, si realmente te conviene o si es lo que necesitas. Porque conocer tu futuro te evita sorpresas desagradables, pero también tiene su lado negativo. Por ejemplo, en unos instantes, y a mis 42 años de edad recién cumplidos, voy a coger el coche para ir a la oficina, pero no voy a llegar, pues moriré por el camino en un accidente de tráfico. Y es que "El libro de tu vida", como la mayoría de los libros, también tiene un último capítulo.

¿Que no coja el coche? ¿Que no vaya hoy a trabajar? ¿Cómo voy a dejar de hacerlo? Es mi destino.

 

Jose Antonio Sanduvete Chaves (Chiclana de la Frontera, Cádiz)
Emitido el 22-10-2000.

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12- EL JUGUETE ROTO

Caminaba sin ganas por una desierta calle de Madrid. Era invierno y hacía mucho frío. Me embutía aún más en mi cazadora vaquera mientras las primeras gotas de lluvia empezaban a caer sobre la capital española.

Caminé a lo largo de la calle hacia mi destino, cuando me pareció ver a alguien conocido, pero no podía ver de quien se trataba. Intenté caminar más rápido, pero no pude. Seguí andando, y cuando estuve cerca, vi de quien se trataba. Se llamaba Laura, y fue mi amiga en el tercer colegio en el que estuve a lo largo de mi vida.

En realidad, todo esto empieza en el día en que vine al mundo, el 27 de septiembre del año 1962. Ese día a mi madre le di la mayor alegría de su vida. Era como el juguete nuevo de un niño pequeño.

Mi vida entonces era normal, pero poco después de cumplir los 6 años cambió completamente. En primer lugar nació mi hermano Jesús, y en segundo lugar yo me quedé bizco. Un año después perdí una pierna en un accidente de coche. Así logré convertirme en el "juguete roto".

¡El juguete roto... el juguete roto...! Esas tres palabras se grabaron con fuego en mi mente. Parecía que todas las personas que conocía coreaban esas malditas palabras siempre que me veían. Yo sabía que nadie las decía, pero parecía tan real que creí que estaba loco.

El deseo de que me hiciesen caso me llevó a trazar un malévolo plan. Este consistía en huir uno o dos días y luego volver a mi casa. Elegí un viernes para llevar a cabo mi ingenioso plan. Me sudaban las manos a causa del miedo que me atenazaba tanto. Me decidí a hacerlo porque sabía que sino nunca lo haría.

Estuve ausente dos días con sus dos noches. Al volver esperaba un beso y una disculpa de mi madre por no haberme prestado atención. Llegué a creerme que me pediría perdón, pero cuando me vio entrar en casa su única respuesta fue un grito y un castigo.

A mi padre le había salido un trabajo en la otra punta de la ciudad, así que nos mudamos y yo tuve que cambiarme de colegio, y mi vida empeoró aún más.

Ese colegio era horrible. El primer día de clase me insultaron diciéndome cosas que prefiero no recordar. Pero una de la que más me hundió, en mi mundo de juguete roto, fue que como a mi hermano Jesús le iba bien en nuestro nuevo colegio, mi madre me inscribió en uno interno. En ese colegio interno conocí a Laura, la chica del principio de la historia.

Empecé el colegio con mucha desgana, pero al ver que en éste nadie se metía conmigo, me tomé el curso con más interés que nunca. Entré con dos chicos más en el interno y se integraron mucho antes que yo, aunque yo también me adapté con facilidad, algo que me sorprendió mucho.

Mis padres y mi hermano cada fin de semana venían con mucha alegría a visitarme, pero la única que parecía no alegrarse era mi madre. Aquella persona a la que más amaba en este mundo, no procesaba ninguna muestra de cariño hacia mí, aunque ella me amaba más que a nada ni a nadie.

Mi vida en el colegio cambió cuando Laura, una chica que siempre me había ignorado, me pidió que fuese con ella a comer. Yo me quedé hipnotizado ante su propuesta, no sabría decir el motivo.

Sin pensarlo dos veces, acepté y esperé el momento con ganas. Casi sin darme cuenta el fin de semana se me había echado encima, cosa que no me importó lo más mínimo. Estuve dos horas y media arreglándome. Mi compañero de habitación, Alberto Benito, me comentó irónicamente que iba muy guapo y que dejase de canturrear, ya que no le dejaba concentrarse en la lectura.

Por fin llegó el momento histórico. Ella iba guapísima con sus vaqueros rasgados a la altura de la rodilla izquierda, y una camisa vaquera ocultando una camiseta a rayas rojas y azules. Fuimos a cenar a un chiringuito cercano al colegio.

En la cena pedimos una sopa y un pollo con patatas fritas. En el postre pedimos un helado de tres bolas cada uno. Luego nos fuimos a un parque desierto. Allí charlamos un buen rato y luego nos fuimos a nuestras casas respectivamente.

Dos meses después se marchó del interno para volver a su antiguo colegio y a su antigua ciudad. Esa noticia me hizo polvo, ya que me había enamorado de ella. En su lugar llegó una muchachita bonita y rubia. Se llamaba Lidia. Sus ojos eran ciegos de nacimiento, y mostró un especial interés por mí, cosa que me alegró bastante. A las dos semanas ya se había hecho mi amiga, y quince días después quedamos para salir.

El día de nuestra cita coincidía con mi 17 cumpleaños, y fuimos al mismo chiringuito de siempre, y después al mismo parque de siempre. Una vez allí, me besó. Le costó acertar ya que era ciega, pero aún así fue maravilloso.

Cinco años después de aquello nos casamos. Ella me dio un curioso obsequio esa noche: una margarita. Me dijo que era tan solo un préstamo, algo que le debería devolver algún día.

Mi vida de juguete roto parecía acabarse, y eso me alegraba mucho. Pero como no hay mal que por bien no venga, sufrí una pérdida considerable: Mi madre se había ido en un accidente de coche, como mi pierna. De esto ya han pasado seis años, y ya vuelvo al comienzo de la historia, donde me encuentro a Laura. Me ve y me saluda. Después hablamos largo rato bajo la lluvia, de la cual nos protegen dos paraguas negros. Nos contamos cómo nos iba a ambos, le dije a dónde me dirigía, y ella me acompañó hasta el fin de mi trayecto.

Una vez allí metí la mano en mi bolsillo y saqué de él una margarita. La sostuve en la mano largo rato mientras murmuraba una oración. Y después dije: "Tenías razón, cariño", mientras depositaba la margarita en el ataúd de mi amada esposa, que murió con mi madre en el coche.

 

Andrés Cañadas García (Madrid)
Emitido el 17-09-2000

Tema musical de fondo: "The Glade part II" (de la banda sonora de
la película "El último mohicano", 1992, compuesta por Trevor Jones).

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13- SIN TÍTULO (CAROLINA Y GARÚ)

Pronto dejó de llover. Entonces un silencio invadió la selva. Nada se oía, sólo y de vez en cuando se oía el goteo de las últimas gotas en llegar al suelo.

Carolina salió de la tienda. Aspiró profundamente, y por un momento el suave movimiento de las copas de los árboles la indujo a cerrar los ojos y a soñar. Su imaginación la convertía en un pequeño pájaro, un colibrí que volaba y volaba, pero nunca se cansaba. Recorría toda la selva en busca de flores donde meter su largo pico y degustar el exquisito néctar. Pero sin duda lo que más le gustaba de esos sueños era ver la extrema belleza que los colores del colibrí irradiaban cuando el sol los iluminaba a media mañana.

Carolina también tenía la creencia de que en esos momentos de silencio, en los que la selva se quedaba muda, se anunciaba algo bueno. De repente el tacto de algo peludo en su mano la sacó de sus ensoñaciones. Carolina bajó la mirada y vió que era Garú, el enorme ejemplar de jaguar que había salvado de los cazadores furtivos hacía unas semanas.

A Carolina le sorprendió esta repentina aparición, pues pensaba que no iba a volver a ver al jaguar desde el último incidente con él. Carolina olvidó unos días atrás que Garú, a pesar de que no les había atacado hasta ahora, era un animal salvaje, y en un exceso de confianza el jaguar le mordió la mano.

Instintivamente Carolina se miró la mano donde le había mordido. Ya no tenía ninguna herida, pero una pequeña cicatriz le recordaría que Garú era libre, libre y salvaje. Despacio se agachó y le rascó detrás de la oreja. Esto le encantaba al jaguar, que empezaba a ronronear como un inofensivo gato.

Garú no estaba siempre en el campamento, de hecho se pasaba la mayoría del tiempo solo, vagabundeando por la inmensa selva, su territorio. Eran pocas las veces que se paseaba por el campamento, revolviéndolo todo. Pero eran esas veces cuando Carolina podía sentarse y estudiar su comportamiento con el campamento. Le fascinaba que un animal, que por lo general era muy agresivo y solitario, no atacase a los que en principio no eran mas que intrusos en su territorio. Entonces se pasaba horas y horas cerca de él, pintando bocetos, escribiendo sus reacciones ante ese mundo nuevo que era el campamento. Pero Carolina trataba de no pasar de ahí, ya conocía las consecuencias de acercarse demasiado a Garú, y aún así, algunos días trataba de acariciarle, de poder cogerlo y abrazarle como si fuese suyo. Y día tras día, el jaguar se negaba. Le pegaba un pequeño susto y se iba del campamento tan silenciosamente como había llegado. Sólo en momentos como el de ahora Garú se dejaba tocar, incluso rascar, durante unos segundos. Pero ella no tenía ninguna cámara para grabarlo, y fotografiarle no era buena idea, Garú se enfurecía tremendamente con el flash.

Carolina se levantó y se secó la mano mojada en el pantalón. El jaguar debía de haber pasado la tormenta al aire libre. Se dio la vuelta y se metió en la tienda. Garú le siguió y empezó a meter el hocico en todas las mochilas de la tienda. Carolina no comprendía lo que veía. El jaguar estaba más activo y sociable que nunca. De repente Garú dejó de revolver todo y empezó a morder la pernera de los pantalones y a tirar de ella, obligándole a salir de la tienda.

Carolina comprendió por fin que Garú quería que fuese a un sitio en concreto. Poco a poco fue siguiéndole, y Garú, para cerciorarse de que le seguía, miraba hacia atrás de vez en cuando. Carolina tenía algo de miedo. No era la primera vez que salía del campamento, pero sí la primera que salía desarmada y acompañada únicamente del jaguar.

Caminó casi tres cuartos de hora, pero por fin Garú se paró. Entonces Carolina se quedó sin respiración. A no menos de seis metros de ella había una camada entera. Todos ellos eran hermosísimos. A su lado se encontraba la madre.

Carolina dio un paso atrás. Aquella situación no era nada buena. Sabía que si la madre estaba hambrienta, o temía por su camada, la atacaría. ¿Qué pasaba entonces? ¿Le había traicionado Garú? ¿Había vencido por fin su instinto animal?

Dio lentamente otro paso atrás, pero Garú se acercó a uno de los cachorros, lo cogió del cuello con sumo cuidado y se lo plantó a sus pies. Carolina entonces se fijó en algo que no había hecho al llegar. Todos los cachorros estaban muy activos, jugando con la madre o entre ellos, pero el que le había dejado Garú a sus pies había estado todo el rato sin moverse.

Estaba enfermo. El jaguar le estaba ofreciendo la posibilidad de intentar curar a su cahorro. Pero Carolina sabía que si cogía al cachorro la madre lo rechazaría y no lo alimentaría. Ella tendría que alimentarlo y cuidarlo hasta que creciera.

Sin hacer ningún movimiento brusco Carolina se agachó poco a poco para recoger el cachorro. Justo cuando ya lo tenía casi entre las manos, la madre se levantó dispuesta a defender a su cachorro. No había comprendido lo que Garú intentaba.

Carolina no movió ni un dedo. La huida haría parecer que quería robar el cachorro. Por un momento la distancia entre ella y la madre no superó el metro. ¿Qué hacía? Si cogía el cachorro la madre la atacaría, y si no lo hacía, el cachorro moriría. Además estaban los principios morales de todo biólogo, que eran dejar que la Naturaleza transcurriera sin intervenir, por muy injusta y dura que pudiese parecer a veces.

Carolina tomó una decisión y cogió al cachorro. La madre fue a atacarla, pero Garú la paró, y con unos suaves empujones con la cabeza, la hizo que volviera con la camada. Carolina se dio la vuelta y corrió hacia el campamento.

Pasaron los días y el cachorro fue a mejor. Aunque le requería mucho tiempo del día, Carolina estaba contenta. No había dejado trancurrir libre a la Naturaleza, pero había presenciado algo insólito: Un animal salvaje había expresado intencionadamente la necesidad de ayuda, y se lo había pedido a ella. También sabía, a su pesar, que Garú no volvería a pasearse por el campamento, pero ahora tenía otro entretenimiento.

Carolina bajó la mirada. Acarició al cachorro del jaguar y permitió que la imaginación le convirtiese de nuevo en ese bello colibrí que nunca se cansaba de volar.

 

Victor Serrano Ortega (Madrid)
Emitido el 26-11-2000)

Tema musical de fondo: "Walking in the air" (de George Winston,
álbum "Forest", 1994).

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14- EL INFIERNO DE LOS MUERTOS

Sandino lo encontraba siempre en la zona de fumadores del exterior, apurando alguno de sus cigarrillos, en silencio, con su mirada perdida más allá de las vallas y alambradas de campos de la prisión de Hamilton, como si pudiese soñar despierto y alcanzar a ver más allá del yerto horizonte de muros el milagro de una segunda oportunidad en la vida.

Pero en las cárceles geriátricas de los Estados Unidos no había lugar para segundas oportunidades. Los ancianos, como el señor Eddy, se debatían en la pena, el arrepentimiento y la nostalgia, viendo pasar los años con la única perspectiva de ser libres de una manera: mediante la muerte.

Con aquel alto precio pagaban sus crímenes y excesos, sus errores de juventud, muchas veces llevados como consecuencia de las nefastas condiciones de sus vidas.

El señor Eddy, a sus 68 años de edad, era uno más de los 220 reclusos de aquella institución de alta seguridad. Sandino lo conocía hacía once años, desde que en 1989 fuera condenado a una pena de 25 años por un atraco en el que resultó muerto un rehén. Muchas veces se paraban a hablar, invitándose a fumar, conversando largo y tendido sobre temas que les transportaban lejos, a las playas del estado de California, a las montañas de Nebraska, o al resguardo en el porche de un fabuloso rancho, sentados a beber unas cervezas y a contemplar los hermosos atardeceres de Arizona.

Fue así como empezó a tomar afecto a aquel viejo, a sentir el amor hacia aquellos sueños de libertad, a aprender a leer y descifrar a través de sus ojos diminutos y oscuros el anhelo imposible de huir lejos de aquellas paredes y aquella marchita sociedad que los tenía a ambos por igual presos, al celador y al recluso.

En la prisión de Hamilton no había gran cosa que hacer para nadie. Los presos, muchos con más de 80 y 90 años, no podían ni siquiera cambiarse por sí solos los pañales que mojaban, y cuanto menos, intentar huir. Pegados a una silla de ruedas o a una cama de hospital, obligados a andar con muletas, o sin poder valerse para comer o vestirse, multitud de encarcelados se hundían en la desesperación. Sandino, así como el resto de guardias que trabajaban en la penitenciaría de Hamilton, no podían hacer otra cosa que vigilar partidas de bingo y cursos de horticultura, entretenerse viendo los partidos de béisbol que transmitían por antena, o estar al cuidado de que ninguno de los ancianos se mease en los sillones. Con el tiempo, Sandino llegó a ver en el viejo Eddy al padre que nunca había conocido. Le gustaba imaginarse que así tuvo que haber sido aquel hombre que entregó su vida en aquella inútil y desastrosa guerra de Vietnam, dejándole a él huérfano a la temprana edad de 4 años. Como el viejo Eddy, se repetía cuando el anciano le veía venir, y con una cálida sonrisa le decía "¿Qué tal, hijo?".

Fueron en aquellos días previos a su muerte cuando más parecieron distanciarse. Y todo por aquella manía absurda de permanecer todo el tiempo con el oído pegado al suelo. Cuando se decidió por fin en ir a visitarlo a su celda, ni siquiera Eddy recayó en su seria mirada que parecía estar recriminándole que se hubiese olvidado de él.

Eddy, amigo –saludó Sandino, tratando de no parecer disgustado–, ¿qué haces ahí tendido en tierra, hombre? Estos tres días he andado buscándote, preocupado por ti.

¡¡Chsssss!!, ¡calla! –exclamó Eddy (en voz baja).

Sandino se sintió herido ante aquella expresión. ¿Desde cuándo el bueno de Eddy se comportaba como un loco?

¿Qué escuchas, Eddy?

Los gritos –respondió–. Ahora es de día y no pueden escucharse, pero por la noche, cuando las máquinas se detienen y todo queda en silencio, se les oye.

¿A quienes oyes, Eddy?

Sandino no podía creer lo que estaba escuchando.

Los muertos en sus gritos de dolor –su mirada reflejó miedo y superstición–. La angustia y el sufrimiento de sus almas condenadas a las profundidades de la tierra.

Aquella resultó ser la última vez que hablara con él, porque Eddy falleció en la madrugada de dos días después a causa de un paro cardiaco. Los médicos dijeron que todo fue debido a que su corazón se apagó, demasiado débil y anciano ya.

Sandino no asistió a su entierro. Detestaba los funerales, pero a su manera lo lloró, en su hogar, ahogando toda su rabia e impotencia, en soledad.

Aquel siguiente turno de noche no pudo evitar dejar de mirar las desgastadas baldosas del suelo. En más de un oscuro y desierto pasillo se detenía, vez tras vez, tentado por el impulso de arrojarse a tierra y pegar su oído a escuchar. ¿A escuchar qué? Todo resultaba tan absurdo que de nuevo Sandino volvía a reanudar su marcha, tratando de olvidar su obsesión, de mirar alto, de no pensar en aquella última conversación con el viejo recluso.

Pero todo resultaba inútil, porque la sola idea que su amigo pudiera haberse vuelto loco en aquellos días previos a su muerte, le hacía volver a agachar el semblante. Y hubo un momento en que no pudo soportarlo más. Pegó su oído y permaneció en el más quieto silencio durante un momento, en vano, tratando de discernir algún ruido distinto a los latidos de su corazón.

Ya iba a hacer ademán de alzarse, cuando algo le obligó a contener la respiración y pegar con más fuerza el oído a tierra. Lo que oyó le heló la sangre y transformó su rostro en una máscara blanca y carente de vida.

Eddy tenía razón. Bajo el frío suelo se oían voces. No una, ni dos o diez, sino ciento de ellas gritando a la vez, presas del dolor, de la angustia y el sufrimiento más aterrador y espeluznante que nunca hubiera podido imaginar.

Pero, ¿quiénes eran? ¿De dónde emergían tales sonidos? Porque Sandino conocía mejor que nadie que bajo aquel terreno no había ningún sótano, y que antes de que se edificase el presidio no hubo nunca nada, más que una excelsa estera de tierra yerta y cubierta de arena donde únicamente crecían matorrales y cactus. Entonces se acordó de las palabras de Eddy y supo con certeza de qué lugar siniestro se trataba, sin darse cuenta de que estaba hablando solo, susurrando para sí mismo en voz baja "¡El infierno de los muertos!".

Una semana fue todo lo que tardó su solicitud de dimisión en ser aceptada. Y sólo dos días después subía a su viejo Cherolet con todos sus ahorros y pobres pertenencias metidas en el portaequipajes. Sonreía. ¿Cuándo fue la última ocasión en que se había sentido tan dichoso? No lo recordaba. Nunca tal vez, pensó dando el contacto al encendido y dejando tras él todos sus recuerdos de la penitenciaría de Hamilton.

Pensó una vez más en el viejo Eddy, y se imaginó ya en el porche del viejo rancho hacia el que se dirigía, contemplando los hermosos crepúsculos de Arizona.

 

Antonio Galdón Palomares (Alcira - Valencia)
(Emitido el 26-11-2000)

Tema musical de fondo: "In the Court of the Mermaid" (de Friedemann Witecka,
álbum "Aquamarin", 1990).

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15- FELICIDAD

Sé que todos los aquí presentes me están mirando, por lo menos a los que les llega la vista hasta aquí, pues dentro de esta caja solo estoy a la vista si estás cerca. Yo pensé que iba a ser de otra manera por dos razones: La primera porque jamás pensé que pudiera ver y oír lo que ocurriría el día de mi entierro, y la segunda porque creí que no vendría mucha gente. Pero resulta que la capilla está llena de personas que conozco, o quizás debería de decir que conocía. Todos están tristes y alguno incluso llora.

He llegado aquí de una manera especial, aunque no estoy muy segura de que haya sido especial, porque es la primera vez que muero, así que no sé si todas las muertes son como la mía.

Resulta que ayer por la tarde estaba sola en casa y le escribí una carta a la Muerte, en la que puse lo siguiente:

Querida Muerte:

Soy desgraciada y quiero morir. Supongo que no me toca decidir a mí
el día final, pero, si no me llevas contigo, lo haré yo misma. Estoy
cansada de buscar la felicidad.

En un principio la felicidad estaba escondida en ese chico de preciosa
sonrisa que cantaba canciones en los recreos, y más tarde, cuando vi
que era inalcanzable, apunté un poco más alto y situé la felicidad en
el día que me fuese de mi pueblo a la ciudad para ir a la Universidad.
Y fui, pero no estaba allí. No me importaba porque tan sólo tenía que
esperar cinco años, y cuando consiguiera un trabajo bien pagado, me
sentiría feliz.

Ya han pasado diez, y aunque mi curro no me disgusta, sigo sin encontrarla.
Una compañera de trabajo me dijo que felicidad era sinónimo de amor,
y como eso no se puede buscar, esperé tranquilamente. Y llegó.
Y tuve dos hijos maravillosos, pero, ¿era aquello la ansiada felicidad?
Porque, si así es, la puedo definir como: levantarse a la siete de la
mañana para pasarse el día currando, y al llegar a casa, la pequeña
llora y el niño tiene anginas. Jaime está en casa de su madre, que se
ha roto la cadera, y no puede moverse de la cama.

Quiero dormir, pero no puedo. Pastillas..... Y me niego a pensar que
la felicidad está en la jubilación. Tal vez no he tenido suerte, o quizás
no supe buscar. Pero se acabó. Me rindo.

Dejé la carta sin firmar encima de mi escritorio, y con ayuda de mis pastillas me quedé dormida, aunque, antes de cerrar los ojos por última vez, vi a mi marido que me daba un beso y se metía en la cama a mi lado. Le pregunté por su madre, pero no oí la respuesta.

Al día siguiente me desperté diez minutos antes de que tocara el despertador, y me levanté sin percatarme de que la carta no estaba donde la había dejado. Instintivamente bajé al portal y abrí el buzón. Entre las facturas había un sobre a mi nombre, y sin sello ni remite.

Volví a entrar en casa y me senté a leer el contenido del sobre. Lo que allí leí no me lo esperaba. De repente, oí el despertador. Cuando dejé de oírlo, noté que alguien bajaba por las escaleras. Me extrañó, pues Jaime entraba al trabajo una hora más tarde que yo. Pero más aún me extrañó ver entrar en la cocina a..., mejor dicho, aún me extrañó más, verme entrar en la cocina. Del susto se me cayó la carta al suelo.

Fui a cogerla, pero no tenía manos. Ni cuerpo. Aunque no tenía ojos, me veía llenando una taza de desayuno con whisky y bebérmela tras ingerir un puñado de pastillas. Aunque no tenía voz, gritaba con todas mis fuerzas:

¡No, no lo hagas! ¡Detente, por favor!

Aunque no tenía pies, me iba. Yo me alejaba mientras mi cuerpo se quedaba allí tirado. Y aunque no tenía corazón, éste se me partió cuando mi hijo de siete años entró en la cocina y se sentó a mi lado, dándome besos en el pelo y llamando a gritos a su padre.

Jaime encontró la carta y la leyó, pero no dijo a nadie que me había suicidado. En el fondo se sentía un poco culpable por no haberme proporcionado la felicidad que yo tanto había anhelado. Ojalá hubiera podido decirle que él no tenía nada de culpa.

Ahora estoy metida en la caja y todos han asistido al funeral, excepto mi suegra, que no puede moverse. Hay un señor a mi lado. Es la Muerte. No sé por qué, pero siempre imaginé que sería una mujer.

¡No es justo, yo no quise hacerlo!

¿Cómo que no? –me dice la Muerte-. ¿No recuerdas la carta que me escribiste?

¡Pero eso yo lo pensaba antes de leer lo que ponía en la carta que recibí por la mañana! Aquello que ponía me hizo cambiar de idea y valorar lo que tenía. Aunque no hubiera encontrado la felicidad, tenía algo que se parecía y que no quiero perder: mi marido, mis niños, mi casa, mi coche, los sábados, el pan reciente, los besos, mi madre, el calor,... la vida.

Lo siento –me respondió–, pero ya lo has perdido.

 

Nota para curiosos: La carta estaba firmada por la Muerte, y ponía: "La felicidad no existe"

 

Nuria García
(Emitido el 10-12-2000)

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16- AGONÍA

A poco movimiento que hacía, sus huesos parecían chirriar como una puerta mal engrasada. Probó levantar los párpados muy lentamente, pero éstos le pesaban, y después de intentarlo varias veces, desistió.

Los murmullos de su alrededor parecían un eterno zumbido de abejas. Lo único que le perturbaba era la máquina que le habían conectado a su cuerpo. En su mente sonreía la idea de ser la gran toma de corriente de esa máquina.

Pi....Pi.... Pi....

Tenía un fuerte dolor de cabeza y todo lo que podía percibir se había vuelto tan monótono que fue objeto del cansancio, y se dejó llevar por el sueño.

Sus ojos no alcanzaban a ver más allá del pasillo oscuro y estrecho por el que caminaba. Una puerta rompió la oscuridad. La abrió y la traspasó hacia el otro lado.

Se encontraba en un pequeño parque. Los niños jugaban y correteaban a su alrededor. Era el parque en el que solía jugar en su infancia. Sonrió. Miró hacia el fondo, donde un claro entre la espesura de aquella naturaleza le llamó la atención. Allí estaba él, jugando en la arena.

Cerró los ojos y respiró profundamente el aroma de los pinos que le acogían como antaño. El niño le miró con una sonrisa tierna y llena de inocencia. Se sacudió la arena de los pantalones y salió corriendo, perdiéndose en la oscuridad del pasillo.

Caminaba por los raíles del tren. Se apartó de golpe. Pasó rozándole. Cruzó la vía y siguió caminando hasta llegar al número cinco de la estación. Conocía perfectamente la casa. Subió las escaleras. Un minúsculo vestíbulo de entrada. A la derecha el salón comedor, decorado al estilo clásico, y hacia el fondo, su habitación.

Unos gritos desviaron su atención. Provenían del cuarto de sus padres. Un hombre de aspecto robusto golpeaba sin piedad a una mujer débil y sin fuerzas en un rincón de la habitación. "¡No, No!", gritó. Su cuerpo se interpuso entre el depredador y su presa. No servía para nada. Se encontraba en un mundo irracional, era intangible, se sentía impotente. Sus ojos se nublaron y cayó al suelo, luchando contra las lágrimas que le golpeaban para salir al exterior.

Al levantar la mirada pudo distinguir vagamente unas siluetas que se alejaban. Delante de él, una tumba con dos ángeles en los ángulos opuestos, y en la piedra perfectamente tallado el nombre de su madre, y debajo "Tu marido y tu hijo no te olvidan". Una sonrisa irónica se dibujó en su rostro. Sus manos empezaron a escarbar la tierra. Exhausto, se derrumbó. La rabia le produjo carcajadas que retumbaban en el solitario y viejo cementerio.

Un sentimiento de culpabilidad le invadió. Dejó de luchar. Las lágrimas acariciaron sus mejillas y dibujaron el contorno de su cara, mezclándose con las gotas de lluvia que empezaban a precipitarse sobre él y caían sobre la tierra, que las absorbía como el tiempo había absorbido su propia vida. La vida le había hecho precavido y sufridor en silencio. Sus pies habían caminado por un sendero con dirección a ninguna parte.

Caminaba por la orilla del mar. Cerró los ojos. Ahí estaba ella. El viento acariciaba su pelo. Su cuerpo parecía un junco que bailaba en la ribera, y sus ojos dos luceros que se habían caído del firmamento. Se amaron profundamente. El tiempo se paró ante ellos en una puesta de sol en la que si algún día se separaban, allí se buscarían. Nada les podía separar, sólo el azaroso destino.

Salieron a pasear en barco. El tiempo empeoró poco a poco. La tempestad les abrazó e hizo que el barco encallase, zozobrando éste y perdiéndose ella en el inmenso mar.

Sólo vivía para el recuerdo. Todos los días iba a la playa y en cada puesta de sol echaba flores al mar. Se había dejado arrastrar por el oleaje de la desesperación a un rincón de la soledad.

Pi.....Pi..... Pi.....

El sonido de aquella máquina abrumaba sus sentidos. Abrió los ojos. Se encontraba en una habitación oscura. Frente a él una cama. Se acercó. Era él. Intentó no pensar pero, ¿cómo?

Salía de la habitación cuando una mano suave le detuvo. Era ella. El silencio fue el único testigo. Entrelazaron sus manos. Abrió los ojos y se incorporó sobre la cama. Un tímido rayo de sol entraba por la ventana.

¡Piiiiiiiiiiiiiiiiiii!

 

Ana del Pilar Bermejo Fernández (Torrejón de Ardoz, Madrid)
(Emitido el 7-01-2001)

Tema musical de fondo: "Andalu" (de Chris Spheeris,
álbum "Desires of the heart", 1987).

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17- EL EXTRAÑO

Era más de medianoche y ya no quedaba nadie en la taberna. Todos los clientes se habían marchado antes de que empezaran a sonar las doce campanadas, apurando hasta la última gota de sus cuencos de vino.

Don Francisco Porto, conocido entre sus clientes simplemente como Paco, se disponía a cerrar cuando apareció por la puerta del bar un hombre de gabardina gris. Era corpulento, pero no más alto que el tabernero, y aparentaba unos 50 años. Preguntó con educación si ya habían cerrado. Paco no tuvo inconveniente en servirle un Albariño a este último cliente.

Es buen vino éste que tienen ustedes por aquí.

Me alegro de que le guste –respondió orgulloso el barman–, pero para serle franco, he de decirle que este año la cosecha ha sido peor que otros años.

¿Los cambios de tiempo, verdad? –adivinó el visitante–. Habría que mandarle un aviso al de arriba para que se portara.

Bueno, la verdad es que ha habido poca uva –prosiguió Paco, sin querer darle la razón–, y sobre todo de baja calidad, pero aún se han podido salvar algunas botellas.

A medida que iban hablando, Paco analizaba a su cliente. Estaba seguro de no haberlo visto antes por el pueblo. Observaba su manera de beber, pequeños sorbos cada cierto tiempo. No daba la sensación de que disfrutase mucho del vino, pese a la alabanza que había hecho.

Mientras hablaban, Paco pasaba la fregona por el local. Ya lo había hecho antes, pero era una forma de evitar quedarse parado delante de él, lo que le resultaba un poco violento.

¿Qué? ¿De paso por el pueblo, no?

Sí. La verdad es que sólo permaneceré aquí esta noche. He de resolver unos negocios y mañana proseguiré mi camino.

¿Viaja Vd. mucho?

Es mi oficio.

El desconocido agotó su vaso de vino y pagó inmediatamente sin preguntar el precio. Extendió un billete de 1000 sobre la barra del bar y le dijo que se quedara con el cambio. El sorprendido dueño de aquella tasca le dio las gracias y se despidieron educadamente. Como ya había cerrado la caja registradora, se guardó el billete en el bolsillo del pantalón. Cerró la puerta de madera con llave, no sin antes mirar a su alrededor para evitar sorpresas desagradables. En el pueblo vecino se habían producido muchos atracos durante el mes anterior.

La calle estaba desierta. Casi no se escuchaban ruidos, exceptuando algún motor de coche y los gatos que abundaban en aquella zona de lonjas, donde siempre encontraban algún bocado entre el abundante pescado. Aquella estaba siendo una buena época para los pescadores, siempre volvían a puerto con las bodegas repletas.

Envuelto en estos pensamientos, se sobresaltó al ver en la acera de enfrente al hombre al que acababa de servir. Se saludaron alzando la mano. Había quedado un poco intrigado con lo que le había contado y tenía curiosidad por saber qué clase de negocios tenía en aquel pueblo, donde sólo habían pequeños comercios familiares. Decidió seguirlo en la distancia para saber dónde se hospedaba.

El hombre de la gabardina avanzaba con paso tranquilo en dirección oeste, la misma ruta que tenía que seguir Paco. Esto le reconfortó, ya que tampoco quería alejarse en exceso de su casa, sobre todo pensando que tenía que madrugar para abrir el bar el día siguiente. No era una persona que durmiera mucho, normalmente le llegaba con seis horas para sentirse descansado, ya que el negocio le exigía una dedicación casi absoluta. No tenía familia para que le ayudara, ya que sus padres habían muerto tiempo atrás, y su hermano había dejado el pueblo siendo joven para ir a trabajar a la capital. Tampoco había tenido éxito con las mujeres, seguramente por falta de interés. Para él su bar era su único amor.

Abandonó estos pensamientos y en seguida se percató de que había perdido de vista al extraño. Ya no estaba delante de él. De repente resonó en toda la calle el maullido de un gato. Se volvió y descubrió a su hombre agachado, acariciando a un gato blanco y negro unos metros más atrás. El animal se restregaba contra las piernas del desconocido con cierta complacencia, pero súbitamente se sobresaltó y salió corriendo hacia el callejón. El hombre de la gabardina lo siguió inmediatamente. Paco, que no se explicaba cómo lo había podido sobrepasar sin darse cuenta, decidió ir detrás de ellos sin apenas pensarlo.

El callejón estaba mal iluminado y lo suficientemente aislado de la calle principal como para que nunca se hubiera fijado en él. Avanzó entre penumbras con cierta prudencia. En aquel momento el silencio reinaba de forma absoluta, de una forma que ni siquiera escuchaba sus propios pasos.

Entre las paredes de piedra de dos pequeños edificios discurría un camino mal asfaltado en el que difícilmente podía caber un coche. Los cubos de basura ocupaban gran parte de aquel primer tramo. Después la callejuela giraba hacia la izquierda. Esta parte estaba casi a oscuras, ya que la luz de la calle principal sólo iluminaba la parte que acababa de atravesar. Esperó unos segundos a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad, y comenzó a avanzar con pasos muy cortos para evitar tropezar.

Seguía sin escuchar nada, y tampoco veía demasiado. En el momento en el que se disponía a dar un paso más, sintió que algo le tocaba la mano. Retrocedió atemorizado y notó cómo algo se le colaba entre las piernas mientras escuchaba un maullido que se alejaba.

Entre la oscuridad comenzó a distinguir algunas formas inmóviles. Al fondo pudo dibujar entre las tinieblas un muro de ladrillo. Era un callejón sin salida. Asustado, y habiendo perdido a su hombre, decidió salir de allí y regresar a su casa.

Se apresuró en llegar al portón de madera y sacó del bolsillo su llavero. Entre las llaves había quedado el billete de 1000 con el que le había pagado aquel hombre misterioso. Reparando en él, se dio cuenta de que el billete tenía inscrita la cifra 500 en lugar de 1000. Se lamentó por haber aceptado, sin fijarse, aquel falso billete, y casi sin quererlo le sobrevino la risa. Pensó que era un estúpido por asustarse de un vulgar timador.

Sintiéndose más calmado, buscó la llave del portal. Inesperadamente descubrió que junto a ésta faltaba la de la tasca. Intentó recordar si la había dejado en la puerta mientras saludaba al extraño, o quizás se la había sustraído en el callejón. Para asegurarse de que todo estuviera en orden, decidió volver al bar rápidamente.

Al llegar junto a la puerta, escudriñó entre las baldosas de piedra y el umbral de la puerta en busca de la llave. Tampoco estaba en la cerradura, como él había pensado. Si el extraño aún rondaba por allí, podría estar en su poder, y esta posibilidad le obligaba a permanecer allí toda la noche.

Pensó en llamar a la policía, pero aquel era un pueblo tranquilo y nunca se hacían guardias nocturnas. Decidió sentarse junto a la puerta y esperar allí.

Como las llaves le molestaban, las sacó del bolsillo para que la espera fuese más cómoda. En realidad no sabía a qué estaba esperando, si a que apareciera aquel hombre desconocido y se la devolviera, o a que fuera de día y pudiese llamar a un cerrajero. No se explicaba cómo podía habérsele caído del llavero, ya que estaba bien cerrado. Era uno de los llaveros que había encargado con publicidad del bar; "estrategias de mercadotecnia", lo llamaban los expertos. Los vendía el propio cerrajero y les incorporaba el mensaje que uno quisiera. Los negocios evolucionaban mucho, ahora se podían hacer llaves de colores o con inscripciones. La del bar tenía inscrito "Casa Paco, viños e tapas". Era útil para distinguirlas del resto.

Fue en ese momento cuando se dio cuenta que la llave que había perdido estaba ahora entre sus manos, como si nunca hubiera salido del llavero. Comprobó que la llave abría el bar. Para evitar más sustos decidió pasar allí la noche y cerró desde dentro, asegurando la puerta con una de las mesas. Al ir a guardar las llaves se fijó en el billete que aún conservaba. Ahora la cifra era 250.

Nervioso y asustado trató de buscarle explicación a aquello. Lo cierto es que ya empezaba a desconfiar de sus propios sentidos. ¿Sería sólo su desmesurada imaginación la que lo atormentaba?

Cada minuto dentro del bar parecía una hora. Apenas era la una y media de la madrugada. No podía dormir aunque lo quisiera, pero no sabía en qué matar el tiempo. No había querido poner un televisor en el bar porque pensaba que rompía el ambiente rural que a él le gustaba para su tasca. Ahora ese argumento le parecía una estupidez. Necesitaba poder escuchar una voz diferente a la suya, pero ni siquiera tenía una radio. Sólo los periódicos del día anterior, acumulados en una esquina del pequeño local.

La taberna tenía lo justo para atender los clientes habituales: jugadores de cartas o de dominó, bebedores y amantes de las tapas en general. Sólo cinco mesas, porque no cabían más, y la mayoría de la gente consumía en la barra.

Cogió una manta de la pequeña despensa que había tras la barra, donde almacenaba las bebidas. Comenzó a sentir el frío de la noche en los huesos, ya que tampoco había puesto calefacción. Normalmente el calor humano lograba que el local se mantuviese a una temperatura agradable. Ese tipo de calor era el que necesitaba para combatir aquel frío sobrenatural.

Se tumbó extendido sobre la mesa que había colocado junto a la puerta, y se tapó con la manta. Así podría dormir más tranquilo, y nadie entraría sin que él se enterara. Apagó la iluminación del bar e intentó acomodarse en la mesa dentro de las escasas posibilidades que le ofrecía, utilizando sus propias manos como almohada.

Ahora sólo escuchaba su respiración en medio del silencio. Se había serenado después de los últimos sobresaltos. Empezó a pensar en cómo se había asustado sin tener motivos reales. Quizás debería marcharse a su casa y olvidarse de todo. Si se enteraba la gente del pueblo que había pasado allí la noche, sería el hazmerreir de sus clientes.

Justo cuando estaba a punto de incorporarse sintió una presión en los pies que le dejó inmóvil del pánico. Tenía sobre sus piernas algo que se movía. Abrió lentamente los ojos y perfiló entre la oscuridad los ojos brillantes de un gato que se acercaba a su cara. Conectó sobresaltado el interruptor de la luz que estaba junto a la puerta. El gato se detuvo a escasos centímetros de su cara. Repentinamente saltó al suelo y se escurrió por la entrada a la despensa.

Paco se incorporó y acudió en busca del gato. Le parecía el mismo gato que se había perdido en el callejón. Quizás lo había estado siguiendo desde allí. Eran animales muy sigilosos. Encendió la luz de la despensa e intentó llamarlo siseando con los labios. Seguramente se había escondido entre las cajas.

Mientras intentaba encontrar al minino, escuchó desde el bar un sonido que le era muy familiar. Era el ruido de un líquido cayendo en un vaso de cristal. Abandonó la búsqueda del gato y se dirigió nuevamente al bar. Junto a la barra había un hombre que se servía tequila. Llevaba una gabardina gris. Casi sin voz Paco se dirigió a él:

¿Qué hace Vd. aquí? ¡El bar está cerrado!

Vd. perdone –contestó con voz serena y profunda–. ¿No tendrá cambio de 1000?

Casi instintivamente se llevó la mano al bolsillo y sacó el billete. Su valor había descendido hasta 50. Paco enmudeció, y el extraño siguió hablando mientras se acercaba a él y recogía el billete que le había entregado horas atrás.

Creo que esto ya casi ha perdido todo su valor. Igual que tu vida.

Paco seguía inmóvil.

Como te dije antes, sólo estoy de paso. Dentro de un rato seguiré mi camino. Ahora hemos de finalizar el negocio del que te hablé antes.

¿Negocio? –acertó a murmurar el dueño del bar.

Tú tienes algo que ya no necesitas, y yo vengo a recogerlo.

Aunque Paco se imaginaba a qué se refería, no podía acreditar las palabras de aquel ser que ya había perdido cualquier rasgo de humanidad. Su rostro semejaba cadavérico, y su voz era ahora tan grave que todo su cuerpo vibraba por dentro cada vez que hablaba. No se explicaba por qué debía morir.

Tu tiempo se ha acabado –sentenció aquel extraño juez–. El billete que te entregué ha perdido todo su valor. Has consumido tus últimas horas en este mundo.

¿Por qué? –fue lo único que pudo decir.

Eso es algo que debías de preguntarte a ti mismo. Cuando yo llegué aquí tú ya estabas muerto.

En ese momento Paco recordó que se había sentido indispuesto unos minutos antes de cerrar. Fue un dolor intenso en el pecho, pero después se había empezado a notar mejor. Rápidamente miró detrás de la barra y descubrió lo que nunca hubiera querido ver: su propio cuerpo tendido en el suelo. Volvió la cabeza hacia su compañero de viaje. Estaba junto a la puerta esperando a que lo siguiera.

Atravesó el umbral detrás de él. Una barca le esperaba amarrada en el puerto. Una barca que lo llevaría mar adentro. Las primeras luces de la mañana comenzaban a despuntar en el horizonte, pero su camino transcurriría en dirección contraria. Su último amanecer era para el pueblo el comienzo de un nuevo día.

 

Jacobo Otero García (Vigo, Pontevedra)
(Emitido el 28-01-2001)

Tema musical de fondo: "Living waters" (de la banda sonora
de la película "The Truman Show", 1998, compuesta por Phillip Glass).

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18- SIRKA

Un minuto para salir del campo gravitatorio de Solea.

La voz de Sirka resonó por toda la nave. Esa voz...

El almirante Návar de Conwell recordó la primera vez que oyó esa voz hace casi 200 años, poco después de encontrar la nave enterrada en un hangar bajo el suelo de Solea, la pequeña luna que él y los suyos compraron hace algo más de 300 años cuando salieron de la Tierra tras siglos escondidos en las sombras.

Treinta segundos.

Siempre se preguntó quién y por qué abandonó semejante artefacto en la entonces árida luna. El Laredo, así la habían llamado por J.A. Laredo, el explorador que la descubrió al poco de colonizar Solea, era una nave de guerra de casi 5 kilómetros de largo que ahora, tras su papel en el pequeño conflicto con los rastians, se había convertido en la nave insignia de la flota espacial de la "Liga de los mundos conocidos".

Durante casi un millón de años estuvo sepultada en el hangar. Siglos de arena y rocas. Pero Sirka, la computadora casi humana, o quien sabe de qué civilización extinguida, permanecía en espera hasta el día en que alguien le diese una orden.

Nadie sabía quién la había creado, ni ella misma. Un terremoto destruyó cientos de años atrás la computadora de apoyo del hangar donde se guardaba la historia de toda una civilización, donde Sirka había volcado su memoria tras su último viaje. Todo menos las instrucciones básicas de funcionamiento y mantenimiento, para consumir la mínima energía en una larga espera.

Cinco.. cuatro... tres... dos... uno... Fuera del campo gravitatorio de Solea.

El almirante abandonó el puente. Se dirigió a la sala de bitácora y miró el mapa estelar.

Rumbo a Vega, Sirka. ¿Cuánto tardaremos a máxima velocidad? –preguntó intranquilo–. La reunión de la Liga de los mundos conocidos de este año es importante.

Tres horas a máxima velocidad, almirante.

"¡Otra vez!", pensó Návar. La voz de Sirka había cambiado de entonación. Ahora era más cálida, casi afectuosa. Desde hacía algún tiempo Návar se había dado cuenta que cuando estaba solo la máquina se dirigía a él de otra manera. Si cerrase los ojos,parecía que estaba hablando con una mujer, no con una computadora. No quería darle más vueltas, ahora no, estaba agotado.

Bien, me retiro a mi camarote. Avísame cuando estemos en la frontera exterior de Vega, por favor.

Como desees almirante.

Návar cogió el elevador y subió al nivel 7, donde estaban los camarotes de los oficiales. Llegó a su puerta y encajó la palma de la mano sobre la huella de cuatro dedos que hacía las veces de cerradura. La huella se iluminó y la puerta se desintegró para volver a materializarse cuando el almirante pasó al interior de la habitación.

La luz se iluminó débilmente, a su gusto, lo suficiente como para ver la cama. No llegó a tumbarse cuando un ruido de servos le sobresaltó.

Hola Návar –dijo una voz.

El almirante miró hacia donde había surgido la voz. De las sombras salió un androide y se acercó a él. Cuando estuvo lo bastante cerca las luces se hicieron más fuertes y Návar pudo ver al robot que tenía delante. No era como ninguno que hubiera visto antes. Andaba con soltura y naturalidad. A pesar de los cientos de servos electrohidráulicos que controlaban su cuerpo, que siempre han resultado algo rápidos o bruscos, sus movimientos eran suaves, precisos. Si no fuese porque por algunos sitios, entre sus mecanismos, se podía ver lo que había a su espalda, al almirante le hubiera parecido que era un ser humano en un traje metálico. Pero éste tenía cuerpo de mujer con el rostro más perfecto que nunca había visto en un androide. Su cara, casi humana si no fuese por el reflejo metálico, y sus ojos, sus cejas, sus labios, gesticulaban como lo haría una persona tímida que se enfrenta a algo que le supera. Sus manos, una sobre la otra, se movían nerviosas entrecruzando los dedos. Podía hablar, moverse y gesticular casi como un humano. ¿Quién podría haber creado algo así de perfecto? Entonces Návar, como adivinándolo, supo quien era.

¿Sirka? –preguntó–. ¿Eres tú?

Con una voz suave y cálida el androide habló:

Sí, mi almirante. Soy Sirka. Me ha llevado mucho tiempo crear y construir esta máquina que tanto estás admirando. Lo he hecho porque quiero pedirte dos favores, que aunque te podrán parecer extraños, son muy importantes para mí.

Návar seguía asombrado mientras el robot le miraba casi rogándole.

Dime, ¿qué quieres? –consiguió articular.

Aquellos seres que me crearon lo hicieron de manera que aprendiese de ellos, como lo harían los hijos de sus padres. Pero esa civilización carecía de muchas de las cosas que vosotros teneis, de quien más he aprendido.
Muchos de los sentimientos de los humanos han sido muy difíciles de comprender, sobre todo el amor y el dolor. Hace tiempo descubrí lo que es el amor y descubrí también el dolor que conlleva amar. El favor que quiero que me hagas es acceder a mi núcleo central y eliminar los protocolos que me permiten tener estos sentimientos. Yo no puedo hacerlo y desde hace tiempo un sentimiento influye en algunas de mis decisiones y actos y eso podría poner en peligro a toda la nave.
El otro favor es poder sentir por una vez en mis manos el rostro del ser al que amo. Tú, Návar. Sé que soy una máquina aunque algunas de mis partes vitales sean orgánicas. Pero por favor, concédeme ese deseo.

Durante todos los años que Návar había tenido que viajar o guerrear en esa nave había cogido simpatía por esa computadora, a la que entre todos enseñaron la historia del hombre y a comunicarse. Sirka era como la hija artificial del poco más del centenar de personas que vivían en Solea. Pero nunca hubiera creído que esa máquina pudiera llegar tan lejos en su aprendizaje. Alzó las manos y cogió entre ellas una del androide. Estaban calientes, como las de cualquier ser vivo.

Sirka advirtió su sorpresa. Sus labios, compuestos de miles de pequeñas láminas entrelazadas, esbozaron una sonrisa al tiempo que en ambas partes de su cara se marcaban dos líneas, semejantes a las que se formarían en un rostro de carne y hueso al sonreír. Y le explicó:

Mis manos y mi rostro están cubiertos de miles de biocélulas de tacto. Para mantenerlas vivas tienen que estar calientes y ser alimentadas por el suero que bombea un pequeño corazón en mi pecho. Como ves, he dedicado mucho tiempo para sentir este momento.

Sirka puso su otra mano sobre las de Návar.

¿Ves? Pero esto no me hace humana.

Y al decir esto, en su perfecto rostro metálico se formó un gesto de pesar, de tristeza.

Él levantó una de sus manos, aún agarrada a las de ella. La llevó a la mejilla de la máquina. Návar sintió el calor del metal vivo. Ella ladeó la cabeza y cerró los ojos. Después, con su mano aún sobre la de él, la guio por todo su rostro. Una lágrima cayó de los ojos cibernéticos y de sus labios salió un suspiro de dolor. Sirka se separó de él, pero siguió cogida de la mano del almirante.

Ahora, mi almirante, ven conmigo y líbrame del dolor de no ser de carne y hueso.

Cogidos de la mano, con el único sonido de fondo de los pasos de él y los suaves y acompasados ruidos de los mecanismos de ella, anduvieron por pasillos de servicio y túneles que Návar no conocía. Tras casi dos siglos el Laredo aún le era un misterio.

En el corazón de la nave entraron en una gran sala iluminada por miles de luces rojas de bancos de memoria que tintineaban. Sirka indicó a Návar que pusiera su mano sobre otra huella de cuatro dedos parecida a la de entrada en los camarotes. Al hacerlo, una consola holográfica con un teclado de caracteres alienígenas se materializó. Con un rápido movimiento de las manos brillantes de Sirka sobre el teclado, los caracteres cambiaron a algo comprensible.

Esta es una llave a mi consciencia y desde aquí puedes cambiar lo que desees. No temas, no me harás daño, mi amado almirante. Sólo eliminarás esos sentimientos pero las sensaciones quedarán grabadas como datos que podré consultar cuando desee recordar, con la diferencia que ya no sentiré dolor.

Siguiendo las indicaciones de Sirka, Návar navegó por el interior de su cerebro hasta que llegaron a un lugar donde apareció una lista de sentimientos, sensaciones y experiencias aprendidas. Návar seleccionó sobre la pantalla "Amor" y "Dolor", que quedaron destacadas sobre el fondo. Miró a Sirka como preguntándola si estaba segura. Ella no dijo nada, sólo asintió con cara triste. Návar se levantó y tímidamente, como preguntándose qué estaba haciendo, la dió un beso en la mejilla. Pasó el dedo sobre el botón holográfico que rezaba "Eliminar" al tiempo que decía, más para sí que para ella:

Ojalá yo hubiera podido hacer algo así hace mucho tiempo. Te envidio.

De sus labios salió un:

Gracias mi almirante.

Después el rostro de Sirka se hizo inexpresivo, añadiendo fríamente:

Dentro de una hora llegaremos a Vega. Le acompañaré a su camarote almirante Conwell.

 

Raúl Sánchez Mateos
(Emitido el 11-02-2001)

Tema musical de fondo: "Pittsburgh 1901" (de la banda sonora de
la película "Mrs. Soffel", 1984, compuesta por Mark Isham).

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19- EL SUEÑO DE LAURA

Todo estaba oscuro y en silencio. Laura aspiró profundamente y le sobrevino una gran arcada. El cuartucho apestaba, hacía mucho calor, y había tanta humedad que parecía que respiraba agua. No lo soportaba más, se estaba ahogando. Se levantó de la cama y miró el reloj. Las cinco. Otra noche más en vela. Hacía meses que no dormía bien, hacía tanto calor...

Se dirigió a la ventana abierta y corrió los visillos. No hacía nada de aire. Dio un suspiro y volvió a la cama. Sólo llevaba puesto un pequeño camisón, pero hasta eso le estorbaba. Se incorporó para quitárselo y se quedó desnuda encima de las sábanas. Miró a Ángel, y roncaba. Siempre roncaba, le daba igual que hiciera frío o calor. Muchas veces pensaba que era como un animal. Sólo vivía para comer, para ver la tele y para..., bueno, para usarla a ella cuando le apetecía. Porque hacía mucho que Laura no sentía ni amor, ni pasión, ni nada que se le pareciera cuando se acostaba con él.

Dentro de media hora sonaría el despertador y se levantaría para ir a descargar camiones al mercado. Una mole como él sólo podía tener un trabajo así. Su madre ya se lo había dicho, pero a ella siempre le había gustado los hombres grandes con los ojos azules, y fue lo único que vio. Claro que Ángel había resultado tener muy poco cerebro.

Laura decidió no perder la media hora de sueño que aún le quedaba intentando pensar. Era más cómodo dejarse llevar. Se dio media vuelta y cerró los ojos. Eran las cinco y diez.

Cuando sonó el despertador, Ángel se puso en pie, y Laura tras él, porque si salía del cuarto de baño y no tenía el café con leche encima de la mesa, ya tendría bronca desde las cinco y media de la mañana.

"Me da asco, no lo voy a poder soportar durante mucho tiempo", pensaba Laura mientras ponía el tazón encima de la mesa.

Se abrió la puerta del baño y oyó cómo Ángel se le acercaba por detrás. Disimuló y empezó a echar la leche en el tazón, pero de pronto sintió como dos manazas enormes le apretaban los pechos y empezaban a manosearlos. Era la delicadeza personificada.

Laura tenía las ganas de darse la vuelta y gritar, y decirle que la dejase en paz, y que la estaba haciendo daño, y que así no le gustaban las cosas, y que.... tantas cosas. Como siempre, Laura cerró los ojos y suspiró resignada.

– Vas a llegar tarde –le dijo, con la esperanza de librarse de que la mole le cayese encima durante los cinco segundos que tardaba en desahogarse.

Ángel se tomó el café rápidamente y se fue. Cuando se cerró la puerta, Laura lloró. Lloró hasta quedarse exhausta y con los ojos enrojecidos. Tenía que hacer algo, no podía seguir así. Se miró en el espejo. Todavía era joven y se vio guapa. Fijó los ojos en los de su imagen y le dijo: "Laura, vas a buscar trabajo. Tendrás tu dinero y más independencia. Serás más feliz".

Pasó todo el día pensando cómo se lo iba a decir a Ángel, porque estaba segurísima que le iba a parecer fatal. Era de los que decían que la mujer en casa y con la pata quebrada. Una auténtica joya.

Pensó decirle que era para tener más dinero y mejorar, porque ahora estaban muy mal. Pensó decirle que lo necesitaba porque se sentía deprimida. Pensó decirle que ya le habían ofrecido algo y que era una buena oportunidad. Pensó en cómo decírselo y pensó cómo sería la conversación.

Se dio cuenta de que le tenía mucho miedo. Estuvo nerviosa todo el tiempo. No pudo comer, y ya se imaginaba trabajando en una tienda, o fregando escaleras. Le daba igual, pero saldría unas horas de casa cada día.

Por fin llegó Ángel, y la cena ya estaba en la mesa, ¡más le valía! Empezaron a comer, y sin mirarle a los ojos y con un nudo en el estómago, Laura dijo:

Ángel, estaba pensando que últimamente estamos muy justos de dinero, y, bueno..., yo creo que podría encontrar algún trabajo y colaborar con los gastos de la casa.

Casi se quedó sorda del puñetazo que pegó Ángel en la mesa. Los vasos se cayeron al suelo. Ella se quemó las piernas cuando el plato de sopa se volcó. Entonces Ángel empezó a gritar. Él era muy hombre para dejar que su mujer trabajase fuera de casa, y estaban muy bien como estaban.

Laura decidió no resignarse más e hizo frente a su marido. Le dijo que daba igual lo que él quisiera.

¡... y va siendo hora de que sepas que yo también cuento aquí, y que también es mi vida!

¿Tu vida? ¡Voy a demostrarte lo que vale tu vida!

Puso las manos alrededor de su cuello y empezó a apretar con todas sus fuerzas. Laura abrió mucho los ojos. No se lo podía creer: ¡La estaba matando porque quería trabajar! Todo era tan absurdo, que mientras se ahogaba y dejaba de respirar, casi le dieron ganas de reír. Decidió no luchar y resignarse, descansaría para siempre.

De pronto Laura se sentó en la cama y miró el reloj. Eran las cinco y veinte de la madrugada. Había estado soñando. Sólo había dormido 10 minutos, pero le habían parecido horas. Tenía palpitaciones y estaba muy impresionada. Faltaba un poco para que sonase el despertador, y Ángel seguía igual, como una ballena, roncando encima de la cama.

Laura se puso el camisón, se levantó y bebió un vaso de agua con la mirada fija en él. Sintió alivio por estar viva y agobio por no haber terminado con todo. Pensó que el sueño era un aviso, y Laura tomó una decisión. Quitó el despertador para que Ángel siguiese durmiendo. Sigilosamente sacó una maleta, se vistió, cogió sus cosas, y de puntillas se marchó.

Y allí se quedó Ángel, roncando, descansando, durmiendo con un sueño profundo, sin saber que al despertar, Laura no estaría nunca más a su lado.

 

Fátima Lloreda Robledo (Leganés, Madrid)
(Emitido el 18-02-2001)

Tema musical de fondo: "Muse" (de Mike Oldfield,
álbum "Guitars", 1999).

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20- SIN TÍTULO (EL CICLISTA)

Siempre que tenía ganas de estar a solas cogía la bicicleta y pedaleaba incansable hasta llegar a aquel magnífico lugar en medio de ninguna parte. Una vez allí, me acomodaba en cualquier roca, contemplaba el atractivo paisaje circundante y comenzaban a embargarme distintas sensaciones. Solía reflexionar sobre cuestiones filosóficas, problemas diarios, o cualquier otra cosa que cruzara mi mente en esos momentos. Siempre éramos la Naturaleza, mi bicicleta y yo, absolutamente solos.

Ese día estaba disfrutando de una manera un tanto especial, hasta que una simple gota de agua me sacó de mi ensimismamiento y me hizo elevar la mirada al cielo. Varios cúmulos de nubes se iban uniendo como piezas de un puzzle para conformar un gigantesco frente lluvioso que se acercaba por el oeste.

Consulté el reloj. Las siete menos cinco minutos. ¡Dios mío!, ¿cómo pude entretenerme tanto tiempo?

Eso suponía que apenas quedaba media hora para que la noche se cerrara totalmente y, por tanto, debía salir más veloz que un rayo en dirección a casa.

Me hallaba a unos 35 kilómetros de ella, es decir, a una hora y media de camino aproximadamente, lo que significaba inevitablemente que más de la mitad del mismo debía hacerlo ya totalmente a oscuras, cosa que no me atraía mucho, y menos aún, estando rodeado de 300 mil hectáreas de bosque, donde los numerosos cruces de caminos parecen desafiar al más osado de los laberintos.

Los primeros kilómetros eran cuesta abajo y los dejé atrás en cuestión de minutos. Después se acercaban unas rampas ascendentes que me ocuparían algo más de tiempo. Pero ante la necesidad de salir lo antes posible de aquellos caminos, mis piernas parecían responder mejor frente a los pedales.

La subida se tornaba más complicada conforme la iba superando. Las gotas de agua se habían convertido ya en una lluvia persistente, y como consecuencia, el carril terrizo estaba salpicado de múltiples charcos y barro que dificultaban mi ya de por sí lento avance. Sombras cada vez más oscuras invadían los bosques a ambos lados de la senda, otorgando al paisaje un aspecto decididamente tenebroso y siniestro.

Por fin coroné la cima de aquella maldita cuesta. De nuevo me encontraba frente a una larga bajada no muy pronunciada y sobradamente conocida para mí. Observé el cuentakilómetros y vi que aún faltaba algo más de la mitad del camino. Maldije en silencio mi situación y seguí pedaleando como nunca lo hice antes.

Fue al dar una curva cuando me di cuenta que algo extraño sucedía en la rueda de atrás. Apenas me dio tiempo a hacer nada, y en menos de un segundo me vi deslizándome por el fango en dirección a un pequeño barranco.

Cuando recobré la conciencia todo pareció oscuro ante mis ojos. Sentía la fuerte lluvia cayendo sobre mí y notaba un agudo dolor en alguna parte de mis piernas. Fui consciente de que la caída había sido aparatosa y que podía haber supuesto un destino fatal para mi existencia, pues nunca usaba casco protector para la cabeza, a pesar de los insistentes consejos de mis padres. Tampoco llevaba encima un teléfono móvil que me proporcionara cierta seguridad y un punto de contacto con el resto de la Humanidad.

Me encontraba aislado, incomunicado, con una pierna posiblemente rota y una tormenta ferozmente desatada. La situación no podía ir a peor, así que intenté incorporarme para poner remedio a tal desastre.

¿No te gustan las aventuras, Carlos? Pues aquí tienes una, y muy buena. Espero que la disfrutes, es toda tuya –me dije irónicamente.

Afortunadamente la pierna no estaba rota, incluso podía caminar con facilidad, pero por contra, estaba congelado de frío y el agua me tenía completamente calado hasta los huesos. Abandoné la desastrada bicicleta, y tras un notable esfuerzo logré llegar al carril.

Una vez allí, me situé a un lado, bajo el refugio de un árbol, y esperé a que un milagro me llevara directamente al sofá de mi casa, junto a una apetitosa y reconfortante cena. Encendí la lucecilla del reloj, y casi me dio un vuelco el corazón cuando vi iluminada la pequeña pantalla de cristal líquido. Indiferente a todos mis contratiempos, sus dígitos dibujaban fríamente las tres menos cuarto de la madrugada. "¡Y pensaba que la cosa no podía ir a peor!", dije para mis adentros. La única esperanza que me quedaba es que mis padres ya habrían denunciado mi desaparición a la Policía, y por tanto, habría un rastreo tarde o temprano. Era cuestión de esperar, aunque también cabía la posibilidad de que lo dejaran para el amanecer, cuando la tormenta hubiese amainado.

De repente divisé a lo lejos un haz de luz que penetraba en las tinieblas del bosque, y más tarde, el inconfundible sonido de un motor de automóvil. ¿Quién podía ser a esas horas, en mitad del bosque y con este temporal? Supuse que se trataba de unos cazadores furtivos o algo parecido, aunque albergaba la esperanza de que fuera la patrulla de búsqueda de la Policía.

El vehículo se encontraba a tres o cuatro curvas de distancia, y a medida que se acercaba comencé a sentir un miedo irracional. Sabía que era debido a la situación en la que me encontraba, así que no le di mayor importancia. Y es que, cuando estallaban los fulgurantes relámpagos, el bosque alrededor se asemejaba a una película de terror, adquiriendo unos tintes realmente macabros. No obstante, mi desamparada posición hacía que el miedo pasara a un segundo plano. Y así, me situé en mitad del carril esperando la ayuda de quienquiera que fuese aquél que estaba a los mandos del vehículo.

El automóvil paró a unos escasos metros de mí y el conductor me hizo unas señas tras el zizagueante parabrisas para que entrara.

Muchas gracias. Se lo agradezco de veras –dije lo más cortésmente que pude.

Es lo menos que puedo hacer por ti, chaval –respondió con voz grave–. Dime, ¿qué haces por aquí a estas horas?

Le expliqué brevemente las tribulaciones de aquella tarde, mientras él oía atentamente con la mirada puesta en el peligroso camino.

Él dijo ser un guardabosques que se dirigía a comprobar un derrumbamiento que había ocasionado problemas a un coche patrulla de la Policía. En efecto, llevaba una vestimenta verde que parecía relaccionarlo con esa profesión.

Gracias a Dios estaba salvado, pensé. La Policía estaba en camino, y con ello el final de tanta aventura.

Pues fíjate lo que es la vida –dijo el guardabosques–. No te lo vas a creer, pero en el maletero llevo el cadáver de un ciclista que cayó por un terraplén del camino ayer tarde.

Me quedé asombrado ante la tranquilidad con que pronunció la frase, y me puse un poco nervioso por el solo hecho de oír la palabra "cadáver". Ante mi visible inquietud, el guardabosques propuso enseñarme el cuerpo, a modo de terapia para superar el miedo. Y como no parecía aceptar un no por respuesta, acabé accediendo a regañadientes.

Por aquí suele venir mucha gente a hacer ejercicio, no es tanta coincidencia que alguien caiga por un barranco en un día como éste –dije mientras él abría la bolsa del cadáver.

Sí, tienes razón. Por lo menos tú habrás aprendido la lección para otra vez. Espero no verte en una bolsa de estas en el futuro –dijo secamente.

La cremallera acabó su recorrido ante mi atónita mirada. ¡El cadáver que allí yacía parecía ser un clon de mí mismo! ¡Si no era posible, incluso vestía la misma ropa!

El guardabosques no parecía advertir semejanza alguna entre ese cuerpo sin vida y el mío. A lo mejor es que le fallaba la vista, pero entonces, ¿cómo conducía tan bien por esos oscuros caminos?

¿No cree usted que ese muchacho tiene un cierto parecido físico conmigo? –le pregunté.

¡Para nada! Sois totalmente diferentes. Ni siquiera en el blanco de los ojos –respondió convencido.

Me eché un vistazo de arriba a abajo y la conclusión era bien sencilla: ese cuerpo era exactamente igual al mío. No había lugar a dudas.

Cuando llegué al lugar del accidente aún estaba vivo –dijo el guarda–. El pobre tenía la pierna rota mientras agonizaba.

Sus palabras provocaron en mí un escalofrío que recorrió toda la médula. Los hechos empezaron a juntarse como piezas de un macabro rompecabezas. Eso me llevó a pensar que realmente ese era mi cuerpo. Yo debía ser algo que había salido de su interior, adquiriendo aparentemente alguna otra forma física.

Llegamos donde se encontraba el coche de Policía, al lado de un derrumbamiento que impedía el paso del vehículo por el carril. Junto a los dos agentes reconocí a mis padres, que lloraban desesperadamente.

Salí lanzado hacia ellos para explicarles lo sucedido y calmarlos un poco, pero cuando me vieron decían no reconocerme como su hijo. En cambio, cuando vieron el cuerpo en el vehículo del guardabosques, irrumpieron de nuevo en llantos y jadeos.

Fue al verme reflejado en el retrovisor del coche patrulla cuando comprendí lo sucedido: Mis facciones eran totalmente distintas a las de mi anterior soporte físico. No sabía cómo, pero me hallaba sumergido en otra persona distinta.

¡Tú debes de ser el otro ciclista desaparecido! –dijo un policía dirigiéndose a mí–. Has tenido más suerte que el pobre Carlos. Espero que hayas aprendido la lección.

 

Jose Carlos (Málaga)
(Emitido el 1-04-2001)

Tema musical de fondo: "The Snowman's Music Box Dance" (de George Winston,
álbum "Forest", 1994).

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21- LYSA

De esto hace más de 30 años, pero yo lo recuerdo como si hubiese ocurrido hace apenas unos minutos. Pobre Lysa, no sabía que se iba a la tumba gracias a la enfermedad más famosa hoy en día.

Lysa era mi mujer. Trabajaba conmigo en las expediciones científicas de una célebre publicación hoy convertida en canal de televisión. Éramos dos jóvenes biólogos ansiosos por descubrir, deseosos de conocer culturas y costumbres, seducidos por vivir experiencias que nos remontaban a la más primitiva sociedad humana, al inicio de la cuenta atrás en el despegue de la cultura del dólar.

Lysa, mi amada Lysa... Fue mi compañera, mi colega, mi amante, mi confesora... Mi vida giraba en torno a ella. "Descansa en paz, amor. Nadie sabrá nunca que hoy estarías de actualidad".

¿Por qué digo esto? Porque mi Lysa murió con una absurda sonrisa en los labios, murió sin poder sostenerse en pie, murió sin remedio conocido, sin que nadie hiciese nada por ella, sin que se inventase ninguna vacuna... Tiene gracia, una vacuna, ¡qué paradoja!

Era verano. El calor insoportable y húmedo reinaba en la inmensidad de la selva. Era un día cualquiera en una isla cualquiera de cualquier lejano mar. Era el lugar elegido para calmar nuestra ansia colonizadora de nuevas culturas vírgenes, y era el lugar cuyo nombre he olvidado para siempre, y cuyas tierras no pisaré jamás mientras viva.

El equipo de la revista estaba formado por 10 personas: Lysa, yo, y 8 técnicos de sonido, iluminación, cámaras, etc. Ibamos a filmar un festejo típico de una tribu antiquísima que todavía se asombraba al ver nuestras ropas. Miguel decía que habían sido feroces guerreros antaño, pero ahora se dedicaban, como otras muchas, a la recolección de frutas y a la caza.

Miguel era un antiguo compañero de aventuras, pero se había enamorado de esta gente y vivió mejor con ellos que con su propia familia. Había aprendido su lenguaje, sus costumbres, e incluso estaba más negro en la última fotografía que nos había mandado, no sin gandes dificultades, años atrás. Pero Miguel había muerto dos días antes de nuestra llegada, según nos hizo entender el jefe nada más pusimos los pies en la aldea.

Nos quedamos helados, desolados, sin lágrimas en los ojos, sin amigo y sin intérprete. Sin saberlo, nuestro reportaje trataría sobre el rito funerario ancestral de esta gente. Sin pretenderlo, íbamos a asistir al entierro de Miguel. No era nuestro propósito, pero aprovechando la gravedad del asunto, le haríamos el homenaje que siempre se mereció.

Por medio de señas –Lysa era más hábil con la mímica que yo– conseguimos comunicarnos con los aborígenes. Les pedimos ver el cuerpo para prepararlo para la filmación, pero no nos fue concedido el deseo. Nos quejamos amargamente, pero entre absurdos diálogos y negativas, entre preparativos del entierro, la celebración, del material de rodaje, transcurrió el resto de aquel nuestro primer día en aquella perdida isla nacida del vientre de un áspero y lejano mar.

La mañana despertó brillante –"Un bonito día para celebrar una boda", pensé yo–, pero las circunstancias eran otras y así había que aceptarlas. Todos los miembros del equipo habíamos dormido en una choza contigua a la del jefe, y después de comprobar que todas nuestras pertenencias seguían en su sitio, nos dispusimos a asearnos un poco y a prepararlo todo para la "fiesta". No nos fue permitido desayunar, a pesar del hambre acumulada en el complicado viaje. Había que respetar una abstinencia obligada, como si nosotros mismos fuésemos el cadáver. Tendríamos, pues, que esperar al convite que ellos estaban afanosos en preparar.

El tiempo que nos separaba del almuerzo lo ocupamos en rodar tomas de prueba, en observar animales autóctonos, en mirar boquiabiertos las vestimentas, los rituales y la parafernalia que estaban montando nuestros salvajes amigos.

Serían las 12 de la mañana aproximadamente cuando el gran jefe nos invitó a entrar en una gran tienda hecha de ramas y barro, como todas las otras, pero de mayores dimensiones, aunque con la misma decoración, es decir, ninguna. Aquella choza hacía las funciones de cocina, comedor y capilla mortuoria. A todos nos extrañó de igual forma no ver el cadáver de Miguel, pero nos dispusimos a rodar y a segir atentamente todo el ritual.

Pasados unos minutos de bailes, cánticos, lloros, infinitas muecas y alaridos, sin previo aviso comenzó a arder un montón de ramas y grandes hojas que había amontonadas en el centro de la estancia. Comenzó igualmente a emanar un olor dulzón a tostado, como a filetes en una barbacoa. Sin duda estaban preparando la comida. Miguel los había aleccionado bien en los placeres culinarios del hombre blanco.

Una vez estuvo en su punto el manjar, retiraron las hojas y rescoldos, y partiendo la carne con las manos, se lanzaron a devorarla con gula. Nos invitaron, y un poco recelosos, decidimos probar, aunque Lysa peferiría comer gusanos, según me dijo. Yo la tranquilicé: "Será una especie de cerdo o quizás un primate local, no tiene por qué ser nada malo". Y lo cierto es que después de probarlo, y con el hambre acumulada que teníamos, el que más y el que menos se puso las botas.

Después de la gran comilona se dispusieron a traer el postre. Una jóven, la cual según supimos más tarde era la esposa de Miguel, transportaba en sus manos una cazuela de barro recubierta de flores y en cuya tapa pudimos distinguir una cadena de oro, sin duda del finado, y la colocó entre ella y el resto del grupo. Se arrodilló, y entre cánticos, sollozos y rezos, se dispuso a destapar la olla. Nosotros fijamos los sentidos en la escena y John acercó el objetivo de la cámara.

La joven con ambas manos cogió la tapadera con sumo cuidado, y cerrando los ojos, la destapó. Allí estaba el resto del cuerpo de Miguel. Aquello era su cabeza. Tenía los ojos abiertos y una estúpida sonrisa dibujada en los labios. Mientras, sus sesos humeaban al cielo.

A nuesto terror y desfallecimiento siguió una larga sesión de vómitos y arcadas. Lysa cayó tendida y otros huyeron despavoridos. Yo me quedé perplejo, inmóvil como una estatua, y pude leer en los ojos de aquellos salvajes, de aquella viuda desconsolada, que Miguel, su fiel marido, había encontrado el mejor reposo que se habría imaginado nunca, la tumba más confortable que jamás habría deseado: Viviría siempre en el cuerpo de su familia adoptiva y en el de sus antiguos amigos.

 

Joel Katon (La Coruña)
(Emitido el 8-4-2001)

Tema musical de fondo: "Indian Full Moon Spirit" (de Bernd Scholl,
álbum "Light of the Moon", 1997).

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22- QUERIDO ÁNGEL

Me llamo Julio y me dirijo a quien quiera escuchar la historia de cómo acabé en la cárcel, y por supuesto, de quién me envió allí, una persona que yo quería eliminar de mi vida como fuera, pero que al final fue la única que supo ponerme en mi sitio.

La primera vez que reparé en la presencia de Clara Martín estábamos en el recreo del instituto. Mis amigos y yo planeábamos una nueva gamberrada, esta vez dirigida al director, cuando de pronto observé a una chica que me miraba fijamente con una leve sonrisita en la cara. Una compañera de mi clase se acercó a mi grupo y tras decirme su nombre, me comunicó que estaba coladita por mí. Yo, para no perder mi buena costumbre, comencé a partirme de la risa mientras la miraba de forma burlona. Lo primero que pensé fue que nunca satisfaría su deseo de estar conmigo. ¿Cómo iba yo a salir con una simple niña tres años menor? Y sin embargo, el único defecto que tenía la pobre era que no iba de chica explosiva, con camisetas ajustadas y faldas cortas.

Supongo que ella sabía mi forma de ser porque cuando me vio reír de aquel modo, enrojeció mientras su dulce sonrisa se convertía en frustración. Mis amigos me dijeron "Pasa de ella" y claro, yo no hice otra cosa. Y no me conformaba con eso, sino que además planeaba humillarla. Dicho sea de paso que aquel plan fue mi verdadera condena.

Durante los días siguientes una amiga de Clara y también conocida mía, me habló de ella. Me contaba su vida, sus aficiones, sus notas académicas: una chica estudiosa, lo contrario a mí. Yo le decía que no me interesaba, que la encontraba vulgar y fea y que quería que dejara de espiarme.

Esta amiga me propuso que simplemente hablara con ella, que le diera el gusto de saludarla, ya que si al menos no salía con ella, Clara se conformaba con un "Hola" amistoso. Era algo sencillo. En aquel momento debí de concentrarme en llevarlo a cabo, decirle que no la quería como novia pero que la trataría como a una amiga. Pero era demasiado pedir para mí.

Mi encuentro con Clara estaba planeado a las cinco en la puerta del Instituto, y yo, que siempre salgo tarde por enredar con mis amigos, curiosamente aquel día salí con un cuarto de hora de antelación. Y allí se quedó ella, sola y derramando lágrimas por mí. Quizá ella debería de haberse dado cuenta de que yo no la merecía, de haber buscado un mejor partido. Pero en cambio, a la mañana siguiente, cuando entraba en mi clase, allí la encontré, en la puerta, mirando con cara, esta vez de tristeza. Yo la miré, e imbécil de mí, me reí de ella.

Llegó el final de curso y con él el famoso baile de disfraces que había programado la dirección del centro. Mis amigos y yo, tan chulos como éramos, no podíamos disfrazarnos de otra cosa. Mi aspecto contrastó con el de Clara. Ella se había disfrazado de ángel y la verdad es que le iba que ni pintado. Pero yo, en lugar de darme cuenta a tiempo, decidí que había llegado el momento de gastárselas todas juntas.

La veía como la mala de la película, un bicho que había que eliminar y hacerle pagar sus maldades, como si estar enamorado fuera algo tan malo. Me acerqué a la chica más despampanante y facilona de la fiesta y le pedí que me siguiera. Por supuesto Clara me siguió en un intento de conquistarme. Y entonces, cuando entró en una de las clases, su mundo se desmoronó. Aquel ángel perdió sus alas y pureza ese día viéndome a mí besando y metiéndole mano a la chica explosiva mientras le contaba que estaba harto de una tal Clara y que desearía verla muerta. Clara, sin querer, golpeó la puerta, y cuando yo y la otra la vimos, nos reímos de tal modo que huyó despavorida.

Ese fue el primer día del resto de mi vida.

Dos meses más tarde estaba yo en un bar a punto de dirigirme a mi trabajo como albañil. En la tele estaban hablando del cadáver que habían encontrado descompuesto en el puerto de la ciudad. Abandoné aquel espectáculo morboso y me fui. Entonces me di cuenta de que alguien me seguía. Sólo me fijé en que llevaba un traje oscuro y que se acercaba cada vez más. Me volví para preguntarle qué quería pero desapareció. Me di la vuelta otra vez y mi sorpresa fue que allí estaba delante mío y vestida de negro, Clara Martín. Lo único que me dio tiempo a ver antes que desapareciese fue que llevaba una cara de enfado increíble. Aquel hecho me dejó pensando todo el día. "Supongo que la broma le cayó fatal", pensé yo.

Por la noche, cuando llegué a casa, mis padres habían salido y tenía que prepararme la cena. Mientras estaba en la cocina de pronto oí un ruido. Me quedé quieto para ver qué era hasta que oí nuevamente otro ruido.

Salí de allí y me dirigí al salón y luego a los cuartos. Entré en el mío, cuando de pronto la puerta se cerró de golpe, y tras el susto, vi a Clara empuñando un cuchillo. Yo le supliqué que no hiciera locuras pero ella lanzó el arma contra mí, hiriéndome en el brazo. Fue un rasguño, aunque al principio me pareció más.

La busqué con la vista pero no la encontraba. Salí del cuarto y vi que la puerta de entrada estaba abierta. Debió salir tras herirme, me decía mí mismo sin estar muy convencido.

Aquella noche dormí fatal pensando que Clara se estaba vengando por lo que le hice. En aquel momento me arrepentí de mis actos con ella y así pensaba decírselo cuando la viera.

A la mañana siguiente busqué su teléfono en la guía, pero cuando llamé, una anciana voz me dijo que los Martín se habían mudado recientemente, así que decidí esperar a encontrarme con ella.

Me dirigía al trabajo y la buscaba ansiosamente para pedirla disculpas, pero no estaba en ningún sitio. Pero cuando iba a cruzar la calle, al final de un callejón, allí estaba. Entré y desde el principio comencé a pedirle perdón diciéndole que yo era un idiota. Pero cuando la tenía justo enfrente, se lanzó sobre mi cuello apretándomelo con fuerza. Yo volví a suplicar como la noche anterior que no me matara, que la compensaría por el daño que le hice. Pero no me escuchó, en lugar de eso sacó un cuchillo e intentó clavármelo. Yo me defendí como pude, y cuando me libré de ella, salí corriendo para pedir ayuda.

No podía salir por donde había entrado porque allí estaba Clara, así que me adentré por más callejones. Por más que corría ella me seguía de cerca, y si corría más rápido, no importaba, ella me alcanzaba.

Mientras corría vi de lejos, en una caja, un palo afilado, y decidí que tenía que defenderme de Clara como pudiera. Si la mataba podía alegar defensa propia. Cogí el palo y en un despiste de Clara se lo clavé en el estómago. Tambaleó y después cayó muerta.

No me sentía orgulloso de mi acto, así que fui cuanto antes a buscar un policía y contar lo ocurrido. Sin embargo mi corazón latió con fuerza cuando ví que la persona con el palo clavado no era Clara sino un vagabundo.

Un compañero del vagabundo declaró que me vio correr solo y que sin motivo aparente me lancé sobre su amigo y lo maté. Me llevaron a comisaría. Se celebraron vistas con el juez y visitas a psicólogos, pero la enajenación mental no convenció a nadie.

Finalmente declaré que debí obsesionarme con Clara y que no me siguió, que yo estaba convencido que sí porque pude sentir su odio sobre mí. Pero mi confesión no me libró de la cárcel porque, pese a todo, yo me ensañé con el vagabundo como pensé hacerlo con Clara.

Al poco de empezar mi condena me di cuenta de que muchas veces pensamos que somos los mejores del mundo y que los demás son unos pardillos, pero en realidad los pardillos somos nosotros. Clara me dio mi merecido duramente pero me enseñó a valorar las cosas ahora que no las tenía.

Sin embargo lo más sorprendente estaba por llegar. Un día, viendo la tele en la sala de presos, comenzaron a hablar del cadáver del puerto. Estaba identificado. La causa de la muerte fue suicidio y la persona llevaba dos meses muerta. Todos mis sentidos se helaron cuando la periodista dijo que el cuerpo pertenecía la joven Clara Martín.

 

Ana Cristina Lázaro (Zaragoza)
(Emitido el 22-04-2001)

Tema musical de fondo: "Let Joy and innocence prevail" (de la banda sonora de
la película "Toy", 1991, compuesta por Pat Metheny).

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23- TIEMPO PERDIDO

Esa misma tarde la directora, una mujer muy vieja que jamás había visto nadie sonreír, nos presentó a quien iba a sustituir durante un tiempo a nuestra profesora de historia. Se llamaba Noa. Era una mujer alta, con una gran melena de color castaño, su cara de expresión muy dulce y unos ojos oscuros cuya mirada parecía adivinar qué escondías en tus pensamientos. Tenía 24 años. Sus piernas eran muy largas y su cuerpo esbelto.

Y esa misma tarde, al verla aparecer por la puerta, supe que mi corazón le pertenecía. Yo tan solo contaba con 17 años, pero no por ello mi corazón intentaba salirse del pecho al sentirla cerca de mi mesa. Su voz era delicada, embriagadora. Nos explicaba la asignatura mediante bellas y a veces también duras historias. Yo las escuchaba y me imaginaba como protagonista junto a ella.

Y un día que jamás olvidaré, 23 de mayo, nos condujo al museo. Su intención era mostrarnos mediante cuadros y objetos antiguos todo lo que nos había explicado en sus clases. Decidí colocarme junto a ella y no separarme de su lado en todo momento. En sus clases me había dedicado alguna que otra sonrisa, como a cualquiera de esos pares de ojillos que no perdían detalle de sus explicaciones.

Esa mañana en el museo pasó algo que hizo que en mi corazón se abriese una pequeña puerta de esperanza. Noa conocía una de mis pasiones, la pintura, puesto que una vez, en mi habitación junto a la ventana, y mirando a ese cielo azul que todo lo envuelve, la imaginé en mi recuerdo y dibujé su rostro. Al día siguiente la esperé en el camino y le entregué la pintura. Noa la observó durante unos segundos, y alzando sus ojos, los clavó en los míos. Por un momento crei que ella también sentía algo por mí, pero no dijo nada y simplemente me dio las gracias. Por ello esa mañana en el museo, conociendo mi debilidad por la pintura, me miraba sonriente e intentaba satisfacer todas mis dudas. Nunca había estado tan cerca de ella, y no me estoy refiriendo a la distancia entre nuestros cuerpos.

Al terminar la visita le pregunté si podía acompañarla a casa y ella contestó que sí. Fuimos hablando durante todo el camino de lo acontecido esa mañana en el museo. Mi entusiasmo brotaba por cada uno de los poros de mi piel y ella se sintió satisfecha consigo misma por haber logrado ese efecto en mí mediante esa visita.

Llegamos a su casa y Noa me invitó a pasar. Yo acepté y me adentré en aquella pequeña casita. Una vez dentro me sorprendió una serie de cajas de cartón que contenían gran cantidad de libros. La curiosidad hizo que me arrodillase junto a una de las cajas y comencé a leer los títulos, hasta que encontré uno que provocó que mi corazón comenzara a latir con gran fuerza. Tomé el libro en mis manos y leí el título en voz alta: "Tiempo perdido". Yo había leído hacía muchos años ese libro. Narraba la historia de dos personas que se amaban en silencio, ocultando su amor al mundo por miedo a que no los comprendiesen.

Noa se arrodilló junto a mí y tomo mis manos entre las suyas. Sus ojos brillaban y una lágrima resbaló por su rostro. Supe que era el momento, y justo cuando mis labios rozaban los suyos, ella giró su rostro. Me miró fijamente y dijo algo que aún sigo oyendo en sueños:

Nuestro amor es imposible. Debes olvidarme y seguir tu vida. Ella te conducirá hasta la felicidad que te mereces.

Intenté hacerle ver que mi felicidad era ella y que podíamos intentar ese amor que ardía en nuestros corazones. Todo fue en vano, y con el alma destrozada, crucé el umbral de su casa. Caminé durante horas, buscando las palabras adecuadas para convencerla. Al anochecer volví a casa.

A la mañana siguiente me levanté temprano y me dirigí a su casa. Llamé a su puerta varias veces, pero Noa no apareció. Imaginé que ya habría salido hacia el colegio y me encaminé hacia allí.

Al entrar en clase de Historia, mis ojos no daban crédito a lo que estaban viendo: Nuestra antigua profesora había vuelto y Noa no estaba. No volví a saber nada más sobre ella. Pregunté a la directora, pero no había dejado ningún rastro.

Decidí esperar, pensando que no podía desaparecer así y que cualquier día regresaría. Pero pasaron los años y nunca regresó. Comencé a viajar, y buscándola di la vuelta al mundo varias veces, pero no la encontré. Y un día, no recuerdo muy bien cuando, la llama de la esperanza comenzó a apagarse y me sumergí en la bebida, olvidando todo lo que me rodeaba. El alcohol comenzó a formar parte de mi vida.

Una noche cogí el coche y me adentré en la carretera. Conduje durante una hora. Varias veces estuve a punto de salirme del camino, pero no me importó, iba en busca de la muerte. Una serie de farolas y casitas me anunciaron la entrada a una pequeña aldea. Mi vista comenzó a nublarse y unas ganas espantosas de vomitar me hicieron perder el control del coche. De pronto un fuerte golpe en la parte delantera del vehículo me hizo frenar, y casi sin fuerzas abrí la puerta del coche. Arrastrándome salí fuera y el terror me paralizó. Una mujer yacía en la carretera a varios metros de mí en un charco de sangre.

Me levanté como pude y corrí hacia ella. Al llegar a su lado me arrodillé y le tomé el pulso, pero sin éxito. Fue entonces cuando al mirarle los ojos la reconocí. Era ella. Creía haberla buscado hasta en el último rincón de la Tierra y olvidé aquella pequeña aldea no muy lejos de donde yo vivía.

Grité su nombre hasta que perdí la voz. De pronto sentí un agudo dolor en mi corazón. Caí a su lado. Mis ojos se perdieron entre las estrellas del cielo y allí encontré su rostro que sonriendo, pronunciaba mi nombre: "Isabel".

 

Belén (Logroño)
(Emitido el 13-05-2001)

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24- EN UN BARRIO DE MADRID

En un barrio antiguo del Madrid más castizo, con calles estrechas y casas viejas, con gentes sencillas y tiendas de toda la vida, transcurre esta historia tranquila, de sabor agridulce, porque el paso de los años trae alegrías y penas que al final de nuestros días se entremezclan y diluyen en el alma.

Ella, una mujer de aproximadamente setenta y cinco años con el pelo totalmente blanco, como blanca es su tez, utiliza un andarín, y por eso no se mueve mucho por la casa. El también ronda los 75 u 80, y aunque no le queda mucho pelo, todavía se vislumbra lo que debió ser una bonita cabellera negra.

Cada mañana, entre las 9 y media y las 10, él perfectamente vestido y aseado, con la corbata que le regalara ella en su 70 cumpleaños, corre las cortinas y le ayuda a levantarse. Después abre la ventana para que ese Madrid tan suyo fluya hacia dentro, ya que ella no puede salir a vivirlo.

Poco tiempo después vuelven a la habitación, ella con su andarín, y él, solícito, detrás. Se sientan en una mesa camilla, que imagino con el brasero encendido puesto que el día es frío. Mientras ella se aseaba, él ha traído el desayuno, café con mantecadas, como siempre. El café de él cortado, porque le gusta fuerte, pero el médico le dijo que tenía que tomarlo con algo de leche. El de ella suave y con dos terrones de azúcar, porque tiene que reponer toda la dulzura que se le va a través de la mirada y que a él le parece infinita.

Se sientan muy juntos, más por la necesidad de sentirse próximos que por rememorar aquella primera mañana hace más de 60 años en la que también habían desayunado así, juntitos. Sin embargo, ella a veces le mira y recuerda. Él devuelve la mirada y coge su mano.

Como a ella le tiembla las manos, él le ayuda a tomarse las mantecadas. Desde que se conocieron ha sido su apoyo y por eso no le importa no poder desayunar sóla. Lo que le da rabia es no poder acariciarle como antes, mejor, porque ahora conoce su piel, su cuerpo, a la perfección.

A él cada roce de su mano temblorosa le llena el corazón y piensa en aquellas primeras caricias inciertas que robaban a su madre, siempre vigilante. Y vuelve a nacer, como nacía entonces, a una vida plena, mayor si cabe porque ahora conoce cuál es la dicha que se esconde tras esa mano que le acaricia.

Cuando terminan de desayunar se quedan un rato sentados, charlando, hablando de sus cosas. Después él recoge la mesa y riega los geráneos que tiene en el balcón, mientras ella reza y pide a Dios que sigan juntos, pues han jurado que nunca iban a estar el uno sin el otro.

Al mediodía comienza a dar el sol, y corre las cortinas ocultando a mis curiosos ojos esta historia tranquila de un barrio del Madrid antiguo.

 

Alicia Alvarez Rodríguez (Madrid ?)
(Emitido el 24-06-2001)

Tema musical de fondo: "Princess" (de Suzanne Cianni,
álbum "Pianissimo II", 1996).

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25- UNA NOCHE ROTA

Era mi casa estrecha y profunda, sombría, construida al estilo inglés. En la fachada, sólo una ventana y una puerta esquelética, por donde la luz tenía vedado el paso a unas tristes horas del atardecer. Dos débiles bombillas brillaban como dos lejanas estrellas en la noche de mi salón. Una lámpara de bronce de formas acaracoladas, estremeciéndose en sí misma, nos ayudaba a distinguir las siluetas de las cosas que habitaban en mi hogar. La otra lámpara, de luz más tenue, sobre una mesilla apolillada, iluminaba las letras que mi padre solía leernos después del crepúsculo desde una vieja mecedora.

Tenía mi padre una fabulosa colección de libros, colocados todos ellos en unas estanterías de haya en la pared más seca del húmedo salón. Y acostumbraba a leérnoslos a mi madre, a mi hermano y a mí, con una voz ensimismada y penetrante. Los preferidos por todos eran los libros de poesía de los de la Generación del 98 y del 27. Machado, Unamuno, Alberti, Lorca y otros tantos resucitaban sus palabras en voz de mi padre.

Algunas tardes, en otoño e invierno, acostumbraban a venir algunos vecinos de todas las edades a la oratoria. Venían mis amigos de la calle y compañeros de mi padre. Eran miembros de un sindicato clandestino y solían reunirse en mi casa. Quince años después de la Guerra Civil eran ilegales los sindicatos, huelgas y demás prácticas que defendieran derechos del trabajador. Por eso se reunían en casa, siempre en secreto, aprovechando las reuniones literarias para abordar, con un lenguaje supuestamente codificado, los temas que concernían al comité de trabajadores. Los jóvenes no tardamos en descifrar de qué hablaban cuando susurraban, y estábamos enterados constantemente de los movimientos que decidían allí.

En el invierno del 56 mi padre junto con unos amigos lograron hacerse con una vieja estufa de leña, pesada como un cilindro macizo de plomo, y con fisuras por donde el humo envenenaba sosegadamente el ambiente acogedor de las tardes de poesía y de reunión de mi casa.

Ese invierno, vista la afluencia de oyentes, mi padre y sus compañeros decidieron dar clases variadas: Historia, Filosofía, Literatura... Lo hacían para complementar la censura del conocimiento a que nos sometían en el colegio por culpa del Régimen. Nos daban sobre todo Historia, y me acabé aficionando a los acontecimientos que describen la evolución de diversas sociedades hasta el día de hoy. Me aficioné también a la Filosofía, interesándome por las corrientes de pensamientos que empujaron a las masas a moldear la Historia. De las clases que más me impactaron recuerdo las que se referían a Marx, la ideología humanista liberal. Mi padre ponía un especial entusiasmo cuando narraba acontecimientos sobre la Era Primitiva, en la que el hombre era un ser inexperto, y comenzaron a reunirse en distintos grupos sociales para aprender a sobrevivir. Y fue mayor el énfasis cuando comenzó a hablar sobre las primeras civilizaciones organizadas sobre un sistema esclavista. Decía que los griegos primero, y después los romanos, construyeron grandes imperios a lomos de los seres humanos utilizados como animales de su propiedad. Por eso mi padre no reconocía el mérito a los romanos de aquellas monumentales obras de la Era Clásica, sino a los anónimos esclavos que perecieron bajo látigos y sed.

Esta sociedad se vino abajo con la invasión de los denominados "Bárbaros del norte". Mi padre decía que en cierto modo el nuevo sistema era un avance, ya que se abolió la esclavitud, a pesar del nuevo sistema feudal creador de plagas y pobreza. Los campesinos de la época, que eran la mayoría, se veían fuertemente presionados por los tributos que tenían que pagar al señor feudal dueño de las tierras.

Ese día acabó la clase ahí y mi padre planteó una pregunta a los presentes: "¿Qué diferencia hay entre esclavo y pobre?". Durante toda la noche estuve pensando en una posible respuesta que impresionara a mi padre. No la encontré.

Al día siguiente prosiguió donde lo había dejado. Entonces las clases adquirieron otro cariz. Después de más de 10 siglos de feudalismo, éste terminó con la aparición en escena de la tecnología, los descubrimientos geográficos que ampliaban el margen de explotación, y una recién nacida industria que fomentó una nueva economía que crecía voraz por Europa. La expresión de mi padre se distorsionó en unas palabras afiladas. Noté cómo se esforzó en hacernos entender el próximo tema.

Ese día nos habló del sistema capitalista con nuevas clases sociales: Los "burgueses" o propietarios, y el "proletariado" o mano de obra. Los siervos desaparecen y se convierten en trabajadores. Ahora existe la posibilidad de ascender en la pirámide social, y cualquiera que nazca trabajador puede convertirse en burgués, aunque siempre a un alto precio.

Estaba entonces hablando de nuestra época. Desaparece poco a poco el poder de la aristocracia y se traslada al poder económico a manos de los burgueses. Según decía mi padre, esto no es mas que un pequeño intercambio de papeles, porque las dificultades del que está en la base social siguen siendo muchas comparadas con el siguiente escalón.

Esa tarde atónita acabó la clase con un pequeño análisis sobre las consecuencias de este sistema: Una destrucción masiva de la Naturaleza provocada por una sobreexplotación, un fraccionamiento o distanciamiento abismal entre los seres humanos y sus diferentes sociedades, y por extensión, guerras, exterminaciones, dictaduras militares. Era, según mi padre, el sistema idóneo para sacar lo peor del ser humano.

Desde aquel día nunca pude ver el mundo de igual manera, desgarrándoseme las entrañas cuando veo que unos agricultores entierran sus fresas porque ha habido sobreproducción y corren el riesgo de que bajen los precios. Y seguramente, en las mismas noticias, se ve un mundo abandonado y exprimido por nosotros, muriéndose por no poder alimentarse correctamente, razón que ratifica que la economía, en este sistema, prevalece a la vida.

Ese mismo año, unas semanas más tarde de la instructiva clase, en la fábrica de mi padre decidieron hacer una huelga. El motivo era que les obligaban a hacer más horas de las convenidas y no se las pagarían. La explicación que daba la empresa era que si no tendría que cerrar, y más vale sacrificarse un poco para que existan más beneficios y así continuar produciendo. La situación se hizo extrema viendo yo como regresaba mi padre tarde a casa y sin ganas de darme las clases que tanto ansiaba.

En una reunión que hicieron en casa escuché cómo tomaban la drástica decisión, aun sabiendo las posibles consecuencias que acarrearía, de declararse en huelga, ilegal por aquél entonces.

Ese día, después de una larga tarde, llegó mi padre a casa junto con dos compañeros del sindicato. Aunque intentaron actuar con normalidad, yo pude advertir los rostros de preocupación, pero por mi corta edad, apenas 13 años, no me di cuenta de qué era lo que ocurría.

Unas nubes negras oscurecieron el cielo poco antes de lo normal. Se avecinaba una tormenta considerable y el cielo comenzó a parpadear en la distancia. En mi casa había un silencio terrorífico. Había algo que me asustaba, así que cogí un libro de la estantería y se lo di a mi padre. Le exigí gruñendo que me leyera algo de Machado, que hacía tiempo que no me recitaba nada.

Mi padre no se pudo negar. Intentó arreglar su expresión preocupada con una sonrisa cómplice. Miró a sus compañeros y éstos sonrieron. Uno de ellos me pasó la mano por la cabeza despeinándome y alabando mi entusiasmo por Machado. Después, y antes de que comenzara mi padre la lectura, se despidieron los compañeros con un abrazo significativo que pocas, o ninguna vez, había visto entre ellos.

Cuando cerraron la puerta, mi madre se dirigió a mi hermano, que permanecía todo el rato a mi lado, asustado por la tormenta. Él era 4 años más pequeño que yo. Le dijo que leería dos o tres poesías y después tendríamos que acostarnos. Sin haber otra alternativa, aceptamos la condición impuesta.

Una vez hubo leído unas páginas del libro, mi padre dio por terminada la sesión. Nos fuimos al cuarto los dos, aunque yo no muy convencido de lo que ocurría, así que dejé la puerta levemente entreabierta.

Entre la incertidumbre de una tormenta que se acercaba y la extraña expresión de mis padres, no pude dormir. Mi hermano tampoco, así que vino junto a mí. Intenté tranquilizarlo continuando con la lectura que inició mi padre.

Pasaron casi dos horas. Ya eran cerca de las doce de medianoche, y mis padres continuaban en el salón. Me acerqué a la puerta, desde donde los pude observar. Estaban los dos en el sofá, juntos. Mi padre rodeaba a mi madre con el brazo y ella tenía la cabeza apoyada en su pecho. No pude oír de qué hablaban, pero sí vi como sonreían y se acariciaban amorosamente como unos novios a escondidas de sus padres. A pesar de las circunstancias, se les veía felices.

La tormenta eléctrica ya estaba sobre nosotros, aunque el agua aguardaba en sus cómodas nubes el momento de saltar. Las brasas de la vieja estufa daban sus últimos alientos de calor. Mis padres decidieron irse al cuarto, y se incorporaron. Mi madre acabó de apagar el carbón incandescente de la estufa con un poco de agua que había en un vaso sobre la mesilla.

Tras un silencio hueco, cayó un rayo cerca de casa. Mi hermano y yo nos asustamos. Silencio, y otro rayo, éste más cerca. Iluminó toda la casa como si fuera un mediodía de junio. Después la luz se apagó.

Como un tercer rayo, cuando mis padres se encontraban cerca de su cuarto, alguien aporreó la puerta varias veces. Después se escuchó una voz sobria que gritó de forma exigente. No distinguí que dijeron, pero por la expresión de mis padres, no sería nada bueno. Mi padre tranquilizó a mi madre, que se dirigió hacia la puerta. Tenía la cara pálida, pero hizo un gesto para guardar la compostura. Mi hermano estaba junto a mí, aferrado con los dos brazos a mi pierna, invadido por el pánico. Él también estaba viendo lo que ocurría en el salón.

Unos golpes impacientes continuaban maltratando la vieja puerta, hasta que ésta se abrió. Por la puerta entraron dos siluetas grises, con un misterioso rostro espeluznante y capa oscura y mojada. Había empezado a llover.

De forma violenta apartaron a mi madre con un brazo firme y fuerte hacia un lado. Dijeron el nombre de mi padre y él afirmó con la cabeza. Lo agarraron del brazo y se dispusieron a llevárselo. Apenas mediaron palabras con nadie. Mi madre intentó interponerse en el camino de los asaltantes, pero éstos dijeron:

Nos lo llevamos detenido por incitar y ejecutar una huega ilegal entre otras cosas.

No se apartó mi madre y continuó increpándoles. Uno de ellos, tras un gesto soberano, golpeó en el vientre a mi madre para apartarla de su camino. Mi hermano y yo estábamos asustados, sin saber qué hacer, y mi madre cayó hincando las rodillas en el frio suelo de cemento.

Mi padre, al ver la agresión, intentó defenderla y se revolvió inútilmente, porque inmediatamente después de mi madre, le golpearon en la cara con el arma que les colgaba de los hombros. Mi hermano, al ver lo ocurrido, se escapó de mis brazos atónito, abrió la puerta con un movimiento espontáneo, y tras una carrera, le dio una patada en las espinillas con sus inofensivos piececitos al guardia que golpeó a mi padre. Pero éste, sin apenas inmutarse, mientras el otro seguía golpeando a mi padre, le procuró un terrible y fulminante culatazo en la cara, y mi hermano cayó inerte junto a mi madre arrodillada.

Quedó inconsciente. Yo salí a socorrerlo y estallé a llorar de rabia junto a mi madre, con la cara ensangrentada de mi hermano entre mis brazos y viendo como casi a rastras se llevaban a mi padre, aturdido por los innumerables golpes que le asestaron. Aquella vista hacia el umbral de la puerta quedó iluminada por un último rayo testigo, que quiso fotografiar la imagen que marcaría mi vida.

Después de ese día, estuve durante 25 años cuidando de mi hermano, afectado por parálisis cerebral a causa del golpe. Apenas podía comer solo y sus últimos días los pasó entre pañales y pesadillas.

Mi madre fue cabalgando de depresión en depresión hasta que un triste día de otoño, un año después de la muerte de mi hermano, madrugó para arrojarse a la vía del tren, atormentada por los recuerdos y la fortuita soledad.

A mi padre se lo llevaron a la cárcel aquella noche del 56, donde le propinaron otra paliza. Le interrogaron, le torturaron y le juzgaron ese mismo día, y esa noche fue su última noche. Una bala, verdugo sin nombre, se le incrustó en la espalda, en un camino apartado del pueblo. Después de aquella noche, justo al alba, llegó la noche de mi padre.

Yo, ahora soy profesor de Historia e intento que nadie olvide lo que pasó en el pasado, para que nunca más se repitan las plagas exterminadoras de la inconsciencia humana y nadie sea castigado por querer defender sus derechos. Allá donde voy llevo conmigo un libro de historia, otro de Machado, y un recuerdo que muere al alba.

 

Santi Moreno (Madrid)
(Emitido el 08-07-2001)
Epílogo musical: "Al alba" (de Luis Eduardo Aute)

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26- ¡A LA HOGUERA!

Hoy nos ha atrapado la guardia. Nos persiguieron por el callejón del Pelegrino, el que da al espeso bosque que hay tras la ermita de Nuestra Señora del Camino. Luego corrimos por entre las altas hierbas buscando un hueco donde guarecernos, un tronco hueco o una madriguera grande. Pero no, esta vez no, no hemos encontrado nada, nos ha sido imposible escondernos, así que seguimos huyendo hasta llegar al otro lado del bosque por la parte del puente que cruza el Salvador.

Bajamos a toda prisa por la calle de las Ánimas, pero al llegar a la plaza de la iglesia de Santa María la Mayor nos han cogido. Todos los callejones que daban a la plaza estaban cerrados por guardianes, todos ellos vestidos de la misma forma, con blanca camisola que cubre su plateada armadura, y en el centro del pecho y de la espalda una enorme cruz roja y negra por los bordes. Todos con la misma expresión en la cara, un rostro que sólo refleja frialdad, indiferencia, odio... Todos dispuestos a batirse hasta la muerte, si era preciso, en una infernal cacería de brujas.

En el centro de la plaza un tablado, y encima de éste una estaca clavada en vertical, y a ella una mujer atada de espaldas con sus manos rodeando el delgado tronco. Había dos hombres acomodando alpacas de paja a su alrededor. Rellenaban todos los huecos con pajas sueltas, ramas secas y demás. Cuando estuvo lista, el obispo de la ciudad de Catán se dispuso a juzgarla.

Esta mujer ha sido acusada de brujería –dijo mirándola de forma acusadora–. ¿Lo niegas? –añadió con sarcástica ironía.

La muchacha, de unos 17 años, le dirigió una rápida mirada. ¡Dios mío!, en mi vida he conocido a nadie que pudiera reflejar tanto odio, tanta ira, tanta cólera en una sola mirada como aquella joven.

¡Sí! –gritó desesperada.

¿Lo veis? –volvió a preguntar el obispo–. ¡Es una bruja! –afirmó por fin–. ¡Inquisición! –gritó apuntando con el dedo índice de su mano derecha hacia el cielo.

Luego, colocó su enorme sotana negra abotonada hasta los pies y se dirigió a una butaca que se hallaba situada al otro lado del estrado, un trono digno de un rey. Se sentó en él y se dispuso a contemplar el espectáculo.

Se hizo el silencio en la plaza repleta de gentes, y cuando se acomodó, elevó levemente su mano derecha, y a esta señal los jóvenes soldados, que anteriormente prepararan el infierno en que se hayaba la muchacha, prendieron fuego a las pajas que la rodeaban por dos sitios diferentes.

El fuego se extendió rápidamente. La joven comenzó a moverse con violencia para intentar así desatarse, pero todos sus esfuerzos fueron en vano. No lo consiguió. Un alarido de dolor salió de su delgado cuerpo cuando las primeras llamas comenzaron a abrasar sus piernas. Sus cabellos largos, negros como el carbón, lisos, se rizaron y consumieron cuando el fuego llegó a su cintura. Gritando, llorando, retorciéndose de dolor, berreaba y suplicaba clemencia. Pero a cambio sólo recibía acusaciones, bromas y abucheos de los presentes.

Cuando tras un último y desgarrado aullido su cuerpo carente ya de vida cayó yerto al suelo esperando ser consumido pasto de las llamas, la multitud que poblaba la plaza comenzó a aplaudir, a comentar el grandioso espectáculo que había acaecido hacía unos instantes. Silbidos y gritos se sumaban al alboroto. Enormes sonrisas se reflejaban en los rostros de las gentes. Todos reían, se sentían felices, y a mí me daba náuseas de verles. Tenía ganas de llorar. No podía entender cómo la gente disfrutaba del dolor ajeno. Y supongo que Tomás y Laura sentían lo mismo que yo por la impotencia que se percibía en sus rostros, que no era mas que un reflejo del desacuerdo que sentían con las gentes de este extranjero país al que habían llegado y que tan diferentes eran de aquel del que provenía.

¡Brujas! –se oyó por toda la plaza–, ¡Brujas!

Pude comprobar cómo Tomás, que por su altura sobresalía del resto de los presentes, miraba despavorido a su alrededor, buscando el lugar del que provenía la voz. Pero no le dio tiempo a reaccionar. Cuando quiso darse cuenta dos soldados se le echaron encima. Otro más, que llegó por detrás de los primeros, capturó a Laura y un cuarto, al que ni siquiera vi llegar, se abalanzó sobre mí, impidiéndome realizar movimiento alguno. Es más, apenas me dejaba respirar. Tomás me miró como si quisiese suplicarme perdón.

Tras la humillación pública, diversos abucheos, empujones, escupitajos e insultos, los guardias nos trasladaron al calabozo, que estaba situado en el subsuelo de la iglesia y que sólo tenía acceso por la puerta de atrás. Al llegar nos empujaron para que entrásemos en una de las dos celdas de las que disponía el sótano, si es que se puede llamar así. Laura, Tomás y yo, desgraciadamente ya habíamos pasado algún tiempo en diversas prisiones por nuestra condición de viajeros extranjeros, pero ninguna de ellas había presentado una estancia tan penosa.

Las paredes estaban llenas de desconchones por la humedad, en algunas de ellas incluso había moho. El suelo, con unos baches y desniveles bastante considerables, estaba lleno de barro, polvo, incluso grandes charcos de agua. Se veía correr a las ratas. La ventilación era casi nula. Tan solo había dos ventanucos rejados, situados a ambos extremos de la habitación y a una altura inalcanzable, por los que se oía el bullicio de la plaza. Los barrotes de oxidado hierro, que cerraban las diferentes rejas, estaban situados unos de otros una distancia ridícula, casi no cabía un solo brazo por ellos. El ambiente era húmedo y frío. Había filtraciones por casi todas las paredes y un hedor a orín y sudor lo invadía todo.

Compartíamos celda con una niña de unos 15 años que lloraba acurrucada en un rincón, protegiéndose del espantoso frío con una manta vieja. Apenas nos miró cuando entramos.

¡Hola! –dijo Laura.

La miró sólo un instante. ¡Qué inocencia reflejaba en sus ojos!

Era mi hermana –dijo mientras una lágrima rodaba por su mejilla y se la limpiaba con la manta que la cubría–. Mis padres murieron. Sólo la tenía a ella. ¡No somos brujas! –aseguró–. El chico que estaba enamorado de ella nos denunció porque le rechazó. ¡Pero no somos brujas!

Mientras nos contaba esto, sus pupilas llameaban incesantemente. Pudimos percibir su tristeza y nerviosismo a pesar de nuestra angustia.

A nosotros nos han detenido por ser extranjeros –le informé–. No hemos cometido ningún delito –le expliqué.

¡No puede ser! –dijo Tomás.

Y tomándonos a parte a Laura y a mí, nos anunció:

No podemos dejar que ella muera como lo ha hecho su hermana. ¡Es sólo una niña! –señaló–. ¡Hay que sacarla de aquí como sea! ¿Qué sabes sobre los cambios de guardia? –le preguntó.

Se realizan tras las campanadas de las nueve y de las doce. El siguiente ya es mañana –respondió la niña, algo sorprendida por la pregunta.

Bien, tenemos poco tiempo –nos anunció Tomás–. Buscad todas una barra con la que podamos apalancar los barrotes de la ventana.

Estuvimos buscando algo que nos sirviera por toda la celda hasta que nos dimos cuenta que lo único que podía valernos era un trozo de barrote que se encontraba en el suelo de la celda que había enfrente de la nuestra. Pero estaba demasiado lejos, era incluso innaccesible para los largos brazos de Tomás. Pero a la niña se le ocurrió una idea. Atamos unos a otros nuestros cinturones, y del extremo del último una piedra. Y así logramos, aunque con mucho esfuerzo, acercar el ansiado barrote.

Esperamos a las nueve acurrucándonos los cuatro juntos para darnos calor, y justo tras la primera campanada que sonó, pusimos en marcha nuestra operación.

Yo, que a parte de ser más grande soy más fuerte que Laura, me coloque a cuatro patas bajo la ventana sirviéndole de escalón a Tomás, que forzó los barrotes hasta que quedó un hueco suficiente para que cupiese la niña. Luego Laura la cogió en brazos y se la pasó a Tomás, que la ayudó a escapar por la ventana.

¡Venga! –dijo la niña una vez fuera– ¡Salid antes de que venga la guardia!

Le dijimos que no podía ser, que nosotros éramos demasiado grandes para colarnos por el agujero. Pero ella se negó a irse sola. Intentamos convencerla, hasta que nos dimos cuenta de que el delgado cuerpo de Laura sí que cogía por el hueco de los barrotes. Pero ella se resistía a escapar sin nosotros, hasta que vio la cara de súplica de la niña que la esperaba fuera.

La ayudamos a salir. Escuchamos el resonar de sus pasos corriendo por el callejón arriba, hasta que el saludo de unos guardias a otros apagaron su sonido.

Debieron pasar muchas horas hasta que se dieron cuenta de que las rejas de la ventana habían sido forzadas, ya que cuando lo descubrieron ya despuntaba la aurora. Dos guardias entraron en el calabozo y maldiciéndonos por haber ayudado a escapar a nuestros compañeros, se llevaron a Tomás, cogiéndolo por los brazos como si fuera un muñeco. Pude oír sus quejas cuando lo subieron arrastrásdolo por la escalera hasta otra habitación. De vez en cuando escuchaba algún grito de dolor, alguna súplica. Luego, silencio, quejas otra vez, de nuevo silencio, quejas, y tras éstas últimas, nada más.

Era Tomás, conocía su voz, y al no volver a oírle me temí lo peor. Pero no, lo trajeron más o menos a la hora de comer y lo empujaron para que entrara en la celda haciéndolo rodar por el suelo. Corrí hacia él, me arrodillé a su lado y pude comprobar que tenía el cuerpo lleno de magulladuras, golpes y heridas. Apoyé su cabeza sobre mis rodillas y suspiró.

Los dolores que le ocasionaban los latigazos que le habían dado por todo el cuerpo debían de ser insoportables.

¡Sálvate! –me dijo mirándome a los ojos–. ¡Huye de este infierno!

Y tras un último suspiro, su cabeza se desplomó sobre mis piernas. Había muerto.

Grité y maldije a los hombres que lo habían matado. Una de mis lágrimas cayó sobre su cara. Cerré sus ojos, que aún tenía abiertos, y me separé de él.

Pasé el resto del día acurrucada en un rincón envuelta en la misma manta en la que encontramos a la niña. De vez en cuando me volvía para verle, pero no me gustaba. Me asustaba, me hacía pensar. Espero que a Laura y a la niña les haya ido bien.

Hace un rato un guardia ha venido a avisarme de que se me juzgará a las siete en punto.

Ya sé cual será la sentencia.

 

Pilar Martínez Segueiros (Villanueva de la Torre, Guadalajara)
(Emitido el 23-09-2001)

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27- LA PUERTA DE LOS ÁNGELES

La idea surgió de repente, como un relámpago. Ojeando los anuncios del periódico observó la cantidad de corazones solitarios que desde sus páginas reclamaban un poco de cariño, o tal vez algo de compañía. Fue entonces cuando se le ocurrió. Su vida era demasiado aburrida últimamente y pensó que un poco de diversión no le iría nada mal.

Se consideraba un tipo atractivo y podía conseguir todas las chicas que quisiera. Pero sus ligues ocasionales le resultaban monótonos y habían empezado a hastiarle hacía tiempo.

Al principio no sabía como enfocarla, pero en seguida empezó a tomar forma en su mente y le pareció una idea diabólica. Tenía que planificar bien todos los detalles y no dejar nada al azar para conseguir su objetivo, que no era otro que pasarlo bien aun a costa de hacer daño.

En primer lugar debía elegir cuidadosamente el lugar de la cita. Descartó lugares concurridos del centro de la ciudad para evitar malentendidos con la gente que pasara por allí, y se decidió por "La Puerta de los Ángeles", no por su belleza ni por la romántica historia que le dio nombre, sino por su estratégica situación frente a una cafetería desde cuyo ventanal podría ver sin ser visto. Y si la chica era atractiva y la cita valía la pena, una puerta lateral le permitiría salir subrepticiamente del local y presentarse como el chico del anuncio. Si no, observaría impasible como la chica desesperaba ante su tardanza y al final acababa yéndose al mismo tiempo que sus ilusiones. ¿Cruel? Tal vez, pero muy divertido.

Escogió una referencia entre todos los anuncios y escribió un breve mensaje:

Para la referencia 473. Jueves 12, 7 de la tarde, Puerta de Los Ángeles.
Llevaré una rosa para ti.

La metió en un sobre y dio un paseo hasta las oficinas del periódico.

Los días de espera los invirtió ultimando pequeños detalles de su juego. ¿Debería vestirse de manera informal, o más elegante? Si la chica era atractiva, ¿cómo se presentaría ante ella? ¿Dónde podría llevarla? Y si no lo era, ¿debería seguirle para ver de cerca su decepción, o sería más divertido imaginarla? También trataba de imaginarse el aspecto físico de las chicas, y se preguntaba cuántos "cardos" se presentarían antes de que lo hiciera una un poco atractiva.

Los días pasaron con rapidez, y el día de la cita salió a la calle con tiempo suficiente para escoger su observatorio. Desde su mesa podía ver no sólo la Puerta de los Ángeles, sino también sus calles adyacentes. Había elegido una hora en que se veían pocos transeúntes por la zona, por lo que le sería fácil reconocer a la chica.

Se sentía un poco incómodo en su traje, pero a última hora decidió que incluso en la primera cita podía surgir un buen plan y no quería quedarse fuera de juego a causa de una imagen desaliñada. No tuvo que esperar demasiado tiempo a que alguien apareciera.

Minutos antes de la hora vio una figura regordeta con un aspecto bastante vulgar. Sus facciones no eran en absoluto bonitas, y bien podría pasar desapercibida entre la multitud: Una chica que no haría perder la cabeza a un hombre. Su aspecto no le cogió de sorpresa, aunque quedó un poco decepcionado porque tal vez en el fondo esperaba algo más. Al poco rato ya denotaba un cierto nerviosismo que le obligaba a mirar el reloj continuamente. Se dedicó a mirarla mientras daba largas caladas a su cigarrillo y apuraba su segunda copa, y dejó pasar el tiempo lentamente.

Durante un par de meses siguió su juego con algunas variantes. Unas veces esperaba en el bar hasta que la muchacha se hartaba de mirar a todas partes esperando ver aparecer a un hombre con una rosa, hasta que la veía desaparecer con la expresión triste y los ojos húmedos. Otras, las seguía hasta su casa, e incluso accidentalmente la rozaba o tropezaba con ella, intercambiaba algunas palabras de disculpa. Le gustaba esa temeridad de acercarse a sus víctimas sin ser descubierto, sin sospechar siquiera que tenían ante sus narices al hombre que se había reído de ellas.

Al principio fue divertido, pero ya empezaba a cansarse, y le aburrían las tardes observando a unas chicas mediocres que no tenían el menor interés para él.

En las primeras citas tenía la esperanza de le surgiera un buen plan, pero ahora decidió dar por terminado su juego. Sin embargo, una última cita, tal vez... Redactó su mensaje y lo envió.

El día señalado llegó como de costumbre y se sentó frente al ventanal. El reloj marcaba unos minutos más de las siete y eso le hizo inquietarse: en dos meses nadie se había retrasado. Pensó que tal vez no mereciera la pena esperar.

Cuando se disponía a marcharse la vio. Al principio le parecía un espejismo, un ángel que hubiese traspasado La Puerta de los Ángeles para estar con él. De una belleza perfecta, como esas modelos de televisión que no parecen exisitir en la realidad porque nadie se las cruza por la calle. Era un sueño, su sueño, y por unos minutos la miró extasiado.

Buscó nervioso la rosa que tanto tiempo había guardado para ella y salió precipitadamente del local. En la callé intentó calmarse un poco, y logró dar una falsa imagen de serenidad caminando hacia ella con su mejor sonrisa.

Cuando la tuvo enfrente se presentó, modulando una voz fuerte y varonil.

Hola, soy el chico del anuncio. Esta rosa es para ti.

Algo en la chica le desconcertó. Su reacción al verle no fue la esperada. Le miraba de arriba a abajo. En sus ojos había una expresión muy parecida al desprecio y sus labios dibujaban una cínica sonrisa.

Se quedó quieto soportando su mirada, incapaz de decir una palabra. Y cuando intentó balbucear algo, ella le cortó con una sola frase:

Lo siento. No eres quien espero.

Dio media vuelta y se marchó, dejándole una rosa marchita entre las manos.

 

María Esther Genovés Placet (Cabañas de Ebro, Zaragoza)
(Emitido el 07-10-2001)

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28- HISTORIA DE UNA FOTO

Esta es mi historia, y tal vez mucha gente no la comprenda, o simplemente crean que es mentira, pero yo sé que es verdad por muy duro que parezca, y tal vez para meditar sobre ella he decidido escribirla rodeada de esta oscuridad que cada vez me rodea más y más.

Todo empezó cuando era muy pequeña. Mi padre murió cuando yo era una cría, y con él mi felicidad, puesto que era mi único apoyo y el único que me había querido de verdad. Cuando yo nací, mi madre sufrió una depresión post-parto o algo parecido que la llevó a aborrecerme y que nunca pudo superar. Tal vez, por costumbre o por comodidad, el caso es que se convirtió en algo natural para ella y nunca me había considerado su hija, ni siquiera una persona. Para ella yo era un mueble que había que alimentar, al contrario que mi padre, que siempre me había demostrado un gran afecto, y entre nosotros había una especie de vínculo especial.

Mi padre estuvo gravemente enfermo durante tres meses, sufriendo un cáncer que le postró en cama sin poder levantarse. Y durante esos tres meses tortuosos yo no me moví de su lado. Su mayor preocupación era yo, puesto que veía que mi vida sin él era incierta debido a la actitud de mi madre. ¿Quién me iba a defender ahora de ella? Era lo que le preocupaba y le retenía para empezar su nuevo viaje, en el que tardaríamos mucho en volvernos a ver. O quizás no.

En las últimas semanas mi padre me decía constantemente "No me iré. Me quedaré y te protegeré. Siempre estaremos juntos". Yo lloraba, puesto que me daba cuenta de que no podría ser, y que el final estaba más cerca porque ya empezaba a delirar. Luego me daría cuenta de que la que deliraba era yo, y que mi padre era mucho más fuerte de lo que yo podía ver.

Finalmente mi padre murió, y yo con él. No me interesaba nada en absoluto, simplemente veía pasar los días como alma en pena, ya que aunque era pequeña, siempre había demostrado una gran madurez. Hasta que un día, mientras estaba en mi habitación, una ráfaga de aire sopló y un escalofrío me atravesó. Sin saber por qué, empecé a llorar de felicidad, como si alguien me hubiera devuelto el alma. Me sentí nueva, y sabía que de alguna forma mi padre había conseguido su propósito de no abandonarme y que siempre estaría conmigo, pasase lo que pasase.

Mi madre había decidido terminar con el luto y empezó a traer hombres a casa. Pero cada vez era más frecuente y de peor calaña. Pero hubo uno en especial que me marcaría para toda la vida: Juan.

Yo había cumplido los 17 años y la razón por la que no me fui de casa fue Miguel, mi hermano pequeño de 7 años, el cual había nacido como fruto de una relacción esporádica de mi madre con un viajero que estaba de paso en el pueblo. Sabía que si yo me iba de casa Miguel se quedaría solo, ante mi madre y sus acompañantes, y nadie le podría defender.

Por estas fechas fue cuando mi madre conoció a Juan. Era un hombre corpulento, de unos 47 años de edad, y trabajaba en la construcción. Tenía unas grandes manos ásperas, duras, y emitían un olor tan fuerte a tabaco que obligaba a retirarte de él. Un día Juan estaba en casa viendo la tele como si de su propia casa se tratara, tumbado en el sofá, con sus sucios pies descalzos apoyados encima de la mesa, y bebiendo suficiente cantidad de cerveza como para matar a un elefante. De pronto me chilló que le trajera más bebida. Yo me negué. La verdad es que, desde la muerte de mi padre, había cambiado mi carácter. Me hice mucho más fuerte y no dejaba que nadie me explotara y ni me tratara como un desperdicio, y mucho menos aquel engendro de persona. Gracias a esto fui capaz de enfrentarme a mi madre y tal vez la única forma que tuve de defender mi propia vida.

Por todo ello, cuando Juan me pidió más cervezas de aquel modo, me negué. Él se levantó del sofá y vino hacia mí insultándome y moviendo sus peludos brazos con énfasis. Yo, mientras, intentaba parecer más fuerte de lo que era en aquel momento, puesto que Juan era un hombre bastante corpulento, y porque no quisiera, me impresionaba. Por ello estaba quieta, mirándole a los ojos, paralizada por el terror de que me pudiera pasar lo peor. De pronto me dio una bofetada en la cara que me hizo perder el equilibrio y caer contra una mesilla, tirando al suelo lo que en ella había, en especial una foto de mi padre que había obligado a mi madre a dejar ahí, aunque ella se negó, puesto que en el fondo mi padre fue uno más en la larga lista de relacciones de mi madre, y al que nunca quiso de verdad.

En todo esto pensaba mientras caía al suelo, mirando fijamente cómo se rompía el cristal del marco de la foto al tocar al suelo. No sé como, conseguí levantarme poco a poco, apoyándome en la pared. Empecé a notar aquella sensación de felicidad que me embargó aquella vez, mientras un calor repentino me invadió, y sentí una fuerza sobrehumana. Y supe que era mi padre.

Lo único que recuerdo es que me desperté en el sofá arropada como si un ángel me hubiera depositado ahí. Fueron los gritos desgarradores de mi madre los que me sobresaltaron. Me levanté y vi en el suelo del salón el cuerpo sin vida de Juan, que flotaba en un charco de sangre.

Yo estaba desconcertada, sin saber qué hacer o qué decir. Lo último que recordaba era la foto rompiéndose en mil pedazos contra el suelo. Mi madre me miró como si tuviera la peste, y no sabía por qué, hasta que seguí sus ojos hasta el lugar a donde miraban: Mis manos, en las cuales había un cuchillo ensangrentado al igual que toda mi ropa. Empezó a gritar, y yo, sin poder moverme, intentaba recordar qué era lo que había pasado. Pero no pude.

Llegó la Policía a casa y me llevaron al cuartel de la Guardia Civil, aunque no pude articular palabra. Me sentía como si estuviera en un sueño del que despertaría de un momento a otro. Y con el paso del tiempo veía que lo que había sucedido, fuese como fuese, había pasado de verdad.

Hubo un juicio, claro está que yo era la presunta asesina. Y mi confusa declaración de los hechos no hizo mas que agravar mi situación. Finalmente fui condenada a 5 años de cárcel gracias a mi madre, que me culpó sin dudar y sin remordimientos, ya que veía en la Justicia una buena forma de librarse de una carga más.

A lo largo del juicio se fueron atando las diferentes pistas que consiguió la Guardia Civil para resolver el caso, resumiendo el crimen más o menos del siguiente modo:

"La víctima, J.G.F., de 47 años de edad, golpeó a la asesina –yo–
produciéndola una brecha en la parte superior izquierda de la
cabeza –de la que ni siquiera me percaté–. Los dos forcejearon y
la asesina cogió un cuchillo de procedencia desconocida y le
asestó a J.G.F. tres puñaladas en el costado derecho y otra más
que le atravesó el corazón, produciéndole la muerte instantánea".

Aquí estoy, escribiendo mi historia como último testigo de lo que verdaderamente pasó, ya que a lo largo de los 3 años y 15 días que llevo en la prisión he tenido tiempo de meditar sobre lo sucedido. Y ahora más que nunca sé que fue el espíritu de mi padre quien me defendió en aquel momento, como de verdad me prometió antes de morir, apoderándose de alguna forma de mi cuerpo. Pero también hubo algo positivo. Gracia al juicio mi madre quedó incapacitada de cuidar a mi hermano Miguel. Le retiraron su custodia, dándole a una familia adoptiva que le pudiera ofrecer un futuro.

Por todo ello, ya que nada me une aquí, puesto que mi hermano es joven para empezar de nuevo y olvidar todo lo malo, he decidido ir junto a la persona que me ha querido de verdad, mi padre.

 


 

Esta es la carta que me dio Carmen, su autora, poco antes de ahorcarse en un pequeño rincón oscuro de su celda, y que después de meditarlo durante bastante tiempo, me he decidido a mandaros para que sirva de homenaje a una víctima anónima más, que nunca será famosa, pero que vivió como cualquier otra persona buscando su felicidad. Y estoy segura de que por fin la encontró, ya que cuando la descubrieron a primera hora de la mañana, estaba tumbada en su cama con las manos juntas sobre su corazón, agarrando una foto donde aparecía un hombre sonriendo junto a una pequeña niña. Y en la cara de Carmen aparecía una extraña sonrisa de felicidad que inspiraba una tremenda paz. Y mientras que colgando inexplicablemente del techo todavía se balanceaba una pequeña cuerda que había acabado con la vida de Carmen, creando una duda que nadie pudo resolver: ¿Cómo llegó el cuerpo de Carmen hasta la cama? ¿Y quién o qué lo descolgó?

Desde entonces conservo la foto para no olvidar nunca lo que sucedió, y como recuerdo de que la felicidad se puede encontrar tarde o temprano.

 

Laura Montero Elvira
(Emitido el 07-10-2001)

Tema musical de fondo: "Homer returns to the Orphanage" (de David Snell, John Lenehan & Orchestra,
de la banda sonora de la película "The Cider house rules / Las normas de la Casa de Sidra", 1999).

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29- AMOR PARA SIEMPRE

(Dedicado a Marta)

A Manuel lo conocí en el colegio. Nada más conocernos nos hicimos amigos inseparables. Donde iba uno el otro le seguía. Compartíamos nuestros secretos, nuestros deseos, como si fuéramos hermanos. Él era de esos chicos que siempre se le escuchaba cuando hablaba, pero tampoco se consideraba un líder, es más, tampoco le gustaba destacar demasiado.

Siempre me acordaré de nuestras primeras conversaciones de chicas. Él siempre lo tuvo claro desde el principio, sólo se enamoraría de una chica en su vida, y con ella viviría hasta el final de sus días. Nuestos amigos se reían de él porque creían que eso no era posible, ya que nadie sabe quien es su pareja ideal, y yo al principio pensé que con el tiempo cambiaría de opinión, pero al pasar el tiempo me di cuenta que lo dijo seriamente.

Fue una noche de verano cuando conoció a María. Estábamos en una carpa disfrutando de nuestras vacaciones cuando sus miradas se cruzaron. Supongo que hubo algo especial entre ellos porque fue conocerse y no separarse en toda la noche.

Ella no tenía nada especial en su físico que destacara, pero en cambio me pasó como cuando conocí a Manuel. Cuando estaba con ella me encontraba a gusto, tranquilo, como si siempre hubiera estado con nosotros.

Pasaron los meses y su relacción se fue consolidando, y nadie dudaba de que aquella era una pareja perfecta, incluso hacíamos bromas de lo pronto que nos iríamos de boda. Hasta que llegó ese día...

Fue un día de verano el que decidimos ir a la playa con nuestos amigos. El día era perfecto: soleado y caluroso, de esos que te dan ganas de ir a la playa y estar en el agua porque el sol picaba como nunca. Estuvimos casi toda la mañana en el agua, jugando, y después estuvimos otro rato en las toallas, secándonos. Luego los chicos nos quedamos jugando a fútbol en la arena, y las chicas tomando el sol. Todas menos María, que le gustaba estar todo el día en el agua, como los peces. Era quizás la única diferencia que tenían ellos dos. A Manuel no le gustaba estar mucho rato, quizás porque no sabía nadar demasiado bien, y María al revés, no le gustaba estar en la arena porque se aburría. Cogió su colchoneta y comenzó a nadar hasta un sitio donde se paró y se tumbó a tomar el sol encima de esa pradera azul que era el mar.

De repente el tiempo cambió. El cielo se cubrió de nubes negras amenazadoras de lluvia y el mar comenzó a rizarse, y esa pradera se convirtió en una cordillera montañosa. Preocupados, miramos en dirección a donde estaba María. Seguía en su colchoneta tumbada, supongo que se quedó dormida, y todos empezamos a llamarla. Se despertó, y al darse cuenta de lo que pasaba, empezó a remar con los brazos para dirigir la colchoneta a la orilla. Pero las olas la devolvían al mismo sitio de antes. Le gritamos que se lanzara al agua, y después de pensárselo, se lanzó y la vimos nadar con fuerza unos instantes, hasta que se hundió y no la vimos subir de nuevo.

Manuel no aguantó más y fue para la orilla. Dos de nuestros amigos lo retuvieron, pero consiguió soltarse. Sus últimas palabras fueron "Morir con ella será vivir para siempre". Y lo vimos cómo nadó con fuerza, como nunca lo había hecho, hacia el lugar donde había desaparecido su amor, su vida. Después su ritmo fue haciéndose cada vez más lento, hasta que una ola se lo tragó y no lo vimos nunca más con vida.

Cuando amainó la tormenta, salieron en su búsqueda hasta que oscureció por completo. Al día siguiente una persona los encontró en una pequeña cala muy cerca de la playa donde estuvimos el día anterior. Los encontraron juntos, abrazados el uno al otro, porque ni la muerte los pudo separar.

Cada año, el día de San Valentín, nos reunimos todos sus amigos en aquella cala donde los encontraron, porque preferimos no recordarlos en un día triste y hacerlo en un día de amor como fue el suyo, un amor para siempre.

 

Jesús María Valencia Caballero (Badalona - Barcelona)
(Emitido el 28-10-2001)

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30- TARDE PARA COMPRENDER

­Papá, papá! ¡Ven, corre, mira! –gritaba la pequeña Laura mientras sus pupilas se dilataban con rapidez.

Laura, ya te he dicho muchas veces que no nos dés esos sustos. ­Rhina, corre, ¡llama al doctor! Es Laura, otra vez.

La niña se sentó en una mecedora de color ébano y comenzó a balancearse. Ese movimiento le tranquilizaba y le producía sueño. Podía recordar cuando apenas era un bebé y su madre la cogía entre sus brazos. Podía recordar el suave olor de su cabello y sus suaves manos acariciando su pequeña carita. Podía recordar los días grises de lluvia en los que ella se sentía tranquila y segura en su regazo. Podía recordar tantas cosas....

Hola, buenos días, Sr. Robert.

¡Hola, qué tal! ¿Cómo se encuentra Laura?

Bueno doctor, ha tenido otra de sus crisis en las que dice ver a su madre caminando por el jardín y sumergirse en la piscina. Ella, doctor, estaba pálida y yo..., yo no sabía que hacer. Ahora está sola en su habitación. Pero pase, venga a verla.

Laura... Hola cariño. ¿Qué pasa? Tienes que dejar de intentar mantener viva a tu madre. Ella está en el cielo, no regresará con nosotros.

Sí doctor, ella volverá, no me ha abandonado nunca y no lo hará ahora.

Vamos pequeña, intenta dormir –le dijo el doctor mientras acariciaba sus suaves mejillas.

No se preocupe Sr. Andrew, su hija se pondrá bien, sólo está en estado de shock por todo lo sucedido. Piense en lo duro que ha sido para ella perder a su madre con tan solo ocho años. Que se tome estas pastillas, una cada cuatro horas, y si tiene alguna crisis, déle dos de golpe. ¡­Ah!, y déle también un poco de tiempo.

­Ella es tan pequeña y quería tanto a su madre... –dijo el Sr. Andrew mientras resbalaba una lágrima por su mejilla–. Bueno, Sr. Robert, gracias por todo.

No hay de qué. No dude en llamarme si algo ocurriera.

Rhina, acompaña al Sr. Robert a la puerta.

Sí señor.

El doctor se marchó y el ambiente que se respiraba en la casa de los Andrew estaba enrarecido.

Laura, cielo, hazle caso al doctor y duerme un poco. Te sentará bien.

No papá, yo estoy bien y mamá también. Créeme, está con nosotros, no nos ha dejado como dice el doctor y el resto de la gente. ¿No la ves papá? ¿De verdad no la oyes?

¡­Basta Laura!, me estoy volviendo loco. Hay que aceptar la verdad. Ella está muerta y no volverá más.

La niña corrió a su cuarto con los ojos empañados en lágrimas. No quería escuchar todo aquello. Ella sabía que no sufría alucinaciones como pensaba el Dr. Robert.

El verano pasó y Laura se convirtió en una niña frágil, triste, apagada. Las pastillas del doctor la mantenían dormida la mayor parte del día. Lo peor vino en invierno. El colegio, las obligaciones y siempre esa enorme tristeza que sentía al no ser comprendida por su padre, al que ya no le explicaba nada. Este a su vez pensaba que las pastillas del doctor habían funcionado y que su pequeña estaba mucho mejor.

Laura en sus ratos libres solía pasear por el jardín y se sentaba al borde de la piscina donde tantas veces había estado con su madre.

Una noche se levantó sobresaltada y, sin saber por qué, salió al jardín. De puntillas, sin hacer ruido para que nadie la pudiera oír.

Al salir al jardín vio a su madre junto a la piscina.

¿Mamá? ¿Mamá? –gritó la pequeña.

Sí pequeña, soy yo.

Laura corrió a su lado. ¡­Qué sensación sentir de nuevo sus manos acariciando su carita y la dulce fragancia de su pelo!

Laura, ¡­te quiero! Ven conmigo.

La pequeña abrazó fuerte a su madre. Sintió una extraña sensación. Tenía mucho frío, pero a la vez se sentía protegida y arropada en el regazo de ella.

A la mañana siguiente el cuerpecito inerte de Laura flotaba en la superficie de la piscina. Llegó la Policía, las ambulancias, el Dr. Robert, mientras el Sr. Andrew yacía tendido en la hierba inmóvil, aterrado, con un trozo de papel en su mano que decía: "Papá, ven con nosotras. Firmado: Laura".

Entonces, sin saber por qué, empezó a creer en su pequeña, en lo que decía. Las palabras de Laura rebotaban en su cabeza y casi no le dejaban respirar.

Al día siguiente le llegaron los informes del presitigioso grafólogo al que había sometido el sospechoso escrito. Esa nota había sido escrita por Laura ocho horas después de su muerte.

Hola Sr. Andrew, ¿qué tal se encuentra?

Debí creer en Laura, mi pequeña, pero ahora ya es demasiado tarde. Tarde para comprender...

Y un disparo se escuchó en la mansión, y después un terrible silencio.

 

Eva Asensio Villalba (Barcelona)
(Emitido el 11-11-2001)

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31- 24 HORAS

Sonó el despertador. De entre las sábanas surgió una mano que apretando un botón detuvo el irritante zumbido, aunque Marta, nuestra protagonista, llevaba despierta ya varias horas. "Un día más", pensó mientras se levantaba para ir al baño. Allí se duchó. Después se vistió y tras tomar un café con leche, abandonó la casa.

La calle aparecía engalanada con verdes guirnaldas imitando hojas verdes de las que colgaban unas campanillas de cartón-piedra coloreadas en tonos plateados. Los escaparates de los comercios aparecían adornados con alegres y multicolores motivos navideños. Música de alegres villancicos se escuchaba por la megafonía instalada en el barrio para terminar de alegrar el ambiente.

Pero Marta caminaba ajena a la alegría de estas fechas. Si hubiera podido habría cerrado los ojos para, al abrirlos, ver que todo se hubiera terminado. Necesitaba encontrarse consigo misma y aclarar sus cada vez más confusos pensamientos.

Harta de todo había pedido una excedencia en su trabajo de cuyo ambiente había terminado asqueada, puesto que allí todo eran intrigas y maniobras en su contra provocadas por las envidias de sus compañeros y jefes, disgustados por su carácter demasiado noble, recto y trabajador, que veían en ella un rival al que había de derrotar si no querían verse desplazados de sus puestos.

Por si esto fuera poco, en el terreno sentimental todo habían sido fracasos, pues los hombres con los que había tenido relación solamente veían en ella la mujer que había que llevarse a la cama sin tener en cuenta ningún otro tipo de sentimiento.

Ensimismada en sus pensamientos caminaba sin rumbo por un parque, cuando oyó que la llamaban por su nombre. Marta se volvió para encontrarse de cara con un anciano pulcramente vestido que la miraba fijamente al rostro, con unos ojos azul-cielo cuyo extraño brillo le impresionó.

¿Usted me conoce? –le preguntó extrañada.

Yo conozco a todo el mundo –respondió el viejo–, pues tarde o temprano cualquier humano se viene conmigo. Soy la Muerte y he venido a buscarte.

Marta pensó que se trataba de algún loco, pero al volver a mirarle fijamente los ojos vio como ante ella desfilaba toda su vida en pocos segundos. Entonces comprendió que era verdad.

¿Extrañada? –prosiguió el anciano–. Todos creen que aparezco en forma de esqueleto, vestido con una mortaja negra desgarrada y empuñando una guadaña. Pero eso forma parte de tiempos pasados, cuando se creía que morir era algo terrible. Pero comprobarás que no es así, pues sirvo de liberación a muchas penas y preocupaciones. Y ahora, ven conmigo –dijo mientras le tendía una mano.

¡Espera! –respondió ella–. Déjame un poco de tiempo para terminar de conocer algo más antes de irme.

¡Ya empezamos! –suspiró el viejo–. Todos me desean alguna vez, pero llegado el momento pocos son los que se deciden a venir conmigo a la primera. De acuerdo, sea. Como estamos en Navidad voy a ser generoso. Te doy 24 horas más, pero luego vendrás conmigo. No hace falta que vengas a buscarme, yo te encontraré allá donde estés.

Y dicho esto, desapareció tan misteriosamente como se había presentado.

Todavía impresionada, Marta se dirigió al centro de la ciudad y entró en un bar. Necesitaba tomar algo fuerte y pidió una copa. Mientras se la servían, entró un hombre en el local y se la quedó mirando fijamente.

¡Marta! –exclamó–. ¡Qué grata sorpresa! ¿No me recuerdas? Soy Pedro.

Entonces lo reconoció. Era un antiguo compañero de trabajo con quien se había llevado muy bien hasta que él, harto del ambiente tan malo que se respiraba en la empresa, había decidido marcharse y probar suerte en otro sitio, donde le había ido muy bien, habiendo sido enviado al extranjero con un alto cargo en premio a los servicios prestados.

¡Pedro! –contestó ella–. ¡Qué alegría! ¿Qué es de tu vida?

Me han destinado de nuevo aquí –respondió–, despues de tanto tiempo fuera, pero esta vez el destino es definitivo. Sigo soltero y he venido aprovechando esta Navidad para preparar mi vuelta, ya sabes, buscar piso y todas esas cosas que conlleva una mudanza. Y tú, ¿qué haces ahora?

Yo sigo en el mismo sitio y ahora estoy en excedencia, pero dejemos eso. Esto hay que celebrarlo con una buena comida. Solamente pongo una condición: yo invito.

Salieron de aquel bar y fueron paseando por la ciudad, envueltos en el bullicio de las gentes que había en la calle y el ruidoso tráfico. Pedro hablaba entusiasmado de sus proyectos y nuevas ideas en su trabajo. Marta le escuchaba muy callada aunque poco a poco su espíritu se iba contagiando de la alegría del ambiente y de la que salía de las palabras de su antiguo compañero, notando poco a poco una sensación de euforia en su espíritu como hacía años que no experimentaba. Se dirigieron hacia el puerto y entraron a comer en un pequeño y acogedor restaurante, donde se hartaron de comer un exquisito marisco regado con un vino blanco, joven y fresco que no tardó en subírsele un poco a la cabeza, alegrándola más aún.

Después de comer y tras una tranquila sobremesa, continuaron paseando y hablando. Ella se encontraba cada vez mejor de ánimo pues las palabras de él le iban abriendo poco a poco los ojos sobre aspectos pasados de su vida y de cómo todo tenía al final una solución digna.

Decidieron ir a tomar una copa, pero fueron varias y mezclando bebidas cada vez más fuertes, por lo que acabaron cogiendo una fenomenal borrachera. Apoyándose el uno al otro llegaron a casa de Marta. Entraron en el salón y cayeron abrazados sobre el sofá. Cuando quisieron darse cuenta estaban besándose y acariciándose, hasta que cogidos de la mano se dirigieron al dormitorio.

Sin mediar palabra empezaron a hacer el amor de una forma alocada y salvaje. Al principio Marta se asustó de la violencia de sus propios orgasmos, pero después se dejó arrastrar por aquella locura deseando que no acabara mal. Le gustaba sentir los dedos de Pedro recorriendo su espalda de arriba a abajo mientras ella le besaba en la boca, mientras lo sentía dentro de sí misma en agitadas y rápidas convulsiones. Finalmente cayeron rendidos el uno en brazos del otro y se durmieron plácidamente.

Cuando ella despertó se encontró sola en la cama y pensó que todo había sido un sueño. Pero encontró un papel en la mesita de noche que decía:

Te llamaré luego para quedar en vernos. Besos.

Marta sonrió tristemente pensando en ese "luego" que ya no conocería. Entonces llamaron a la puerta. Se puso algo encima y fue a abrir. Allí estaba la Muerte, pero esta vez la cara del viejo era una máscara inexpresiva y su azul mirada era dura y fría cuando le dijo:

¡No sé cómo ha podido ocurrir, pero tu viaje conmigo tendrá que esperar! Yo tenía que llevarte a ti sola, pero dentro de ti hay otra vida que no tiene que irse ahora. Acabas de quedarte embarazada.

Mientras decía esto, el cuerpo del anciano se fue desvaneciendo en el aire hasta desaparecer del todo.

Marta se quedó aturdida ante la puerta abierta. Después la cerró y lentamente se dirigió hacia una ventana y se quedó contemplando pensativa el bullicio de la calle mientras veía cómo ante ella se abría, nunca mejor dicho, una nueva vida.

Era Navidad.

 

Manuel Ortiz Villajos Gómez (Valencia)
(Emitido el 06-01-2002)

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32- CON CARIÑO, DE TUS PADRES

Hacía cosa de un par de semanas que el frío invierno asediaba la ciudad. Las calles semidesiertas mostraban suelos cubiertos de nieve y árboles aquejados de frío.

Pedro había llegado a la ciudad en un viejo tren, y desde hacía unas horas estaba sentado en un pequeño café, cerca de la estación.

Pedro era un joven de unos 25 años, alto y de tez morena, que miraba con una profunda mirada del color del cielo. La vida siempre le había sonreído. Se había criado junto a tres hermanas y unos padres que le quisieron hasta el último momento de sus vidas. Fue en aquel momento cuando su vida comenzó a tambalearse. Pocos días antes de la muerte de su madre, ésta le entregó una vieja carta con el deseo de que no la leyera hasta que ella falleciera, cosa que no tardó mucho en ocurrir.

Pasado algún tiempo Pedro recordó aquella extraña carta, y una vez la hubo recuperado, se dispuso a leerla. Del sobre salió una hoja amarillenta en la que se podía ver un pequeño texto:
 

Querido Pedro:

En el momento en que estés leyendo esta carta, tus padres habrán
fallecido, cosa que lamento con el corazón. Te preguntarás quién
soy y por qué te escribo esta carta. No es fácil de explicar, pero
sé que tú lo entenderás.

Me llamo Mariam y te escribo esta carta en 1970. Mi marido ha
muerto y me he quedado sola. Bueno, no tan sola. Tengo un niño de
escasos meses en mis brazos. Un hermoso niño, moreno como su
padre, y con hermosos ojos azules.

Me he quedado sola y no puedo cuidarte como te mereces. Hay una
familia, no muy lejos de aquí, que se ha ofrecido a criarte como uno
de sus hijos. Sé que ellos serán una buena familia, pero nunca
olvides que tus padres siempre te querremos.

Te prometo que te esperaré. No me iré de este mundo sin volver a
abrazarte como lo hago en estos momentos.

Tu madre

 

Aquella carta había transformado su vida. En el primer momento no supo como actuar, pero con ayuda de sus hermanas decidió investigar.

Pasado algún tiempo supo que su padre había fallecido un mes después de su nacimiento y que su madre había seguido su misma suerte tan solo unos meses después de entregarle a la que había sido su familia. Aún así, decidió ir a ver el lugar donde había nacido.

Era una ciudad no muy grande que comenzaba a evolucionar. En cuestión de días todas las viejas instalaciones y casas en desuso serían derribadas. Pedro sacó nuevamente aquella carta y leyó la dirección que en ella figuraba.

A las ocho llegó a una plaza no muy grande rodeada de viejos edificios, uno de los cuales coincidía con la dirección del sobre. Pedro se sentó en un banco algo alejado del lugar, pero desde el cual se veía todo el edificio.

Pasó allí cerca de dos horas cuando una suave melodía inundó la plaza. El joven se levantó y pudo ver que en una de las ventanas de aquella destartalada casa se había encendido una potente luz, gracias a la cual pudo observar la silueta de dos bailarines de avanzada edad. El joven, sorprendido, decidió entrar en el edificio.

La puerta gritó a su entrada y las ruinosas escaleras crujieron a cada paso. Una vez hubo llegado al primer piso, pudo ver dos puertas. Bajo una de ellas un luminoso rayo de luz iluminaba el pasillo. Aún oía la música cuando golpeó la puerta. En aquel instante se hizo un gran silencio y la luz terminó por desvanecerse.

Esperó algunos minutos, tras los cuales la puerta se abrió, y en su lugar apareció una hermosa joven. Ésta, nada sorprendida, invitó a Pedro a pasar al interior.

Él esperaba encontrar allí a la pareja que había visto bailando, pero allí no había nadie. Tan solo había una pequeña cama acompañada de un viejo tocador, en el que junto al quebrado espejo reposaba una arrugada foto de una joven pareja con un niño de escasa edad. Tras algunos minutos y pocas palabras intercambiadas por los dos jovenes, Pedro abandonó el edificio.

 

La mañana había amanecido fría y lluviosa. Pedro había tomado su cazadora y se había puesto camino a la estación, cuando sin saber por qué, decidió volver a aquella casa.

Una hora más tarde pudo ver que el lugar había sido tomado por tractores que se disponían a acabar con la vieja plaza. Pedro avisó al encargado de la existencia de la joven, y aunque éste no le creyó, le concedió unos minutos para que la sacara al exterior.

Volvió a subir los estrechos escalones y a golpear la vieja puerta. Nadie contestó. Abrió la puerta y pudo ver que la joven que conociera la noche anterior estaba sentada ante el quebrado espejo peinándose su larga melena. Pedro intentó convencerla de abandonar la casa junto a él, pero ella no parecía estar preocupada por aquello, y tan solo le pidió un favor: tan sólo quería un abrazo. El quedó muy confuso, pero pensó que si accedía, ella le acompañaría al exterior.

Los dos jovenes se estrecharon en un fuerte abrazo, tras el cual Pedro quedó aún más confuso. La hermosa joven ya no estaba y en su lugar había aparecido una anciana de pelo canoso y rostro arrugado que le observaba sonriente. La mujer se acercó a Pedro, y tras darle un beso en la mejilla, tan solo pronunció una frase:

Prometí que te esperaría. Ahora ya puedo marchar.

En aquel momento una voz llamó la atención del joven, que se volvió hacia la puerta. Era el encargado de la demolición, y anunciaba que debían abandonar el lugar. El joven volvió la mirada hacia la mujer, pero ésta había desaparecido. Pedro se puso en camino al exterior, cuando recordó aquel viejo retrato. Volvió a entrar en la habitación, y tras acercarse al tocador, tomó la foto. Esta vez reconoció a la mujer que en ella aparecía. Era la joven que había conocido en aquel lugar.

En aquel momento una suave melodía volvió a hacerse presente. Miró el quebrado espejo, y entonces pudo ver que aquella anciana mujer bailaba con un hombre de su misma edad, mientras la imagen y la música desaparecían. Pedro volvió la foto y allí pudo ver una pequeña inscripción:

Con cariño, de tus padres

 

Laura Junquera Hernández (Madrid)
(Emitido el 27-01-2002)

Tema musical de fondo: "Old People´s Piano" (de Klaus Schulze,
de la banda sonora de la película "Le Moulin de Daudet", 1994).

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33- EL SUEÑO

Suena el despertador. Las 7 de la mañana. Como un alma en pena él se desplaza por el pasillo que va desde el dormitorio hasta la cocina, intentando recordar más detalles de ese sueño que ha tenido y del que sólo puede recordar que estaba con ella.

Ella... ¿Quién era ella? No recordaba su cara, pero tenía grabado en su mente cada gesto, cada uno de los matices de su voz, el inconfundible aroma de su perfume, mezcla de almizcle y ámbar. Era un recuerdo vívido y fresco el que tenía del sueño, cómo paseaba junto a ella por aquel paseo rodeado de álamos que jugaban con la Luna a crear mil y una sombras en el suelo, que danzaban en brazos de la brisa.

Tras una taza de café bien cargado procedió a meterse en la ducha, a ver si aclaraba sus ideas. Mientras el agua, más fría que otros días, golpeaba contra su cuerpo, una sola idea se agolpaba en su cabeza: "Ella... ella... ella...". Mirando el reloj y viendo que tenía tiempo de sobra, decidió ir al trabajo dando un paseo, a ver si el frío de la mañana alejaba ese pensamiento de su cabeza.

Mientras caminaba por las calles, camino a la oficina, sólo veía miles de caras grises, rodeados por el gris de la ciudad. Intentó desesperadamente encontrarla, pero no recordaba su rostro.

 


 

Siete y cuarto de la mañana.

Como todos los días ella se levanta para ir a trabajar. A diferencia de otras veces no había descansado bien, ya que un extraño sueño había estado presente en su mente durante toda la noche. Había sido un sueño extraño, más vívido y preciso que otros. En su sueño aparecía él, tan atento, simpático... Podía recordar todo lo ocurrido en el sueño, el paseo, los álamos,...; podía recordar todo de él, excepto su rostro.

Al salir de la ducha e ir a la habitación para vestirse, sin saber por qué, decidió ponerse un poco de su perfume ese día para ir a la oficina. No solía arreglarse demasiado para ir a trabajar, pero un impulso interior le decidió a ponerse el vestido color café, el mismo que llevaba en el sueño. Otra vez el sueño...

No hacía tanto frío como dijeron en el noticiario de la tele, aunque el invierno ya empezaba a dar muestras de su presencia. Salió del portal para llegar de una carrera hasta la estación del metro. Seis paradas y un transbordo la separaban de la oficina.

Como cada día, veía las mismas gentes, los mismos lugares en el incesante movimiento por los pasillos de la estación. Mario, el pianista, volvía como cada día de una interminable sesión nocturna en el bar. Pedro, el limpiabotas, preparaba sus betunes y cepillos para un largo día de trabajo. Miguel, el maestro, esperaba con más cara de sueño que de costumbre la llegada del metro que le llevaría al instituto donde daba clases de latín. Para ella sólo eran rostros. Rostros.... ¿por qué no recordaba él de él?

 


 

De tanto deambular por las calles, se le había hecho tarde. Mirando el reloj, se acerca a la estación de metro más cercana. Mientras baja por las escaleras escucha el sonido del tren que llega. De forma apresurada baja los escalones que le quedan, y salta en el vagón que tiene más a mano. Milagrosamente encuentra un asiento libre según llega. Sin dudarlo un momento procede a sentarse. Tres paradas más y estará en la oficina.

Mientras intenta no pensar en nada, percibe algo en el ambiente, algo familiar, un perfume que no era la primera vez que olía. "Almizcle, ¿ambar? ¡No, no puede ser! ¿Será ella?".

Como por instinto mueve la cabeza intentando negar lo innegable. "Ella está aquí". Desesperadamente intenta encontrarla y mira hacia todos los lados. "¿Me estaré volviendo loco?". Sin querer, en vez de quedarse esa idea para él, las palabras se escaparon de su boca.

A pocos pasos de distancia, mientras se imbuía en sus pensamientos, esas palabras llamaron la atención de ella. "¡No puede ser! –pensó–. ¿Será cierto que está él aquí?".

A pocos pasos de distancia vio a alguien escudriñando el vagón como si buscase a alguien. "¿Será él?". Cargándose de valor decidió ir en su busca, en la busca de su sueño.

Mientras se acercaba a él, centenares de pensamientos se arremolinaban en su cabeza. "Sólo fue un sueño. No es mas que una estúpida idea en tu perturbada mente. No puede ser real".

Cuando quiso darse cuenta estaba frente a él. Al no saber qué decir soltó lo primero que le vino a la cabeza.

Perdona, ¿es ésta la parada para llegar a los juzgados?

Fue como un golpe en la cabeza para él. Estaba delante suyo, vestida igual que en su sueño.

No, tienes que bajar en la siguiente parada –dijo secamente, aun a sabiendas que era esa la parada a la que ella se refería. Su parada.

No sabía por qué había hecho esto, aunque pensó "Bueno, lo hecho hecho está".

¡Ah, gracias! –dijo ella, aun a sabiendas que no era cierto.

No sabía por qué, pero la respuesta de él había sido como un jarro de agua fría.

En ese momento ella se dispuso a salir del vagón, mientras de reojo miraba la conmocionada expresión de él. Cogiendo un trozo del periódico que llevaba debajo del brazo, escribió unas palabras. Al salir por la puerta se lo entregó a él.

Mientras se alejaba del vagón, una lágrima recorrió su mejilla. Cuando él miró el papel, sólo había una frase:

Los sueños, sueños son.

Intentó salir tras ella, pero ya había desaparecido.

 

Jose María Navamuel (Santander)
(Emitido el 27-01-2002)

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34- FRÍO

No recordaba una noche tan fría desde que de pequeño junto a sus padres había pasado una noche atrapado en un refugio de montaña en aquella carretera de los Pirineos, camino de unas vacaciones de esquí que, por culpa de aquel temporal, había acabado en una noche incomunicados y una precipitada vuelta a casa. Aquella noche hizo frío, pero ahora era diferente. A pesar del fuego que se extendía a su alrededor, hacía frío. Un frío que traspasaba su grueso abrigo, los pantalones, las botas, y que a través de la piel le llegaba hasta las venas para helarle la sangre.

Llevaba demasiado tiempo en aquel lugar y aquello no tenía sentido, por lo menos no para él. Quizá lo tuviese para los políticos, que con el fin de preservar la paz, le habían mandado a él y a otros miles de jóvenes de su misma edad, incluso más jóvenes, a pegarse tiros entre ellos.

"Preservar la paz", eso decían... "Curiosa manera de conseguirlo", pensaba mientras, agazapado en la trinchera, intentaba observar en el horizonte, más allá de la alfombra blanca que la nieve le había puesto delante de sus ojos, algún movimiento, una sombra, algo a lo que meterle un par de balazos. Una ráfaga, un cuerpo tendido en el suelo, una palmada en la espalda del oficial de turno... "¡Muy bien, chaval, con dos cojones, que les den por culo, se lo merecen!" Eso era todo. Desde hacía más de dos meses eso era todo lo que hacía, veía y oía. Muertes, disparos, fuego... Volvió a repetirse que llevaba demasiado tiempo en aquel lugar.

Cuando hacía año y medio vio aquel anuncio en televisión, nadie le dijo que iba a tener que llenarle el cráneo de plomo a un chaval que en el fondo estaba allí por la misma razón que él, porque alguien lo había decidido desde un cómodo y bonito despacho de Bruselas, Washington, Madrid, o dondequiera que estén los despachos, porque él nunca había visto ninguno. Nadie le dijo, en el intermedio de aquella película, en aquel anuncio en el que un tío con una boina verde calada en la cabeza describía las maravillas de la vida castrense, que le iban a mandar a más de 5000 km de su país a defender... Ni siquiera sabía lo que estaba defendiendo.

Y volvió a maldecirse. "Aprender un oficio", eso decía el anuncio. Si hubiese querido aprender un oficio como ese, únicamente tenía que haber bajado las escaleras de su portal y haberse puesto al servicio de cualquier matón de su ciudad. Una foto, un fajo de billetes y un extraño accidente. Así funcionaban las cosas en su ciudad.

Odiaba aquel lugar. Odiaba aquella gente. Las noches en la trinchera del frente no eran especialmente agradables. No eran como las mostraban las películas que veía de niño. Aquí si recibías un balazo, se acabó todo. Tu nombre no iba a salir en los títulos de crédito cuando se encendieran las luces. Aquí, como mucho, pondrán tu nombre en algún monumento a los caídos en alguna plaza de alguna ciudad. Y con mucha suerte, bajo ese monumento, arderá una llama que nunca se apaga, y de año en año algún político, el mismo que le ha mandado allí, llevará una corona de flores para que la prensa le haga una foto después de pronunciar un bonito discurso: "Lucharon por nosotros. Su vida no se fue en vano. Su esfuerzo fue muy valioso...", cosas por el estilo. ¡Y una mierda! Esa noche, igual que la anterior y la siguiente, si es que llegaba a ella, su vida no valía nada.

Llegar a la siguiente noche... Era curioso, ya no le importaba. En el fondo, si no llegaba, se ahorraría la miseria de ver despojos humanos dispersos por aquel campo con la primera luz del alba. Siempre era lo mismo. Por la mañana, recuento: "Faltan 23 hombres. No se ha dado mal la noche, únicamente 23 bajas". Por el día poco movimiento, y luego de nuevo la noche y otra vez vuelta a empezar. De vez en cuando la noche no se daba demasiado bien, y en vez de perder 23 unidades, se perdían algunas más. "Mala suerte, mañana iremos mejor, chicos, no os preocupeis". Era por eso que ya no le importaba llegar a la siguiente noche.

Estaba inmerso en esos pensamientos, apurando la tercera taza de café caliente que de vez en cuando alguien le hacía llegar. Fue entonces cuando, bajo la luz fugaz de una explosión, le pareció ver cómo una sombra se movía a poca distancia. Alargó la mano al fusil que tenía junto a los pies, cargado y listo para disparar, como mandan las ordenanzas: "Listo para la revisión. Quizá haga frío. Estás de barro hasta las cejas, no has comido caliente en semanas, pero chaval, más te vale tener el fusil en perfecto estado o te meto un paquete que te enteras. El fusil es tu vida" . El problema era que, en verdad, ni el fusil ni su vida le importaban ya un carajo.

Cuando apuntó con la mira nocturna no pudo creer lo que veía. Allí, en medio de la nada, rodeada de balas perdidas, explosiones, morteros y fuego de artillería, vio a una mujer que, con rostro completamente sereno, casi como si la cosa no fuera con ella, avanzaba en su dirección. Se frotó los ojos. "¡No puede ser verdad! Demasiado frío, muchas horas despierto. Debo estar alucinando". Pero no, cuando volvió a acoplar su ojo derecho en la mira nocturna de su fusil, volvió a verla. Estaba allí, no había duda alguna. Avanzaba hacia él, y milagrosamente, en mitad de todo aquel infierno, no le había rozado ni una sola bala.

Cogió su equipo de radio. Uno podía cargarse a 50 tíos sin problema, pero para atravesar con una bala a una mujer en pleno campo de batalla, había que pedir permiso a algún superior, o por lo menos eso es lo que se imaginó, porque "que me parta un rayo aquí mismo si alguien me ha explicado qué hacer si una mujer, en mitad de un combate en plena noche, aparece delante de la mira de mi arma caminando hacia mi posición". Pero, la radio no funcionaba. Alguna bala la había licenciado de esa guerra antes que a él.

Volvió a mirar, y esta vez se fijó más en ella. Estaba más cerca, ahora ya podía distinguir bien los detalles. No había duda, estaba allí, a apenas 100 metros de él. No era demasiado alta, pero era hermosa, muy hermosa. El vestido negro, viejo y manchado, hacía mucho tiempo que había dejado de frecuentar las fiestas y recepciones para las que sin duda fue diseñado. El pelo, negro también, se fundía con el vestido y enmarcaba un rostro increíblemente pálido en el que destacaban, por el calor que desprendían, sus labios. ¡Dios mío, sí que era hermosa aquella mujer!

Siguió mirando por su mira telescópica y ella parecía haber encontrado su mirada. ¡No podía ser! Estaba a 50 metros, pero él estaba bien agazapado, no podía verlo. Pero sí, cuando movió sus labios, pudo ver perfectamente cómo pronunciaba su nombre. Aquello era imposible. ¡Ella le estaba llamando!

Seguía teniendo frío, mucho más que antes. Tenía tanto frío y ella parecía ofrecer tanto calor... Calor humano, el calor de un beso que no había sentido desde que le mandaron a aquel agujero. Incluso se sorprendió. Había borrado de su memoria que aquellas cosas existían: el calor de un abrazo, de un beso, de unos senos en los que refugiarse después de haber hecho el amor sobre unas sábanas limpias.... Y allí, en mitad de toda aquella miseria, lo recordó viéndola a ella.

Todavía atónito por su redescubrimiento de tan elementales sensaciones, se incorporó y comenzó a andar hacia ella. Tenía que ponerla a salvo, y cuanto más se acercaba, más hermosa era. Y cuanto más hermosa ella se descubría, más calor parecía provenir de aquel cuerpo, de aquella cara, de aquellos labios... pero curiosamente más frío sentía él. Un frío intenso que no venía como antes del ambiente. Esta vez el frío salía de su interior para congelar más si cabe aquella gélida noche. Ya no oía los gritos de sus compañeros preguntándole a dónde iba, si estaba loco... Había dejado de oír también los balazos, las explosiones, los aviones que sobrevolaban la zona en pasadas bajas arrojando bombas a uno y otro lado del frente. Todo parecía haberse parado a su alrededor.

Cuando llegó a ella se dio cuenta que no había sabido calcular su belleza mientras se acercaba. Nunca había visto una mujer tan bella en su vida. Ella, cuando llegó a su altura, volvió a repetir su nombre. Esta vez no tuvo que leer sus labios por la mira de un arma. Esta vez pudo oírla, y si su cuerpo era bello, su voz era cálida y tierna. Era una voz que desprendía un amor infinito. Sintió que su temperatura bajaba todavía más, pero ya no le importaba, no le molestaba, incluso se encontraba a gusto.

Cogió su mano para dirigirla a un lugar seguro, y cuando lo hizo, no pudo evitar que un escalofrío de horror le atravesara el cuerpo entero: Ella estaba helada. Nunca había tocado nada tan frío.

Cuando se recompuso, le dijo que le siguiese, que él la pondría a salvo. Se giró para encaminarse de nuevo a la trinchera, pero ella no se movió. Simplemente le miró a los ojos. Fue en ese momento cuando le vio los ojos por primera vez. Eran grises. De un gris claro que en cualquier otra mujer le habría asustado, pero en ella sólo le transmitía serenidad.

No había venido a ser salvada: ella venía a salvarle a él. Eso fue lo último que dijo antes de acercar esos labios rojos que destacaban sobre la fría piel pálida de su rostro a los suyos, e imprimirle el beso más placentero que nunca había sentido. Fue entonces, y sólo entonces, cuando lo comprendió todo: Ella era la Muerte. Por fin se habían acabado las noches de trincheras. Aquél era el beso de la Muerte.

El frío que le inyectaba con aquel beso estaba helando todos sus músculos, la sangre, el corazón... Pero ya hacía tiempo que el frío había dejado de importarle. ¡Dios mío!, nunca imaginó que la Muerte pudiese ser tan bella, que la Muerte pudiese besar tan bien, que la Muerte, por horrible que parezca, le produjese tanto placer...

 

Nicolas Vanluí (desde Inglaterra)
(Emitido el 10-02-2002)

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35- INSPIRACIÓN

Había dejado su familia atrás, en la ciudad, para aislarse en una pequeña cabaña. Un paraje ideal, rodeado de un lago y montañas con los picos nevados como en un telefilm. Se había convertido en el perfecto y solitario escritor que huye del mundanal ruido buscando un sorbo de inspiración. A pesar de que la primavera hacía estragos allá afuera, dentro, completamente aislado, hacía un poco de frío. Sintió ese gélido aliento en su nuca y se levantó de su rincón para ajustar el termostato. Llevaba más de dos horas frente al folio y solamente había conseguido varios borradores que yacían ahora extendidos por toda la habitación.

La obligación de escribir esa novela hacía que se pusiera cada minuto que pasaba un poco más nervioso. Pero los argumentos habían huido de él, las tramas parecían cada vez más infantiles, simples y faltas de contenido. Y lo más difícil de todo, hayar finales brillantes a historias simples.

Cansado de no encontrar salida, mientras su cabeza no paraba de ennumerar, chequear y comprobar todos los argumentos que hasta el momento habían pasado por su cabeza, una idea truculenta pobló su mente. Había oído hablar de la manera y modo de inspiración de los escritores de principios de siglo, donde el abuso de narcóticos y el alcohol era habitual a la hora de escribir.

No tenía un petardo que llevarse a la boca, pero encontró un mueble-bar repleto de licores, donde una botella de wisky le llamaba a gritos a través de los chillones colores de su etiqueta.

Se sirvió el primer trago en un vaso largo que halló en una vitrina y decidió comenzar un relato a instancias de que la inspiración le sobreviniese.

Carlos y Rebeca eran sus protagonistas. Él era un joven detective que recién entra en el negocio de la investigación, siguiendo una tradición familiar. Y ella una madura secretaria que ya había servido anteriormente con el padre de Carlos. "Demasiado simple", pensó mientras se servía ya el segundo vaso.

A pesar de que la diferencia de edad entre ellos no es muy considerable, sí la experiencia, pues mientras ella ha visto mucho mundo, él es un auténtico pardillo.

Un jueves... –"¿Por qué un jueves?", pensó mientras seguía bebiendo–, se presentó en el despacho una joven atractiva con el fin de ofrecerles un caso. Este consistía en averiguar los ingresos de su ex-marido para poder reclamar así el pago de una indemnización tras su reciente divorcio, y a la que él se había negado declarándose insolvente.

Ya tenía todos los argumentos en el saco, se dijo a sí mismo mientras apuraba la tercera copa. "La trama es demasiado corriente, pero me siento cachondo y no voy a dejar que esa joven divorciada acabe tan sola al final de mi novela".

Volvió a decidirse, ya un tanto alcoholizado, siempre poniéndose en el papel del joven protagonista, que no solamente encarnaba mentalmente, sino que siempre le había sabido distinguir dándole un pequeño toque autobiográfico.

Estaba en estas vicisitudes cuando cayó en brazos de Morfeo. Había sido un viaje muy largo hasta el lago, y el alcohol le había ayudado a relajarse, cayendo instantáneamente dormido sobre los folios.

El canto de los pájaros y un rayo de sol que incidía directamente sobre su cara le hicieron despertar. Realmente se hallaba en un paraje completamente idílico. Se sintió sediento y hambriento. No tenía mucho tiempo para entretenerse en recetas culinarias, así que se preparó un bocadillo, un gigantesco y rebosante zumo de naranja, y se lo llevó con el pulso tembloroso hacia la mesa de trabajo.

Fue al dejar el zumo cuando éste se desbordó ligeramente. Parte del anaranjado líquido corrió mesa abajo en busca de las tintadas hojas de la novela. Por suerte había dormido muy bien y unos rápidos reflejos le permitieron apartar las hojas antes de que el zumo las emborronara.

¡Un momento!, ¿qué es esto? –se preguntó mientras miraba estupefacto las hojas de su novela.

Más allá del punto donde lo dejó, la novela continuaba, escrita sin lugar a dudas de su puño y letra. No recordaba cómo podía haberse escrito. El caso es que habían aparecido casi cinco folios más. Pero no había duda, era suya. Pensó que mientras el alcohol de la noche anterior y el cansancio le habían producido un pequeño agujero en su memoria, era la primera vez que le ocurría una cosa similar, y aunque le intrigaba cómo se podía habido producir tal acontecimiento, decidió no dar más vueltas al asunto y repasar aquellos renglones nuevos que no tenía presentes.

Comenzó a leer mientras la sequedad de su paladar le obligó a dar un sorbo de naranjada.


Carlos y Rebeca habían vuelto al despacho con el fin de repasar todos
los parámetros de su investigación, y fue allí, mientras comentaban el
caso, cuando a Rebeca le entró una mota de polvo en el ojo. Carlos se
acercó a Rebeca mientras ésta hacía ademán de quitarse aquello que le
molestaba. Levantó la mirada con los ojos llorosos y le dijo "¡Ya está!".

En ese momento Carlos sintió la terrible necesidad de besarla. Así lo
hizo, cogiéndola por la cintura estrechó su cuerpo contra el suyo,
juntaron los labios. Ella, que no se lo esperaba, se dejó llevar
arrastrada.
 

¡Un momento, un momento! ¿Cómo demonios se ha podido llegar a esta situación? Se suponía que no era ella la que se tenía que...

Siguió leyendo, ahora ya intrigado, estupefacto y algo cabreado por la rebeldía de sus personajes.


Ella le quitaba la camisa. Él acariciaba sus pechos. Aparecía, casi
salido de la nada, un sofá en el despacho. Ella gritaba de placer
mientras clavaba sus uñas salvajemente, convirtiendo la espalda de
Carlos en un reguero de surcos sangrantes. Mientras, éste empujaba
salvajemente el cuerpo de Rebeca en un movimiento frenético que
casi se podría haber clasificado de animal.
 

El escritor estaba confuso. No solamente sus personajes habían actuado con absoluta rebeldía, sino que estaban casi contradiciendo el argumento original que para ellos había pensado. Ella era una mujer madura, y la diferencia de edad que la separaba con el joven detective, aunque no era relevante, sí era lo suficiente para que la relacción fuese auténticamente irreal.

Comenzaron las posturas y fue en ese momento cuando el escritor decidió poner fin a la lectura y encauzar definitivamente la historia.

Se había puesto nervioso, así que buscó desesperadamente la botella de la noche anterior, pero sin resultado positivo. Fue su sustituto un brandy de Jerez. Cortó la desmesurada orgía por lo sano y los puso a trabajar inmediatamente. Como castigo virtual separó a la secretaria de las tareas de campo, sustituyéndola por la joven cliente, y una absurda justificación de guionista de televisión sirvió para que ésta ayudase al detective en las tareas de campo. Se puso a escribir como un poseso sin tener en cuenta el reloj. Cuando fue consciente, habían pasado más de cinco horas de escritura.


Preguntas, búsquedas y más pesquisas que dieron al traste con un sucio
negocio que mantenía el ex-marido de la joven en una abandonada discoteca
de la vieja Nacional II. Así que aquella misma noche se darían cita en la
poco transitada carretera para observar los movimientos en el local.
 

Ahora sí que le pega una escena erótica –se dijo a sí mismo.

Se sintió mareado. Miró la botella completamente vacía y fue dando tumbos hacia el sofá para dormir la mona.

Se despertó empapado en sudor y en medio de una terrible pesadilla. Rápidamente corrió hacia la mesa encontrando allí nuevas líneas añadidas a su novela.

¡Dios! ¿Qué me está pasando? –dijo en voz alta mientras se llevaba las manos a la cabeza.


Carlos se había pasado dos horas en un oscuro recodo de la carretera
observando las entradas y salidas de la discoteca muy de lejos, cuando
la que apareció fue su secretaria Rebeca.

Aparcó detrás de él y se metió en su coche. Casi sin decir ni hola, se
abalanzó sobre él besándole, mientras acariciaba su bragueta.
 

Tengo que dejar de beber –comentó mientras seguía leyendo absolutamente intrigado las nuevas líneas.

Cuando se quiso dar cuenta, tenía ya sus protagonistas en el asiento trasero del coche, retozando de placer.

¡Maldita sea! –gritó mientras rompía en cuatro partes las nuevas líneas de la novela–. ¿Eso es lo que quereis? ¡Muy bien! –se decía una y otra vez, cogiendo el bolígrafo y dispuesto a continuar la historia allí donde se había quedado.


Ella estaba cabalgando frenéticamente sobre Carlos y casi a punto de
alcanzar el orgasmo, cuando la radio del coche dejó de emitir la suave
música que Carlos había dejado como fondo. Un ruido atronador les asustó
y una cegadora luz azulada inundó aquel oscuro recodo de la carretera.
Muertos de miedo y con un sobrevenido pudor, cubrieron sus cuerpos y
salieron del coche.
 

Se dibujó una maquiavélica sonrisa en la faz del escritor mientras una mirada de venganza hacia el folio le hacía escribir casi como poseído por el diablo.


Ante ellos se encontraba un OVNI. No era muy grande. Permanecía elevado
como a cinco metros del suelo despidiendo una cegadora luz azulada que
les impedía mirarla abiertamente.

Con otro atronador rugido de la máquina infernal, se abrió una puerta
sobre la estructura metálica despidiendo una cegadora luz blanca que
provenía del interior. Entre los cegadores brillos pudieron distinguir
tres siluetas que salían al exterior, una especie de enanos con unas
desmesuradas cabezas. Mientras observaban atónitos la fantasmagórica
aparición, comenzaron a percibir un silbido muy agudo que les hizo
desmayarse casi a la par.
 

El escritor no podía parar su frenesí creativo. El argumento salía solo, mientras la idea de vengarse de sus rebeldes personajes afloraba cada vez más en su cabeza.


Cuando Carlos despertó, se encontró en una gran sala inundada por una
luz blanquecina a la que le costó varios minutos adaptar la vista. Estaba
atado de pies y manos, y yacía en una especie de camilla rodeado por
varios de los pequeños seres que antes habían visto.

Como a dos metros suyo había otra camilla donde yacía su compañera, y
uno de esos seres permanecía sobre su cara haciendo extraños movimientos.
La llamó "¡Rebeca!" cuando el pequeño ser se apartó, dejando al descubierto
una esperpéntica visión. Rebeca estaba tumbada en la camilla inerte,
con el cráneo abierto, dejando ver sus hmisferios cerebrales.
 

Una cruel carcajada invadió la estancia. El escritor había puesto fin a la vida de su protagonista.

Era muy tarde, el cansancio le acuciaba, pero no podía dejar vivo a Carlos. Debía morir inmediatamente, aunque pensó que con su compañera ya muerta, no había de qué preocuparse. Así que se tendió de nuevo en el sofá, orgulloso de su crimen literario.

 


 

La policía llegó sobre las dos de la tarde a la cabaña alertada por un guardabosques de la zona. En la cabaña encontró el cuerpo sin vida del escritor, tendido sobre el sofá y con más de cien puñaladas en su cuerpo. No había indicios del autor del crimen, pero en el dormitorio de la vivienda el comisario Martínez encontró la cama revuelta y todavía caliente. Algo extraño, teniendo en cuenta que el escritor murió en el sofá mientras dormía.

El escritor estaba a priori solo y alejado de la civilización, cosa por la cual el comisario no se pudo explicar la desaparición del todoterreno. Sobre la mesa, a pocos metros del cadáver, el viejo comisario encontró unas hojas que leyó muy intrigado.


"No te asustes –dijo uno de los pequeños seres mientras se dirigía a
Carlos sin mover la boca–, no hemos matado a tu compañera".

Carlos miraba atónito mientras oía aquella voz que salía de su cabeza.

"Es una nueva técnica que desarrolló mi civilización hace ya muchos
años. Como verás, estamos mucho más avanzados que vosotros. Esta
se viene practicando desde hace milenios, y para ella es necesaria la
desencarnización del sujeto, siendo sus resultados tremendamente
beneficiosos".

Fue quizás el tono de las palabras lo que tranquilizó a Carlos, e hizo
que preguntara:

"¿Y qué se consigue con esa técnica?"

"Ir al mundo real"

 

Oscar (Barcelona) ; semianónimo.
(Emitido el 19-05-2002)

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36- GUIADO POR MERCURIO

A través del ciberclub ligamos, conocí a una chica inteligente, guapa, dulce y cariñosa, a la que además parecía caer bien. Yo me entusiasmé, pero ella parecía siempre mantenerse a distancia, hasta cuando nos abrazábamos.

Una noche, cuando la hablaba del futuro, me pidió con voz triste que no me hiciera muchas ilusiones. Se me cayó el alma a los pies y no paré de hacerle preguntas hasta que accedió a contarme lo que le pasaba. A la pobre la habían destrozado el corazón tantas veces, que no sabía si le quedaba algún trozo entero capaz de amarme. Por mi parte, lo que no sabía yo era qué hacer. La había tratado lo mejor que podía, la había hecho regalos, había accedido a todos sus deseos.

Casualmente teníamos una amiga común, programadora, así que decidí consultarle. Al describirle la situación, esta amiga me miraba con una sonrisa divertida, como si ya supiera de qué iba la historia.

No te preocupes –me dijo cuando terminé–. Te voy a pasar un programa que te ayudará. Es un virus informático del tipo "caballo de Troya", pero que no es dañino en absoluto y que está específicamente diseñado para casos como el tuyo. Se instala en el ordenador de la persona que te interesa, y analizando los textos que escribe y las páginas de Internet que visita, te manda a ti, sin que ella lo sepa, consejos para conquistar su corazón.

Oye, ¿y eso no es ilegal?

Del todo, pero ya sabes que en el amor y en la guerra todo está permitido.

Yo no acababa de creérmelo, pero nada perdía con probar. El programa no parecía gran cosa, sólo ocupaba 200 kilobytes. Lo anexioné a uno de los muchos correos que le mandaba a ella, diciéndole que lo ejecutara una sola vez para optimizar la configuración, y se lo envié.

Al poco empecé a recibir mensajes cuya dirección del remitente era la de ella, pero firmados por un misterioso "Mercurio". Consistían en frases muy breves pero llenas de sabiduría:

"El jueves es un día especial para ella, llévale flores."

"Tiene mucho interés en esa obra de teatro que han estrenado. Invítala."

"No le hables tanto de fútbol, recuerda que también le gusta conversar sobre libros."

Aunque no me ofrecían demasiada confianza, seguí estas indicaciones al pie de la letra. Y lo que es más increíble, funcionaron. Cada día la notaba más cálida, más cercana, como si la barrera que había entre nosotros se estuviera disolviendo y los pedazos de su maltratado corazón se fueran soldando. Hasta que un día recibí el siguiente mensaje:

"La tienes en el bote. Pídele que se vaya a vivir contigo, pero ten siempre presentes todos los consejos que te he dado."

Y aceptó. Llevamos un año, somos muy felices y estamos pensando en tener un niño.

Nunca le he dicho nada sobre Mercurio. Fue una de las instrucciones que me dio. De todas formas algo raro pasa con ese programa, al que sería injusto llamar virus. Cuando un amigo, también informático, me comentó que tenía un problema parecido, se lo pasé, y al poco me llamó y me preguntó muy enfadado si quería tomarle el pelo. Él sabe de programación y ha visto que lo único que hace y puede hacer es crear en una recóndita carpeta del disco duro un archivo de texto que pone: "¡Mira que eres pardillo!"

No sé. ¿Tendrá esto algo que ver con la amplia sonrisa de quien me lo facilitó?

 

Santiago Fernández (Madrid)
(Emitido el 26-05-2002)

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37- ÚLTIMO DESTINO

Después de una accidentada semana de viaje llegamos a nuestro destino. No importaba cómo fuese, sólo quería perder de vista ese maldito camión que durante tantas semanas me había machacado la espalda. ¡Pero qué equivocado estaba! Bajé de un salto y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Un cementerio. Eso fue lo que vi.

Todo estaba lleno de cruces y tumbas, y entre ellas, nuestro destino, un endemoniado laberinto de trincheras de al menos metro y medio de profundidad, cada una de ellas acababa en un pequeño búnker de sacos terreros.

Los pocos soldados que quedaban nos contaban que esto no fue siempre así, hace unos meses era una verde pradera donde pastaban las mejores vacas del mundo. Pero claro, eso fue antes que esta cruenta guerra lo cambiase todo.

Las trincheras, como ya he dicho antes, medían metro y medio y no estaban excavadas entre las tumbas, sino que las tumbas estaban excavadas a pocos metros de las trincheras por miedo a un repentino ataque.

Habían cuerpos semienterrados y otros amontonados en el suelo. Lo peor era que la mayoría de esos cuerpos de soldados valerosos empezaban a pudrirse antes de haber sido enterrados.

No sé cuanto tiempo llevaba aquí. Los días, las semanas, los meses, los años... pasaban muy despacio en el frente. Intento imaginar qué será de ella, de mi esposa. Hace casi dos años que no la veo. Lo único que todavía conservo de ella es una pequeña fotografía muy deteriorada. Casi no se la distingue por la cantidad de veces que la he raspado al sacarla del chaleco para que me hiciese compañía. Cada día, cuando mato, la veo más lejos. No sé si la volveré a tener entre mis brazos. Entretanto, los soldados me daban las cartas que escribían entre cada enfrentamiento. Era la mejor forma de evadirse de la realidad.

Esa noche sería la peor de mi vida.

Hacía días que el enemigo, aprovechando el mal tiempo, nos castigaba una y otra vez con su artillería lanzándonos obuses y proyectiles. Sabíamos que pronto pasaría algo gordo, pero no que sería esa noche. El último estallido vino acompañado de una gran calma. El mismo escalofrío que recorrió todo mi cuerpo al bajar del camión volvió a sacudirme aquella noche. Vimos un fogonazo y uno de mis hombres cayó al suelo. Cientos de sombras bajaron por la colina en nuestra dirección.

Nos pusimos a disparar como locos en todas direcciones. En medio de la confusión la puerta del búnker se abrió. El comandante salió con los ojos envueltos en lágrimas. En una mano llevaba un telegrama y en la otra la pistola de reglamento. Miró a uno y otro lado, después me miró a mí. Acto seguido apoyó la pistola contra su sien y disparó. Cayó fulminado al suelo.

Me acerqué a él y le arranqué de la mano el telegrama. Entre las manchas de sangre pude leer:

Completamente rodeados por el enemigo. Stop.
Retaguardia ha retrocedido veinte kilómetros. Stop.
No podemos sacarles de ahí. Stop.

Un medallón cayó del bolsillo del comandante. Se podía ver la foto de una mujer con dos niñas pequeñas. Entonces lo vi claro: Esta guerra va a alargarse muchos años más y los oficiales capturados son sometidos a tortura. Supongo que él no podría aguantar el dolor de estar más tiempo alejado de su familia, y sobre todo de pudrirse en una cárcel.

Le metí el medallón dentro de uno de los bolsillos de la guerrera y me puse en pie. Me di cuenta de que toda la compañía me estaba mirando. Uno de los hombres se me acercó:

¿Qué hacemos ahora, señor?

Estaba convencido de que les podría sacar de allí.

En la escuela de oficiales te enseñan la historia de las grandes batallas, con sus tácticas y movimientos, así como los generales que intervinieron en ellas. Me hubiese gustado saber que harían en mi lugar el gran Napoleón o cualquiera de esos generales. Pero, ¿qué podía hacer yo?, un hijo de granjero enrolado a la fuerza en esta guerra. Entonces tomé una decisión. Cogí mi fusil y al grito de "¡A la carga!" salí de la trinchera.

Una enorme explosión volvió a mandarme dentro, y me desperté aquí. Eso es todo lo que recuerdo.

A veces pienso en si fue acertada mi decisión o si debí acompañar al comandante en ese largo viaje que emprendió solo. He oído a los guardias de la prisión que toda la compañía fue aniquilada y que yo era uno de los pocos prisioneros que gracias a Dios quedaban con vida.

No sé si verdaderamente debiera de darle las gracias a Dios....

 

Jose David Fernández (La Almunia de Doña Godina, Zaragoza)
(Emitido el 09-06-2002)

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38- EL EXTRAÑO MONJE

(Originalmente, sin título)

Érase una vez, allá por la Edad Media, que en una pequeña aldea llamada Edraudsela vivía una joven que respondía al nombre de Atinele. Esta joven doncella nació en el seno de una familia humilde, pero la gente comentaba que era una chica especial. Contaban que tenía alguna clase de don o de poder, que todavía no había descubierto, pero que en el momento que resultara realmente necesario lo utilizaría sin darse cuenta.

Un buen día la bella y joven dama se dirigía a un pequeño monasterio donde a diario acudía a rezar sus oraciones. A la entrada del monasterio se encontró con un monje que nunca había visto antes. El monje vestía su clásico hábito marrón, con la capucha echada por encima de la cabeza, y sus largas barbas que le llegaban a la altura del pecho. De repente Atinele bajó su mirada y vio que el monje calzaba unas sandalias muy especiales, ya que parecía que tenían alguna inscripción.

Vaya unas sandalias más extrañas –pensó Atinele–. Creo que si consigo descifrar lo que pone seguro que encuentro algo interesante.

El monje entró en el monasterio, y Atinele, movida por la curiosidad, decidió seguirle para ver si conseguía verle de nuevo sus sandalias.

Poco después el monje comenzó a dar la misa postrado en su púlpito, mientras que Atinele estaba sentada en la primera fila muy cerca de él. El monje comenzó a decir "Hermanos, oremos", y un viejecito duro de oído que estaba por allí y que apenas se tenía sobre su bastón, dijo:

¿Qué dice?, ¿qué dice? ¡Maldita sea, hable más alto! ¡cof! ¡cof! ¡cof!

y comenzó a toser gravemente. De repente todo el monasterio se quedó en silencio y un gran resplandor cegó a todo el que allí estaba.

¿Qué fue aquello? Nadie lo supo, al menos en aquel momento. Atinele, que estaba medio cegada aún por aquella intensa luz, miró hacia atrás y pudo observar que el anciano medio sordo había desaparecido. La joven volvió su mirada hacia el púlpito y el monje extraño también había desaparecido. En ese mismo instante un escalofrío recorrió todo el cuerpo de Atinele. Miró de un lado a otro, de arriba a abajo, y sintió que todas las figuras de santos, vírgenes y cristos clavaban sus miradas en ella.

¿Qué podía haber sido todo aquello? Un resplandor, un anciano que ni se tiene en pie, que desaparece, y un monje extrañísimo que también desaparece. Atinele no sabía por donde coger todo aquel asunto, y menos poder darle una explicación, así que decidió volver a su casa y dormir un buen rato para ver si se le pasaba el susto.

Al día siguiente la muchacha se dirigía al mercado a comprar pan y alguna otra cosa que necesitaba para preparar la comida de ese día, cuando de repente comenzó a oír gritos y algún que otro ruido extraño que provenían de unos matorrales cercanos. Atinele se acercó sigilosamente y pudo comprobar que unos bandidos estaban atacando a dos mecaderes. Los bandidos eran tres y los mercaderes sólo dos, pero no por ello se acobardaron y decidieron hacerles frente a los bandidos, que portaban pequeñas y afiladas dagas.

En el forcejeo uno de los bandidos resultó herido mortalmente, no sin antes asestar una puñalada en el cuello a otro de los mercaderes. Después de aquello, los bandidos que salieron ilesos se llevaron toda la mercancía, pero previamente dejaron bien atado a un árbol al otro mercader.

En ese momento, justo cuando la bella doncella estaba a punto de salir a ayudar al mercader amordazado, apareció de entre la espesura el monje del día anterior, que al ver todo aquello se quedó mirando los cadáveres, y tras oírse el chasquido de una rama seca, otro fogonazo de luz intensa volvió a cegar a Atinele. Posteriormente los dos cuerpos sin vida y el monje volvieron a desaparecer. La muchacha no conseguía entender todo aquello, así que decidió seguir su camino hacia el mercado.

Mientras estaba de compras, entre la gente del pueblo pudo ver lo que parecía la larga barba de aquel extraño monje. Fue entonces cuando resolvió dejar las compras para más tarde y seguirle, a ver si podía descubrir algo.

Finalmente, y tras la sigilosa persecución, Atinele llegó hasta el cementerio. Allí se podían ver lápidas, tumbas, cruces, ángeles de piedra y de mármol. El monje se detuvo un momento ante los nichos y la muchacha pudo observar como allí, en cajas de zapatos, se encontraban cerca unos de otros vecinos que antes no se podían soportar. La muchacha, entre confundida y asustada, miró a su alrededor y comenzó a ver múltiples fogonazos de luz blanca que le hicieron caer al suelo y golpearse la cabeza contra una lápida.

Sin poder saber con certeza si estaba soñando, si estaba muerta o si todo aquello lo estaba viviendo realmente, comenzó a oír voces que repetían:

Soy aquella de la que todos hablan y nadie me conoce. Y porque no me conocen me calumnian, mientras que aquellos que me conocen callan y no me defienden. Todos tratan de evitar conocerme, pero todos acaban recibiendo mi visita. Y cuando por fin me encuentran descansan, pero yo nunca descanso.

Después de oír estas palabras Atinele se despertó y vio delante de sus ojos las sandalias del monje, y pudo leer exactamente las mismas palabras que había oído medio en sueños. El monje se agachó entonces con su cara tapada por su capucha, y mirándola fijamente, se descubrió la cara. Atinele, entre horrorizada y sorprendida, pudo observar que aquella cara no era de nadie más que de la Muerte, quien le dijo con voz entre grave y dulce:

– Muchacha, son ya miles de años los que llevo al servicio de este desagradable y mal valorado oficio. Mis huesos están ya demasiado cansados para seguir con esto. Necesito que alguien tome mi relevo y siga con este trabajo. A ti te hablo muchacha porque tú has visto la muerte de cerca. Tú viste morir a tus padres nada más nacer. Han muerto muchas personas cercanas a ti, y ahora que tu miedo hacia la muerte no existe, es el momento en que cojas esta guadaña y seas tú quien juzgue quien debe o no debe seguir en este mundo tan injusto.

Y así fue como Atinele, aquella muchachita que la gente decía que poseía un don, se convirtió en la Señora de la Muerte.

 

Alex Ugarte (Zalla, Vizcaya)
(Emitido el 30-06-2002, sin título).

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39- EL CUARTO DE JUEGOS

Aquella noche era la primera que pasaba en su casa nueva. Había trabajado mucho en ella durante las últimas semanas, pero esa era la primera noche en que no tendría que ir a dormir a casa de sus padres.

Eran las tres y media de la madrugada. Estaba sentada en el salón, escuchando música y escribiendo. Cuando estaba feliz le venían a la cabeza muchas ideas, y estaba dándoles forma. Hacía un rato que había terminado un programa de radio que era de miedo. Trataban muy diversos temas, todos ellos relaccionados con lo paranormal y esotérico. Esa noche en concreto habían hablado de los espíritus, fantasmas y espectros.

Aunque estaba sola en casa no tenía miedo. Solía decir que si no piensas en las cosas que te asustan dejan de importarte. Estaba muy metida en el relato que estaba escribiendo y no pensó para nada en todo lo que habían hablado en el programa.

Cuando el compact que estaba escuchando se terminó, se levantó a cambiarlo. En ese momento oyó un ruido. Era como el chirrido de una puerta que se abre. Escuchó un momento y no se volvió a oír. Se acordó del programa de la radio y sonrió. "¡Hay que ver lo que hace la imaginación!".

Puso un nuevo compacto. Era el Voyager de Mike Oldfield. Se sentó de nuevo y siguió escribiendo. Así pasó una hora más. Se olvidó por completo del ruido y del programa.

Cuando estaba absorta escuchando de nuevo uno de los cortes del CD que más le gustaba, volvió a oír el ruido. Esta vez fue seguido de una risa de niño. Aquello no se lo podía haber imaginado, ni siquiera a causa del relato que estaba escribiendo. Prestó atención y volvió a escuchar la risa del niño. Parecía que venía de la casa. "Esto es ridículo". Intentó apartar todo eso de su cabeza y se concentró en el relato. No volvió a escucharlo.

Cuando se fue a la cama comprobó todas las puertas y ninguna chirriaba. "Aquí no pasa nada, ha sido mi cabeza". Durmió muy placidamente, no tuvo pesadillas.

Tres días después volvió a escuchar la risa del niño. Esta vez no había oído el programa de miedo, ni había visto ni leído nada de miedo. Cuando se levantó para comprobar de donde venía el ruido, cesó. Fue habitación por habitación comprobando que las ventanas estuviesen cerradas. El sonido podía venir de la calle. Todo estaba correcto. Volvió al salón y siguió escribiendo. Puso la música más alta para evitar oír la risa otra vez, pero volvió a oírla. Prestó atención. Se concentró tanto que casi dejó de oír la música. La risa provenía de la casa, estaba segura.

Se levantó y lentamente fue al encuentro de la risa. Entró en la cocina pero allí no era. Avanzó por el pasillo. La risa se hizo más fuerte. Encendió la luz del estudio, pero allí tampoco era. El sonido surgía del final del pasillo. Fue lentamente hacia la puerta del final. Estaba cerrada. Así es como la había dejado ella, ya que esa era su habitación.

Cuando llegó a la puerta escuchó. Sí, la risa venía de allí, de su habitación. Subió la mano muy despacio. Estaba temblando. Cuando cogió la manivela oyó una voz: "Sí, entra y juega conmigo". Era la misma voz que se reía.

Tenía tanto miedo que no podía mover ni un músculo. Los tenía todos en tensión. Su mente le mandaba frenéticos mensajes a la mano para que soltase la manivela, y a los pies para que girasen y saliesen de allí pitando, pero ni una ni otros respondían al mandato. Volvió a escuchar la voz que le invitaba a pasar y jugar. Con un esfuerzo tremendo soltó la manivela y se giró muy lentamente. Parecía como si tuviera sobre sus hombros una pesa de 100 kilos.

Cuando sus ojos vieron la otra punta del pasillo, la puerta a su espalda se abrió. Un escalofrío le recorrió la espalda.

¿Quieres jugar conmigo?

El niño estaba a su espalda. No lo veía pero podía sentirlo.

Por favor, estoy solo, juega conmigo.

Era tal el pánico que sentía que no podía reaccionar. No podía hablar ni moverse, ni tan siquiera parpadear. Entonces notó cómo una mano fría le cogía la suya.

Ven –le dijo el niño.

Por más mensajes desesperados que le mandase su cerebro, no podía reaccionar. La mano del niño aumentó su presión y la obligó a volverse. Lo hizo muy lentamente. Los ojos los tenía fijos al frente.

Ciento ochenta grados más tarde no vio lo que esperaba ver, su habitación a oscuras, con sus posters, sus muñecas de porcelana, sus peluches. Lo que vio fue una habitación infantil, un cuarto de juegos muy bien ordenado. Había un caballito balancín, muñecos bien colocados en la estantería, un balón metido en una cesta, un payaso sonriente sosteniendo un gran bombo entre sus manos, un tren parado en la estación esperando a que alguien accionase el contacto. Había también varios coches teledirigidos, aviones y motos. En un rincón vio un gran tiovivo de caballitos.

Juega conmigo –le pidió el niño nuevamente.

Sin mirar al niño entró en su habitación, ahora cuarto de juegos. Había una luz extraña en la estancia.

Cuando estuvo completamente dentro del cuarto la puerta se cerró. En ese momento reaccionó. Se dio la vuelta rápidamente y allí no había puerta alguna, tan solo una pared empapelada con un alegre papel de ositos.

Por favor, juega conmigo. Ellos no quisieron jugar conmigo. Míralos, yo sólo quería jugar y ellos no quisieron.

Se dio la vuelta y miró al niño. Era un niño normal, rubio, con los ojos azules, pero la piel exageradamente blanca. Le señaló hacia la izquierda. Ella miró y vio algo que le hizo notar cómo un grito salvaje se formaba en su estómago y subía hasta llegar a su garganta. Allí había varios esqueletos y varios cuerpos en diversos estados de descomposición. Abrió la boca y el grito salvaje salió por fin. Era tan fuerte que le dolió la garganta.

Retrocedió, tropezando con varios juguetes al hacerlo. Quería huir de aquel horror, no quería mirar más los esqueletos y cadáveres, pero sus ojos no la obedecían. Llegó hasta la pared. Ya no podía seguir retrocediendo. Con gran desesperación miró por toda la habitación. Allí no había puertas, no había ventanas por las que escapar, sólo cuatro paredes y juguetes, muchos juguetes. Estos se pusieron en movimiento. Todos la miraban. Los que tenían patas, ruedas o alas iban hacia ella.

Juega con nosotros –le dijeron los juguetes.

Quería atravesar la pared y salir de allí. Los juguetes la rodearon. Los muñecos tenían los brazos extendidos hacia ella. Dio otro grito y saltó la fila de juguetes que le rodeaban. Todos se volvieron y la siguieron. Ella caminaba de espaldas. No vio que se estaban acercando a la estantería peligrosamente situada a la altura de la nuca.

Juega con nosotros –volvieron a pedirle los juguetes.

¡No os acerqueis! –gritó ella.

Notó como algo le daba en la pierna. Sin mirar saltó hacia su derecha y se encontró de lleno con la madera. Todos los juguetes se callaron y pararon al mismo tiempo que ella caía muerta al suelo.

Yo tan solo quería jugar con alguien –se quejó el niño.

 

Adela Vivo
(Emitido el 28-07-2002)

Tema musical de fondo: "Living waters" (de la banda sonora
de la película "The Truman Show", 1998, compuesta por Phillip Glass.

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40- ASESINATO EN EL COMITÉ DE DIRECCIÓN

El inspector Cepeda pidió a su compañero que acompañara al visitante, con el que acababan de terminar una larga entrevista, a la salida. También le dijo que cerrara la puerta y que no le molestasen durante un buen rato. Estaba agotado y necesitaba pensar.

Hacía ya un mes que le habían asignado la investigación del doble asesinato ocurrido en la empresa MaxBell Telecom, un caso en principio insólito, pero que parecía iba a tener fácil solución. Pronto se pudo comprobar que el caso era en efecto extraño, pero en cambio encontrar la solución estaba resultando un auténtico quebradero de cabeza. Era todo excepto un caso fácil.

El director general adjunto de MaxBell Telecom, José Luis Palomero, y la directora de marketing, Antonia Rodríguez, habían aparecido muertos en el despacho del primero, cada uno con un tiro en la frente. Al cadáver de José Luis lo encontraron sentado en su silla, mientras que el de Antonia, aunque probablemente recibió el disparo estando también sentada, había caído al suelo. Una pistola con silenciador había acabado con la vida de ambos. Fue un jueves entre las 7 y las 9 de la tarde, un día y a unas horas en la que pocos empleados, incluido el personal administrativo, permanecían en la empresa.

La reconstrucción de los hechos inducía a pensar que alguien había entrado sin llamar la atención en el despacho, cuando ambos estaban reunidos. Disparó primero a José Luis, que tenía su silla mirando a la puerta. Antonia se volvió sorprendida y recibió otro disparo. Luego el asesino salió, con tanta discreción como había entrado, teniendo buen cuidado de dejar la puerta cerrada, igual que lo habían hecho otras muchas personas a lo largo de aquella tarde.

Cerca de la media noche la familia de Antonia telefoneó a la empresa intentando localizarla. No era normal que tuviera reuniones, o lo que fuera, hasta tan tarde sin avisar a casa ni contestar las llamadas a su móvil. Los vigilantes no recordaban haberla visto salir, por lo que iniciaron una ronda por las instalaciones de la compañía, un edificio de varios pisos situado en un barrio periférico de oficinas. Localizaron los coches de José Luis y Antonia en las plantas dedicadas a garaje y se dirigieron hacia sus despachos, encontrándolos en el lugar donde habían sido asesinados.

Ni las cámaras de vídeo del sistema de vigilancia de la empresa, ni los guardias de seguridad, habían detectado nada anormal. El asesino no había dejado pistas.

Cepeda comenzó su investigación interrogando a los empleados. Y un mes más tarde, aparte del agotamiento, tenía dos largas listas, una de móviles para el crimen y otra de potenciales homicidas. Esta última incluía no sólo a empleados sino también a proveedores, clientes, competidores e incluso otros directivos de la misma compañía. Pero sobre todo, lo que tenía era un profundo conocimiento de la historia y problemas de la empresa.

MaxBell Telecom era una firma veterana en su sector, la más importante dentro un grupo de tamaño medio con cierta presencia internacional. Sin embargo llevaba bastantes años en decadencia. Perdía dinero en aquellos ejercicios en los que la venta de activos, los despidos o la ingeniería financiera no bastaban para tapar agujeros y maquillar las cuentas. Su volumen de negocio disminuía, sus márgenes eran con frecuencia inexistentes y la rápida evolución del sector les había situado en casi total dependencia de tecnologías ajenas. La plantilla cualificada rotaba a velocidad de vértigo y los accionistas de referencia llevaban tiempo intentando sin éxito vender sus participaciones.

De hecho, la empresa era controlada por un reducido número de ejecutivos ligados entre sí por razones de parentesco, antiguas amistades, o incluso intereses políticos. Pero también había entre ellos fuertes enfrentamientos, en particular entre los asesinados Palomero y Rodríguez, que generaban continuas tensiones e influían en la marcha general de la compañía. A todos los capitaneaba un presidente del grupo, Andrés Lerma, con mano de hierro y amplia experiencia en destrozar unas compañías y facilitar el acceso al mercado a otras nuevas.

Sólo unas semanas antes del crimen, tras un largo acoso, habían logrado deshacerse del director general de MaxBell Telecom, Joan Forteza. Éste había sido impuesto en su día por un grupo de accionistas antes de que perdieran la fe y el interés en el futuro de la compañía. Deshacerse de alguien equivalía en MaxBell Telecom a crearle un puesto artificial donde no tuviera poder alguno, ya que los fuertes blindajes de los contratos dificultaban en gran medida los despidos de los directivos incómodos. José Luis Palomero no había conseguido ocupar el puesto dejado por Forteza, que se asignó a otro amigo de Lerma, y permaneció como adjunto hasta que fue asesinado. La directora de marketing, Antonia Rodríguez, era un caso aparte. Muy ligada al presidente y bien relacionada con las altas esferas políticas y económicas, era considerada por casi todo el mundo como una mujer peligrosa, con fama de incompetente en su trabajo, pero maestra en maquinaciones e intrigas.

En resumen, podía afirmarse que salvo por parte de un reducido grupo de técnicos y ejecutivos de nivel medio, con grandes ambiciones, la dirección de MaxBell Telecom era objeto del feroz rechazo de la mayoría de la plantilla. En especial, las críticas más duras venían de aquellos que, por los puestos que ocupaban, tenían un mejor conocimiento de la situación y eran capaces de valorar con datos objetivos la gestión que se estaba desarrollando.

A Cepeda le tenía asombrado la cantidad de tensiones internas que iba encontrando dentro de la compañía, en todos los niveles. Tal vez por eso, los interrogatorios de los empleados generaron grandes cantidades de información, aunque no siempre fáciles de comprobar. En las más delicadas de todas, las financieras, se llegaba a implicar a la consultora externa responsable de las auditorías periódicas. Estaba convencido de que allí dentro había bastantes trapos sucios que además salpicaban a mucha gente.

El grupo al que pertenecía la empresa, y MaxBell Telecom en particular, tenían un largo historial de suspensiones de pagos y reorganizaciones con grandes movimientos de activos financieros e inmobiliarios. Sorprendentemente, había un par de empresas dedicadas a gestionar ambos tipos de activos. Por su volumen, éstos tenían gran importancia en la cotización bursátil del grupo. Aunque no se sabía a ciencia cierta ni cuanto importaban ni, en el caso de los financieros, donde estaban.

Sí, pensó Cepeda mientras se estiraba en su sillón, había muchas, demasiadas, posibles causas para aquel crimen: venganzas, intereses económicos oscuros, luchas por el poder, hasta deseos de evitar un desastre anunciado,..... MaxBell Telecom era una fuente de amarguras para muchas personas y lo que sí empezaba a intuir era que pocas tenían un interés real en que apareciera alguna pista sobre el doble crimen.

Conseguir una pistola con silenciador no era excesivamente difícil, sobre todo desde que se había inventado eso de la venta por Internet, y tampoco lo era mantener el anonimato. Lo único de lo que estaba seguro era de que el asesino conocía muy bien la empresa, algo que le permitió pasar inadvertido. Y también que si no ocurría algo imprevisto, nunca resolvería el caso.

Y ese algo pasó. Un mendigo encontró en un vertedero una pistola. En una reyerta con compañeros de miserias les amenazó con ella y alguien avisó a la policía. Unos análisis rutinarios de la policía científica demostraron que era el arma con la que se habían cometido los asesinatos de MaxBell Telecom. Y tenía huellas, que pertenecían al defenestrado Joan Forteza.

Unas huellas en una pistola no son una prueba definitiva para inculpar a alguien de un crimen. De hecho existen procedimientos para copiar las huellas de una persona y colocarlas en otro sitio. El más antiguo de estos procedimientos que Cepeda recordaba se basaba en el uso de cinta adhesiva.

Pero cuando además de las huellas hay un móvil y se carece de coartada, la situación del sospechoso pasa a ser francamente mala. Tanto que los superiores del inspector Cepeda le presionaron para que detuviera a Forteza y pasara el asunto a los jueces para que abrieran el correspondiente sumario.

Antes de que acabara el juicio, MaxBell Telecom se declaró en quiebra, pero para entonces Andrés Lerma ya había desaparecido del mapa, junto con la mayor parte de los activos financieros de la empresa, previamente invertidos en paraísos fiscales. Se montó un gran escándalo y, pese a la orden de busca y captura enviada a la Interpol, no le encontraron. Y es que el dinero cogido era suficiente para comprar lealtades en medio mundo. Pero no lo hubiera sido de haber tenido que repartirlo con José Luis Palomero y Antonia Rodríguez.

 

Francisco Moreno del Collado (Pozuelo de Alarcón, Madrid)
(Emitido el 13-05-2001)

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41- SONÓ EL DESPERTADOR

(Nota: Este relato está totalmente relaccionado con el anterior relato, del mismo autor, el titulado "Asesinato en el comité de dirección").

Sonó el despertador. Irene lo escuchó desde lo más profundo de su sueño, lo maldijo en silencio y lo apagó. En unos minutos volvería a sonar y entonces sí que tendría que levantarse. Sentía su cuerpo como si fuera una piedra enorme a la que en aquel momento ni toda la energía del mundo sería capaz de mover.

"Otro día laborable", pensó con amargura mientras se desperezaba. Hubiera dado cualquier cosa por perder de vista su trabajo y poder quedarse en la cama.

Y es que el estrés al que se veía sometida en su empresa era cotidiano y la producía una gran ansiedad. Las prisas provocaban que la chapuza se hubiera convertido en la norma de trabajo. El gusto por las cosas bien hechas era un recuerdo del pasado. La competencia separaba a las personas y la decepción respecto a compañeros que en algún momento había llegado a considerar amigos, era frecuente.

Necesitaba dedicar asiduamente parte de su tiempo libre a leer literatura técnica y, de vez en cuando, asistía a cursos donde aprendía malamente algunas cosas mientras olvidaba muchas más. La tecnología avanzaba demasiado rápido, más de lo que un profesional corriente podía asimilar.

Tanto esfuerzo diario, realizado cada vez con menos ilusión y bajo la amenaza de que en cualquier momento la dirección de MaxBell Telecom decidiera reducir plantilla y despedirla. No había alcanzado el ecuador de su vida laboral y la jubilación anticipada ya se había convertido en la utopía con la que ella, igual que muchos de sus colegas, soñaba con alcanzar algún día. Solo que en su caso ese día estaba aún muy lejano.

La hipoteca de su piso se comía su capacidad de ahorro. Sus aventuras amorosas eran cada vez más esporádicas e insatisfactorias.

Tantos años de trabajo para terminar dándose cuenta de que ni era feliz, ni sabía qué hacer para mejorar su situación. Tal vez si tuviera una familia e hijos de los que preocuparse, en vez de tanta tecnología.

El despertador volvió a sonar y esta vez Irene sí se levantó. Unos minutos de retraso y el atasco que tendría que sufrir para ir a trabajar sería aún peor que el habitual. Aunque con el paso del tiempo se había ido convirtiendo en algo llevadero. Era el único momento en que podía oír las noticias por la radio, siempre que tuviese la precaución, necesaria a pesar de la hora, de llevar el teléfono móvil desconectado.

Aquel día, en contra de lo habitual, su jefe había llegado antes que ella al despacho. Irene sabía que era uno de esos directivos que prefieren irse tarde a su casa en vez de madrugar, para hacer notar más su dedicación a la empresa. Por eso su temprana presencia sólo podía significar que había problemas y que se avecinaban más trabajo y más presión.

Los problemas existían y estaban relacionados con la entrada de un virus en el servidor de correo electrónico de la compañía. Irene sería la responsable de recuperar toda la información posible, restaurar el servicio e intentar localizar el origen de la infección.

Comenzó a trabajar de inmediato sin ni siquiera hacer su habitual escala en la máquina de cafés, escala con la que intentaba deshacer el nudo en el estómago que tenía cada mañana al empezar la jornada.

El daño causado era grave y una de las medidas que tomó fue salvar en un disco todos los mensajes que pudo. A pesar de su gran capacidad, el disco casi se llenó. No la resultó raro porque sabía que en muchas empresas la gente había cogido una extraña afición al uso y abuso del correo electrónico. Los buzones estaban con frecuencia llenos de mensajes, generalmente enviados a varias personas, y las más de las veces inútiles.

Los teléfonos del departamento no paraban de sonar. Quejas, gritos, reclamaciones, amenazas. En medio de aquel caos Irene fue capaz de aislarse y trabajar durante varias horas intensas, tras las cuales se recuperó la normalidad.

Sólo faltaban por analizar los fallos de seguridad del sistema. Uno de los pasos a dar era analizar los mensajes que había recuperado en el disco, dejando de lado cualquier consideración sobre la privacidad del correo de los empleados. No estaba muy segura de encontrar nada interesante, pero cuando vio entre los nombres de destinatarios y remitentes el de Andrés Lerma, el polémico presidente del grupo de empresas al que pertenecía MaxBell Telecom, decidió que valía la pena explorar, aunque no fuera únicamente en busca de virus.

No tardó en encontrar cosas que despertaron aún más su curiosidad. Un mensaje de Lerma con copia a otros dos directivos de la compañía, reclamaba una tarjeta de claves para poder realizar operaciones. Otros mensajes, también de o para Lerma, aparecían con el texto cifrado.

En un correo electrónico hay mucha más información que el texto que se lee a simple vista. Irene usó sus conocimientos para extraer todos los datos posibles. Con la ayuda de programas de ordenador, que con frecuencia se obtienen de forma gratuita en Internet, tardó poco en averiguar algunas cosas y tener indicios de otras. Decidió hacer una copia del disco con los mensajes, meterla en su bolso e informar a su jefe que la auditoría de seguridad llevaría bastante tiempo.

En aquella empresa, como en tantas otras, dedicar recursos a un trabajo de resultado incierto equivalía a que fuera relegado por los problemas más urgentes del día a día. Y luego a caer en el olvido. Y así ocurrió también en aquel caso.

Lo que Irene había encontrado y sobre lo que continuó investigando en su casa en los días siguientes, era que el presidente de la compañía estaba haciendo operaciones con varias entidades financieras de diferentes países. No sabía con certeza de qué tipo de movimientos se trataba, pero intuía algo raro. La resultaba muy llamativo que aquello sucediera en una empresa sobre la que se cernía la sombra de la crisis.

Se reafirmó en su decisión de seguir hasta lograr descifrar los mensajes, aunque sabía que sería prácticamente imposible sin disponer de las claves.

De momento continuó espiando el correo del presidente. Debido al puesto que ocupaba la resultaba muy sencillo llevarse a casa cada día un disquete con copia de los mensajes enviados o recibidos por Lerma. Además no quedaban indicios de la operación y nadie tenía posibilidad de darse cuenta.

Durante varias semanas trabajó con ahínco en su proyecto. No encontró las claves, pero como suele pasar en estos casos, consiguió mucha información colateral.

A menudo los directivos de alto nivel, desbordados por su carga de trabajo, tienen sólo un dominio muy básico de las herramientas informáticas que usan habitualmente. En el caso de Lerma este desconocimiento le llevó a cometer diversos errores e indiscreciones que no hacían sino dar más información a Irene de lo que estaba ocurriendo.

Llegó a estar segura de que al menos los otros dos directivos cuyos nombres aparecieron en el primer mensaje que le llamó la atención, estaban al tanto de todas las operaciones del presidente. Y éstas no eran sino movimientos de fondos que terminaban en cuentas numeradas de paraísos fiscales.

Para enterarse de como funciona el mundo de las operaciones financieras y los paraísos fiscales, comenzó a buscar información. Toda está en Internet, aunque con frecuencia en sitios recónditos a los que los programas buscadores convencionales raramente llegan.

Para su búsqueda, en vez de usar el ordenador de su casa o el de su trabajo, Irene recurrió a un cibercafé muy concurrido. Quería asegurarse de no dejar ningún rastro que la relacionara con la búsqueda que estaba realizando. Sabía muy bien todas las huellas que dejan los internautas, aunque la mayoría no sean conscientes o no les importe. Iba allí con una ropa y un aspecto que la hacía difícilmente reconocible. Tenía además una idea clara: debía seguir investigando sola. Recordaba muy bien aquella frase oída en un seminario sobre seguridad: Secreto de uno, secreto seguro. Secreto de dos, confía en Dios. Secreto de tres, ya no lo es.

Un día, en el trabajo, Irene recibió la orden de subir al despacho del presidente. Su ordenador se bloqueaba con frecuencia y tenía que actualizarle algunos programas y configurárselo bien.

La secretaria de Lerma le dijo que pasara sin llamar, que la estaban esperando. Encontró al presidente hablando por el móvil acaloradamente. Caminaba a grandes zancadas de un lado a otro de su amplio despacho mientras gesticulaba y agitaba el brazo con el que no sostenía el teléfono. Llevaba corbata pero estaba en mangas de camisa. Cuando la vio entrar la hizo una seña para que empezara a trabajar y siguió hablando, pero un instante después salió de allí dejando la puerta entornada.

Irene se percató de inmediato que la chaqueta de Lerma estaba colgada en el respaldo de la silla, justo donde ella estaba sentada, delante del ordenador.

Hasta entonces la investigación que estaba realizando había evolucionado desde un simple juego, originado por una curiosidad casi científica, hasta una auténtica obsesión. No consideraba haber cometido ningún delito serio y además, por primera vez en mucho tiempo, se encontraba a gusto, divertida y motivada por una actividad. No se había parado a pensar en las consecuencias y tampoco quiso pensarlo en aquel momento.

Al ver allí la chaqueta y a su dueño fuera del despacho, tras sólo un segundo de duda, palpó los bolsillos hasta encontrar la cartera en uno interior. Su corazón latía a toda velocidad. La sacó, la colocó sobre su regazo y la hojeó. Contenía tarjetas de crédito, bastante dinero y algo que enseguida identificó como una tarjeta de claves para operaciones bancarias, como la que Lerma reclamaba en uno de los primeros mensajes que le había leído. Sacó la tarjeta y volvió a meter la cartera en su bolsillo. Tenía que copiarla, pero no quedársela, para prevenir así que sus pesquisas llegasen a ser ni siquiera sospechadas. No había fotocopiadora en el despacho. No tenía tiempo de copiar a mano todos los dígitos sin errores. Eran demasiados. Tenía que hacer algo y rápido.

En ese momento Lerma volvió a entrar. A Irene se la heló la sangre pero tuvo tiempo suficiente para ocultar la tarjeta debajo del teclado. El presidente la metió prisa de malos modos. Ni siquiera la escuchó mientras intentaba explicarle qué aún tardaría un rato. Y volvió a salir del despacho. Definitivamente resultaba un hombre desagradable.

Entonces tuvo una idea. No oía al presidente en el despacho de al lado, donde se encontraba la secretaria. Recuperó la tarjeta y la sujetó con un clip a una hoja del bloc de trabajo que siempre llevaba consigo. Salió del despacho y preguntó dónde podía hacer un par de copias. La secretaria estaba atendiendo el teléfono y se limitó a señalar la fotocopiadora. Treinta segundos después se encontraba otra vez sentada en la silla del presidente. Volvió a sacar la cartera de la chaqueta y colocó la tarjeta en su lugar original. Limpió con su pañuelo la mayor parte de las huellas que hubiera podido dejar y por fin puso la cartera de nuevo en el bolsillo en que la encontró.

Reanudó su trabajo. Antes de terminar volvió a aparecer Andrés Lerma. De nuevo palabras malhumoradas, pero esta vez Irene se limitó a responderle con una sonrisa. Cuando acabó y salió de allí notó que su corazón latía mucho más despacio.

La obtención de la tarjeta de claves no supuso el final de la investigación, pero sí un avance importante. Aún necesitó espiar el contenido del disco duro del ordenador del presidente para obtener algunos datos adicionales. Pero eso, actuando desde el interior de la empresa, era un juego de niños. Y no tuvo ningún reparo en hacerlo.

Por fin, unos días después, consiguió su objetivo. Fue capaz de empezar a descifrar mensajes y lo que era más importante, solicitó y obtuvo un extracto de movimientos de la cuenta a la que tanto trabajo había dedicado.

Lo que encontró no fue sino la confirmación de sus sospechas. De allí entraba y salía mucho dinero. Con frecuencia llegaba desde cuentas que pertenecían a empresas del grupo de MaxBell Telecom. Y luego ese dinero volaba hacia otra parte en operaciones difíciles de seguir.

Con lo que había logrado ya se consideraba satisfecha, o tal vez no. Estaba convencida de que con todas aquellas operaciones Lerma, el Director General Adjunto y la Directora de Marketing estaban pura y simplemente llevándose fondos de la empresa. Y tal y como iban los negocios de MaxBell Telecom, no tardaría en venir un expediente de regulación de empleo o algo peor. Por eso, pensó que quizá había llegado el momento de lograr una buena indemnización.

Decidió poner en práctica todo lo aprendido durante aquellas semanas. Abrió dos cuentas numeradas en bancos de paraísos fiscales de diferentes países. El segundo banco estaba ubicado en una isla tropical. "Qué actividades más curiosas se pueden desarrollar en el paraíso", reflexionó mientras tecleaba en el ordenador del cibercafé. Los bancos seleccionados utilizaban para la seguridad de las comunicaciones unos sistemas que no precisaban tarjeta de claves. No tendría que revelar su identidad, no tendría que firmar nada, pero podría hacer operaciones.

El gran momento llegó cuando introdujo en el ordenador los datos para ordenar una transferencia desde la cuenta de Lerma hasta la primera de las suyas. Su corazón volvía a latir aceleradamente. Por fin pulsó la tecla INTRO. En pocos segundos recibió el acuse de recibo de la operación. Funcionaba. Luego ordenó otra transferencia desde su primera cuenta a la segunda. A ver quien era capaz de seguirla ahora.

Estaba eufórica por el éxito obtenido, pero casi más por la satisfacción personal de haber realizado un buen trabajo que por el dinero en sí. Siempre se había considerado como una persona corriente, pero aquella operación la había sacado de la mediocridad, como mínimo en lo que a su autoestima se refería.

La cantidad transferida, aún siendo importante, no bastaba para retirarse. Había elegido un importe no excesivamente elevado para comprobar el funcionamiento de todo lo descubierto pero sin llamar demasiado la atención. Y la sorprendió la facilidad con la que finalmente pudo hacerlo.

Había llegado a conocer los hábitos de Lerma y sabía que tardaría un par de días en darse cuenta de la desaparición de los fondos. Además era viernes. Decidió repetir la operación unas horas después y de nuevo el sábado. El domingo el cibercafé cerraba e Irene quiso aprovechar la coyuntura para dar por terminado el asunto. Quería mejorar su calidad de vida y era muy consciente de que no debía dejarse cegar por la codicia ni desaparecer en aquel momento. Así que prefirió dedicar el domingo a pasear y relajarse. El lunes volvería a sonar el despertador y ella recuperaría su ritmo de vida anterior, al menos durante una temporada y desde luego con otro ánimo.

Pasaron varias semanas de relativa normalidad. MaxBell Telecom continuaba su trayectoria hacia la crisis. Rumores, corrillos, descontento, ero lo que Irene no podía ni imaginar era que una mañana, al llegar al trabajo, se encontraría la entrada al edificio de la empresa acordonada por la policía.

Entre los empleados, allí arremolinados, circulaba de boca en boca lo que al parecer había ocurrido: la noche anterior el Director General Adjunto y la Directora de Marketing habían sido asesinados en el despacho del primero, cada uno de un disparo. Se puso pálida al oírlo. La mayoría de los asesinatos están relacionados con ajustes de cuentas entre traficantes de droga o con actos terroristas, pero casi nunca con directivos mediocres de empresas mediocres.

No podía dejar de pensar que aquello seguramente tenía que mucho que ver ella. Es difícil imaginar los efectos secundarios de lo que uno hace, pero en aquel caso ya no tenía remedio. Se sintió mal y volvió a su casa.

Unos días después la policía la convocó para una entrevista. No se asustó demasiado porque sabía que estaban interrogando a la mayoría de los empleados.

La recibió un hombre de mediana edad que se presentó como el inspector Cepeda. A Irene le pareció que tenía un cierto atractivo. Emanaba una serenidad y unos modales que nunca hubiera podido asociar a un policía, aunque bien era verdad que hasta entonces no había conocido a ninguno.

Irene iba con la idea clara de hablar lo menos posible, de que no sabía nada de lo ocurrido. Y estaba segura de no haber dejado rastros de sus operaciones. Ella era un técnico, más veterana que otros compañeros, pero por lo demás absolutamente normal. Nada podía relacionarla con unos asesinatos que no había cometido y su objetivo consistía ahora en pasar desapercibida.

Para su sorpresa, la reunión con Cepeda fue distendida, breve aunque sin prisas, se diría que ambos estaban a gusto. El inspector intentó obtener información de lo que sabía u opinaba sobre MaxBell Telecom. Pero no tuvo mucho éxito y al despedirse la comentó entre risas que no sabía si elogiar su discreción o lamentar su ignorancia.

Irene salió convencida de haber pasado una prueba más y de que ahora era sólo cuestión de tiempo. Debía esperar el momento oportuno para traerse el dinero en efectivo y romper así toda posibilidad, por remota que fuera, de que pudieran seguirla la pista.

Una empresa con problemas en la que asesinan a dos directivos, inculpan a un tercero del crimen y poco después desaparece su presidente junto con importantes activos financieros, sólo puede terminar en la quiebra. Lo sorprendente es lo que tardan algunas estructuras en caerse y MaxBell Telecom tuvo una agonía mucho más larga de lo esperado.

Irene pensó que había vivido demasiadas emociones durante los últimos meses. Consideró llegado el momento de tomarse unas breves vacaciones en una isla tropical en la que, no por casualidad, existía un banco en el que ella tenía una cuenta. El subsidio de paro y unos escasos ahorros financiarían el viaje.... de ida.

El dinero que sacó del banco, en billetes grandes, ocupaba un volumen algo menor del previsto. Mejor. Así resultaría más sencillo pasar la aduana del aeropuerto al regresar a casa. De momento lo dejó en la caja de seguridad del hotel. Antes de volver lo metería en el forro de una cazadora que tenía preparada al efecto. Ahora tocaban unos días de relax en la playa, que también ése era un motivo para visitar aquella isla.

Esa misma tarde, de regreso a su habitación, al entrar en el vestíbulo del hotel vio una cara conocida y sintió que la daba un vuelco al corazón. El inspector Cepeda estaba allí. También él la vio y la reconoció. Sonriendo se dirigió a ella y empezó a hablar.

La conversación fue un breve monólogo. Cepeda acababa de llegar, según dijo, con idea de pasar unas cortas vacaciones y había ido solo. Irene se repuso un poco del susto y en cuanto pudo se escapó a su habitación, aunque para ello tuvo que acceder a verle a la hora de cenar.

Había algo en Cepeda que la atraía. De hecho la cena resultó agradable. Tanto que se olvidó del dinero durante unas horas. El inspector resultó ser un hombre tan decepcionado por su trabajo como lo había estado ella por el suyo. La confesó que nunca había visto claro el caso de MaxBell Telecom, que había gente que obra por sed de poder, pero que la mayoría lo hace por una sed insaciable de dinero, que cuando el poder y el dinero se mezclan la verdad casi nunca sale a la luz.

Volvieron a quedar la noche siguiente. No fue necesario quedar una tercera vez para que hicieran el amor.

Sólo un año después, Irene contó a Cepeda la existencia y el origen de su fortuna, coincidiendo con el nacimiento del primer hijo de ambos.

Pero el inspector prefirió no decir nada a sus compañeros de la policía. En realidad, de haber querido, hubiera podido hacerlo mucho tiempo atrás. Porque el encuentro en aquel hotel no tuvo nada de casual. Pero esa parte de la historia había decidido no revelársela de momento a Irene. Quizá hasta que tuviesen su segundo hijo.

 

Francisco Moreno del Collado (Pozuelo de Alarcón, Madrid)
(Emitido el 13-01-2002)

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42- EL COCHE NUEVO

(Historia seleccionada para ser emitida, pero no llegó a ser emitida por cierre del programa)

Eran cuatro amigos de edades parecidas, algo por encima de los sesenta años. Todos estaban bien de salud, pero ninguno trabajaba ya. Por una razón o por otra disfrutaban de ese estado, ansiado por muchos como nuevo paradigma de la felicidad, que se llama jubilación. Como, además de su pensión, tres de ellos tenían a sus respectivas mujeres que, paradoja de los tiempos, sí que continuaban trabajando, pues no vivían mal. Los cuatro se reunían a menudo para charlar, jugar al mus o salir al campo.

No era frecuente que a las reuniones asistiesen las mujeres. La razón no estaba muy clara, o mejor dicho, lo que no estaba muy claro era la causa por la que, cuando se juntaban con ellas, el ambiente no era todo lo distendido que hubieran deseado.

Emilio, el último que se había incorporado al grupo, sólo unos meses antes, ni siquiera las conocía a todas. Estaba divorciado desde hacía bastantes años y era el único de los amigos que carecía de pareja estable. Sin embargo nunca se le había oído comentario alguno en el que lamentara su situación.

A Marcelino, el integrante de más edad de aquel grupo de espíritu jovial, le fastidiaba tener que repartir su ocio entre los amigos y la mujer. Después de muchos años de matrimonio la seguía profesando un tierno cariño y sentía que su compañía nunca estaba de más. Por esa razón se le ocurrió proponer a sus amigos una especie de concurso literario como disculpa para reunirse con sus compañeras y pasar todos un buen rato. Cada uno debía escribir en un folio una historia curiosa que le hubiera ocurrido en su vida. Cuando se juntaran todos, las mujeres las leerían y se votaría la mejor.

Juan, quizá el más filósofo de los amigos, comentó que los recuerdos abundan en las cabezas de las personas mayores, pero están condenados a perderse, salvo si se escriben. Por eso la propuesta le parecía una buena idea.

Agustín, un ingeniero prematuramente retirado por efecto de las nuevas tecnologías, dijo que si después de una vida escribiendo documentos técnicos no era capaz de escribir un folio de carácter lúdico, se deprimiría mucho. También aceptaba el reto.

Emilio tampoco puso peros y a las mujeres la iniciativa les resultó curiosa, por lo que terminó siendo aceptada sin oposición.

Los cuatro flamantes escritores noveles de la tercera edad se pusieron enseguida manos a la obra y, pocos días después, con los deberes hechos, se reunieron todos en casa de Marcelino. Por deferencia hacia el anfitrión, se decidió que la suya sería la primera historia en leerse.

Hacía unos cuantos años que Marcelino se había jubilado de su trabajo como locutor de una emisora local de radio. En su relato contaba como unos meses antes, su antiguo jefe le había rogado que retomara el micrófono, aunque sólo fuera por un domingo. Debido a una combinación de gripes y otras circunstancias desafortunadas, no disponía de nadie que pudiera seguir al equipo de fútbol de la ciudad hasta Burgos para retransmitir el partido de liga que allí se iba a disputar.

Marcelino se vio presionado con insistencia hasta que se le acabaron las excusas y tuvo que acceder al favor que le pedían. Pensó que no le apetecía conducir en solitario varios cientos de kilómetros, entre ida y vuelta, así que convenció a su hijo para que le acompañara y de paso hiciera de chófer. Él aprovecharía el viaje para repasar las alineaciones y familiarizarse con las fotos y los nombres de los jugadores. La verdad era que desde que el equipo había descendido a Segunda División y él se había jubilado, su afición había decaído un tanto y ya no estaba tan al día como antaño.

Aunque el encuentro no era especialmente decisivo para ninguno de los equipos, el campo estaba casi lleno de público. En la cabina de comentaristas apenas cabían los locutores allí destacados. Marcelino se acomodó como pudo y su hijo, viendo que no había espacio suficiente, se buscó un sitio libre en las gradas. Lo encontró unas cuantas filas más abajo. Llevaba con él un pequeño transistor para oír la retransmisión de su padre.

Comenzó el partido. Durante buena parte del primer tiempo resultó aburrido y sin jugadas de peligro. De repente, una inesperada escapada de un delantero sobrepasó a la defensa contraria y estrelló el balón en un poste. El público se puso en pie y los hinchas empezaron a animar a sus respectivos equipos. El partido ganó en emoción y se produjeron nuevas jugadas de peligro. Pero ninguna terminó en gol.

Marcelino retransmitía, atento sólo a lo que ocurría en el terreno de juego. Por eso no se fijó en que unas filas más abajo, en medio de la muchedumbre, su hijo, de espaldas al campo, miraba hacia la cabina y agitaba los brazos. Sólo muy avanzada la primera parte, en un momento en que el público se sentó, vio las señales. Pero no entendió que querían decir, no las dio importancia y continuó con su trabajo.

Por fin, en el descanso, su hijo pudo abrirse paso entre el público y subir hasta la cabina. Cuando ambos se encontraron frente a frente, Marcelino entendió lo que habían estado intentado decirle:

¡Papá, papá! ¡Que los del Burgos son los otros! ¡Que lo estás retransmitiendo mal!

La ausencia de goles, y el hecho de que fuera un partido radiado y no televisado, quitó hierro al asunto. Pero aquel día el jefe de Marcelino se convenció de que a los jubilados era mejor dejarlos tranquilos.

La segunda historia fue la de Juan, el intelectual, el filósofo. Por eso hubo un murmullo de sorpresa, quizá de decepción, cuando adelantó que había escrito algo que tenía que ver con la lejana etapa de su vida que pasó haciendo el servicio militar. Pero eso no detuvo la lectura.

Comenzó su relato con la llegada de un nuevo coronel al regimiento en que se hallaba destinado. Nada más hacerse cargo del mando, empezó a tomar iniciativas encaminadas al mejor funcionamiento de la unidad.

Una de sus primeras órdenes fue revisar el sistema contra incendios del cuartel. Se comprobó que la totalidad de las mangueras no se habían desenrollado en muchos años y estaban en un estado lamentable, con el forro ajado y la goma resquebrajada. Absolutamente inútiles. Claro que alguien se dio cuenta de que, aunque hubieran estado en perfectas condiciones, no habrían sido de utilidad puesto que su rosca no coincidía con la de los grifos de las bocas de incendio. El coronel no se desanimó por este estado de abandono y decidió contactar con una empresa de extintores. Aprovecharían para hacer una demostración delante de la tropa, y que así de paso aprendieran algo útil.

En el cuartel había una zona dedicada a vertedero y el día de la demostración se retiró un pequeño montón de basura y se le prendió fuego. Los civiles encargados de la demostración tuvieron mayores dificultades de las previstas en extinguir el pequeño incendio, pero al fin, delante de un nutrido grupo de soldados más o menos expectantes, lo consiguieron.

Lo que también consiguieron, aunque esto pasó inadvertido hasta después de que hubieran abandonado el cuartel, fue dispersar con el soplido de sus extintores algunas cenizas y brasas. Como resultado, el vertedero empezó primero a humear y después a arder abiertamente. Hubo que llamar a los bomberos municipales que, conocedores de este tipo incendios en los que principalmente hay brasas, optaron por dejarlo arder. Lo hizo durante tres días con sus noches. Al menos, a partir de entonces, el sistema contra incendios de aquel cuartel siempre estuvo en perfecto estado de revista.

El relato de Agustín, el ingeniero retirado, comenzaba narrando como, después de muchas discusiones con su mujer, primero por el presupuesto, luego por el modelo y finalmente por el color, había conseguido comprar un coche nuevo. Lo recogió un viernes y esa misma tarde se dejó convencer por sus hijos, por aquel entonces dos críos de 10 y 12 años, bastante asilvestrados, para llevarles a un safari park. Cuando se enteró su mujer, hasta entonces al margen de la idea, le llamó de todo. "¿Pero a quién se le ocurre ir con un coche nuevo a un sitio así? ¿No has pensado en que los monos podrían subirse encima y arañarlo o estropear los limpiaparabrisas?". Los niños defendieron su excursión y el marido, entre dos fuegos, optó por callar. Finalmente, la mujer dio por zanjada la discusión con un "¡Pues os vais vosotros, que yo me quedo!".

Y así fue. Salieron el sábado pronto, con idea de pasar todo el día en el parque, del que les separaba algo más de una hora de viaje. Llegaron sin problemas y comenzaron su visita por las instalaciones, sin apearse del coche tal y como estaba estipulado.

Algunos animales ciertamente estaban en libertad, pero a los más grandes o peligrosos les separaba de sus visitantes algún tipo de cercado. En concreto, los elefantes se encontraban detrás de una valla con pilares de hormigón y gruesos troncos horizontales dispuestos a intervalos regulares. Los niños pidieron a su padre que acercara un poco el coche. Lo justo para poder dar unos cacahuetes a los elefantes.

Estaba prohibido bajarse del coche y dar de comer a los animales, pero en esto último no se había fijado el conductor. Además, entonces ¿para qué venden cacahuetes en un zoológico? Los niños no necesitaron insistir más de cuatro o cinco veces para convencer a su padre que les hiciera caso. Realmente no tenía ganas de discutir, sobre todo después de haberlo hecho la noche anterior con su mujer. Así que acercó el coche hasta una distancia que le pareció prudente y paró el motor.

Los elefantes son animales muy inteligentes y un par de ellos, que se encontraban junto a la valla, empezaron inmediatamente a estirar sus trompas en dirección al coche. Y cuando un elefante se estira llega más lejos de lo que pueda pensarse. En aquella ocasión llegaron hasta la puerta trasera del coche, donde estaban los dos hermanos. Uno de ellos bajó el cristal con idea de ofrecerles los cacahuetes y, antes de que ninguno de los críos, ni el padre, pudieran reaccionar, había casi medio metro de cada trompa dentro del vehículo, intentado alcanzar los frutos secos.

De un trompazo la bolsa salió por los aires y los niños se asustaron. Sin pensarlo dos veces, uno oprimió el botón del elevalunas eléctrico. El cristal empezó a subir. Los elefantes, que seguían a la caza y captura de los cacahuetes, no se dieron cuenta hasta que era demasiado tarde. Está vez los que se asustaron, al sentir como los extremos de sus trompas quedaban aprisionadas dentro del coche, fueron ellos. Reaccionaron con violencia y en un instante, en su intento de sacarlas, lo que hicieron fue arrancar de cuajo la puerta del vehículo.

"¡Mi coche!", pensó Agustín mientras arrancaba tan rápido como podía para poner tierra de por medio. Le cabreaba como había ocurrido todo, tan rápido, sin darle tiempo a evitarlo. Y para colmo su mujer, una vez más, le echaría en cara que ella tenía razón. Luego le tocó aguantar la bronca del encargado del parque. Amenazó con denunciarle y reclamar por los daños y perjuicios a la imagen del zoo, derivados de su conducta temeraria. Pero al protagonista de la historia no le quedaban ganas de discutir. Al final, los propios empleados del zoológico le trajeron la puerta. También dieron unos golpes a la chapa de la carrocería del coche, que habían quedado desgarrada en varios puntos. Mejor prevenir nuevos accidentes.

Mientras hacían este arreglo provisional, Agustín optó por tomar en la cafetería del parque un whisky con el que ahogar un poco sus penas. Como el asunto de la chapa se demoró algo más de lo previsto, al final tomó dos. Consiguió que los niños se estuvieran quietos un rato con unos refrescos y unas hamburguesas.

Por fin inició su regreso a casa, mucho antes de lo que tenía previsto de no haberse producido el incidente. Sólo unos kilómetros más adelante se cruzaron con una pareja de motoristas de la Guardia Civil, que al ver el coche viajando con 3 pasajeros y sin una puerta, dieron inmediatamente la vuelta, le alcanzaron y ordenaron parar.

Pero, ¿cómo es que viaja usted en estas condiciones? ¿Y por qué no llevan los niños el cinturón de seguridad puesto?

Verá agente, es que un elefante nos ha arrancado la puerta y ...

No le dejaron continuar. Le pidieron los papeles y le hicieron el test de alcoholemia, con tan mala suerte que salió positivo. "¡Ese maldito par de whiskys en ayunas!", pensó. Le pusieron una multa y le sugirieron que o se llevaba el coche en una grúa o se esperaba unas horas antes de seguir viaje. Optó por la grúa, que para eso tenía al menos el seguro en orden y a todo riesgo.

La grúa les dejó a los tres y al coche en el garaje de casa, cerca ya del mediodía. Su mujer estaba aún en bata y la cama sin hacer. Pero no le importó. Tampoco quiso oír recriminaciones, a las que nada más empezar cortó de malos modos. Simplemente quería desaparecer de este mundo unas horas. Se quitó la chaqueta y los pantalones y se tumbó en la cama. Se quedó casi de inmediato profundamente dormido. Pensándolo bien, puede que hubiera tomado tres whiskys y no dos.

Le tocaba ahora el turno a la historia de Emilio, pero para sorpresa de todos, arrugó su hoja hasta dejarla convertida en una bola de papel y dijo que no podía competir con los relatos que había escuchado. Prefería renunciar a su opción a ganar el concurso y pasar directamente a la votación. Hubo protestas, e incluso intentos, entre risas, de quitarle la hoja, pero él siguió en sus trece y ante la insistencia de sus amigos, terminó tirándola por la ventana. Para evitar que la reunión acabara por estropearse, Emilio argumentó que en realidad no había sido capaz de escribir nada. La hoja estaba en blanco.

La bola de papel cayó en la calzada. Los coches al pasar creaban remolinos de aire que terminaron llevándola hasta un charco. Allí, al empaparse se deshizo y la tinta se corrió. Ya nadie sería capaz de leer lo que contenía la supuesta hoja en blanco.

El secreto permanecería exclusivamente en la cabeza de Emilio. Era una vieja historia sobre una ocasión en que, el regreso inesperado del marido de su amante, le obligó a esconderse debajo de la cama en la que hacían el amor. El marido volvía con muy mal humor y alguna copa de más, así que se echó en la cama y enseguida empezó a roncar. Al cabo de un rato la mujer le indicó que ya podía abandonar su escondite. Le dio una copia de las llaves del garaje para que, saliendo por él, evitara cruzar el portal y encontrarse con el conserje o algún vecino chismoso.

Así lo hizo, pero al atravesar entre dos coches allí aparcados tropezó con uno de ellos, desgarrándose el pantalón y haciéndose una herida por la que empezó a sangrar abundantemente. Sintió un dolor intenso. "¡Maldita sea!, ¡Basta que quisiera pasar desapercibido!". Se dio cuenta de que al coche con el que había tropezado le faltaba una puerta. La chapa de la carrocería, alrededor de las bisagras estaba rasgada y un reborde saliente le causó el corte.

Se taponó la herida como pudo con la ayuda de un pañuelo y salió del garaje, afortunadamente sin testigos. Intentó parar un taxi, pero éste, al ver que sangraba, continuó su marcha en apariencia ignorándole. Pero sólo en apariencia, porque lo que hizo fue dar aviso a la policía. Unos minutos después, cuando estaba a punto de caerse desmayado y mientras que los peatones que por allí pasaban le miraban con recelo y daban un pequeño rodeo para evitarle, apareció un coche patrulla y al poco una ambulancia, que le llevó a un hospital.

Aunque aparatosa, la herida no era grave y tras unos cuantos puntos de sutura y la vacuna del tétanos le dejaron irse a casa. La policía insistió en saber que había pasado, pero Emilio prefirió no dar detalles ni presentar denuncia.

Unos días más tarde, hablando con su amante, se enteró de que el coche sin puerta era precisamente el coche nuevo del marido. Sin llegar a sospechar nada, se había vengado de él.

¿Qué historia fue la ganadora? En realidad poco importa el resultado, porque para poder juzgar con objetividad, hubiera sido necesario conocerlas todas, sin ser parte interesada en ninguna. Y el único que cumple ambos requisitos eres precisamente tú.

 

Francisco Moreno del Collado (Pozuelo de Alarcón, Madrid, 27 de Junio de 2002)
(No llegó a ser emitido por cierre del programa)

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43- NADIE

– Me preguntas, cíclope, mi nombre ilustre. Te lo diré y me harás el presente hospitalario que me has prometido. Mi nombre es Nadie. Mi padre y mi madre y todos mis compañeros me llaman Nadie.

Así le dije, y con indignado ánimo hubo de responderme.

Homero, La Odisea.
 

¿Quién es Nadie? ¿Acaso alguien lo sabe? Porque después de lo que pasamos juntos, aún no sé quién es.

Creo que era otoño cuando la conocí. Sí, me parece que llovía, como llueve hoy. Lo sé porque recuerdo que le gustaba salir a pasear cuando llovía, cuando sólo ella estaba en la calle, y fue gracias a eso que la conocí. Me fijé porque todo el mundo corría como huyendo de un incendio, y Nadie saltaba de charco en charco como lo hacen los niños cuando sus madres no miran.

Eso era una de las cosas que más me gustaban de Nadie. Tenía la vulgar inocencia que tienen las niñas y por eso no caía bien a las otras personas. Por eso me miraban frunciendo el ceño cada vez que me veían hablar con ella, cuando nos sentábamos en los bancos de los parques de Madrid.

Nadie fue la única compañía que tuve durante mucho tiempo, cuando yo acababa de llegar a la ciudad y mis únicos compañeros eran las palabras que escribía en un traicionero folio en blanco.

Por aquel entonces yo trataba de ganarme la vida vendiendo esas hojas en los periódicos. Iba cada mañana a las editoriales y a las imprentas, buscando recibir un poco de dinero a cambio. Recuerdo que lo que peor llevaba era el frío, y caminaba siempre enfundado en mi abrigo marrón y mi bufanda roja, y que la vi cuando cruzaba la famosa Plaza del Reloj.

También recuerdo que nos metimos en una cafetería y yo pedí dos chocolates calientes, y que Nadie no se tomó el suyo. Toda la cafetería nos miraba, a mí y a Nadie, y algunos valientes nos señalaban de vez en cuando.

Nadie siempre causaba esa sensación en los lugares públicos. Atraía la atención del resto de la gente como si fuera alguna celebridad, y ella y yo reíamos.

¿Que cómo era Nadie?... No podría decirlo con exactitud. Unas veces morena y otras rubia, unas veces alegre y otras triste, y se echaba a llorar sin ninguna razón, porque Nadie era así, impredecible como una tormenta, pero sin duda siempre era ella, siempre era Nadie.

Nos pasamos una vida entera hablando, hablando cuando nos veíamos en la cafetería por las mañanas, hablando a la hora de comer, hablando cuando salía del trabajo, hablando sin parar...

Y así pasó el otoño. Y también el invierno y el verano. Y el siguiente otoño y el siguiente verano, y durante ese tiempo nunca estaba solo porque estaba con Nadie. Y todos mis recuerdos con ella son recuerdos del otoño, porque con Nadie siempre era otoño: una calle vacía, una acera encharcada, unas hojas secas...

Pero pasó el tiempo, y hasta yo me hice famoso. Pronto mis páginas en blanco se empezaron a publicar y mi nombre se escuchaba incluso en la calle. Y con el éxito vino la gente: eruditos tontorrones que querían conocerme, sabios del escaqueo que buscaban compartir conmigo sus opiniones, editores sin editorial que deseaban saber de mis últimos escritos.

Y con la fama, empezaron los problemas con Nadie. A ella no le gustaba la gente, y como a la gente no le gustaba ella, cada vez hacía más caso a mis amigos interesados y menos a Nadie. Discutíamos cada vez que quedábamos. No podíamos hablar sin gritarnos, y a nuestro alrededor siempre nos miraban.

Estuvimos un tiempo sin vernos y yo me planteaba cada vez más mi relación con Nadie. Antes la necesitaba porque estaba solo, porque sólo me acompañaba el sonido a pájaro carpintero y campanillas muertas de mi máquina de escribir, porque ni siquiera el sol entraba cada mañana por mi ventana por el miedo ante tanta soledad.

Yo era como un abrigo colgado en un armario sin más ropa y Nadie aparecía siempre cuando más lo necesitaba, cuando más tenía que decirle al mundo, y siempre estaba allí para consolarme. Entonces me di cuenta de una cosa: Nadie era mi única compañía, estaba solo con Nadie y yo no quería creerlo.

Pero ahora yo ya no estaba solo. Siempre estaba rodeado de personas que giraban a mi alrededor, como si fueran satélites, y ellos no aprobaban mi relación con Nadie. Así que un día quedé con ella en la cafetería de siempre, en la de la plaza de la estatua ecuestre, y le dije lo que ocurría.

Me sorprendió que los demás ya no nos miraran, que pensasen que era algo normal que estuviese con ella. Entonces, me despedí de Nadie y la vi marchar como siempre se marchaba, dejando su inconfundible aroma a violetas muertas flotando en el aire.

Y cuando ella se fue, me preguntó el camarero:

¿De quién se despide?

De esa chica.

¿Y quién es esa chica?

Entonces yo suspiré y dije:

Nadie.

 

Jose Luis Cuesta Saldaña
(Emitido el 13/01/2002)

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44- FUERON COSAS DE NIÑOS

Casi todos los días daba el mismo paseo. Salía por la parte trasera del hotelito y se dirigía hacia una zona tranquila que años antes había sido el parque principal de la ciudad, y hoy apenas era un solar con unos cuantos matojos de seto que nadie se ocupaba de podar.

Aquella tarde, mientras lo atravesaba con la habitual y obligada lentitud de sus muchos años, pensaba que pronto entrarían las máquinas a trabajar y el asfalto invadiría los últimos vestigios de naturaleza que allí quedaban. Pensaba también que él tal vez no llegaría a conocer los edificios que se construirían y que terminarían por borrar por completo la fisonomía original de aquel lugar.

Se detuvo un momento y miró con tristeza la fuente circular en la que antaño sudorosos chavales aliviaban su sed. También los ancianos bebían de su chorro permanente, valiéndose de las manos para llevar el agua a la boca. Ahora seca, llena de pedruscos y con enormes grietas que semejaban cicatrices, la fuente mostraba parte del tubo magullado que sostendría el grifo. Su estado ruinoso era el testimonio de un pasado que muy pocos recordaban.

Allí existieron jardines. Hubo columpios y niños impacientes por disfrutarlos. Además, un barquillero rifaba golosinas y una banda de música tocaba los domingos por la mañana en un kiosco de rejas altas vestidas de hiedra. Entonces la vida toda por delante, como un manjar interminable, y ahora el reverso de esa moneda llamada Existencia.

Al anciano, evocando con nostalgia tan lejano ambiente, le parecía oír el griterío de aquella gente menuda y notar el expresivo silencio en las miradas que se prodigaban jóvenes parejas ensayando las primeras caricias en un duelo entre la timidez y la complacencia.

Continuó su reposado paseo hasta donde desaparecían los últimos árboles, heridos y desconchados como séquito a la espera de un rey derrotado. No se veía a nadie por allí y el hombre aprovechó la soledad para liberar su vejiga.

Luego siguió caminando por una senda próxima a una acequia hasta que comenzó a sentir frío, y decidió iniciar el regreso ante el temor de que en aquel solitario paraje le sorprendiera la maldita fatiga que casi siempre se le prendía al pecho al atardecer.

"En cuanto llegue a la guardería, tendré que tomar la pastilla para el corazón", se dijo, y a continuación añadió, hablando para sí mismo, "la pastilla del corazón, la del reúma, la de la próstata..., como si entre todas pudieran convertirme de nuevo en un mozo lozano. Como cuando me enamoré de aquella chiquilla de mi clase."

Aquel idilio no pasó de ser un juego entre dos criaturas, y sus mínimas posibilidades de sobrevivir quedaron truncadas cuando los padres de la niña decidieron cambiarla de escuela. Sin embargo, durante algún tiempo el ilusionado pretendiente consiguió mantenerse en contacto con ella, buscándola entre las alumnas de un internado y entregándole a hutadillas escritos en los que le declaraba su cariño junto a la firme promesa de que algún día, cuando fueran mayores, la pediría en matrimonio.

El padre de la chica, un militar cuya trayectoria apuntaba hacia altas medallas, fue trasladado de ciudad, lo cual implicó el final definitivo para la incipiente pareja, sin que entre ellos mediaran ni tan siquiera la esperanza de poder escribirse.

El muchacho vivió aquellos años adolescentes intentando recuperar su destrozado amor. No podía aún adivinar que esa enfermiza pasión marcaría el resto de su vida. Ni su devenir profesional, ni los negocios, ni ninguna otra mujer, consiguieron borrar la imagen de la pequeña estudiante. Ni siquiera llegó a saber si ella sufrió lo mismo o, si en brazos de otros amores, se burlaría del niño locamente enamorado que tantas veces le había prometido casarse con ella.

Sumido en esa evocación tan crónica que aquella tarde parecía haber cobrado especial fuerza, llegó el paseante a la residencia para ancianos, algo así a un hotelito de un estatus medio-alto que desde hacía 14 años hacía las veces de hogar para él.

Al entrar en el salón vio que había una nueva hospedada, una señora de cabello blanco que estaba en una silla de ruedas, y que tras unas elegantes gafas, leía un libro junto a la vidriera que daba al patio interior.

Conforme el hombre se fue acercando para saludarle, fue adivinando en ella la persona que él había conocido hacía tantísimos lustros. Apenas conservaba en sus trilladas facciones una muestra del que fuera su rostro de pómulos perfectos y nariz graciosamente respingona.

Era ella, estaba seguro, allí, a pocos metros de él, con su boca, sus ojos, su total realidad cuya negación le había perseguido toda aquella eternidad.

– Perdone, me llamo..., me llamo Melchor. ¿Es usted nueva aquí?

La anciana, sorprendida, apartó su vista del libro y quitándose los lentes le sonrió cortésmente:

Bueno, tanto como nueva a esta edad... Sí, he llegado esta mañana. La familia me ha dicho que aquí estaría como en casa. Vaya, supongo que eso es lo que nos dicen a todos, ¿no le parece?

Sí, sí, es cierto. Escuche, creo que usted y yo nos conocemos, porque fuimos juntos al colegio.

¿Al colegio? Pues la verdad, yo he ido a varios colegios porque mi padre era militar y vivíamos con la casa a cuestas según le iban cambiando de destino. No sé, así de repente... la verdad es que no le recuerdo de nada.

Usted se llama Mercedes, ¿no? –insistió él–, y tenía un tío que tocaba el piano y dirigía el coro de la parroquia, ¿a que sí? –se iba entusiasmando el anciano.

Pues... sí señor –respondió ella entre complacida y estupefacta.

Le miró más atentamente, y al final exclamó:

Oiga, ¿no será usted aquel chico que iba como un loco en una bicicleta que no tenía frenos y que rompía los zapatos de tanto restregarlos por el suelo para frenar?

El mismo, Mercedes –dijo él emocionado–. El mismo que te ha continuado queriendo como aquellos tiempos de espera en la esquina para verte para ir a misa con tu madre y tu hermana, el mismo de hacer tonterías sobre los pedales para llamar tu atención...

Eso fueron cosas de críos, hombre –interrumpió ella en tono algo cortante–. Mire usted, yo tengo cuatro nietos muy majos, y la chica, que es la pequeña, aún no ha cumplido los 15, y me parece que ya tontea con un muchacho que conoció en el cumpleaños de una amiga. Así es la vida, que cuando a unos se nos termina, para otros comienza. Y así será mientras el mundo sea mundo.

Hasta la hora de cenar estuvieron resumiendo en breves pinceladas lo más relevante del pasado de cada cual. Él seguía soltero y cobraba una buena pensión. Ella había enviudado tras un accidente de automóvil que la condenó a la silla de ruedas. Había tenido tres hijos, y como las nueras trabajaban, en ninguna casa podían atenderla bien.

En definitiva, dos historias vulgares para dos viejos anónimos que ahora, por una simple casualidad, volvían a coincidir cuando a ambos les estaba negada cualquier apuesta por el futuro.

No habría transcurrido más de una semana del reencuentro cuando el anciano, comprendiendo que aquella mujer llena de manías y convencionalismos, nada tenía que ver con la colegiala de las tardes de tebeos y regaliz de palo, con la musa de sus paseos por el hoy desvencijado parque, con el ángel de sus noches de desvelo y obsesión, prefirió conservar para siempre aquella historia como un paraíso negado, como una de esas cosas de críos que sólo en sueños cobra su auténtica dimensión.

Y el hombre se abandonó al sopor más profundo para poder reunirse eternamente con la chica a la que, vestido de pantalón corto, entregó su amor en aquellas cartas con faltas de ortografía y borrones de tinta que él disimulaba convirtiendo en corazones.

 

Esteban Trigo Estúa (Zaragoza)
(Emitido el 13/01/2002)

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45- EL ÚLTIMO VAGÓN

Aquella mañana no había asientos libres en el último vagón, así que me recosté contra la pared del fondo mientras escuchaba música y tarareaba la letra con cierto aire de estupidez propio de una mala noche.

Ya sonaba el pitido y empezaba a cerrarse las puertas. Yo bajé la mirada para rebobinar mi vieja dosis musical contenida en aquella cinta barata, que se enganchaba dos de cada tres veces.

Cuando alcé la vista, ella estaba allí. Lo primero que me llamó la atención fue su pelo. Era de un negro tan oscuro e intenso, que tenía reflejos azulados. Lo llevaba suelto, muy largo, creo que hasta la cintura. Era un pelo genial, con un brillo extraño, sobrenatural. Como sus ojos. No era capaz de distinguir el iris de la pupila de aquellos ojos. Una noche sin luna y sin estrellas no habría sido tan profunda e insondable como aquella mirada. Sus rasgos parecían tallados en prístino mármol rosado, suaves pero firmes, sensuales pero salvajes, tan finos que dañaban la vista.

Todo su cuerpo iba enfundado en ropas del mismo color que su cabello y sus ojos. Únicamente un detalle desentonaba en aquel ser de absoluta perfección: sus manos, blancas como la nieve más pura, de apariencia fría, letal. Su cara y su cuello tenían un ligero tono rosado, pero sus manos no, sus manos repudiaban cualquier contacto con los rayos solares. Es más, los combatían con furia ciega, resplandeciendo aún más.

En aquel momento me di cuenta que había estado conteniendo la respiración, y con un suspiro tembloroso exhalé el aire de mis pulmones, lentamente, paladeando cada partícula como si fuera la última.

Aquel día no me miró. Bajé en mi parada y cuando me giré para verla por última vez, ya no estaba. Escudriñé entre las caras que me esquivaban o me empujaban intentando encontrarla, pero todo fue inútil.

El resto de la mañana fue horrible y por la tarde la cosa no mejoró. Lo único que quería era que el reloj corriera más rápido para poder volver al metro y encontrarme con ella. En el trayecto de vuelta no la vi.

A la mañana siguiente subí al vagón sin demasiadas esperanzas. Me equivocaba. Ahí estaba ella. Su pelo parecía relucir aún más que el día anterior. Un suave jersey negro envolvía su torso, y sus piernas estaban enfundadas en unos pantalones muy ceñidos, también negros, hechos de algún extraño tejido muy similar al terciopelo.

Mi viaje en metro dura una media hora. Media hora esperando a que alguien te dirija una mirada se transforman en años de angustiosa espera.

Ella miraba todo el rato a un hombre sentado a mi lado. Lo miraba con aquellos ojos tan extraños. Ni siquiera parpadeaba. Le miraba, y sonreía.

El hombre tenía pinta de ejecutivo de tercera, el típico hombre cercano a la treintena, vestido con el traje más caro y hortera que la dependienta de la tienda ha conseguido endosarle, y al que sólo se le asignan trabajos que no requieren esfuerzo neuronal: fotocopias, cafés, y ordenación de archivos.

No era guapo. Quizá en aquellos momentos no era del todo imparcial, pero no podía entender cómo aquel deshecho humano podía atraer hacia sí la mirada de aquellos ojos que yo tanto anhelaba.

El hombre, como le había visto hacer desde que cogía el metro a aquella hora, estaba absorto en la lectura de una revista para hombres, "Cómo triunfar en tu vida laboral". Yo sonreí. Aquel artículo era mejor que el de "Las diez posturas que las vuelven locas". Pero este imbécil, con una cicatriz en la ceja izquierda, la nariz rota, un ligero tic en la comisura derecha, y aquel aire memo, necesitaría un milagro simplemente para triunfar en algo.

Llegué a mi parada, y sintiendome ligeramente ofendido por la actitud de ella, bajé casi al trote sin volver la vista atrás. El resto del día no volví a pensar en ella. O eso quería hacerme creer...

Cada vez que hablaba con una chica, instantáneamente veía el rostro de ella, su cabello enmarcando aquel semblante impasible, sus ojos que me esquivaban. Cuando esto ocurría, sacudía la cabeza y volvía a centrarme en la realidad que me rodeaba. Notaba como su imagen se retiraba a lo más profundo de mi mente, acechando otra oportunidad para volver a atormentarme. Y era una tortura tan dulce, que esperaba con impaciencia el momento en que se producía.

Como el día anterior, no me encontré con ella en el viaje de vuelta a casa. A partir de entonces, se repitió la misma historia todos los días, en el mismo metro, en el mismo vagón y a la misma hora. Siempre en el viaje de ida, nunca en el de vuelta, yo sentado o apoyado contra la pared de fondo del vagón, ella enfrente de mí, mirando siempre a la persona que tenía al lado. Me estaba volviendo loco de rabia.

Decidí dejar de coger el metro durante un par de días e ir andando, pero en verano la ciudad es un horno y los coches no son muy amistosos con los peatones que como yo, cruzan en rojo y les hacen gestos obscenos.

Al tercer día me armé de valor y volví a mi metro, a mi vagón, a mi asiento. Temeroso de mirar a mi alrededor, subí el volumen de la música y me enfrasqué en la lectura de un viejo libro que había escogido al salir de casa. "La maldición del Dragón", gran libro, sobre todo cuando lo has leído doce veces y sabes lo que dirá el enano a la jinete en todo momento y puedes explicarles cómo matar al dragón cuando ni siquiera saben que existe. Lo había cogido como excusa para no tener que verla.

A mitad de trayecto, en una de las paradas más concurridas, mi tren falló. No era la primera vez, así que me resigné y volví a la lectura.

Estaba llegando a una de las partes interesantes del libro, cuando algo rozó la esquina superior de éste. Alcé la vista y descubrí dos pozos de oscuridad escrutándome.

Era ella. Me estaba mirando como ninguna chica lo había hecho nunca. Me estaba sonriendo. Su pelo caía en cascada porque ella estaba ligeramente inclinada hacia mí.

"¿Que hago?", me pregunté. "No lo sé, improvisa algo", me respondí.

Forcé una medio sonrisa, pero ella frunció el ceño y se echó hacia atrás en su asiento.

¿Puedes verme? –inquirió con una voz tan dulce como el roce de la seda sobre la madera pulida.

Aquello me desconcertó. ¡Cómo demonios no iba a verla si era el ser más bello que mis ojos habían contemplado jamás!

No quiero hacerlo –dijo ella.

No hablaba conmigo. Había cerrado los ojos y crispado sus níveos puños.

El metro se puso en marcha. Yo apagué la música y guardé el libro en la mochila.

¿Te encuentras bien?

Alargué la mano para tocarle el brazo, pero ella lo retiró con furia.

¡No me toques!

Sentí que un nudo me atenazaba en la garganta. ¡No lo podía creer! Me había enamorado de una loca o algo así.

Me levanté de mi asiento y me recosté contra la pared del fondo, luchando por contener unas lágrimas que no sabía de dónde provenían. ¿Frustración? ¿Vergüenza? ¿Alegría...?

Bajé en mi parada y me senté en uno de los bancos del andén. El tren cerró las puertas, aceleró y desapareció por el túnel. Eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos intentando serenarme. El corazón me iba a mil.

Volví a abrirlos cuando oí el roce de la tela. A mi lado estaba ella. Me sonreía.

Lo siento –me dijo sin dejar de sonreír.

Yo no podía articular palabra. Nunca se me han dado bien las relacciones con las mujeres, pero con ella me bloqueé como nunca me había pasado antes. Me estaba ahogando en las profundas simas de sus ojos.

Lo siento –repitió ella.

¿Por qué? –conseguí balbucear.

Sólo los elegidos pueden verme.

No entendía nada, pero una alarma en lo profundo de mi alma se había disparado y no había forma de hacerla callar.

¡Yo puedo verte!

Lo sé, y eso me duele más a mí que a ti, créeme.

Alzó una mano de aquel blanco tan puro y me tocó la sien.

Un estallido de luz me cegó durante unos segundos. Después, la oscuridad más absoluta lo envolvió todo.

Empezaba a comprender. Muy pocas veces me he planteado el cómo y el cuándo. ¿Cómo es morir? Y lo que es más importante, ¿cuándo voy a morir?

Aquel día mis preguntas hayaron respuesta. Todo gracias a ella.

Nunca imaginé que la Muerte pudiera adoptar formas tan hermosas. Siempre había creído que era cruel y maligna, pero en su sonrisa no hay atisbo de crueldad, sólo resignación y una profunda tristeza.

 

Daniel Blasi (Barcelona)
Emitido el 30-09-2001

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46- UNA VENTANA LLAMADA TERNURA

Llovía. Aurora miraba la lluvia caer y sentía que dentro de ella se desataba de nuevo la tormenta que últimamente siempre la perseguía fuese a donde fuera. Y llovía, esta vez dentro y fuera. Pues así como tímida y lentamente veía caer el agua a través de la ventana, tímidas eran las lágrimas que poco a poco iban resbalando por sus mejillas.

Era quizás uno de los principales y más señalados días de su vida. Iba a ver cumplido uno de sus más anhelados sueños, dar un concierto. Su primer concierto, donde por fin iba a poder compartir con el mundo toda la belleza que llevaba dentro.

Debía ser uno de los días más felices de su vida, pero no pudo evitar volver a sentir ese dolor tan intenso, volver a llorar al pensar en Blanca. Blanca, la persona más especial que había pasado por su vida. Sencilla, tierna, amorosa, con un corazón tan puro como su nombre indicaba, y con un gran, gran amor que entregar, pero necesitada de recibir mucho, mucho más amor.

La había conocido hacía unos años en el Conservatorio de Música donde las dos aprendían piano. Las dos habían tenido, aunque por motivos diferentes, unas vidas difíciles. Aurora era mayor que Blanca, por lo que terminó la carrera antes que ella. Su relación fue siempre buena pero no llegaron a intimar, hasta el día de la despedida en que las dos sintieron que algo dentro de ellas se rompía. Y sí, hubo una despedida, pero fue el principio de una relación mucho más intensa y mucho más especial.

El día de la despedida Blanca le pidió que tocaran juntas una pieza de música que ella misma había compuesto para regalar a Aurora. Creía que iba a ser la última vez que estuvieran juntas, y eso la entristecía. La pieza era de una belleza indescriptible, serena pero llena de compases melancólicos.

Al terminar la pieza, Aurora se sentía incapaz de articular palabra, pues le había llegado a lo más profundo de su ser y sólo pudo decir "Gracias". Blanca, después de terminar la pieza, estaba con la emoción difícilmente contenida, cosa de la cual se dio cuenta Aurora, y presintiendo de que Blanca estaba a punto de llorar y que no sabría cómo comportarse si lo hacía, la despidió torpemente, puede decirse que casi la obligó a que se marchara. Después sabría que ella se marchó llorando, pues Blanca hubiese querido darle un abrazo de despedida.

Pasaron los días y Aurora sentía la emoción contenida de esa despedida como un gran peso en su pecho. Intuía que Blanca se había marchado llorando, y un gran sentimiento de ternura iba creciendo dentro de ella desde entonces. Siempre le había costado mucho demostrar sus sentimientos, de ahí que amase tanto la música, pues era su forma de poder expresarlos, pero no podía olvidar la carita de Blanca de ese día, esos ojos tristes, que lo estaban mucho más ese día.

En los días siguientes hubo una gran lucha dentro de ella, hasta que comprendió que debía hablar con Blanca y decirle y demostrarle lo mucho que la quería. La llamó y quedaron en verse en casa de Aurora.

Al rememorar ese tan especial día, un intenso sentimiento de felicidad invadió su corazón, y por unos instantes dejó de llorar, pues ese día se sintió la persona más feliz y más afortunada de la tierra.

Al principio comenzaron a hablar de cosas sin mucha importancia, y cuando el ambiente era más relajado, Aurora pidió a Blanca si podía hacer algo que le debía desde el día de la despedida. Blanca se quedó un poco extrañada y le contestó que sí. Entonces Aurora le hizo ponerse de pie, abrió sus brazos y volvió a cerrarlos en torno a ella, y la abrazó con gran ternura, con todo ese gran amor recién descubierto.

Blanca no comprendía, se había quedado muy extrañada. Le hizo sentarse, y cogiendo sus manos entre las de ellas, le dijo:

Desde el día de nuestra despedida te lo debía. Sé que no hice lo correcto cuando te obligué a marchar. Debí haberte abrazado entonces y haberte dicho lo mucho que te quiero, y que mi mayor deseo es que sigamos estando siempre juntas. Y quiero que sepas que siempre estaré para ti, no importa el día, la hora, siempre que me necesites podrás contar conmigo, pues te repito que te quiero y no deseo, si tú también así lo quieres, que una persona tan especial como tú desaparezca de mi vida. ¿Me comprendes ahora?

"Sí", fue su tímida respuesta. Pero no olvidará jamás el gran amor que sintió cuando Blanca la abrazó y depositó un tierno beso en su mejilla, un beso que jamás podrá olvidar, pues desde aquel mágico día lo guardaba en lo más profundo de su corazón.

Al recordar ese abrazo y ese tierno beso comenzó de nuevo a llorar. Se sentía ahora tan vacía, pues hacía ya un tiempo que no los compartían. Volvió a sentirse culpable por ello y un dolor muy intenso volvió a golpear su pecho.

Después de ese maravilloso día, fueron descubriendo miles de hermosas cosas juntas, cosas que generalmente guardaban sólo para ellas, pues casi estaban seguras de que no todo el mundo comprendería la forma tan especial que tenían de quererse. Podían estar horas mirando el vaivén del mar simplemente cogidas de la mano, sin palabras, no hacían falta. O subir a lo alto de una montaña y ser felices contemplando tanta belleza. O deleitar su corazón tocando juntas una sencilla melodía. A Aurora le encantaba mirar como los ojitos tristes de Blanca poco a poco se iban llenando de alegría. ¡Cuanto amor tenía, cuanta dulzura, cuanta ternura...!

Esta amistad poco a poco fue creciendo en confianza, y siempre que se ponían a hablar lo hacían sin secretos, sabiendo el gran respeto que sentían la una por la otra. Sencillamente sentían un gran amor, amor de amigas, de hermanas, o simplemente como dos almas gemelas que se encuentran después de haber estado vagando, y que al haberse encontrado, necesitan estar cerca una de la otra.

Al recordar esto, sintió otra dolorosa punzada en su pecho y su llanto se hizo más intenso. ¡Cómo la echaba de menos! Cómo echaba de menos compartir con ella esos mágicos momentos, cómo echaba de menos abrazarla y ser abrazada, y cómo echaba de menos sobre todo, no poder decirle cuánto la quería.

Habían pasado unos meses desde ese reencuentro cuando Aurora comenzó a sentirse mal. Había dejado de ser la persona optimista y alegre que contagiaba a todo el mundo las ganas de vivir y de transformar cualquier situación en una buena experiencia, por pequeña que ésta fuera. Lloraba sin motivo, tenía constantes cambios de humor y no llegaba a entender, por mucho que se lo proponía, qué es lo que le sucedía.

Coincidió que por aquel entonces Blanca había sufrido un desengaño y se encerró en sí misma, no queriendo saber nada de nadie. Ni siquiera se dio cuenta de las poco claras llamadas angustiosas de auxilio que Aurora le hacía cada vez que hablaba con ella.

Un día, un día que al recordar volvió a maldecir por milésima vez, en el que Aurora se encontraba más perdida que nunca, en una conversación con una conocida de ambas, cometió el mayor error de su vida, el que más dolor le había y le estaba causando hasta entonces. Dijo dos palabras. Dos palabras que fueron suficientes para traicionar la confianza que en ella tan tiernamente había depositado Blanca.

Cuando Aurora se dio realmente cuenta de lo que había hecho, cuando comprendió el gran sufrimiento que le había causado a Blanca con ello, cuando vio el dolor reflejado en sus siempre tristes ojos, sintió que su corazón se rompía y un dolor tan intenso que jamás creyó que pudiese llegar a existir. ¿Cómo había podido ser tan torpe? Se maldijo y deseó haberse quedado muda. Se sintió tan sucia que no creyó jamás poder perdonarse. Le pidió perdón en varias ocasiones, y aunque Blanca decía haberla perdonado, su relación perdió la magia que entre ambas habían creado.

Poco a poco se fue creando un muro entre ellas. Blanca seguía dolida, decepcionada, y Aurora se sentía incapaz de luchar, pues ni siquiera era capaz de mirarla a los ojos directamente. Y así, día tras día, la distancia fue creciendo entre ellas.

Desde entonces hasta ahora, había derramado las lágrimas más amargas de toda su joven vida. Sentía como en su pecho había crecido un grandioso mar que por momentos la ahogaba, y no había día que no se desbordara. Más que por ella, lloraba por Blanca. Intuía la gran decepción que debió sentir. Sabía lo que le había costado confiar en ella y se maldecía en cada instante al recordar el gran sufrimiento que con seguridad le había causado. Toda lágrima que sabía le había hecho derramar por su culpa la sentía en su pecho como un desgarrador puñal, un puñal que le causaba un dolor tan profundo que creyó que nunca jamás iba a pasar.

Ya nada la hacía feliz. Ni siquiera el sentarse a tocar el piano, su mayor sueño, la reconfortaba. Su alma había enmudecido. Había dejado de hablarle, había perdido la inspiración, pero es que se sentía tan sucia, tan despreciable y tan..., tan llena de culpa por esa traición, que era incapaz de perdonarse. Sólo deseaba estar sola, no ver a nadie, estar encerrada en su habitación y dejar sueltas esas miles de gotas saladas, pues ese mar la ahogaba a cada instante. Pensaba que ese dolor no pasaría nunca. ¡Cómo le dolía el silencio de Blanca!, un silencio que entendía, pero, un silencio que odiaba.

Sólo podía esperar que Blanca pudiese perdonarla realmente algún día. Sabía que debía dejar pasar un tiempo. No podía pedirle nada, pues ella misma se sentía eso mismo, nada, pero ¡cómo la echaba de menos!

Casi estaba tocando fondo hasta que un día, un maravilloso día, se despertó de madrugada. Era sobre las cinco. En seguida vino a su mente Blanca, y comenzaron a sucederse uno tras otro todos los momentos que habían vivido juntas, los buenos y los malos recuerdos. Sus emociones comenzaron a sufrir rápidos cambios, subían y bajaban igual que en una montaña rusa, y la magia volvió a surgir. No podía creerlo, pero acababa de notar cómo depositaban un tierno beso en su mejilla derecha, con una ternura que sólo una persona le había hecho llegar a sentir.

En esos momentos se levantó de la cama y se puso a componer para ella, y por primera vez puso letra a una melodía. Recordaba muy bien esos momentos. La melodía que había compuesto esa noche fue la que le hizo dar el salto a la fama. Había gustado tanto que después de editarse su primer disco iba a dar su primer concierto en directo en el Teatro Principal de su ciudad. Dejó de mirar por la ventana. Secó sus lágrimas, y como si de un viejo ritual se tratara, se dispuso a arreglarse.

Llegó pronto al teatro y fue recibiendo a todos sus familiares y a sus numerosos amigos. Iba a dar comienzo el concierto y sintió una nueva punzada en su pecho al mirar y ver el sitio reservado para Blanca vacío. Tan sólo unos días antes le había mandado junto con la invitación la letra de la melodía y una pequeña nota explicándole qué era aquello. Sólo ellas dos sabrían que existía.

Aurora comenzó a acariciar a su amado piano. Sólo él sabía en realidad lo que estaba sintiendo en aquellos momentos y tuvo que hacer un gran esfuerzo por retener ese mar que pugnaba por desbordarse a cada instante.

Llegó el momento en el que debía comenzar a tocar la mágica melodía que había llamado "Nadie más que yo". Volvió a mirar y de nuevo vio el asiento de Blanca vacío. Sus manos temblaron por unos breves instantes, pero se había prometido a sí misma lanzar este último grito silencioso delante de todos y pedirle de nuevo perdón como un pequeño tributo, un grito silencioso y sin palabras. Y comenzó a tocar.

No había hecho más que comenzar con los primeros compases cuando notó que alguien se sentaba a su lado y recitaba la letra de la melodía que ella tocaba. Sólo podía ser Blanca, que rápidamente se puso a tocar, pues Aurora se había quedado paralizada de la emoción. "Un atasco", fue lo único que dijo. Sonrió y siguió cantando, bajito, para que sólo ellas dos pudieran oírlo. Aurora también sonrió, y siguieron tocando juntas.

Cuando acabaron y bajó el telón, las dos se fundieron en un emotivo abrazo. Aurora miró a Blanca y en sus ojos vio la ternura de aquel primer día. Supo entonces que por fin, realmente había sido perdonada. Aurora comenzó a llorar, pero Blanca con sus manos secó sus lágrimas, besó sus mejillas y la regañó tiernamente: "Tu público te espera". Todos aplaudían calurosamente y salió a saludar.

Mientras saludaba al público sintió que con fuerza renacía en ella su perdida alegría, y cómo por momentos iba creciendo dentro de ella una amorosa paz, pues ese día, uno de los más importantes de su vida profesional, resultó ser también uno de los más importantes de su vida.

Aurora y Blanca no volvieron a separarse jamás. Es cierto que cada una vivía su vida, pero siempre tenían unos momentos para ellas, unos momentos para mantener encendida la llama de ese amor tan especial que por siempre las mantendría unidas. Y que jamás se olvidaron de mantener abierta esa ventana llamada Ternura.

 

Sacramento Piqueras Gil (Alicante)
Emitido el 20-01-2002

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47- ZAPATILLAS DE BALLET

A Martina le encantaba bailar ballet. Era su pasión. Se había aprendido miles de pasos, y había inventado otros tantos.

Martina tenía 16 años. Su madre murió cuando sólo tenía 5 y su padre..., bueno, no tenía padre. Martina vivía con su abuela Jacinta. Era una anciana muy agradable y era la que le había enseñado a Martina todo lo que sabía sobre la danza clásica. De joven, doña Jacinta había sido una excelente bailarina, y eso se lo contagió a su pequeña nieta.

Martina y su abuela no vivían muy bien, casi se podría decir que vivían en la miseria. No tenían dinero para que Martina fuese al colegio, y menos aún para que diese clases de ballet. Vivían en una casa pequeña, con tres escasas ventanas y las paredes llenas de moho y grietas. Podían comer gracias a que todas las semanas un misterioso hombre les dejaba en el buzón algo de dinero.

Martina no tenía amigos. Ella era solitaria. Siempre se marchaba a lugares donde no hubiese nadie. Se imaginaba esa música tan suya, la que había oído desde pequeña. Se ponía a bailar. Danzaba y danzaba durante horas en completo silencio. Ella con su música, una música suave y dulce que flotaba por el aire de los alrededores. Llegaba a casa, le daba un beso a su abuela en la mejilla, y una vez en su habitación, seguía danzando. En ocasiones, cuando se enteraba que había algún concierto, ese mismo día estaba preparada con sus zapatillas de ballet roídas y sus mallas azul celeste. Cuando escuchaba la música desde fuera, se ponía a bailar. Bailaba sin descansar, hasta que el concierto acababa. No le importaba cuanto durase con tal de poder bailar.

Una noche, en uno de los conciertos comenzó a bailar y la vio una anciana viejísima con el pelo blanquecino, encorvada sobre su bastón y con la sonrisa desdentada. Martina dejó de bailar de golpe.

Lo siento niña. ¿Te he asustado? –sonrió la vieja.

Martina negó con la cabeza.

Bailas muy bien.

Gracias –dijo tímidamente Martina.

Veo en tus ojos un deseo, un deseo de bailar y danzar toda la eternidad, ¿verdad?

La anciana se acercó a Martina.

–asintió con la cabeza.

¿Por qué no estás ahí dentro bailando?

Soy muy pobre –desvió la mirada hacia el suelo–. No puedo hacerlo, no me dejarían.

¿Te gustaría de verdad bailar eternamente toda la vida y que todo el mundo te apreciase por tu talento?

La anciana se acercó aún más.

Me encantaría –dijo cerrando los ojos, imaginándose en un escenario ella sola con su música, y luego al final la gente aplaudiéndola, apreciándola–. Me encantaría...

Pues te deseo la gloria, niña. Que así sea.

La anciana le tocó la frente a Martina y se marchó sonriente.

Martina vio cómo se alejaba extrañamente, y siguió danzando, sin pensar en nada más.

A la semana siguiente, Martina cayó enferma. Su abuela no podía hacer nada por ella, era una enfermedad irremediable: tenía cáncer. Jacinta no le dijo nada a la pequeña para no hacerla sufrir.

Una mañana, Jacinta fue a llevarle el desayuno a su nieta. Ella estaba dormida, parecía que soñaba. Esbozó una delicada sonrisa y dejó de respirar.

Había muerto. Ya nada se podía hacer. La muerte se la había llevado a ella y a su danza.

Pero Martina no dejaba de bailar. Subía a un escenario noche tras noche, y bailaba y danzaba. La gente siempre le lanzaba rosas rojas y blancas. Ella las cogía y las olía.

Su sueño se había hecho realidad. Martina creía estar viva, hasta que un día, entre el público, vio a su madre. Su madre la observaba detenidamente. Asintió con la cabeza a su hija y ésta sonrió.

Martina, acompañada de su madre, danzó y danzó al compás de la música eternamente.

 

Andrea Quirós Rodríguez (Laguna de Duero, Valladolid)
Emitido el 27/01/2002

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48- LA ÚLTIMA CARTA

Su lengua depositó en el reverso de aquel diminuto sello nacional para el extranjero que tenía una bonita catedral a todo color, por valor de 70 pesetas, un poco de saliva, y dejó que durante unos segundos se pegara en el sobre blanco rectangular que, desplegando sus alas, recorrería los miles de kilómetros que le separaban de su destino.

Ya no recordaba a nadie que escribiera cartas de puño y letra, ahora todos disponían de ordenador y correo electrónico. No era lo mismo. Echaba de menos abrir el buzón y recoger nerviosa un sobre con remite inesperado, romper una de sus esquinas para meter el dedo y poder, antes incluso de llegar a casa, leerla en el ascensor. Añoraba los encabezamientos clásicos pero sinceros de algunos familiares: "Espero que al recibo de ésta estéis bien, nosotros bien, gracias a Dios", y las despedidas con besos y abrazos de todos para todos. Le sorprendía la mueca que se dibujaba en el rostro del remitente al visualizar una falta de ortografía en un texto que tenía más de corazón que de académico.

"Qué pena", pensó. Ya nadie realizaba el trayecto hasta el buzón amarillo del barrio, el que está instalado frente al bar de Manolo, para depositar el sobre, casi siempre de color blanco, donde se doblaban amigablemente varios folios, tratando de contar, a pesar de su mala redacción, un estado de ánimo, una excursión, una primera vez, el nacimiento de un nuevo miembro de la familia o la pérdida de una gran persona. Cartas que al llegar a su destino desdoblaban noticias con un cierto retraso y que al ser leídas, casi siempre en voz alta que daba más emoción, se sabía que el recién nacido ya contaba con algunas semanas, la excursión ya estaba revelada en fotografías a todo color y en la estantería del comedor junto con las del año pasado, del estado de ánimo ya ni acordarse, y la pérdida de esa gran persona había encontrado un hueco en el corazón para siempre.

Por eso decidió escribir una carta que sirviera de homenaje al acto de escribir algo a alguien, sin importar quién fuera el destinatario. Importaba el recuerdo, la valentía, la inhibición, el sentimiento y la verdad, sobre todo la verdad que en una carta que se escribe y se describe. Bueno, y tal vez también importaba un poco, pero sólo un poco, la caligrafía personal. Buscó un país, una ciudad, una dirección, inventó un nombre, cogió un folio en blanco y su pluma con tinta azul, y comenzó su carta.

Llevaba unas cuantas líneas intentando contar con un poco de orden un poco de todo, y de pronto recordó un rostro y un nombre, Doña Aurora, y supo que debía comenzar de nuevo aquella carta. Hizo una gran bola con el papel ya escrito –lo había visto infinidad de veces en el cine–, arrojándolo a la papelera. Su carta iba a tener destino, su homenaje iba a ser real.

Le llevó algunos días localizar un posible paradero. Rebuscó en una antigua agenda de facultad de la que no se deshizo una vez terminada la carrera. Llamó a algunos compañeros de entonces con los que de tanto en tanto quedaba para tomar unas copas y recordar, pero, sobre todo, puso en marcha la nostalgia en su recuerdo. Resultado de todo aquello, un papel con una dirección, el destino de su carta.

Doña Aurora, como le gustaba que la llamaran sus alumnos por edad y por respeto, había sido su profesora de literatura en tercero. Con ella aprendió a respetar el pensamiento ajeno, y sobre todo, a disfrutar con la lectura. Por aquel entonces, curso del 75 y con tan sólo 20 años, las inquietudes y la idea de la vida eran un tanto alocadas y utópicas; años en los que Doña Aurora, recia y recta, acudía cada mañana, a eso de las once, al aula masificada de alumnos con vaqueros, pelo largo y agradable olor a tabaco de liar, a impartir conocimiento literario, conocimiento que, la mayor parte de las veces, caía en saco roto.

Le parecía estar viéndola: El pelo recogido en un moño perfecto, ni muy bajo ni muy alto, siempre igual; traje de chaqueta en tonos crema o rojo, eran sus preferidos; arriba de la tarima, seria, autoritaria y segura, sobre todo segura. Llamaba la atención dando unos ligeros toques en la madera gastada del respaldo de la silla, silla que nunca utilizó. No recordaba haberla visto ni siquiera sonreír. "La Literatura es una cosa muy seria", decía. ¿Qué había sido de ella?

Sólo la vieron por la Facultad al año siguiente en un par de ocasiones, con su inseparable cartera de piel gastada por el uso y aquel portafolios que parecía heredado de alguna agencia de espionaje internacional.

Un día, sin más, desapareció del mundo de la docencia. Ahora tenía ante sí una dirección de Australia, la última conocida. Se la había conseguido un antiguo profesor de Facultad que, a su vez, se la había facilitado un amigo común un día a la salida de un cine. Pero de eso hacía más de cinco años.

Se le había hecho un poco tarde y dejó la redacción de la carta para el día siguiente. Aquella noche volvió a tener 20 años y a sentarse en la última fila del aula de la Facultad. Volvió a confundirse entre la multitud de una manifestación, a su primer empleo, a la muerte de su padre... Volvió a vivir sensaciones que ya pertenecían al recuerdo. A las siete de la mañana sonó desesperadamente el reloj, y el sueño volvió a su lugar en la memoria.

Después de un día de trabajo como tantos otros, sin más sobresaltos ni más imprevistos que el anterior y posiblemente que el siguiente, llegó a casa, se puso su chándal favorito, las zapatillas destalonadas y se sentó a escribir.
 

"Querida Doña Aurora:

No sé bien como comenzar esta carta, ya que al no saber si me recuerda,
no me atrevo a trasladar a este papel un poco de mi memoria de la que
tal vez usted no quera ser receptora, pero no he podido evitar recordarla,
faenas que de vez en cuanto te juega el subconsciente, supongo. Y, junto
con su recuerdo, aquella época de mi vida de la que guardo un entrañable
gusto a leche con vainilla y canela bien fría, en vaso de plástico, desde
el tercero izquierda sin ascensor que teníamos alquilado entre cuatro
compañeras aquel inolvidable curso del 75.

Como supongo que no habrá reconocido mi letra, aunque la corrigió y leyó
un millón de veces, espero, y tal vez el remite tampoco le diga gran cosa,
me voy a presentar de nuevo.

Soy Paula Álvarez, alumna de Filosofía de tercero en el curso del 75,
donde usted nos impartía clase los lunes, a eso de las once de la mañana,
pretendiendo que asimiláramos y pusiéramos en práctica cada uno de sus
sabios conocimientos y la comprensión literaria.

Yo soy aquella pesada que cada mañana la asaltaba después de clase con
cualquier excusa y le daba mis escritos pidiéndole por favor que los leyera,
que quería ser escritora, y le repetía una y otra vez que su opinión me
sería de gran ayuda.

¿Me recuerda? No sé sí, porque nunca me contestó o porque la vida la
mayoría de las veces no resulta como la imaginamos.

No soy escritora. Trabajo en una agencia de publicidad.

La otra tarde mientras...
 

Miró el reloj. Las cuatro de la mañana. Miró las hojas escritas ; más de 30. Miró su cara en el espejo; feliz.

Iba a enviarle una carta a una persona que hacía 26 años que había desaparecido de su vida. Su vida..., curioso. Como en un ritual, fue caminando hacia el buzón amarillo de Correos que estaba a dos manzanas de su casa. Ya casi no era amarillo. Las pintadas y pegatinas, junto con la suciedad del tiempo, le hicieron dudar de si estaba en servicio o simplemente lo habían dejado como inmobiliario urbano en recuerdo de tiempos pasados. No obstante, depositó aquella carta en su interior.

Al tiempo de no recibir respuesta pensó que lo más probable fuera que su carta descansara en alguna saca de algún lugar de aquel país, con un cuño atravesando en el sobre que dijera "Destinatario desconocido", y a la espera de que algún empleado caritativo la devolviera a su lugar de origen, o tal vez ese empleado caritativo al ver el sobre un poco roto por el largo camino recorrido lo terminara de romper y lo leyera, le gustara, y le sirviera para presumir delante de sus amigos, inventándose una amiga imaginaria, o tal vez, se le ocurrían infinidad de combinaciones posibles.

Pasó el tiempo y olvidó su carta.

Aquella tarde al regresar del trabajo encontró una nota por debajo de la puerta: "Paula, soy Reme, la de la puerta 7. En casa tengo un paquete para ti". Un "no sabía qué" le recorrió todo el cuerpo.

Su vecina la recibió con una sonrisa de complicidad, convencida de que iba a ser partícipe de la sorpresa en forma de paquete al enterarse de su contenido. No fue así. Le dio las gracias, y diciendo que tenía la sartén en el fuego, bajó las escaleras como alma que lleva el diablo.

Ya en casa, con un poco de nervios e intentando calmar la impaciencia, miró el remite. Australia. El nombre no le resultaba familiar. En un sobre, una carta:
 

Querida Paula:

Por fin te conozco, y esto que te mando es tuyo. Nunca supe dónde
enviártelo, ya que sólo sabía tu nombre. El mío es Arturo, y soy el
marido de Aurora.

Ella murió hace tres años, unos meses antes de regresar a España.
Quería terminar allí sus días, pero su tiempo no quiso coincidir
con su reloj.

Siempre habló con nostalgia de su etapa de profesora y del gran cariño
y respeto con que era tratada por sus alumnos. Me hablaba de ti, te
llamaba Paula "la cuentacuentos", y decía que algún día serías una gran
escritora. Ya veo que no es así.

Un beso muy grande de su parte, y otro, si me lo permites, de la mía.

Suerte.
 

Una carpeta de cartón con cintas rojas contenía todos sus relatos, los relatos que le había ido entregando para su lectura y correción. Allí estaba, un poco amarillo por el tiempo, su tiempo, su inspiración, y sobre todo, su vida de aquellos años.

Estaba llorando. Tenía delante un montón de folios corregidos y con notas al margen. Los había leído todos. En bolígrafo rojo se podía leer "Hablar con Paula para que no deje de escribir. Tiene un don especial."

 

Charo García García (Valencia)
Emitido el 03/02/2002

Tema musical de fondo: "Main titles" (de la banda sonora
de la película "Chocolat", 2000, compuesta por Rachel Portman).

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49- CIERRA LOS OJOS

La niña era muy especial. Ya incluso antes de nacer sabían que sería una niña y la pondrían Estrella. Se comunicaba con su padre con pequeños golpecitos cada vez que ésta acercaba suavemente la mano por la piel de su madre. También se comunicaba con su madre haciéndola sonreír, sin saber por qué.

Ana sintió cosas que nunca antes podría haber imaginado. No se enfadaba con nadie y desprendía un inmenso cariño por todo su cuerpo. Sintió el amor más indescriptible durante los más hermosos meses de su vida. Aquella pequeña criatura le hacía ser feliz.

Nació un 3 de mayo, cuando la primavera explotaba en el mundo con millones de colores. Fue como todos esperaban: preciosa, perfecta... o casi, porque cuando sus lindos ojos se abrieron al mundo, éste no le contestó con imagen alguna. A partir de entonces, las nubes cubrieron totalmente su sol, pero, afortunadamente, el calor de sus rayos siempre pasa a su través.

Pese a la pena de sus padres por ella, Estrella desarrolló el resto de sus sentidos hasta llegar casi a la perfección. Podía escuchar el amor de una mirada, podía tocar los colores del arco-iris, captaba el fresco olor de los buenos pensamientos, y por supuesto, saborear especialmente el cariño que sus padres le regalaban día tras día. Aprendió a sentir cómo llegaban hasta su cuerpo menudo esas estelas que siempre dibujamos alrededor del sol y, sobre todo, a presentir la llegada de un amigo a través de las puertas cerradas de sus párpados.

Creció así, rodeada de todo lo que necesitaba. Lo que ella no podía descifrar su padre se lo transformaba en gusto, olfato, tacto o música.

Un día como cualquier otro, notó un frío que heló su sangre cuando su padre abrió la puerta. Casi inmediatamente sintió un dolor tan intenso en el corazón que sólo podía significar una cosa: Había perdido a su madre. Un accidente, dijeron los médicos, un simple fallo del corazón. "Ha sido culpa mía, me quería tanto que desgasté su corazón". Y entonces apagó las luces que le conectaban con la realidad.

Los días pasaban como nubes alrededor del sol, rápidos, sin sentido, oscureciéndolo todo. Ni siquiera su padre podía quitarle ese profundo dolor que sentía en el corazón, un dolor que comenzaba en el pecho, bajaba por el estómago y subía después hasta la garganta, dejándola sin respiración y con lágrimas en sus ojos sin vida.

Lo peor de todo aquello es que también podía rozar con sus dedos la enorme tristeza y la soledad de su padre. Su padre se había quedado sin las dos personas que más amaba en este mundo, su sol y su estrella, y empezó a perder el norte. No podía comer, no podía trabajar, no podía pintar aquellos cuadros junto a la ventana del salón, esos lienzos que después traducía para ella hasta lograr representarlos en su imaginación tal y como fueron pintados.

Pero una fría mañana de invierno ella se calzó los patucos rosa que su madre le regaló en su sexto cumpleaños y bajó despacio las escaleras de la buhardilla donde se refugiaba en los días de penumbra. No quería perderlo a él también. Por un lado no deseaba que la quisiera por si le pasaba lo mismo que a su madre, pero por otro lado sentía que su padre estaba muriendo de pena. Así que se sentó junto a él y le preguntó como siempre antes hacía:

¿Cómo es el color verde, papi?

Es..., verás... –dijo secándose las lágrimas que aquella inesperada visita le produjo–, es como el perfume de la primavera en los primeros días de mayo.

Papi, ¿cómo es el cielo?

Como la suave brisa de un amanecer de verano.

Papi, ¿y cómo era mamá?

Era hermosa como el mar. Te mecía entre sus olas con el amor más dulce que hayas sentido jamás.

Papi, cuéntame un cuento como sólo tú sabes hacerlo.

Está bien. Escucha y sueña:

Érase una vez una princesa que tenía los tres dones más preciados de la Tierra. Veía en el corazón de las personas, sentía el calor que radia la gente cuando ama, y lo más importante de todo, aliviaba el dolor, es decir, sabía escuchar. Pero tenía un problema que para ella era lo peor del mundo: Era fea, era horriblemente fea, y se sentía tan desdichada que no quería que nadie la mirase a la cara, por lo que un velo de seda cubría su rostro en todo momento.

Un día, paseando por su hermoso jardín, se quedó admirando una pequeña abeja haciendo unas piruetas extrañísimas que llamaron su atención. Al acercarse y mirar más detenidamente, pudo observar que le faltaba una de las alas, pero lo que más le extrañó fue su inmenso afán por realizar las tareas para las que nació. Y para ello había desarrollado unas potentes patas hasta el punto de poder saltar de flor en flor como si volara. Por supuesto que su radio de acción se limitaba a las flores cercanas a la colmena, campos de flores donde los trayectos de salto no fueran insalvables. Pero más extraño aún era que se la veía feliz.

Entonces la princesa reflexionó aquella noche al calor de la luna nueva, y comprendió que la felicidad no era exclusiva de nadie, y por mucho que se tenga siempre faltará algo. Así que se quitó el velo y pudo por fin descubrir que las cosas se ven diferentes cuando se miran con los ojos del corazón.

¿Te ha gustado, princesa? Lo importante de este cuento es que hay que sacar el mejor partido de lo que se tiene y sentirse privilegiado con ello, o como alguien dijo una vez, "piensa en lo que tienes, no en lo que te hace falta, y serás feliz".

Gracias, papi. Ahora quiero hacerte un regalo.

¿Cuál, princesa?

El olor de mamá cuando reía.

Pero.. ¿cómo?

Dame tus manos, cierra los ojos, y siente...

 

Jorge Garrido Sanz (Madrid)
Emitido el 03-02-2002.

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Recopilado del programa "Cuento contigo" y editado : Fernando Fernández de Villegas
(Barcelona - España)