CUENTO CONTIGO (DE M-80 RADIO) - I

 

Algunos relatos del programa radiofónico "Cuento Contigo", emitido en la antigua cadena de emisoras española M80 Radio, entre los años 1997-1999, y algunos (los últimos) de fecha totalmente desconocida (pero dentro de ese periodo de tiempo).

Cuento contigo fue un programa emitido por la antigua cadena española de emisoras M80 Radio (cadena que en noviembre de 2018 pasó a ser "Los 40 Classics"), que estuvo en antena durante 8 años, desde 1994 hasta verano del 2002, emitiéndose las noches de los domingos, de 22:00 a 24:00 horas.

El programa estaba en gran parte hecho por los oyentes, ya que el programa ponía en antena cortos relatos, cuentos e historias que los oyentes enviaban al programa, y que eran selecionados y leídos por la locutora (y periodista) Alicia Sánchez Gómez. Alicia, directora del programa, ponía su preciosa voz, muy cautivadora en muchas ocasiones, y además se acompañaba de buenos temas musicales de fondo durante las narraciones, así como para los intermedios dentro de una narración o entre narración y narración. En alguna ocasión, la voz de Alicia Sánchez fue sustituida por la del conocido locutor Ángel Álvarez, por ausencia forzada de Alicia.

El programa se iniciaba con una sintonía para la cual se tomó el bonito tema musical de violín y piano Traditional Gaelic Melody de Alasdair Fraser y Paul Machlis (tema del disco "The Road North" de ambos músicos, año 1989), y tras un recordatorio de cómo enviar los relatos al programa, Alicia presentaba la lista de las historias seleccionadas para ser leídas esa noche y sus autores. Normalmente, las dos horas de duración del programa daban para leer de 5 a 7 relatos, dependiendo de la duración de éstos.

Tras ello, comenzaba el primer relato de la lista. Alicia lo presentaba, presentaba al autor y leía lo que éste comentara en la carta que había enviado sobre él y su relato (normalmente de cómo surgió la idea de escribir su relato) o como alternativa, se radiaba una grabación de la presentación del relato de viva voz por el propio autor, con el cual se había contactado previamente por teléfono si éste así lo deseaba.

A continuación, se iniciaba la locución del relato. Normalmente eran cortos relatos de 5 a 10 minutos de duración (alguno excepcionalmente llegaba a los 15 o 20 minutos), y acompañando a la cálida voz de Alicia, se empleaban bonitos temas musicales (tipo New Age o instrumentales) como acompañamiento de fondo. Si el relato duraba más de 4-5 minutos, se fraccionaba su narración en partes de 3 a 5 minutos de duración, entre las cuales se intercalaba una pausa musical, generalmente de música instrumental o de conocidos éxitos de música pop.

Tras cada narración y una nueva pausa musical, seguía la siguiente narración, con un formato similar: presentación de la narración por Alicia Sánchez, eventual presentación por el autor, y la narración a continuación.

El programa finalizaba hacia las 12 de la noche del domingo al lunes con la despedida de Alicia Sánchez, emplazando a los oyentes hasta el siguiente programa, y empleando como fondo el mismo tema musical de sintonía del programa (la "Traditional Gaelic Melody"), que se dejaba sonar hasta la hora de finalización del programa.

Gracias a este programa muchos oyentes probaron sus cualidades como escritores, y realmente habían historias muy buenas. Oyentes de todas las edades, desde estudiantes de pocos años de edad, incluso alguno aún en edad escolar, hasta personas de edad ya un tanto avanzada. Era un gran éxito para cualquiera de ellos que una historia suya fuera seleccionada y leída en el programa. Otros oyentes, la mayoría, que no tenemos estas cualidades como escritores, simplemente disfrutabamos (e incluso nos emocionábamos) escuchando estos relatos.

Sin embargo, tras 8 años de emisión del programa (de los cuales yo seguí más o menos regularmente los 4 ó 5 últimos años), sin ninguna advertencia previa en programas anteriores, el día 28 de julio de 2002 Alicia Sánchez despedía el programa de las ondas de M80 Radio "por tiempo indefinido", es decir, que se cerraba el programa, sin explicar los motivos del cierre (y sin saber si se emitirá de nuevo por alguna otra cadena de radio). Por lo visto, los directivos de la cadena decidieron suprimir este programa de la programación de M80, no debía ser apropiado en una cadena eminentemente musical (¡después de 8 años!).

 

 

ÍNDICE

(Clic en los botones para ir al correspondiente relato).

01- Un anuncio
02- Otra forma de caer
03- El hombre lobo
04- La Bolero
05- Maconda
06- El viejo caserón
07- La leyenda de la vieja sin rostro
08- Diosa Luna
09- Desde Mauthausen
10- El reloj
11- El hombre prodigioso del año
12- Niebla
13- Dispara
14- Recuerdos
15- Por encima del faraón
16- Sonido de un collar
17- El árbol
18- Locura de amor
19- La gitanilla
20- El silencio de una guerra
21- Una historia
22- El verdadero silencio
23- La presencia
24- La leyenda de los sentimientos
25- ¿Quién quiere oír un cuento?
26- La hora exacta
27- Remota existencia
28- No mires atrás
29- El soldado francés
30- Alimentando gaviotas
31- El alma de las flores marchitas
32- Fatídico hechizo
33- La fuga
34- Un rostro sin lágrimas
35- La carretera
36- A la sombra de un ciprés
37- Luis
38- La hija de las mareas
39- La Gran Torre
40- La muerte espera en Gólivar
41- ¡Qué faena!
42- Toque para mí
43- Cuestión de tiempo
44- El examen
45- Un domingo como tantos
46- Realidad virtual
47- La habitación 31
48- Los vecinos
49- El lago esmeralda
50- ¡Cómo pasa el tiempo!
51- Locura de amor (2)
52- Miedo a la vida
53- Un soberano gafe
54- Una historia de amor
55- La carta
56- El tesoro oculto
57- La pañoleta roja
58- Luna blanca
59- Nadia

 

 

01- UN ANUNCIO

Aquella era una ciudad gris como tantas otras ciudades. Una ciudad con gente que iba y venía en un pelegrinar constante pero desmotivado.

Cada día al volver del trabajo, Marcelo encontraba las mismas paredes grises y aburridas, las mismas caras, los mismos coches, los mismos semáforos, las mismas farolas. Pero Marcelo siempre sonreía, siembre iba atento, disfrutando de toda aquella cotidiana escena como si de un guiñol de tamaño natural se tratase. Él recorría la ciudad en su paseo diario inventando las historias de la gente que se encontraba. No le hacía falta conocer a todas aquellas personas. Inventaba sus nombres, sus ocupaciones, sus amores, sus odios... Cada día convertía aquella ciudad gris habitada por aquella gente indiferente en una ciudad llena de historias. Las caras que se cruzaban en su camino eran anónimas, pero en sus pensamientos todos tenían nombre. Cuando se cruzaba con aquella pareja que tras el trabajo se contaban sus problemas y lo saludaba con una sonrisa y pensaba que María y Miguel seguían tan enamorados como siempre. O cuando caminaba por aquel callejón invadido por el olor a tortilla de patata pensaba en doña Josefa y su familia, felices alrededor del televisor degustando una cena apetitosa.

Aquel día algo distinto llamó su atención en la avenida ancha y ruidosa. En uno de los lados de la marquesina de las paradas del autobús, donde en ocasiones anteriores se había encontrado todo tipo de imágenes que intentaban que comprara pizzas, compresas, tabaco, analgésicos... aquel día sólo se encontró con ella. Ella estaba allí con su sonrisa, su pelo largo y castaño, sus ojos de aquel verde que envidiaban los árboles en primavera, su rostro hermoso y unas pocas palabras que decían algo así como "Te busco a ti".

Aquel día llegó una hora más tarde de lo habitual a su casa, pero a él, a Marcelo, el triste empleado de correos, le parecieron sólo segundos el tiempo que estuvo contemplando aquel cartel que sin duda le buscaba a él. De todos modos su gato y la cena fría que le esperaban en su casa no le echaron en falta durante aquel tiempo.

Al día siguiente pasó toda la tarde deseando salir de la oficina. No le importaba sino poder volver a contemplar aquel rostro. Esta vez fueron 90 minutos. Recorría una y otra vez aquella sonrisa, aquellos ojos que le miraban a él y le decían le buscaban.

Pasó los días observando aquel pedazo de papel sin conseguir imaginar una historia para ella. Ni tan siquiera podía imaginarse un nombre. Pasaba las horas mirándola sin saber por qué, pero sin necesitar un motivo. La observación de aquel rostro le descubría nuevos detalles a cada momento.

Las horas del trabajo transcurrían lentas y aburridas como siempre, pero sabía que después la vería a ella. Hasta llegar a la marquesina del autobús sus pasos eran rápidos. Y un buen día notó que en lugar de "Te busco a ti", al pie de aquella mujer ponía "¿Por qué me miras?". Supo entonces que le hablaba a él. Se acercó al cartel, recorrió con sus manos el rostro que tanto había observado y musitó "Porque te quiero".

En aquella ciudad gris nadie tuvo tiempo para observar que donde antes había un cartel con una bella mujer y unas palabras cualquiera ahora podía verse una pareja que se debatía en un apasionado beso.

No lo notaron María y Miguel, ni la señora Josefa que volvía de la tienda de comprar huevos y patatas, ni tampoco los operarios del ayuntamiento que quitaron aquel cartel y en su lugar colocaron el de un perro con pedigrí, feliz sin duda porque su amo obsequiaba sus caricias con el último grito en comida para animales.

 

Miguel Angel Martín Tirado

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02- OTRA FORMA DE CAER

El cielo quedaba cubierto por una pelusa de nubes que esfumeaban lentamente entre las avenidas. A pesar de ir con cuidado, alguna que otra piedra pequeña rebotaba hacia adelante para detenerse en los charcos. La tierra del asfalto quebrado crujía bajo sus pies. Unos plásticos grasientos tapaban parte de las fachadas de los edificios, moviéndose lentamente con el viento y produciendo un sonido arrugado y molesto.

Redujo el paso y se pegó a la pared, colaborando con la penumbra de unas bombillas amarillentas que dormían en los caparazones de sus farolas.

Sobre el rumor sordo de la ciudad resaltaron nuevos ruidos. Se detuvo. Sintió un picor en el zócalo de conexiones implantado en su cabeza. Movió la mano instintivamente. Se resistió un momento a rascarse, pero cedió en seguida. Cerca unos alambres viejos rebotaban en su tosco intento de sujetar una sucia reja metálica. No era nada. Trató de controlar la respiración y sintió aumentar y decrecer el peso del arma bajo la ropa, lentamente sobre su pecho, al ritmo de sus pulmones.

El aire helado aprovechó para colarse por su cogote y delatarle el sudor de su espalda con un escalofrío. Siguió adelante, sustituyendo el abandono de aquellas calles por las ruinas de otras aún más viejas y estrechas. Intuyó que se alejaba todavía más de las zonas civilizadas, de los imponentes anuncios luminosos que exigían a las masas la posesión de las últimas novedades y donde los coches, en un contínuo atasco, humeaban impersonales sin que las luces nocturnas acertaran a descubrir a sus ocupantes.

Condujo sus pasos sobre unas tablas podridas. La chatarra se oxidaba apilada cerca de las esquinas. El tráfico dejó de ser un imposible de petardeos graves para transformarse en ese zumbido sordo y lejano que no se iba nunca de la cabeza, ni se iría ya de la suya aunque el último motor del mundo desapareciera en ese mismo momento. Oyó el susurro de su ropa al rozar. Ahogó un suspiro y pensó si se podía detectar a una persona por el mero hecho de tragar saliva.

La puerta, encajonada en sus tabiques de ladrillo carcomido, era igual que cualquier otra. Se detuvo frente a ella. "Todos somos perdedores –pensó–, pero no hay lugar para los que perdemos primero". Su vida caducaba con la misma velocidad con que morían sus antiguos colegas y sus amigos, empeñados en triunfar todavía, incluso cuando ya estaba claro que el éxito había pasado de largo hacía 15 años. No quería acabar como ellos, de algo había que vivir.

La puerta se abrió con un chirrido tan breve que le sorprendió. De alguna forma esperaba un interminable gemido de goznes desengrasados. El tópico le fabricó una sonrisa fugaz, inapreciable en la oscuridad. Sacó el arma y continuó por el pasillo.

Se deshizo de otra puerta y devolvió al bolsillo la ganzúa electrónica de cuarta generación. Un estallido de su memoria le trajo a la mente su primer viaje, o puede que el segundo. Sintió la emoción de "La Conexión", el placer de la movilidad instantánea y la existencia sin dolor, sin molestias, sin más sensaciones que las que una misma elegía.

Con un parpadeo se encontró en el presente y delante de su objetivo. Decididamente, no valía para aquello. Había recorrido el último tramo sin darse ni cuenta. Eso podía ser su fin la próxima vez.

Delante suya, reclinado en una especie de sillón de dentista polvoriento, estaba un adolescente delgado, con la cabeza hacia atrás y los cables saliéndole del cráneo y entremetiéndose en las tripas de un ordenador prácticamente artesanal, aunque las piezas eran nuevas. Un visor muy pequeño, cilíndrico, le cubría los ojos, aunque en realidad las imágenes se creaban directamente en su cerebro. El visor sólo evitaba interferencias.

Sostuvo la pistola en alto ante aquel ser indefenso y totalmente ajeno a lo que ocurría en la habitación. La envidia le mordió los labios y reaccionó. Un gusto de sangre se extendió bajo la lengua. No haría aquel trabajo. Le daba igual que aquél fuera el cabrón que llevaba dos meses fundiendo el hielo, esquivando los sistemas de seguridad y trasteando en los datos de las compañías. Le daba igual que ahora mandaran también algún asesino detrás suya. Le daba lo mismo que estuviera obsoleta y ya nadie la contratara para navegar. Dio la espalda al crío y se fue mientras su imaginación, del mismo modo que antes sus recuerdos, se hacía vívida y anticipaba el momento en que algún programa de seguridad le friera el cerebro. El reto era que fuera así y no de otra forma: perder a su manera.

 

Marcos Nocete Aguilar

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03- EL HOMBRE LOBO

La luna grande, redonda, llena, rozaba las copas de los altos árboles, brillaba pura en la noche, en la noche del cazador. El lobo, grande y de pelaje gris rasgado por mil cicatrices, olfateaba el universo de aromas que era el ambiente del bosque. En su morro convergieron todo tipo de olores: el de las plantas y los árboles, el de la tierra húmeda, el del agua del cercano río, el de la fauna nocturna de la floresta. De repente la suave brisa trajo al lobo el olor de un ser humano. El rastro emitía un mensaje poderoso e irresistible que decía "¡Hombre, hombre, hombre...!" que llenaba su mente.

Pero no fueron instintos como el hambre o la sed los que hicieron que los músculos de sus patas se movieran en ágil y acelerada carrera hacia aquella llamada. Era un deseo, el deseo simple de matar al ser humano.

Sin embargo el deseo no formaba parte de la naturaleza de los animales. ¿O sí?

El lobo detuvo su precipitada marcha. ¿Había pensado él eso? ¿Que los animales no deseaban? "Un lobo no puede pensar eso", pensó el lobo. De hecho un lobo no puede pensar.

Inmediatamente se dio cuenta de lo que había hecho y por un breve instante, tan rápido como el guiño de una estrella allá en el cielo junto a la Luna, tuvo conciencia de su verdadera condición. El hombre lobo dejó de serlo para convertirse en un hombre atrapado en el cuerpo de un lobo.

Aquel conocimiento provocó de inmediato una avalancha de sentimientos que se volcaron de lleno en su cabeza. Tenía ansiedad por saber quien era. Estaba confundido ante aquella situación y sobre todo sentía miedo por lo que pudiera pasar.

Pero todo quedó ahogado en el mismo momento en que el soplo nocturno aumentó de fuerza y trajo una nueva carga de olores. El rastro del hombre hacia el que iba cobró fuerza, ofuscando cualquier vestigio de humanidad del hombre lobo. El instinto se sobrepuso a la razón y el medio animal, con un leve gruñido, reemprendió la marcha.

La Luna lucía en todo su esplendor mostrando el camino al cazador, mientras la víctima aparecía cada vez más cerca. Imágenes de sangre derramada y carne desgarrada se formaron en su imaginación. Blancos huesos tronchados por blancos dientes, miembros despedazados y un aullido final de triunfo, celebrando haber cumplido el ancestral cometido que otro le impusiera a él tiempo atrás, dejándole las marcas de sus colmillos como recordatorio de lo que era ahora.

Escurriéndose entre las densas sombras de los árboles, escondiéndose de la luz del satélite que le daba la fuerza y la vida, llegó por fin a su destino. Ahí estaba el hombre. Se encontraba de pie, sin ropa alguna, mirando hacia el disco plateado como si fuera la primera vez en su vida que lo viera.

El hombre lobo oteó con ojos hambrientos el claro donde se hallaba la presa que le daba la espalda. Olfateó con hocico ávido el olor fuerte y espeso que despedía ésta y escuchó con oído atento el ritmo de su respiración acompasada. Cuando se dio cuenta de que no podría detectarle hasta el último momento, avanzó hacia ella sigilosamente con el estómago casi pegado al suelo, las orejas gachas y el viento en contra. Mientras la brisa de la noche se transformaba en repentino vendaval agitando las copas de los árboles, el hombre bestia, a escasos metros de su presa, se lanzó al ataque mediante un poderoso salto letal, con las zarpas afiladas hacia adelante y las mandíbulas abiertas. Y de golpe todo cambió.

Como un relámpago en una tormenta, como si una mano gigantesca hubiese cerrado sus dedos en torno a ella, la Luna y el influjo de su luz desaparecieron al unísono ocultos bajo una capa de nubes. En un instante el hombre lobo fue sólo un hombre, y como tal, sin la habilidad que le daban cuatro patas y sin equilibrio, cayó bruscamente a tierra en medio de su salto. Rodó y quedó boca arriba, de cara al nublado cielo.

Al momento recobró la consciencia de sí mismo y los recuerdos de aquella noche maldita afloraron en su cabeza. Había huido de su hogar y su familia para evitarles cualquier daño.

Desde hacía tiempo, desde que perdía el control, escapaba a lo más denso del bosque en noches como aquellas en las que se bestializaba, evitando así el contacto con cualquier ser humano. Pero esta vez estuvo a punto de cometer una terrible desgracia. Recordó como por muy poco había estado a punto de caer sobre el otro hombre y destrozarlo. Suspiró aliviado, tumbado allí, sobre la hierba del claro.

Sin embargo el peligro no había pasado: la Luna podía volver a hacer acto de presencia. Debía avisarle y alejarlo de allí. Levantó la espalda y miró a los lados. ¿Dónde estaba el otro?

Un gruñido, espeluznante, amenazador, surgió detrás suyo. Sólo tuvo tiempo para girarse y ver los ojos iracundos de la muerte antes de que, de un salto, el enorme lobo se le echase encima y cerrase su mandíbula como un cepo de acero sobre su cuello, aplastándole la tráquea al instante.

Poco después la Luna volvió a surgir de entre las nubes y sus rayos se tiñeron de rojo ante el paisaje de sangre derramada y carne desgarrada, blancos huesos tronchados por blancos dientes y miembros despedazados.

Y por toda la espesura pudo escucharse un aullido final de triunfo que se iba transformando en el grito de un humano, celebrando haber cumplido el ancestral cometido que otro le impusiera a él tiempo atrás, dejándole la marca de sus colmillos como recordatorio de lo que era ahora, un triunfante lobo hombre.

 

(Autor no identificado)

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04- LA BOLERO

Allí estaba de nuevo aquella música. Todas las noches, una y otra vez, aquel bolero. ¿Quién me iba a decir a mí que el único vecino del bloque al que nunca había visto me iba a someter a semejante tortura?

La primera noche pensé que era mejor ignorarlo, ya que posiblemente habría sido un antojo pasajero, quizás la nostalgia le hizo escuchar una y otra vez la misma canción.

La segunda noche me empezó a preocupar la puntualidad meridiana con que empezaba aquel soniquete. Justamente a la una en punto de la madrugada para acabar a las dos, ni un minuto más, ni un segundo menos. Y así era una noche tras otra.

Recuerdo que llamé al número de teléfono que el casero me había dado por si surgía algún problema. Pero nadie contestó. Un tipo extraño aquel casero. Le conocí a través de un anuncio de prensa que decía "Se alquila piso, 60 metros cuadrados, amueblado. Inmueble con un solo vecino. Quedará encantado. Teléfono 1211212. Preguntar por el señor Jesús".

LLamé. Acordamos el precio y pagué a petición suya dos meses por adelantado a un apartado de correos. "La llave está debajo del felpudo –dijo–. Es el primero primera".

La verdad, empecé a sospechar de la honradez de mi hipotético casero. Además, me ocurrió una cosa muy curiosa: Una noche, al volver de trabajar, salí del metro y unos niños que parecían esperarme gritaron:

¡Ya está aquí, el de la Bolero, el de la Bolero!

y huyeron corriendo.

"¿La Bolero? ¿Será mi vecina?", pensé. Pero ¡qué me importaba! Yo sólo habitaba aquel viejo y siniestro bloque para dormir, pues pasaba prácticamente todo el día en el hospital, trabajando al mismo tiempo que preparaba mi tesis de final de carrera basada en la nueva y revolucionaria técnica que usaba el doctor Frank Einstein para llevar a cabo el transplante de corazón sin ningún tipo de rechazo posterior.

Me aprendí el bolero de memoria. En el espacio de una hora se repetía doce veces, ya que duraba 5 exactos minutos. Al principio llegué a odiar aquella melodía que me impedía conciliar el sueño durante una hora. A la semana comencé a utilizar varias estratagemas, como colocarme tapones en los oídos. Probé tapones de cera, de goma, de tela, de papel higiénico. Ninguno funcionaba. La música, a pesar que no sonaba a gran volumen, siempre me desvelaba. Subía al piso de la Bolero y aporreaba la puerta hasta dejarle muescas con mis nudillos, pero allí no contestaba nadie. Le insultaba. Sí, le decía de todo:

¡Hija de mala madre!, ¡cómprate unos auriculares! ¡Pedazo de sorda! A ti te hacía yo un transplante, sí, ¡pero de oído! Me levanto a las cinco, ¿sabes? ¡Tú que vas a saber!

Todo era en vano, así que mientras buscaba otro piso, decidí tomármelo con filosofía y bailar. Durante una hora, de una a dos de la madrugada, bailaba con mi almohada aquel bolero. Bailé tantas noches que acabé por aficionarme al bolero y picado por la curiosidad, compré cintas de Machín, Los Galanes, Olga Guillot, el trío Siboney, Celia González y muchos más, buscando quizás quién era el magnífico autor de tan bella canción.

Una noche, cuando llegué de trabajar a eso de las diez, subí directamente al piso de la Bolero. Piqué varias veces a su puerta y al ver que no abría, la tiré abajo de una patada. El piso estaba completamente vacío. Ni una mesa, ni una silla, ni una televisión, ni un sofá, sólo pared, pared ennegrecida por la humedad. En la cocina habitaba una triste pica y en el labavo un viejo y sucio váter, plato de ducha roto y espejo. ¿Me habría equivocado de piso?

No. Visité el resto de los pisos y todos estaban vacíos. Esperé, esperé y esperé, y la Bolero no llegaba. ¿Qué clase de persona era la Bolero? Desde luego allí no vivía, así que supuse que venía expresamente a cantar con el malévolo objetivo de darme la murga durante una hora.

Era la una menos cinco minutos. Yo estaba tumbado en el frío suelo justo en el centro del comedor, cansado de esperar y muerto de sueño, observando la ténue luz de la bombilla que colgaba del techo.

Miré el reloj. La una menos cuatro minutos,... menos tres..., menos dos..., menos un minuto,... la una en punto. La Bolero empezó a cantar. La maravillosa voz venía del lavabo. ¡Estaba dentro del piso y no la había visto ni oído entrar!

Me encaminé sigilosamente hacia aquella dulce voz y al abrir la puerta del baño pude comprobar que todo estaba totalmente cambiado, como nuevo, todo relucía y ella estaba allí, cantando bajo el agua. Su silueta desnuda se dibujaba tras la cortina de la ducha. La abrí de un tirón y pude ver... y pude ver... ¡vi la Venus más hermosa que jamás existió! El voluptuoso, húmedo y trémulo cuerpo de aquella mujer, que no pareció inmutarse ante mi impúdica mirada, supuso para mí un impacto tal, que no pude reaccionar hasta que llegaron las dos de la madrugada y ella paró de cantar. Aplaudir efusivamente fue lo único que se me ocurrió.

Me tengo que ir –dijo sin cambiar la risueña expresión de su rostro.

Yo, aún ensimismado por tan abrasadora belleza, balbuceé:

Perdona que te haga dos preguntas antes de marchar. ¿Cómo puedes estar una hora bajo la ducha y no arrugarte un ápice? Y segunda, ¿por qué vienes aquí, a un piso en el que no vives, a ducharte y cantar ese precioso bolero de una a dos de la noche?

Hace 20 años –dijo mientras salía chorreando de la ducha y cerraba la tapa del retrete para sentarse encima– yo vivía aquí. Era la cantante de un grupo llamado Los Paseos. El día de mi muerte uno de los locales de música en directo más importante del momento, y al que acudían ojeadores y directivos de las mejores casas discográficas, nos había contratado para tocar aquel fin de semana. Salimos a celebrarlo y Francis, mi novio y batería del grupo, pilló una descomunal borrachera. A trompicones conseguimos llegar a casa y le arrastré como pude hasta mi cama. Yo, que también estaba un poco embriagada y sudorosa por el esfuerzo, para despejarme me senté bajo la ducha y abrí el grifo quedándome dormida. A eso de las dos me levanté sobresaltada, resbalé con una pastilla de jabón y me abrí la cabeza contra el plato de la ducha.

Sueños rotos... –dije.

Sí, pero hoy todo acabó, he triunfado ante ti y eso hará que mi alma descanse en paz. Nunca antes había cantado en público y hoy tú has sido el mío.

Debo confesarte que tu voz me cautivó, pero lo que realmente te ha hecho triunfar ha sido la sonrisa de tu espíritu, mostrándose descarado ante mí. Te lo juro, me tenías tan cabreado que te habría matado.

De una forma u otra me has escuchado –susurró mientras se desvanecía en el aire ante mis atónitos ojos, recobrando el cuarto de baño su estado anterior.

Sí, por fin.

 

Epílogo

No puedo dormir. He dado las mismas vueltas en la cama que un perro antes de escoger la postura adecuada para descansar. Pero no hay manera. Débora en cambio está retozando como un angelito. ¿Dormiría si supiera la experiencia que tuve mientras estuvimos separados? No, creo que no. Además, no se lo creería.

Aquí estoy, en el lavabo, echando una meadita mientras pienso en la Bolero cantando desnuda bajo la ducha. Ahora ya no oigo su almibarada voz, pero su recuerdo me sigue condenando al insmomnio de igual forma. Sí, ¡qué mujer!, ¡qué voz!, ¿cómo era? ¡Ah, sí!:

Cuando se ha querido de verdad
por mucho tiempo que pase
nunca se puede olvidar
y no hay más vueltas que darle.

Cuando se ha querido de verdad
como yo a ti te quise
queda siempre un huequecito
dentro del corazoncito
que no se vuelve a llenar.

Porque el amor es así,
como viene se va,
si lo buscas no lo encontrarás.
Porque el amor es así,
como viene se va,
aprovecha tu oportunidad.

 

José Cabeza Romero (Barcelona)

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05- MACONDA

Terminó la ejecución de aquel blues con tanta pasión que dio con sus huesos en la tarima de madera. Mientras el público aplaudía a rabiar y coreaba su nombre al unísono, Barth M.D. se incorporó haciendo acopio de sus últimas fuerzas y dijo atrayendo el micrófono hacia si:

¡Sois estupendos, de verdad!, pero no le deis las gracias a mí, dádselas al resto de la banda y a Maconda, mi guitarra.

Hizo dos reverencias muy teatrales y saludó con humildad. Luego se dio la vuelta y depositó a Maconda en su funda de terciopelo con toda la delicadeza del mundo, como si se tratara de un animal enfermo.

Todas las noches la misma escena, el mismo triunfo ante un público entregado. Las mujeres, algunas de ellas tremendamente hermosas, se le insinuaban a la salida del camerino todas las noches, pero él se limitaba a sonreír con elegancia, mostrando bajo unos labios carnosos y sensuales unos dientes de nieve y señalaba a Maconda, aludiendo que su corazón ya estaba ocupado. Les daba la espalda y enfilaba sus pasos al exterior del local.

Las calles estaban vacías y las farolas bañaban las aceras con un manantial de luz tenue. Caminaba despacio, escuchando el sonido de sus pasos, con su guitarra al hombro y los recuerdos revoloteando en su cabeza como gorriones. Las estrellas se le antojaban melancólicas, los edificios amenazadores. Cruzaba por el paso de cebra la Avenida de los Pecados e invitaba a un cigarrillo a la prostituta de la esquina, una chica blanca sin demasiada suerte.

La vida en Blonembud resultaba ligera y un tanto insípida cuando estabas arriba, pero terriblemente cruel cuando te encontrabas en el mismísimo infierno. La droga circulaba sin control por las calles, cogida de la mano de la noche, rompiendo vidas y acelerando sobre un automóvil sin frenos. La noche olía a vidas rotas, a esperanzas perdidas, pero Maconda estaba a su lado y nada podía sucederle.

Llegaba ya pasada la medianoche a la pensión de Las Almas y ascendía las escaleras de dos en dos, como el colegial que teme perderse su serie favorita. Abría la puerta impaciente y dichoso y se adentraba sin ni siquiera encender la luz. Su cuarto apestaba a naftalina y a colonia barata. Descolgaba la correa de su hombro y depositaba sobre la cama a Maconda.

Abría la cremallera con extremada suavidad, como si desnudara a una mujer, y luego acariciaba las cuerdas con las yemas de sus dedos, anárquicamente, sin buscar una melodía concreta. Se daba la vuelta con calma, se desprendía de sus botas de piel de serpiente y comenzaba a desabrochar los botones de su camisa, más tarde los tejanos desgastados y la ropa interior.

Una vez ya desnudo volvía la vista y sonreía. Sabía que ella se encontraba entre las sábanas. Todas las noches la escena se repetía. Sobre la cama la mujer más hermosa del mundo le miraba con ojos brillantes y alzaba los ojos en su dirección. Barth M.D. se abrazaba lleno de desesperación a su cuerpo desnudo y dejaba que el amor y el placer se fusionaran hasta convertirse en un solo ser. Cuando despertaba, bien entrada la mañana, la princesa de ébano había regresado a su forma original.

Se había convertido en Maconda, su guitarra.

 

Oscar Sipán Sanz

Tema musical de fondo: "Ruinas" (de Rodrigo Leao & Vox ensemble,
álbum "Theatrum", 1996).

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06- EL VIEJO CASERÓN

Ella ya no pudo más. A pesar de la vitalidad y energía que acompañaban a sus 16 años, estaba realmente agotada. Se bajó de la bici y fue andando el resto del camino. Hacía tiempo que había perdido de vista a su padre y su hermano, pero no le preocupaba demasiado, sabía que regresarían por allí tan pronto encontraran el coche. Aquel frío domingo de enero el viento soplaba más de lo habitual y la noche estaba muy avanzada. La lluvia caía con fuerza, por lo que decidió buscar un lugar donde resguardarse.

Divisó a unos metros el viejo caserón que tantas pesadillas le había causado de niña, pero, olvidando sus temores infantiles a causa del temporal, se encaminó hacia allí. Dejó la bici bajo la luz de una farola cercana para indicar a su padre donde se encontraba y se adentró en la casa. Lógicamente se quitó la cazadora mojada. Gracias a Dios el chandal aún estaba seco, con un poco de suerte no pillaría un resfriado.

Debido a la escasa luz de la Luna y absorta en sus pensamientos, no distinguió una silla que había en el centro de la sala y tropezó con ella, dando con sus huesos en el frío suelo de madera.

¡Mierda! –exclamó.

Se había clavado una astilla en la rodilla donde poco antes se hiciera una herida. Se estaba infectando y le escocía horriblemente. Tenía tiritas en un bolsillo, pero necesitaba más luz para curarse.

Buscó a tientas un interruptor, pero no encontró ningún indicio de luz eléctrica. Por fin, encima de una mesilla, hayó un viejo candelabro. Sacó el mechero de su padre del bolsillo y, aliviada por abandonar las tinieblas, prendió las velas. A la tenue luz de las llamas todo eran sombras.

La habitación era tétrica, "como en una película de terror", pensó. Había imaginado muchas veces cómo sería aquel lugar, pero aún así, la imagen la sobrecogió. Muebles viejos y roídos, restos de lo que parecía haber sido un piano y una gran lámpara de la que colgaban incontables telarañas llenaban aquel lugar lóbrego y húmedo.

Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando vio las escaleras que conducían al piso de arriba. Olvidándose de las tiritas y sin saber por qué, comenzó a subir. Los peldaños estaban colocados en espiral, de modo que para subir había que girar constantemente hacia la derecha.

A cada paso la madera húmeda y carcomida crujía bajo sus pies, pero el miedo y la desconfianza que aquello le inspiraba no impidió que siguiera ascendiendo. Sabía que hacía mucho tiempo que nadie se atrevía a entrar allí y sin embargo tenía la sensación de que alguien, o algo, la estaba observando, por lo que procuró hacer el menor ruido posible. Se dijo a sí misma que allí no había nadie, que era sólo su imaginación, pero eso no logró ahuyentar sus temores ni calmar su corazón, que se encogó bajo su pecho cuando una puerta se cerró de golpe.

El sonido venía de arriba y ella deseaba bajar, salir de allí, pero algo más fuerte que su propia voluntad la obligaba a seguir subiendo, como si alguien tirase de ella con una cuerda invisible.

Cuando alcanzó el piso superior encontró trece puertas que intentó abrir, guiada por una misteriosa fuerza que ni ella misma podía explicarse. Pero todas estaban cerradas, todas, excepto una. Lo supo con sólo tocar el picaporte. Le bastó una mirada para darse cuenta de que aquella puerta, la número 13, era la que había producido el ruido. Una extraña sensación la impedía abrirla pero a la vez la llamaba a hacerlo. Segura de que no había sido el viento el que había cerrado aquel trozo de madera, su curiosidad por saber quien lo habría causado fue más fuerte que el miedo a lo que pudiera encontrar, y sin dudar un momento, abrió el portón. Una fuerte ráfaga de viento le arrancó el candelabro de las manos y algo cayó de su bolsillo, pero no se molestó en recogerlo.

Oscuridad, tan sólo oscuridad. No se veía ni oía nada en el interior de aquella habitación y sin embargo podía sentirse algo diabólico en el ambiente. De pronto le vinieron a la memoria todas las historias que se contaban de aquel lugar y las extrañas desapariciones, las pesadillas y los rumores sobre aquella maldición de la que tantas veces se había reído.

El dolor de la rodilla se había intensificado, la cabeza le martilleaba de un modo insoportable. Quiso correr, dar media vuelta y huir, escapar de allí, de aquello, pero ya era demasiado tarde. La puerta se cerró tras ella y supo que era el fin.

Cuando su padre y su hermano reconocieron la bici, entraron en la casa llamándola. Encontraron su cazadora, todavía húmeda, pero ni rastro de ella. Buscando en el piso superior sólo hallaron 13 puertas, doce de las cuales daban paso a viejas y descoloridas habitaciones, y tan sólo una, la última, permanecía completamente cerrada e imposible de abrir, y a los pies de aquel portón de madera roída, reconoció el padre su mechero, junto al cual yacía un oxidado candelabro de velas, aún humeantes.

 

(Autor no identificado)

Tema musical de fondo: "Carnation Lily Lily Rose" (de David Arkenstone, con Andrew White,
álbum "Island", 1989).

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07- LA LEYENDA DE LA VIEJA SIN ROSTRO

La primera ocasión en que oí hablar de ella me lo tomé a cachondeo. Fue un día de Pascua, hará unos 3 ó 4 años, lo explicaban unos amigos míos entre risas y jolgorios, aunque en aquel momento, reconocen, no lo pasaran tan bien.

Él se llama Ignacio y ella Francisca. Los dos son muy reservados al conocer a alguien, pero luego se convierten en entrañables. Lo contaré tal y como me lo contaron.

Una noche de verano de un día entre semana en el pueblo no hay mucha actividad, la verdad. Los jóvenes se lo montan para divertirse yendo a cazar ranas o matando pajaritos cuando ellos están durmiendo en las ramas de los árboles con la ayuda de una linterna y un rifle de aire comprimido. Ignacio llevaba el rifle y Paca la linterna para dar luz a las copas de los avellanos de la tía Aurelia y así poder divisar los jilgueros por la noche. Iba un grupo más de amigos, pero éstos se quedaron descolgados atrás con la litrona de cerveza, de parranda y tal.

Cuando llevaban una docena de jilgueros muertos, ocurrió. Al cambiar de avellano, Paca bajó la linterna. Era una linterna poco potente y le iluminó los pies. Eran unos pies calzados con zapatillas negras, con suela de goma, y hechos con espuma negra. Llevaba medias negras y un vestido también negro. De repente la linterna se apagó.

Ellos dos siguieron mirando aquella persona. La noche no era cerrada, había luna llena y no habían nubes que pudiesen tapar la luz de la Luna. Fueron subiendo la mirada, de abajo a arriba, a medida que subían la linterna. Era un bulto no muy alto, más bien bajo. Ninguno de los dos articuló palabra, no tenían aliento. Era sorprendente encontrarse a una viejecita en medio del monte a las dos de la madrugada, pero lo más sorprendente fue cuando los ojos de Francisca e Ignacio se posaron en la cabeza de la vieja: ¡ No tenía rostro! Llevaba un pañuelo negro en el pelo, pero la cara era totalmente lisa. No existía cara.

Durante los cuatro o cinco segundos que duró la visión no dijeron nada, pero cuando por arte de magia desapareció de su vista, Francisca dio un grito de terror y se abrazó al cuello de Ignacio. En seguida llamaron al grupo de amigos rezagados y les contaron lo sucedido. Al momento todos se pusieron a buscar a la vieja sin rostro, pero nadie la vio.

Pasaron los años y no se oyó hablar más de la vieja sin rostro, hasta hace unas semanas en el bar del pueblo. Angel, un millonario excéntrico catalán que viene a pasar todos los fines de semana en el pueblo, me contó:

Pues yo también la he visto, la vieja sin rostro, en una noche de tormenta este verano pasado. Estaba leyendo en mi habitación, oía los truenos cada 30 segundos más o menos, teníamos la tormenta encima. Serían las dos de la madrugada. De pronto se fue la luz, pero estaba leyendo un relato muy interesante de Stephen King y me quedaba muy poquito por leer, sólo unas páginas, así que encendí el candelabro de la mesita de noche. Las velas no daban mucha luz, pero era suficiente.

Al pasar la hoja noté como un soplo. Levanté la vista y estaba allí, enfrente mío, a los pies de la cama. Di un respingo. Mi cara supongo que reflejó el terror que yo sentía en mi interior. La luz de un relámpago iluminó aún más la habitación. La vi perfectamente, iba toda vestida de negro, con un pañuelo negro cubriéndole la cabeza y su cara no existía, no tenía rostro, ni cejas, ni ojos, ni nariz ni boca, sólo se veía carne. Era más o menos como una nalga.

Se marchó como el relámpago. Aterrorizado desperté a mi mujer, Rocío, que estaba durmiendo a mi lado. Me preguntó si me pasaba algo. La luz del candelabro se había apagado. Le conté después de encender las velas otra vez lo sucedido. De repente volvió la luz eléctrica y a continuación registramos la habitación palmo a palmo. No había ni rastro de la enigmática vieja sin rostro. Registramos toda la casa y, ni huella. Rocío vio mi cara de espanto y no le cabe la menor duda de que yo vi a la vieja sin rostro.

Y ustedes se preguntarán, ¿por qué les cuento yo todo esto? Pues estimados lectores, anoche yo también la vi.

Estaba durmiendo tranquilamente en mi cama, en mi casa de la calle en medio de la Torre Demisora, y me desperté sobresaltado, sudando y temblando a la vez a causa de una terrible pesadilla. Una voz muy intensa, interior, me decía que me vistiese. Miré el despertador encima de mi mesilla de noche y vi que eran las dos menos cinco de la madrugada. Di un salto, bajé de la cama y empecé a vestirme. No sabía muy bien a donde me dirigía, pero seguí la voz.

Bajé las escaleras y abrí la puerta de casa. Salí, y una vez en la calle, la fuerza me llevó a mi derecha. Empecé a caminar cada vez más deprisa. El sudor no se me quitaba de la frente: Era un sudor frío. Al llegar a la farmacia torcí la calle. Seguí caminando y en seguida se acabaron las casas del pueblo. Sin duda alguna aquella voz interior, aquella fuerza, me llevaba al cementerio. Me asusté, pero aquella voz me impedía pensar. En el reloj del campanario daban las dos. En el horizonte se divisaba la luna llena.

Pasé por delante de la finca donde los hermanos Bellés tienen las reses bravas, y la bifurcación del camino torcía a la derecha. Estaba ante la puerta del cementerio. Eran las dos de la madrugada y no había nadie conmigo.

El miedo que yo sentía no es comparable con nada, pero la visión posterior es... incontable. Lo intentaré.

De pronto se abrió la puerta del cementerio. Una mano arrugada se divisaba por entre las rejas. Y allí estaba, la vieja sin rostro. Medias negras, zapatillas negras, vestido negro y un pañuelo negro que dejaba entrever la nalga que era su rostro. Con una señal me hizo pasar. Era un espectáculo tenebroso. Todos los muertos del cementerio, vestidos de negro y sin rostro, estaban en fila y me señalaban con el dedo, y en medio de todos ellos había un ataúd vacío con la tapa levantada que, al parecer, estaba reservado a mi persona. En un alarde de fuerza de voluntad y no sé por qué razón, me puse a rezar un Padrenuestro en voz alta mientras los muertos empezaban a rodearme.

De repente, una vez terminada mi oración, todo se desvaneció, y sin perder más tiempo me di media vuelta y empecé a correr como un rayo por el mismo sitio por donde había venido. Llegué a casa resoplando y se lo conté todo a mi padre después de despertarlo. En mi rostro se reflejaba tal terror que no dudó ni de una sola palabra.

¿Dudan ustedes de que exista la vieja sin rostro?

 

(Autor no identificado)

Tema musical de fondo: "Oaks" (de David Lanz, con Nancy Rumbel y Eric Tingtad,
álbum "Woodlands", 1987).

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08- DIOSA LUNA

Soñaba que era grande, que podía coger el mundo en una mano, que podía tocar las dentadas crestas de las montañas. Soñaba que podía alcanzar con sus dedos esa fina capa de aire, esa bóveda azul incorpórea. El Universo, el infinito..., todo podía estar en sus manos, bastaba con soñar para que pudiese casi palpar la pura realidad.

Ricardo era un joven imaginativo que creaba como tantos su mundo interior, su vacío en el que él mismo podía ahondar todo lo que quisiera. Abrió los ojos y allí estaba, al lado de su tienda tumbado a medianoche en el verde prado. El cielo estaba cubierto de mareas de estrellas que parpadeaban sin parar. Parecía que aquella noche el Universo entero había bajado sus pies para que él mismo las pudiese contemplar. No podía imaginarse que aquella noche ocurriría algo que daría un giro radical a su vida.

Aquellas constelaciones, Casiopea, Orión,... parecían que sostenían el Universo bajo sus brazos. Ahí se encontraba el mundo, ese mundo de Ricardo, allí se refugiaba cerca de su madre Luna.

Mi querida Luna, ¡qué bella estás hoy!

Todas las noches Ricardo le dedicaba algún elogio que engrandeciese aún más a su señora, a su diosa Luna:

Luna, ¡vuela alto!, ¡despliega tus alas y crece en la cima de la montaña! ¡Abre tu corazón, Luna, sacía la sed del ser que te contempla! Luna amada, Luna deseada, Luna amiga, Luna hermana, sé mi confidente y no me abandones, no apartes tu mano de mi camino y desvélame los mil secretos escondidos en tu negro manto de estrellas. Permíteme, oh reina de la noche, pedirte un favor: Yo en realidad no deseo estar aquí. ¡Coge mis manos y que tu terciopelo blanquecino se funda con mi piel! ¡Alzame entre tus estrellas tan alto que el mundo a mis pies no sean nada más que un lugar donde regresar después de este viaje! Oh, reina de la noche, ¡bésame, bésame y abrázame fuerte! ¡No me sueltes Luna, no me sueltes!

Ricardo abrió los ojos y allí estaba, al lado de la chimenea del tejado. Y tras haber realizado esta plegaria, se dispuso a bajar de allí, pero aquella noche Ricardo sentía dentro de su ser que quería ser diferente y, esperando el acontecimiento, cayó adormecido junto a la chimenea del tejado. De repente sintió como un lazo que rodeaba sus piernas y brazos le elevaba poco a poco sobre el tejado de aquella casa abandonada. Abrió esos ojos que tantas veces había abierto tras soñar y, marcando un do de pecho, dio un grito que sobrecogió todo su cuerpo.

Aquel lazo plateado de estrellas juguetonas le suspendían de la bóbeda azul de la noche, elevándolo poco a poco hasta ver aquella casa en medio del campo como un pequeño punto negro. Bajo él el mundo, y sobre él el Universo. Agarrado de manos y brazos Ricardo no cabía de gozo en el interior de su ser.

Diosa Luna, ¡gracias, no lo olvidaré!

Desde entonces espero que mi amigo Ricardo salga de este estado de coma. Paso tantas noches en esa habitación del hospital, que la magia de su imaginación se impregna en mi alma. Me asomo a la ventana y veo en ese firmamento azul una sonrisa dibujada, una sonrisa de estrellas al lado de esa Luna seductora y misteriosa, donde descansa mi amigo Ricardo, que vive feliz en ella y guarda en la Tierra a su alma gemela.

 

(Autor no identificado)

Tema musical de fondo: "Cristofori's dream" (de David Lanz,
álbum "Cristofori's dream", 1988).

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09- DESDE MAUTHAUSEN

Tras dos años de la muerte de mi padre volví a la casa donde viví mi infancia. La constructora iba a demoler el bloque de edificios y sentí la necesidad de volver a aquel ático. En el interior del baúl donde mi madre guardaba su ajuar encontré un cuaderno. Tras sentarme me dispuse a leer las únicas palabras que contenía.

Soy un superviviente del dolor de las ausencias. No sólo de las
ausencias de aquellos a quienes amé y abandoné, sino de lugares
y vivencias que me ha negado la vida, el destino, o los dioses,
como prefieran.

Sólo sé que me han dejado vacío. ¿Quién es el culpable? Ni lo sé,
ni me importa ya. El tiempo, mi tiempo, está tocando a su fin.
Pronto estaré lejos de las garras del espacio y del paso del tiempo.

Estas abstracciones que determinan las coordenadas de la vida y las
emociones de aquellos que eran como yo, miembros de una raza llamada
humana, ya no me afectan. Estoy en otra dimensión que no podeis
comprender desde la racionalidad.

Soy un abrojo que trata de seguir respirando, aunque mis pulmones
se han embrutecido con el humo de las chimeneas de Mauthausen.
Ni tan siquiera el tiempo ha logrado disipar las cenizas de tanta
masacre y tanto terror. Cruzas el umbral de la puerta del campo y
bajo la mirada de esas dos torres de vigilancia, avanzas sintiendo
los gritos y los aullidos de los prisioneros dentro de la cámara de
gas letal.

Desde el interior de la alambrada de espinos te conviertes sin quererlo
en un número más de una lista que acumulará el polvo del futuro.

El hedor de la carne humana chamuscada flota en el aire y las náuseas
son inevitables. Deambulas de un barracón a otro siguiendo la estela
de una estrella amarilla de cinco puntas. La atmósfera se vuelve
gélida, inhóspita, y la ansiedad llega a cuotas afixiantes, intorerables.

Ecos de disparos, gritos, lamentos que aturden, visiones del pasado
y del futuro que han quedado grabadas con sangre en la escalera de
la muerte.

El frío del exterminio te hiela las entrañas y sabes que eres un
superviviente, un testigo sin voz que ya no le importa a nadie,
condenado al silencio, al ostracismo y a la rabia.

Tras leerlo entendí por qué mi padre pedía siempre el pasaporte a todo aquel que entrase en la pensión y rechazó siempre a los alemanes. Estas fueron las últimas palabras que escribió mi padre, nunca más escribió un cuento ni un verso. Mi madre me contó que antes de la guerra prometía mucho como escritor, pero la guerra le despojó de demasiadas ilusiones.

Tras ser liberado emprendió camino a casa. Al llegar en el sótano encontró un tazón sobre la mesa con la cuchara sopera a la derecha y la servilleta de hilo doblada. Bajo la servilleta un cuaderno con las últimas palabras que mi madre le dirigió:

Cuando vuelvas ójala pudiera darte un buen tazón de leche recién
ordeñada como a ti te gusta, pero sólo voy a poder dejarte este
cuaderno. Es tarde y van a venir a buscarme. Espero que podamos
vernos pronto. Te echo tanto de menos.

Un beso, amor.

Mi madre murió en un accidente ferroviario junto con mil judios más que fueron apresados en Berlín. Mi padre, al regresar, supo que dondequiera que estuviese su alma, se había quedado atrapada para siempre en Mauthausen.

 

Esmeralda Vizcaíno

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10- EL RELOJ

El silencio expuso su jaque cuando el reloj dejó de funcionar. Elena comenzó a moverse de un lado a otro de la habitación angustiada, sudando copiosamente ante lo que se presumía un final aterrador. Quería gritar para romper el eterno silencio que envolvía las paredes de la casa. Mas no se atrevía a hacerlo, temiendo que su voz apagara el ligero murmullo de las pisadas del asesino que la acechaba.

Elena sentía miedo, el tiempo se había parado para ella. El terror de una muerte cercana le estaba poniendo al borde de la histeria. ¿Sería aquel el fatídico día con el que tanto había soñado? Quizás debía llamar a Rebeca y a Óscar para que vinieran. Con ellos estaría segura. Pero, ¿cómo atreverse a romper la complicidad del silencio con aquella llamada? ¿Y si el asesino aprovechaba el momento para acercarse a ella? Además no estaba muy segura de que sus amigos la fueran a hacer caso. Ultimamente la trataban de una forma diferente e incluso en su última visita, Rebeca la había llamado paranoica de forma bastante explícita.

No, no podía contar con el teléfono. Tan sólo podía confiar en que la noche cediera su posición al día y aquello se quedara tan solo en un sueño más, como los muchos que había tenido en aquel último mes.

Miró a través del ventanal. Contempló la creciente Luna y sus relucientes compañeras. Seguro que allí arriba, en el espacio, el silencio sería mucho menos estremecedor.

Quiso cantar pero no se atrevió. Se dedicó entonces a mirar absorta aquel viejo reloj de pared que ahora marcaba la hora de su eterna oscuridad. "Madera de roble, diseño clásico rematado en oro. Bonito ataúd", pensó tétricamente.

Se acurrucó junto al reloj hecha un ovillo sobre la alfombra, esperando a que algo sucediese. Deseó estar paranoica cuando le pareció percibir el levísimo ruido de la cerradura al girar. En la inmensidad del silencio le pareció como si mil elefantes entraran en tropel. Se quedó gélida por unos momentos, sin reaccionar, mas finalmente se rehizo y se ocultó tras las enormes cortinas azules que decoraban una de las paredes, la pared en la que se encontraba el reloj, que no hacía tic-tac.

Elena se abstuvo de respirar mientras escuchaba las sigilosas pisadas del asesino aproximándose. Después de todo parecía que ella no estaba paranoica, al fin y al cabo allí estaba el asesino, preparado para ejecutar. Eso no la consoló.

El asesino examinó la sala en silencio intentando evitar cualquier detalle que pudiera ser fatal. Se giró y contempló la pared de las grandes cortinas azules. Se acercó a ella lentamente. Vio el bonito reloj de pared y se detuvo intrigado. Abrió la pequeña puerta de cristal y giró una pequeña rueda. Entonces el reloj hizo tic-tac y quebró el silencio.

¡Jaque mate!

 

Raúl Doblas Prades

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11- EL HOMBRE PRODIGIOSO DEL AÑO

Augusto Sánchez volvió a pasarse el peine por el escaso y lacio pelo que apenas le cubría la cabeza. Se ajustó la corbata y con cierto aire de orgullo de sí mismo, se puso y abrochó la chaqueta de hace cuatro temporadas que portaba como si se tratara de la prenda más elegante del mundo. Él sabía que era muy viejo para pavonearse como un muchacho, pero aquel día era especial. Además cenaría en el hotel Palace, nada más y nada menos que con Su Majestad, el Rey. Sin duda era un gran día para él, de esos días que hacen que merezca la pena el haber consagrado toda su vida al trabajo, incluso negándose la básica satisfacción de formar y ver crecer toda una familia a su alrededor. Pero ya no importaba. Había hecho lo que él creía mejor, nadie se lo podría negar.

Volvió a mirarse en el espejo de la antesala y abrió la puerta que daba salida de su anticuada casa. Al fin y al cabo su cátedra en la Universidad le había proporcionado las suficientes personas alrededor como para no sentirse demasiado solo. Y en cada curso había dado con algún aventajado alumno al que tratar como a un hijo.

Descendió en el chirriante ascensor con la habitual sensación de que en aquella ocasión iba a dar por finalizada su existencia deteniéndose a mitad de camino, sin duda creándole un gran perjuicio en el momento más oportuno. Pero, y a pesar de los bruscos y preocupantes sonidos al parar, por fin llegó al piso bajo.

¡Oh, no! –exclamó al ver a la pandilla de adolescentes, los mismos que siempre se metían con él, apoyados en su anticuado Simca 1000.

Por favor, ¡que no me hayan destrozado el coche!

¡Hombre! ¡Aquí tenemos al viejo chiflado! –dijo uno de ellos.

Por favor, ¡dejarme en paz! ¡Tengo mucha prisa! –suplicó Augusto.

¿Qué pasa, chiflado? –volvió a decir el que parecía ser el cabecilla–. ¿Piensas que vamos a dejar que te vayas sin darte los buenos días?. Ayer te pedimos mil pesetas por cuidarte tu prehistórico coche y todavía no nos has dado ni un duro. ¿Piensas que es fácil cuidar un coche como éste? Tenemos que pasarnos todo el día aquí. Si no te lo quieren robar los muchos mangantes que hay hoy en día, aparecen los municipales pensando que es un coche abandonado. Y no te digo nada cuando viene ese tipo de aprovechados con sus grúas queriendo llevárselo al desgüace. Vamos, chiflado, mil pesetas es un precio justo.

Bien, bien, os daré lo que me pedís, pero por favor, dejarme marchar ya, tengo mucha prisa.

Tras coger las mil pesetas, ponerle los cuernos y después de hacerle algún que otro gesto obsceno, los muchachos se marcharon con paso ligero, sin duda para dar buena cuenta del dinero sustraído en el salón de juegos recreativos que ocupaba el esquinazo de la calle, un poco más arriba.

Augusto se acomodó en el asiento con satisfacción, al fin de cuentas sólo le había costado dinero. El dinero no era importante, nunca lo había sido, lo importante era llegar a tiempo.

Dos escandalosas explosiones avisaron a los demás conductores que ya se encontraban en el semáforo de la llegada sin duda del vehículo más destartalado que podrían ver en todo el día. Y nadie de los que se encontraban cerca del semáforo perdió la ocasión de comprobar marca, modelo, matrícula, y por supuesto, el rostro del arriesgado conductor que se había atrevido a correr las calles con semejante artilugio mecánico, que todos confirmarían mejor estaría en el museo del automóvil. No obstante Augusto mantenía la cabeza alta, la mirada impasible y los labios ligeramente apretados, llenos de todo el carisma que había tenido ocasión de practicar en sus diarios viajes a la Universidad. Una motocicleta de gran cilindrada se detuvo a la altura de la ventanilla de tan ruinoso carruaje.

Pero.. ¿A dónde vas, pasado de fecha? –dijo el motorista entre jocosas carcajadas.

Por supuesto Augusto no se dio por aludido, ya estaba acostumbrado a ese tipo de provocaciones, aunque no podía negar que ya estaba harto de soportar tanta mofa y tanto cachondeo. A los demás no les debería importar ni la edad que tuviera el conductor ni la que tuviera el coche.

El semáforo cambió de luz y la motocicleta aceleró con violencia, haciendo rechinar las ruedas, ahogando todos los demás motores con su ronco sonido, inundando el aire del pestilente olor a mezcla de combustible y aceite, ennegreciendo todo a su alrededor y obligando a los que allí se encontraban a pasarse la mano ante su rostro de gesto desagradable. Aunque lo cierto es que los gestos se tornaron mucho más desagradables cuando Augusto aceleró sonando dos explosiones, las cuales inundaron el aire no de un humo ennegrecido, sino de un humo absolutamente opaco e irrespirable que tardó una eternidad en desaparecer.

Por fin dobó en un cruce y circuló por una amplia avenida con un paseo en su parte central, calzada por donde su desvencijado vehículo podría avanzar más desapercibido. O eso pensó Augusto solo por un momento, ya que al poco de transcurrir por el mundialmente conocido paseo, visitado en verano e invierno por encontrarse en él un museo de renombre, un todoterreno se puso a su altura.

¡Eh, vejestorio!, ¿por qué no jubilas ya el carnet de conducir? –dijo el muchacho que iba en el asiento del acompañante. Las risotadas de las chicas que iban en la parte trasera resonaron con mayor maldad aún.

Viejo, ¡apártate! –dijo el que iba al volante–. ¿No ves que estás entorpeciendo la circulación?

Augusto ya no podía soportar tanta burla. Apretó los dientes y comenzó a acelerar lo poco que podía desarrollar su viejo motor.

¡Eh, muchachos, que va a adelantarnos! –exclamó el conductor.

¡No le dejes! –azuzó el acompañante.

El todoterreno iba adelantando con soltura el anticuado vehículo de Augusto mientras sus ocupantes sonreían con saña, sin duda con la intención de echarle de la calzada de un volantazo. Augusto pisó el acelerador a fondo en un intento desesperado de evitar la tarascada. El todoterreno sobrepasaba ya la ventanilla de Augusto cuando el catedrático, mirando de reojo, pudo ver como sus rostros hablaban de que en esta ocasión no iban a perdonar y en cuanto superaran el Simca 100, darían el volantazo fatal que sin duda mandaría al fiel compañero de Augusto al desguace. Y así hubiera ocurrido si no hubiera dado la coincidencia de que en el momento en que los crispados jóvenes decidieron asestar el golpe final, su alocada carrera transcurría a la altura de un desvío para girar que facilitaba el poder cruzar la amplia avenida. Augusto se desvió. Era la que iba a utilizar para dirigirse a la parte trasera del hotel. No perdió ocasión de levantar la mano con el dedo cordial estirado, haciendo con el gesto que hasta el dedo perdiera su amigable nombre.

Su gesto de satisfacción era visible aún en la distancia. Se había deshecho de unos gamberros que estaban decididos a causarle un gran perjuicio. Con expresión de contenido orgullo y su semblante, fue frenando para detenerse ante el semáforo que regulaba el cruce. Sin embargo, cuando levantó la mirada, no pudo evitar que su faz se tornara claramente congestionada. El todoterreno había frenado bruscamente quedándose atravesado en el carril por donde debería circular el coche de Augusto. Los jóvenes se apearon del robusto vehículo con el enfado suficiente y los palos necesarios para dar buena cuenta de la humillación que habían sufrido.

En ese momento el semáforo cambió de color y Augusto dio marcha atrás con la intención de evitar el todoterreno. Tuvo que separarse tanto de su carril ante la carrera de sus perseguidores que se vio en la obligación de remontar el bordillo al otro lado de la calzada, haciendo que rechinaran los amortiguadores de su coche. Los jóvenes corrieron hacia su vehículo, pero cuando quisieron atravesar la avenida, los semáforos cambiaron sus luces obligándoles a frenar bruscamente.

Nunca había pensado que le llegara a costar tanto el desplazarse por el centro de la ciudad. Sin duda la agresividad urbana había aumentado considerablemente. Seguramente sería igual para todas las buenas personas que sin duda aún vivían en esa maltratada ciudad.

En fin, ya estoy llegando –pensó consolándose–. Y a tiempo.

No es que fueran habituales, por lo general sólamente se dejaban sentir al arrancar, cuando aceleraba bruscamente, al dejar el cambio de velocidades en punto muerto y al detener el motor, de lo que se deduce que cuando por fin llegó a la entrada del hotel Palace, aún más pronunciadas por las exigencias a las que había sometido el motor en el pasado contratiempo, las explosiones fueron de una estridencia insoportable, con un eco repetitivo, con un humo que inundó todo el alrededor aún más negro e irrespirable, inadmisible para los porteros, para los guardaespaldas, para los periodistas, incluso para los curiosos que rodeaban el lugar, que veían en el percance la metedura de pata de algún despistado que no sabía donde se había metido.

¡Vamos, vamos! –dijo un aparcacoches que se encontraba en la calzada.– ¡Haga el favor de quitarse de enmedio!

Pero.., pero es que... –intentó decir Augusto.

¡Vamos, circule!

En esta ocasión el gesto severo del aparcacoches no dejó tiempo para ninguna explicación, por lo que Augusto siguió hacia adelante sin saber que hacer, ya que le aseguraron que él no tendría que molestarse en estacionar el coche.

Después de dar varias vueltas a la manzana se decidió dejar su coche encima de la acera, a buen seguro, mientras calculaba el prejuicio que le podría ocasionar si le llegaran a multar.

¡Bah, a estas horas no suele haber policías! –se aseguró.

Con el sobre que contenía la invitación en la mano se dirigió sonriente hacia la entrada del hotel.

Perdone –se dirigió al encopetado portero que flanqueaba la suntuosa puerta.

El estirado señor le miró de arriba a abajo y dijo con engomada voz:

La puerta de servicio está en la parte trasera.

Discúlpeme, yo solo...

El portero se percató de que llevaba un sobre en la mano.

Si es para el cobro de una factura, el horario de pago es por la mañana.

¡No, no, mire!

Augusto adelantó el sobre que contenía la invitación.

Disculpe, señor –El portero se apresuró en abrir la puerta del hotel–. El homenaje se celebrará en el salón de la derecha.

El portero no pudo evitar de mirar de soslayo con cara o gesto de extrañeza al comensal recién llegado. "Con esa facha y andando", pensó el estirado señor mientras torcía el gesto, no tardando en recuperar la necesaria rigidez imprescindible para desempeñar su trabajo.

¿Qué desea? –dijo el jefe de sala con brusquedad impidiéndole la entrada.

Augusto ya no se molestó en dar explicaciones, simplemente se limitó a enseñar la invitación.

El serio señor se dirigió hacia una mesa cercana, es decir, la más alejada de la mesa presidencial, que se encontraba ya totalmente ocupada.

Espere un momento aquí –le dijo pocos metros antes de llegar hasta los comensales.

Se inclinó ante un señor de impecable traje azul oscuro mientras señalaba hacia la mesa presidencial. El comensal se mostró agradablemente sorprendido, se levantó abrochándose la chaqueta, y se dirigió hacia el lugar indicado.

Aquí puede sentarse –le indicó el asiento libre.

Perdone, señor, pero creo que está cometiendo un error.

Mire, buen hombre –dijo el experimentado organizador de banquetes–, no voy a permitir bajo ningún concepto que usted se siente dentro del ángulo de visión de las cámaras, ¿me entiende? Su aspecto no es el más adecuado.

Augusto se miró decepcionado. Él pensaba que iba correctamente vestido.

Disculpe, pero me da la impresión que no comprende.

Augusto hacía un gran esfuerzo por ser escuchado.

No insista. Lo mejor será que se siente ahí.

Augusto llegó a la conclusión de que de todas formas no merecía la pena esforzarse por ser entendido, así que accedió sentándose en el lugar indicado.

Los cuchicheos entre los comensales que rodeaban la redonda mesa se mezclaron con miradas de desaprobación ante el aspecto desangelado del catedrático. No obstante Augusto hizo caso omiso distrayéndose mirando tanto lujo que decoraba el salón.

Al poco rato entraron los componentes de la mesa principal, entre ellos el director del centro de investigaciones científicas acompañado por Su Majestad, que levantó un sinfín de aplausos a los que respondió con la dignidad propia de su cargo, con su comedida predisposición, con ademanes campechanos que le conferían aún más grandeza, ganándose más por su personalidad que por el cargo que ostentaba la simpatía de los allí reunidos.

Rápidamente el director de institución científica se dirigió de palabra al señor de traje azul oscuro, el cual se limitó a encogerse de hombros. Con diligencia el jefe de sala corrió al ser requerido.

Ante el gesto severo del director y científico, el jefe de sala se limitó a poner las palmas de las manos hacia arriba mientras se encogía de hombros, apresurándose a señalar hacia la mesa en la que se encontraba Augusto. Por supuesto que el percance pasó desapercibido para la mayoría. No obstante, Augusto aprovechó el momento de ser mirado para saludar con la mano al amigo y viejo compañero de cátedra.

La cena fue exquisita, y los vinos, insuperables. Y aunque no disfrutó de buena conversación por los recelos que mantenían sus compañeros de mesa, Augusto se apresuró de catalogar la velada como excelente.

Ya a los postres comenzaron los discursos, y tras una breve introducción, Su Majestad se levantó y comenzó el suyo.

Después de alabar el esfuerzo científico que estaba haciendo el país, dijo:

Pero todo esfuerzo tiene su recompensa. Esa es la razón por la que nos hemos reunido hoy. Para homenajear y entregar la medalla al mérito científico a un hombre que ha dedicado su vida a la investigación y la docencia y junto a su equipo ha conseguido desarrollar un sistema de reducción de gases en la atmósfera que va a suponer un nada despreciable ahorro, no sólo en los sistemas de control sino también en la salud de todos nosotros. Por eso tengo el gusto de entregar esta medalla a uno de los grandes genios de fin de siglo, a un gran científico y persona que nos llena a todos de orgullo, al doctor don Augusto Sánchez.

Los aplausos irrumpieron en la sala mientras Augusto no sabía muy bien lo que hacer. Al fin se decidió a levantarse ante las indicaciones de los que ocupaban la mesa presidencial, y sin dominio de sí mismo caminó hacia Su Majestad. El rey le dijo:

Sin duda eres el hombre prodigioso del año.

Y Augusto se giró para corresponder tanto aplauso mientras recordaba la pandilla de adolescentes de su barrio, al motorista, a los jóvenes del todoterreno, al aparcacoches, al portero, al jefe de sala, que ahora evitaba enfrentar su mirada a la de Augusto, a los compañeros de mesa, que aún lo observaban con la boca abierta. Sin duda él, aquel desaliñado y pequeño hombre, había hecho realidad ese refrán que dice que las apariencias engañan.

¡Quien lo hubiera pensado antes! Aquel ridículo vejestorio era, como había dicho Su Majestad el Rey, el hombre prodigioso del año.

 

Anónimo alcarreño.

Música de fondo: "Pavane" (de Gabriel Faure, 1887)

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12- NIEBLA

Era tarde. Me había quedado a terminar algunos asuntos pendientes en la oficina y el tiempo se me había ido volando. Cogí la cartera y el abrigo y salí corriendo hacia el coche. La noche era fría y parecía que se avecinaba una tormenta. Puse la radio. Quedaba un largo camino hasta la casita que había alquilado para los fines de semana. Necesitaba relajarme y olvidarme del estrés que me producía la ciudad. Aunque era tarde, no quería ir rápido. Me gustaba conducir. Tal vez fuera la novedad, pues tenía el carnet desde hacía tan solo dos semanas.

Llevaría tres cuartos de hora al volante cuando vi a una mujer haciendo auto-stop. No miré mucho al pasar por su lado, sobre todo porque no tenía intención de parar, pero me invadió un presentimiento que me hizo retroceder. Seguía allí, de pie, observándome de la misma manera que al pasar. Abrí la puerta y antes de que pudiera decir nada, se sentó. Le pregunté a dónde iba. Sólo contestó:

Por esta carretera está bien.

No dije nada. Continuamos el camino. Ibamos juntas, pero sentía como si una enorme distancia nos separase. De pronto nos miramos. Me estremecía al notar como aquellos ojos penetrantes se clavaban en los míos. No pude retener la mirada. Había en ella una mezcla de misterio y de magnetismo. No sabía, aún no entendía cómo había parado, cómo no había pasado de largo al verla. De repente ella habló, rompiendo aquel silencio que respirabamos desde hacía minutos.

Me preguntó mi nombre y al decírselo, lo repitió varias veces mientras inclinaba su cabeza hacia atrás. Sonreía tímidamente. No entendí qué gracia podía suscitar mi nombre y le pregunté por el suyo.

Como tú. Me llamo como tú –me dijo todavía con la sonrisa entre los dientes.

Quería saber más. Me incomodó cuando se interesó por mi familia. Yo odiaba hablar de aquel tema, me ponía nerviosa cada vez que lo hacía. Se lo hice saber.

Volvió a mirarme de aquella manera mientras me sonreía y sentí la necesidad de hablar sobre ello, de contárselo todo; a fin de cuentas no me importaba, seguramente no la volviese a ver más. Se lo solté de un tirón.

No tengo familia. No tengo a nadie. Estoy sola, ¿vale?

Me retiró con suavidad un mechón de pelo que me cubría el rostro. Sentí el roce de su piel tan fina y delicada. Me estremeció lo fría que estaba, pero no me importó. Había una ternura enorme en ella que me había hecho sentir lo que nunca antes había sentido. Fue entonces cuando le hablé de mi madre, de lo poco que sabía de ella. Me lo habían contado las Hermanas cuando tuve uso de razón y me interesé por conocer mi origen. Ellas tampoco sabían mucho, pero me habían dicho lo suficiente para yo querer encontrar a mi madre.

Estuve muchos años buscándola. Las pistas eran pocas pero fui consiguiendo más a lo largo de los años, hasta que por fin encontré la definitiva, la que me llevó al cementerio en el que descansaban sus restos. Llevaban mucho tiempo allí, había muerto un año después de nacer yo. Me enfurecí, lloré, me derrumbé. ¡Había deseado tanto conocerla, tenerla conmigo, contárnoslo todo! Pero ya era tarde, nunca podría recuperarla. Pocos datos me pudieron proporcionar los que me dieron la última pista. La recordaban siempre sola y con un bebé entre sus brazos.

Todo eso se lo conté a ella. No había hecho preguntas mientras yo hablaba, simplemente me escuchaba. Me sentí bien al terminar. El silencio volvió a acompañarnos y si en un principio me había resultado violento, ahora lo agradecía. La niebla se había hecho más espesa, apenas podía ver nada y tuvimos que parar. Nos metimos hacia la derecha en un rellano apartado de la carretera, a esperar a que disipase un poco aquel humo envolvente. Apagué el motor y eché la cabeza hacia atrás.

Ella seguía mirando hacia el frente. De pronto giró su cabeza hacia la ventana. La observé lentamente aprovechando que ella no miraba. No era tan mayor como me había parecido en un primer momento, al menos sus manos parecían jóvenes. En el rostro no pude pararme pues tenía la cabeza inclinada totalmente hacia la ventana y un largo cabello claro le cubría lo poco que de la cara podía verse. Llevaba un vestido de color azul de manga larga que me pareció anticuado. La manga izquierda la tenía ligeramente arremangada y dejaba asomar una pulsera. Ella se giró hacia mí y me preguntó:

¿Te gusta?

Sí, es preciosa –le contesté todavía azorada de que me hubiese sorprendido observándola tan descaradamente.

Fue entonces cuando me contó que había sido de su madre y antes de su abuela, que había pasado de generación en generación, pero que su hija no la tenía.

¿Tienes una hija? –le pregunté.

Me contestó con aspecto lánguido y triste que sí, que la había tenido hacía muchos años ya.

Muchos no harán, pues eres jóven –le dije.

Ella me miró con una sonrisa y continuó:

Los dos éramos jóvenes. No sabíamos lo que hacíamos. Una noche ocurrió y a la siguiente lo perdí de vista. Luego nació mi pequeña. Yo no tenía a nadie. Mi madre había muerto. No tenía hermanos y a mi padre ni siquiera lo conocía. Estuve en el pueblo un tiempo hasta que decidí venirme a la ciudad con la niña en busca de una nueva vida. Fue entonces cuando ocurrió.

Se hizo el silencio que esta vez rompí yo, mientras que le cogía de la mano.

¿Qué fue lo que ocurrió?

Ella respiró profundamente y continuó:

Cogí el coche aquella noche. Estaba lloviendo. La niña lloraba sentadita en su silla y yo trataba de tranquilizarla. No había coches por la carretera. Era ya muy tarde y el camino era largo. La niebla empezó a envolvernos. Quise frenar pero fue inútil. Patinaron las ruedas, perdí el control del coche y ya no recuerdo nada más.

Terminó de hablar y empezó a llorar mientras giraba con su mano derecha la pulsera. Le pasé el brazo por el hombro y cogí con la otra mano una de las suyas. Me conmovió mucho su historia, me recordaba la mía, aunque yo no tenía hijos.

Esperé a preguntarle por su niña hasta que se calmase un poco, y cuando así ocurrió, lo hice.

¿Y tu hija? ¿Está bien?

Me miró con ternura y con una sonrisa me dijo que sí lo estaba.

Por un momento creí que no había sido así. Se disgustó usted tanto... –le dije.

No me llames de usted, por favor. Creo que después del tiempo que llevamos juntas y de lo que hemos hablado, podemos tutearnos –me lo dijo con su voz tan dulce, y mirándome como lo había hecho a lo largo de todo el viaje, que yo notaba mientras conducía.

Está bien –le dije.

Volvió a acariciarse la pulsera.

La niebla parecía disiparse por momentos. Reiniciamos el viaje. La verdad es que ya llevábamos bastante esperando y decidimos continuar. Me pidió varias veces que fuera despacio. Continuaba mirándome. Reconozco que me incomodaba bastante ese gesto, pero no le dije nada. Luego dejó de hacerlo. Centró su vista en la carretera. De pronto me pidió que parase y que no le preguntase por qué. Sus manos entrelazadas se desunieron y una de ellas me recorrió el rostro con suavidad, mientras el suyo dibujaba una sonrisa. Me besó en la mejilla, y al apartarse me volvió a mirar.

Una lágrima resbaló por aquella cara que entonces sí pude observar bien porque ya era capaz de retener aquella su mirada. Era bella, joven, pero la juventud no podía ocultar aquellos signos de decaimiento y cansancio. Parecía vieja y sin embargo no lo era. Su rostro no ocultaba aquel duro pasado que había tenido.

Durante unos minutos nos miramos a los ojos sin decir nada, hasta que ella abrió la puerta del coche y salió. Salió diciendo:

Aquí ocurrió. Aquí pasó todo.

Se perdió entre la niebla, que cada vez se hacía más densa, y la esperé. Me eché hacia un lado y aguardé un buen rato. No venía. La llamé por la ventana, pero nada. No me atreví a salir porque no se veía entre la niebla, así que seguí esperando.

De pronto la niebla se disipó. Ocurrió en un momento. Comenzó a clarear. El cielo quedó totalmente despejado y la carretera se vio perfectamente. Pero ella no estaba. No había ni huellas en la tierra húmeda ni camino por donde pudiese haber entrado. Me puse nerviosa y arranqué el coche por si había ido caminando. Fui muy despacio y observando a los dos lados de la carretera. Cuando me quise dar cuenta ya había recorrido unos tres kilómetros y no la había visto. Me entristecí mucho al no encontrarla, pero sentí que no debía de seguir buscando, que no debía pedir ayuda.

Continué el viaje hacia casa. Su asiento estaba vacío pero notaba como si todavía ella me continuase mirando, como lo había hecho durante todo el viaje. Cuando miraba hacia él esa sensación terminaba y volvía a comenzar cuando miraba hacia el frente. Era extrañísimo.

Ya estaba llegando a casa. La recordé todo el camino, su aspecto, las cosas que me decía, y la pulsera, aquellas circonitas entrelazadas que tanto apreciaba ella. Por momentos sentía que debía haberla buscado más, no haber abandonado tan pronto. Pero era mayor el algo que me decía que estaba haciendo lo correcto.

Llegué a casa. Amanecía. Había sido una noche muy larga, pero se me había ido pasando sin apenas darme cuenta. Me sentía abatida, pero bien al mismo tiempo. Nunca antes me había sentido así. Lo mismo me había ocurrido con mi deseo de buscarla cuando salió del coche y consentir que no debía hacerlo. Lo sabía, estaba hecha un lío. Mi interior era un conflicto de contradicciones.

Entré en mi habitación y encendí la luz. Me quité el abrigo y cuando fui a dejarlo en la cama, vi la pulsera. Su pulsera. Al lado, un papel que decía:

Te quiere. Mamá.

 

Maria Carro Corral

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13- DISPARA

El francotirador se encontraba dentro de aquel edificio abandonado en frente del hotel, dentro de una sala húmeda y vieja. Nadie vivía allí desde hacía 10 años. El francotirador esperaba con nerviosismo a que su víctima saliera de aquel hotel y poco a poco su pensamiento se introdujo en la extraña idea de cómo había llegado a esa situación. Realmente asesinar a la gente no era la tarea normal de los viernes de la mayoría de la gente de la ciudad, la gente normal jugaba al fútbol y en su defecto, al golf. Pero empuñar un rifle no lo hacía cualquiera. Precisaba de una gran sangre fría, de pocos escrúpulos y aunque suene raro, de mucho valor, aunque hay quien dice que matar es de cobardes. Tienen un poco de razón, algunos asesinos son unos cobardes. Él pensaba en sí mismo y descubría que él no era uno de esos, él era valiente porque había sobrevivido a su pasado de la mejor manera que pudo. Las circunstancias le habían llevado a ser lo que era y no por ello era peor que nadie, y aún así tenía que convencerse a sí mismo de que eso era cierto y no una excusa para seguir matando.

Y entonces se vio a sí mismo caminando por una calle a las diez de la noche. Llueve, y mucho. No tenía más de 16 años e iba de un lado para otro por la calle hasta que llegaba a su casa, un piso franco de una banda. "No son terroristas –pensaba él–, no lo son". Esa idea empezó a desaparecer de su cabeza con el tiempo, tal vez porque él empezó a coger armas: pistolas, escopetas, rifles de caza... y ahora se encontraba con un rifle capaz de reventarte un brazo si disparaba con él sin apoyarte en algo. Podía cualquiera imaginarse lo que una bala de ese rifle haría sobre la cabeza de alguien.

Seguía recordando a la espera de que su víctima saliera del hotel. De nuevo el pasado, ahora un año después, con 17 años. Una persecución por el callejón, los hombres de azul corriendo detrás de él por el callejón lleno de contenedores, cajas, e incluso algún hombre durmiendo en la calle. Seguía corriendo y sus piernas no podían más, pensando que al final del callejón estarían esperando más unidades de la policía. Entonces, mientras llevaba colgado con una correa de cuero un rifle al hombro, pensaba en sacar una pistola de uno de los bolsillos de su cazadora y liarse a tiros. Pero se encontraba en desventaja.

La carrera se hacía interminable y girando la cabeza ya podía ver a los dos policías. Entonces vio un letrero, un bar. "El desvanecimiento", venía escrito en un cartel morado. Golpeó la puerta y entró a la carrera. De su frente caían grandes gotas de sudor y sus pantalones vaqueros habían perdido su color azul para volverse marrones como el barro. La gente, sorprendida, gritaba al ver el rifle en la espalda de Raúl, que seguía corriendo entre la gente para poder entrar en los servicios en busca de una ventana que diese a la calle. Pero no la había. Estaba encerrado.

Entonces sacó un cordel de su bolsillo y le ató al gatillo del rifle y a su muñeca derecha. Luego sujetó el rifle de tal manera que apuntara a la puerta y se sostuviera de pie si tiraba del cordel.

Se encerró en uno de los retretes con una pistola en la mano libre. Al momento escuchó:

¡Policía! ¡Abra la puerta y salga con las manos en alto o nos veremos obligados a entrar!

Raúl no dijo ni palabra. Seguía inmutable agarrando el cordel y la pistola. No se movía a riesgo de que se disparara el rifle.

¡Deje sus armas en el suelo, vamos a entrar!

Al instante un estrepitoso golpe se oyó en el servicio. Raúl tiró con fuerza del cordel y el rifle se disparó. Volvió a tirar otra vez y escuchó un grito. Golpeando la puerta del retrete, saltó hacia fuera con la pistola empuñada y le bastó un instante para apuntar y disparar al segundo policía, que cayó fulminado.

Los dos estaban muertos. Raúl, con mucha sangre fría, registró a uno de los policías y le quitó la placa. Después recogió su rifle y se fue como vino, sudando por la frente y con los pantalones embarrados, con la muerte a su espalda. Si no hubieran sido los policías, habría sido él.

La gente había abandonado el local y sólo detrás de la barra habían dos personas. Debían ser los dueños. Justo cuando estaba a punto de irse empezó de nuevo su carrera. Uno de los dos dueños sacó una escopeta y le disparó. Por suerte para Raúl, sólo su pierna resultó herida. Tuvo que huir a la pata coja. Su pierna derecha sangraba, pero no demasiado, y pudo escapar sin desangrarse.

Seguía allí, en el edificio. Y después de sus recuerdos sólo quedaban él, el silencio, un rifle y la gente pasando por la calle. Él se encontraba en un quinto piso a la espera de que aquel empresario, Roberto Sánchez Orset, saliera del hotel para asestarle un definitivo golpe. Y entonces descubrió que estaba en esto para defender de la peor manera de las que hay, pero la más efectiva, las causas perdidas de la Humanidad, cegada por la cortina de humo que le proporciona a los ricos sus cantidades de dinero.

Roberto Sánchez, respetado empresario, no era más que un contrabandista de órdago: drogas, armas, redes comerciales por toda España. A veces pensaba que se había olvidado de por qué mataba a la gente. Se había olvidado de que las armas quitan el sentido a la justicia y a los fines, que el fin no justifica los medios. Pero esa cortina de humo también le cegaba a él. Estando a las órdenes de esa banda con la que convivió en su niñez y juventud, se le ordenaba matar a la gente. Y años más tarde Raúl descubrió que aquella gente no eran mas que personas inocentes y que él había sido un muñeco extorsionador, un mensajero de injustas causas, portador de absurdos mensajes en forma de bala y hechos de plomo, y que él no era mas que un asesino.

Cuando la verdad asusta tanto que no se admite, entonces hay que girar, cambiar y dar un paso hacia otro rumbo. Pero ese rumbo seguía para Raúl asociado con la muerte. Lo único que él sabía hacer era matar y olvidar después. Y mientras su pensamiento se desviaba hacia el pasado.

Seguía apuntando a aquella puerta del hotel y Roberto seguía sin salir. ¡Maldición! Soltó el rifle, que se apoyaba en una base de cuatro patas que podía girar sobre sí misma. Paseó por la habitación sin perder de vista la entrada del hotel y sus recuerdos volvieron a invadir sus pensamientos torturándole.

Soltó un grito al recordar y contar con los dedos a toda la gente que había matado. Soltó una patada a una caja de madera que se encontraba en el piso. Y como un rayo perforando su cabeza, su vista le avisaba de que Roberto estaba saliendo por la puerta del hotel.

Volvió a su posición y preparó el rifle. "Preparados, listos, ¡dispara!, ¡dispara!... Preparados, listos...".

Los ojos de Raúl se abrieron como platos cuando una de las cortinas del quinto piso se descorrió. Pero eso no era lo malo. La persona que la descorrió tenía en sus brazos un rifle y Raúl vió como se disparaba. En su dirección.

 

Carlos Cuesta Rueda

Tema musical de fondo: "Oaks" (de David Lanz, con Nancy Rumbel y Eric Tingtad,
álbum "Woodlands", 1987).

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14- RECUERDOS

El viento choca en mi rostro mientras miro a través de la ventana. Los árboles se balancean, los perros ladran, las farolas iluminan. No hay nadie en la calle y es raro porque es verano, aunque precisamente hoy no es un día típico del verano. En la oscuridad de la noche cierro los ojos y lo veo como si hubiese sido ayer. ¡Maldita la hora en que te conocí!

Aún recuerdo su mirada cuando nos presentaron en aquella fiesta y sus ojos verdes me desnudaron al instante. Me sentí tan desprotegida y pequeña que quise esconderme, pero tú te encargaste de que no fuera así. Durante toda la noche me diste conversación. Al principio sentía miedo, luego admiración, pero al final me di cuenta que me estaba enamorando. Cada palabra, cada gesto, cada movimiento... Todo era armonía.

¿Cómo pude pasar del miedo al amor? Eras tan excitante y misterioso que temí perderte. Todo tiene su fin y con ello llegó la despedida. Cada uno se fue por su camino.

Esa noche me acosté con tu cara grabada en mi cabeza. No pude dormir. Era imposible. Nunca volvería a verte y no podía hacerme a la idea.

Llegó la mañana. El trabajo me hizo entretenerme. De nuevo vino la noche. La pasé en vela, no podía quitarme tu imagen. Por más que daba órdenes a mi cabeza ella no me escuchaba. Tuve que levantarme y tomarme un Valium. Me dormiría a las tantas, sólo se que cuando sonó el despertador estaba muy cansada. Otra vez el trabajo.

Cada día cuidaba de un grupo de ancianos que no se valían por sí mismos. Me hacía sentir muy útil. Sus conversaciónes me resultaban gratas, habían vivido mucho.

Durante el día todo era más llevadero pero vino la oscuridad y con ella tu recuerdo. Estaba realmente cansada pero seguía sin dormir. A mí nunca me había pasado algo parecido. Por ello decidí hablar con Jorge, el anfitrión de la fiesta, para contactar de algún modo con Carlos.

A la mañana siguiente, en el descanso del desayuno, llamé a Jorge y le pregunté por Carlos. Jorge era un buen amigo mío desde hacía años, tenía confianza suficiente como para contarle lo que me ocurría. Jorge se quedó confuso pues me dijo que no había en la fiesta ningún Carlos ni nadie que se pareciera a la descripción que yo hice de él. Aún más confusa que quedé yo, pensé que era una broma de Jorge. Pero no lo fue. Quedamos a tomar café y seguimos hablando del tema. Me dijo que a lo mejor lo soñé. Yo no sabía que pensar.

Cayó la noche y seguía sin saber que ocurría. ¿Me estaba volviendo loca? No había ninguna explicación posible, en mis pensamientos seguía él. Me preguntaba una y otra vez si me había enamorado de alguien que no existía.

Hablé con un psicólogo pero no saqué nada en claro. Sólo sé que las noches se pasaban pensando en él. Decidí entretenerme con mil y una cosas. Fue inútil.

De repente un día estaba trabajando, se me acerca Claudia, paciente mía, me dice que tiene un mensaje para mí. Intrigada le pregunto que quién se lo dio. Ella me contestó que Carlos.

El corazón empezó a acelerárseme, las manos me sudaban. No podía creérmelo. Intentando no tartamudear le pregunté por el mensaje. Ella empezó a hablar. Lo que más me impactó fue lo primero que dijo. Sus palabras exactas fueron:

Mi hijo me ha dicho que no te preocupes. Volverás a dormir por las noches.

No podía moverme. Apenas respiraba. Me quedé mirando sin poder reaccionar. Decía la verdad. ¿Cómo podía saberlo si Claudia padecía alzheimer? Ella nunca antes me había hablado de algún hijo. Pensé que no tenía ninguno.

Quise preguntarle más cosas pero cambió de tema y le vi que estaba algo ida. Decidí buscar información sobre ella y su hijo. Me fui al registro de la clínica y encontré su historial. Lo guardé para leerlo en casa más tranquilamente.

De camino a casa me encontré con Jorge. No quise decirle nada pues no podía probarlo. Al llegar a casa me puse cómoda, comí algo y enseguida empecé a leerlo.

Claudia nunca se había casado pero tuvo un hijo que nada más nacer se lo quitaron. Ella ya tenía problemas mentales por esa época y los médicos temieron por el niño. El nombre no aparecía por ningún sitio. Carlos es probablemente el nombre que ella le puso porque le gustaba, pero no su verdadero nombre. Supuestamente ella nunca lo volvió a ver pero hablaba de él como si lo viese de vez en cuando.

Ya había leído todo, o eso me pareció, porque de repente apareció otra hoja y en ella decía que también tuvo una hija cinco años después. Se la quitaron como con Carlos. ¡Dos hijos! Ella jamás dijo nada. Pobre mujer. No pudo verlos ni tenerlos con ella. Tuvo que ser terrible. Eso no se iba a quedar así. Yo buscaría a sus dos hijos, sobre todo a Carlos.

Esa noche me acosté y pude dormir. No sabía porqué, por fin descansé. Lo primero que hice por la mañana fue ir al ayuntamiento y pedir información sobre qué tenía que hacer para encontrar a esas dos personas.

La mañana se me pasó de viajes y papeleos. Se acercaba el momento de saber la verdad. Tenía los documentos en mis manos. Empecé a leer. Cuando acabé tuve que sentarme y respirar.

Debía estar equivocada, eso no podía ser. Era cierto que su hijo se llamaba Carlos. Este murió en un accidente hacía cinco años. Su hija seguía viva y se llamaba Ana. También ponía el nombre de los padres adoptivos. ¡Ana era yo!

Sabía que mis padres no eran los verdaderos, ellos me lo dijeron y también que mi madre murió al tenerme. ¡Tantos años engañada sin saberlo! Era injusto.

Corriendo fui a la clínica a ver a Claudia. Nada más verla me dijo que sabía que algún día me conocería. Ambas empezamos a llorar y nos abrazamos. Me habló diciendo que no me preocupara por mi hermano Carlos, que sólo quiso conocerme y hablar conmigo, jamás quiso transtornar mi vida, que me quiere a pesar de que casi no me conoce. Nos tiramos una hora hablando y llorando.

Todo fue bonito. No quería separarme nunca más de ella. Llegó la hora de marcharme y me fui a dormir a mi casa. Llamé a mi madre adoptiva y se lo conté todo. Quedamos para ir a la mañana siguiente a ver a Claudia.

Al llegar, la sorpresa que nos dimos fue horrible. Durante la noche ella murió y dejó una carta a mi nombre. Corriendo la abrí y la leí:
 

Querida Ana:

Estaba esperando este momento para morir en paz. Mi vida no ha
sido un camino de rosas pero por fin descansaré en compañía de
mi hijo Carlos.

Vive y sé feliz. Ya no te molestaremos más.

Te quiere:

Tu madre.
 

Mi madre adoptiva y yo nos abrazamos y lloramos. Ella tampoco sabía nada de este lío.

Todos fuimos engañados.

 

Rebeca Santiago Fernández

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15- POR ENCIMA DEL FARAÓN

El sol era abrasador en el árido desierto de Abú Simbel. El calor era tan abrumador que no se veía ningún ser vivo en el terreno al que sus doloridos ojos alcanzaban a contemplar. Sus pasos se hacían cada vez más pesados y sus pies presentaban un aspecto enrojecido por las múltiples heridas que los surcaban. Las contundentes cuerdas que apretaban sus muñecas enlazándolas comenzaban a desgarrarle la piel, al tiempo que hacían más complicado su torpe caminar. En esta patética situación Sami maldijo su suerte.

No podía creer que a él le estuviera pasando semejante desgracia. ¿Cómo era posible que un general fuera condenado? Él, que pese a su juventud, se había convertido en general del ejército egipcio y que tenía a su mando el gran regimiento dedicado a la honra del dios Set, dueño de la tempestad. Pero todos estos logros palidecían ante el amor que sentía por su esposa Namara, amor verdadero y puro. Sin ella Sami estaba incompleto.

Mientras pensaba proseguía su fatídica marcha por las áridas llanuras del desierto. Su boca ya no era húmeda sino reseca como una hoja marchita, su piel era torturada por miles de granos de arena que levantaba el aire que le golpeaban como si de una lluvia de alfileres se tratase. De los poros de su piel ya no brotaban gotas de sudor y en su lugar unos surcos blanquecinos de salitre se aporeraban de su frente.

Pero Sami era ya casi insensible a todo lo exterior. Daba mil y una vueltas a aquel maldito día en que su suerte cambió de un brusco revés. Era el día del gran desfile real y Sami, acompañado por Namara, debía ir a la derecha del faraón Keops como símbolo de la confianza que éste depositaba sobre él. No había honor más grande para un soldado que desfilar al lado de su rey.

Esta confianza no era algo repentino sino que Sami venía apuntando alto desde sus primeros días en la academia militar, donde era el primero en todas las pruebas de armas y de estrategia bélica. En estos felices días Sami conoció a su amor, Namara, cuando ella bajaba al Nilo a refrescarse y purificarse en el río santo como era costumbre entonces. Nada más verla quedó deslumbrado y a los pocos meses se atrevió por fin a hablar con ella.

Era encantadora. Todo su cuerpo le fascinó desde el principio pero al conocerla se enamoró de todo su ser. Como era de suponer se casaron rápidamente y mientras Sami seguía su preparación para ser un gran soldado, Namara se ocupaba de que no faltase ningún detalle cuando su esposo regresaba. Por las noches se amaban con pasión pero a la vez con delicadeza. Sus cuerpos se entrelazaban como si fueran dos partes de un todo que surgía como culmen de su amor.

Y así los años fueron pasando y Sami fue ascendiendo. No había rivales para su ejército. A sus pies cayeron libios, nubios y los terribles beduinos. Sus proezas se contaban de boca en boca, como si de un mito divino se tratara, y en cierto modo tenía algo de divino. La suerte era su aliada. Esa suerte que le hizo conocer a su amada y salir victorioso de todos sus enfrentamientos sin que una mínima herida agrediera su recio cuerpo. Por todo ello Keops se fijó en él y le obsequió con la más grande condecoración para un soldado egipcio, la Mosca de oro, además de darle su confianza y estima que Sami aceptó pletórico de alegría. Lo tenía todo, y lo que era más importante, tenía alguien con quien compartirlo todo. Muchas veces Namara le reprochaba que pasaba más tiempo con el faraón que con ella y le increpaba preguntándole a quién amaba más, a lo que él respondía sin duda "El amor que siento por ti es distinto al que siento por el faraón".

A Namara le resultaban extrañas sus palabras. No entendía cómo podía haber dos maneras de concebir un mismo sentimiento, pero al final cedía a la explicación sin darle importancia, al fin y al cabo ella esperaba el fruto del amor con su esposo que crecía en su vientre desde hacía ya unos meses. Esto entusiasmaba a Sami, que siempre bromeaba sobre lo grande que se encontraba su barriga aunque ésta todavía no hubiera cambiado más de un centímetro.

Pero aquel día todo cambiaría. Por la mañana Sami y Namara se adornaron con sus mejores ropas. Él se puso su uniforme de gala con espada y escudo incluidos. Usaron sus mejores perfumes y se prepararon para el desfile. Un carro los estaba esperando en la puerta para conducirlos a palacio, desde donde el desfile debía de partir.

Todo estaba preparado. Las calles estaban adornadas y por todos lados se respiraba el maravilloso olor a flores e incienso. La gente se esmeraba en preparar suculentos manjares y un ambiente festivo se dejaba sentir en todo Egipto.

Cuando el sol estaba ya alto en el cielo el desfile comenzó. En medio el faraón. A su izquierda su esposa y el visir Himoteph, creador de la gran pirámide. A su derecha Sami y Namara. La larga cola de soldados, carros y músicos llevaba un paso solemne y Sami se sentía el hombre más feliz de la Tierra, flanqueado por las dos personas más importantes de su vida. Bueno, dos personas y una personita que pronto le inundaría de felicidad.

Todo iba de maravilla cuando de repente, entre la muchedumbre, comenzaron a escucharse gritos de terror. Y al instante tres flechas, procedentes de arcos beduinos, surcaron el aire en dirección a la comitiva real.

Sami no tuvo tiempo de pensar así que instintivamente lanzó el escudo hacia su izquierda y se interpuso entre una flecha y el corazón de su amada.

Todo fue muy rápido. Sami cayó al suelo, también lo hizo el faraón, y con los ojos abiertos contempló la cara de su esposa, etérea, casi divina, antes de desmayarse.

Cuando despertó estaba en una camilla y todo el mundo iba y venía a gran velocidad. Entre lo que pudo alcanzar a oír destacó la voz de un viejo médico que gritaba que el faraón estaba vivo, pero una flecha le había desgarrado el pecho. Llamó al camillero y éste le miró con desprecio.

¿Y mi esposa? –preguntó con voz entrecortada.

¡Tu esposa está viva, sucio traidor! –repuso el camillero.

¿Traidor? –preguntó Sami.

¿Acaso no es traición abandonar al faraón a su suerte en mitad de una emboscada?

Sami estaba confuso.

¡Yo no abandoné a nadie! Tuve que elegir y me abalancé sobre mi esposa. No tuve tiempo de pensar. ¿Acaso tú hubieras actuado mejor?

El camillero enmudeció y luego, mientras salía de la sala, dijo:

No es a mí a quien acusan.

La flecha le había alcanzado en el hombro por lo que a los pocos días estaba ya recuperado y listo para comparecer ante Keops y explicar sus actos. El palacio estaba desierto y en sus aposentos el faraón recibió al prisionero.

¿Cómo pudiste hacerlo? –murmuró el faraón–. ¿Acaso es más importante una simple mujer que yo, tu rey?

Sami se defendió:

Esa pregunta ya conoce la respuesta.

El faraón increpó:

Entonces debo entender que....

¡No! –interrumpió el general–. No puede entender. Ni yo mismo lo entiendo. Siempre he pensado que podía amar a mi mujer y a mi rey por igual, aunque en distinta forma. Resulta extraño pero así era. Sin embargo hoy he sentido que ni siquiera un rey es más importante que el verdadero amor.

¿Cómo te atreves? –gritó el faraón–. ¡Soy el hijo de los dioses y nada está por encima de éstos!

Si es así, mi corazón está envenenado y yo sólo soy una marioneta en sus manos.

¡Ya está bién! –aulló el faraón–. ¡Yo conozco una cura que os vendrá bien a los dos!

¿A los dos? –dijo Sami-. ¡Namara no tiene nada que ver en esto! ¡Yo y sólo yo soy el culpable! ¡No tiene derecho a cargar contra ella!

Recuerda –impuso Keops–, yo soy el faraón. Yo dicto las leyes y todos las acatan, por lo que te condeno a trabajos forzados de por vida en la ciudad minera de Abú Simbel. Y respecto a tu querida esposa, será desterrada de Egipto para que la semilla que lleva dentro no florezca en este país.

De una palmada dos esbirros cogieron al general por las axilas y lo llevaron entre forcejeos y gritos junto con los otros prisioneros. Así la caravana de picadores de piedra avanzó por los caminos de Egipto hacia Abú Simbel y en un descuido de los vigilantes el valeroso guerrero consiguió huir y emprender una furtiva búsqueda de su esposa.

Sami fue sacado bruscamente de sus pensamientos por un guijarro del desierto con el que tropezó, y sin fuerzas para reaccionar cayó sobre sus propias rodillas. Sus ojos empezaron a nublarse, y cuando iba a caer de bruces sintió una mano en su hombro.

Cuando miró a la persona que lo sostenía tartamudeó.

¡Na..Namara! –y se desmayó.

Despertó con un fuerte dolor de cabeza y se encontró en una tienda decorada con alfombras y con perfume de incienso. Sin duda era una tienda de nómadas del desierto. A los pies de su lecho alcanzó a ver a su esposa.

¡Namara! –gritó–. ¿Eres tú? ¿Cómo es posible? ¡Estabas desterrada!

Ella posó sus labios en los de él, haciéndole callar.

No malgastes tu energía, la necesitarás para curarte –dijo con voz suave y cálida.

A tu lado me curaré enseguida, amor mío. ¡Tú eres mi medicina! –aseguró él.

Cuando la miraba la veía cambiada. No sabía lo que era pero estaba radiante, más hermosa que la última vez que le vio.

Durante varios días ella estuvo curando sus heridas y él mejoraba deprisa en manos de su amada. Pero un día el rostro de su esposa estaba turbado.

Amor, tengo que irme por un tiempo –dijo ella.

¿Dónde? –grito Sami desconsolado–. ¡No puedo vivir sin ti! Si te vas nunca me curaré.

¡Ya estás curado! –dijo ella entre lágrimas–. Aquí ya no puedo hacer nada y no podemos escapar juntos, sería más difícil escondernos. Yo iré con la primera expedición de nómadas y tú irás con la segunda dentro de unos días, cuando estés reposado.

Sami aceptó a regañadientes. Al día siguiente la expedición estaba lista para partir. Namara entró en la tienda y dijo:

Amor mío, no olvides que pase lo que pase, siempre estaré a tu lado.

Le besó en la mejilla y salió de la tienda. Sami se llevó sus manos a la cara y una lágrima brotó de sus ojos al cerrarlos.

Un enorme resplandor le sobresaltó y con dificultad fue abriendo los ojos.

¡Ha vuelto en sí! –gritó una voz desconocida–. Amigo, ¿estás bien? ¿Puedes oírme?

Sami miró a su alrededor.

¿Dónde estoy?

Estás en la enfermería del palacio real. ¡Enhorabuena, eres un héroe!

¿Un héroe? –Sami dudó un momento–. ¿Por qué?

¿No te acuerdas?

La expresión de Sami hizo continuar al enfermero.

Tu escudo se interpuso entre la flecha y el faraón. No ha sufrido ni un rasguño.

¿Escudo? ¿Faraón?

Finalmente Sami logró preguntar:

¿Y mi mujer? ¿Dónde está?

La cara del camillero se ensombreció.

¡Dios! ¡No se acuerda! –dijo con voz casi imperceptible.

¿De qué no me acuerdo? –increpó Sami.

Su esposa murió en el desfile. Una flecha...

¡No! –interrumpió–. La flecha me hirió a mí, por eso estoy aquí. Mi esposa me está esperando, debo de reunirme con ella.

La flecha sólo le rozó el hombro –prosiguió el camillero–. Usted consiguió desviarla unos centímetros y que así no impactara de lleno en su corazón, pero se alojó algo más arriba, justo entre ambas clavículas. La punta estaba impregnada con el veneno de una víbora negra y por la proximidad al corazón la muerte fue rápida y sin dolor. Puedo asegurarle que no sufrió.

¡No, no es posible! –gritó Sami–. ¡Mientes! ¡No es cierto!

Es cierto, señor. El veneno también actuó sobre usted y ha estado ausente durante mucho tiempo. Ha pasado la prueba del tribunal de Osiris y está otra vez entre nosotros. Debe alegrarse, no muchas personas aguantan un veneno tan fuerte. Pero algo le ha ayudado a sacar fuerzas de flaqueza, piense en ello y no se rinda ahora. Recuerde que no hay nada más grande que el favor del faraón y usted lo ha ganado enteramente.

Sami se quedó pensativo un rato y susurró:

Hay algo más grande que el faraón, que no se pierde aunque no se tenga, que está aunque se vaya y que no hay flecha ni veneno en el mundo capaz de destruir. Esta vida ya no tiene sentido y seré esclavo de ella hasta el día de mi muerte. Ningún faraón puede cambiar eso.

El camillero miró contrariado a Sami y salió de la sala sin entender sus palabras. Él quedó en el lecho pensativo mirando al techo, quien sabe si tal vez más allá.

 

Pablo Francisco Ruiz Feliche

Tema musical de fondo: "Mumbai Theme Tune" (de A. R. Rahman,
álbum "Café del Mar volumen 5", 1997).

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16- SONIDO DE UN COLLAR

La luz se filtraba a través de los transparentes y ambarinos cristales de las ventanas. Comenzaba un nuevo día, y como ocurría con cada amanecer, Liliana se levantó temprano.

Liliana estaba divorciada y su vida era un completo desastre. Odiaba todo lo que hacía. Le deprimía los transparentes cristales de las ventanas, los nuevos días que nacían soleados y calurosos. Detestaba mirarse en el espejo y ver su propio rostro demacrado por el tiempo y por una continua sucesión de preocupaciones. No podía soportar su trabajo ni el insufrible ir y venir diario. La rutina la agobiaba y aplastaba.

Liliana tenía un hijo. Dicen que los padres deben de ser tolerantes y comprensivos con sus hijos y Liliana desde luego lo era. Pero a la pobre mujer le hubiese gustado que Marcos no hubiese sido drogadicto consumado, delincuente reconocido y mujeriego pendenciero. Afortunadamente para él, para Liliana, para los vecinos que no soportaban escuchar a Iron Maiden a las cuatro de la madrugada y para los ultrajados dependientes de todos los establecimientos de los alrededores, Marcos se había regenerado. Había dejado finalmente las drogas y había olvidado sus antiguas y controvertidas aficiones. Las gracias había que dárselas naturalmente a la doctora Natalia Torroja. A ella había acudido Liliana en un último arrebato de desesperación.

Natalia Torroja era una psicóloga muy joven pero muy experimentada. Unos amigos se la habían recomendado debido a las excelentes referencias que tenía. Sin duda Natalia estuvo a la altura de las circunstancias. Ocho meses de terapia y Marcos ya no parecía el mismo. Una vez finalizado el tratamiento la doctora Torroja le había dicho, aconsejándola un poco y advirtiéndola otro tanto:

Marcos puede volver a recaer en cualquier momento. Jamás se curará totalmente. Su adicción será ya una enfermedad crónica.

Natalia la había mirado fijamente a los ojos para proseguir luego:

Aún así debes de aprender a confiar en él. La confianza es esencial. Si encuentra el apoyo y el afecto de sus familiares y allegados es muy posible que Marcos lleve una vida completamente normal a partir de ahora. Recuerdelo, es muy importante que olvide el pasado y vuelvan ambos a comenzar de nuevo.

Lo era, pero entregarse a la fe y a la seguridad era muy difícil. Liliana abandonó el pasado y los desagradables recuerdos que la abordaban. Debía concentrarse. Le esperaba una dura jornada por delante. Primero desayunaría. El periódico era su entretenimiento en la primera ingesta alimenticia del día.

"Las tres personas heridas en el atraco del miércoles habían muerto –informaba la prensa–, y el culpable había escapado de la justicia".

Liliana sonrió. Alguna madre estaría comiéndose las uñas con los pulmones descompuestos en gelatina ante la idea de que su hijo acabara de asesinar a tres congéneres. Se rio muchísimo. Por primera vez ella no era quien interpretaba aquel patético papel maternal en la película de la violencia que se rodaba cada segundo. Se rio tanto que casi se atragantó con una galleta. Tosió y vomitó el desayuno.

Antes de ir al trabajo se entregaría a la limpieza de su propia casa. No tardaría en averiguar que su hijo también se había ocupado de la limpieza, pero él en cambio había realizado su labor en la joyería de la esquina. Escondido en un cajón de un armario encontró un collar de perlas deslumbrantemente blancas. El miedo inquietó el alma pesimista de Liliana. Se abalanzó sobre el periódico, releyó el ya citado reportaje detalle por detalle. No había ningún testigo ni pruebas que pudieran inculpar al ladrón y homicida. Sólo había logrado llevarse un carísimo collar de perlas blancas de la India. Su valor, aunque no incalculable, estaba muy por encima de las posibilidades de acaparación económica de la señora Bermúdez.

Su mente giró a gran velocidad. Su hijo, disparos, drogas, dinero, robo, cárcel, lágrimas, rabia, sentimiento de culpa, policía, tristeza, suicidio, burlas, ..... No volvería a pasar por todo esto.

Una lucecilla se iluminó en aquella confusión de conceptos e ideas. Sin testigos ni huellas digitales el collar se convertía en la única prueba palpable que pudiese relaccionar a Marcos con el ilegal litigio que tuvo lugar en la joyería. Liliana rememoró la última vez en que Marcos había delinquido.

Él mismo se había descubierto al intentar tasar un anillo. Resulta que aquel anillo era una pieza única y su legítima dueña, una mujer bastante influyente que había difundido bastante propaganda sobre el asunto. Marcos fue condenado a varios meses de presidio. Podía esta vez ocurrir lo mismo con la notable diferencia de que los meses se convertirían en años y la pena por robo en condena por asesinato. Debía de esconder el collar para que ni su hijo ni la policía pudiesen encontrarlo jamás.

Decidió destruir el collar. Lo rompió y las perlas se separaron convirtiéndose en canicas bastante caras. Tiró dos por la cisterna, cuatro por una alcantarilla en un pueblo situado a 40 km de la ciudad, dos se las entregó a un pordiosero mendigo ciego, tan viejo que no podría distinguir a un hombre de una mujer. Y así, poco a poco, se deshizo de las 35 cuentas del collar.

Regresó tarde a casa. Estaba exhausta. Su hijo la recibió calurosamente. Disimulaba con descaro ignorando lo que había hecho. Esto enfadó aún más a Liliana. Justo cuando se disponía a gritar y a sollozar, su hijo la sorprendió exclamando:

¡Felicidades, mamá!

¿Y eso? –interrogó confusa Liliana.

Hoy es el día de la madre –explicó Marcos tranquilamente–. Te he comprado un regalo carísimo. Me he gastado todos mis ahorros, pero ha merecido la pena.

Liliana no comprendía. En esos instantes Olga Viza informaba a los teleespectadores que habían atrapado al inmigrante alemán que había atracado una joyería y matado a tres personas. La policía estaba muy satisfecha, ya que además de haber descubierto al delincuente había recuperado el collar desaparecido.

 

Iván Vazquez Tarrio

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17- EL ÁRBOL

¿Sabes, hijo? Una vez existió un árbol gigantesco que era más que un árbol. Tenía un alma. Existía cuando aún no había hombres ni animales sobre la Tierra y cuando aún las plantas no eran mas que un manto grisáceo de frágiles algas. En su existencia monótona y singular jugaba con el Sol y la Luna durante el día y la noche. Así fue durante eones, por miles y millones de años, cada vez fortaleciéndose más y guareciendo como un paraguas bajo su manto a las más débiles criaturas, ya sean animales, plantas, hongos o cualquier otra forma de vida. Por insignificante y diminuta que fuera, encontraba su protección bajo su copa.

Y un día llegaron los hombres. Ellos envidiaron su poder. Desearon su madera recia y flexible para hacer sus herramientas más mortíferas y eficaces. Los hombres también quisieron apartar a su sombra para así plantar alimentos. Donde antes se guarecían animales ahora sólo habían hombres que codiciaban su existencia.

Entonces ocurrió lo inevitable. Lo intentaron talar. Pero no les fue tan fácil acabar con un ser vivo casi tan viejo como la misma roca sobre la que había crecido. Con cada hachazo se partía el mango por la dureza de la corteza y sonaba el golpe como un gemido que llegaba al alma, y el hombre no podía seguir cortando.

Viendo los hombres su impotencia para destruir rápidamente la que había existido desde siempre, no desesperaron y encontraron una solución tan cómoda como cruel: prendieron fuego al árbol, aplicándole antorchas de petróleo, aceites y otros ungüentos que acelerasen la combustión.

El árbol murió quemado. Al arder crepitaban sus ramas chillando en un lamento agónico, pero no lo suficientemente alto como para alterar los corazones de los hombres, que impasibles lo vieron consumirse hasta cenizas.

Los hombres, en su genuina estupidez, quedaron así desamparados y solos y debieron buscar cobijo en otro lugar donde resguardecerse de los elementos y poder saciar su voraz apetito de vida. Sin embargo una parte del árbol no pereció en el incendio, sino que ascendió. Era lo mejor del árbol: su alma, que ascendió al cielo en forma de chispas, elevándose alto y alejándose, iluminando con ello el misterio de la existencia, riendo de nuevo de lo que el hombre nunca podrá alcanzar, otra vez acompañando a las estrellas y a los planetas.

Así es, hijo mío, cómo debimos de salir de nuestra Tierra natal para mendigar por el espacio otro hogar que nos acoja, pero recordando el pasado para no repetir el mismo error.

 

Javier Solana Alvarez

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18- LOCURA DE AMOR

Todo comenzó una pacífica mañana de abril en una clínica cualquiera de una gran ciudad. Una madre daba luz a su retoño, que en este caso era yo. Hasta aquí todo es bastante corriente, y de hecho no se complicaría mucho más si exceptuamos el acuerdo a que llegaron mis padres. Ambos, personas maduras y reflexivas, decidieron que en este caso la custodia sería para mi padre, Aitor, pues la hija anterior, Medea, había sido criada bajo la tutela de mi madre Arantxa.

Ellos no tenían nada claro lo de vivir juntos compartiendo demasiadas diferencias. Esto no excluía que entre todos hubiese una relacción de amor, ayuda y comprensión, que aumentaban nuestras convergencias y menguaban nuestras divergencias.

Imanol fue el nombre que mi padre eligió para mí, un nombre poco corriente para una relacción especial. Mi padre era una persona encantadora, entrañable, fácil de tratar, segura de sí misma y siempre dispuesta a escuchar con ternura y humildad. Tenía un impresionante físico, alto y muy fuerte, pues practicaba todo tipo de deportes, y una cara de héroe de película, con unos ojos tan azules que se podía ver en ellos la tranquilidad del mar en calma. Por cierto, era lo único que yo había heredado de él.

Era una persona muy culta, le gustaban la aventura y los viajes, pero sin renunciar a la tranquilidad de un buen libro a la luz de la chimenea, o a su meditación transcendental antes de dormir. Tenía infinidad de amigos de todo tipo, de los que me enseñaba a apreciar sus virtudes. No tenía demasiados problemas para encontrar alguna amiga con quien compartir la noche. Era todo lo que alguien puede esperar de una persona y esa persona estaba en mi casa, y era mi padre.

Eligió para mí una educación diversificada, objetiva y plural, de la que yo era a la vez juez y parte, haciéndome apreciar el valor de las cosas materiales, pero sin olvidar que por encima de ellas estaban los valores espirituales. Y la verdad es que los resultados estaban a la vista: siempre tenía buenas notas, aunque tampoco era el mejor, pero a cambio tocaba el saxo, pintaba, hablaba varios idiomas, destacaba en casi todos los deportes y podía relaccionarme con todo tipo de personas, por lo que tenía muchos y variopintos amigos. Sobre todo era bastante feliz, pues casi siempre tenía claro lo que quería y era capaz de recorrer el camino para conseguirlo. Pero no tenía mucho mérito, ya que siempre Aitor me había guiado para que yo eligiera el camino adecuado. Yo no tuve que aprenderlo de mis propios errores como él, que no tuvo la suerte de tener una educación como la mía.

Los dos estábamos orgullosos el uno del otro y aunque hubiese más gente en nuestros corazones, sin duda cada uno ocupaba el primer lugar en el corazón del otro. Pero hoy, por primera vez, yo tenía miedo.

Estaba solo frente a él en una pequeña habitación con una diminuta ventana abuhardillada. La luz iluminaba su rostro, que se mostraba comprensivo y a la vez espectativo. Mas que invitarme a hablar casi me lo estaba exigiendo, pues al fin y al cabo era yo el que le había dicho que tenía que contarle algo importante. Él estaba sentado en una silla de espaldas a mí, supongo que para no violentarme, y yo escondiendo mi mirada a través de la ventana intentando encontrar la inspiración o tal vez el valor necesario.

A pesar de que Aitor era la persona más comprensiva que conocía, tenía miedo de decepcionarle. Tenía miedo a que se sintiera frustrado por las espectativas que tenía en mí, aunque él siempre me dijo que lo único que esperaba era que fuese una persona feliz. Pero esta vez lo que tenía que contarle era demasiado fuerte, más incluso que cuando le confesé mi homosexualidad. Aún puedo recordar la expresión de su cara, serena y agradable, aunque en el fondo se vislumbrara un ligero gesto de sorpresa y tal vez de decepción. Y sus palabras:

Por mí no te preocupes hijo, yo sólo quiero que seas feliz y si tú estás seguro de que ese es tu camino hacia la felicidad, yo lo acepto y te ayudaré en lo que pueda.

Después me abrazó y me besó con cariño en la mejilla, mientras yo me deshacía en lágrimas de adolescente.

Pero esta vez me sentía mucho más cobarde. Él rompió el hielo y con su encantadora sonrisa me dijo:

Venga hijo, cuéntame esa historia que tanto te come la cabeza.

Yo me arranqué y le dije:

Papá, ¿te acuerdas cuando te conté que era homosexual?

Pues claro, hijo. ¿Es que ya no lo eres? ¿Has encontrado a la chica de tus sueños? –me contestó con una cierta complicidad en su sonrisa irónica.

No papá, no es eso. Es que estoy enamorado –le dije viendo que se acercaba el momento tan temido de la verdad.

Pero su sonrisa aumentó agradablemente y contestó:

¡Eso es fantástico, Imanol! Y, ¿quién es él? ¿Algún compañero de clase, del equipo de basket, del grupo de música? ¿Le conozco yo? –dijo mostrando su parte comprensiva y sexual, como una madre.

Bajé la mirada al suelo queriendo escapar de la habitación. Pero ya no había vuelta atrás. Este era el camino hacia mi libertad, pues si se lo ocultaba nunca me sentiría contento conmigo mismo y tenía que reconocerlo.

Entonces enfrenté mi mirada a la suya y con voz temblorosa, pero rápida para acabar lo antes posible, le dije:

No Aitor. Eres tú.

Su sonrisa se transformaba nuevamente en una cara de comprensión y ternura, aunque yo sabía que en el fondo estaba alucinado.

No hizo comentarios estúpidos como que "eso no podía ser", "que estaba equivocado", o "que se me pasaría con la edad", pues él me conocía y sabía perfectamente a qué me refería.

Después de unos interminables segundos sus palabras lentas y seguras como siempre fueron:

Hijo, quiero que sepas que estoy halagado si de verdad ves en mí a la persona de tus sueños. Tengo que reconocer que estoy algo sorprendido, pero no por ello decepcionado. Los sentimientos de cada persona son distintos a los de las demás personas, aunque todos nos empeñemos en ponerlos etiquetas y utilicemos las mismas palabras para expresar sentimientos distintos.

Y después me abrazó como en otras ocasiones y yo volví a llorar una vez más, en parte por la felicidad de tener un amigo así y en parte por la tristeza que me daba el crearle tantos problemas. Pero esta vez noté que no era yo el único que lloraba, tal vez porque intuía la vida tan complicada que nos esperaba.

 

Mikel

Tema musical de fondo: "Song for guy" (de Elton John,
disco "A single man", 1978).

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19- LA GITANILLA

Allí estaba, como siempre, en el centro del parque. Solo. Su rostro triste, pensativo, reflejando el dolor más intenso que un rostro humano puede sentir. El dolor del amor, de ese amor por el que uno lo daría todo, hasta la propia vida, de ese amor que por las cosas de la vida se ve truncado y que te va marchitando el corazón poco a poco hasta acabar con uno mismo. Diríase que el tiempo no hacía mella en él, a no ser por los pequeños regueros que el agua iba dejando en el bronce de que estaba hecho y por el peculiar colorido blanco que sus amigas las palomas le iban dando día a día. Sí, las palomas, los únicos seres en esta vida que le hacían compañía.

Pues si queridos amigos, allí seguía año tras año aquella magnífica estatua sin que nadie fuese capaz de fijarse un momento en ella, sola, condenada a vivir con su pena para siempre, en silencio.

Raquel era una joven estudiante de arte, preciosa, de piel dorada por el sol, una larga melena que recordaba el azabache y unos ojos marrones, brillantes, que le daban a su mirada un aire mitad ternura, mitad misterio. Se trataba de una joven soñadora llena de ilusiones, una joven muy tímida de las que apenas tienen amigos por el temor que les da el asomarse a la realidad. Ella prefería esconderse en las páginas de sus libros, entre las cuatro paredes de su habitación y dejar volar la imaginación, soñar.

Un bonito día de verano decidió salir a dar un paseo por la ciudad, sola, sin más compañía que sus sueños, sus ilusiones. Agotada por el largo paseo y el calor, decidió hacer un alto y tomarse un helado. Decidió sentarse a la sombra de un gran roble centenario. Las casualidades de la vida hicieron que Raquel se sentara justo enfrente de nuestra estatua. Como la gran mayoría de la gente de su ciudad, nunca se había fijado en ella. Había pasado por allí infinidad de veces, pero nunca se había fijado en ella. Quizás porque nunca había observado su rostro, ese rostro melancólico, hermoso, que le recordaba a su propio rostro.

Sin darse cuenta se le hizo de noche contemplándolo. Era encantador. ¡Y pensar que había pasado por allí tantas y tantas veces y nunca se había fijado en ella!

Esa noche Raquel no pudo conciliar su sueño. En su cabeza no había sitio mas que para una imagen: ese rostro, el rostro más bello que jamás había soñado, un rostro que nunca antes había visto en ningún mortal. ¡Qué pena que ese rostro estuviese hecho de bronce y no de carne y hueso! Pero el escultor debió de copiarla de algún modelo real. Raquel no hacía más que decirse a sí misma: "Mañana tengo que descubrir quién es el autor de esa escultura para conocer toda su historia".

A la mañana siguiente Raquel fue la primera en levantarse en la casa. Desayunó y se fue al parque a contemplar su estatua, su amor de bronce. Después de pasar toda la mañana contemplando a su amado, decidió acercarse por la tarde a la biblioteca para ver si encontraba algo sobre ella. Después de mirar y mirar en muchos libros sus esfuerzos habían resultado útiles. Por fin había encontrado algo sobre su gran amor.

Se llevó una gran desilusión. La estatua estaba construida hacía más de cien años, por lo tanto era imposible poder hablar con su autor. Pero, ahí no terminaba todo. Debajo había una pequeña historia sobre la vida de nuestra estatua que decía así:

"Cuenta la leyenda que en un país muy, muy lejano, vivía un hermoso
príncipe que estaba enamorado de una bella gitana. Una gitana preciosa,
de piel tostada por el sol, larga melena negra y unos ojos marrones
que le hacían perder la cabeza al príncipe.

Ante la negativa del rey a que se celebrara la boda entre su sucesor y
la gitana, éstos decidieron sellar su amor con un juramento de sangre
que los hermanara para toda la vida, teniendo como único testigo y
cómplice a la Luna. Pero el rey, hombre muy astuto, había encargado que
observaran al príncipe día y noche.

Al enterarse el rey de lo que había sucedido la noche anterior, mandó
prender a la gitana y ejecutarla. Al enterarse el príncipe, quedó
horrorizado. Había perdido a la única persona que en esta vida le había
dado amor y la única persona por la que él daría su vida.

A la noche siguiente se acercó al mismo lugar donde la noche anterior
la Luna había sido testigo de su amor y allí mismo le pidió a ésta que
le quitara la vida. Para él ya no valía nada si no la tenía a su lado.

Para la Luna era una decisión muy dura. Accedió a ello convirtiendo al
príncipe en una estatua de bronce, estatua que reflejaba en su rostro
todo el dolor de un hombre por la pérdida de la única persona a la que
realmente había amado en esta vida.

Esta era la verdadera historia del príncipe Orlando y la Preciosa Gitanilla,
nombre por la que ella era conocida."

Cuando Raquel había terminado de leer todo esto era de noche y decidió acercarse hasta la estatua de Orlando para hacerle compañía en su eterna y amarga pena. Raquel no pudo por menos que llorar y llorar a los pies de quien tanto amaba, alguien a quien amaba con locura, aunque no fuese mas que un trozo de bronce. Para ella era alguien muy especial. Era la primera vez que había sentido el amor. ¡Y qué forma mas dura de sentirlo!, ese amor que jamás podría ser correspondido.

Al acostarse esa noche se desencadenó una gran tormenta de verano. Se levantó a cerrar la ventana y al acercarse a ella se llevó una gran sorpresa: Era él, su príncipe. Sí, era él, y además había vuelto a la vida.

Lo que no contaba la leyenda es que cuando alguien sintiese de verdad el amor y rociase con sus lágrimas la estatua, ésta cobraría de nuevo vida. Y sorpresa fue también la que se llevó el príncipe Orlando al ver a Raquel y comprobar que era el vivo reflejo de su amada gitanilla.

Sorprendidos los dos, se dejaron guiar por esa viva pasión que ardía en su interior, la pasión de un amor verdadero.

Pasaron toda la noche haciendo el amor y contemplándose el uno al otro como si esa fuese la última noche en la que se verían.

Y llegó el amanecer. En los periódicos de la ciudad aparecía el siguiente titular:

"Acto de vandalismo: La estatua de Orlando aparece con un agujero en el pecho en forma de corazón"

De lo que nadie se había percatado, como nunca antes nadie se había percatado, era de que el rostro de Orlando ahora era todo felicidad. Por fin, después de muchos años de dolor, había conocido el amor.

Raquel apareció muerta en su cama, con el rostro tan feliz como su amado y una hoja entre sus manos en la que había escrito:

"El encuentro, auténtico y fiel, es siempre vida."

 

(Autor no identificado)

Tema musical de fondo: "La petite fille de la mer" (de Vangelis,
álbum "L'Apocalypse des animaux", 1973).

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20- EL SILENCIO DE UNA GUERRA

El eco sordo culminó y el último fusil cayó al vacío solo y resignado. Una nube grisácea se detuvo ante la masacre y lloró antes de dejar la situación igual que estaba, sin cambios, envuelta en un silencio embarazoso. Entonces el sol comenzó a desvelar el horror, que con la luz se hacía aún más denso.

El campo no era verde pero tampoco estaba seco. La violencia había dejado su rastro y su presencia de un rojo intenso ocultaba el color que anteriormente fue esperanza. Las flores y los árboles habían desaparecido, por lo que el paisaje se repetía sin novedad. Tan solo las figuras humanas formaban el relieve de la llanura, o lo que fueron figuras humanas.

Entre la eternidad unos párpados se abrieron y lo primero que observaron fue el cielo azul obligando al sol a desnudar la imagen que yacía en el suelo. Era un valiente soldado, que al desviar la vista del cielo, observó la recompensa esperada por su ejército y él.

Su pupila, a pesar de la claridad, se dilató igual que un agujero negro en la inmensidad del espacio. Al levantarse un intenso dolor le atravesó el pecho. El intento de ponerse en pie fue inútil. Se vio solo: Muchos cuerpos le rodeaban y todos tenían algo en común: jamás podrían levantarse como él.

¡Pobre soldado! Se tragaba las lágrimas para no mostrar su orgullo, un orgullo que no divisaría más que la tierra seca. A su lado se encogía un joven que agonizaba. Eran sus últimos segundos de vida. Estiró el brazo, intentó pedir ayuda y un suspiro se perdió en el aire. Parecía que ya no quedaba nadie.

El soldado cerró los ojos para no ver la imagen que se proyectaba ante él. Después de algunos segundos, los volvió a abrir y susurró:

Después de todo, hemos ganado.

Lo sabía porque habían disparado contra toda esa pobre gente sin que pudieran defenderse, rodeándoles con fusiles, tanques y aviones. Sí, habían ganado una batalla en la que no había enemigo, sólo personas que tenían derecho a ocupar las tierras que les pertenecían. Su ejército quería conquistar esas tierras para formar una colonia más, lo que implicaba más poder, más autoridad, más fuerza y sobre todo, más muerte. Eso es lo que habían conseguido.

A unos metros de él vio el rostro compungido de una mujer que sostenía algo entre sus brazos. Era un niño. Ella tenía los ojos abiertos y apretaba con fuerza lo que intentaba resguardar en su regazo. Era evidente que había puesto todo su empeño en salvarle. Pero el pequeño no se movía. No ocurriría como en el cine. Imposible. El soldado estaba en la realidad y era demasiado tarde.

Para no sentirse dolido desvió la vista, aunque todo daba lástima. "No te debe dar pena, ni siquieras conocías a ese niño. Hay que ser fuerte", el soldado se repitió a sí mismo lo que tantas veces había oído. "Además, yo no lo he matado".

Se dio cuenta de que el tiempo seguía pasando y debía irse de allí porque el paisaje era desolador. Pero apenas podía moverse.

Haciendo de tripas corazón comenzó a andar lentamente, mirando el horizonte, aunque procuraba no ver lo que de vez en cuando chocaba con sus pies. Pero por más que caminaba, no encontraba la salida. No conseguía ver un suelo sin obstáculos, verde y limpio. Era un laberinto interminable y el soldado no podía más. Estaba herido y cansado.

Tuvo que agacharse y mirar el suelo. Lo que vio le dejó horrorizado: Más dolor reflejado en rostros sin vida, más sangre. De pronto, una sensación de repugnancia invadió al soldado. Empezó a sentir rabia por lo que de verdad suponía una guerra. Vomitó todas las ideas que día tras día le habían hecho como era. Y sintió repulsión por sí mismo. Él era uno de los que configuraban el inmenso río de sangre. Él había matado gente inocente y robado lo que no le pertenecía. Había tomado parte en la muerte y destrucción de aquellas personas.

De sus ojos negros cayeron algunas lágrimas. A su lado encontró un fusil. Quzás estuviera cargado. Se apuntó a sí mismo y antes de disparar se levantó y miró de nuevo a su alrededor para que la culpabilidad se encargase de mover dos centímetros más el gatillo. Por último murmuró:

No soy fuerte, y no hemos ganado.

Y cayó al suelo. Entonces el silencio conquistó al aire. Sólo podía escucharse la suave brisa que desnudaba cada vez más la muerte, que silbaba una melodía lúgubre, que pasó rápidamente cerrando los ojos para no contemplar tanta pérdida en un solo segundo.

 

Aida González Martín

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21- UNA HISTORIA

¿Me dejas que te cuente una historia? No se si creérmela, pero un amigo mío dice que era una tarde de domingo en la que no ponían nada bueno en televisión. Hasta ahí me la creo. Cuando de repente sonó el teléfono y al otro lado una voz de una mujer desconocida le dice:

Pero... ¿Cómo no viniste?

Mi amigo me asegura que no conocía aquella mujer que le pedía explicaciones, y como no ponían nada bueno en televisión, mi amigo siguió con el rollo y dijo:

Bueno, verás, es que anduve un poco ocupado y no pude ir.

Pues dame una buena excusa, porque te estuve esperando toda la tarde. ¿Qué hiciste?

Es que anoche me fui con los amigos y decidí beber para olvidar, y no me preguntes qué porque, por una vez surtió efecto y me levanté muy tarde y con resaca. Me bebí toda el agua que pude y que salió del grifo, y me fui a la calle a pasear, a buscar un sitio para comer. En eso estaba yo cuando pasó una mujer a la que creía conocer, y la seguí hasta que llegamos al portal de su casa y me di cuenta que no era ella. Total, que decidí pasear un poco por el parque a mirar la gente que pasa, y cuando me di cuenta, se me había pasado la hora de la cita. Ahora estaba aquí y sabes, no ponen nada bueno en televisión. Y tú, ¿qué has hecho?

¡Pero bueno, hombre! ¿Tú me lo preguntas? Esperarte, porque te he estado esperando toda la vida, porque te esperé ayer y la semana pasada también un poco, y de madrugada confieso haber mordido la almohada para no pronunciar ese nombre, y también esta mañana he llorado en un atasco, y bueno, otras cosas, da igual...

Total, que empezaron a hablar y a contarse la vida, y él dijo algunas mentiras, y cuando se dio cuenta, mi amigo mira por la ventana y le dice a ella:

Oye, ¿sabes que yo trabajo? ¡Pues ya es de día!

Se habían pasado toda la noche hablando y contándose cosas, y cuando se quisieron dar cuenta, ya amanecía. Así que mi amigo se fue. Ella le dijo antes:

¡Ya te llamaré!

y colgó.

Mi amigo quedó un poco jodido porque no tenía el teléfono de esta mujer, y quién sabe si la volvería a hablar. Aquella semana mi amigo me asegura que no pensó en ella, y yo me lo creo. Mi amigo es un tipo sincero a veces, excepto cuando le llama por teléfono una mujer desconocida. El caso es que, adivina quién llamó la siguiente tarde de domingo en que no ponían nada bueno en televisión. Ella, y ella le dijo:

Cuéntame qué has hecho esta semana.

Él volvió a contar alguna mentira y le dijo:

Bueno, sobre todo pensar en ti y echarte mucho de menos. ¿Y tú?

Aquí ya no sabemos mi amigo y yo si aquella dijo la mentira o la verdad, porque dijo:

Yo también he pensado en ti y te echaba mucho de menos.

Empezaron a hablar, y mi amigo me cuenta de que se sorprendió contando más verdades de las que se suelen contar a una desconocida, y que le costaba cada vez más decir tantas mentiras. Total, que pasado el rato, ella mira por la ventana y le dice:

¿Ves? Ya es de día. Te tienes que ir a trabajar. ¡Lástima!

y cuelga.

Y mi amigo ahora sí que quedó jodido. Y aquella semana anduvo obsesionado buscando aquella mujer en todas las mujeres que pasaban a su lado: en la mujer que se sentaba en frente en el metro, en la mujer que se tomaba un café a su lado en la cafetería, en las compañeras de trabajo, en las chicas que pasaban a su lado por la calle. Trataba de ponerle rostro a aquella voz que desconocía. Pensaba qué se pondría para dormir, y bueno, otros pensamientos húmedos que no pienso contar porque mi amigo tiene una reputación, o al menos eso se cree, y es un amigo. Total, que obsesionado estuvo toda aquella semana. Y aquel domingo por la tarde, en que no ponían nada bueno por la televisión, ella volvió a llamar.

Hola ¿Cómo estás?

¡Ni cómo estoy ni nada! –y dijo una verdad– ¡He estado toda la semana pensando en ti y necesito verte.

Ella, que tenía miedo, dijo que no podía ser, que aquello era imposible, que había estado esperando mucho tiempo y que tenía que seguir esperando. Mi amigo se enfadó mucho y pegó cuatro voces. Acabaron discutiendo y mi amigo acabó arrancando el teléfono de la pared y estellándolo contra el suelo.

Aquella semana mi amigo no es que anduviera jodido, es que no andaba. Como un zombi se le veía pasear por su calle, y faltaba al trabajo, y llegaba tarde a todas las citas, y a alguna no iba. Y así anduvo toda la semana, sin que ella llamase. Pasó otra semana y aquella mujer tampoco llamó.

Pero a la tercera semana, aquel domingo, el teléfono sonó, y era ella, que le decía:

Necesito verte. Mañana. Quedamos a desayunar.

¡Perfecto! ¡Me viene que te cagas!

Quedaron en un sitio donde queda todo el mundo en Madrid, en un lugar donde no hay ni osos ni madroños, pues ellos quedaron en el oso y el madroño, donde hay gente que espera a gente que espera la gente que espera, porque esperan en otro lado y se han confundido, gente que va mirando a la gente que espera, a gente que pasa, a gente que llega. En fín, así que mi amigo aquella mañana pasó por debajo de la ducha, se tiró un café encima y salió a la calle antes de que pusieran las aceras.

Camino al lugar de la cita, él empezó a pensar cómo le quedaría aquel vestido azul que ella le había dicho que se iba a poner para que la reconociese, y cómo se movería al hablar, y cómo pensaría ella que es él. Y mi amigo empezó a tener mucho miedo. Y así estaba, acojonado, cuando la vió a ella apoyada en la esquina con su vestido azul, tan hermosa que parecía la mujer de otro. Así estaba, que le temblaba las piernas como a Bamby.

¿Te puedes creer que mi amigo pasó de largo? Pasó frente a ella sin decir nada, se metió en el metro, y al trabajo.

Ahora, los domingos por la tarde no hay quien quede con mi amigo. Se las pasa mirándo el teléfono con la esperanza de que un día suene y que al descolgarlo suene al otro lado una voz de mujer que le diga "Pero.. ¿Cómo no viniste?".

 

Sara

Tema musical de fondo: "Moon Run" (de Trapezoid,
álbum "Moon Run", 1990).

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22- EL VERDADERO SILENCIO

¡Qué silencio! El estruendo de los motores de la lancha, el violento choque de la quilla rompiendo las olas, el soldado detrás de mí, rezando oraciones que, si en algún tiempo he podido entender, ahora no tienen más sentido que las gafas de sol del soldado de mi izquierda.

Sí, hay siencio, la noche es despejada pero no hay luna. Siempre he asociado el silencio con la Luna. Se me hace extraña una noche silenciosa sin ella. Supongo que sabrá que esta tranquilidad no va a durar mucho, o, no sé, quizá esté esperando otra cosa.

La lancha empieza a aminorar, los motores no hacen tanto ruido, las plegarias cesan detrás de mí, el silencio se apaga, el soldado se quita las gafas de sol y dice "¡Al fin!".

Esas dos palabras desencadenan lo que puede ser una noche completamente inhumana, o quizá demasiado propia del hombre.

La compuerta de la embarcación baja de golpe sobre la arena de la playa al tiempo que todos mis compañeros empiezan a gritar, cada vez más y más alto. Son gemidos incomprensibles, frases cortas y sin sentido, o simples aullidos. Yo no grito. Todos corremos, incluso las nubes.

En plena carrera miro al cielo y las veo, tapando apresuradamente la noche para que ésta no pueda ver las caras desencajadas de mis compañeros, guiados por sus fusiles y sus ansias de matar o de morir.

¿Hacia dónde corremos? Creo que todos lo saben pero no son capaces de decirlo. Y si alguien lo dijese ¿de qué serviría? ¿Quién lo iba a oír? Y aunque alguien lo oyese, ¿qué haría? ¿Acaso hay algo que se pueda hacer a estas alturas? No lo entiendo. Desembarcamos, corremos, gritamos... Todo esto ¿para qué? Invadir un país, defenderlo de otro... En cualquier caso nosotros tenemos que hacer lo mismo. Por qué lo hagamos puede importarnos o no, pero nada cambiaría con no saberlo.

Sin embargo esta carrera histérica y en masa no ha tenido la respuesta esperada por todos mis compañeros. Nadie nos ha atacado. La playa queda ya atrás. La carrera se ha convertido en un caminar angustioso y los gritos se han vuelto miradas penetrantes y desconfiadas en la noche. Nadie habla.

Silencio otra vez. Me fijo en el cielo de nuevo. Las nubes no han cambiado de forma ni de posición. Han estado aguantando tensas, esperando oír explosiones, silbidos de bala seguidos de gritos de dolor, maldiciones e insultos, llamadas desesperadas de auxilio. Al ver que, al menos, aún no es así, una tímida brisa empieza ahora a deformarlas. Pero siguen cubriendo todo el cielo, no se fían.

Seguimos avanzando. Hemos entrado en un bosque. Las hojas secas caídas crujen bajo nuestras botas. Es un sonido quejumbroso y triste, muy acorde con la situación. Delante de mí un soldado rume incansablemente un chicle ya sin sabor, abriendo completamente la boca para luego cerrarla de forma brusca, haciendo un sonido que se confunde con el de la hojarasca. Ese gesto, sumado a sus ojos abiertos como platos, y a su postura encorvada hacia adelante empuñando su fusil allá donde clava su mirada, demuestra que mis compañeros no están ni mucho menos tranquilos. No les parece normal que hayan llegado hasta aquí sin que haya muerto nadie, o, como se diría en el argot bélico, sin bajas. Sin bajas... ¡Qué expresión tan fría para decir algo tan triste! Miro a cada uno de mis compañeros y me imagino a sus padres recibiendo la noticia de que su hijo ha sido baja en combate. ¡Qué forma más grotesca de enterarse de algo así!

El ruido de la hojarasca ha cesado, estamos en una zona del bosque con una maleza bastante alta. Llega a la altura de las rodillas. El ruido del caminar es ahora más sereno, pero esto no se refleja en las caras de mis compañeros. El soldado de delante se ha dado cuenta de lo insípido de su chicle y lo ha escupido sin dejar de mirar incansable en todas direcciones. Pero ello no le impide seguir rumiando de forma compulsiva.

A un gesto del soldado primero todos nos agachamos. Han visto moverse la maleza frente a nosotros. Sí, ahora lo veo yo también. Todos apuntan con sus fusiles al centro del movimiento. Parece que desean que sea un soldado enemigo. No!, sería estúpido, donde hay uno hay miles, donde hay miles hay lucha, muerte. No se si llegarán a relaccionar un único soldado con su muerte, pero deberían. El hecho de estar aquí no significa que le hayan perdido el miedo a morir, o que deban querer matar. Espero que no sea así. Yo sólo miro.

De repente el movimiento cesa y se ve aparecer una cabeza. Demasiado pequeña para ser de una persona. No, al instante dos largas orejas se alzan por encima de la pequeña bola. ¡Un conejo!, ¡el enemigo es un inocente conejo!

No hay más movimiento. El soldado primero indica que podemos continuar. Al levantarnos, el conejo huye despavorido. Me pregunto si mis compañeros pensarán que va a reunirse con su pelotón y planear un ataque para acabar con nosotros. Yo por mi parte pienso que va a esconderse en su madriguera y a quedarse en ella tiritando de miedo hasta que llegue el día.

Avanzamos. Siempre avanzamos. El día nos indica con un gesto que nos estamos acercando a las puertas de la ciudad. Cada vez hay menos árboles, sí, pero no se ve ninguna luz a lo lejos. Miro al cielo. Las mismas nubes. Es extraño que nos sigan, pero en el fondo me gusta. Además, creo que al que siguen es a mí. Soy el único que las mira, nunca me he fijado mucho en el cielo. Pero desde que empezó todo esto me gusta ver algo que no sea de color camuflaje o que esté hecho de metal.

Bajo la mirada y veo lo primero que me indica que hemos llegado a una zona habitada por el hombre. Una carretera. Ahora sin embargo veo algo que me lo demuestra: Un hombre tendido en un charco de sangre. No se ve ni un alma a nuestro alrededor y delante de nosotros hay un muro de piedra bastante alto. Lo rodeamos por donde nos indica el guía. Nos detenemos. El soldado primero envía una avanzadilla al borde del muro, desde donde se supone que se ve toda la ciudad. De la avanzadilla sólo se asoman dos.

Allí están, ante la ciudad. Nadie les ha disparado. Nadie da la alarma. Nadie les ve. Uno de los dos esboza una leve sonrisa. Lleva unas gafas de sol colgadas en la camiseta. El otro se queda agachado y muy quieto y empieza a susurrar lo que parecen plegarias. El de la sonrisa vuelve para informar al resto de la avanzadilla, y de ésta uno se acerca para informar al soldado primero. Este nos indica que avancemos y camina hacia adelante con paso decidido y casi sin cubrirse. Todos avanzamos y todos lo vemos.

En efecto, desde nuestra posición pudimos verlo todo. Es decir, nada. La ciudad está totalmente destruida. Los bombarderos han hecho demasiado bien su trabajo. Desde luego ninguna instalación militar ha quedado en pie. Tampoco ninguna casa. No hay ningún soldado enemigo respirando. Por allí ¡sí!, allí veo un niño tendido. Tampoco respira. Yo sí respiro, pero cada vez me cuesta más. Miro al cielo. Las nubes ya no están. No creo que las haya arrastrado el viento. Simplemente han desaparecido. Tampoco hay estrellas. Sin embargo, ahí está: La Luna.

Ahora lo entiendo. Este es el verdadero silencio al que esperaba asomarse esta noche. No es el silencio de los que estamos aquí, de pie, sino el de todos aquellos que ya no están. Cualquier palabra que se pronunciase ahora no rompería este silencio, a no ser que hiciese desaparecer la Luna, o me hiciese dejar de mirarla.

 

Carlos Prieto
Emitido en ?? - 2001

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23- LA PRESENCIA

Gudrum se subió aún más el cuello de su abrigo. La ventisca de nieve que había empezado hacía unos minutos arreciaba por momentos. Un gélido viento helaba sus mejillas. Se dirigía a la cabaña. Poco antes había estado ordeñando una de las vacas en el pequeño establo que poseía su familia. Iba apresurada, pues tan sólo un momento antes, cuando estaba en el establo, había sentido miedo. Estaba sola pero no era por eso. Otras veces se había quedado sola. Su padre y sus dos hermanos habían salido con otras gentes de la aldea para hacer una batida de lobos, pues éstos habían hecho estragos entre los rebaños de ovejas.

Gudrum se había sentido observada, hasta los mismos animales se habían puesto inquietos. Era como si hubiera una presencia maligna a su alrededor. Así que se había apresurado en terminar la tarea para ir enseguida a encerrarse en la cabaña.

Por unos momentos su mirada se posó en el castillo, allá a lo lejos, en lo más alto de la colina. Allí vivía el Señor del lugar. No entendía por qué a las gentes de la aldea le parecía desagradable. Había una mezcla de temor y odio sobre su persona, hasta el padre de Gudrum maldecía de él.

Tan sólo unos días atrás Gudrum le había podido conocer y no le había parecido mala persona, sino todo lo contrario. Ese día también se había quedado sola, él se había presentado en la cabaña, había tenido un accidente, le explicó que se había caido del caballo, tenía una brecha en la frente de la que manaba sangre. Así que ella le invitó a que entrara en la cabaña y le atendió como pudo la herida. Él se había mostrado muy correcto en todo momento y no le pareció ningún ogro como para que todas las gentes de la aldea hablaran mal de él.

Tendría alrededor de 35 años, era muy alto y delgado, de tez muy pálida, cabellos negros y sus ojos eran de tonalidad gris, como el pelaje de algunos lobos. Naturalmente no dijo nada de esta visita.

Sus pensamientos volvieron de nuevo al presente cuando volvió a sentir aquella presencia a su alrededor. Un escalofrío recorrió su columna. Miró a su alrededor, pero aunque no vio a nadie, aceleró sus pasos hacia la cabaña, a donde entró apresurada cerrando tras de sí la puerta. Encendió una vela y la colocó encima de una mesa. Luego se quitó el abrigo y el gorro de lana, dejando al descubierto su rubia cabellera, que cayó en cascada sobre sus hombros. A continuación se acercó al chisporroteante fuego del hogar, donde calentó su tembloroso cuerpo.

Una ráfaga de viento golpeó una de las ventanas, por donde entró el gato de la casa. Gudrum había soltado un grito, asustada por el ruido. Pero enseguida sonrió cuando vio que era el viejo cazarratones. Fue a cerrar la ventana por donde ya se habían colado algunos copos de nieve. Mientras cerraba, le pareció ver entre algunos árboles cercanos cómo una sombra furtiva, indefinida, se escondía rápidamente. Muy asustada, comprobó que todas las ventanas y la puerta estuviesen cerradas. Luego se acurrucó junto al gato al lado de la lumbre. Estaba impaciente de que llegaran su padre y sus hermanos, pero éstos se retrasaban, probablemente a causa de la tormenta.

Si al menos estuviera su madre..., pensó. Pero ésta había muerto el verano pasado, súbitamente, sin ningún síntoma anterior de enfermedad. La habían encontrado muerta a las puertas del establo, pálida y ojerosa, aunque cuando más tarde Gudrum la vio en el ataúd, le costó creer que estuviese muerta, pues sus mejillas estaban sonrosadas, su boca se había curvado como en una sonrisa y parecía que de un momento a otro abriría los ojos y despertaría. También recordó un hecho que había sucedido después del entierro.

Poco antes de anochecer Gudrum encontró a su padre y a sus hermanos hablando en la habitación donde tan solo unas horas antes había estado el cadáver de su madre. Ellos callaron inmediatamente al verla entrar. Gudrum se fijó en que su padre tenía manchas de sangre en la ropa, sostenía una maza de madera en la mano y sobre la mesa descansaba la Biblia de la familia. Antes de que tuviera tiempo de preguntar nada su padre la había mandado salir de allí inmediatamente.

Gudrum echó algunos leños más al fuego y se acercó aún más a la lumbre. Mas de repente el gato, que estaba echado en su regazo, saltó de éste bufando enfurecido, con el lomo erizado, mirando a la puerta. Gudrum, aterrada, comprobó que la puerta estaba empezando a abrirse lentamente. El gato huyó despavorido de la estancia. Si hubiesen sido su padre o sus hermanos, el gato no se hubiese comportado así.

Gudrum iba retrocediendo hacia la pared. Sentía que aquella presencia, que le había estado observando antes, estaba ahora tras la puerta. Ésta se acabó de abrir por completo. Una espesa niebla empezó a llenar la estancia. Gudrum se sentía paralizada, incapaz de moverse o gritar. La niebla la rodeaba ahora por todas partes. Sus pensamientos empezaron a ser confusos, torpes.

Ya no sentía miedo, sólo un extraño y embriagador sopor. Entonces, de entre la espesa niebla pudo distinguir unos ojos rojos, fijos, que se clavaban en los de ella y que se iban acercando. Cerró los suyos. No quería seguir viendo aquellos ojos rojos. Se sintió desmayar, pero al mismo tiempo notó que unos brazos fuertes la sostenían y sintió en su rostro un cálido aliento pero a la vez un repugnante olor a sangre. Y notó que era besada. En la cara, en los labios, en el cuello, con unos besos suaves como el roce de una pluma.

Sintió que se hundía en un abismo oscuro, profundo, en un agradable sopor. Y ya no vió ni sintió como el señor del castillo de la colina clavaba sus afilados colmillos en su blanco y fino cuello.

Ya no sentía nada. Sólo la oscuridad que la envolvía.

 

María del Camino Díaz Gómez

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24- LA LEYENDA DE LOS SENTIMIENTOS

Cuenta la leyenda que una vez se reunieron en un lugar de la Tierra todos los sentimientos y cualidades de los hombres. Cuando el ABURRIMIENTO había bostezado por tercera vez, la LOCURA, como siempre tan loca, les propuso:

¿Jugamos al escondite?

La INTRIGA levantó la cara intrigada y la CURIOSIDAD, sin poder contenerse, preguntó:

¿Al escondite? ¿Y cómo es eso?

Es un juego –explicó la LOCURA– en el que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un millón mientras ustedes se esconden y, cuando yo haya terminado de contar, tengo que encontrar a todos y cada uno de ustedes.

El ENTUSIASMO se halló secundado por la EUFORIA. La ALEGRÍA dio tantos saltos que terminó por convencer a la DUDA e incluso a la APATÍA, a la que nunca le interesaba nada. Pero no todos quisieron participar: La VERDAD prefirió no esconderse; ¿para qué? si al final siempre le hallaban... La SOBERBIA opinó que era un juego muy tonto (en el fondo lo que le molestaba era que la idea no había sido suya) y la COBARDÍA prefirió no arriesgarse.

Uno, dos, tres... –comenzó a contar la LOCURA.

La primera en esconderse fue la PEREZA que, como siempre, se dejó caer tras la primera piedra del camino. La FE subió al cielo y la ENVIDIA se escondió tras la sombra del TRIUNFO, que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto. La GENEROSIDAD casi no alcanzaba a esconderse: cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos: ¿un lago cristalino? ¡ideal para la BELLEZA!; ¿la rendija de un árbol? ¡perfecto para la TIMIDEZ!; ¿el vuelo de una mariposa? ¡lo mejor para la VOLUPTUOSIDAD!; ¿una ráfaga de viento? ¡magnífico para la LIBERTAD! Así que terminó por ocultarse en un rayito de sol. El EGOÍSMO, en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio, ventilado, cómodo... eso sí, sólo para él.

La MENTIRA se escondió en el fondo de los oceanos (¡mentira, en realidad se escondió detrás del arcoiris) y la PASION y el DESEO en el centro de los volcanes. El OLVIDO... ¡se me olvidó donde se escondió!... pero no es lo importante.

Cuando la LOCURA contaba 999.999, el AMOR aún no había encontrado sitio para esconderse, pues todo se encontraba ocupado, hasta que divisó un rosal y, enternecido, decidió esconderse entre sus flores.

¡Un millón! –contó la LOCURA, y comenzó a buscar.

La primera en aparecer fue la PEREZA, sólo a tres pasos de la piedra. Después escuchó a la FE, discutiendo con Dios en el cielo sobre zoología, y a la PASIÓN y al DESEO los sintió en el vibrar de los volcanes.

En un descuido encontró a la ENVIDIA y, claro, pudo deducir donde estaba el TRIUNFO. Al EGOÍSMO no tuvo ni que buscarlo: él solito salió desesperado de su escondite, que había resultado ser un nido de avispas.

De tanto caminar sintió sed y al acercarse al lago descubrió a la BELLEZA. Y con la DUDA resulto más fácil todavía, pues la encontró sentada sobre una cerca sin decidir aún en qué lado esconderse.

Así fue encontrando a todos: el TALENTO entre la hierba fresca, la ANGUSTIA en una oscura cueva, la MENTIRA detrás del arcoiris (¡mentira, si ella estaba en el fondo del océano!), y hasta el OLVIDO, al que ya se le había olvidado que estaba jugando al escondite.

Pero sólo el AMOR no aparecía por ningún sitio.

La LOCURA buscó detrás de cada árbol, bajo cada arroyo del planeta, en la cima de las montañas y, cuando estaba a punto de darse por vencida, divisó un rosal y las rosas... Tomó una horquilla y comenzó a mover las ramas, cuando de pronto un doloroso grito se escuchó. Las espinas habían herido en los ojos al AMOR. La LOCURA no sabía qué hacer para disculparse: lloró, rogó, imploró, pidió perdón y hasta prometió ser su lazarillo.

Desde entonces, desde que por primera vez se jugó al escondite en la Tierra, el AMOR es ciego y la LOCURA siempre, siempre, le acompaña.

 

Eddie Chamán Charrúa

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25- ¿QUIÉN QUIERE OÍR UN CUENTO?

Es una fría noche de invierno. La nieve cae silenciosa mientras que el viento aulla. Todas las ventanas y postigos están cerrados. El fuego arde en las chimeneas y las madres dan las buenas noches a sus hijos. Todo el mundo duerme pues es una noche desapacible en la que sólo cabe cerrar los ojos.

¿Todos? En una casa las luces siguen encendidas. Un grupo de niños se arremolinan en torno a la mecedora de su abuela, que está dispuesta a contarles una historia. Sabe que es más de medianoche pero no se decide a mandar a sus nietos a la cama, quizá porque recuerda su propia infancia, cuando su abuela le contaba insólitos cuentos que la mantenían despierta toda la noche.

- ¿Qué clase de historia quereis que os cuente?

- ¡Una de aventuras!

- ¡No, no, una de terror!

- ¿De miedo, eh? De acuerdo, haré más que eso, os contaré una historia que me pasó a mi misma hace mucho, mucho tiempo.

- ¡Sí abuela, cuéntanos!

Y cerrando los cansados ojos para evocar recuerdos pasados, empieza a narrar:
 

- Cuando era muy pequeña, una chiquilla como vosotros, entre los niños y los no tan niños circulaba una leyenda, la leyenda del Dángalo. El Dángalo era un endemoniado ser de pesadilla sin forma definida, al menos ninguno de los que afirmaban haberlo visto había sabido describirlo. Se decía que sólo salía de noche, en los meses más fríos del año, cuando únicamente los incautos se atrevían a salir y ¡ay de ellos si los atrapaba!, nunca más se los volvía a ver con vida.

¿Sabéis? El Dángalo se mueve sigiloso, más veloz que el viento, se agazapa entre los arbustos, olfateando a la caza de algún infeliz para devorarlo y roer sus huesos. Muchos pensaban que tal criatura no podía ser mas que algún lobo extraviado singularmente sanguinario, y que la solución era matarlo. Pero curiosamente nadie salía en las noches de invierno.

Yo tampoco creía en él. Me parecía que era sólo un cuento de viejas para mantenernos quietos en casa. Hasta que un día fui al bosque a recoger muérdago. Llevaba varias horas entusiasmada recogiéndolo y no me di cuenta del paso del tiempo, hasta que noté la oscuridad que me iba rodeando. Preocupada, empecé a caminar rumbo a casa para evitar una reprimenda de mis padres.

El viento me golpeaba con fuerza, la lluvia comenzaba a arreciar. El frío me entumecía la cara y me hacía gotear la nariz. Súbitamente oí un ruido que provenía de detrás mía. Me giré y no vi nada. Sin embargo el ruido me instó a apresurarme. Llevaba apenas unos pasos recorridos cuando volví a escuchar ruidos sibilantes. Al mismo tiempo noté un olor singularmente repulsivo. Era el olor de un animal muerto en una madriguera oscura. Asustada, empecé a correr. Mientras lo hacía oía también como ese algo corría en pos mío. Por mi mente aparecieron todas las imágenes que sobre el Dángalo tenía. Enloquecida, corría aún más rápido a través de arbustos y árboles. La cara me ardía, el corazón me golpeaba el pecho, pero no dejaba de correr porque sentía que el Dángalo me estaba alcanzando.

Cuando no podía más, cuando estaba a punto de ser vencida por el cansancio, un espeluznante grito me taladró los oídos. Un líquido más espeso y caliente que la lluvia que me empapaba me salpicó la cara. Sangre, comprobé mas tarde. ¿Pero de quién?

Haciendo un último esfuerzo hui sin mirar atrás. Corrí, corrí y corrí hasta que divisé las primeras casas del pueblo. Cuando por fin llegué a casa, caí rendida. Ya en la cama le conté a mi madre mi extraña experiencia. Mi madre tranquilizó a mi padre diciéndole que estaba afectada por la fiebre que después me dio, pero en sus ojos temerosos vi una verdad diferente.

Varios días después se descubrió el cadáver parcialmente devorado de un viajero de paso, muy cerca del bosque que crucé aquella fatídica noche. Se dijo que lo habían encontrado y atacado los lobos, pero yo sé que no, que fue el Dángalo el que lo encontró, y aunque me avergüence admitirlo, doy gracias a Dios que haya sido él la víctima y no yo.
 

Los niños permanecen en silencio, fascinados sus ojos mirando a la abuela. La abuela sonríe y los manda a la cama. Meciéndose con fuerza, la anciana empieza a dormitar al calor del fuego que crepita incansable.

Afuera nieva.

 

Laviña Navarro Abreu (Sta Cruz de Tenerife - Tenerife)

Tema musical de fondo: "Eternity" (de Rüdiger Gleisberg,
álbum "Damiana", 1997).

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26- LA HORA EXACTA

Estoy esperando el autobús para dar un paseo por el parque. El médico me lo ha aconsejado para mi precaria salud. Estos hombres de gris, que también esperan el mismo autobús, tampoco parecen gozar de muy buena salud. Uno acaba de toser y ¡Santo Dios, ha escupido sangre! Otro vomita ahí al fondo. Parecen como oficinistas que miran el reloj impacientes para acudir a su rutinario trabajo... si no la palman antes, claro, ¡pobres desgraciados! Yo me distingo de ellos por mi abrigo de pana marrón y la bufanda del mismo color, incluso una gorra inglesa. Pero ellos parecen todos idénticos, hasta en sus calvas.

Parece que entre la niebla viene el bus. No alcanzo a ver el número pero en esta parada sólo puede ser el 35. Tal es la niebla y el frío que hasta el conductor parece envuelto en ella.

Cojo mi billete y me siento en la vieja madera, lo más atrás posible, junto a la puerta de salida. Los cristales están tan empañados que es imposible ver fuera. En la niebla lo mismo, así que uno o se dedica a sus cavilaciones internas o a observar a esta gente gris.

Opto por observar en lugar de divagar por los páramos yermos de mis pensamientos. Es curioso, sólo quedan dos asientos libres. Es curioso, hace más frío aquí dentro que fuera, en la calle. Es curioso, ninguno se mueve ni un ápice. Es curioso, huele como a hongos y sustancias putrefactas. Más curioso aún, en ningún momento se ha abierto la puerta para que baje algún viajero. Ahora suben dos. ¡Justo!, no sobra ningún asiento más.

Pasa el tiempo. Ya hace, según mi idea del tiempo pues mi terco reloj se ha parado al subir a este autobús, que debería haber llegado al parque. Siento terror, horror, miedo. Impulsivo pienso en el retraso del bus. Saco mi billete para confirmar mi línea. ¡Es negro por completo!

Me tiemblan las piernas. Voy al conductor para pedirle me abra la puerta y bajar. Un escalofrío me recorre de arriba a abajo. No es el uniforme de un conductor de TUBSA: capucha y capa negra. No es un volante, es una guadaña. Me atrevo a abrir la boca:

Creo que me he equivocado de autobús y de horario. Si pudiera bajar...

No es un conductor. Seguía su cadavérica calavera sonriente y como una voz de ultratumba me dice:

¡La hora exacta, Paul! Lo cogió en punto. Su viaje hacia la nada, la muerte. Ande, sea buenecito y siéntese. Lo demás déjemelo a mí. Soy su madre cariñosa y oscura. Os amo a todos por igual. Tu tiempo se acabó – (con voz reverberante).

Me giro horrorizado. Quiero gritar un ¡no, aún no!, pero el terror... Veo que todos los hombres de gris me miran desde sus calaveras. Sus órbitas sin ojos, sus sumisas sonrisas... Me veo reflejado en un blanquinoso cristal. Mi cara comienza a descomponerse. Un ojo cae al suelo. En la frente comienza a adivinarse mi calavera. Me siento paciente....

 

Roberto Graciada

Tema musical de fondo: "Abraham´s Theme" (de la banda sonora de
la película "Carros de fuego", 1981, compuesta por Vangelis).

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27- REMOTA EXISTENCIA

Aquel era el último trago de whisky. Le llenaron el vaso hasta el borde y le dejaron la botella al lado por si quería servirse más. Pero no era necesario, pues se acercaba el final y quería terminar lo más rápidamente posible con la existencia, con su vida.

Rubén miraba con ansia la copa transparente colocada sobre un posavasos. ¿Y para qué tanta molestia? En unos instantes todo aquello pasaría a la historia, una historia de la que jamás nadie se daría cuenta.

Agarró la copa fuertemente con miedo a que se le derramase. Con la mano izquierda echó el contenido de un sobre en la copa. Comenzó a llevársela a los labios y empezó a recordar.

La mesa era redonda y tenía un mantel azul, color que siempre le había gustado tanto a su madre, razón de ello venía de su nombre, Celeste.

Todos estaban en torno a Rubén pues era su primer cumpleaños. La tarta era inmensamente grande, cuadrada, y en medio tenía el dibujo de un avión azul como el cielo y en el centro una vela roja. Rubén sopló la vela pero ésta no se apagaba. La llama continuaba encendida mientras él y sus tres hermanos mayores intentaban apagarla. Finalmente Rubén consiguió apagarla colocando sobre la llama su pequeño dedo índice mojado en agua. La llama se esfumó.

Rubén siempre había sido diferente porque en su interior había algo especial que sólo Celeste conocía. Rubén miró al cielo. "Gracias mamá". Celeste le había regalado la bicicleta que él quería. Era su décimo cumpleaños. El día estaba oscuro pero en la casa se respiraba un ambiente ensoñador, aunque faltaba algo. Rubén estaba muy feliz ese día y se le notaba en la cara. Toda su infancia había sido feliz, nunca le había faltado de nada excepto un padre. Pero él no lo sabía. Nadie lo sabía.

Habían pasado 20 años desde aquel 25 de abril de 1980 en el que Celeste dió a luz a Rubén, hijo del cielo, pues 9 meses atrás el cielo bajó a la Tierra y se posó sobre Celeste dejando una semilla en su interior. Rubén acababa de cumplir 20 años. Esta vez el cumpleaños no fue tan alegre, pues Celeste había fallecido hacía 6 meses. Esa noche Rubén tuvo un sueño muy extraño: El cielo se convitió en el color de las tinieblas, en cada esquina olía a muerte. Pero aún así se respiraba alegría en el ambiente. En la pared de la habitación un calendario señalaba una fecha: 31 de diciembre de 1999. Al lado había un reloj a punto de dar las 12 de la noche. Cuando el reloj señaló las 12 se oyó una explosión. La sangre inundaba las calles mezclándose con el cava de las botellas y una sustancia azul que salía de las alcantarillas. Todo enmudeció. Sólo quedaba el olor a muerte.

Rubén despertó sobresaltado y bañado en sudor. Aquello había sido una señal, llegaba el final de la existencia. Sólo sobreviviría la muerte y su hedor.

Terminó de llevarse la copa a los labios. La gente empezaba a celebrar el fin de año. La gente estaba alegre. Rubén no los comprendía. El fin se acercaba y nadie le comprendía.

La droga empezó a tener efecto mientras iban sonando las campanadas. Justo en la última alguien descorchó una botella de cava. Rubén creyó que llegaba el momento. Cayó al suelo pensando que había llegado el momento.

El cadáver apareció detrás del reloj del campanario. Celeste lo reconoció y se echó las manos a la cabeza. No lo podía creer. Hacía tiempo que Rubén había desaparecido. Su adición a la heroina le había llevado a su destrucción. Él mismo lo decía: "No valía la pena haber nacido". Había ingresado en un centro de rehabilitación que luego resultó ser una secta. No debía de habérselo permitido, pero así eran las cosas. Su adicción acabó con él. Pensaba que el fin del milenio sería el fin del mundo, el final de la existencia.

Pero eso nunca llegó.

 

Aránzazu Ortiz

Tema musical de fondo: "Eternity" (de Rüdiger Gleisberg,
álbum "Damiana", 1997).

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28- NO MIRES ATRÁS

Suena el despertador. Me incorporo de golpe sobresaltado y aliviado a la vez porque todo haya sido un mal sueño, quizá provocado por la cantidad de cerveza que bebí anoche.

Ya un poco más en el mundo real, aunque aún con el atontamiento que sigue a un depertar brusco, empiezo a sentir el terrible dolor de cabeza y el mareo típico que sigue a una noche en la que el alcohol era mi único amigo.

Me levanto despacio para no perder el equilibrio y después de unos segundos de espera para comprobar que las piernas no me fallan, me dirijo hacia el baño. ¡Qué gusto sentir el agua fría por toda la cara y la cabeza! Es una sensación, pienso, que sólo agradezco en estas mañanas. Mañanas estas que, desde que me dejó mi novia, empiezan a ser bastante frecuentes, quizá más de lo que debería.

Antes de secarme abro la ventana para que el frío de esta madrugada de enero ayude en la dura tarea de despejarme. Pero por un momento parece que nada de lo que he hecho con el fin de despejarme haya servido, porque al cubrirme la cara con la toalla me parece oír una voz detrás de mí que me dice: "¡No mires atrás!".

No hago caso de la voz, que parece la de alguna locutora de radio que suena en la habitación de algún madrugador vecino. Pero cuál es mi sorpresa, o debería llamarlo mas bien terror, cuando al descubrirme la cara veo que no estoy en mi cuarto de baño. El corazón empieza a latir cada vez más deprisa y el dolor de cabeza se acentúa con cada latido.

¡No puede ser! Debo de seguir soñando. Tranquilízate, ahora sonará el despertador y descubrirás que sólo ha sido un sueño –me digo en voz alta en un vano intento de calmarme.

Miro a mi alrededor. Estoy en un oscuro pasillo, pero algunas de las cosas que se intuyen en la oscuridad me resultan familiares. La puerta de enfrente de donde estoy, el tacto del papel pintado, el sonido del parquet y el sonido de la casa parecen tan reales que es que dudo que esté soñando.

En mi confusión comienzo a avanzar, y a mi izquierda, por debajo de una puerta, surge una alfombrilla de luz. Después de un instante, que a mí me parece eterno, cojo el pomo y comienzo a girarlo, intentando no hacer ruido cuando se desencaje la puerta del marco.

Abro ligeramente y por la rendija que dejo intento ver el interior de la habitación. Sólo veo un mueble sobre el que hay un par de peluches y un equipo de música. Detrás de mí la voz de la locutora me recuerda que no debo mirar atrás, pero ahora la acompaña una música que al principio no logro distinguir.

Después de mirar por la rendija en busca de algo más, caigo en la cuenta que esa habitación se parece bastante a la de mi ex novia y me decido a entrar. Ella está sentada de espaldas a la puerta, su espalda se agita con los espasmos del que está llorando. Tiene algo entre los brazos. Me acerco para descubrir que es un marco con una foto de los dos que nos hicimos en una de las primeras navidades que salimos juntos. ¡Cuanto la quería! Aún no había podido olvidarme de ella.

Me acerco para tocarla el hombro, pero algo llama mi atención a mi izquierda y me giro para ver lo que es. En ese momento todo se ilumina y ya no estoy en su habitación. Vuelvo a estar en mi casa, en el salón, al lado del teléfono, sobre el que hay una nota que dice a mi hermano que llame urgéntemente al móvil de mis padres. Y eso es lo que hago, pero el teléfono no da señal. ¡Claro!, esto es un sueño y todo sale como quiere tu subconciente. ¡No te preocupes!

La música y la voz de la locutora con su escueto mensaje siguen sonando, y ya sé cuál es la canción que suena. Es el blues de John Lee Hooker titulado "Don't look back". Miro a mi alrededor con cuidado de no mirar hacia atrás, como no se cansa de repetir esa voz, y otra vez esa luz. Y ya no estoy allí. Un coche, estoy en un coche, y es mi hermano el que conduce. Entramos a alta velocidad en el párking de lo que parece ser un hospital, y antes de que reaccione y le pueda decir algo, él ya se ha bajado y corre hacia la entrada, así que hago lo mismo y corro tras él. Llegamos a una sala de espera con un cartel en letras rojas que la identifica como la sala de urgencias. Al fondo están mis padres. Mi madre llora y mi padre trata de consolarla sin mucho éxito, todo hay que decirlo.

Esto cada vez es más raro y yo estoy más confundido, pienso, y encima la voz y la música siguen sonando.

Dándole vueltas a la cabeza para intentar comprender algo, recuerdo algo que ví cuando me lavaba la cara: al mirarme al espejo me pareció ver una herida en uno de los lados de mi cabeza y la toalla manchada de sangre reciente. Con una mezcla de confusión y algo de miedo me vuelvo hacia atrás para salir de allí, a pesar de la insistencia de la voz para que no lo haga.

Vuelve a iluminarse todo y estoy en el párking de mi lugar de trabajo. Por la oscuridad y el vacío que se ve a mi alrededor deduzco que debe ser de madrugada. A mi lado, en el asiento del conductor hay alguien. Me giro lentamente con un pensamiento que me da vueltas en la cabeza, un pensamiento absurdo pero que no me deja mirar a mi lado. Con gran esfuerzo me decido a mirar y, ¡oh, Dios mío! ¡Soy yo!

Efectivamente, soy yo, y en esos momentos desearía morirme por todo el dolor y daño que he causado. Pero ya es demasiado tarde. Me encuentro otra vez en la sala del hospital, en el mismo instante en que un médico se acerca a mis padres para comunicarles que no se ha podido hacer nada, que los daños producidos por la bala eran incompatibles con la vida.

Y mientras me alejo, en una cálida mañana de primavera, en un coche parado en un semáforo se oye la voz de una presentadora de un programa de radio que dice que va a poner el último corte de un disco de John Lee Hooker titulado "Don't look back", "No mires atrás".

 

Juanjo Casado Parilla

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29- EL SOLDADO FRANCÉS

El crimen se cometió una noche de verano de 1810. En un instante Juan Terroso y cuatro de sus hombres habían inmovilizado al francés contra la tapia de la casa. Una mano grande le tapó la boca, mientras le sujetaban fuertemente los brazos. Antes de poder darse cuenta de qué pasaba, la navaja le había atravesado el vientre. Un quejido mudo fueron sus últimas palabras. Con sigilo cargaron el cuerpo hasta la entrada del corral. Alguien abrió desde dentro antes de que nadie llamara a la puerta. En un momento entraron todos. Sin decir una palabra, llevaron al soldado muerto a través del patio, parándose junto al brocal del pozo.

Terroso dejó caer el bulto contra el suelo mientras resoplaba por la nariz. Sacó el pañuelo para secarse el sudor que empapaba su frente y se sentó en un pollo de piedra. Los demás miraban a su patrón con sumisión, mudos por completo. De pronto la puerta interior de la casa, que daba al corral, se abrió. Juan Terroso sintió un escalofrío. Una anciana apareció tras el umbral y se dirigió a los hombres. Vestida completamente de negro, con un pañuelo en la cabeza, avanzó rápidamente con un candil en la mano. Al llegar, lanzó una furiosa mirada, clavando sus ojos diminutos en ellos. Bajo la tenue luz, el rostro mostraba una palidez sobrecogedora y amenazante. Cientos de arrugas surcaban su cara. Las facciones eran duras, casi crueles.

¡Teneis que acabar rápido, la chica no aguantará mucho más! –dijo de pronto con la voz ronca–. En una hora tiene que estar todo arreglado.

Antes de irse miró con desprecio al francés que yacía a sus pies, con la casaca ensangrentada. Un odio indescriptible se dibujó en su cara de vieja.

¡En el infierno te pudras!

Y tras decir esto, le escupió con violencia. Después se lanzó contra Terroso como una fiera.

Y tú, ¡acaba de una vez esta deshonra!

y volvió a entrar en la casa con su cuerpo nervioso y encorvado.

Juan Terroso había vuelto a sudar, y no por el esfuerzo esta vez. Tragó saliva y cogió un azadón del suelo. Los demás se acercaron cuando éste les hizo un ademán. Sin mediar palabra, envolvieron el cuerpo en una gruesa manta sujetándolo con cuerdas.

Una hora después ya estaba todo hecho. Cansados por el esfuerzo físico y la tensión, salieron por la puerta del patio tan callados como habían entrado. Cabizbajos, se miraron furtivamente antes de separarse cada uno por su lado. La preocupación se dibujó en sus caras, pero nadie dijo nada.

Terroso no salió. Después de deshacerse del francés entró en la vivienda. El silencio se rompió cuando minutos después alguien comenzó a chillar. Una mujer joven salió corriendo de la casa con el rostro desencajado y sin parar de gritar. La vieja apareció detrás de ella tratando de sujetarla.

¡Le habeis matado, le habeis matado! –chillaba una y otra vez con los ojos llorosos.

La anciana estaba furiosa. Su rostro era aún más tenebroso que antes. Con las manos huesudas la sujetó por los brazos profiriendo todo tipo de insultos. Después la agarró por el pelo, arrastrándola hasta la casa. La joven ya no gritaba, sólo repetía muy bajito:

¡Le habeis matado, le habeis matado!

Terroso estaba tras el umbral. No dijo nada. Alto, de hombros fuertes y piel curtida, observaba con expresión estúpida lo que pasaba. Cuando entraron, la vieja empujó bruscamente a la joven, que fué a parar contra un armario, cayendo al suelo.

¡Ahí la tienes! –exclamó la anciana–. Esta déjamela a mí, tú asegúrate que los tuyos no abren la boca.

Claro, madre –balbuceó Terroso–. Por ellos no se preocupe, yo le aseguro que...

¡No me asegures nada! –replicó la vieja–. Si no pudiste controlar a tu mujercita y a ese francés, ¿crees que me voy a fiar de ti?

¡Pero yo no sabía que..! –trató de decir.

Tenemos que tener mucho cuidado a partir de ahora –le interrumpió ella–. Cuando le echen en falta empezarán a buscarle y vendrán aquí, seguro.

El rostro de Terroso dibujó una sonrisa.

¡Pero no encontrarán nada, madre! –dijo–. Nunca le encontrarán aquí. Ya sabe usted que los moros hacían bien las cosas.

Por tu bien, que sea así –sentenció ella.

Tres días después el pueblo vivía sumido en una gran agitación. Los soldados del ejército de Francia entraban en las casas. Uno de los suyos había desaparecido. Al mediodía irrumpían en el hogar del labrador Juan Terroso. Sin dar explicaciones, comenzaron a registrar minuciosamente las cuadras, la casa, el granero. No quedó un sólo rincón sin comprobar. Pero no encontraban nada. Mientras tanto él, su esposa y la madre aguardaban en el patio junto al oficial que dirigía el destacamento. La anciana sujetaba a la jóven del brazo en aparente actitud de cariño. Hacía rato que el francés observaba a Terroso de reojo.

Aquí no hay nada, señor –informó un soldado al tiempo que hacía el correspondiente saludo.

¿Habeis mirado bien? –preguntó éste.

Sí señor, de arriba a abajo.

El oficial se acarició la barbilla un instante, los ojos pequeños y brillantes mostraban inteligencia. Tras unos segundos pensativos dirigió su mirada hacia Terroso. El francés parecía muy complacido.

Llevo largo rato observándole –afirmó de pronto dirigiéndose al labrador–, y no sé por qué me da la sensación que le interesa mucho ese pozo. No quita sus ojos de él.

Este se estremeció al oírle.

¿Yo? ¡No!, yo no miraba... –tartamudeó.

Pues esa impresión me dio, caballero –replicó el oficial con autosuficiencia.

Después se le acercó andando con parsimonia. Antes de llegar a su altura hubo de pasar delante de la joven mujer que era custodiada sutílmente por la vieja. Ninguna de las dos levantaba la mirada del suelo, pero la tensión era patente. Suavemente levantó la barbilla de la muchacha hasta que ésta le miró. Era muy hermosa, de tez morena y grandes ojos marrones, pero su rostro reflejaba una inmensa tristeza. Al hacer esto, la anciana también levantó la cabeza. El francés se encontró ante ella a pocos centímetros, viendo con claridad su rostro amenazante. Durante un instante le sacudió un escalofrío.

Cuando llegó a la altura de Terroso, unas pocas preguntas bastaron para convencer al oficial de que en aquel pozo había algo. Minutos después un grupo de soldados se encargaba de comprobar el sospechoso agujero. Pero no hallaron absolutamente nada. Por más que se esforzaron, no encontraron nada anormal.

El oficial francés estaba realmente contrariado. ¡Había jurado que en aquel pozo...! Con el semblante arrugado ordenó a sus hombres dejar la casa.

Después de aquello, no se volvió a saber nada del soldado desaparecido. La hermosa joven pagó muy caro su pecado. Jamás salió a la calle ni habló con persona alguna. Corría el rumor de que había sido víctima de la locura y que se pasaba el día entero arrastrándose por el patio en camisón, gimiendo y llorando como un alma en pena. Otros dijeron que la anciana la había encerrado de por vida tras aquellos muros. Sea como fuese, a los seis meses del asesinato de su joven amor francés, en un triste día de domingo, plomizo y gris, el cuerpo de la hermosa joven era enterrado en el cementerio.

Pocos años más tarde, el hijo y la anciana desaparecieron misteriosamente. Cuando, extrañados al no saberse nada de ellos, entraron en la casa, no encontraron persona alguna. Sin embargo, los indicios de una lucha terrible estaban por todas partes: jarrones rotos, sillas y mesas volcadas, cortinas arrancadas... Las malas lenguas dijeron que alguien les había hecho desaparecer, quizá por venganza. Sin embargo, pese a las investigaciones, nunca se supo que había pasado en aquella casa, ni cual fué la suerte de sus habitantes. Juan Terroso y su siniestra madre se habían ido para siempre.

 


 

¡Un poco a la derecha! –vociferó el operario al conductor del pesado camión.

El motor diesel del vehículo producía tanto ruido que parecía que la antigua casa se iba a desplomar. Pero al fin, después de complicadas maniobras, consiguieron introducirlo en el patio vacío y abandonado.

¡Ya está, Antonio! –volvió a gritar el conductor–. Ahora lo quitamos en un santiamén y nos vamos a tomar una cerveza.

De un salto, un hombre bajito y grueso bajó de la cabina del vehículo. El calor era sofocante. Tras secarse la frente con un pañuelo, miró el pozo con detenimiento.

Oye Manolo, ¿tú entiendes que la gente se gaste el dinero comprando estas cosas viejas que no sirven para nada? –preguntó a su compañero.

Pues no, pero ya ves, el tipo que ha comprado el brocal de este pozo dicen que está forrado y que se lo gasta todo en antigüedades como ésta. Aunque no te creas, me ha dicho Pepe, el del almacén, que esto le ha salido regalado.

¿Ah sí? ¿Y eso por qué? –volvió a preguntar.

El tal Manolo respondió como si revelase un gran secreto bajando algo la voz:

Dicen que los que han heredado la finca no la quieren ni en pintura. La casa y el patio no valen nada, está todo muy deteriorado. La última vez que por aquí vivió alguien fué allá por mil ochocientos y algo, y se comenta que sus dueños desaparecieron de forma muy rara.

El otro no hizo mucho caso al misterio que su compañero le estaba revelando y encendió un cigarro con parsimonia. Después le hizo un gesto con la cabeza. Había que empezar el trabajo.

Cuando tras no pocos esfuerzos tenían el brocal casi listo para cargarlo en el camión, algo paralizó a Manolo. Con la cara increiblemente pálida miró con ansiedad a su compañero de trabajo. Antonio, viendo aquella extraña expresión, comentó preocupado:

¿Qué te pasa, hombre? ¿A qué viene esa cara?

Manolo tardó en responder. Estaba conmocionado.

He oído algo. Te lo juro, era una voz.

¿Una voz? Una voz, ¿donde? –le preguntó.

Ahí abajo, en el pozo –balbuceó el operario.

Antonio trató de tranquilizar a su compañero. Aquella voz tenía que ser fruto de su imaginación. Pero éste no se calmaba. Juraba una y otra vez que allí había alguien.

El conductor del camión dejó de pensar que eran tonterías cuando de pronto el también lo escuchó. A sus oídos llegó, nítido, el llanto desconsolado de una mujer.

Aquello no tenía sentido. Miraron una y otra vez al interior del pozo, sin agua desde hacía años, pero no vieron nada extraño. Pensaron que quizás el sonido se filtraba proveniente de otro sitio. El quejido, humano y triste, era cada vez más perceptible. Antonio decidió bajar a comprobarlo.

Mientras Manolo aguardaba ansioso en la boca del pozo, su compañero bajaba lentamente con la linterna en la mano, por unas largas escaleras portátiles. Aquello era una especie de tubo de aproximadamente tres metros de diámetro que se hundía en el suelo hasta llegar al fondo, repleto de piedras y cascotes. Las paredes se componían de piedras desiguales, colocadas cuidadosamente cientos de años atrás.

A una profundidad considerable, aferrado a la escalera, Antonio escuchaba sin dificultad el gemido incesante. Sin querer reconocerlo empezó a sentir miedo.

¿Ves algo? –preguntó Manolo desde arriba.

Antonio no pudo responder, ya que de pronto las palabras "Le habeis matado, le habeis matado" resonaron en sus oídos. De la impresión estuvo a punto de caer escaleras abajo.

La voz surgía detrás de aquellas piedras. Estaba muy cerca. Con el corazón acelerado, empuñó el martillo que llevaba colgado en el cinturón. Adivinando en qué lugar debía de picar, comenzó a golpear una de las piedras con fuerza, pero aquello no se movía. Golpeó con más fuerza una y otra vez, pero no cedía. Sin embargo, unos centímetros más a la derecha restos de barro y musgo se desprendieron de la pared, cayendo al fondo. Sin pensarlo, Antonio estrelló su martillo contra esa zona, apretando los dientes. Un ruido hueco sonó de pronto y la piedra se desencajó, descubriendo un falso tabique en la pared del pozo.

Con el golpe el martillo salió de su mano, desapareciendo en la oscuridad de aquel orificio misterioso. Una bocanada de frío intenso y húmedo le abofeteó la cara. Cuando iluminó con la linterna el interior del agujero lo que vió le heló la sangre. Una especie de pequeña bodega se escondía en aquel pozo. El techo era una bóbeda del que colgaban largas estalactitas. Las paredes eran de ladrillos rojizos y pequeños, como los usados en las construcciones musulmanas. Dos cadáveres yacían apoyados contra una pared. Uno de ellos cubría sus huesos con un vestido completamente negro. La horrenda calavera se cubría con un raido pañuelo. El muro sobre el que se recostaban estaba deteriorado, como si alguien lo hubiese golpeado sin cesar para salir de allí.

Antonio, asomando estupefacto la cabeza por el hueco, no podía creer lo que veía. Al otro lado de la tenebrosa estancia un esqueleto portaba un antiguo uniforme de soldado. La luz de la linterna se movía nerviosa descubriendo los horrores de aquel hallazgo. La voz volvió a escucharse:

¡Le habeis matado, le habeis matado...!

El pulso tembloroso iluminó la figura de una hermosa mujer que flotaba incorpórea como un halo de luz desplazándose con lentitud a la altura de la bóbeda del techo. La imagen fantasmal vagaba por el oscuro habitáculo repitiendo sin cesar, en un suspiro de pena:

¡Le habeis matado, le habeis matado...!

 

Francisco Javier Blanco Merinero

Tema musical de fondo: "Cristofori's dream" (de David Lanz,
álbum "Cristofori's dream", 1988).

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30- ALIMENTANDO GAVIOTAS

Juana se levantó aquel día con la salida del sol, como siempre. Miró el calendario. 15 de noviembre. Se puso un vestido marrón oscuro, estampado de margaritas y salió a la calle. El sol relucía en sus blancos cabellos mientras que con paso cansado se dirigía a la pescadería.

Buenos días, Juana –le saludó el pescadero al verla llegar mientras abría la tienda–. Enseguida estoy con usted.

La anciana sonrió y esperó pacientemente a que el muchacho terminase de encender las luces. Instantes después reapareció con una bolsa de plástico que acababa de sacar de la nevera y se la entregó a la mujer.

¿No tendrás además una docena de sardinas, verdad? –añadió ella.

En esta ocasión fué su interlocutor el que sonrió.

–le contestó–, ya van dentro de la bolsa. Como cada 15 de noviembre.

¿Cuanto te debo por las sardinas?

Nada, Juana, nada. Invita la casa. Es una bonita ocupación la tuya.

La anciana todavía insistió un poco más, pero terminó aceptando. Y con un leve y gracioso movimiento de cabeza se despidió de su amigo el pescadero.

Mientras caminaba por entre las viejas casas que componían su pueblo recordó sus días de niñez, cuando las piedras se veían lustrosas y nuevas, y ella bajaba corriendo, junto con otros chiquillos, dando saltos y brincando en dirección al mar. Sus ojos brillaron ante tamaños recuerdos. Allí había transcurrido su vida, allí había nacido, allí había vivido, y allí moriría. No necesitaba nada más, sólo ella y sus recuerdos.

Al doblar un recodo, el mar se perfiló ante sus ojos, golpeando contra las rocas. Apenas había cambiado en tantos años. Sólo aquellas horribles piedras con forma de Y que habían puesto para aplacar la furia de las olas. Como si esos débiles guijarros pudieran contener su fuerza, pensó la anciana entre emocionada y divertida. Amaba la mar y amaba todo lo que de ella proveniese. Especialmente, amaba las gaviotas.

Como reconociendo en ella una amiga, una multitud de estas aves se aproximaron a las rocas hacia las que caminaba la mujer. Cuando las alcanzó, Juana se sentó, depositó la bolsa en el suelo junto a sus pies y les lanzó algo que había sacado de ella, provocando que pelearan un poco entre sí. Eran tripas de pescado. Hacía muchos años que el pescadero le guardaba los restos del pescado que limpiaba. Además, cada 15 de noviembre ella compraba una docena de sardinas, una especie de extra para las gaviotas. Las alimentaba desde que tenía memoria. Era incapaz de recordar cuando empezó y porqué, pero ahora lo hacía por amor a ellas.

Empezó a repartir las sardinas y un recuerdo dulce y amargo a la vez le hizo suspirar. Fue un 15 de noviembre cuando conoció al que después sería su esposo. Y un 15 de noviembre cuando lo perdió. Unas imágenes acudieron a su cabeza a la vez. Casi creyó verlo caminar por el paseo, en dirección a ella, con su sombrero, su flor en la solapa y su bastón. Casi le oyó saludarla y presentarse. Y luego lo vió postrado en una cama, atacado por un cáncer voraz, diciéndole que la esperaría eternamente y que no tuviese prisa en reunirse con él.

Una voz le hizo volver la cabeza. Un hombre alto, de bigote y pelo canoso le sonreía con ternura. La mujer reconoció a su difunto esposo.

¡Miguel! –exclamó.

Juana –susurró él–. Te he estado esperando. Como ves, he cumplido mi promesa.

Ella lo miró y sonrió dulcemente. La sorpresa inicial había desaparecido.

Siempre supe que sería un 15 de noviembre cuando te recuperaría.

Él no contestó. Ella miró a las gaviotas.

¿Cómo es volar? –preguntó.

¿Volar? –repitió Miguel.

Sí, volar. Eres un ángel, ¿no? Y los ángeles vuelan.

Su esposo rio.

Yo no. Aún no lo he intentado. Ya te dije que te esperaría.

Ambos guardaron silencio.

¿Quieres hacerlo ya? –preguntó.

Juana pensó que ella no había volado nunca, ni siquiera en avión. Le dió un poco de miedo, pero al notar que apretaba su mano con fuerza sus temores desaparecieron. Se miraron un segundo, y luego saltaron sobre las rocas.

Las olas chocaban violentamente contra ellas y la anciana creyó que moriría despedazada. Pero no, faltaban apenas unos centímetros cuando sintió que una ráfaga de aire la remontaba de nuevo hacia lo alto. Agitó los brazos arriba y abajo y notó que habían crecido. Pero erán más ligeros. Y los miró. Y vió que estaban cubiertos de plumas. Se volvió hacia su compañero de vuelo y descubrió que estaba sufriendo la misma metamorfosis que ella. Pero no sólo en los brazos. También en la cabeza y en el cuerpo. Aparecía entero cubierto de plumas. Él se percató de que ella lo observaba. Le sonrió y abrió la boca para decir algo. Pero en vez de palabras de su garganta surgió un graznido de gaviota. Graznido que quería decir "Te quiero" y que Juana entendió perfectamente. Al ir a contestarle lo hizo con otro graznido similar que quería decir "Yo también te quiero". Miguel torció la cabeza y luego volvió a mirarla. Su rostro se había transformado, alargándose hasta formar un hermoso pico en el extremo.

 


 

La pequeña Lucía dejó de jugar con la arena y acudió a los gritos de su madre, que quería ponerla más crema para protegerla del sol. Mientras la mujer, arrodillada sobre una toalla, le extendía el protector, Lucía la miró en los ojos y preguntó:

Mamá, ¿es verdad que la abuelita Juana se fue al cielo para unirse con el abuelo?

La madre se detuvo un instante y esbozó una triste sonrisa.

Sí cariño, claro que sí.

Entonces es cierto –murmuró la niña–. Han venido a verme para asegurarse de que estoy bien.

La madre no comprendió, o no quiso comprender, y observó a su hija. Pero ésta no la miraba. Siguió el recorrido de sus grandes y oscuros ojos y descubrió dos gaviotas que se atusaban mutuamente las plumas a la orilla del mar.

 

Beatriz Domíngez Villar (Las Palmas de Gran Canaria)

Tema musical de fondo: "Andalu" (de Chris Spheeris,
álbum "Desires of the heart", 1987).

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31- EL ALMA DE LAS FLORES MARCHITAS

El coche se apartó de la carretera principal y lentamente serpenteó por un camino lleno de baches que subía pegado a las laderas de las montañas. Atrás iban quedando las viejas casas rurales rodeadas de huertos con sembrados multicolores en torno a los viejos muros de piedra con chimeneas humeantes. A cada kilómetro se hacían más densos y oscuros los bosques de pinos, castaños y robles, a cuyos pies crecían los helechos.

Pilar apenas reconocía estos paisajes por los que había transitado tantas veces siendo niña. El coche daba tumbos haciendo saltar en su interior a la conductora y al ramo de flores que envuelto en celofán iba en el asiento trasero. En el cielo las nubes se arremolinaban formando densas manchas grises que presagiaban tormenta.

Tras un recodo de la carrereta apareció el pueblo, un conjunto de viejas casas al pie de una iglesia situada en lo alto de un risco. Una formación piramidal como la de otras miles de aldeas que eran todo un símbolo de la jerarquización existente durante miles de años.

Aparcó el coche y subió la empinada rampa hasta la iglesia, a cuyo alrededor se ceñía el cementerio. Ya en lo alto extendió la mirada en torno suyo y contempló aquel paisaje casi olvidado, todo teñido de tonos fríos en aquella tarde de otoño, grises nubes, verdes prados, azules tejados de casas abandonadas. El viento soplaba fuerte y húmedo trayendo en sus alas olores de la mar. En su añoranza Pilar recordaba estos mismos lugares llenos del colorido del verano, del bullicio de la gente, de la música de los días de fiesta, y frente a sus sueños, la dura realidad con campos abandonados, casas en la ruina y la Naturaleza que todo lo invadía, lenta pero inexorablemente. Y todo en 20 años.

Limpió la lápida que cubría la tumba de sus padres y depositó en ella el ramo de flores. De pronto se dio cuenta de que las flores estaban marchitas, como si tuviesen alma y se unieran a la tristeza que emanaba de todas partes. Un extraño escalofrío recorrió su cuerpo, algo que no sabía explicar, pero que se transformaba en voces lejanas que le hablaban desde algún lugar impreciso.

Como si estuviera viendo una película pasaban por su mente en torbellino figuras fantasmales, voces y murmullos. Ahora veía una niña rubia de ojos azules jugando alrededor de la iglesia con otros niños del lugar. Todos la perseguían, pero era Antonio, el más fuerte, quien estaba a punto de darle alcance. Una vez más ella se escabullía, perdiéndose en la bruma.

Bajó al coche después de meditar ante la tumba donde yacían sus padres y encendió la radio para alejar de su mente extraños pensamientos. Sonó una música suave y dulzona. Mientras conducía como un autómata, Pilar vio una vez más aquella niña rubia de ojos azules, ahora ya una adolescente, bailando en medio del campo adornado con banderas y luces multicolores. Ella se reía, pero de pronto sintió que los brazos de su pareja la estrechaban fuertemente. Le miró a la cara pero aquel hombre no tenía rostro. Su alegría se iba transformando en angustia, quería dejar de bailar pero aquellos férreos brazos la apresaban más y más. Miró de nuevo a su pareja, y como detrás de un velo, fue apareciendo la cara de Antonio, ya transformado en todo un hombre.

Es un buen chico, Antonio es el hombre que necesitas, deberías casarte con él, y atender la casa y las fincas –le decía su madre.

Pero Pilar tenía otras metas. Su pensamiento estaba más allá de las montañas, su meta era abarcar el amplio mundo, aquel mundo que ella había descubierto en los libros que devoraba con pasión en las noches del frío invierno a la luz de las velas.

Cuando se acercaba a la vieja casa de sus padres su corazón latía fuertemente. Abrió la pesada puerta y allí estaba toda su vida. Era como visitar un viejo museo: amarilentas fotos, viejos y queridos objetos, carcomidos muebles, relojes inmóviles, y en las ventanas, cristales llenos de polvo que sólo permitían pasar la tenue luz del atardecer. Toda la vida, toda la lucha, todas las ilusiones de sus antepasados estaban ante ella, reducidos a la ruina, en medio de un silencio sepulcral, sólo roto por el crujir del piso de madera bajo sus pies. Era como si todo fuera ajeno a su vida.

No, aquella no era su casa. Su casa era alegre y llena de vida, con una madre todo cariño y dedicación a su familia y un padre protector y firme como una roca. Su casa eran las risas en las tardes de verano y los cuentos alrededor de la lumbre en las noches de invierno. Su casa olía a ropa recién planchada y a pan salido del horno, a manzanas del huerto y a dulce de membrillo. Sobre un aparador algo brilló enviándole un guiño desde el pasado. Era una vieja sortija de pedida, y de nuevo la memoria de Pilar retrocedió en el tiempo.

Sí, allí estaba la chica rubia de ojos azules. Ahora la reconocía, era ella misma cuando tenía 17 años, y enfrente Antonio, el chico del pueblo que hablaba y hablaba. También estaban sus padres con una sonrisa pintada en el rostro, y los padres de Antonio, con sus trajes de domingo. Decían algo de boda. La estaban pidiendo en matrimonio. Ahora la joven de ojos azules sentía miedo y salía corriendo hacia la calle. Corría y corría hasta desvanecerse su figura en medio de la niebla.

20 años, y las viejas cartas de su madre. "Aquí está todo muy triste desde que te has ido. Antonio está muy raro y dicen en el pueblo que está medio loco. ¿Cuando te veremos?". Pero Pilar no regresó jamás. "Están ocurriendo cosas terribles. Han aparecido cuatro chicas asesinadas en los últimos años. Hay quien dice que Antonio tiene algo que ver. El pueblo se está quedando vacío.."

Cerró la pesada puerta de un golpe y puso en marcha el coche para alejarse de aquel lugar cuanto antes. Pero algo iba mal. Una de las ruedas estaba pinchada. Era casi de noche.

Cuando estaba sacando la rueda de repuesto, creyó ver una sombra que se movía entre las viejas y solitarias casas del pueblo. Se dio prisa, algo le decía que allí corría peligro.

Ya casi estaba colocada la nueva rueda, y nuevamente la silueta de un hombre se dibujó en una esquina, ahora más cerca. Sólo faltaba apretar los tornillos. Cuando se disponía a entrar en el coche para ponerlo en marcha, unos fuertes brazos la sujetaron por detrás. A su mente volvió el recuerdo del baile con Antonio el día de la fiesta. Dio un fuerte codazo procurando zafarse y consiguió volverse hacia el agresor. Unos ojos inyectados en sangre la miraban ferozmente. En la mano derecha brillaba un cuchillo.

Antonio, ¿Eres tú? Soy Pilar.

Toda la agresividad del loco se disipó en un instante. Con voz trémula por la emoción dijo:

¡Te he esperado tantos años! Vienes a casarte conmigo, ¿verdad?

 

Ramón Díaz Fernández (Madrid)

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32- FATÍDICO HECHIZO

Él, como cada atardecer desde hacía 20 años, estaba sentado en la orilla de la playa. El sol se iba ocultando lentamente, tiñendo el cielo de un color rojizo del que era imposible evadirse. El acantilado se recortaba irregularmente contrastando con la infinidad del firmamento. Y una pareja de gaviotas volaba curiosa, en busca de algún pez olvidado por los pescadores que habían terminado su jornada.

Las primeras estrellas comenzaban a surgir como brillantes luciérnagas de la noche. Y por fin, apareció ella. Tan hermosa como siempre, pensó.

Aún recordaba su primer encuentro. Él todavía era un niño, pero aquella imagen reflejada en el mar le hizo enamorarse perdidamente de ella. Desde aquel momento supo que su destino sería llegar a formar parte de su mundo de magia y leyenda. La vida le había jugado la mala pasada de condenarle a ese amor imposible debido a su condición, pero no por ello menos apasionado.

¡Si no hubiera insistido en venir! –cada día repetía el mismo lamento.

¡Si hubiera sido capaz de resistirme a su encanto..!

Pero cada día que pasaba concebía con más ilusión un mundo único para ellos dos, un mundo en paz y armonía y libre de opresiones y dificultades, un paraiso soñado. Se dormía observando su imagen y vivía anhelando la noche para encontrarse con su amada. Las ocasiones en que ella no aparecía eran un tormento para su malherido corazón. Actuaban como puñaladas que marcaban su existencia y grababan a fuego su nombre en el pensamiento. No eran sino golpes que le mantenían despierto hasta su anhelada llegada.

Un día ella respondió a su llamada. Apareció más radiante y hermosa que nunca. Por entre las escarpadas rocas del acantilado surgió la figura de una mujer joven de belleza incomparable. Sus cabellos oscuros, negros como aquella noche, se confundían con un firmamento en el que sólo destacaban brillantes puntos de luz que representaban a todos aquellos que un día cayeron en su hechizo.

Su paso firme y decidido, pero a la vez cándido y elegante, le hizo temblar. No era miedo. Quizá emoción. Aquellos ojos se mantenían fijos en los suyos, intimidadores pero no acechantes. Se detuvo junto a él y rozó con su mano, pálida y tibia, su hombro. De repente una inmensa paz interior le envolvió, haciendo desaparecer cualquier sensación de dolor o angustia.

Aquel profundo amor dio paso a la ternura que la anónima figura le transmitía a través de sus gestos, movimientos, miradas. La complicidad que surgió entre ellos le hizo rozar la felicidad con las manos, que comenzaban a actuar de forma ajena a su voluntad. Acariciaban aquel rostro inimaginable, aquellos cabellos imposibles, aquel cuerpo inalcanzable. Notaba como la vida se deslizaba y se perdía a través de aquellos gestos, pero no le importaba.

Observaba como aquella desconocida entraba a formar parte de su alma sin que él pudiera evitarlo. Pero no le importaba. Sentía que su existencia dejaba de tener un sentido físico para fundirse espiritualmente con aquella hermosa mujer. Pero no le importaba. De hecho, fue entonces cuando comprendió que su destino se había cumplido, que había alcanzado su objetivo. Por fin formaba parte de la magia y de la leyenda de su mundo.

Nadie podía resistirse al hechizo de la Dama de Plata. Nadie podía evadirse de su encantamiento maldito. Nadie sería capaz de deshacerse del envolvente hipnotizar de aquellos ojos, aquellos cabellos, aquella figura que, una vez personificada, atrapaba sin dificultad al enamorado que se uniría al brillante firmamento nocturno.

A la mañana siguiente, poco después del amanecer, encontraron el cuerpo sin vida de un joven que parecía haber fallecido por extrañas condiciones. No presentaba ningún golpe, ni señales de haberse ahogado. Tan solo destacaba un pañuelo plateado que envolvía su muñeca, pero sin oprimirla.

Quizá se suicidó con veneno –comentaron al encontrarle.

Pero un anciano y sabio pescador rebatió:

Quizá cometió el error de enamorarse de la Luna.

 

Leticia Timón Martín (Getafe - Madrid)

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33- LA FUGA

La oficina le ahogaba. Su despacho se configuraba en su mente como uno de aquellos calabozos para desafectos al Régimen que había visitado en una cárcel museo en un viaje reciente. Eran celdas austeras, con pocos alardes de seguridad. Pero era la suya una austeridad carcelaria y triste, sin concesiones. Aurelio, no obstante, tenía un privilegio. Al igual que aquellos desgraciados reclusos en su celda, contaba con bastante tiempo para si mismo. Apenas tenía trabajo. Quizá se debiera a un intento de la compañía para socavar su moral y provocar su dimisión por hastío. Ciertamente, no era probable que esta situación pudiera prolongarse durante mucho tiempo. Sabía que acabaría por echarle, pero cada vez le importaba menos: Sabía vivir con lo justo, y no tenía familia.

Su historia era convencional: Había ingresado en la compañía con 20 años y un futuro prometedor. Tenía ilusiones y se entregó en cuerpo y mente a su ocupación. Asistió a clases nocturnas y quemó sus pestañas adquiriendo conocimientos que luego volcaba en su trabajo. Descuidó por ello su vida personal. Salió con alguna chica y tuvo una novia más o menos formal. Todas huyeron decepcionadas al descubrir que la profunda naturaleza emocional de Aurelio llevaba años secuestrada por sus obligaciones profesionales.

La renuncia a los vitales placeres le encumbró en la empresa. En pocos años alcanzó la jefatura de ventas. Era el encargado de la distribución mensual de más de mil toneladas de acero para la construcción. Era el culmen de su carrera y de su vida.

Pero poco a poco comenzó a sentirse solo, a echar en falta el ser esencial para alguien, de disfrutar de la emoción de cuidar y ser cuidado, y sentir como sus días se iban desangrando entre el afecto de algún ser querido.

Aurelio tenía una salida a su vacío vital: le apasionaba el mar. Sentía por el océano una atávica atracción. Era el lienzo donde esbozaba sus proyectos, la fuente de su inspiración, su atalaya particular. Le exaltaba su inmensidad. Para él navegar era como vagar por el firmamento, ser pelegrino de las estrellas.

Todas las frustraciones y desencantos de la complicada existencia humana dejaban de tener sentido cuando se adentraba en el piélago. Y se sentía humilde y liberado ante el reencuentro con el útero ancestral.

Tenía su barco de vela amarrado en un puerto de una pequeña localidad distante 10 kilómetros de la ciudad donde vivía y trabajaba. Era un balandro robusto, de unos 8 metros. En recuerdo de antiguas tradiciones de su tierra lo había bautizado como "Bardo". Decía que, al igual que aquellos antiguos rapsodas, su barco escribía en el agua los poemas que el viento le dictaba.

Las cosas comenzaron a ir mal en el trabajo. La crisis de las acerías estaba anunciada. La compañía se vió obligada a diversificar su producción y a reducir plantilla. El presidente decidió segregar todos los departamentos que seguían siendo rentables, englobándolos en empresas distintas. Al frente de cada una de ellas colocó a una persona de su confianza.

Aurelio había adquirido carisma con los años. Demostraba sensibilidad hacia las personas. Conocía las virtudes y limitaciones de sus colaboradores y procuraba dulcificar las crispaciones habituales en los ambientes de intensa actividad. Su departamento llegó a ser el más alegre y motivado de la compañía. Era un organizador nato y procuraba buscar la eficacia en el trabajo equilibrado, no en la actividad desmesurada y obsesiva.

Después de sufrir los reveses sentimentales de su juventud, comprendió que el trabajo era una parte importante en la vida de un hombre, pero no la única. "No somos hormigas", decía, "Nuestro cerebro no es solamente racional, necesitamos la liberación que nos proporcionan las emociones".

Pero, aquellos fundamentos encontraron pocos partidarios en el nuevo staf de la compañía. Arribaron a ella algunos ejecutivos de agresivo talante que utilizaban su jerarquía y autoridad como el único medio para proyectarse sobre los demás, incapaces de seducir voluntades. La vida era, a su criterio, un conflicto de intereses, una jungla sanguinaria donde vencías o eras vencido.

Pronto se percataron del peligro que para ellos representaba la personalidad de Aurelio. Una palabra suya y se desencadenaba una actividad frenética y espontánea. Él era el artesano que mantenía en perfecto estado la maquinaria del departamento. Comprendieron que nunca estarían a su altura y decidieron quitarlo de enmedio.

No les fué demasiado difícil hacer que su actitud fuese progresivamente cuestionada por el presidente. Bastaba con esperar el momento justo en reuniones y juntas de personal directivo para ridiculizar sus métodos trasnochados frente a los ultramodernos sistemas de marketing que por supuesto ellos dominaban. Algunos errores que supusieron pérdidas a la empresa fueron imputados a su gestión. Y no se perdía ocasión de minar su confianza, provocando pequeños desajustes en sus balances.

Progresivamente Aurelio fue apartado de las tareas importantes y relegado a la función de mero supervisor contable.

 

En la fría soledad actual de su despacho soñaba muchas veces con escapar del mundo, huir en su barco sin dejar rastro, desaparecer sin más para buscar algún lugar tranquilo donde la vida marchase sin sobresaltos.

Tenía ya algunas ideas respecto de algunas pequeñas islas en los mares del sur o en el Océano Indico, archipiélagos perdidos, alejados de las rutas turísticas convencionales, pero suficientemente civilizados para tener cubiertas las necesidades básicas. Imaginaba fácilmente los comentarios de sus compañeros, sus caras de asombro, y la íntima satisfacción mal disimulada por brindarles un tema de conversación con que romper su estúpida rutina. Tal vez, incluso alguien se alegraría por él, y sentiría esa liberación cómplice que siente el ser humano cuando un semejante decide romper sus cadenas y recobrar el estilo de vida primitivo hacia el que le proyecta su instinto, la complicidad humana del espíritu atormentado.

Pasaban los días. Una mañana a mediados de enero Aurelio fue llamado al despacho de la directora de división, y su corazón le dió un vuelco. "¡Ya está! –se dijo–, ¡ya se ha dictado sentencia y el reo es reclamado!"

Respiró hondo y se dirigió al cadalso. La directora le esperaba con aspecto triste. Cuando Aurelio entró, le invitó a sentarse y le dedicó una forzada sonrisa. Su incomodidad era manifiesta. Aquella mujer, madura y decidida, parecía ahora una colegiala ansiosa a punto de confesar una fechoría.

Hola Aurelio, ¿Cómo le va? Verá, yo.. he de decirle algo, no es fácil empezar.

Aurelio terció con resignación:

Se lo ruego, vaya al grano, directora.

Verá Aurelio, usted sabe que la compañía se ha visto obligada a hacer reajustes importantes en los últimos tiempos y todavía no ha sido suficiente. Tenemos a la competencia en la puerta y corremos un serio peligro de quebrar si no radicalizamos más las medidas, y su departamento es uno de los más afectados. Esto podría ser provisional, pero...

Aurelio le interrumpió:

¡Pero nos vemos obligados a prescindir de usted!

Verá.., no se altere, por favor, tampoco es así, esto sólo sería provisional. Si las medidas tomadas para salvar la empresa funcionan, y es cuestión de un año el saberlo, no sólo abandonaríamos la política de reducción, sino que volveríamos a necesitar personal. Usted ha sido fundamental en el negocio, y lo volverá a ser. Podría llegar a dirigir una sucursal que, si todo va bien...

¡Basta directora!, no me haga reír. ¿Qué es esto? ¿Un concurso de eufemismos? Es del público dominio que los nuevos cachorros no me tragan porque atento seriamente contra la imagen del ejecutivo moderno, de grave semblante y ceño fruncido. En ellos eso me parece normal por su maldita prepotencia, pero, ¿usted? Usted me conoce desde hace mucho tiempo, y siempre nos hemos manifestado confianza y respeto.

Y así sigue siendo por mi parte. Por favor, no me malinterprete. Yo no tengo nada contra usted, nada en absoluto. Siempre me ha gustado su estilo, la gente le adora, yo mismo le habría confiado con gusto la dirección del departamento, pero... Entiéndame, la compañía no la formo yo solamente, todo es más complicado de lo que cree.

–intervino Aurelio–, ahora lo entiendo. Usted también está atrapada por esos indeseables, ¿verdad? ¿Qué le han dicho? ¿Le han puesto su mejor sonrisa de diseño? ¿Le han dado el ultimátum con su voz de androides monocordes? ¡O ese patán o nosotros, directora! ¡Piénselo!, somos su futuro y él su pasado. Esto no es una maldita comuna, por nuestra dilatada experiencia sabemos que las buenas relacciones con el personal son incompatibles con el trabajo. Aquí se viene a trabajar, no a hacer vida social.

La mujer bajó la cabeza. Tenía los ojos enrojecidos. Cruzó las manos y le habló tras una larga pausa:

Esto va demasiado aprisa para todos, Aurelio. No le falta razón, lo reconozco. ¡Maldita sea!, tengo las manos atadas. Hace 10 años tendría margen suficiente para actuar según mi criterio, con o sin ellos. Pero, ahora me obligan a decidir. He de elegir entre usted o muchos otros. Esto es ahora un crisol de ambiciones. Todos luchan de forma despiadada por hacerse con el control. He tardado en comprenderlo y ahora estoy en un callejón sin salida.

Él sonrió con amargura. Hizo un cómico ademán y prosiguió:

Por culpa de sus estúpidas envidias me están condenando a un destino incierto. Mi vida podría ser una odisea a partir de ahora. ¿Se lo imagina, directora? Ir de picaflor de aquí para allí, como alma en pena, repartiendo currículums por toda la ciudad, para acabar oyendo siempre lo mismo. Seré muy popular, todos conocerán la historia de mi vida. Quizá acabe interviniendo en un "Reality Show".

Aurelio, por favor –continuó la directora–, deje de usar este tono formal conmigo, siempre nos hemos apreciado. Cuando salgamos de esta situación precaria siempre habrá aquí un sitio para usted. Le doy mi palabra. No le garantizo su cargo anterior, tal vez tenga que desplazarse a otro lugar, pero no se quedará tirado. Yo estoy de su lado. Descanse un temporada. Deje que todo se normalice. Vuelva dentro de unos meses y comprobará que no le estaba mintiendo. El presidente me escuchará, se lo prometo.

Aurelio se había acercado a la ventana del despacho. La voz de la directora sonaba ahora a su espalda lejana, inaudible, formando parte del run-run ambiental. Afuera, la ciudad convulsiva y estridente, insectos habitando el vértigo, ansiedad y torbellino por doquier. Estuvo ensimismado durante un buen rato. Su vida desfiló por su mente como una exhalación. Recordaba todas las absurdas preocupaciones que le habían atormentado hasta la saciedad, sus miedos irracionales que lo habían convertido en un autómata, su terror a fracasar.

Su interlocutora hacía tiempo que se había callado y le miraba preocupada. Intentó reanudar la conversación, pero él le interrumpió:

No Isabel, no quiero su compasión. No se inquiete por mí, no arrojaré la toalla. Mi verdadera vida acaba de comenzar ¿sabe? Hay todo un universo esperándome afuera. Un hombre es un proyecto que sólo se completa cuando se vuelve al punto de partida. Hay que reencontrarse con el niño que una vez se ha sido. ¿No se da cuenta? La infancia, llena de preguntas, es lo único que evocamos durante toda la vida, cuando éramos audaces exploradores en busca de emociones y repuestas, ávidos de vida e ilusiones. Le agradezco mucho sus ofertas, Isabel, pero, ya he decidido dimitir de mí mismo.

Ella miraba perpleja. A menudo se hacía las mismas preguntas, pero siempre como un artificio mental en momentos de angustias y frustración. Creía que alguien en sus cabales nunca materializaba esos anhelos, y dudaba de que, incluso ahora, tuviesen fundamento. Pero sin pretenderlo, la había conmovido.

Se acercó a él y le abrazó con lágrimas en los ojos.

Haga lo que haga en su futuro, Aurelio, por favor, no se olvide de mí. Yo no soy su enemiga.

 

Zarpó en un atardecer de abril. Había pasado dos meses preparándolo todo. Releyó sus viejos apuntes de navegación. Trazó decenas de rutas sobre cartas náuticas e hizo acopio de provisiones suficientes para sobrevivir durante meses en la mar.

El barco estaba resplandeciente. Orientó la proa cara al sur y ajustó el piloto automático. Las velas se inflaron con el fresco viento de través y la embarcación dio un salto hacia adelante. Comenzaba su periplo.

Aurelio iniciaba la gran aventura de su vida. Pero ahora ya no estaba solo. Ella le acompañaba. Su decisión no había sido inmediata. Comenzaron a verse para tratar las condiciones de la rescisión del contrato. Isabel fue cobrando creciente interés por el proyecto vital de Aurelio. La incipiente simpatía mútua fue dejando paso a la complicidad y a la ternura. Y como una locura de su recuperada juventud decidieron unir sus vidas.

Hubo un gran revuelo en la compañía. El presidente sintió tambalear sus cimientos. Les suplicó que se quedaran. Prometió a Aurelio un cargo muy superior al que antes ostentaba y plena libertad para decidir. Reconoció que se había equivocado al juzgarle y que había sido víctima de una vergonzosa acechanza. Las cosas serían como antes para todos. Puso el nombre de ambos en un cheque millonario y se lo ofreció a cambio de su permanencia.

Todo fue inútil. Sentados en la popa, echaron una larga y última mirada a la ciudad donde habían dejado una parte de su existencia. Sus ojos brillaban extasiados. Se cogieron de la mano y sus bocas se fundieron en un prolongado beso.

El barco desdibujaba su silueta bajo el crepúsculo. Ni el más sublime de los tesoros habría podido ya hacerlo regresar.

 

Manuel Díaz Santamaria (El Ferrol - La Coruña)

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34- UN ROSTRO SIN LÁGRIMAS

(Que sepas que te querré siempre)

Se acercó y posó suavemente una mano sobre su pecho mientras le miraba fijamente con aquellos ojos en los que tantas veces había visto reflejados sus sueños y que ahora brillaban como dos estrellas gemelas al brotar una lágrima de ellos. Él intentó cogerla con su dedo, pero no pudo, como tampoco podía sentir su mano en su pecho, ni el calor de su cuerpo junto a él. Los hologramas no tenían cuerpo, y su cuerpo, el que tantas veces acarició y tuvo entre sus brazos, cálido y reconfortante, en ese mismo sillón en el que se encontraba ahora, vagaba en esos momentos frío y sin vida por el vacío interestelar por el que viajaban.

Lentamente se puso de pie sin dejar de mirarle con sus ojos grises. Dio dos pasos hacia atrás mientras enjugaba las lágrimas con el dorso de su mano y se mordía suavemente el interior de su labio. Aquel gesto involuntario, que tantas veces le había hecho estremecerse al darse cuenta de cuanto la amaba, y que una vez más provocó que un escalofrío recorriera su espalda.

Sin decir nada más, el holograma de la mujer que amaba cerró los ojos y desapareció. Él se quedó allí, sentado en el sillón de su cuarto camarote, mirando fijamente el lugar donde el holograma había desaparecido.

Al cabo de unos minutos alzó su mirada y levantándose de su sillón se dirigió a los controles. Y por quinta vez, manipuló los botones que le permitían visualizar el holograma, y por quinta vez ella apareció de nuevo en su cuarto camarote, con su larga melena rubia contrastando con el mono azul de suboficial de mantenimiento, tal y como iba vestida la primera vez que la vió, el día que supo que ya nunca más podría olvidar aquella cara, aquella dulce voz con su suave acento de las colonias exteriores, y aquella sonrisa más brillante que cualquier estrella del Universo.

"Se que mi fin está cerca", empezó a contar otra vez el holograma, mientras por quinta vez él la observaba sentado en su sillón escuchando su último mensaje, su mensaje de adiós.

Por quinta vez vió su mano sobre su pecho e intentó secar las lágrimas que brotaban de sus ojos. No pudo. Tampoco lo consiguió la sexta. Ni la séptima.

Una sirena rompió su ensoñación y le recordó que el mundo no se había parado, sino que seguía en marcha y le llamaba para que tomara parte de él. Accionó una vez más los controles del holoproyector, esta vez para apagarlo, y esperó frente a la compuerta a que ésta se abriera. Cuando lo hizo, la cruzó y se colocó en la cinta transportadora. Allí, de pie, pensaba en lo cruel que podía ser el mundo con él. Solamente habían pasado unas horas. Su cuerpo inerte flotaba en el espacio a unos pocos millones de kilómetros. Ni siquiera le habían permitido asistir al funeral. Tampoco le habían dado tiempo a reponerse de su pérdida, sino que allí se encontraba, recorriendo los kilómetros de pasillos que le separaban de su puesto de trabajo.

Quería llorar, quería sentarse en su cuarto camarote y llorar junto al holograma de su amada hasta derramar la última gota de la pena que llenaba todo su cuerpo y partía su corazón en mil pedazos. Llorar, llorar por ella, llorar por sí mismo, buscar consuelo en su recuerdo y fuerzas para vivir un día más.

Pero no pudo. Por mucho que lo intentó una y otra vez, no pudo hacerlo. Aunque su corazón se caía en pedazos, no pudo llorar. Sentía que no quedaba nada en este mundo por lo que vivir, nada en este jodido mundo que le separaba para no permitirles juntarse nunca más, este jodido mundo que no le dejaba descargar sus penas, este jodido mundo que no le dejaba llorar, ni siquiera una simple lágrima.

Intentó recordar qué cosas buenas le había pasado en la vida, qué cosas podrían hacerle aguantar un día más con el corazón hecho pedazos por todo su pecho: La colonia de Ilum donde inició su vida, una brillante carrera en la academia de oficiales de la Confederación donde se graduó, sus más de mil viajes interestelares como navegante de diversas naves de La Cofradía.

Pero nada de ésto le reconfortó. Lo único bueno que le había pasado en toda su vida sucedió en este último viaje, el 1078 de su carrera.

Era una joven suboficial de mantenimiento nacida en las colonias exteriores de la Confederación y recién salida de la Academia. Este era su primer viaje y él fue asignado como su tutor para supervisar su aprendizaje en el periodo de prueba en situaciones reales. Lo demás vino solo.

La cinta transportadora se detuvo y una puerta se abrió ante él. Todos los subordinados en la sala de control se pusieron en posición de firmes y el ruido que produjeron las botas al entrechocar retumbó por toda la sala. Con un leve gesto de su mano les mandó descansar y pidió al suboficial auxiliar el informe de lo acontecido las últimas horas de viaje.

Paseó lentamente por la sala sin escuchar apenas el informe que obedientemente el suboficial le proporcionaba. Cuando éste acabó, se dirigió al personal de la sala y les ordenó que la desalojaran. Todos obedecieron sumisos: Las órdenes de un oficial eran incuestionables.

¡Cuantas veces en aquella misma sala había satisfecho la curiosidad de su joven pupila, enseñándole el funcionamiento del "Controlador de saltos", el panel de estado de la nave, los controles manuales de navegación, el buscador de rutas, y cómo escuchaba ella, siempre atenta y disciplinada, como enseñaban en la Academia! Lo demás vino solo.

Recorrió la sala rememorando sus charlas con ella, simulando que estaba de nuevo allí recibiendo una de sus clases. Recorrió suavemente con sus dedos todos los sitios donde recordaba que alguna vez sus dedos se habían posado, intentando extraer de aquellos fríos paneles un poco del calor que una vez ella le había dado. Parece que hubieran pasado siglos.

Poco a poco la ilusión se fue desvaneciendo y el recuerdo del pasado perdió la fuerza que le había hecho olvidar por un momento su pena y recordar todo lo feliz que había sido estando a su lado. Sintió de nuevo el renacer de la pena dentro de él, con más fuerza incluso que antes, ya que a la pena de su pérdida se sumaba el fin de su sueño y la vuelta a esta triste realidad que su mente no quería aceptar.

Se sentó en el sillón de control e introdujo el holograma en el holoproyector. Lo volvió a ver. Una, dos, tres veces, ella lloró, levantó la mano de su pecho y se desvaneció... Una, dos, tres veces, intentó llorar por la pérdida del único ser que había amado nunca con un amor más fuerte que su propia vida. Ella lo fue todo para él en el breve tiempo que pasaron juntos en aquel viaje. Ella le enseñó lo que era el amor.

Si fui capaz de amar, ¿por qué ahora no soy capaz de llorar? –se preguntaba amargamente mientras hundía su cara entre sus manos–. ¿Por qué esta tortura? ¿Por qué? ¿Por qué no puedo llorar?

Permaneció sentado con la cabeza entre sus manos hasta que el sonido del avisador de saltos le sacó de su estupor. El salto anterior se estaba completando y era hora de realizar el siguiente. Recorrió lentamente la sala con su mirada mientras se dirigía al controlador de saltos.

Lentamente levantó su mano y la posó sobre el panel de entrada. Introdujo las coordenadas del próximo salto, que le llevaría lejos del cuadrante estelar donde todo había sucedido. Evocó en su mente una vez más el sonido de su risa y, cerrando los ojos, accionó el botón.
 

La nave carguero de la Confederación de provincias exteriores A.30.55.10 se desintegró al materializarse tras el salto en el corazón de una estrella. Más de 20 mil personas murieron y varios millones de toneladas de carga se perdieron en un instante. Y todo porque en aquella fábrica de Ilum a nadie se le ocurrió nunca que un robot pudiera enamorarse, que un robot quisiera llorar.

 

Rodrigo García

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35- LA CARRETERA

Era un día normal como todos los demás, aunque no, porque era lunes y tenían vacaciones. Juan y Elena iban a casa de Francisco. Se hizo de noche y encendieron la radio. En la radio había música de los Beatles, que a Juan le gustaba mucho. Juan tarareaba la canción de Yesterday cuando se cortó la canción y advirtieron que un loco andaba suelto por esa zona. Elena, que es muy miedica, dijo que tenía miedo.

Pasaron una gasolinera. Juan paró y echó gasolina. Elena se bajó del coche y compró una bolsa de pipas, que, aunque le daban ardores, le gustaban.

Pasaron 2 kilómetros y el coche se paró. Elena se asustó porque recordaba la noticia de la radio. Juan dijo a Elena que no se asustara, que él iba a por ayuda a la gasolinera que habían pasado y que se tranquilizara comiendo pipas. Juan se fue y Elena se quedó sin pipas porque se le habían caido la mitad, y la otra mitad se las comió.

Juan se retrasaba. Elena, que escuchaba la radio, la apagó por puro aburrimiento cuando escuchó un " Tic, Tic, Tic, Tic...". Cada "tic" el estómago le ardía. Apareció un coche de policía. Elena se puso nerviosa y la dijeron:

¡Venga aquí corriendo y no mire atrás!, repito, ¡no mire atrás por lo que más quiera!

Ella respondió asintiendo con la cabeza. Salió del coche, no sin quejarse del estómago. Fue corriendo, y cuando le quedaba apenas unos metros, tan sólo unos metros, un par de pasos, miró atrás.

Aquella imagen se le quedó grabada en el pensamiento. Nunca se le olvidará. Fue espeluznante ver la cabeza de Juan ahí colgada de aquel árbol torcido, sin cuerpo ni cuello, goteando sangre. He ahí el "tic".

Desde entonces nadie pasa allí de noche porque no han cogido aquel loco. Por cierto, Francisco desapareció.

 

Daniel Vega (Madrid)

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36- A LA SOMBRA DE UN CIPRÉS

AMOR

Te amo. Siento mío todo lo que eres, todo lo que tienes, todo lo que sientes, lo experimento y lo venero como si yo misma lo hubiera sentido. No somos la pareja perfecta, lo sé, quizás sólo sea un tópico y nadie ha llegado a ella, pero hemos vencido todos los obstáculos que el destino se encaprichó en plantearnos: el elevado dinero para comprar la casa, la familia, que en un principio no creyó en nuestro sincero amor, las pequeñas disputas de pareja que teníamos a causa de tus infundados celos, etcétera.

Todo eso ha pasado. Sólo tenemos por delante un brillante y a la vez incierto futuro que intentamos trazar, fijando después de dos años de espera y lucha la ansiada fecha de nuestra boda.

Mientras se alborotan los sueños en mi cabeza e intento organizarlos sin logro alguno despierto de mis reflexiones repentinamente después de descubrir tu mirada desnudándome. Estás cubierto de arena y de hojas, consecuencias inevitables del combate pasional acaecido en la misma tierra que sirvió de escenario de juegos en mi infancia y que ahora, en mi estrenada madurez, se ha convertido en el terreno donde se levantará mi futura casa, un lugar perdido en la sierra, pero cerca de la casa de mis padres y de su pequeño granero, fruto de muchos esfuerzos y único sustento económico.

Te miro. El implacable viento te agita el pelo. Pareces un ángel. Te beso y me siento como una fiera a la que acaban de liberar de su jaula de circo, y tú me respondes con la misma pasión. Por eso me gustas. Sabes lo que espero en cada momento y yo intento aprender de ti, pero el esfuerzo es vano. De cualquier manera este juego me seduce y me atrae mucho más.

Extasiados después de hacer de nuevo el amor quedamos dormidos, arropados por el sol que empieza a retirarse para dormir. Sueño, con quién más que contigo, el único hombre de mi vida, mi compañero soñado y encontrado. Nuestro amor, solo recien estrenado, es la primera página de un cuaderno en blanco, del cuaderno de nuestras vidas.

 

MIEDO

Me llamas con miedo. Te ha despertado el sofocante calor que ha surgido entre los árboles.

¿Qué pasa? –pregunto perpleja.

Todo está cubierto de humo. Yo, adormilada todavía, no consigo asimilar la situación.

Ahora sé lo que pasa. "¡Fuego!, ¡Fuego!", repite incesantemente mi cabeza.

Estoy muy asustada. Quiero gritar pero consigo dominarme. Lo primero que pienso es en mis padres, el granero. ¡No!, el resplandor del fuego viene de allí. Sumida en el terror sólo logro tartamudear el nombre de mis padres. Juan me coge del brazo y me esconde detrás de unos matorrales. Ingenuo, cree que el fuego no me encontrará allí. Me advierte que no me mueva a no ser que sienta el fuego muy cerca, que recogerá a mis padres y que volverá a por mí.

No tengas miedo, te quiero –me dice antes de marchar.

Lo veo alejarse. Las llamas avanzan rápido. El humo me ahoga y casi no consigo verlo.

El tiempo pasa lentamente. Parece que me encuentro fuera de la realidad, en un plano aparte. Sólo sus gritos me devuelven a ella. Corro, lo busco en ese abismo gris, y cuando consigo acercarme lo veo envuelto en una bola de fuego. Sigo corriendo, queriendo apagar el fuego con mi cuerpo, es lo único de lo que puedo servirme en ese momento. No lo dudo, pero el aire no me deja avanzar, me falta oxígeno. Sólo tengo para respirar ese veneno que me aturde y no me deja continuar, hasta que con lágrimas en los ojos caigo en redondo encima de sus cenizas, que se confunden con la tierra y entran a formar parte de ella.

 

ANGUSTIA

Despierto angustiada en la cama de un hospital. Al principio lo veo todo turbio, pero poco a poco comienzo a enfocar la silueta de mis padres. No han muerto, gracias a Dios.

Quiero preguntarles por Juan, quero convencerme de que todo ha sido sólo una pesadilla, pero la mascarilla y el engranaje de tubos no me lo permiten, aunque imagino en sus ojos la respuesta.

Los médicos me controlan, me preguntan, me piden que asienta o niegue sus constantes preguntas, pero no consigo reaccionar. Mis padres disimulan sin fuerzas su dolor y me animan a hacerlo.

Pero yo estoy fuera de ellos, fuera de esa habitación, fuera del mundo. Soy una balsa sin rumbo navegando en un mar de penas, en un mar de ambigüedades sin entender todavía que ya él se me perdió para siempre.

No puedo entenderlo. La vida es un milagro y para él terminó de súbito, sin darle tiempo de despedirse o de sacar sus cuentas cuando iba lanzado hacia adelante en el vértigo de la juventud.

 

VENGANZA

Me dijiste que todo saldría bien, que no tuviera miedo, que serías mi refugio, mi apoyo, y ahora me dejas de la forma más cruel que puedas hacerlo. Pero tú no tienes la culpa, también fuiste engañado por la muerte. Ella te alcanzó con su alargada sombra, nos venció sin darnos lugar a defendernos, y ahora continúa su lucha inútil conmigo.

Pero yo no quiero luchar, quiero dejarme arrastrar, que al menos me lleve allí donde estés. Pero no, me quiere hacer sufrir, no le bastaría con eso.

Sin ti sé que nada tiene sentido, nada vale la pena. Desde que cerraste tus ojos se fue la luz de mi mundo y no consigo verla al final del túnel.

Fuego asesino, paradójicamente tú me quitastes mi luz, y sin embargo eres el único que la proporcionas. Pero tendrías que haberme atrapado a mí con tus flamígeros brazos. Pero no, tú eres un aliado de la muerte, de esa que ronda rezongando con su vuelo de harapos sombríos y rumor de huesos, e incomprensiblemente, también de la vida.

Busco en la fe una salida y no la encuentro. Dios, ¿por qué me lo arrebataste? ¿Para qué nos juntaste entonces?

La fe es un regalo. Dios te mira a los ojos y dice tu nombre. Así te escoge, pero a mí me apuntó con el dedo para llenarme de dudas. No me bastas, no me das respuestas, sólo sé que el único que las puede dar es mi interior, pero no tengo fuerzas para encontrarlas. En este mundo, desgraciadamente, no hay más posada que la que uno lleva dentro, y sé que tengo que hacer un gran esfuerzo para hallarla.

No reconozco los días, las horas se arrastran penosamente en una espera eterna. Juan vive, vive por mí, de nada vale mi vida si no te tengo.

Sigo regateando con Dios, si es que existe. Ya no le pido que me despierte de esta angustiosa pesadilla porque he comprendido que es real, ahora le ofrezco mi vida por tu vida.

Sumida en la locura, hasta que recuerdo mi cordura, sé que no existen recursos de ilusionista para estos trueques. Yo debo de cumplir mi destino y éste, tan desesperadamente, ha sido el tuyo.

 

BÚSQUEDA

Tres días pasaron del fatal incendio y sigo buscándome. Me encuentro físicamente casi recuperada del humo inhalado. Psicológicamente estoy perdida. Vago en el mismo abismo gris del bosque y no encuentro salida.

Estoy confundida. No sé quien soy. Trato de recordar quien era yo antes, pero solo encuentro disfraces, máscaras, proyecciones, imágenes confusas de una mujer que no recuerdo.

Muerte, has conseguido lo que querías. Me abandono. Por mi cabeza vaga la idea del suicidio, pero no quiero ser tan cobarde. Además pienso en mis padres, que morirían también conmigo. Ya no les queda nada, todo lo han perdido, ni siquiera saben cómo van a vivir de ahora en adelante.

A pesar de todo creo que es la única salida, pero no me impide hacerlo el miedo, porque sé que tú sólo eres el umbral hacia otra vida, que no sé si es mejor o peor, sino porque no quiero dejarme vencer por ti. Soportaré tu peso y mi dolor hasta que ya no quede ni un resquicio de vida.

Salí del hospital al cuarto día y sólo supe dejarle una nota a mis padres prometiéndoles que volvería. Eso fue lo que Juan me prometió antes de marchar, para no volver.

 

SOLEDAD

Estoy obligada a permanecer sola, quieta, callada. Silencio, busco silencio. Añoro la quietud de la naturaleza. Por mucho que corro no llego a ninguna parte, si grito nadie me oye.

Me has dado silencio para examinar mi paso por el mundo, para retornar al pasado verdadero y al pasado fantástico, recuperar las memorias que otros han olvidado, recordar lo que nunca sucedió y que ya no sucederá.

Ahora comprendo que el cuño de la muerte da valor a la moneda de la vida y hace comprar con la vida lo que es verdaderamente precioso.

Ausente, muda y paralizada, tú eras mi guía. El tiempo transcurre muy lento, con él transcurrió muy rápido, o tal vez el tiempo no pasa, sino que nosotros pasamos a través de él.

Sé que el dolor es un camino solitario y yo tengo que recorrerlo en plenitud. Observo hacia atrás la totalidad de mi destino y sé que con un poco de suerte encontraré a la persona que soy. Con un esfuerzo brutal he ido toda mi vida hacia arriba.

Estoy cansada, quiero dar media vuelta, soltar los remos y dejar que la corriente me lleve suavemente hacia el mar.

Estoy asustada. Ya antes había tenido miedo, pero, siempre había una apertura de escape. Ahora estoy en un callejón ciego, no hay puertas a la esperanza y no sé que hacer con tanto miedo.

 

NOSTALGIA

Siento nostalgia. Hicimos tantos planes. Hablamos de envejecer juntos y seguir haciendo el amor a los noventa años, de los lugares que visitaríamos, de cómo seríamos el centro de una gran familia y tendríamos una casa abierta para los amigos. ¿Dónde queda la casa que ibas a construir para tantas familias? ¿Dónde irán a vivir esas personas? Tonta de mí, irán a otras casas, hay tantos constructores, pero... ¿dónde me refugiaré yo? ¿Será que nos hemos amado demasiado que consumimos como glotones toda la felicidad a la que teníamos derecho? ¿Es que nos tragamos la vida?

Tengo reservado un amor incondicional para ti, pero parece que no lo necesitas. Todo esto es un viaje irrevocable por un largo túnel en el que no veo salida. Pero ahora sé que debe haberla. Imposible volver atrás. Todo es cuestión de seguir avanzando, paso a paso hasta el final.

He llegado caminando al bosque escenario de la fatalidad y la brisa me trae tus palabras. Todavía se divisa la línea que el fuego no consiguió pasar. A un lado hay un desierto de cenizas y de llantos que se esparcen en el aire. El pueblo sigue llorando la muerte de sus seres queridos en el peor caso, y de todas sus pertenencias en el mejor. Al otro lado hay cerros y bosques tupidos que el fuego no logró destruir. El paisaje verde, húmedo y algo sombrío, los mismos árboles centenarios, el aroma intenso a eucalipto, pino y menta salvaje, los riachuelos que en invierno se convierten en cascadas, gritos de pájaros y gillar de grillos.

He descubierto un lugar solitario donde un hilo de agua se desliza con música propia entre las piedras. Aquí me instalo, escuchando el agua, tratando de respirar con calma. Pero no encuentro paz. En mi mente se atropella la angustiosa pesadilla y las felices memorias junto a él. Y en los momentos más difíciles del pasado también buscaba la soledad del bosque.

 

PACIENCIA

Necesito tiempo. Tiempo para despejar confusiones, cicatrizar y renovarme. ¿Cómo seré a los 70? La mujer que soy no tiene una célula de la niña que perdí, excepto la memoria que persiste.

¿Cuánto tiempo se requiere para recorrer este oscuro túnel? ¿Cuánto tiempo necesito para volver a ponerme de pie. Me pregunto si volveré a reírme con ganas, si podré volver a imaginar otro sueño sin él.

A cada momento los sueños me esperan agazapados bajo mi mente, con su cargamento de visiones terribles, cementerios, cipreses, fuego, cenizas. Pero, también hay una cosecha siempre fresca de imágenes furtivas y felices.

En la dimensión del Cosmos y en el trayecto de la Historia somos insignificantes. Después de nuestra muerte todo sigue igual, como si jamás hubiesemos existido. Pero en mi mente tú, Juan, eres para mí lo más importante de mi vida y que la suma de todas las vidas ajenas. Cada año mueren 70 millones de personas y nacen aún más. Sin embargo, sólo tú naciste, sólo tú has muerto.

Cuando el terror vuelve a paralizarme cierro los ojos y me abandono con la sensación de sumergirme en aguas revueltas, entre los golpes furiosos del oleaje. "Agua, ¡trágame!, consume este fuego que me quitó la vida".

Me pregunto si se puede vivir por ti, que anides en mi espíritu y lo invadas por completo, que existas en mí los 60 o los 70 años que te robaron. No es recordarte lo que pretendo, sino vivir tu vida, ser tú, que ames, sientas y palpites en mí, que cada gesto mío sea tuyo, que mi voz sea tu voz. Juan, que tu carácter, tu peculiar forma de ver el mundo, tu insaciable positivismo invada mis temores y me responda las dudas que han surgido con tu muerte.

Quiero gritar hasta el último aliento, desgarrarme la ropa, romperme en dos, arrancarme el pelo. Quiero sufrir así tu duelo, pero no tengo fuerzas para hacerlo y sólo sé sumergirme en mi autismo.

 

ABANDONO

Me abandono al fijar mi mirada en el hilo de agua que cae. Agua pura, cristalina, que bajas por las piedras, sólo tú pudistes vencer al fuego que lo consumió, y ahora, cuando me dejo llevar, apareces altanera.

Me levanto. Quiero llegar a ti y dejarme tocar. Sólo tú puedes ayudarme a que la muerte no me consuma a mí también. Mis pasos son lentos e inseguros. Siento mareos. Parece que yo tampoco me salvaré.

Una oscuridad penetrante asalta mi visión. En la inmensidad de mi abismo te veo. Corro a sujetarte, pero comienzas a ascender arrastrándome contigo. Y flotamos livianos, subiendo en círculos. Me voy contigo. Llévame, te suplico.

La voz de mis padres resuena en el aire: "Nadie puede ir con él, ha bebido el bálsamo de la muerte".

Seguíamos subiendo y subiendo. Tú, mi ángel y yo, decidida a retenerte. Nada me separará de ti.

Arriba había una apertura pequeña desde donde se veía un cielo azul con una nube blanca y perfecta. Entonces comprendí horrorizada que tú podrías salir, pero la ventana era demasiado estrecha para mí. Sonriendo vagamente, sonreías haciendome una señal de adiós con la mano y me decías: "No tengas miedo. Te quiero, mi amor".

 

LUZ

Vi la luz. Desperté de mi sueño en casa de mis padres. Poco después me enteré de que unos guardas forestales me habían encontrado en el bosque.

Mi voz volvió a salir y rompió mi periodo de autismo para preguntar qué me había pasado. Mi madre me cogió de la mano y me dijo con los ojos nublados de lágrimas que Juan no me había dejado sola, que me había dejado algo que llenaría mi vida.

Estaba embarazada.

Entonces comprendí todo. "Juan, has vuelto", me dije. "Maldita muerte, ¡te he vencido!".

He encontrado la salida del túnel, aunque el camino es muy difícil, y creí no encontrar fuerzas para recorrerlo. Me faltó poco para no suicidarme en el intento. Y ahora voy, otra vez, a descargar en ti mi incondicional amor, que esperaba encontrar un apoyo, un refugio, un sustento. Ahora sé que él me dará el valor que necesito para vivir.

La muerte y el nacimiento están hechos de la misma materia, y la vida no es mas que la misma maravilla de existir. El amor, como la muerte, todo lo ha cambiado. Tú, Vida, eres la única vencedora, la única que puede hacer frente a la muerte.

Pude dormir abrazada a mi hijo y supe que nuestro ángel protector siempre nos apoyaría.

 

Matilde García Jiménez (Cádiz)

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37- LUIS

Luis de Miñones y Trujillo de la Iglesia Calvo era, a todas luces, el prototipo del pijo nacional. Para empezar, su nombre era todo lo largo como su título ducal le permitía. Por supuesto, el suyo no fue un alumbramiento vulgar, fue concebido en febrero, en aquella mansión que sus papis tenían en Marbella. Aunque no lo crean, la fecha de aquella concepción estaba muy bien pensada, así el nene nacería en octubre. La razón por la cual el feliz acontecimiento debía producirse en octubre era que a Doña Lula, la futura mamá del feliz retoño, le daban sofocones en verano. Además, era alérgica al polen. Por otro lado le daba asco estar sudorosa cuando Luisito, qué remedio, saliese por donde tenía que salir.

No contenta con ésto, Doña Lula, Luli para las amigas del grupo de Canasta, hizo que Don Luis Alfonso, su riquísimo marido, se asegurase bien de si los niños de padres pudientes no tenían otro sitio por donde salir. La desilusión fue mayúscula cuando Doña Luli, por boca de su médico de pago de toda la vida, se enteró que Luisito tendría la desgracia de nacer por donde todo el mundo, que yo sepa, ha nacido.

Durante unos minutos permaneció deprimida mirándose las gordísimas pulseras de diamantes, rubíes y esmeraldas que tenía colocadas en sendos brazos. En aquellos momentos de profunda depresión sonó, como si de la boca de un ángel libertador se tratara, el característico "pip pip pip" de los teléfonos móviles.

Debido a la muy severa depresión que Doña Luli experimentaba en aquellos momentos, no se levantó a coger el teléfono. Nunca lo hacía, pero esta vez tenía buenas razones para ello.

Como siempre Socorro, la criada, cogió el teléfono. Después de decir la típica frasecita "Casa de los de Miñones y Trujillo de la Iglesia Calvo, ¿quién llama?", se produjo un silencio sepulcral en la habitación.

Doña Luli, nerviosa, hacía señas a Socorro, quería saber con la mayor celeridad posible quién llamaba. Después de un corto periodo de tiempo, Socorro comunicó a los señores que la llamada provenía de la revista "Cotilleos y Rumores", la mejor revista del corazón que nadie había publicado jamás.

Por supuesto, la categoría de dicha revista residía en la mucha "tela" que desembolsaba por cada exclusiva. Enseguida Doña Luli olvidó su depresión y se puso al auricular.

Después de contestar a las típicas preguntas de la joven reportera, –la chica no había tenido mucho éxito como periodista y por eso acabó en la redacción de una revista de cotilleos sobre los que eran más ricos que ella–, la joven reportera propuso a Doña Luli la posibilidad de por mil millones de pesetas retransmitir su parto en directo.

Doña Luli sopesó la posibilidad de que su parto fuese televisado para millones de curiosos espectadores de toda España. A principios le daba vergüenza, pero le bastó una mirada a sus gordísimas pulseras para aceptar. Mil millones por el nacimiento de un niño fuese cual fuese su título nobiliario eran muchos millones.

En los meses siguientes Doña Luli y Don Luis Alfonso cuidaron mucho su imprevista fuente de ingresos. Ella sólo bebía batidos de fécula de ostra, él calculaba nervioso cómo podía invertir tantas ganancias. Ella sólo comía comida de importación, caviar ruso, champán francés,.. Él no comía.

Ella, indecisa la nena, se compró 50 trajes para el día del parto. Él, dos corbatas.

Por fin llegó el ansiado día. En la clínica Pijolandia se agolpaban los que no estaban acreditados para cubrir aquella buena nueva. Mientras, dentro de la sala de partos, Telechisme, la cadena de televisión que tan generosamente había pagado la exclusiva, retransmitía el evento.

Ahora están viendo –decía la periodista– cómo jadea la duquesa. Ahora pueden ver cómo al sentir el sagrado dolor la cara de felicidad de la duquesa es indescriptible.

¡Hay que ver las chorradas que a veces se dicen para ganar audiencia! Si de algo sirvió el parto de la duquesa fue para evidenciar que las aristócratas también las pasan canutas al parir.

 

David Giménez Torres (Valencia)

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38- LA HIJA DE LAS MAREAS

Cuando llegaron ya era de noche, así que se apresuraron a deshacer las maletas. Habían salido esa misma mañana dejando atrás todos los preparativos de su boda, y tras un viaje, que a Juan se le antojó interminable puesto que estaba impaciente por llegar, aterrizaron en Oslo antes de comer.

Apenas habían empezado a mordisquear su almuerzo cuando les dijeron que su avioneta ya estaba preparada. Y a las cinco de la tarde llegaban al aeropuerto de Tromso. Después se subieron a una lancha que por fin les dejaría donde ahora estaban, en Fiordsun, un pueblecito costero al sur de la isla de Seiland.

Después de acomodarse Elena se asomó al balcón, y aprovechando que la cabaña estaba en un alto, paseó su mirada por todo el pueblo. Apenas había tres o cuatro casas más de poco interés, así que dirigió su mirada al frente.

A la izquierda del acantilado se extendía una pequeña cala a la que se accedía bajando por unas largas escaleras talladas en la roca. Y a lo lejos podía ver los destellos intermitentes del faro de la isla contigua.

Parecía un sueño. Era en estos momentos cuando se alegraba de que Juan hubiera aceptado la oferta de la National Geographics para ser su fotógrafo y cubrir todos los reportajes del norte de Escandinavia. Y lo mejor era que siempre les daban alojamientos en los sitios más pintorescos, como en esta ocasión.

Juan tomó a Elena de la mano y se la llevó fuera, dejando a sus espaldas el umbral de la cabaña. En un cariñoso gesto de complicidad se abrazaron y se sentaron juntos en el suelo, dejándose mecer por el suave ronroneo de las olas.

¡Estoy impaciente por comenzar a fotografiar! ¡Todo es tan... tan increíble! –dijo Juan.

Elena sonrió.

Y tan romántico. Pero ya tendrás tiempo mañana para hacer fotos. Ahora estás conmigo.

Al día siguiente, cuando Elena despertó, Juan salía de la ducha. En dos minutos se vistió y comenzó a preparar su equipo. Ella se desperezó y bostezando se dirigió a la cocina.

La cabaña no era muy grande, pero contaba con todas las comodidades.

¿Desayunas conmigo, Juan?

No Elena, no, lo siento. Quizás más tarde, pero ahora tengo prisa. Me acaban de avisar de que el primer grupo de focas jóvenes se está acercando a Fiordsun, y quiero estar allí cuando lleguen.

Ya tenía todo preparado y se puso el abrigo.

Estaré en el faro.

Y dando un portazo, se fue.

¡Otra vez sola! –pensó Elena.

Cerca de las once se puso su abrigo y salió a ver a Juan. Se acercó paseando hasta el faro, pero no lo encontró allí. Temiéndose lo peor, miró al acantilado, pero se tranquilizó cuando lo vio abajo del todo, en la cala, delante de una niña que debía ser del pueblo.

Juan se estrujó la cabeza como pudo para hablar con la niña que había encontrado en la cala. Pero ella hizo caso omiso, así que, suponiendo que no le importaría, se agachó para enfocar su rostro. Pronto se dio cuenta de que no era una niña pequeña, sino una adolescente de unos 16 años.

Tenía el pelo largo y rubio, y sus ojos eran de un intenso azul oscuro, poco común en personas de piel tan clara como la suya. En un intento por fotografiar sus expresivos ojos, Juan se acercó lentamente apartando la cámara. Temía su reacción y no quería asustarla. Sin embargo fue entonces, y sólo entonces, cuando ella apartó la vista de la caracola que tenía entre sus manos para mirar a Juan. De inmediato, él se quedó ensimismado ante su belleza. Apenas podía creer que fuera real.

Sintió un súbito impulso que recorrió su cuerpo, pero ella, no contenta con mirarle, apartó el flequillo de su cara y le acarició. Luego se acercó más aún a él, y cuando sus labios estaban a punto de rozarse...

Todo se desvaneció. Elena estaba junto a ellos.

¿Qué estás haciendo, Juan? ¡Debería darte vergüenza coqueteando con una niñata que casi podía ser tu hija! Y tú, ¿qué miras, descarada?

Y sin más explicaciones, le sacudió una tremenda bofetada. Pero ella no reaccionó, sólo levantó la cabeza y miró a Elena con los ojos apagados. Luego volvió a coger su caracola y siguió jugando con ella.

¡Vámonos Juan! –dijo Elena.

Por la noche se acostaron pronto, pero Juan estaba incómodo, y no sabía porqué. Por fin se durmió, pero no tardó en despertarse de nuevo. Había oído un golpe seco. Se levantó despacio para no despertar a Elena y se dirigió a la entrada. Y allí comprobó que no estaba equivocado. Una ráfaga de viento había abierto la ventana de golpe. Acudió a cerrarla, pero se quedó un segundo a contemplar otra vez la hermosura que se extendía ante sus ojos. Entonces oyó una suave música. Se detuvo un segundo para escucharla con más claridad, intentando acallar en su mente los murmullos del viento.

Pronto empezó a distinguirlo. Era alguien que cantaba, una mujer que cantaba una canción sin palabras, pero con una dulzura que derretía el alma. No sabía si era un canto triste o alegre, su melodía incitaba a la imaginación y la fantasía. Se dejó llevar por su suavidad aterciopelada y salió de la cabaña sintiendo la imperiosa necesidad de llegar al lugar en el que emanaban aquellas notas divinas, que le atraían casi de una manera hipnótica, pues aunque era consciente de lo que estaba haciendo, sabía que no quería alejarse nunca más de aquel sonido que tan pronto le anegaba de gozo como le partía el corazón.

Quizá fue ese mismo canto lo que despertó a Elena, que en un mal presentimiento salió descalza al portal de su cabaña y vio horrorizada cómo Juan, mecido por el modulante siseo de las olas y la hermosura de aquella infinita sinfonía, se dirigía, ya absolutamente fuera de control, hacia la misma niña que habían visto por la mañana. Estaba sentada en una roca al borde del acantilado, mirando al mar.

Elena comenzó a correr para detener a Juan, que ya estaba al alcance de la niña. Pero ella dejó que se acercara un poco más. Luego su lamento cesó suavemente, perdiéndose entre las olas. Entonces le cogió y le besó apasionadamente en la boca durante largo tiempo.

Elena, que no salía de su asombro, siguió corriendo hacia ellos, pero aún estaba lejos. Indignada, gritó el nombre de su prometido, pero enseguida se arrepintió. La niña se detuvo y se giró lentamente hacia ella. Y Elena pudo ver que no llevaba ropa. Sin embargo sus piernas parecían estar enfundadas en una extraña cola de pez.

Pero lo que vio a continuación la hizo estremecerse de horror. Los ojos de la niña se habían encendido y miraron a Elena con rencor. Entonces soltó a Juan y lo tiró por el acantilado, y reiniciando su canto en una nota agudísima que la atormentaba, levantó poderosamente el brazo, desatanto la furia de los vientos, que comenzaron a girar a su alrededor. Y detrás de ella una ola gigante se alzó por encima del acantilado para caer de lleno a los pies de Elena.

Cuando desesperada se levantó para huir tras ser arrastrada por la ola, lo que vio le congeló la sangre en las venas. Ahora diez sirenas más la rodeaban, mientras la de la roca sonreía triunfalmente. Y con los ojos inyectados en fuego y odio comenzaron a desplegar en sus labios la melodía más hermosa que Elena había escuchado jamás.

Sus voces se multiplicaban ante el gozo de Elena, que por un momento sintió la sed de querer fundirse en aquellas notas para permanecer disuelta en ellas por tiempo indefinido, sumergida en la más dulce amargura.

Sin poder evitarlo y ya bajo su poder, se dejó llevar por el placentero pánico que movía sus pies y su alma, sin más deseo que el que ellas no prolongaran mucho más los tremendos golpes que ahora sacudían y rajaban su cuerpo mientras caía entre las rocas.

 

Ricardo Moreno (Alcobendas - Madrid)

Tema musical de fondo: "She moves through the fair" (de Mike Oldfield,
álbum "Voyager", 1996).

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39- LA GRAN TORRE

"Ahí está la Gran Torre", decía Akiko mientras estaba descansando sentada en la rama de un árbol. Akiko era una ninja independiente, sin ninguna clase de clan o de señor, se podría decir que era una "Ronin".

Nuestra protagonista japonesa era alta, fuerte y ágil. Sus cabellos oscuros, recogidos en un moño, se mezclaban con las sombras de la noche como todo su cuerpo cubierto de unas ropas oscuras. Su rostro lo tenía tapado con una pequeña máscara que le cubría desde la nariz hasta su hermosa barbilla.

Las curvas de su pecho se marcaban por un jersey ajustado de cuello alto, negro y verde muy oscuro. Sus largas piernas estaban cubiertas por unos pantalones largos, anchos y negros. Por último, llevaba unas botas largas, llamadas "travis". Tenía un arma de uso común, que era dos espadas cortas, situadas en la parte final de la espalda. También llevaba varios bolsillos dentro de los cuales tenía una gran cantidad de armas arrojadizas, como dardos, estrellas, etc.

Cada vez que avanzaba, dando espectaculares saltos y dejándose caer en las ramas de los árboles cercanos, pensaba en su abuelo, su maestro. Él fue quien le enseñó todo sobre el "ninjutchu" y su filosofía.

Akiko podía todavía oír su voz diciéndola:

Muy mal Akiko, tendrás que repetir otra vez todo el ejercicio.

Pero abuelo, ¡es imposible hacerlo!

Escúchame bien Akiko: cuando te propones un objetivo en la vida no hay nada que lo pueda obstaculizar, y además no hay nada imposible sino improbable. Y ahora repite el ejercicio desde el principio.

Estas palabras se grabaron en su mente y jamás se le olvidaron. Cuando se lo dijo era un día de primavera y Akiko volvía de hacer unas compras del pueblo. Al llegar a su hogar sintió un fuerte olor a incienso.

A nuestra joven protagonista no le gustó eso, su abuelo sólo lo hacía cuando algo andaba muy mal. Akiko fue corriendo hacia donde estaba su abuelo, y a cada paso que daba el miedo y el misterio era cada vez más fuerte.

Al llegar jadeando donde estaba su abuelo, éste la miró fijamente con unos ojos fríos y tenebrosos, y dijo:

Lor Akuma ha vuelto.

Sus palabras dejaron sin respiración a Akiko. La habitación se llenó de un silencio helador. Akiko había oído hablar un poco sobre la leyenda de Lor Akuma, sin embargo su abuelo le sacó de dudas contándosela:

Hace mucho tiempo hubo un demonio, Señor de las tinieblas, el cual se hacía llamar Lor Akuma. Éste reinó sobre toda la tierra conocida imponiendo su ola de terror, oscuridad y caos. En un lugar donde nadie quiere acordarse mandó construir un gran castillo para él, con una Gran Torre en el centro. Muchos valientes guerreros intentaron derrotarle, pero todos aquellos que osaron batirse en duelo contra él perecieron en el intento.

Las almas de aquellos valientes guerreros, que morían bajo la espada de aquel demonio, vagaban sin rumbo, siendo almas en pena, sin poder hallar el descanso eterno. Incluso algunas de aquellas pobres almas le servían a ese despiadado demonio de infantería de su terrorífico ejército de muertos vivientes. Después de muchos años de horror y destrucción, un clan ninja llamado Ten, cielo en japonés, consiguió penetrar más allá de las murallas y atravesar las puertas que daban a la Gran Torre, donde les aguardaba impaciente Lor Akuma. Ese clan poseía un arma secreta: un conjuro, por el cual podían encerrar a Lor Akuma en una prisión mágica, y enviarlo al limbo, de donde no podría regresar jamás. Después de mucho esfuerzo consiguieron su objetivo y todo volvió a su tranquilidad. El castillo se derrumbó y no se volvió a saber nada.

Al mismo tiempo que decía esas palabras, Kuvota se fijó en que ella tenía una pequeña marca en el lado izquierdo del cuello. Cuando terminó de contar la leyenda, le dijo en un tono de voz melancólico:

Akiko, he de contarte una cosa.

Ella le miró asustada, porque ese tono de voz no le gustaba y la ponía nerviosa.

Hay una parte de esa leyenda que se ha ocultado.

Kuvota miró fijamente a Akiko y eso le puso todavía más nerviosa.

El fragmento dice así: "El único inconveniente de aquel conjuro es que cada 100 años el castillo vuelve a resurgir misteriosamente de las profundidades con Lor Akuma dentro de la Gran Torre, dispuesto a restaurar otra vez su terrorífico reinado. Pero alguien, un elegido, marcado con el emblema del clan en su cuello, y entrenado por uno de los siete guardianes de la luz, conseguirá derrotar a Lor Akuma y romper así la maldición".

Kuvota se levantó lentamente, y dirigiéndose hacia Akiko, con su dedo acusador, señalándola friamente, dijo seguro de sí mismo y con firmeza:

Tú eres el liberador.

Un frío estremecedor recorrió a Akiko. Ella balbuceó casi sin palabras:

Pero... pero... ¿por qué yo, si sólo soy una niña de 12 años?

Sí, pero todavía quedan 10 años para la última gran batalla, y durante todo ese tiempo yo seré tu maestro y te enseñaré todo lo que debes de saber para vencer a ese maldito demonio.

Akiko bajó la cabeza, se tocó la marca de nacimiento, suspiró profundamente, y levantándose lentamente alzando al mismo tiempo su cabeza de su abuelo, le miró, y muy convencida de sí mismo dijo:

¿Empezamos?

y Kuvota esbozó una gran sonrisa.

 

Dejando a un lado sus pensamientos, Akiko estaba a punto de penetrar en la fortaleza por el tejado cuando se vio sorprendida por uno de los zombis guerreros de la guardia de Lor Akuma. Akiko, con un rápido movimiento, consiguió arrancarle la cabeza lanzándole una cadena con azada en un extremo que encajó a la perfección. Mientras escondía el horrendo cadáver, se dio cuenta que la Gran Torre estaba delante de ella. Cogió su gancho y cuerda, y con gran precisión y fuerza suficiente lo enganchó justo en el tejado de la Gran Torre.

Poco a poco iba subiendo, despacio y con cuidado, para que nadie la viese o la oyese. Cuando alcanzó su objetivo, vio a escondidas que la puerta estaba guardada por dos soldados con lanzas. Su expresión, mas bien no tenían expresión, siempre con la misma cara, vacía, sin querer decir nada. Sus ojos eran totalmente blancos y su piel gangrenada parecía que se les iba a caer a trozos. Se volvió a esconder y pensó rápidamente como podría deshacerse de ellos sin que se diese cuenta nadie más.

Entonces se acordó que en uno de los múltiples bolsillos que llevaba tenía unos polvos mágicos que se los dio su maestro, los cuales adormecían durante unos instantes. Cogió una pizca y sopló con fuerza.

Después de unos segundos los dos guardias yacían en un profundo sueño, y Akiko aprovechó para abrir la puerta cuidadosamente. Delante de ella se extendía una sala muy amplia. "No parecía tan grande desde fuera", pensó Akiko para sí misma.

La sala antes mencionada era de piedra y se podía oler un hedor nauseabundo que se escondía tras un agradable olor a incienso. Las tenues luces de las antorchas dejaban ver un poco de los cuadros colgados en ella. Unos cuadros terroríficamente macabros, con personas descuartizadas, torturadas, incluso alguno de ellos estaba pintado con vísceras humanas.

A Akiko, al ver esa atmósfera de terror y horror, le dieron ganas de vomitar. De repente oyó un crujir bajo sus pies. Miró hacia abajo y vio que el suelo daba paso a un gran pozo en el cual Akiko cayó sin remedio alguno.

Rápidamente y sin perder un segundo, cogió sus garfios de escalada, que clavó en la pared, y gracias a ellos su descenso fue menos brusco. Al llegar abajo se encontró en otra sala, pero esta vez era circular, rodeada de antorchas y una lámparilla de aceite enmedio.

Te estaba esperando, Liberador –dijo una voz profunda, grave y tenebrosa detrás de Akiko.

Ella se dio la vuelta lentamente. Vio al final de la sala a un hombre sentado sobre un trono hecho de cadáveres. Ese hombre era alto, con el pelo largo, oscuro y liso, recogido en una coleta. Sus ojos rojos como la sangre desprendían chispas de odio y búsqueda de venganza. El traje que llevaba era un traje típico japonés, con grandes pantalones anchos y oscuros, sandalias, una camisa también ancha y negra, y dos espadas colgadas en un costado: una katana y una espada corta.

Me presentaré. Me llamo Lor Akuma, el Shogun de las Tinieblas.

Akiko se puso rápidamente en posición de combate. Lor Akuma se levantó tranquilo de su espeluznante trono. Desenvainó su katana y la alzó contra Akiko en señal de desafío. A partir de ese preciso instante comenzó la batalla final, en la cual sólo podría sobrevivir uno.

Las espadas volaban, se oían golpes de metal cruzándose, ragaduras de trajes y sólo dos sombras moviéndose en todas direcciones a mucha velocidad. En una de las pocas paradas que hicieron para tomar aire, Lor Akuma sonrió sin motivo aparente e hizo unos movimientos muy extraños pronunciando unas palabras en una lengua ya olvidada. Sus manos empezaron a chispear, y sorprendió mucho a Akiko, que durante unos instantes bajó la guardia.

De repente, de sus manos salió una bola de fuego que se dirigía contra Akiko. Agilmente consiguió esquivarla a tiempo. Elevó la vista y vio que otras tres bolas más se dirigían hacia ella. También las esquivó, pero esta vez con más esfuerzo.

En el último salto que realizó Akiko cogió una estrella y la arrojó contra Lor Akuma, clavándosela certeramente en la garganta. El demonio cayó de espaldas.

Durante unos instantes todo fue silencio y Akiko, al ver que no se movía, se dejó caer sobre sus rodillas jadeando de cansancio, pero con una sonrisa en el rostro. Después de unos momentos de relajación vio aterrada como Lor Akuma se estaba levantando e intentaba quitarse la estrella del cuello. Tiró al suelo la estrella ensangrentada, y Akiko vio como la herida mortal que le había producido se estaba cerrando y el cuello estaba quedando como si nada hubiese pasado.

Lor Akuma sonrió de una manera tan terrorífica que no se puede expresar con palabras. Akiko se echó hacia atrás, caminado de espaldas al suelo, con una expresion de terror, caos y locura, meneando la cabeza de un lado a otro, intentando convencerse a sí misma de que no lo había visto, que eso era producto de su imaginación.

¡Buen golpe, Liberador! Casi acabas conmigo, pero como has podido observar, tengo el poder de la regeneración –y soltó una carcajada espeluznante.

Akiko pensó todo lo rápido que pudo. Akiko recordó una cosa que le dijo su maestro: "El golpe que te voy a enseñar es el más devastador de todos. Te advierto que si lo realizas morirás tú también. Por esa razón sólo lo utilizarás como último recurso. Se trata de canalizar toda tu fuerza vital en tu arma y golpear con fuerza a tu enemigo".

Akiko no tenía otra opción que utilizarlo. Nuestra protagonista comenzó a concentrarse. Su cuerpo comenzó a brillar, y poco a poco la habitación se llenó de una luz cegadora. Incluso Lor Akuma puso sus manos delante de sus ojos para poder ver un poco. Unos instantes después toda la energía de su cuerpo se concentraba ya en sus dos espadas cortas, las cuales brillaban como plata. Con un rápido movimiento Akiko golpeó a Lor Akuma sin que éste pudiese hacer nada para impedirlo.

Una gran explosión se produjo en esa sala destruyendo todo el palacio y parte del bosque. Desde entonces no se ha vuelto a saber nada de aquellos formidables guerreros.

¡Oh!, disculparme por no haberme presentado antes. Me llamo Lor Akuma, el Shogun de las Tinieblas.

 

Daniel de Francisco Conde (Valladolid)

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40- LA MUERTE ESPERA EN GÓLIVAR

A finales de 1995 tanto la prensa escandinava como la internacional se hicieron eco de una estremecedora noticia que se produjo en la pequeña localidad de Gólivar, al norte de Suecia. 14 chicos se habían suicidado sin causa aparente. Con ser el caso ciertamente espeluznante, más lo era porque los 14 jóvenes compartían un rasgo: todos eran amigos.

Para intentar solventar este enigma, Daniel Winslow, comisario experto en psicología, había viajado desde su Chicago natal hasta el país nórdico. En el aeropuerto de Estocolmo le esperaba su colega sueco, el inspector Truls Persen.

¿Comisario Winslow? –preguntó al policía mientras éste recogía su maleta.

Daniel se giró.

¡Ese soy yo! Daniel Winslow, de Chicago.

Bienvenido, comisario. Es un placer conocerle, pues su fama ha traspasado ya el Atlántico.

Muy halagador por su parte, inspector Persen. Déjeme que le haga una pregunta. ¿Cree que tendremos tiempo de jugar un poco al tenis? Hace tiempo que no compito contra un zurdo.

Persen lo miró agradablemente sorprendido.

¿Cómo sabe que me gusta el tenis y que soy zurdo puro? ¡Asombroso!

Me he fijado en sus hombros, y advierto que uno de ellos está más desarrollado que el otro, inequívoca señal de que practica este deporte. Como resulta que dicho hombro es el izquierdo, ha sido fácil deducir que juega usted con esa mano. Una pequeña muestra de psicología que espero no le haya sentado mal.

En absoluto, comisario. Es más, celebro que esté con nosotros en este asunto.

Ambos subieron a un coche.

¿Qué puede decirme sobre el caso, amigo Persen?

Lamentablemente no demasiado. Los 14 chicos que se han suicidado no tenían ningún motivo para hacerlo y las pistas que hasta ahora hemos seguido no han servido para nada.

¿Algún sospechoso?

Ninguno.

Una cuestión complicada –reconoció Daniel–. ¿Qué puede haber inducido a esos muchachos a matarse? ¿Un lavado de cerebro? ¿Algún extraño ritual secreto? ¿Locura colectiva?...

Estamos investigando esos aspectos, pero sin resultados por ahora.

Quizás aún sea pronto.

Sí, quizás. O quizás no. No lo sabemos.

– ¿Dónde se produjeron las muertes?

En un pequeño bosque, a las afueras de Gólivar, el bosque de Dal.

El policía de Chicago miró el paisaje a través de la ventanilla, y habló sin mirar a la cara de su compañero:

Iré a investigarlo en cuanto pueda. Dígame inspector, ¿podemos hablar con alguno de los amigos de los fallecidos?

– ¿Lo cree prudente? Precisamente tenemos bajo vigilancia a dos de ellos, íntimos de los suicidas. Mucho nos tememos que quieran seguir el mismo camino que los demás.

Buena idea, yo habría procedido igual, desde luego. Sí, tal vez sea mejor dejar el interrogatorio para más adelante.

Unos minutos después llegaron a la diminuta comuna de Gólivar. Winslow se sorprendió de que en un lugar tan reducido hubiese podido producirse un asunto tan terrorífico como aquél.

Un pueblo tranquilo como éste y con tantos muertos a su espaldas... ¡Dramático!

–contestó con tristeza el policía sueco–. Esperemos darle una resolución al caso. Este será su hotel, comisario. Le voy a dejar que descanse y mañana pasaré a recogerle. ¡Ojala tengamos más suerte que hasta la fecha!

Lleva razón. Sospecho que si la Providencia no nos echa una mano, el suceso está lejos de ser resuelto. Pero, no llamemos al mal tiempo. Acaso estoy viendo las cosas de forma demasiado pesimista. Un buen descanso me irá excelentemente bien para afrontar el trabajo que nos aguarda a partir de mañana.

Le dejaré entonces. Que disfrute de su estancia entre nosotros, Daniel. Hasta mañana a las 10, si le parece bien.

Perfecto. Hasta mañana, inspector.

Pasaron tres días. Fiel a la palabra dada Winslow fue a echar un vistazo al bosque de Dal, el bosque donde se había producido la múltiple tragedia. A pesar de investigar concienzudamente, como era su costumbre, no halló nada que se saliera de lo corriente. Preguntó a las gentes del pueblo y tampoco pudo obtener lo que buscaba. En toda la localidad no encontró a nadie que pudiera explicarse el porqué de ese incidente tan desventurado. El misterio seguía siendo indescifrable.

El cuarto día, al anochecer, el comisario descansaba en su habitación cuando le pasaron una llamada.

¿Daniel? Soy Truls. Dentro de unos minutos uno de mis hombres pasará a recogerle. Los dos chicos han salido de sus casas y se dirigen al bosque. Yo voy para allá. Hasta pronto.

Un cuarto de hora más tarde el comisario estadounidense se personó ante el cordón policial que rodeaba el espeso bosque de Dal. A Winslow le proporcionaron un walky-talkie para comunicarse con Persen, al que no veía desde donde se encontraba.

Daniel, los chicos han entrado ya en el bosque. Será mejor esperar.

De acuerdo, Truls, mantenemos la posición.

Winslow apagó el transmisor y se apartó un poco del resto de los policías. Sin que nadie se diera cuenta, cruzó la barrera policial y se introdujo en la arboleda.

Si los otros chicos han muerto dentro del bosque, es una locura dejarles solos –pensó el americano–. Debo seguirles porque, ¿y si resulta que no se suicidaron voluntariamente?

Provisto de una buena linterna se adentró en la espesura sin ningún miedo. Caminó desorientado durante algún tiempo, hasta que a lo lejos divisó un mínimo resplandor. Se acercó a él y la escena que contempló le dejó atónito: En un claro del bosque, delante de los dos muchachos, una persona vestida de hechicero y con el rostro protegido con una máscara pronunciaba unas palabras incomprensibles para él, mientras hacía aspavientos con un enorme cuchillo que sujetaba con una mano. La otra le servía para sostener torpemente una tea encendida, la que había producido el resplandor que orientó al policía de Chicago.

Este miró los rostros de los dos jóvenes. Parecían drogados o hipnotizados, pero desde luego no eran dueños de sus actos. Había descubierto al culpable. Los 14 suicidios eran en realidad asesinatos simulados.

Sacó el transmisor y comprobó con espanto que no funcionaba: la frondosidad del bosque impedía emitir o recibir la señal. Estaba solo para auxiliar a los chicos, así que sin pensarlo dos veces recogió una gruesa rama del suelo y se dispuso a defenderles.

Ante su inesperada aparición, el brujo pareció atacarle, pero dio la impresión de pensarlo mejor y salió huyendo. Daniel estuvo tentado de seguirle, pero creyó más conveniente no abandonar a los chavales, el asesino podría tener un cómplice entre los árboles.

48 horas después, Truls Persen despedía en el aeropuerto de Estocolmo al comisario Winslow.

Fue una pena que se nos escapase el criminal, Daniel. No lo entiendo, puesto que el bosque estaba rodeado.

No se preocupe Truls, otra vez será. Lo importante es que hemos lograr evitar otras dos nuevas muertes, lo que es bastante consuelo para mí. Cuando y dónde volverá a actuar no lo sabemos, aunque confío que para entonces estaremos mejor preparados y le podremos atrapar.

Bueno, Daniel, no quiero que pierda el avión por mi culpa, así que será mejor que pase el control de pasaportes. Gracias por todo y hasta siempre.

Hasta siempre, inspector.

Truls le vio marchar y dio media vuelta para regresar a la brigada. Dos de sus hombres se reunieron con él.

Inspector Persen: queda detenido por el asesinato de los jóvenes de Gólivar. No se resista, por favor.

Persen miró a su subordinado como si estuviera loco. Este sacó un sobre de su chaqueta.

Lea su contenido, si es tan amable. Así lo entenderá.

El inspector le obedeció, y extrajo del sobre un papel que decía lo siguiente:
 

Querido amigo Persen:

Si lee este papel será porque sus hombres le habrán detenido.
Le explicaré la razón.

Siempre me sorprendió el hecho de que el asesino pudiese escapar tan
impunemente después de haber registrado el bosque palmo a palmo.

Tardé un poco en darme cuenta, pero al final comprendí que sólo podría
tratarse de alguien que pasase desapercibido entre tantos policías.
¿Quien? Otro policía, naturalmente.

Cuando le vi ante los chicos me fijé en algo: manejaba la mano derecha
con muy poca habilidad. ¡La mano derecha! ¿Se da cuenta? El culpable
es un policía, un policía que además es zurdo.

Investigué en la brigada policial de Norland, y en la operación
únicamente intervino un hombre con esas características.

Usted. Usted, querido Truls, es el responsable de esas muertes,
usted es el asesino.
 

Persen se dejó esposar dócilmente, atrapado por un detalle tan tonto. Se giró de repente, asaltado por una idea. Vio a Daniel Winslow al otro lado del control de pasaportes diciéndole adiós con una mano. La derecha, por supuesto.

 

Rodrigo García (Barcelona)

Tema musical de fondo: "Underground/Storm" (de Burkhard Dallwitz
de la banda sonora de la película "El show de Truman", 1998).

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41- ¡QUÉ FAENA!

Hicieron el amor como nunca lo habían hecho.

Jamás he estado tan dentro de ti –dijo él con una expresión que más parecía salir de la ennegrecida boca de un minero que loco por el grisú gritaba desde su vagoneta al maldito diablo de la galería de la muerte, que de un fracasado buscador de tardes gloriosas y matador de toros.

Ella, mucho más joven que él, le miraba con una leve y compasiva sonrisa desde la húmeda caricia de sus labios.

Permanecieron mucho tiempo abrazados, desnudos, dormidos, despiertos, dormidos, desnudos, abrazados, abrazados, abrazados....

La noche entraba por la habitación envuelta en luces pálidas y alfileres de sombras ensangrentadas. Él se levantó. Fue al armario y cogió su viejo capote y su estoque.

¿Quieres que lo hagamos? –preguntó ella.

Él sólo movió afirmativamente la cabeza y dejó que una lágrima recorriera la geografía triste de su pasado.

Arrodillate sobre la cama y embísteme –le dijo mientras la punta de su estoque giraba el capote hacia el suelo.

Ella le obedeció como siempre. No era la primera vez que se lo pedía. Quizás la figura del padre que nunca conoció, complejo de Electra, Froid, yo que sé...

Baja la cabeza y embísteme –le volvió a decir, esta vez con un tímido tono de exigencia.

Su mano izquierda llevó contra la cara de ella aquel trapo sucio que él arrastrara por tantas plazas perdidas entre una marea de violentos silbidos, pañuelos blancos y voces de ¡Fuera, fuera, fuera!

Entró a matar con todo el cuerpo y deslizó suavemente el filo del acero dormido entre las vértebras rosas de su mirada de ángel.

Pasadas unas horas él mismo se encargó de llamar a la policía.
 

Amigo, no creo que con esta faena abras la puerta grande. ¿Por qué lo has hecho? –preguntó uno de los inspectores que estaba sentado a su lado.

Sólo la muerte justifica la vida.

Fueron sus únicas palabras antes de correr hacia la ventana abierta del séptimo piso, al encuentro de los alfileres de sombras ensangrentadas de su última noche.

 

Javier Morata (Madrid)

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42- TOQUE PARA MÍ

Las calles se hallaban vacías. Las farolas bañaban de oro la noche, arrebatando protagonismo a las hermosas estrellas que se alzaban sobre su cabeza. Mario, tumbado sobre la húmeda hierba del parque, buscaba de entre sus muchos recuerdos alguna imagen de su vida que le inspirase, tratando de componer una nueva melodía.

Había vivido tanto, era tanto lo aprendido, tantas las personas con las que había compartido tantos y tan bellos momentos..., y tanto era, que ahora toda su vida eran recuerdos. A ellos dedicaba sus canciones cada noche. Solía cerrar los ojos, y acompañado por una bonita melodía, revivía esos instantes con añoranza.

Sufría, es cierto. Mario no era un hombre feliz, quizás nunca lo fue, o quizás no quisiera recordarlo.

Desenfundó su vieja guitarra y acarició con extrema delicadeza sus cuerdas. De aquel desvencijado artilugio brotaron las primeras notas de una preciosa melodía. Su sonido parecía imitar los suaves golpecillos de la lluvia contra el cristal. Recordaba la amargura sentida cuando algo hermoso se ha perdido. Se apercibía un aura de dolor alrededor de aquel viejo ser. Había algo... melancolía.

Mario no parecía notar el ambiente creado por su música. Se encontraba en el interior de cada nota, volviéndola a vivir una y otra vez, y cerrando los ojos tan fuertemente que una lágrima resbaló por su arrugado rostro.

Tampoco notó cómo los grillos guardaron silencio, ni cómo las estellas resplandecieron más. Ni tan siquiera oyó los sollozos de la muchacha que lloraba emocionada a su lado.

Cuando acabó su canción permaneció con los ojos cerrados hasta que un fervoroso aplauso lo sacó instantáneamente de su amargo recuerdo. La mirada de aquella muchacha le recordaba a la de alguien que había conocido hacía ya mucho tiempo en esa misma ciudad.

Volvió a cerrar los ojos por un instante, tratando de recordar a quien pertenecieron esos ojos, esos labios y ese sedoso cabello que volvían a la juventud en el rostro de aquella muchacha que le contemplaban con especial admiración.

¿Qué haces aquí a estas horas? Sólo eres una niña –preguntó tratando de secar su rostro con la manga del sucio y roto trapo que usaba como camisa.

¡No soy una niña, ya tengo once años! Además hace una noche maravillosa, ¿no es cierto?

Al ver a la muchacha dedicándole una sonrisa en la que Mario quedó atrapado, ahora la recordaba: Amelia. ¡Cómo se parecía a Amelia!

Toque para mí, por favor, ¡hágalo! –suplicó.

¡Deberías marcharte a casa! –contestó Mario en un hosco tono que denotaba que deseaba estar solo.

¡No me iré hasta que no haya tocado para mí!

¡Eres muy testaruda! –le replicó, para luego, entre suspiros susurrar – ...como Amelia.

¿Amelia? ¡Toque esa canción!

Amelia no es una canción y tú eres una entrometida. ¡Lárgate!

La muchacha, al escuchar estas palabras, cambió su expresión de inmediato. Su rostro reflejaba decepción y un tono rojizo de irritación en sus pómulos amenazó con hacerla estallar. Y así lo hizo.

¡No es cierto! Usted le escribió una melodía a ella, a Amelia, y se la dedicó aquí, bajo este árbol. Lo sé, y no me iré hasta haberla escuchado.

Los lánguidos ojos de Mario se humedecieron sin tratar de esconder su asombro. ¿Cómo podría saber aquello? Ocurrió hace tanto tiempo... Probablemente no habría nacido aún.

Volvió a mirarla y ya no hubo dudas. En un instante volvió a acariciar su guitarra con las manos temblorosas. Trató de recordar las primeras notas de aquella canción. Le bastó con buscar en la mirada de la muchacha para recordar aquello que tanto tiempo había tratado de olvidar, para recordar simplemente que una vez estuvo enamorado.

Comenzó a sonar la melodía y los grillos callaron, las estrellas brillaron más. Mario miraba de nuevo a la muchacha, y ella, con los ojos cerrados sonreía mientras una lágrima volvía a acariciar sus labios. Mientras tocaba podía recordar escenas de su vida, eternas escenas en las que siempre aparecía una hermosa mujer: Amelia. Siempre sonriente, siempre risueña. Pero, ¿quién era esa pequeña y qué hacía allí?

Cuando acabó la canción la misteriosa muchacha se levantó sonriente y triunfante y comenzó a correr hacia la calle. Él la miraba atónito, parecía un ángel. Su largo pelo negro, su tez pálida, su dulce mirada... Tan solo un camisón blanco cubría su menudo y frágil cuerpecito. Fue entonces cuando Mario percibió un detalle: corría descalza, pero sus pies no parecían notar el frío tacto del asfalto. Quizás no pudiese notarlo porque sus pequeños pies no rozaban el suelo.

Mario sí notaba el frío. Lo sentía como un escalofrío que le recorría todo el cuerpo. Y la muchacha se desvanecía, ya apenas podía verla. Sus pasos resonaban en su mente. Ya nada podía hacer.

¿Quién eres?

Nada, sólo un helado silencio. Cuando llegó a una esquina, cuando Mario creyó no volver a verla jamás, ésta se dio la vuelta, retrocedió unos pasos y gritó:

¡Amelia tenía razón, toca de maravilla!

Desde aquella noche Mario no volvió a ser el mismo. Sus canciones no volvieron a reflejar melancolía ni tristeza, sino amor y esperanza.

Los jóvenes de aquel lugar solían salir a la calle cada tarde y sentarse a su alrededor, sólo para escuchar una de sus melodías. Había quienes decían que sus canciones curaban las almas desdichadas. La gente del barrio murmuraba sobre su repentino cambio:

¡Pobre vagabundo! Pobre, viejo, solo, y sigue sonriendo. Debe de estar loco –comentaba una mujer joven.

Es un milagro, míralo. Parece haber visto un ángel –decía otro.

En ese momento una muchacha de largo pelo negro, tez pálida y dulce mirada pasó por allí, y al escuchar este último comentario, no pudo evitar contestar:

Quizás lo haya visto.

 

Raquel Cortés (Onil, Alicante)

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43- CUESTIÓN DE TIEMPO

Bajó los tres peldaños del autobús con fingida seguridad. Una vez sobre la acera, el miedo le paralizó y se quedó inmóvil. La sombra del autobús, que le protegía del abrasador sol de aquella tarde de julio, no podía ocultarle de lo que más temía: sus recuerdos. Pero él se encontraba algo más seguro sumergido en ella.

Cerró los ojos con la esperanza de que al abrirlos todo fuese distinto. No oyó el motor del autobús cuando éste reanudó su marcha, simplemente supo que ya no estaba al sentir los rayos del sol en su desnuda cabeza. No tenía objeto seguir allí. Su exiguo refugio había partido junto a su dueño, y él no encontraba la fuerza suficiente para hacer que las cosas cambiasen. Se entregó a la realidad existente, abrió los ojos y comenzó a caminar.

La calle estaba prácticamente desierta. No reconocía a ninguna de las pocas personas con las que se cruzaba y esto le producía una pequeña satisfacción. Le desagradaba profundamente la simple idea de tener que realizar un leve saludo, y sin duda le resultaría imposible entablar la más mínima conversación. En cualquier caso, ¿quién le iba a reconocer después de tanto tiempo?

Se detuvo delante de un comercio, era sin duda la óptica de Don Rufo. Habían cambiado los escaparates, la decoración era distinta a como la recordaba, pero allí seguía aquel reloj de números góticos que tantas veces le había servido para poner el suyo en hora. Marcaba las 17:30. Instintivamente trató de hacerlo una vez más. Fue inútil. Hacía más de 7 años que su viejo reloj había desaparecido de su celda y nunca había sentido la necesidad de tener otro.

Se frotó la desnuda muñeca. Estaba sudada. El calor era sofocante y su cuerpo, que ya había conocido 76 años, comenzaba a olvidar cómo adaptarse a temperaturas tan altas.

Recorrió otros 50 metros. Giró a la derecha. Apenas anduvo 10 metros más y por fin se paró ante el portal de su casa. Todo estaba igual: la misma puerta que nunca había conocido cerrada, el viejo peldaño de piedra, rajado y desgastado por el paso de las personas más que por el paso del tiempo, y el olor, olor a viejos guisos, a ropa recién tendida en el patio, a lejía usada para fregar la escalera....

Hacía 30 años que no cruzaba ese umbral y el olor seguía allí, esperándole, como si nada hubiera sucedido. Era suyo, siempre le había pertenecido, simplemente se lo dejó olvidado el día que vinieron a buscarle.

Algo había cambiado. No estaba el viejo banco de madera. En su lugar usó los peldaños del anteportal para sentar su emocionado cuerpo. Permaneció así unos minutos, dejándose impregnar por lo que a él le parecía la más maravillosa de las fragancias.

Una vez que sus ojos se adaptaron a la penumbra, fijó su vista en la puerta de la portería. Y lo vio: "Héctor ama a Estela". Allí seguía tatuado en la madera, para recordarle una juventud ya casi olvidada. ¡Dios!, estaba llorando. Él, que creía haber disecado su corazón.

La puerta emitió su protesta al ser empujada. Después de tanto tiempo dormida, su despertar no le sentó nada bien. Avanzó unos pocos pasos, se paró y miró a su alrededor. Le parecía estar viendo una vieja y descolorida fotografía. El temblor que sintió en sus piernas le obligó a sentarse en el polvoriento sofá. Reclinó su cabeza y no pudo evitar que volvieran los dolorosos recuerdos. Se vio 30 años más joven descolgando el estridente teléfono. Era su amigo Asdrúbal. Se le notaba muy excitado.

Héctor, ¡lo he conseguido! ¡Funciona, funciona! ¡No te muevas de tu casa, que estoy allí en cinco minutos! –y sin añadir nada más, colgó el aparato.

Asdrúbal era amigo suyo desde hacía 6 años, pero últimamente se había vuelto insoportable debido a su obsesión. Estaba empeñado en mover objetos a distancia sólo con el poder oculto de la mente, como le gustaba decir. Tenía grabadas cientos de cintas de vídeo en las que sólo él observaba pequeños desplazamientos de los más variados objetos. Ya no se podía hablar con él de ninguna cosa que no fuera la telekinesia. No salía a divertirse con sus amigos, había roto con su novia y él estaba a punto de mandarle a hacer gárgaras.

Decidió irse antes de que llegara y así evitar una nueva y estúpida discusión que siempre acababa igual cuando Asdrúbal sentenciaba "¡Ya verás cómo lo consigo, es sólo cuestión de tiempo!".

Estaba a punto de abandonar su vivienda cuando sonó el timbre. Se rindió a la evidencia de lo inevitable, y tras una profunda inspiración, abrió la puerta. Asdrúbal entró atropelladamente. Llevaba una cinta de vídeo en la mano, y sin quitarse siquiera la cazadora, empezó a hablar:

¡Lo he conseguido, Héctor! Era más fácil de lo que me imaginaba y lo he descubierto casualmente.

Vale –le contestó–, pero, toma asiento y tranquilízate.

Se sentaron, pero su amigo seguía hablando emocionado.

Ayer, después de buscar durante largo rato mi agenda, en la que anoto todas mis experiencias, me dirigí una vez más al estante de la librería a donde siempre la dejo. Tenía un solo pensamiento: "Tiene que estar allí, no puede estar en otro sitio". Llegué, y efectivamente, allí estaba. No le di más importancia. Apagué la cámara de vídeo y realicé mis anotaciones. Después reproduje la película y lo vi.

Se levantó, conectó la televisión, puso el vídeo en marcha e introdujo la cinta. Apareció en la pantalla el salón de Asdrúbal. Se veía un vaso sobre la mesa y al fondo la librería. Durante unos minutos no pasó nada. Y de repente, con toda claridad, se vio cómo aparecía sobre un estante de la misma algo parecido a un libro y que podía ser perfectamente la agenda de la que hablaba su amigo. Inmediatamente apareció en la pantalla Asdrúbal, que procedió a cogerla, e instantes después terminó la grabación.

¿Lo has visto? Es así de sencillo. Lo único que has de hacer es llegar al convencimiento de que las cosas van a pasar. Lo he repetido 6 ó 7 veces y siempre ha funcionado. Pongo un objeto sobre la mesa, y en vez de querer arrastrarlo con la mente, como hacía antes, me concentro hasta llegar al convencimiento de que el objeto ya no está donde lo dejé, y que está donde yo quiero que aparezca. Funciona, funciona siempre, con cualquier cosa.

Héctor se pensó durante unos segundos lo que iba a contestar. No quería resultar más duro de lo necesario, y mirando a Asdrúbal le dijo:

No sé si lo conseguirás o no, pero, ¿no querrás convencerme con un montaje tan burdo? Cualquiera que sea mínimamente habilidoso puede trucar una cinta de vídeo. El que consigas tu propósito será cuestión de tiempo, como tú dices, pero yo no estoy dispuesto a prestarte más del mío. ¡Me niego a seguir participando en este estúpido juego!

Asdrúbal no parecía afectado por las palabras de su amigo.

¡Te lo demostraré!

Cogió un jarrón decorado con motivos florales y lo puso sobre el aparador. Se sentó en el mismo sitio que había abandonado unos segundos antes, y sonriendo, preguntó:

¿Dónde quieres que lo lleve?

No, no quería seguir con ese juego. Se levantó al tiempo que abría los brazos, y en su precipitado movimiento, su mano fue a parar sobre la nariz de su amigo. La sangre brotó inmediatamente, cayendo sobre la cazadora de éste. Una mancha oscura se dibujó sobre el cuero marrón. Enseguida se cortó la hemorragia, pero el incidente había servido para sosegar la excitación.

Volvió de la cocina, donde había intentado sin éxito hacer desaparecer la mancha. Iba a improvisar una disculpa, pero la cara de satisfacción de su amigo le impidió hacerlo y en su lugar se limitó a escucharle.

¡Vamos!, ¿dónde quieres que lo lleve?

De acuerdo. Si tu quieres hacer el ridículo no seré yo quien me oponga. Lo quiero aquí, sobre este pedestal –y señaló una especie de columna baja que estaba junto a la puerta.

¡Muy bien! –dijo Asdrúbal–. Prepárate para ver algo increíble.

Mientras observaba como su amigo trataba de concentrarse, una sola idea ocupaba su mente: "Tú estarás seguro de que lo vas a mover, pero yo lo estoy de lo contrario. No me imagino cómo puede funcionar tu estúpida teoría".

Sonó una especie de chasquido acompañado de un fogonazo de luz que le cegó momentáneamente. Recobró la visión y se percató de dos curiosos hechos: Uno era que Asdrúbal había desaparecido, y no pudo encontrarlo en ningún sitio de la casa. Por la puerta no podía haber salido, pues él había permanecido en todo momento delante de la misma. Y el otro era la aparición de aquel penetrante olor a humedad. Sí, era un olor a humedad, pero que él era incapaz de identificar.

Un mes más tarde la policía le detuvo en el portal de su casa. Habían encontrado en uno de sus armarios la cazadora de Asdrúbal. Tenía una mancha de sangre, la que se demostró más tarde que pertenecía a su amigo. Y lo que era peor, alguien había tratado de hacerla desaparecer. Ni siquiera su abogado fue capaz de creerle cuando le contó su versión de lo ocurrido.

No había aparecido ningún cadáver y le acusaban de asesinato. Sin duda no le favorecía que Asdrúbal fuese hijo de un coronel. Eso y el hecho de que su país estuviera gobernado por una dictadura militar fueron concluyentes. Aún resonaban en sus oídos la sentencia del magistrado: "Cadena perpetua".

Volvió al presente. Se puso en pie y caminó hasta el aparador. Allí estaba el jarrón que su amigo no pudo trasladar. Él no había acabado con la vida de Asdrúbal y, sin embargo, pasó 30 años en prisión por asesino.

Por primera vez desde aquella lejana tarde una duda irrumpió en su mente. ¿Y si después de todo sí mató a su amigo? ¿Y si su negativa a creerle había sido la verdadera causa de su fin? Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Cogió el jarrón y lo llevó hasta el pedestal cercano a la puerta. No sabía muy bien porqué, pero sentía como si estuviera pagando una deuda, una deuda contraída muchos años atrás.

Nada más dejarlo sobre el pedestal volvió a ocurrir: El mismo chasquido, el mismo fogonazo cegador, el olor a esa humedad desconocida. Pero en esta ocasión todo estuvo acompañado por una voz, una voz que quedó bruscamente interrupida después de decir:

¿Lo ves? ¡Te lo dije, se ha...!

Héctor se volvió lo más lentamente que pudo. Le temblaba todo el cuerpo. Terminó de girarse y su sospecha quedó confirmada. Asdrúbal, sentado en el sillón, con el mismo aspecto de hacía 30 años, le miraba boquiabierto, con cara de no comprender cómo en lugar de su amigo había aparecido aquel decrépito viejo.

Él sí lo comprendía. Ahora lo comprendía todo. Su amigo tenía razón. Funcionaba y había funcionado para los dos. Simplemente fue necesario un pequeño salto en el tiempo. Empezó a reír. 30 años... ¿Qué eran 30 años? Le habían parecido 30 siglos y ahora le parecían 30 segundos. Reía a carcajadas. Sin lugar a dudas, sólo era "cuestión de tiempo".

 

Juan Antonio Pérez Sevilla (Madrid)

Tema musical de fondo: "Carnation Lily Lily Rose" (de David Arkenstone, con Andrew White
álbum "Island", 1989).

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44- EL EXAMEN

¡Mark! ¿Has hecho ya todos los ejercicios que te han mandado?

Sí mamá, ya los he terminado.

¿De verdad? Acuérdate que el próximo lunes tienes el "Examen".

¡Que sí, que te he dicho que los he terminado!

Está bien. Ahora mismo voy a comprobar que no me estás engañando como de costumbre. A ver, los ejercicios... Aquí están.

¿Has visto cómo era verdad? ¿Puedo ir entonces a "El Paraíso de la Antigravedad" con Jonh y Douglas?

La mirada de Linda se oscureció por un momento. No conseguía entender por qué todos los muchachos de la ciudad andaban locos por esos extraños juegos de antigravedad. Ella los consideraba aburridos, incluso un poco peligrosos. Pero todos frecuentaban "El Paraíso".

¿Pero no teneis una diversión mejor? ¿Por qué no vais a ver una buena película holográfica por ejemplo? –le dijo con tono reprobatorio.

Mamá, ¡eso sólo le gusta a la gente anticuada, está superpasado! En cambio, la antigravedad es lo mas "guay".

Linda echó un vistazo al videoterminal que mostraba los resultados de los ejecicios. Sí, todo parecía estar en orden, por lo que a pesar de no convencerle nada la idea, acabó dando permiso a su hijo, que salió corriendo con los amigos que le esperaban en la planta 27.

"¡Gente anticuada!", pensó para ella. "Tengo 35 años y mi hijo ya me considera anticuada".

Linda se recostó en el sillón y se puso a pensar en la prueba que tenía que afrontar. Dentro de 5 días su hijo cumpliría 15 años y, de acuerdo con la ley, tenía que superar lo que todos llamaban simplemente "El Examen".

Comenzó a recordar lo que había leído de las crónicas de hacía 400 años, de la batalla social y política que había precedido a la introducción del "Examen" y de las polémicas que se habían producido. Hoy, en el 2452, parecía una cosa totalmente normal, pero, por lo que había leído de aquel periodo, al principio no había sido así. Tras la crisis alimenticia del 2017 provocada por la guerra nuclear entre los dos países que lideraban la producción de sintetizadores de alimentos, era evidente que el planeta estaba superpoblado. Los índices de natalidad eran elevadísimos y el Consejo Mundial comenzó a discutir acerca de cómo limitar el crecimiento de la población. A alguien se le ocurrió que esa limitación debería de ser también una selección, con el objeto de poder obtener un nivel cualitativo de la raza siempre más elevado. Creyó recordar que durante las lecciones de Historia en la Universidad, el profesor Johns había explicado que algo parecido sucedió en la mitad del siglo XX en un país llamado Alemania, pero tal vez se equivocaba. Después de varios meses de discusiones, tanto dentro del Consejo como en el resto del planeta, se aprobó una ley que hacía obligatorio el "Test Comparativo del Coeficiente Intelectual del Adolescente". Al cumplir los 15 años, los jóvenes debían de someterse a este examen, y los que no obtuvieran la clasificación de "Suficientemente inteligente" (los términos oficiales decían "Por debajo de la media comúnmente establecida" ), eran "eliminados", "Apartados", se leía en los documentos.

Dentro de 5 días Mark cumplía 15 años y Linda sentía todo el peso de la angustia por la prueba que ella, no en menor medida que su hijo, tenía que afrontar.

Linda continuaba observando el videoterminal con los ejercicios recién terminados del muchacho, cuya puntuación era de 605 sobre 1000. "Apenas suficiente –pensó–, pero, en cualquier caso, suficiente".

Mark no había tenido nunca problemas en la "Escuela preformativa", así se le llamaba al periodo de formación que precedía a la prueba. Claro que nunca había sido el número 1 de su curso, pero los profesores no se habían quejado nunca de sus actitudes, e insistían en que superaría el "Examen" sin ningún problema. Sin embargo, tras la muerte de su padre las cosas habían cambiado y cada vez con más frecuencia Mark se quedaba como absorto en sus pensamientos y no atendía en clase, por lo que su rendimiento en los estudios era cada vez peor. De hecho, en el último año se había visto obligado a participar en los "Cursos de rápida integración intelectual". Incluso Linda se había visto obligada a contratar a un profesor privado que se dedicase a él de manera permanente. Los resultados de los test preparatorios habían mejorado, pero no se podía asegurar que dicha mejoría fuera suficiente.

 


 

¿Mister Baker?

¿Sí?

Soy Linda Parker. Nos presentaron hace 6 meses en la casa de Sussan Biguelow, no sé si se acuerda.

¡Ah, Linda!, ¡claro que me acuerdo! El color azul de sus cabellos era tan impresionante que todos nos preguntamos cómo era posible que una mujer tan fascinante pudiera estar sin un caballero a su lado. Pero por favor, llámeme Steef.

Se lo agradezco, Steef. Necesitaría hablar con usted acerca de un problema bastante delicado. Si usted quisiera dedicarme algunos minutos de su preciado tiempo yo podría pasarme por su oficina mañana o pasado mañana.

¡Por supuesto que puedo dedicarle algunos minutos! Y todo el tiempo que sea preciso. ¿Sabe?, el director de un centro de "Apartamiento", bueno, permítame decir, del centro de "Apartamiento" más importante de la ciudad, puede concederse alguna pausa si así lo desea y nadie puede decirle nada. Si le parece bien la puedo invitar a cenar mañana.

Me parece bien. ¿Dónde podemos encontrarnos?

Le enviaré mi Sheatle privado, un "Falcon 75" último modelo, a las 20:30, y después nos encontraremos en la terraza de "Halley Comet International", en la mesa de la esquina.

De acuerdo. Y gracias por todo.

Linda pensó que mañana tendría que estar en plena forma para aguantar a aquel gusano de Baker. La impresión que le había producido en su primer encuentro parecía exacta: era un cerdo. Había olfateado la posible presa y lanzaba el cebo. Ni siquiera se había mostrado discreto, pero por otra parte, a saber cuantas otras le habrían solicitado anteriormente lo que ella pensaba pedirle ahora.

Llegó a la mesa de la esquina seguida de las miradas de admiración de todos los hombres presentes y de la envidia de las mujeres. "Tal vez no estoy tan anticuada", había pensado ligeramente complacida.

Buenos días, mister Baker.

¡Linda! ¡Qué placer! Pero, le recuerdo que debe llamarme Steef. Siéntese, por favor. ¿Qué le apetece tomar?

Un "Saturn Stardash" con mucha menta, por favor.

¡Fenomenal! Para mí un "Fiboll" doble, camarero, por favor.

Conversaron durante algunos minutos sin entrar en materia, aunque los dos sabían perfectamente la razón por la que estaban allí. Finalmente mister Baker la interpeló:

Bien, Linda. Por teléfono me habló de un problema bastante delicado. ¿Querría decirme de qué se trata?

Mmmm... Verá, mister Baker, perdón, Steeff, se trata de mi hijo. El lunes tiene el "Examen".

Lo sé. Tengo sobre mi escritorio las listas semanales, y echándole un vistazo he visto el nombre, Mark Parker.

Linda prosiguió:

Desgraciadamente, Mark no está yendo demasiado bien, me temo que no será capaz de superar el examen.

¡Pero no tiene por qué ser así! Yo entiendo la aprehensión de una madre, pero verá como todo sale bien. Cierto que si no pudiera aprobarlo sería muy triste, porque debería ser "apartado", pero por otra parte usted ya conoce las leyes. La superpoblación del planeta es un problema muy grave que ni siquiera la reciente colonización de Alfa Centauro ha podido resolver. Y además, ¿quien querría irse a vivir a un lugar tan inhóspito? Sólo algún desgraciado.

Steef, si mi hijo no pudiera superar el "Examen", ¿qué le ocurriría?

Linda, ¡parece mentira que me pregunte esto! Lo sabe usted igual que yo. Su hijo sería "apartado".

Lo sé, pero tal vez usted podría hacer algo para impedir que esto ocurriera. ¡Se lo ruego, Steef! Estoy sola y Mark lo es todo para mí. ¡No se merece este fin!

Mister Baker esbozó una ligera sonrisa. Estaba claro que tenía la sartén por el mango y podría obtener de aquella mujer todo lo que quisiera.

¡Pero usted está loca! ¡Está terminantemente prohibido alterar los resultados del "Examen", existen penas severísimas y le aseguro que nadie se arriesgaría a hacerlo. Además, yo no tengo ningún control sobre los exámenes, me limito a intervenir después para proceder al "apartamiento".

Pero entonces, ¿no podría hacer algo para que si Mark tuviera que ser "apartado", lo sea, no sé, con algún procedimiento alternativo? Se lo suplico, Steeff, le estaría eternamente agradecida si me quisiera ayudar. Estaría dispuesta a todo por el bien de mi hijo.

Mister Baker continuó sonriendo mientras contemplaba aquella mujer tan hermosa que le estaba suplicando.

¡Usted me está pidiendo que cometa una ilegalidad! De cualquier manera debo decirle que existe un proceso muy delicado que permite la transferencia de nuestros astronautas a través de las distancias celestes. Se llama Teletransporte. En el futuro permitirá moverse incluso entre los espacios intergalácticos, pero por ahora está limitado a nuestro sistema solar. El hecho más interesante es que, durante la experimentación, se ha descubierto que mediante ciertas secuencias temporales se altera la continuidad espacio-tiempo y se crean lo que podríamos llamar "ventanas temporales". En este caso, las personas implicadas mueren, pero su mente, o su alma si prefiere llamarla así, renace sobre el mismo planeta, pero en un tiempo diverso.

¿Y usted no podría hacer que Mark accediera a ese teletransporte especial? Tal vez pueda renacer en un tiempo en el que los hombres no eliminen a los que no consideren suficientemente inteligentes.

¡Usted está blasfemando! El que no es suficientemente inteligente, o mejor dicho, aquel que está por debajo de la media comúnmente establecida, no es digno de continuar su existencia en nuestro planeta. Y además es realmente peligroso lo que me está pidiendo. Tendría que corromper a ciertas personas.

Se lo ruego, ¡haré lo que me pida si me ayuda! –le dijo mirándolo fijamente con lágrimas en los ojos.

¡Está bien!, podemos discutirlo –respondió lacónicamente mister Baker.

A la mañana siguiente, mientras volvía a casa en el "sheatle", Linda pensaba que Mark tendría de alguna manera un futuro, y que ella podría olvidar rápidamente la sensación de sentir encima las manos asquerosas de aquel gusano.

 


 

No tengas miedo, Mark, ¡ya verás como al final todo sale bien! Vas a hacer un examen fenomenal.

¡Estoy muy asustado, mamá!

Lo sé, hijo mío, lo sé –decía Linda, observando a todos los padres temerosos, que daban a sus hijos los últimos consejos antes de entrar en la Gran Sala.

¡Te quiero mucho, mamá!

¡Y yo a ti, amor mío, y yo a ti! ¡Venga, ánimo!

Continuó observando al hijo que se había colocado delante de un videoterminal hasta que todas las personas que no tenían que realizar el "Test Comparativo del Cociente Intelectual de Adolescente" fueron cordialmente invitadas a abandonar la sala. Al teminar el examen los resultados eran comunicados inmediatamente. Aquellos que no superaban el test no podían volver a ver a sus padres y eran sometidos directamente al "Apartamiento".

Linda se acercó al monitor que daba los resultados y tecleó temblorosamente "Mark Parker". El ordenador efectuó la búsqueda, y emitió el resultado:

Mark Parker: 563 de 1000. Apartado.

Con el corazón helado se dirigió en silencio hacia la salida y fue entonces cuando vio a mister Baker en el piso superior. Él la observaba inmóvil, pero le dirigió una sonrisa antes de entrar en su despacho de director. Linda prosiguió su camino mientras pensaba: "Estate tranquilo, Mark, Mr. Baker es un hombre de palabra, ya lo verás".

Saliendo de aquel edificio gris, decidió no tomar ningún "sheatle" y pasear por la orilla del río. Trató de contener las lágrimas, pero no lo consiguió. "Ya lo verás, Mark, te han juzgado no suficientemente inteligente, pero tal vez ahora vayas a un lugar donde nadie podrá jamás acusarte de ello y serás un chico normal, y podrás ser un hombre como todos los demás". Y entre sus lágrimas brotó una sonrisa y sintió el corazón lleno de un tierno calor.

 


 

¡Rápido, venid todos! ¡Hoy esta casa está de fiesta! Todo el mundo debe saberlo y festejarlo.

¡Se lo ruego, Ser Piero, un mínimo de contención, que es usted el notario de la ciudad!

¡Me da igual! Hoy es un día especial y quiero que todo el mundo lo sepa y lo festeje –continuó Ser Piero, asomándose a la ventana y voceando su alegría entre lágrimas a los paseantes curiosos– ¡Corred señores, corred!, en el año de gracia de 1452 toda Vinci debe de saber que ha nacido mi hijo, es varón y lo llamaré Leonardo –gritó, y se volvió observando aquel pequeño ser que les llenaba el corazón de un tierno calor, mientras entre sus lágrimas brotaba una sonrisa.

 

Angelo Pagani (Milán - Italia)
Traducido por Ignacio Pérez García.

Tema musical de fondo: "Eagle's Path" (de David Lanz & Paul Speer,
álbum "Desert vision", 1985).

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45- UN DOMINGO COMO TANTOS

(Ambientado en la postguerra civil española)

Es domingo, por la mañana, y como tal todos duermen mientras yo friego el suelo de este estrecho pasillo que tantas veces me ha visto pasar, este frío pasillo de esta fría casa que Dios me ha dado. En el edificio todos duermen. Me refería todos los que han podido soportar la soledad y la tristeza de estas paredes. Somos solamente yo, mis 55 años, mi esposo y el tercero de mis hijos, un varón de 15 años que hace tiempo ya que dejó de ser la alegría de la casa para pasar a convertirse en la fuente de todos los malhumores. De esta vieja casa ya han escapado los dos primeros frutos de mi vientre, el mayor, que se casó con la hija del lechero y se mudó a la ciudad, y María, que se marchó corriendo, Dios sabe dónde, cansada de las palizas de su padre, acusándola de flirtear con el vecino, un mozo alto y fuerte y punto de mira de todos los cotilleos del pueblo por su supuesto comunismo.

Así, absorta en mis inútiles pensamientos, siento como se abre la puerta del dormitorio, por donde instantes más tarde aparece él en camisón y despeinado. Su cara, siempre la misma, refleja un constante malhumor y odio al prójimo que ni doce largas horas de sueño han sido capaces de disipar. Se va directamente hacia el baño, sin dirigirme la mirada ni dedicarme un "Buenos días", aunque nunca lo sean. Del baño otra vez al dormitorio, y allí, tras un par de minutos, a la cocina, donde se sentará en la mesa, tomará el periódico que yo me he preocupado de ir a comprar, lo abrirá por la página de los deportes y empezará a leerlo.

!Carmen! –grita enérgicamente sin importarle el descanso de su hijo, grito al que acudo yo cual perro obediente, aunque no suficientemente rápida por lo que parece, ya que otro grito igual al primero me asalta a mitad de camino.

¿Qué quieres, Francisco? –le pregunto yo sosegadamente.

¡Tengo hambre! ¿Y el desayuno?

¿El desayuno?

Una tercera voz se suma al concurso de monólogos.

Lo tienes encima del mármol. Sólo tienes que levantarte y alargar un poco el brazo.

Se trata de, como muy bien habrá el lector atento adivinado, Alberto, un buen chico, aunque demasiado temperamental.

¡Qué se habrá creído el niño este! –turno de nuevo para Francisco– ¡Te quedas pues sin desayunar, y no se te ocurra hablarme a mí nunca más en ese tono! –gritando a pleno pulmón y con la cara desencajada– ¿A quién coños habrá salido el crío este?

Toma Francisco, aquí lo tienes –trato de calmarlo yo alargándole la taza de leche y las galletas.

Y con esto vuelvo a lo mío, que son los suelos, el trabajo de toda mujer decente. Alberto vuelve también a lo suyo, que es encerrarse en su habitación y coger esas hojas que tiene escondidas de la radio de su padre. Esas hojas que, como éstas que tiene el lector en sus manos, son el blanco de sus pensamientos. Va a ser escritor, filósofo dice él, aunque sólamente se atreva a decírmelo a mí, que aunque no se muy bien qué es lo que eso de la filosofía significa, no voy a contar nada a su padre.

Tras una escasa comida me siento en una silla y empiezo a coser. Ha sido tan escasa la comida como todos los días, y tan escasa en comida como en palabras. Tres almas hambrientas y silenciosas intentando contentarse con un triste plato de sopa aguada y un pedazo de pan seco. Es Alberto quien habla ahora:

Mañana debería ausentarme todo el día, mamá. ¿Podrías prepararme un pequeño bocadillo para comer?

Sin tiempo para contestar, se me adelanta Francisco:

¿Se puede saber por qué?

El profesor va a llevarnos a la ciudad por la tarde. Vamos al Teatro –contesta Alberto con voz temblorosa.

¡Nunca! –exclama Francisco dejando su crónico malhumor decidir por él–. ¡Nunca un hijo mío pisará uno solo de esos tugurios donde sólo se enseña a transgredir las enseñanzas de Dios y de nuestro Generalísimo! ¡Creí que los había prohibido todos! ¡A la cárcel toda esta gente y su basura de teatro! ¡Tú no irás!

Pero.. ¡papá! –dice Alberto justo antes que quedarse absorto con su dulce mirada aún de chiquillo perdida en el infinito, como si esta última palabra que han dejado escapar sus labios le hubiese hecho reflexionar.

¡Tú te vas a venir a trabajar conmigo en el campo –prosigue su padre–, y se acabó eso de la escuela de los cojones, ya no tienes edad para andarte con esas tonterias!

Y con eso coge su chaqueta nueva y se va, no sin antes vaciar la caja donde guardaba todo lo que quedaba para pasar el mes. Hoy es domingo, y como tal, le esperan sus amigos en el bar de la esquina para tomarse sus cañitas, escuchar por la radio las proezas del Real Madrid y descubrir que no ha acertado en las quinielas. Hoy es domingo, y como tal, mientras él se va al bar, a mí me esperan los platos, lavar la ropa, el baño, y preparar la cena, o mejor decir, improvisar una cena con lo poco que hay en la despensa. Y todo eso para cuando llegue borracho y enfadado por haber perdido en la quiniela y en el mus todo el dinero que quedaba. ¡A pasar hambre toda la semana!, porque cada vez que le hablo de trabajar yo, me pega una paliza alegando que el trabajo es cosa de hombres y que nosotras, las mujeres, ya tenemos suficiente con mantener la casa en condiciones para cuando llegue el marido.

Hoy, sin embargo, no va a ser un domingo como tantos otros en la aburrida vida de esta casa. Francisco llega borracho y enfadado, y como en tantos otros tantos domingos, también se enzarza conmigo y me culpa de malgastar en la educación de nuestro hijo. Hoy domingo, como tantos, nos sentamos los dos en la mesa, esperando que Alberto nos digne con su presencia. Como siempre, éste espera que cesen los ebrios gritos de su padre, de su padre alcoholizado y amargado. Desde su habitación espera el momento idóneo para bajar, sin demorarse excesivamente, ya que si no se quedaría sin cenar.

Hoy, como tantos domingos, se necesitan un par de gritos a Alberto para que se decida a salir de su guarida y se aventure a entrar en el campo de batalla del comedor. Pero todo es siempre lo mismo, hasta que un día el azar decide cambiar y romper lo que parecía un ciclo eterno. Sólo Dios es dueño y señor de todos los caminos y juega a su antojo con nuestras vidas. Hay quien dice que solamente existimos como pensamiento del Señor, de hecho sólo somos tinta derramada por el impresentable del autor de esta historia.

Hoy Alberto no acude a los gritos y amenazas de su padre y tengo que subir yo a buscarlo. Llamo a su habitación, tres golpes secos en la puerta, pero no hayo respuesta alguna. Asombrada por el silencio, me decido a entrar, y tal es mi sorpresa al encontrarme con una habitación vacía y un tanto revuelta. La ventana abierta deja ver el monte allá a lo lejos.

¡Qué hermoso se ve desde aquí! Y tras el monte, una gran luna llena y pálida que no augura sino tristeza y melancolía. Una brisa fría entra por la ventana y se cuela por la puerta que ha dejado abierta, acariciando mi rostro por el camino. Al mismo tiempo hace volar lo que parece un sobre de la mesita de la habitación. Se posa sobre mis pies descalzos. Me agacho, soportando el dolor de mi vieja y castigada espalda, cojo el sobre entre mis manos, lo acerco cuidadosamente ante mis ojos y leo:
 

Para Mamá, quien siempre ha intentado comprenderme y defenderme,
nunca te olvidaré. Siempre estarás en mi recuerdo, como espero
estar yo en el tuyo.

Un beso de tu hijo Alberto.
 

Una lágrima recorre ya mi mejilla. Abro el sobre y me dispongo a leer lo que hay dentro:
 

Querida madre: Como habrás ya adivinado por la situación, he decicido
largarme de esta casa y comenzar mi andadura en solitario por la vida.
Han sido 15 difíciles, no voy a decir largos, años, durante los cuales
creo que he aprendido suficiente sobre la gente en estas tierras como
para partir en busca de mis sueños a otra parte, ya que distan años luz
de lo que podría aquí encontrar.

Durante todo este tiempo he llegado hasta a comprender a mi padre y a
soportarlo, ya que como alguien escribió una vez, el poeta necesita el
sufrimiento. Por todo esto, y al ver truncada la poca vida que aún me
quedaba aquí, he decidido marchar hacia donde el destino quiera llevarme.

No intentes ir a por mí. Papá, o su orgullo, te lo prohibirá.

Hasta siempre.

Alberto
 

Son muchas ya las lágrimas que bailan sobre mis mejillas. Es que la vida de una mujer es continuo llanto.

 

Jordi Racons Ros (Sabadell - Barcelona)

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46- REALIDAD VIRTUAL

El silencio de una biblioteca aprisiona mi alma, pues no es otra cosa que paredes impregnadas de realismo, y es que, ¿qué puede ser más realista que la sabiduría acumulada a través de siglos y siglos de historia? Todos aquellos preciados tesoros, que empapelaban los fríos muros, se hallaban unidos en un mismo lugar, aún perteneciendo a épocas distintas, y proclamando ideas tan dispares que incluso podían ser opuestas. Y todas gritaban sus conocimientos en una paz sepulcral.

Me había quedado ensimismada en estos pensamientos que curiosamente iban desarrollándose en el "chip" que tengo por mente. Pero, ¿quién no se ha sentido alguna vez como un ordenador con numerosos y complejos pensamientos comprimidos en una sola idea, e incapaz de poder aplicarles un descompresor para individualizarlos? Realmente el estudio de Hegel para el examen de mañana me había afectado profundamente. Intenté volver a concentrarme en el libro. De repente alguien entró en la biblioteca, pero la maldita miopía y la luz verde que tamizaba el aire no me permitieron distinguir la figura que avanzaba con paso decidido hasta mi mesa. Me di cuenta por primera vez de que estaba sola.

Los pasos de aquel individuo, que se me antojaba misterioso, resonaban en la soledad del recinto con más insistencia que antes. Mis ojos no lograban ver otra cosa mas que mesas vacías y al fondo una pequeña lucecita blanca que provenía de la mesa de la bibliotecaria. Ahora en soledad, pues no sabía dónde podía haber ido aquella maldita mujer que se dedicaba a hacerme la vida imposible cada vez que entraba en lo que ella debía de considerar su santuario privado. Volví a fijar los ojos en el personaje, reconociendo ahora sus característicos rasgos y su peculiar indumentaria que vestía.

Se me paralizó la sangre. Su cercanía me hizo reconocer quien era, pero, ¿qué diablos hacía aquí un muerto?

Aquellas faccciones que hacían que la frialdad se personificara ante mí, y el típico traje de la época victoriana teñido de un intenso violeta me obligaron a reconocer a aquella cosa, espíritu o muerto viviente, como quien era: Oscar Wilde. Mi estupefacción no me permitió exclamar otra cosa que no fuera:

¿Qué haces tú aquí? ¿No estabas muerto?

Lo cierto es que siempre había considerado a aquel letrado como uno de los maestros de la literatura, como un mártir de su época condenado por una sociedad a la que le había entregado todo su ingenio y que para colmo le había convertido en un proscrito a causa de sus sentimientos y su noble sentido de la belleza. En resumen, yo le amaba. Amaba su literatura y amaba la desgracia y el éxito que una vez inundaron su vida.

Rápidamente, algo parecido a los remordimientos me hizo reflexionar en la forma tan grosera en la que me había dirigido a uno de los personajes históricos que más respetaba, que infundía en mí un sentimiento tan noble como la admiración, y que me era tan familiar como si de mi pariente más querido se tratase. Pero ahora ya era demasiado tarde para rectificar, pues finalmente decidió contestar a mis preguntas sin mostrarse ofendido por el trato que le había dado.

He decidido salir a pasear un rato. Piensa que llevo muerto 98 años y eso le entumece los huesos a cualquiera. Por lo que veo, ya sabes quien soy, así que me ahorraré el presentarme, podría resultar un tanto complejo. ¿Acaso has leído alguna de mis obras? –preguntó mientras se sentaba frente a mí y dejaba apoyado sobre la mesa el bastón que solía llevar en vida.

Sentí que sus penetrantes ojos de besugo estaban tratando de investigar el impacto que me había producido su aparición, y un repentino orgullo me recorrió el cuerpo. No podía permitir que quien yo adoraba me viese como uno de esos conejos que se quedan deslumbrados ante los faros de un coche en medio de la carretera. No me iba a dejar atropellar por algo incorpóreo.

He leído algunas. Desgraciadamente no todas, aunque eso es algo que pienso subsanar algún día. Son de gran ingenio.

Lo sé, pero no he venido para que hagas de crítica especializada en mis obras, ya tuve bastante cuando aún vivía. ¿Sabes?, he venido aquí esperando a que alguien me reconociese y hubiera salido huyendo al verme. ¡Tienes coraje!

No, soy miope –repuse instantáneamente.

En pocas palabras, aquel hombre me había dejado claro que no deseaba hablar del talento que me fascinaba sobremanera, así que me resigné a seguir desconociendo la particular filosofía que ocultaban sin excepción todas sus obras por temor a que se enojara y se fuese por donde había venido. Sin embargo, no desheché la ambición de descubrir el mayor enigma de todo mortal.

¿Qué tal se está una vez muerto? –pregunté expectante a su respuesta, pues empezaba a recobrar la confianza en mí misma. De hecho, ahora pensaba utilizar la más elevada sutileza dialéctica que mi atontado "chip" me permitiese.

Aburrido. Es lo más monótono del mundo una vez que ya te has acostumbrado. Yo me he pasado 98 años en la misma postura mientras contemplaba la tapa inmóvil de mi propio ataúd. El único entretenimiento que tengo es escuchar los comentarios de la gente que viene a visitarme como elemento turístico, y no siempre es agradable.

¿No será que te enterraron vivo? –pregunté desilusionada por la perspectiva que me ofrecía.

No creo, me hubiera dado cuenta. Además, últimamente a Dios le ha dado por leer mis obras y me reclama cada dos por tres porque no las entiende. Es un poco tonto, ¿sabes? –repuso con cierta preponderancia que me impactó.

¡Nunca se me había ocurrido que a Dios pudiera darle por leer! –logré decir olvidando el propósito de conservar mi lucidez mental.

De hecho, creo que mi querido y omnipresente jefe vuelve a reclamar mi presencia. ¡No hubiera dicho nunca que el mundo estuviera en manos de un incompetente! ¡Ya nos veremos! –dijo con expresión de fastidio.

¡Espera! –traté de retenerle desesperadamente. Necesitaba saber más–. ¿Significa eso que volverás a visitarme? –comenté esperanzada, pues sabía que Oscar no haría esperar a Dios por mí.

Puede, pero es más seguro que algún día vengas a visitarme tú. Permíteme un consejo: No esperes cien años a salir de tu tumba.

Y así, se envolvió en unas espectaculares llamas rojas, que luego pasaron a ser verdes, y finalmente desapareció, dejando tras de sí una horrible peste a cloaca que por poco me afixia.

Cogí de nuevo el libro de filosofía y hojeé las páginas que trataban el concepto de Dios y de la muerte, y de repente comencé a reírme a carcajadas. El hombre había tenido siempre una concepción todopoderosa de un Dios serio e inteligente. En cuanto a lo que se refiere a la muerte, los tenía aterrorizados a todos.

Cinco minutos después pude sacar una clara conclusión: me habían echado de la biblioteca. No sé como ni cuando, pero la estúpida de la bibliotecaria volvía a estar en su sitio y al oírme reír tan desenfrenadamente intentó hacerme callar, a lo cual respondí con una carcajada todavía más sonora ante su ingenuidad, malhumor e incomprensión. Finalmente había conseguido echarme fuera, y ahora que estoy tras la puerta de la biblioteca, no dejo de preguntarme qué cara pondrá la bibliotecaria cuando vea como ha quedado la silla después del pequeño incendio.

 

Patricia Ferrer (Barcelona)
Emitido en 1998 ?

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47- LA HABITACIÓN 31

En el año que transcurre este relato, 1966, el tramo de la carretera 426 comprendido entre las poblaciones de Bloombech y Saferdown, en el estado de Montana, no se hallaba deshabitado como actualmente. En el punto equidistante entre ambas localidades se alzaba el motel Green Blue, motel que disponía también de una estación de servicio. Dada su situación estratégica, el Green Blue estaba muy concurrido casi todos los días y el negocio era próspero. Su dueño, Harold Kelley, no podía sentirse más contento con su suerte.

Pero aquello cambió. Un día cualquiera del mes de junio el cliente alojado en la habitación número 31 apareció asesinado. A pesar de la investigación llevada a cabo por Decker, el sheriff del condado, nada pudo averiguarse. ¿Cómo fue capaz de llevar a cabo su espantoso crimen el culpable, y cómo pudo escapar del cuarto, si la puerta y la ventana de la habitación estaban cerradas por dentro?

Aquel misterio era ciertamente indescifrable, pero por desgracia no fue la única vez que el desconocido homicida actuó en el motel. Un mes después del trágico acontecimiento el sheriff Decker ya había realizado dos veces más la lamentable investigación. En ambos casos las muertes se habían producido en el mismo lugar, la habitación 31. En vista de que parecía tratarse de un asesino en serie, el FBI tomó cartas en el asunto. Al cabo de varios días los federales declararon que ninguna pista era fiable. Sugirieron la posibilidad de establecer un servicio de vigilancia, pero, curiosamente, en el tiempo que éste duró, el asesino pareció tomarse un respiro. Ni una sola de las personas alojadas en el Green Blue notó nada especial. Finalmente el FBI abandonó el caso. Se excusaron diciendo que habían hecho cuanto estaba en sus manos y recomendaron a Kelley que sellase la habitación. "Muerto el perro se acabó la rabia", le dijeron.

El dueño del motel les hizo caso, tapiando la puerta de la estancia. Pero lejos de resolver el problema, éste se agudizó. El criminal, al no tener libre acceso a la habitación 31, extendió su radio de acción por todo el Green Blue. Por fortuna, ahora se contentaba con asustar a los clientes, ya de por sí sensibilizados con lo que ocurría en el establecimiento. Y puesto que nadie estaba a salvo del maniaco, el número de clientes fue disminuyendo como por ensalmo.

Unas semanas más tarde, Harold Kelley se vio obligado a cerrar el motel Green Blue. ¿El motivo? No se podía encontrar a persona alguna capaz de tener el suficiente valor como para hospedarse en él, y por supuesto, mucho menos en la habitación 31, la maldita habitación 31.

Un día de septiembre Kelley tomó una determinación drástica. Era el momento de elegir: O terminaba con el enigma o el enigma terminaba con él. Dio el día libre al único empleado de la gasolinera. Sacó del maletero de su coche una escopeta con los cañones recortados y se dirigió a la puerta del motel.

¡Voy a terminar contigo, maldito asesino! ¡No pienso permitir que arruines mi vida! ¡Hay mucho de mí aquí para consentir que me arrebates lo que poseo!

Kelley abrió la puerta principal y recorrió despacio la planta baja del hostal sin encontrar nada de particular. Presa de una excitación nerviosa cada vez más incontrolada, subió las escaleras que llevaban a las habitaciones y las registró una por una. No encontró a nadie, ni tampoco huellas o pistas que le condujera a algo fiable. Aquello no parecía sino cosa del diablo. Y de pronto, una idea brillante que cruzó su cabeza a la velocidad del relámpago le hizo girar sobre sus pasos y detenerse ante de una pared. La pared ocultaba la entrada a la habitación 31, la habitación donde se habían cometido los macabros asesinatos. Una grotesca carcajada salió de su garganta.

¡Cómo se me había pasado por alto! ¡Está dentro, maldita sea!

A toda velocidad bajó al sótano y regresó con una voluminosa maza, dispuesto a golpear la pared hasta que los ladrillos saltasen hechos añicos. Estos no tardaron en ceder. Primero fue un pequeño agujero, luego aumentó hasta hacerse del tamaño de una cabeza, y por fin consiguió un boquete lo bastante grande como para que pudiese pasar por él el cuerpo de una persona.

Harold Kelley miró la abertura expectante. El corazón le latía presuroso y no por causa del esfuerzo que acababa de efectuar. Intuía que al atravesar el agujero y entrar en la habitación 31 daría con la solución al problema, a su problema, que casi le había situado al borde de la enajenación mental. Dejó la maza en el suelo y recogió la escopeta. Se cercioró de tener dos cartuchos en la recámara, con anterioridad ya había hecho tal cosa, pero los nervios le estaban jugando una mala pasada a su memoria. Y se metió en el cuarto. Allí estaba.

Cuando le vio, su reconcentrada ira se expandió bruscamente. Sin mediar palabra, le apuntó y disparó, pero debió de fallar el tiro porque el hombre no hizo el más mínimo gesto de haber sido herido. ¿Quzás el cartucho era defectuoso? No, había caído a sus pies y estaba vacío. La bala había sido disparada. Irritado por su error, la segunda vez apuntó con cuidado a la cabeza, y con toda la frialdad que le permitía sus alteradas neuronas, apretó nuevamente el gatillo. Pero el desconocido seguía en pie.

Entonces Kelley sintió miedo. Varias cosas no encajaban. Para empezar, ¿por donde había entrado aquel individuo en la habitación? Además, llevaba ropas muy antiguas y un corte de pelo completamente pasado de moda. Y otro detalle que no le pasó inadvertido: la palidez del hombre, una palidez extrema.

No te alarmes por tu puntería. Te aseguro que es muy buena –afirmó el tipo de la estancia, un joven de mediana complexión–. Pero aunque pretendas matarme, no puedes. Ya estoy muerto.

Harold no daba crédito a sus oídos. ¿Qué estaba diciendo aquel loco?

¿No sabes quien soy? –interrogó el extraño.

El propietario del motel le miró con atención, intentando identificar el rostro que le observaba.

Me llamo Scott, Patric Scott. Fui uno de tus clientes en 1940.

Al oír el nombre, Kelley retrocedió un paso, horrorizado. Los ojos casi se le salían de las órbitas y su respiración se tornó rápida y profunda, acelerada. Scott se dio cuenta de ello.

¡Bieeen! Parece que te vas acordando de mí.

El dueño del motel creyó que había perdido el juicio, que definitivamente se había transtornado. Una risa incontenible, nerviosa, estalló en el cuarto.

¿Cómo es posible que estés aquí, si has muerto?

Un ligero matiz: No he muerto, he sido asesinado. El 3 de febrero de 1940, para ser precisos. De todas formas no sé por qué te lo digo, lo sabes tan bien como yo.

Kelley empezó a sudar.

¿A qué has venido después de tanto tiempo?

El hombre sonrió con ironía.

Nunca es suficiente tiempo, Harry, nunca, y el momento de que pagues tus culpas ha llegado.

El dueño del Green Blue se derrumbó, cayendo de rodillas.

¿Por qué ahora, por qué?

¿Y qué más da? – replicó burlon Scott–. ¿Te hubieras ahorrado esto si entonces...? Pero, ¿por qué lo hicistes, Harry? ¿Cuál fue el motivo de mi asesinato?

Este no contestó. Su mente era incapaz de asimilar lo que estaba sucediendo en el aposento. En lugar de responder al espectro, le espetó:

¿A qué se debe ese interés por mi presencia en la habitación? Pudiste acabar conmigo mucho antes, o en cualquier otro sitio.

Tienes razón. No obstante, ¿ya no te acuerdas que me liquidaste en este mismo cuarto, Harry? Era cuestión de amor propio, ¿sabes? Estos años he vagado con la esperanza de poder vengarme de ti en el sitio donde perdí la vida y no tenía prisa por hacerlo. Ahora que he conseguido que por fin te metieras en mi habitación, debo dar por concluida tu existencia. Sólo así obtendré la tranquilidad.

¿Y a qué precio? ¿Qué ocurre con las personas que has asesinado? ¿Qué pasa con su tranquilidad?

El joven hizo un expresivo gesto con una mano.

¡Qué sorpresa, Harry! ¿Desde cuándo te importa la tranquilidad de los demás? Es una pena que tan encomiable sentimiento no lo tuvieras presente el día que decidiste matarme. Te habrías evitado unas cuantas dificultades –sentenció, aproximándose con lentitud al hotelero.

Kelley procuró incorporarse, pero sin conseguirlo. El pánico paralizaba sus piernas.

Vamos Harry, debes acompañarme. Tu vida ha arribado a su final.

 

La autopsia realizada al cadáver de Harold Kelley, propietario del motel Geen Blue y de la estación de servicio levantada junto a él, demostró que no había ninguna herida externa. Los órganos de su cuerpo habían funcionado razonablemente bien hasta su fallecimiento, teniendo en cuenta su edad, exceptuando quizás los pulmones, el señor Kelley era un fumador empedernido. A pesar de ello, su óbito no se debió a un fallo pulmonar. Fue su corazón. Quienes vieron sus crispadas facciones no lo dudaron: Harry Kelley había muerto de miedo.

 

Rodrigo García (Barcelona)

Tema musical de fondo: "Cristofori's dream" (de David Lanz,
álbum "Cristofori's dream", 1988).

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48- LOS VECINOS

Aquella tarde de otoño Irene volvía del trabajo muy cansada. Hacía calor y caminaba a buen paso por las estrechas y no muy concurridas calles de su barrio. Sentía como la empapaba el sudor y deseaba llegar cuanto antes a casa.

Cuando por fin entró en el edificio de apartamentos de alquiler en que vivía, no se detuvo ni a mirar si tenía correo. Tampoco esperó al ascensor, que no estaba en la planta baja, y prefirió subir por las escaleras. Entró en su vivienda y una vez allí se fue directa a la ducha. Se abandonó a la agradable sensación que la producía el continuo fluir del agua templada sobre su cuerpo y se empezó a sentir mejor.

En seguida empezaron a venirla a la cabeza escenas de su pasado. Recordó como a un largo noviazgo había seguido un breve y desafortunado matrimonio, y sólo unos meses después de la boda se había separado. Fue entonces cuando decidió abandonar la capital de provincias en la que había transcurrido toda su vida y se trasladó a Madrid dispuesta a empezar de nuevo. Había pasado casi un año y poco a poco estaba consiguiendo salir adelante.

Trabajaba en el dinámico sector de la informática, donde precisaba hacer un esfuerzo adicional, casi continuo, para poder competir con unos compañeros, en general algo más jóvenes que ella. Pero eso no la arredraba. Lo peor era que a menudo, aunque sólo fuera por unos instantes y sin saber muy bien por qué, la invadía una gran tristeza y se sentía muy sola. Pensaba que quizá debería dedicar más tiempo a hacer nuevas amistades, o incluso se podría plantear aceptar a alguno de sus admiradores. Pero la idea de crearse otra vez ataduras, de perder tan pronto la libertad recién recuperada, la horrorizaba.

Cuando por fin salió de la ducha, aunque más relajada, seguía encontrándose demasiado cansada. Ni siquiera cenó, se limitó a retirar la colcha de la cama y acostarse. Aquel día no tenía ganas ni para sus juegos solitarios y secretos delante del espejo. Y es que Irene se sentía a gusto con su cuerpo, moldeado y cuidado con esmero, en especial a partir de un día ya lejano en que se dio cuenta que podía ser una mujer hermosa. Todo estaba en silencio y muy pronto se quedó dormida.

Pasaba de la medianoche cuando su sueño fue bruscamente interrumpido por la música que había empezado a sonar en el apartamento situado debajo del suyo.

"Otra noche igual", pensó. Las viviendas no estaban bien aisladas, y para colmo, sus vecinos eran una pareja joven que seguía horarios intempestivos y parecían no respetar a nadie. Sintió deseos de protestar pero notó que la faltaban las fuerzas. Permaneció en la cama. Al menos era música. Otras noches la despertaban con la televisión a todo volumen, con violentas discusiones, o con los gritos y gemidos de apasionadas relaciones sexuales.

Su cansancio y su sueño interrumpido eran algo demasiado habitual desde que se habían instalado hacía unas semanas. Lo había intentado todo para defender su descanso, pero sin éxito. Cuando al principio golpeaba el suelo para indicarles que molestaban, ellos ignoraban los golpes. Cuando les habló personalmente recibió buenas palabras y a la noche siguiente se reanudaron los ruidos. Cuando les denunció a la Policía Municipal se solucionó el problema durante los cinco minutos que los guardias estuvieron allí. Tampoco el casero quiso saber nada, por temor a perder a sus inquilinos. Al resto de los vecinos o no les importaba o tampoco podían hacer gran cosa.

A veces pensaba en cambiar de apartamento, pero no podía permitirse aquel lujo. No andaba sobrada de dinero y, al irse antes de vencer su contrato de alquiler, perdería la fianza y tendría que pagar otra en otro lugar. Y además, no era justo. Su fuerte caracter nunca la había permitido aceptar con pasividad las situaciones de injusticia que la afectaban y desde luego, tampoco iba a hacerlo ahora.

En ocasiones se había sentido impulsada a actuar con mala fe e incluso se había divertido maquinando faenas para hacer a sus vecinos, pero a la hora de la verdad, ya fuera por no comenzar una escalada de violencia, por no molestar ella misma a otros, o porque en el fondo pensaba que no conseguiría nada, no llegó a poner en práctica sus ideas.

Notó que apagaban la música pero fue para empezar una actividad sexual que en seguida se convirtió en frenética. Cansada pero incapaz de conciliar el sueño, prestó atención a lo que oía y en su imaginación lo vio con nitidez. Comenzó a acariciar suavemente su propio cuerpo y creyó sentirse mejor. Las fantasías y los juegos para los que no tuvo humor al acostarse la venían a la cabeza ahora. ¿Por qué una mujer como ella, equilibrada, inteligente, de conducta irreprochable, se veía tan a menudo asaltada por todas aquellas ideas? Nadie sabía lo que disfrutaba imaginando que protagonizaba una sesión fotográfica para una revista erótica, o que era la estrella de una película porno en la que hacía cosas que nunca hizo con su marido. Y tal vez fue en ese momento cuando se la ocurrió como podría desembarazarse de sus molestos vecinos. Sin abogados, sin denuncias, sin la ayuda de nadie, ella sola.

Una tarde, pocos días después, coincidió con el vecino en el portal. Iba solo, sin su compañera. Tendría cerca de los treinta, era algo más alto que Irene y no mal parecido, no llevaba corbata y vestía ropa de sport con cierto estilo. Al principio se miraron con frialdad pero después ella consiguió esbozar una sonrisa y, con los mejores modales que conocía, le dijo que necesitaba hablar con él con calma de los problemas de convivencia que tantas molestias la causaban. Le rogó que la acompañara a su apartamento. Él dudó pero otro gesto amable, casi sensual, le convenció.

En el apartamento hacía calor e Irene se quitó la chaqueta de punto que llevaba puesta y se quedó en mangas de camisa, de una delicada camisa de seda que se adaptaba de forma sugerente a su cuerpo. Preguntó si le apetecía una cerveza o algo de beber. La respuesta casi inmediata fue un cubalibre, si aceptaba compartirlo. Se lo sirvió.

Se sentaron en el sofá del pequeño salón comedor y comenzó a explicarle que vivía sola y, como podía ver, de forma más bien modesta. El apartamento lo usaba prácticamente sólo para dormir, lo que la perturbaban casi a diario. Quería hacerle entender por las buenas que se hiciera cargo de su situación y asumiera lo deseable que sería para todos poder convivir en paz.

El vecino atendía, o quizá sólo la miraba, inexpresivo, sin decir palabra, mientras Irene hablaba con la mayor dulzura de que era capaz. Sentados como estaban, bastante cerca y mirando el uno hacia el otro, era inevitable que cada vez que ella cambiaba sus piernas de posición, la falda se subiera algo, lo justo para que él pudiera ver, más bien intuir, sus bragas oscuras. Un botón de la camisa de seda pareció haberse desabrochado como por casualidad. Al poco se podía apreciar que bajo el pantalón de algodón del invitado estaba teniendo lugar una erección.

Las miradas de ambos se cruzaron y se quedaron clavadas. Ella dejó de hablar y empezó a bajar lentamente la vista. Él no pareció sentirse avergonzado y separó las piernas. Irene, muy despacio, movió su brazo derecho hasta apoyar su mano, con la que sostenía el cubalibre, en la pierna del vecino.

De forma inesperada dejó caer el vaso sobre el suelo enmoquetado. Parte de su contenido se derramó sobre el pantalón, pero ninguno de los dos pareció inmutarse. Acabó de abrir completamente la mano y con la punta de los dedos extendidos alcanzó a palparle. El vecino no dijo nada, permaneció quieto y en silencio, sin resistirse a la caricia. Ella empezó a sentirse sofocada, cerró los ojos y pensó en lo que la encantaría que aquel miembro la penetrara y en todo lo que la gustaría hacer con él.

Pero no tuvo tiempo de decir o hacer nada, porque al cabo de un instante sintió unas manos entrar por debajo de su camisa y colocarse sobre sus senos. Luego un beso apasionado. Abrió los ojos y a duras penas logró separar su boca de la suya. Le dijo que quería hacerlo en la cama de su dormitorio y también que deseaba quitarse la ropa por si misma. Durante lo poco que tardase, él debía esperar fuera.

Un momento después ambos se revolcaban desnudos e Irene comenzó a experimentar un placer que sólo había conocido en los años ya remotos de su noviazgo. Se deleitó con nuevas sensaciones que tabúes de otra época de su vida la habían impedido saborear. Gozó sin pensar en nada más, se entregó y exigió sin límites. Sintió un placer infinito, casi hasta enloquecer, y supo que podía tener a la vez una mezcla imposible de dolor y felicidad. Y cuando la energía de su amante decaía ella logró animarle una y otra vez hasta dejarle exhausto. Se sentía insaciable, quería más y más, pero al fin cayó rendida.

Apenas hablaron, ni siquiera después de que agotados y empapados se dejaran caer de espaldas en la cama. Entretanto, había oscurecido. Cuando el vecino se dio cuenta miró su reloj e inmediantamente se levantó de un salto, recogió su ropa desperdigada por la habitación y corrió a vestirse. Antes de abandonar el apartamento, un par de minutos después, la dirigió una fugaz mirada, pero no la sonrió. Fue más bien una mirada acusadora. Su rostro delataba preocupación y temor. Quizá el temor a que su propia compañera hubiera vuelto a casa y escuchado todo lo que había pasado en el apartamento de arriba.

Lo que el vecino se fue sin saber era que en un aparador, situado cerca de los pies de la cama, una cámara de vídeo, camuflada por la camisa de seda, había estado filmándolo todo. Si su compañera no se había enterado de nada, ni notaba nada raro en él aquella noche, siempre le cabía a Irene la posibilidad de seleccionar algunos fotogramas de la película, digitalizarlos en su ordenador e imprimirlos. La sola amenaza de enseñarlos debería bastar para convencerles de que se fueran del edificio.

Aunque para Irene, en el fondo, lo mejor de todo, lo que la hacía sentir extrañamente bien, era tener y ser la protagonista de su propia película pornográfica.

 

Francisco Moreno del Collado (Pozuelo de Alarcón, Madrid)
(Emitido el 13-01-1998)

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49- EL LAGO ESMERALDA

(Cuento dedicado a todos los soñadores del mundo)

La llegada del otoño se adelantó aquel año en el reino de Terlas. Laura, hija única de los reyes, siempre había sentido el otoño como su estación favorita. La temperatura era ideal, fresca al amanecer y templada a medida que el sol se alzaba sobre el horizonte. El aspecto que tomaban los alrededores del castillo donde vivía, totalmente rodeado por un inmenso bosque, con mezcla de rojizos, ocres, verdes pálidos y otros más intensos de algunos árboles que no perdían su hoja, era algo que desde que le alcanzaba la memoria, a sus poco más de 16 años, esperaba con verdadera pasión.

Aquel día de principios de octubre el despertar de Laura fue algo especial. Al placer que siempre le producía el abrir la ventana y respirar el fresco y limpio aire de la mañana, debía sumar el recuerdo de un sueño que intentaba reconstruir en su mente, pero que se resistía a tomar forma. Tan sólo quedaba en su memoria la imagen de un pequeño lago con aguas de color esmeralda y un joven que le tendía la mano con un gesto amable, cuya mirada le transmitía sosiego, felicidad y una inmensa sensación de plenitud. No recordaba ninguno de sus rasgos físicos; tan solo una sonrisa que no terminaba de formarse en sus labios, pero que se revelaba en el conjunto de su expresión. “Era una pena haberse despertado interrumpiendo el sueño, pero quizás otra noche podría volver a repetirse”, se dijo Laura mientras terminaba de desperezarse. No era la primera vez que Laura había retomado un bonito sueño.

Se vistió y bajó a desayunar. El día anterior su padre le había anunciado que tenía algo importante que decirle. Aquel iba a ser un día de los que, de repente, sucedían muchas cosas a la vez, pensó Laura en su interior.

Tras el desayuno, se dirigió a la estancia donde se solía recibir a los visitantes: una sala repleta de libros que Laura había comenzado a visitar furtivamente en los últimos meses. Allí estaban solos su padre y su madre, cosa que extrañó un poco a Laura, ya que no recordaba ninguna ocasión en que su madre hubiese frecuentado aquel lugar.

Laura, hija mía –dijo el rey–, tu madre y yo tenemos algo que decirte. Como sabes, el rey de Marlam, nuestro vecino reino, está muy enfermo en su lecho de muerte. De sus dos hijos, David, su primogénito, le sucederá como rey. Siempre te hemos contado que en el pasado hubo grandes luchas entre nuestros reinos y Marlam nunca ha renunciado a apoderarse de Terlas. Ahora Celso, su otro heredero, quedará sin territorios sobre los que gobernar y tememos que intenten conquistar nuestro reino. Nuestros consejeros han estudiado esta situación y han hablado con los de Marlam. Todos han concluido que lo más adecuado sería sellar una alianza entre los dos reinos mediante la celebración de un casamiento entre el príncipe Celso y tú, mi pequeña. Creemos que es la mejor opción. Además, se dice que el joven Celso es apuesto y valiente. Así que, aunque todo parezca un poco precipitado, hemos decidido que el casamiento se realice cuanto antes. A finales de esta semana está previsto que el príncipe Celso acuda a nuestro castillo y así podréis conoceros.

Laura casi no podía articular palabra. Hasta ahora nunca se había enfrentado a un acontecimiento que pudiese marcar el resto de su vida. Sabía que sus padres la querían y no podía comprender como estaban dispuestos a confiar su vida en manos de un extraño.

¿Pero cómo podéis pedirme esto? –logró decir Laura con un débil hilo de voz que apenas sí conseguía salir de su garganta–. ¿Cómo podéis utilizar mi vida al servicio de vuestros deseos? Siempre me habéis enseñado que nunca debíamos renunciar a elegir nuestro propio futuro.

Laura –dijo la madre–, si no fueses nuestra única heredera, podrías esperar a conocer a un joven al que estuvieses segura de amar, pero en este caso no puede ser así. Comprende que de esta forma nuestro reino podrá seguir siendo fuerte con la nueva alianza.

Laura recordaba el sueño que había tenido pocas horas antes y sentía que no tenía nada que ver con la situación que le presentaban sus padres. Pero todavía sería peor esgrimir su sueño para oponerse al casamiento. Ellos sabían que Laura era una joven muy fantasiosa y lo tomarían como una falta de madurez que, sin duda, le llegaría con el casamiento.

Los siguientes días Laura era incapaz de recordar sus sueños. Las horas pasaban deprisa y se sentía profundamente confusa. Quizás sus padres llevasen razón. Ellos seguramente también habrían debido renunciar a sus sueños de niños a medida que se fueron haciendo mayores. Quizás ya nunca soñaban. Pero, ¿por qué seguir su mismo camino? ¿Por qué haber soñado algo tan especial justo aquel día? Cerró los ojos e intentó recordar de nuevo su sueño. Poco a poco la imagen del lago esmeralda y del joven retornaron a su mente. Al abrir de nuevo sus ojos, Laura ya lo tenía claro: partiría en busca de su sueño.

Después de la cena cogió el pequeño macuto que tenía preparado con comida y algo de ropa y se adentró en el bosque. Hasta la mañana siguiente no descubrirían su huida y ella estaría ya bastante lejos. Al principio sólo deseaba alejarse lo máximo posible del castillo, sin plantearse siquiera la dirección que debía tomar. Tras algo más de cuatro horas de camino y ya bastante fatigada, sobre todo por la atención que debía prestar al andar por el bosque en la casi completa oscuridad, decidió buscar cobijo entre unas enormes piedras para dormir. Intentaba conciliar el sueño, pero los ruidos del bosque que, hasta ese momento y con la tensión, le habían pasado desapercibidos, en la quietud de la noche se amplificaban produciendo en ella un inmenso desasosiego y temor. Tras varias horas, y más por cansancio que por llegar a ella la tranquilidad, Laura quedó profundamente dormida.

A la mañana siguiente los trinos de los pájaros la despertaron. El cielo estaba claro y todo lo sucedido durante los últimos días lo recordaba con cierta lejanía, lo cual le produjo una gran sensación de paz y libertad. El bosque volvía a parecerse al que ella recordaba en sus habituales paseos, y los mismos ruidos que la noche anterior le habían producido tanto temor ahora le resultaban agradables y cercanos. Pero una vez pasada esta primera impresión los temores volvieron. Estaba sola. ¿A dónde ir..? Por un instante le pasó por la cabeza la idea de regresar de nuevo al castillo. Sus padres seguramente sabrían perdonar su huida, pero... ¿y después qué? Tendría que ceder a sus deseos. Laura no deseaba darse por vencida tan pronto. El recuerdo de la visión del lago esmeralda continuaba dándole fuerzas.

Comenzó a caminar lentamente, sin una dirección definida, esperando que alguna idea acudiese a su mente. Las formas de los árboles siempre le habían llamado la atención: unos altos y esbeltos, otros pequeños y rechonchos, unos con troncos lisos, otros rugosos... Eran como las personas, cada uno con su propia personalidad. Sin pensarlo, se detuvo frente a un enorme árbol. Le pareció especialmente hermoso: un tejo centenario, robusto y firme. Además, su tronco tenía un encanto especial: Si se le miraba desde un determinado ángulo se asemejaba al rostro de una persona, con su nariz, ojos y boca perfectamente definidos. Se acercó a él y comenzó a pasar los dedos por su tronco, siguiendo el imaginario contorno de los ojos, bajando por la nariz y llegando finalmente hasta la boca. La inicial sensación rugosa de la corteza enseguida dejó paso a otra más suave y delicada. Sin más, oyó una voz que le decía: “¿Qué buscas?” Laura no se asustó. La situación le parecía extrañamente normal, como si siempre hubiese considerado natural que los árboles pudieran comunicarse con las personas.

Un lago. Un lago con aguas de color esmeralda –respondió Laura tras un mínimo instante de reflexión.

Durante siglos he oído hablar a muchos viajeros que pasaban por el bosque sobre ese lago –afirmó el árbol–. Para llegar hasta él debes caminar durante cinco días en dirección hacia donde nace el sol.

Laura, impregnada por la inmensa fuerza que dan los sueños cuando comienzan a hacerse realidad, se puso a caminar en la dirección indicada por el árbol. Todas las mañanas se fijaba en la situación del sol al amanecer y buscaba un punto lejano hacia el que caminaba durante el resto del día. Las noches ya no le infundían tanto temor. Sabía que, tras unas horas de oscuridad, la luz siempre retornaría al día siguiente.

Tras unos días de camino, Laura descubrió una pequeña aldea. Se acercó a ella con precaución y al llegar junto a las primeras casas vio como dos mujeres mayores la miraban con recelo.

Busco un lago con aguas de color esmeralda –dijo sin más a las mujeres.

No hay ningún lago cerca de este pueblo. Tan sólo tenemos un pequeño arroyo y un pozo, si quieres saciar tu sed –contestó una de ellas.

¡No puede ser! –replico Laura–. Alguien me dijo que aquí encontraría el lago que estoy buscando.

No jovencita, te equivocas, aquí no hay lagos, y mucho menos con aguas de ese color. Pero dinos, ¿cómo has llegado hasta aquí? ¿De dónde vienes?

Tras un eterno instante en el que el tiempo se detuvo, Laura intentó sobreponerse a la decepción que significaba el no poder hacer realidad su sueño. Pensó que el encuentro con el tejo en el bosque había sido también producto de su imaginación y que los sueños son sólo eso. Se refugió en una mirada perdida y vacía, y no quiso contar nada de esta historia ni de su pasado a las mujeres.

La mujer que había hablado hasta ese momento, viendo la cara de desolación y abatimiento de la joven y comprendiendo que no lograrían sacar mucha más información de ella, le dijo:

Mi esposo y yo somos ya mayores y no tenemos hijos. Si lo deseas puedes quedarte con nosotros. Una mano más nos vendrá bien en la casa.

Laura se limitó a hacer un gesto de aceptación con la cabeza, sin ganas de dar explicaciones ni de mostrar signo alguno de alivio o agradecimiento.

En poco tiempo se integró perfectamente en su nueva familia. Enseguida aprendió a hacer multitud de labores, a colaborar en la recolección de cereales y cuidar del ganado. Lo que más le gustaba era acudir al bosque a recoger frutos y plantas silvestres para hacer alguna comida. Desde que llegó a la aldea ya no recordaba sus sueños. Pensaba que era mejor no ilusionarse con ellos para no decepcionarse al no verlos hechos realidad.

Transcurrían los años. Todos apreciaban a Laura, pero la seguían considerando diferente a ellos. Siempre sería la jovencita que llegó de ninguna parte. Ella lo notaba, pero no le daba demasiada importancia. No estaba a disgusto, aunque no sentía que aquel lugar fuese su hogar. Su vida comenzaba a parecerle aburrida. Pasados los primeros años desde su llegada a la aldea en que aprendió muchas cosas nuevas que desconocía cuando vivía en el castillo, se había amoldado a la forma de vida del resto de la gente, en que cada día era una repetición del anterior, con las únicas variaciones propiciadas por el cambio de las estaciones.

Pero un día, de nuevo al inicio del otoño, Laura volvió a tener un sueño: Caminaba por el bosque y llegaba junto a una preciosa cascada que estrellaba sus aguas en una poza bordeada por grandes bloques de piedras. Allí se sentaba y dirigía su mirada hacia la cortina de agua. Despertó y una expresión de alegría llenó su rostro. Recordaba un sitio parecido al de su sueño. Estaba montaña arriba, en un rinconcito perdido del bosque. Así que, sin más, se puso en camino.

Llegó junto a la cascada a media mañana. A pesar de que apenas había estado allí un par de veces más, le fue fácil encontrar el lugar, lo cual llenó a Laura de satisfacción y confianza. Intentó repetir lo que recordaba del sueño y se sentó sobre una enorme piedra, justo frente a la caída del agua. Miró hacia ésta intentando percibir algo de especial en su forma cambiante. Pasaban los minutos y no observaba nada que le llamase la atención, pero intuía que lo que buscaba estaba allí, donde ella dirigía la mirada. Decidió levantarse y acercarse hacia el chorro de caída de agua. A medida que se aproximaba, por el lateral, el agua la salpicaba cada vez con más fuerza, hasta hacerla sentir casi daño. Pero Laura seguía avanzando. Tras un instante, en el que tuvo que cerrar los ojos debido a la enorme fuerza del agua, dio un par de pasos más y la sensación de presión sobre su cuerpo cesó bruscamente. Al abrir de nuevo la mirada comprobó que había accedido a una pequeña cavidad oculta tras la cortina de agua y se dio cuenta de cómo, a pesar de su estrechez, la pequeña gruta se internaba en la montaña.

Comenzó a avanzar de costado, pegada entre las dos paredes, sin espacio apenas para respirar. La luz ya no era capaz de llegar hasta donde ella estaba, pero notaba una sutil corriente de aire que la animó a continuar.

Tras un largo trecho de oscuridad, la luz retornó, poco a poco, hasta conducirla a una inmensa sala que conectaba de nuevo con el exterior. Al asomarse, los ojos de Laura brillaron como antes jamás lo habían hecho. Allí estaba el lago esmeralda. El sol, el azul del cielo, las verdes praderas y multitud de enormes árboles, completaban esta imagen mágica.

Se acercó lentamente hasta la orilla del lago. La sensación de paz y plenitud era tal y como la recordaba en su lejano sueño. Sentía que ya antes había estado allí. Junto a una espigada roca se percató de la existencia de un enorme tejo aislado y se acercó hasta él. Según giraba a su alrededor descubrió que el tronco tenía las mismas formas de árbol que años antes le había hablado en el bosque.

Veo que ya has encontrado lo que buscabas –oyó Laura decir al tejo.

Sí, pero no es justo que haya tardado tanto tiempo en llegar hasta aquí. ¡Ha sido tan complicado! Es más, he estado a punto de olvidarme definitivamente del lago y de su búsqueda.

El lago siempre ha estado aquí –continuó diciendo el tejo–. Los habitantes de la aldea no conocen su existencia ni tampoco la gruta que da acceso hasta él porque nunca les ha interesado el buscar algo más de lo que les da su rutina diaria. Tú, hace unos años, también desistirte de su búsqueda porque perdiste la confianza en lo que te dice tu interior y te dejaste envolver por la visión de los demás. Y hasta ahora no te has vuelto a reencontrar con tus sueños. Es bonito soñar, pero si no consigues hacer los sueños poco a poco realidad, éstos terminan por desaparecer. Por cierto, mira al otro lado del lago, creo que hay alguien que te espera. Él ha llegado también hace poco.

Laura siguió la indicación del tejo y dirigió la vista hacia la otra orilla del lago. Allí estaba él. Era la parte de su sueño que faltaba por hacerse realidad.

Y allí, junto al lago, Laura encontró todo lo que sin saberlo siempre había buscado: paz, amor, algunas respuestas a antiguos interrogantes y multitud de nuevos misterios por descubrir.

 

Carmelo Hernández (Logroño)

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50- ¡COMO PASA EL TIEMPO!

“¡Cómo pasa el tiempo!”, pensó Julián mientras se balanceaba en su mecedora. Cuando apenas tenía dieciocho años trataba de pensar en lo que podría ser su futuro y le era muy difícil trasladarse a más de diez años vista. Diez años era toda una eternidad; veinte, algo imposible de imaginar. Pero ahora, con casi setenta, todo era tan cercano: su niñez, el colegio, el servicio militar, su boda, el nacimiento de sus cuatro hijos. Todo parecía haber ocurrido ayer mismo.

Julián daba gracias a Dios por conservar su estupenda memoria y, sobre todo, su claridad mental. Se sentía muy triste al ver como a algunos de sus amigos cada día les fallaba más la cabeza y comenzaban a olvidarse de su pasado, hasta que poco a poco perdían también su presente. A él no le importaban demasiado sus otros achaques, pero no hubiese soportado nunca verse privado de su lucidez mental. Mantenía maravillosos recuerdos de su vida, y cuando alguna persona le decía: “Julián, los recuerdos son sólo pasado; nada útil”, él les contestaba: “Sí, los recuerdos son pasado, pero las sensaciones que nos transmiten son un vivo presente”. Pero Julián no se mantenía anclado exclusivamente en sus recuerdos, todos los días encontraba cosas nuevas para hacer. Él había luchado durante toda su vida por abrirse camino y no pensaba que la edad pudiese hacerle desistir de esta forma de ser.

Recordaba a su esposa Luisa, que había fallecido dos años antes. Junto a ella había pasado algunos años felices, pero después todo fue derivando hacia una sutil decadencia.

También recordaba a sus hijos. Luis, el mayor, siempre tan responsable y brillante, “Quizás demasiado serio”, pensaba Julián. Tras terminar la licenciatura de Medicina encontró trabajo en otra ciudad y se instaló en ella. Desde entonces sólo se solían ver por Navidad y en algunas otras celebraciones familiares.

Jorge y Santiago, los dos siguientes, se llevaban apenas año y medio de edad, pero no se parecían en nada. Jorge siempre había odiado estudiar y, en cuanto acabó la escuela primaria, encontró trabajo en una carpintería, donde seguía trabajando hoy en día. A Santiago, sin embargo, la ciudad donde vivían se le quedó pequeña enseguida. Estudió Filosofía y Bellas Artes y, en cuanto pudo, se puso a recorrer mundo. De vez en cuando llegaba alguna postal desde Méjico, China o la India, que servía de rastro de su vida itinerante y dejaba constancia de que seguía con vida.

María, la pequeña, llegó casi por sorpresa cuando sus padres no esperaban ya tener más hijos. Curiosamente, pensaba Julián, era la que más se le parecía. Siempre intentaba disfrutar de cada momento de la vida, con multitud de planes e ideas para poner en marcha. Una muchachita decidida e inteligente que tenía una sonrisa fácil y contagiosa. A medida que fue creciendo, Julián se iba sintiendo especialmente orgulloso de ella y siempre permanecían muy unidos. María siempre le reprendía cuando él encendía su pipa, preámbulo de seguras toses, pero Julián le respondía que en seguida la apagaba, y buscaba algún otro lugar escondido para terminar de saborear su desgastada pipa. El olor a tabaco es delator seguro, así que los dos sabían muy bien el papel que les correspondía en este juego de complicidades.

Julián sonreía para sí mismo, pensando que su vida había sido completa y sintiéndose orgulloso por todo lo que había conseguido para él y para los de su alrededor. Sin duda había cometido errores, pero el balance total reflejaba una vida con innumerables logros y satisfacciones, fruto de sus esfuerzos y de su trabajo.

Tras terminar su taza de café, una agradable sensación de sueño y calidez le fue invadiendo poco a poco, hasta que sus párpados finalmente cedieron.

Despertó sintiendo el olor a naturaleza y humedad. Era un hermoso atardecer de primavera. Los recuerdos nuevamente afloraron en su mente. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que se encontraba en el pueblo donde nació, muy cerca de su casa. Allí vivió durante la adolescencia y la niñez. Recorrió el sendero por el que solía regresar de la escuela y se aproximó a la casa. ¡Cuánto tiempo hacía que no visitaba aquel lugar! María, su hija, le había dicho años atrás que la casa estaba en ruinas, pero a medida que se acercaba a ella, la veía como siempre, con las paredes perfectamente encaladas y las preciosas contraventanas de color añil. Un niño de unos catorce años salió bruscamente sollozando de la casa y se dirigió hacia un enorme castaño que había en el jardín. Trepó hábilmente por el tronco y se encaramó sobre una robusta rama. Julián se acercó hasta el árbol y sus ojos también se humedecieron por las lágrimas. Recordaba esta misma escena muchos años atrás. Acababa de discutir con sus padres y, a continuación, buscaba refugio en lo alto del castaño.

Al llegar Julián al pie del arbol, el niño desde lo alto lo miró con desconfianza.

Hola Juliancín –dijo Julián desde abajo–. Espero que no te importe que me acerque.

¡Vete, déjame en paz! ¡Quiero estar sólo! –gritó el niño.

¿Sabes? –continuo Julián–. Dentro de unas horas se te habrá pasado el enfado. Además, si sigues insistiendo, es posible que consigas ir a estudiar a la ciudad el próximo curso.

¿Cómo sabes que eso es lo que deseo?

Sé muchas cosas sobre ti. O por lo menos sobre lo que es posible que sea tu futuro si sigues luchando por las cosas que deseas. ¿Sabes? Deberás tomar tantas decisiones importantes que me es difícil creer que puedas seguir exactamente mi mismo camino. Aunque seguramente que existan también otros muchos que también te puedan gustar.

¿Tu mismo camino? ¿Pero es que tú y yo somos parecidos? –preguntó el niño.

Sí, somos muy parecidos, casi iguales. Sólo nos separa una pequeña franja de tiempo, pero como ves, a veces podemos conseguir salvarla. Bueno, ahora debo irme, y tú debes ir a cenar y a hacer planes para mañana.

¿Quieres entrar a cenar con nosotros? Siempre hay comida de sobra y a mamá seguro que le encantará.

No –respondió Julián–. Debo volver a mi casa. Todavía tengo cosas por hacer.

¿Nos volveremos a ver de nuevo?

Puede que sí, pero sólo cuando llegue el momento apropiado.

Julián despertó con la misma suavidad con la que le había llegado el sueño. Tenía los ojos húmedos y el corazón lleno de gozo. Recordó entonces un sueño extraño de su niñez, en el que había hablado con una persona mayor que le resultaba familiar, pero que en aquel momento no supo reconocer. Se alegró así de haber podido ayudar aquel día triste al niño que él fue, con tanta vida por descubrir. Pero inmediatamente se dio cuenta de que el niño también había hecho algo muy importante por él, ahora que estaba llegando a la última etapa de su vida: Poder pensar que el tiempo, tal como lo entendemos, no pasa, y que la única diferencia entre lo que somos ahora y lo que seremos en el futuro es sólo el soporte del que nos valemos para sentirnos vivos.

 

Carmelo Hernández (Logroño)

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51- LOCURA DE AMOR (2)

Mi querida Gloria:

¿En qué piensas ahora? ¿Quién te acompaña en el devenir de tus días?

Ayer salí a dar un paseo. Todo estaba en paz, el campo lleno de flores, insectos revoloteando a su alrededor participando en la perturbación de alguna de esas hermosas flores. Allí, a lo lejos, estaba también el horizonte, separando el cielo y la tierra. Algunas nubes se dibujaban en la estela azul que nos embruja cada día. Por el día puede adoptar multitud de colores y por la noche se torna tan oscuro que sólo las estrellas y planetas pueden adornar ese vacío tan grande en el que estamos inmersos.

Todo estaba en paz. Me senté al borde del acantilado y contemplé la inmensidad del océano que tenía ante mí. Por nada cambiaría aquel momento en el que tanta paz invadió mi alma.

Las olas, al llegar al acantilado, se rompían en mil pedazos, y podía sentir sus gritos de dolor y esfuerzo por haber llegado allí desde tan lejos. Alguna que otra gaviota revoloteaba por encima del mar intentando saciar su hambre.

Todo estaba en paz. Yo inspiraba y expiraba intentando llenar mis pulmones todo lo posible para luego vaciarlos y volver a estar en equilibrio.

Mirando aquel paisaje olvidé la historia de la Humanidad. Olvidé el hambre, la sed, olvidé las luchas, el petróleo, el dinero... Podía evadirme con tanta facilidad que deseaba prolongar aquel instante hasta el infinito.

Me acosté sobre el suelo y debí quedarme dormida, pues lo siguiente que recuerdo era el frío y la humedad que empecé a sentir. Abrí los ojos y todo a mi alrededor había cambiado. El cielo se había tornado gris con multitud de nubes deseosas de expulsar todo el agua que llevaban. Ya no habían insectos. Las gaviotas revoloteaban nerviosas temiendo lo que venía.

Empezaron a caer algunas gotas. Éstas se multiplicaban cuanto más se alejaban de la nube. Así, hasta que ni cortas ni perezosas las nubes expulsaron agua a borbotones. Aún así, decidí quedarme allí, sentir el agua sobre mi piel para sentir el ciclo de la vida y ver como en poco tiempo las cosas pueden cambiar mucho.

Pues sí, así es la vida cuando crees sentirte tan feliz que imposible te es pensar en el después, mas el dolor que sientes cuando desaparece la fuente de tu felicidad es tal que no hay palabras que lo describan.

Ese dolor, el mismo que sentí hace dos años cuando mis padres se separaron, y eso me obligó a trasladarme lejos de mi padre y a la vez de nuestra amistad, que desde entonces tan sólo se ve alimentada por algunas cartas. Es el que siento ahora mismo, solo que ahora la fuente de mi desdicha es otra persona, o más bien otro ser, pues aún no logro comprender quién era o qué era.

Todo empezó hace unos meses cuando salí a dar una vuelta por el centro, ya sabes, a mirar tiendas; en definitiva, a recrearme la vista. Pasó que por una de las calles había un chico haciendo mimo. Era impresionante, no había visto otro igual, parecía enteramente una estatua. Podía sentir que respiraba tan sólo porque encima de la cabeza tenía unas cintas de colores muy finas que se movían cada vez que él expiraba.

Me quedé un rato largo contemplándolo, pues era digno de admirar. Era bastante gracioso, pues cada vez que alguien echaba unas monedas en el saquito el chico se movía con enorme dulzura repitiendo una especie de ritual en el que bendecía a todas aquellas personas que pasaban y echaban algo al saquito, pues no sólo habían monedas, también flores, caramelos... Al pronto a mí me pareció que fuera un chico, pero cuanto más tiempo miraba aquella estatua más se acentuaba mi duda.

Estuve casi media hora contemplándolo hasta que decidí que ya era hora de marcharme. Me acerqué para echarle algunas monedas, y cuál fue mi sorpresa cuando al mirarlo sus ojos coincidieron perfectamente con los míos. ¡Oh Gloria!, sentí algo tan fuerte que no sabría explicártelo con palabras. En ese momento no sabía muy bien qué hacer, pero sabía que no podía alejarme de aquella persona como si fuera una más, como si aquello no hubiera ocurrido nunca. ¿Lo entiendes? De modo que saqué un trozo de papel que llevaba y un boli, y escribí:

No puedo expresar con palabras lo que me has transmitido en todo este rato. Supongo que tendrás muchas cosas que hacer, pero me gustaría en alguna ocasión charlar contigo. Si contestas sí, pestañea una vez, no, pestañea dos veces, ¿vale?

Ya ves, yo parecía una quiceañera deseando que el chico que le gusta le mire o le diga algo. Así que acerqué el papel hacia él de forma que pudiera leerlo. Estuvo un rato mirándome y luego pestañeó tan sólo una vez, ¡Gloria, una sóla vez! No pude evitar reírme y él tampoco.

Me hizo señas para que le diera el papel y el boli. Cuando me dio el papel, decía así:

Mañana estaré aquí también. Acércate sobre esta hora y luego ya veremos lo que hacemos. Tienes una sonrisa preciosa.

Bueno, ya te puedes imaginar. Yo estaba a punto de derretirme allí mismo. Era todo tan mágico y tan extraño a la vez. Pues sería a la una del mediodía cuando me alejé de aquel lugar al que volvería al día siguiente. Me llevé todo el día pensando en ese momento. Además mi cara dejaba ver una sonrisa tonta que todos pudieron notar en casa.

Al día siguiente me levanté temprano ya que tenía varias cosas que hacer, y sobre las doce y media fui al mismo sitio que el día anterior. Cuando llegué, allí estaba él. Iba vestido de otra forma y esta vez estaba tocando la flauta. ¡Sonaba tan bien! Cuando me vio llegar me saludó con un gesto muy agradable y me sonrió. Había varias personas observando el espectáculo, y la verdad que era digno de ver, delgadillo, con esas ropas tan coloreadas y anchas bailando al son de la música.

Sobre la una dejó de tocar y empezó a recoger sus cosas. Yo había estado junto a los demás espectadores, y cuando ya no había nadie no sabía si acercarme o quedarme donde estaba. De todos modos mi duda se resolvió, pues cuando terminó de recoger se acercó a mí, se arrodilló, cogió mi mano, la besó y dijo:

¿A quién tengo el honor de conocer?

Me dejó sin palabras, pero aún así pude sacar fuerzas para contestar:

Me llamo Ángela. ¿Y tú?

Él empezó a sonreír.

Bueno, bueno, he tenido muchos nombres, y de todos Samuel es con el que me siento más identificado. ¿Te gusta?

Yo estaba sorprendida. "Nunca había escuchado algo así", me respondí.

¡Ah, pues claro!, me parece un nombre muy hermoso.

Nos estuvimos viendo durante un tiempo. Ambos estábamos demasiado a gusto, tan a gusto que nos daba miedo sentir lo que sentíamos. ¡Dios, cuán doloroso puede ser desear y sentir desde lo más hondo de tu ser que ves alejarte de lo que deseas! Hicimos tantas cosas en tan poco tiempo que nos costaba trabajo asimilarlas.

Un día, que recuerdo perfectamente pues me acordé tanto de ti en aquella magnífica tarde que pasamos juntas en el parque dándole de comer a las palomas, patinando y jugando con las mazas y el diábolo, pues sí, al igual que contigo, después de todo acabamos hechos polvo y decidimos tumbarnos en el césped. Estuvimos tanto tiempo en silencio que tal vez no fueron más de diez minutos, pero yo sentí que habían pasado mil años, cuando para romper con aquel silencio aterrador le pregunté:

¿Qué te pasa? ¿Deseas escuchar el silencio?

En principio no me contestó. Pasó un rato cuando dijo:

Tengo que irme lejos, muy lejos. Probablemente a un sitio del que no podré regresar para volver a mirar tus ojos ni besar tus labios.

Tras decir esto, me sentí atrapada dentro del silencio que volvió a surgir entre nosotros. No podía hablar, casi ni respirar. Sentía que me ahogaba, mas estaba rodeada de oxígeno por todos lados. ¿Qué pasaba, qué estaba sucediendo? ¿Era real lo que acababa de oír o tal vez eran palabras que resonaban tan sólo dentro de mí? No podía reaccionar. Fueron tan pocas las palabras pero tanto lo que decían...

Cuando empecé a darme cuenta de que aquellas palabras habían salido de la boca de Samuel y que no eran imaginaciones mías, volví a romper aquel silencio:

¿Qué sitio es ese que tanto mal nos puede hacer? ¿Qué sitio es ese que parece tan irreal?

De pronto se incorporó y adoptó la postura del dios Buda. Cerró los ojos y empezó a realizar movimientos extraños con las manos. Entonces aún con los ojos cerrados agarró fuertemente mis manos y dijo:

He de regresar a la cárcel en la que todos estamos atrapados sin casi poder salir, salvo si lo deseas con tanta fuerza que tú mismo sientes cómo te elevas y viajas sin viajar. Todos estos días ha sido mi Yo más profundo el que ha compartido tantas cosas contigo, pero no mi Yo terrenal, y éste ahora me reclama y me aconseja volver, pues de lo contrario vagaré eternamente sumido en una soledad tal que mi nueva vida estaría llena tan sólo de tinieblas y oscuridad semejante a la de los vampiros de las leyendas.

Tras pronunciar estas palabras, su silueta se fue desvaneciendo poco a poco, esa silueta que un día me cautivó por su manera de transmitirme tanta vida y tanta muerte a la vez.

Antes de desaparecer totalmente vi como dulcemente me mandaba un beso que fue a clavarse en mis labios fuertemente hasta el punto de querer desvanecer yo también.

Ahora yo te pregunto ¿Qué tengo yo para que todo el que verdaderamente me importa desaparezca de mi vida? Hace dos años mis padres, tú, y ahora, Samuel. Mas aquí estoy, sin saber si tendré fuerzas para seguir, sintiendo que por momentos la cordura se me va y cada vez me siento más y más embriagada de una locura de amor que me aleja de mi vida terrenal.

Sin más que contarte, me despido con un fuerte abrazo.

Besos.

Ángela

 

Cristina Ruiz Yebra

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52- MIEDO A LA VIDA

Tenía miedo a la vida, sencillamente, a vivir. Huía del sol cuando acariciaba su piel y de las gotas de lluvia que mojaban su rostro. Escribía versos para llenar la vida, pero no la vivía. Por eso, cuando sus padres decidieron casarla, se encerró en su cuarto negándose a salir bajo ningún concepto. La firmeza del padre amenazándola con severos castigos y exigiéndole que abriera la puerta, y las súplicas de la madre, lograron que depusiera su actitud. Se atrincheró en su cama abrazada a la almohada llorando en silencio y deseando la muerte.

Dos días estuvo allí, sin agua y sin comida, y viendo que era capaz de dejarse morir, tuvieron que tirar la puerta y sacarla de allí a la fuerza para que conociera a su prometido. Se negó a mirarle y se juró a sí misma que jamás dirigiría la palabra a aquel futuro marido al que despreciaba desde el mismo instante en que se presentó frente a él.

Había pedido al cielo que el día de su boda lluviera y cayeran tormentas que arrasaran la tierra y arruinaran la fiesta. Fiesta para los otros, para ella era su funeral. Pero nada de eso sucedió. El sol brilló en un maravilloso día de primavera, tiñendo de doradas luces los grandes sombreros de las damas y haciendo brillar entre los árboles luces de campanilla. Fue un día cálido, abierto a la vida, con un campo alfombrado por flores y el canto de los pájaros acompañando la música. Todos estaban felices. Todos, menos la novia.

Como una víctima que acepta su destino, se dejó llevar sin pronunciar palabra ni llanto alguno. No dijo "Sí" ante el altar porque ella creía que ya había muerto. Fue una novia sin noche de bodas, fue una luna sin miel y el novio ni se atrevió a tocarla.

Pasaba los días encerrada en su cuarto del que sólo salía para comer. Él conversaba con ella y le hacía preguntas de las que jamás obtenía respuesta, pero seguía la conversación como si entre los dos todo fuera normal. Siempre, aun en los momentos más duros, fue amable con ella. Ni un desaire, ni un tono mal sonante, ni un desprecio recibió de aquel extraño con el que nada compartía salvo breves momentos en el comedor.

Sólo un rasgo de vida costumbrista se había instalado entre ellos. Todas las noches, después de cenar, el hombre leía en voz alta historias con héroes de osada valentía y princesas con dulzura en la piel. La mujer aceptaba con complacencia ese único acto compartido, y para él acabó siendo la razón de su vida.

Aquella situación normalizada cambió un día. Un pequeño acontecimiento vino a variar sus vidas. Una noche en que leía una historia levemente triste, el hombre, distraído, cayó en medio del relato, y desde su abstracción, como en un sueño, escuchó una voz rota por la falta de uso que le decía "Por favor, sigue".

No sólo él quedó sorprendido, también ella, que asustada ante su propia voz, reconociendo que faltaba a su promesa de silencio, agachó la cabeza con labios temblorosos. El esposo siguió como si nada hubiera ocurrido, pero las palabras se rompían en su garganta delatando un miedo escondido durante meses.

A partir de aquel día la mujer empezó a cuidar sus cosas, le preparaba el desayuno cada mañana, y aunque nunca estaba presente, para ambos significaba el comienzo de otro estado de cosas.

Los días se sucedían consumiendo las horas hasta que ella comenzó a ahogarse en un mar de palabras no dichas. Y una noche en la que el corazón le estallaba en el pecho, se acercó al hombre que, sentado frente al fuego, notó una mano acariciando su pelo y unos dedos resbalando por su nuca. Ella temblaba de miedo, pero la mano ya era libre. Enlazando cabellos viajaba por el cuello masculino, recreándose en mil caricias no dadas. Cuando sintió el beso en la palma, se abrió a recibir la vida.

Se amaron como se ama la primera vez, donde cada palmo de piel tiene un sabor distinto, el sabor de lo nuevo. Lloraba de alegría y se durmió abrazado a su cuerpo recordando la primera vez que la vio, una niña que jugaba con muñecas en el jardín trasero y a la que desde ese instante eligió para ser la mujer de su vida. Por ella había aguantado humillaciones, el deseo de mil noches reprimidas sin poderla tocar, mordiendo la almohada de dolor por la añoranza de su piel, muriendo de sed junto a la fuente. Su amor había sido fuerte y pudo aguantarlo todo. Se durmió como un hombre que hubiera llegado al cielo.

Pero en mitad de la noche se despertó sintiendo un escalofrío de hielo en la espalda. Tenía tanto frío que le castañeteaban los dientes, y notó el tacto gélido de unas manos que le ponían la piel como escarcha. A su lado, abrazada a su cuerpo, la mujer le pareció más bella que nunca. Su piel de mármol estaba blanca y fría, y en sus labios había una expresión serena de quien ha alcanzado la paz. Besó su boca y sintió la muerte. Lloraba, y sus lágrimas caían resbalando por el rostro sin vida como la lluvia moja las estatuas. "Te amo", decía, "Te amo". Pero nunca las estatuas resucitaron.

Cuando recogieron sus cosas encontraron las cartas en un viejo baúl. En ellas la mujer hablaba de un amor donde la razón no entraba. Le había amado como se ama desde el lado oscuro, obsesiva y desesperadamente, pero había muerto en la noche de su primer aniversario, y a él sólo le quedó aceptar que ella siempre tuvo miedo a la vida, sencillamente, a vivir.

 

Sara Cabrera

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53- UN SOBERANO GAFE

Cuando compré aquella caja de preservativos lo que menos pensé era que mandando 25 pruebas de compra entraba a formar parte en un sorteo en el que me podía llevar un viaje para dos con todos los gastos pagados al lugar que yo quisiera. No es que yo use muchos preservativos, es más, mi novia se está pensando eso de acostarse conmigo, "que no está preparada" – dice ella. Pero yo por si acaso decidí comprar aquella caja. Hombre precavido vale por dos, y quién sabe cuándo se presenta la oportunidad.

El problema era que, claro, necesitaba 25 pruebas de compra, y sinceramente, comprarlos para tenerlos de adorno... Pero me dio una corazonada, así que los compré. Claro que la compra no fue sencilla. Al parecer los organizadores del sorteo se creen que tenemos la libido por las nubes.

Me recorrí 25 farmacias. No quería comprar todas las cajas en la misma. Una cosa es una cosa y otra es tener fama de vicioso. Pero claro, tampoco podía comprarlos en el mismo barrio, ¡qué espectáculo ir entrando y saliendo de farmacia en farmacia! Es que yo siempre he sido muy mirado en este tipo de cosas.

Así que ya tenía un montón de cajas de preservativos llenas de preservativos sin usar. Mmm..., pero sabía de un principio que eso era lo que me esperaba. Como no había más tutía, mandé las pruebas de compra y esperé.

Esperé dos meses y perdí las esperanzas. Para alegrar la fiesta, mi novia me dejó, así que los preservativos, aparte de llenarse de polvo, y ojo con el chiste fácil, empezaron a reírse de mí.

Cuando, cuál fue mi sorpresa, recibí una carta diciéndome que me había llevado el premio. Bien, qué alegría, pero yo ya no tenía novia, sólo tenía un viaje para dos y un montón de condones sin usar. Pero lo peor no fue eso, lo peor fue la publicidad que se le dio al asunto. En todas las cadenas, en los Telediarios, salía mi foto y el motivo por el que había ganado el premio. ¡Qué vergüenza más atroz! Me hicieron entrevistas, recibía cartas, me nombraron "Machote del año"... ¡hasta la gente me señalaba por la calle!

Y claro, llegó el momento de decidir con quien iba y a dónde. Así que llamé a mi ex por si por una casualidad de éstas de la vida quería venirse conmigo. Pero no tuve oportunidad de pedírselo. Su padre no me dejó hablar con ella, imagino lo que piensa que hice con su hija. En fin, vaya vida más perra.

Así que me encontré que iba a hacer un viaje, no sabía muy bien a donde, y solo. Pero no, ahí estaba mi hermana, siempre a la que salta, para sacarme del apuro. Decidió que iríamos a París. La prensa no dio mucha publicidad a este hecho. Normal, que el machote del año se fuera con su hermana a un viaje que había ganado comprando condones no era lo que más le convenía a los promotores. Y allá nos fuimos mi hermana y yo a la aventura. Por supuesto, con mi equipaje lleno de cajas de preservativos, quién sabe lo que podía pasar.

Nada más llegar a París mi hermana se compró una guía. Los primeros días los pasamos correteando por toda la ciudad. Vimos tantas cosas, y yo tengo tan mala memoria que me acuerdo de poco. Me acuerdo del Museo del Louvre, y por supuesto, de la Basílica de Notre Dame, en la que nos sacamos una foto típica con el jorobado.

Pronto vimos que no éramos compatibles, así que cada uno decidió hacer lo que mejor le pareciera. Como casi no nos veíamos, decidimos que al menos comeríamos juntos. Ella me contaba lo que había visto y yo escuchaba. Conociendo a mi hermana, sé que no dejó rincón por visitar.

Mi plan de campaña era diferente. Yo tenía muy presente el cargamento que llevaba en mi equipaje, así que buscaba cómo hacer uso de él. Las mañanas eran de relax. Las pasaba en la cama, junto a la piscina, viendo la tele. No había nada programado, sólo el descanso.

Las tardes eran diferentes y las noches, por supuesto, también. Recorría bares, hablaba y bebía sin conseguir nada, entraba y salía de discotecas, iba y venía, participaba en karaokes, en "Míster Calzoncillo Mojado", hasta intenté ejercer de gigolo, pero ni por esas.

Los días pasaban y el viaje llegaba al fin, así que me puse a hacer el equipaje, y menudo susto me llevé al ver que mis provisiones de amor y lujuria habían menguado considerablemente. Me dio mucho que pensar. No creía que me los hubieran robado, estaba sobradamente seguro de que yo no había sido, así que, por eliminación, sólo quedaba mi hermana. Resulta que la viciosa de la familia es mi hermana y no yo.

Pero ahí no acabó la cosa, porque en el viaje de vuelta no sólo volví menos cargado –sólo me quedaba una caja–, sino que además tuve que volver con mi hermana y el ligue de mi hermana.

Creo haber mencionado antes haber pasado la mayor vergüenza de mi vida. Pues no fue así. La mayor vergüenza de mi vida la pasé cuando al bajar del avión me encontré con una convención de paparazzis buscando la exclusiva. Y la cosa es que la tuvieron. Yo bajando por la escalerilla del avión cargado con mi equipaje de mano, el de mi hermana y el del maromo aquel, y detrás mi hermana y el verdadero machote del año –24 cajas en 10 días dándose el lote–. Imaginen la exclusiva.

En fin, está visto que en asuntos del corazón, o de más abajo, estoy más que gafado.

 

Paloma Costa (Valladolid)

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54- UNA HISTORIA DE AMOR

Pedro tenía una auténtica fobia a las avispas. Él siempre decía: "Ponme delante una docena de leones muertos de hambre o tráeme una manada de tiburones, y yo los preferiré antes que a una avispa". Aparte de su pequeña broma con truco, era absolutamente verdad que Pedro no podía soportar la proximidad de este insecto. Tal era su febril obsesión, que en primavera y verano raramente salía de casa, y cuando lo hacía era para dirigirse a recintos cerrados en los que difícilmente pudiera encontrar a sus enemigas. Por supuesto, se dirigía en coche a cualquier sitio, siempre con las ventanas cerradas.

En tan extrañas circunstancias, daba la casualidad de que yo era su única amiga, la única que de verdad se preocupaba por él. Él no lo sabía, pero yo ya estaba enamorada de él, a pesar de lo mucho que nos distanciaba. Y es que en parte yo me consideraba culpable de sus desgracias, aunque eso ahora no importa. Lo único que importaba entonces para mí era hacerle ver que una vida no podía irse al garete por una absurda obsesión. Pero él me ignoraba y se refugiaba aún más en su mundo solitario. Ni siquiera al amparo de la noche, cuando poco o nada tenía que temer, salía Pedro de su particular universo.

Su problema iba más allá de una simple fobia, y hasta donde puedo llegar, le comprendo, pues su vida siempre fue muy dura, especialmente tras la muerte de su familia, aunque siempre me tuvo a mí, pero para él yo no contaba.

Su madre, la que tanto le mimaba, drásticamente había perdido la vida al resbalar en la bañera. Pedro, supersticioso como buen sevillano, no tardó en relacionar ese triste suceso con aquella desagradable pesadilla que tuvo la noche siguiente a la tragedia, en la que una gran avispa se introducía en su dormitorio en plena noche. Pocos meses después, la desgracia vino por parte de su mujer y sus dos hijos, que sufrieron un terrible accidente de tráfico que no admitió supervivientes. La autopsia determinó que una picadura de avispa había sido el detonante de la pérdida de control del coche.

A partir de entonces vino la depresión, el aislamiento, y solo yo me quedé cerca de él. Su profesión de experto informático le facilitaba este tipo de vida ermitaña. Aunque yo no comprendía su comportamiento, me alegraba de estar allí, cerca, a pesar de que él jamás diera señal de apercibirse de mi cercana presencia. Pero a cada día que transcurría, yo me iba sintiendo más y más atraída hacia él, y solo esperaba algo, una señal que me permitiera expresarle mis sentimientos.

En una cálida tarde de agosto me llegó la oportunidad. Entré sin hacer ruido, pensando y soñando en cómo sería nuestra confrontación cara a cara, válgame el término, en la que habría de expresarle mi amor, con ilusión y también con temor. Me acerqué a él, lentamente. Estaba absorto ante la pantalla del ordenador, y casi parecía que no existía nada más en el mundo aparte de eso. Lejos de sentirme frustrada, decidí hacer un poco de ruido para obligarle a girar la cabeza y mirarme directamente. Así lo hizo, y durante unos segundos, que se hicieron eternos, nos miramos el uno al otro, intentando adivinar lo que circulaba por aquella otra mente. Yo, por mi parte, intenté hacerle comprender lo mucho que le amaba, que mi mayor deseo siempre había sido permanecer junto a él y que estaba dispuesta a renunciar a todo por él, dispuesta a integrarme en su particular mundo de soledad. Me acerqué un poco más a él.

Su respuesta fue contundente. Con un súbito ardor en sus ojos, Pedro levantó la mano derecha y me despachurró contra la pared.

Jamás hubiera esperado una reacción así. Mientras una amarillenta y viscosa sustancia surgía de lo que quedaba de mi cuerpo, intenté recordar qué había hecho mal. Lo único que había hecho era luchar por el amor deseado según me enseñaron a hacerlo. El amor no se puede compartir, ese es el dogma que aprendí de pequeña. Su madre absorbía demasiado este sentimiento, pero era asustadiza y fue fácil para mí hacerla resbalar. Esa noche además, conseguí estar cerca de mi amado y compartir sus sueños. Entonces comencé a ser feliz. Lo del coche fue algo más arriesgado, pero ese amor era mucho más fuerte, y por lo tanto, más peligroso. Estuve a punto de perder la vida, pero finalmente todo salió bien.

Yo siempre había estado cerca de él, tras una ventana, tras una puerta, siempre esperando el momento. Y el momento había llegado y la respuesta había sido dolorosa. Jamás entendería ese arrebato de violencia injustificada. ¿Cómo se puede hacer daño a alguien que te ama de todo corazón? Claro que quizá él no lo sabía, quizá me confundía con una avispa cualquiera, esas a las que odiaba tanto. Ahora, cuando todo son recuerdos, he perdonado a Pedro.

Finalmente ha rehecho su vida, ha olvidado su obsesión y se ha integrado en la sociedad. En cuanto a mí, no me puedo quejar, pues he conseguido parte de lo que quería, estar cerca de él. Me puedes encontrar en su casa, en un bonito corcho, junto a las fotos de sus parientes, atravesada por una chincheta.

Quizá sí que me quería. A pesar de ser avispa.

 

Raúl Doblas Prades

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55- LA CARTA

Sario Yenú era un hombre fascinante, un hombre genial, de ese tipo de gente que tiene carisma entre las personas, pero un carisma especial, merecido. Era un aventurero que a la vez ayudaba a la gente. A lo largo de sus numerosos viajes, no todos ellos impregnados del aroma del éxito, lo cual le hacía gozar más aún del respeto de la gente, se había tenido que enfrentar ante retos imposibles y enigmas inescrutables. Pero él hacía relativo lo absoluto y casi siempre acababa triunfando. Y lo más fascinante de todo era que no intentaba sacar provecho de ello, sus fines eran completamente altruistas. Esto, por supuesto, le acarreó numerosos enemigos, pero también inigualables amigos que vivieron junto a él múltiples leyendas.

Sario Yenú, hijo de las estrellas, tenía el pelo y los ojos de un intenso negro azabache, era alto y esbelto, bien parecido, con una expresión afable y una mirada inteligente, un rostro que se hacía difícil de imaginar enfurecido.

Sario Yenú era un soñador, un idealista en cuyo mundo los sueños se cumplían. Sario Yenú era un hombre feliz.

Es una lástima que Sario Yenú no participe en esta historia... Porque esta historia es sobre otro hombre, en otro mundo, en otro momento. Sobre un hombre nada fascinante. Sobre un hombre gris. Sobre un... pobre hombre.

Cirilo Páez, soltero, 32 años, funcionario del estado de día y vigilante jurado de noche, podría haber sido candidato al premio al hombre más gris del Universo. Traspasaba ampliamente las fronteras de lo opuesto a fascinante para llegar a ser, prácticamente, nadie. Era tan solo una pieza más en la rueda del mundo, pero una prescindible, como el apéndice del cuerpo humano. Cirilo Páez no tenía tiempo libre, no se lo podía permitir. Cirilo Páez tampoco podía permitirse el lujo de tener sueños o ideales. Cirilo Páez trabajaba duro pensando en un futuro. Quizá porque en el fondo sabía que en el presente estaba muerto.

Cirilo Páez, delgado, 1’72 , cejijunto, con boca pequeña y nariz ganchuda, ojos marrones, apagados, y pelo castaño tirando a gris ceniza, jamás tuvo una inteligencia brillante, ni un físico arrollador, ni siquiera una personalidad atrayente. Era uno del montón, un engranaje de la sociedad, sin aspiraciones, sin metas, excepto la de seguir existiendo. Cirilo Páez no tenía amigos, eran un lujo que no podía permitirse, algo que podía descentrarle de su labor. Porque para Cirilo Páez, su trabajo era su vida, y su vida su trabajo.

Cirilo era rutina, cada día hacía lo mismo.

Cirilo no era ni triste ni feliz, porque no tenía tiempo de saber qué era eso.

Un día, Cirilo recibió una carta. Era muy breve, de hecho tan solo decía "Te voy a ayudar", y la rúbrica era un corazón. Cirilo, sin mucho interés, tiró la carta a la papelera, no tenía tiempo para imaginar por qué alguien le había mandado aquello. Seguramente sería un error.

Tras una rutinaria semana, Cirilo se encontró con dos nuevas sorpresas, una carta y una hermosa flor azul cuyo nombre desconocía, pues jamás había visto algo parecido. Con la simple curiosidad rutinaria, Cirilo abrió el sobre y extrajo una pequeña nota del interior, que decía: "En todos los corazones habita la fuerza del enamorado, que se alimenta de sueños, como la flor corazón". En aquel momento Cirilo se dio cuenta de la silueta de la flor azul.

Aquella misteriosa frase consiguió captar el interés de Cirilo, pero él desconocía qué eran los sueños y el amor, y todo eso del corazón le parecía poco serio. Si alguien intentaba tomarle el pelo, ese no era el camino correcto. Pero esa carta ya no acabó en la papelera...

Dos semanas más tarde, al llegar Cirilo a su despacho matutino, se encontró con tres nuevas sorpresas: Una flor corazón, esta vez multicolor, un pequeño libro titulado “Viajeros”, de un escritor desconocido, y una breve nota: "Es hora de que comiences a soñar y forjes un nuevo destino en el que los sentimientos y la imaginación tengan cabida. Yo siempre estaré contigo".

La mente de Cirilo Páez, anquilosada en la rutina diaria, empezó a entablar un duro combate consigo misma. Cirilo comenzó a tener dudas y a ver desmoronarse su mundo. Cirilo sintió el ansia de soñar, pero no, no podía permitírselo. Aunque aquello del destino, aquello que simbolizaba ese breve relato que le habían contado... ¿Y si fuera verdad? ¿Y si el mundo pudiera ser maravilloso? Necesitaba una confirmación, una última señal, una última nota que le mostrara el camino.

Aquella mañana su secretaria le llamó a su casa quince minutos antes de salir para avisarle de que había alguien esperándole en su despacho, una guapa mujer de ojos brillantes –le dijo ella con un tono de camarada– que además traía una flor, un gran libro y algo más que ni su curiosidad había conseguido descubrir.

Entonces Cirilo se puso a soñar. Rápidamente sacó de su armario su mejor traje y se afeitó la perilla. Tras examinarse por completo ante el espejo, con una luz brillante en sus ojos, con la sonrisa en los labios y el corazón frenético, Cirilo salió de casa para coger el autobús. Pero esta vez... fue el autobús quien lo cogió a él.

Y de esta manera tan triste es como acabó la vida de Cirilo Páez, quien llegó a ser el hombre menos fascinante del mundo. Alguien le enseñó a soñar, le hizo salir de aquel universo gris que obstruía su alma y le hizo sentirse feliz por algunos instantes, y lo que es más importante, le hizo sentirse vivo.

Pero no todas las historias tienen final feliz, sobre todo en este mundo. Un sueño puede despertar el amor, pero no detener un autobús. Esa es la lección que le faltó aprender a Cirilo.

¿Y qué pasó con la mujer? Pues que volvió al lugar de donde procedía, donde vivió innumerables y fantásticas aventuras junto a su querido y fiel amigo... Sario Yenú.

 

Raúl Doblas Prades

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56- EL TESORO OCULTO

Aquel tramo de la calle Fernández de la Hoz estaba muy quieto, casi desierto, como todos los años por las mismas fechas. El verano tocaba a su fin, pero todavía las noches eran calurosas, casi viscosas, entre los modernos edificios de apartamentos que arrumbaban las viejas construcciones del siglo pasado.

La luz de las farolas se reflejaba macilenta sobre el techo de los pocos coches aparcados al borde de las aceras y sólo las campanadas del reloj de la iglesia de La Milagrosa habían interrumpido hacía muy poco y por cuatro veces el pastoso transcurrir del tiempo.

Sin embargo, la ciudad seguía viva alrededor de aquel islote de calma. El sonido estridente de unas sirenas se aproximó desde Abascal, al tiempo que la calle se iluminaba con un carrusel de luces blancas, naranjas y azules.

Pocas ventanas se iluminaron en las fachadas cuando entre portazos y voces una ambulancia y un coche de la policía bloquearon la calzada. Un hombre de edad madura, cuya cabeza sujetaba una rubia teñida vestida muy acertadamente para la canícula, estaba tumbado en el suelo. Una segunda mujer con las manos en la boca y en ceño fruncido contemplaba la escena.

Dos sanitarios se acercaron al cuerpo tendido y abrieron una enorme maleta que dejaron en el suelo, cerca de él. La rubia retrocedió y se reunió con la otra mujer, que ya estaba siendo interrogada por un policía sudoroso, despechugado y con cara de pocos amigos, que había dejado la gorra sobre el capó del coche.

Llegó instantes después una moto con dos jóvenes. La terrible escena de la persona agonizante con el pecho conectado al desfibrilador entre los dos médicos se tiñó con la luz intensa de la antorcha de una cámara de televisión.

El cámara probó el sonido ambiente. "Vuelve a cargar, que se nos va, ¡corre, corre!", escuchó decir a uno de los sanitarios a través de los auriculares.

 

"¡Corre, corre, que no nos vean!", recordó nítidamente la tarde de aquel domingo. Los recuerdos desfilaron ante él con gran claridad y precisión. Su hermano Pedro trepaba con dificultad la verja, hecha con barrotes en forma de lanzas, que protegía el viejo y semiderruido palacete de dos plantas que sobrevivía entre matorrales y un par de palmeras viejas casi secas.

Carlos y él ya habían cruzado a la carrera el viejo jardín hasta la puerta de madera agrietada que sabían se abriría fácilmente, pues no era la primera vez que visitaban la casa, y vio como Pedro al fin se reunía con ellos después de correr aquellos pocos metros, sujetando cómicamente el brazo que le habían escayolado hacía tres semanas. Abrieron la puerta y entraron en el caserón, en la "Casa del Miedo", nombre con que le había bautizado Pedro la semana pasada.

La planta baja estaba igual que el domingo anterior. Las habitaciones de ambos lados del vestíbulo mostraban los mismos restos de pequeños juegos, latas vacías y escombros sucios de excrementos. En las dos visitas anteriores no se habían atrevido a llegar hasta la segunda planta, y aquel domingo estaban decididos a hacerlo. Quizás no volviera a presentarse la oportunidad: las vacaciones estaban a punto de terminar.

Le pareció volver a sentir el mismo escalofrío que le recorrió la espalda cuando empezaron a subir, primero despacio, luego a la carrera, los escalones de la escalera semicircular que conducía a la segunda planta. Allí tenía que haber murciélagos, ratas, pero sobre todo les esperaba el final de la aventura. Estaban seguros que desentrañarían el gran misterio oculto de aquella casa.

 

La cámara enfocó a la pareja de mujeres, ahora cerca del coche policial. Parecía que estuvieran escuchando los mensajes que escupía la radio. Llegó un tercer vehículo, esta vez de la policía municipal, y aparcó con las ruedas montadas sobre la acera en el primer lugar que encontró.

Los médicos acababan de poner una inyección en el pecho del hombre y se disponían a darle una nueva descarga. Todo indicaba que no podría superar el colapso y continuaba terriblemente quieto sobre las baldosas de la acera. "28, 46, 92.. ¡Ahora!", dijo uno de los médicos, y la descarga eléctrica hizo saltar el cuerpo tendido

 

Vio delante de él la segunda planta. Había varias habitaciones vacías y otra escalera, ésta pequeña y de mampostería, que llevaba a una especie de desván también con suelo de madera.

En el desván tampoco había nada, no había absolutamente nada, sólo la desnudez de las paredes, el polvo de los años y la frustración del misterio perdido. Sin embargo, no podía darse por vencido y comenzó a golpear las paredes, seguro que había algún túnel o puerta secreta. Aquella casa guardaba algo.

Golpeando una de las paredes, saltó el yeso, y efectivamente, había algo detrás. Sintió nuevamente la ansiedad, el gozo de haber triunfado. Él tenía razón, la casa tenía oculto algún tesoro, quizás lujosos collares o algún cofre repleto de monedas. Sus padres le premiarían y los amigos del barrio iban a saber quién era él por fin.

El yeso, viejo y cuarteado, se desgajó sin casi esfuerzo bajo los golpes, y vio un fragmento de tela que había sido de lunares ya podrida. Unos centímetros más hacia arriba aparecieron los huesos negruzcos de una mano.

El horror le atenazó el pecho y durante unos instantes creyó que no volvería a respirar. Aquello no era su tesoro. Allí había algo malo. Tendría que haberse ido, pero el trozo de hierro que estaba usando para picar en la pared pareció tener vida propia.

Cayeron más trozos de yeso y desde el boquete recibió la mirada de las cuencas oculares vacías de un cráneo todavía con algunos cabellos pegados a la trágica calva. Sintió un tapón en la garganta, pero al fin pudo liberar un grito y le pareció que volaba hacia la salida dejando atrás el siniestro hueco en la pared. Recordó cómo la huida le hizo recuperar las fuerzas y bajó los escalones de dos en dos, escuchando la respiración atropellada de Pedro y el amigo a su espalda.

Salió al jardín, que ahora le pareció largo, muy largo, y al fin sintió el tacto rocoso y oxidado de la verja. Trepó frenéticamente por ella, y cuando llegó a lo alto, se tiró y cayó de culo después del impacto contra el suelo. Estaba salvado y corría, le pareció que muy despacio, pero corría por la acera de Fernández de la Hoz hacia la calle García de Paredes. Sin embargo, se detuvo. Quería escapar, huir del terror, pero oyó a lo lejos los gritos de su hermano.

El camino de regreso a la "Casa del Miedo" le pareció como andar entre cardos con pantalones cortos. Pedro seguía allí, aullando en lo alto de la verja. Se había introducido una de las flechas entre el brazo y la escayola, y no podía soltarse. Carlos le gritaba, pero no era capaz de hacer otra cosa, como él mismo, que se quedó pasmado allí sin saber qué hacer. Les cogerían y tendrían que contar lo que había visto. Seguramente les meterían en la cárcel, y ya no volverían a ver ni a su padre ni a su madre. Quiso llorar.

Llegaron dos hombres y treparon por la verja para liberar a su hermano. Sintió que alguien le puso una mano detrás de la cabeza y le dijo algo. No pudo recordar el qué, tan grande era la parálisis que el miedo le producía. Tenía que venir su madre, ella le salvaría de toda aquella gente que comenzaba a rodearlos. Escuchaba incrédulo los gritos de Pedro, "¡La Muerte, la Muerte, hemos visto la Muerte!".

No podía hablar, algo terrible se lo impedía. Deseaba decir su nombre, dónde vivía, al lado de la lechería de la señora Dioni de Pardal, en el primer piso; que le dejaran allí y no dijeran nada a sus padres y al señor maestro, que no le hicieran nada por favor... Pero su hermano no dejaba de hablar de la Muerte, ahora entre sollozos.

Llegó un coche muy grande de la policía, gris, con una luz azul oscura en el techo que le sobrecogió aún más. Había que escapar, pero las manos que le sujetaban por detrás se lo impedía. Su hermano dejó de gritar, quizá asustado por los uniformes, también grises y con correas negras a los lados, y sollozó en silencio. Pensó que ya daba todo igual, cuando vio cómo uno de los guardias rompió el candado de la puerta y entraba en la casa.

Por fin uno de los guardias le cogió de la mano y le dijo que le siguiera. Detrás su hermano y Carlos, que seguía sin abrir la boca, y un par de mujeres cariacontecidas. Cruzaron Abascal y García de Paredes, y llegaron ante el portal de su casa, y por fin vio a su madre.

Corría hacia él desde el interior del portal, con las mejillas arrebatadas y los brazos extendidos. "¡Qué guapa era su madre!", pensó. Gritaba y extendía sus brazos hacia él al tiempo. Soltó al guardia y corrió hacia ella sumergiendo la cabeza en su regazo. Sintió la tibieza de su vientre a través de la fina tela del vestido y respiró el suave olor de sus brazos cuando le abrazó.

Ahora estaba todo bien. Ahora podía cerrar los ojos sin que nada le asustara. Ni la "Casa del Miedo", ni los guardias vestidos de gris, ni la espantosa imagen de la Muerte podrían hacerle ya daño.

 

Hubo un momento en que pareció reaccionar –dijo uno de los doctores ante el micrófono–. Pareció estabilizarse, pero a continuación dejó de respirar.

Infarto severo de miocardio. Hemos practicado las técnicas normales de rehabilitación, incluida una inyección directa de Angionex al corazón, pero no ha conseguido superar la crisis.

Muchas gracias, doctor.

La reportera giró su cabeza hacia la cámara.

La policía nos ha informado que llevaba encima su documentación, así que se sabe que tenía 49 años, y además se da la trágica circunstancia que hoy sería el día de su cumpleaños. La noche de Madrid, señoras y señores, ha vivido un nuevo drama que han atendido con gran eficacia los servicios sanitarios del Ayuntamiento, la Policía Nacional y la Municipal. Ahora son las cinco menos veinte de la madrugada. Desde el barrio de Chamberí para Tele Madrid, Lucía del Bosque.

 

>Pedro Martínez Corada (Madrid)

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57- LA PAÑOLETA ROJA

No sé como comenzar a contaros lo que pasó hace ya tantos años, mi memoria ya no es lo que era. Sin embargo recuerdo con más lucidez lo que aconteció entonces que lo que me pasó ayer en el supermercado, sin ir más lejos.

Así comenzó a hablarnos mi abuelo mientras sacaba una pañoleta perfectamente doblada que guardaba en el fondo del comodín. Esto fue lo primero que me llamó la atención, porque el color ya estaba casi ausente de la desgastada tela, y es que los años no pasan en balde para nadie ni para nada. Por esta característica parecía sacada de una serie en blanco y negro, de esas que emitía la televisión cuando sucedieron los hechos que nos contó mi abuelo y yo transcribo aquí ahora.

Parecía directamente sacada de una historia y traída directamente aquí, el mundo real de hoy, por un viajero del tiempo.

Mi abuelo ya se había sentado en el sillón. Nosotros nos situamos a su alrededor, sentados en el suelo, en el sofá, o simplemente de pie, y nos dispusimos a escuchar la historia de la pañoleta que misteriosamente había viajado con el abuelo de traslado en traslado. Él la desdobló, y siguió contándonos:

Esta pañoleta que veis ahora desgastada y sin color era roja, de un rojo brillante e intenso.

Aquí volvió a guardar silencio.

El relato que transcribo a continuación estaba..., está lleno de silencios. Los silencios a los que obliga el paso del tiempo; los silencios que aconsejan los recuerdos agolpándose en la mente y las emociones en el corazón; los silencios llenos de contenidos, de palabras; los silencios para descansar y retomar el hilo perdido. Pero yo ahora, por razones obvias, omitiré alguno de esos silencios, espero que su ausencia no sea demasiado grande.

Después de este breve silencio, mi abuelo dejó un poco de lado la pañoleta y nos miró a nosotros con sus ojos brillantes y profundos.

Yo era tan revoltoso y lleno de vida como vosotros. Tenía tantas ganas de jugar y conquistar el mundo como me imagino que vosotros. Yo entonces iba a jugar a la campa, iba con mi madre, vuestra bisabuela. Ella se sentaba con las amigas a hacer punto, yo correteaba por la campa con mis amigos. La campa llegaba hasta las vías del tren y allí entre las piedras cogíamos lagartijas. Las metíamos en botes de cristal y las utilizábamos para asustar a las chicas.

Otro gran silencio. Nosotros nos empezábamos a preguntar qué tenía que ver eso con la pañoleta. Pensábamos que empezaba a divagar.

Ésta era mi ocupación predilecta hasta que la conocí. Sí, un día me separé de mis compañeros de aventuras y me interné entre la maleza. Iba a hacer mis necesidades y buscaba un lugar apartado. Encontré un muro y me dispuse a hacerlo, cuando una voz femenina me sobresaltó. Una niña se asomaba por encima del muro, del alto muro. Tenía el rostro más hermoso que jamás había visto. Entonces cambió totalmente el concepto que tenía de las niñas. Su rostro refulgía al sol del verano. Sus alegres ojos castaños, como su largo cabello, me estaban mirando. Su sonrisa me acabó de hipnotizar. Se mostraba divertida por descubrirme en esa posición en la que ninguno queremos que nos pillen. Pero eso no me importaba entonces, sólo me importaba que el muro era demasiado alto para mí. Tampoco quería hablar con ella a voces por miedo a que me oyesen mis amigos y acudiesen. Quería que ese momento fuese sólo para mí.

No sabía que hacer y miré a mi alrededor. Entonces acertó a pasar por ahí un joven. El joven se percató de mi situación, y sin decir apenas nada, me sentó en sus espaldas para que pudiese hablar con la pequeña doncella. Ese fue mi primer encuento con Raquel. Hablamos un rato y quedamos para el día siguiente a una hora más temprana. Entonces ella bajó del muro. Se había hecho una escalera de piedras para asomarse al exterior. Yo miré como desaparecía. Al fondo se veía una hermosa y esbelta casa de campo. Ella se volvía a saludarme a lo lejos, pero desapareció de mi vista porque el joven, cansado de sostenerme, me bajó al suelo, y con ello mi pensamiento volvió a este mundo, a mi mundo de enano en un mundo de gigantes.

El muro volvía a ser enorme para mí. Yo no sabía que hacer para solucionar este problema y poder volver a ver a Raquel. El joven, amablemente, me dijo que él me haría una escalera de piedra para que pudiese verla. No sé todavía por qué lo hizo. Sólo sé que me dijo que él iba a hablar con Raquel, que él le había hecho la escalera de piedra el otro día cuando la oyó llorar desde este lado para que pudiese asomarse al exterior. De ese día no recuerdo más porque ya estaba llamándome mi madre a voces para regresar a casa.

Al día siguiente tenía más ganas de ir a la campa que nunca. No lo podía disimular. Casi obligo a mi madre, que tenía otros planes. Al final fui solo. Era viernes. Llegué a la campa y me dirigí a la tapia donde se supone que iba a estar ella, mi princesita. Al principio pensé que no iba a encontrar el lugar, o que ella no estaría. Pero por fin llegué. Allí estaba el joven. No me dijo su nombre, y la verdad es que yo no se lo pregunté, no sé por qué. Allí estaba él haciendo la escalera de piedras. Sólo me dijo en voz baja que tuviese cuidado cuando subiese de no caerme. Me pareció que quería que Raquel no le escuchase. Entonces apareció su rostro tras el muro. Me saludó. El joven se sentó al pie del muro. Me indicó con las manos que subiese. Mientras lo hacía, me puso en las manos un pequeño ramillete de flores silvestres. Yo se lo di a Raquel y ella me respondió con un beso. Casi me caigo de la emoción.

El joven, que desde entonces sería mi confidente, impidió que me despeñara. Fue el comienzo de una gran amistad. Desde entonces asistía con frecuencia a mi cita con Raquel, algunas veces con la presencia de mi confidente, otras con su ausencia. De todos modos nuestras charlas se fueron multiplicando a lo largo del verano.

Mi abuelo calló otra vez más. Nos estaba interesando la historia que nos contaba, quizá porque tenía algo de nosotros. Raquel era nuestra abuela. Pero seguíamos sin saber qué tenía que ver con lo que había dado comienzo. Entonces él cogió la pañoleta y suspiró. Como despertando de un letargo, reanudó la historia. No era para menos. Nuestra abuela Raquel nos había dejado, más a él que a nosotros, el verano pasado. Siguió:

Se me olvidaba. Os estaba contando la historia de esta pañoleta. Un día quedé con Raquel, como tantos otros, al atardecer. Nos dijimos que nos queríamos y nos dimos un par de besos. Ella quiso asegurarse de que yo le quería y me pidió una pequeña prueba: que le atase una pañoleta en un árbol que había enfrente del muro, un árbol algo solitario y más alto que los que le rodeaban. Así vería la pañoleta desde la ventana y se acordaría de mí, aun cuando no nos pudiésemos ver. Yo le dije que sí, aunque sabía que sería casi imposible para mí. Lo mío no era trepar, pero contaba con la ayuda de mi amigo confidente. Raquel me dio la pañoleta y se marchó.

Se trataba de una pañoleta que usaban las peñas en las fiestas. Yo le pedí el favor a mi confidente. Él me aseguró que allí estaría al día siguiente. Me marché. Ya atardecía y mi madre me estaba esperando en casa.

Cuando llegué, todo había cambiado. Mis padres no me echaron la bronca por llegar tarde, pero había algo en el ambiente. Era una carga pesada. No pude volver a la campa. Poco después supe que había estallado la Guerra Civil, aunque todavía no sabía lo que eso significaba. Mi vida no volvió a la normalidad hasta varios años después.

Cuando acabó la guerra..., no, unos años después, acerté a pasear por la avenida Valencia. Iba con frecuencia por allí. Era el lugar donde había estado la tapia, nuestra tapia, y el árbol de donde tenía que haber prendido una pañoleta roja hacía varios años. Iba en vano. Seguro que el joven no pudo poner la pañoleta y ella creería que no lo había hecho porque no la quería. De todos modos, eso ya no importaba, ni el muro ni el árbol estaban allí. "Se habrá olvidado de mí", pensé. Pero ese buen día, al final del verano, me encontré con que había una cometa granate enganchada a una de las farolas, de las altas farolas de la avenida, y me quedé mirándola. Había mucha gente alrededor, yo era uno más.

La multitud se disolvió enseguida. Yo me quedé mirando a lo alto. Detrás de mí una señora mayor nos miraba con asombro. Una joven se me acercó y me dijo "¡Por fin lo has puesto! Has tardado, pero has cumplido tu promesa".

Era Raquel. Apenas logré decir palabra. Era Raquel, y estaba allí. Me dijo que al día siguiente tuvieron que irse por la guerra, que se había asomado a su ventana por la mañana, pero no había visto la pañoleta, que pensó que ya no la quería. Nos abrazamos.

La señora mayor se nos acercó y susurró "Entonces... ¡era verdad !". Nos invitó a tomar un chocolate bien calentito en su casa. Vivía cerca de allí, nos indicó dónde y quedamos para esa misma tarde.

Acompañé a Raquel a su casa, que ahora estaba integrada en la gran avenida. Recordamos los momentos que habíamos pasado juntos allí, y quedamos para la tarde en la casa de la extraña señora que nos había dejado intrigados.

Y así fue, allí estuvimos puntualmente. Nos recibieron sus hijos, que nos hicieron pasar. Pasamos a un saloncito donde nos esperaban. Nos sirvieron el chocolate y nos dejaron a solas con ella. Sacó una pañoleta de un cajón. Nosotros la reconocimos enseguida. Era la nuestra, la que tenía que haber ondeado en aquel árbol que ya no estaba, que había sido sustituido por una triste farola.

Nos contó que su hijo había ido esa noche a colocarla. ¡En qué hora! Los militares lo vieron y creyeron que estaba haciendo señales al enemigo, y lo dispararon. Cuando se enteraron de quién era y de que no hacía nada malo, lo llevaron a su casa. Ella estaba sola. Su hijo le contó moribundo la historia de la pañoleta antes de morir, que la estaba colocando por el amor de dos niños. Desde entonces ella se paseaba el mismo día todos los años por el lugar donde estuvo el árbol donde perdió la vida su hijo, esperando ver a los niños y esperando que no fuera una invención de su hijo, que su hijo no fuera un espía. Añadió que lo de la cometa no podía ser una casualidad, que tenía que ser designio de Dios. Nos dio la pañoleta, nos deseó mucha suerte, y nos despidió.

Y aquí acabó la historia porque interrumpió mi madre para mandarnos a comer. ¡Desgraciado paréntesis! Esa misma tarde nuestro abuelo se durmió para siempre y no nos pudo contar más.

Yo he anotado aquí lo que he recordado de lo que nos contó, de lo que casi no nos pudo contar. La pena es que ya no tengo la pañoleta, la perdí en uno de los tantos traslados que he tenido que hacer desde entonces, y ya nadie me cree. ¿Me crees tú?

 

Óscar Luis Cámara (Burgos)
Emitido el 25-10-1998

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58- LUNA BLANCA

Los cuentos de la niñez adquieren una gran autenticidad en la mente de los niños, donde las brujas, los duendes y los bosques mágicos son tan reales como el mundo sensible. Solo hace falta alimentar la imaginación candente de cada chiquillo y la magia con toda su belleza y horror se convertirá en realidad.

Por ello, los recuerdos de mi niñez son una amalgama abigarrada de fantasía y realidad que apenas logro distinguir, si es que hay alguna diferencia. La bruma de mi memoria me transporta a un otoño lejano de cuando solo tenía once años, y aunque alboreaba la adolescencia, aún estaba sumida en el sueño de la infancia.

Era una mañana de septiembre. Comenzaba las clases en el internado de Santa Teresa de Jesús. Las niñas entrábamos en procesión en el carcelario antro preparadas para pasar un largo invierno en él.

Enfundadas en el maldito uniforme azul semejábamos un río que serpeaba para entrar en una cueva negra. Las religiosas, con su monumental hábito, miraban el hormigueo infantil haciendo el recuento de su ganado humano. Y aunque entrábamos en silencio, recuerdo que en las aulas solía haber un cierto bullicio, cuyo eco resonaba por aquellas húmedas paredes, con los suaves recuerdos del verano revoloteando en nuestras mentes.

Aquel día, el griterío nostálgico fue interrumpido con la súbita entrada de la superiora. El silencio se hizo. Sus ojos grises nos observaron. Pero también decenas de pequeños ojillos se clavaron en ella.

Sor Juana era una mole humana, poderosa, con ojos de acero. Su ciclópeo cuerpo parecía extenderse a cada movimiento. Por si fuera poco, tenía un extraño defecto en la piel, pues en algunos espacios de aquella formidable masa de carne se diseminaban numerosas manchas blancas. Una de ellas le surcaba la mitad de la cara, ocupándole media mejilla, un ojo y parte de la nariz. Una mano era ya totalmente blanca, el resto del cuerpo lo intuíamos.

A pesar que aquel no era mi primer año, he de reconocer que siempre me impresionaba su aparición de primer día porque cada año parecía estar más gruesa y sus manchas parecían conquistar más y más terreno. Sor Juana comenzó con voz grave su discurso anual, recalcando con acento firme la palabra disciplina. Luego en pie nos hizo rezar y finalmente cantamos el himno nacional. Todas las chicas odiábamos a sor Juana y aquel opresivo antro. La monja era tan feroz como parecía y solía emplear métodos que denominaba "eficaces", pero no eran más que crueles ejercicios de maldad y dolor.

Acabado aquel ceremonial, observé que a dos pupitres por delante del mío había una chica nueva. Era delgada y pálida y parecía ausente, como si no tuviera nada que ver con aquel lugar. Casualmente coincidimos en la misma habitación. Al principio me disgusté. Yo prefería a mi anterior compañera, Petra, pero con el tiempo no sólo me había olvidado de ella sino que también me había olvidado de las otras compañeras del internado.

Fui absorbida por el extraordinario mundo de María, que elaboraba fábulas, historias y cuentos con extraordinaria facilidad. Gustaba especialmente de contarme historias de miedo bajo las sábanas a la luz vacilante de una linterna.

Un día me relató el cuento de los zapatos rojos de Ándersen. Era la historia de una niña que se compra unos zapatos rojos el mismo día del entierro de su madre, y días más tarde va con ellos al funeral e incluso va a hacer la confirmación con ellos. Todos le miraban los pies, hasta las imágenes de la iglesia.

En la puerta del templo, un viejo soldado de barba roja le dijo que eran unos preciosos zapatos para bailar, y eso era lo que empezó a hacer, y ya no pudo dejar de bailar y bailar. Se asustó y quiso quitarse los zapatos, pero no pudo. Era como si tuvieran un poder sobrenatural que la dominaba. Bailó en el pueblo, en el camino, en el cementerio, en el bosque, y allí se perdió.

Un día llamó a la puerta de una cabaña perdida en el bosque. Era el hogar de un verdugo. La niña le pidió que le cortara las piernas con su hacha para poder descansar. Este así lo hizo, pero los zapatos siguieron danzando con las piernas de la niña, que se perdieron en lo más hondo del bosque. El verdugo le hizo unas piernas y unas muletas de madera y le enseñó un himno que los pescadores siempre cantan. Ella besó sus manos y se marchó de allí.

A pesar de su arrepentimiento, no podía entrar en la iglesia porque siempre que lo intentaba se encontraba con sus piernas enfundadas en sus zapatitos rojos bailando en la puerta de la iglesia. Finalmente Dios se apiadó de ella y le envió un ángel que se la llevó para siempre.

 


 

Pasó el tiempo, llegaron las austeridades del invierno. Los campos se cubrieron de tonalidades sombrías y oscuras. A través de nuestras ventanas se vislumbraban solemnes bosques que nos envolvían. Para mí no era difícil imaginar a la niña de los zapatos rojos bailando frenética bajo la sombra de los árboles.

De la imaginación inagotable de María surgían otras historias, inventadas o no, que nos ayudaban a soportar aquellas horas melancólicas y rutinarias. Como la del señor Cobes, el agricultor que es linchado por su maldad por los animales y objetos de su granja, el gorrión justiciero que venga a la muerte de su amigo perro, así como Moby Dick, la ballena blanca, sobrenatural y maléfica, en la que no tardamos en ver la similitud de aquel monstruo quimérico y el de la inclemente monja, que desde entonces motejamos así.

Sus historias de terror me trastornaban, pero las necesitaba para sobrevivir en aquel lugar, a veces incluso las representábamos. Nos divertía y sobrecogía meternos en lugares cerrados y oscuros, especialmente el cuarto de baño, donde activábamos el agua de la cisterna que nos rugía como un monstruo pavoroso.

Quizás para nosotras aquel miedo divertido nos servía de antídoto contra el miedo cotidiano y angustioso de cada día. Algunos de estos juegos ahora me parecen ridículos, pero nuestra imaginación era desbordante y aquel edificio tan grande propiciaba nuestra sugestión casi delirante.

En una ocasión me propuso escaparnos a anochecer e ir al bosque, como la niña de los zapatos rojos, y bailar hasta que saliera algún espíritu. Imaginé nuestras siluetas, recortadas bajo la luz blanca, saltando como sombras chinescas. Pero en mi mente la luna era una obra terrible, gorda y blanca, que nos engullía. Así que no me atreví y nunca perpetramos juntas esa hazaña.

Algún día me escaparé –me dijo una vez mientras miraba a través de la ventana. María siempre parecía tener un secreto que no quería decirme.

Una noche me prometió una nueva emoción, algo realmente especial. Me lo dijo de forma tan sombría que sentí un extraño estremecimiento. Y sin decir nada más, me cogió de una mano y me condujo a la despensa, lugar al que no teníamos autorización para entrar porque nuestros movimientos se limitaban a unas zonas muy concretas del internado que no podíamos rebasar. Sin embargo, a decir verdad, hasta aquel día no sabía que existía ese lugar porque unos sacos ocultaban la puerta.

María puso un dedo en sus labios para silenciarme, aunque yo no tenía valor para decir nada. Retiró los sacos y abrió la puerta lentamente para evitar que los goznes oxidados chirriaran demasiado. Con su linterna iluminó el recinto, aunque solo era una mancha de luz engullida en una poza sombría.

Finalmente cerró la puerta, que nos sepultó en aquella tétrica cripta.

Ya verás – me dijo excitada, mientras palpaba la pared que iluminaba con su linterna intentando localizar algo–. Aquí es –exclamó triunfal, y cogiendome de una mano, me la guió hacia la pared, donde noté un agujerito que la atravesaba.

¿Y era esto lo que me querías enseñar? —pregunté decepcionada.

Aún no es la hora —me respondió–. Tenemos tiempo de registrar esto un poco.

El almacén no era muy grande, aunque había una gran cantidad de alimentos, cajas de galletas, botellas de leche, costales de harina, latas de conservas, estanterías repletas de paquetes de azúcar y en el suelo, echados unos encima de otros, sacos de legumbres y patatas. Recuerdo vividamente el olor espeso del polvo y la humedad que lo cubría todo.

María abrió una caja de galletas y nos entretuvimos comiendo y dándole de comer a los ratones, hasta que oímos unos ruidos, como un chasquido y su eco. Permanecimos inmóviles un momento, asustadas por si nos pillaban en nuestra travesura. María apagó la linterna. Nos hubiéramos quedado totalmente a oscuras de no ser por el agujerito donde surgía una luz tenue que nos señalaba. María me invitó a mirar y así lo hice.

Al principio sólo vi una estancia de paredes embaldosadas y húmedas de un blanco hiriente. Tardé un instante en comprender que lo que veía eran los baños. Luego se asomó ella. Su perfil se iluminó como la luna en un eclipse.

Volví a mirar, pero sólo vi una sombra que se paseaba rozando las racholas, tan blancas que lastimaba en los ojos. Sin embargo, un poco más tarde, un toldo negro como una mancha de alquitrán que respiraba cruzó la estancia. Era Moby Dick. Cada uno de sus movimientos resonaba con eco amplificado estallando en cada rincón.

María me hizo apartar para mirar ella. Con cada movimiento de la habitación contigua, su cornea transparente al perfil brillaba como un corazón palpitante. Me dejó mirar de nuevo y me susurró "Ahora verás".

Aquella aterradora mujer se había quitado los hábitos. Estaba desnuda y dispuesta a darse una ducha. Su aspecto era apocalíptico. Bolsas de grasa le cubrían todo su cuerpo amorfo. Capas de michelines flácidos se cimbreaban por la inercia. Sus brazos y piernas eran almohadones arrugados, y el pecho, pellejo plegado, laxo como acordeón desafinado. Aquella forma de apariencia cuasi humana estaba cubierta de manchas y ronchas blancas dividiendo su piel en planos desordenados.

Aquel cuerpo grotesco se introdujo en una de las duchas individuales en la que milagrosamente cupo. Dejó correr el agua y humedeció su titánico tronco. Se frotaba con energía como intentando eliminar aquellas manchas que la envolvían.

Moby Dick era para nosotras una fuente de inspiración imaginativa, pero lo que antes era una intuición, un fantasear, en aquel momento era realidad. Era nuestro monstruo, nuestra ogra particular que nos había secuestrado. Una malvada bruja que nos retenía para innombrables y espantosos fines. Al día siguiente ya no pude ver a la monja del mismo modo que antes. Si anteriormente era para mí un ser extraño, en aquel entonces se convirtió en una auténtica criatura infernal. Quizá fuera cruel, pero María y yo no podíamos evitar risitas nerviosas de complicidad cada vez que la veíamos.

 


 

Comenzaba la primavera. Las mañanas eran más brillantes. La hierba fulguraba bajo los rayos de un sol cada vez más cálido. Unas paredes se habían desconchado por la humedad durante el invierno, así es que, en un extraño arranque de prodigalidad monetaria, decidieron llamar a unos obreros para que las arreglaran.

No sé si era por la primavera o por la presencia masculina, pero las monjas andaban más alborotadas de lo habitual, por lo que se les impidió quitarse la camisa para trabajar y a las internas se nos prohibió hablar con ellos. Naturalmente María rompió las normas, ya que las sorprendí en más de una ocasión hablando con ellos, especialmente con el más joven, un chico extraño de cabellos rojos y orejas alargadas, casi puntiagudas.

En un día de lluvia, María vino corriendo hacia mí con el pelo mojado y con una sonrisa radiante. Abrió su chaqueta y en su regazo vi la temblorosa cabeza de un gatito. Aquel chico se lo había regalado. Era precioso, atigrado con unos ojos redondos como canicas. Aquel regalo hizo que María sintiera una especial simpatía por quien yo consideraba un intruso. Me parece recordar que me dijo que el muchacho vivía en una cabaña en el bosque. Hoy día se me hace difícil creerlo, pero también se me hace difícil creer lo que sucedió días más tarde. Finalmente, María encontró un refugio para el animal, que no fue sino el armario de nuestra habitación.

Sin embargo no pudimos evitar que maullara. Sus lamentos eran especialmente audibles en la noche, cuando cualquier sonido resonaba desmesuradamente. Era inevitable que tarde o temprano Moby Dick viniera a nuestra habitación con su fiel ayudante, la "monja conejo". Creo que no es muy difícil imaginar por qué a esta última la llamábamos así.

Yo nunca la había visto en nuestra habitación, y cuando lo hizo me resultó tan imponente que no pude moverme en todo el tiempo que permaneció en el cuarto. "¡Abrid el armario!", rugió. No nos movimos. "¿No me habéis oído?", volvió a a bramar, tal vez como lo hiciera la reina de corazones en Alicia en el País de las Maravillas.

La simple presencia de aquella mujer me hacía temblar. Sin embargo María no solo no parecía temerla, sino que además pudo enfrentarse a ella con decisión. Le dijo que no. Moby Dick la taladró con ojos furibundos mientras ordenaba a la monja conejo que registrara. La monja solícita obedeció y con tal eficacia que enseguida encontró al animal. Moby Dick ni siquiera lo miró porque no quería apartar su mirada, aún encendida, de los ojos de María, que la sostenía desafiante.

Llévese a esa bestia inmunda de aquí –ordenó.

La monja conejo desapareció. María, como impulsada por un resorte, se abalanzó sobre la puerta gritando, aunque el enorme cuerpo de Moby Dick le impidió salir. Recuerdo perfectamente lo que le dijo:

¡Aquí la única bestia inmunda es usted!

De su voz temblorosa y ahogada destilaba un odio atroz que hasta la misma monja hizo vacilar un momento. Cuando reaccionó, la golpeó tan fuerte que la lanzó al suelo.

¡No podréis salir al patio hasta el fin de curso! ¡Se os abrirá expediente y no volveréis a estar juntas!

Y con voz peliculera añadió:

¡Arderéis en el Infierno!

La monja se marchó dando un sonoro portazo y dejando en el aire un silencio oscuro y vibrante. El eco de la desgracia.

Al día siguiente, a hurtadillas, vi a María hablando con aquel joven. Yo no la oí, pero estoy segura que le explicaba lo que le había ocurrido con la monja. El muchacho escuchaba en silencio y sin dejar de trabajar. Luego se detuvo un momento y le hizo un gesto para que se acercase, y le susurró algo en el oído mientras ella abría tanto los ojos que parecía que iban a salírsele de las órbitas.

Lo que sucedió después todavía me parece una imagen onírica, alucinada y maligna. Quizás sólo haya sido uno de nuestros tenebrosos juegos, alguna de nuestras extrañas historias, alguna pesadilla delirante.

Los ojos de María se habían ensombrecido y solamente parecían percibir la noche de sus pensamientos. Sus gestos se hicieron lentos y calculados, y apenas hablaba a no ser que fuera absolutamente necesario.

Una noche me cogió de la mano y me pidió que la siguiera. En aquel momento sus ojos eran vidriosos como el de una serpiente.

Te enseñaré algo que nunca has visto y nunca más verás.

No había vacilación ni temblor en su voz, solo una absoluta determinación, como si el destino y ella fueran un mismo ser.

En silencio me condujo de nuevo a la despensa, a pesar de mis protestas, porque no me apetecía ver de nuevo aquel espectáculo.

Te digo que esto no lo has visto nunca –susurró.

Parecía totalmente ida, pero enseguida supe que hablaba totalmente en serio. Cerró suavemente la puerta de la despensa y encendió la linterna. Nos sentamos y permanecimos casi inmóviles. Mi corazón me taladraba, me dolía el pecho, sentí escalofríos en mi estómago. En aquella oscuridad, solo rota por la tenue claridad de la linterna, nos hacía sentir que flotábamos en la nada.

Por fin oímos pasos, por lo que María apagó aquel débil quejido de luz. Inmediatamente se asomó por el agujerito. Estuvo mirando un rato mientras su mano, como una tenaza, se aferró a mi brazo y con un estirón me hizo mirar. Al principio sólo vi las baldosas blancas aunque luego, moviéndose de un lado a otro, el inconfundible cuerpo de Moby Dick.

El agua de la ducha corría con furia, cubriendo su mórbido ser. Rápidamente se mojó los cabellos y toda su piel temblorosa y brillante. Con una de sus gordezuelas manos, cogió la botella de champú, que vertió en su cabeza húmeda de modo enérgico, como parecía ser su costumbre.

El agujero del frasco era más grueso de lo normal, por lo que el contenido se precipitó directamente sobre ella. De pronto abrió los ojos, y por un momento sentí que me miraba directamente, que me había visto. Me sentí descubierta, como si algún espíritu invisible me hubiera delatado. Estalló en un grito agudo e irreal que retumbó en todas y cada una de las baldosas. Sus ojos me miraban, me miraban, pero de repente se volvieron blancos y lechosos y luego violetas. Su cabeza, cara y brazos ennegrecieron. El agua le bullía en el pellejo, emanando humo y vapor. Salió de la ducha aullando, ciega y calva, agitando rampante sus brazos.

Invadida por el horror, me aparté e intenté hablar con María, pero ella ya no estaba. Corrí a la habitación y la busqué, pero tampoco logré encontrarla allí. Abatida, me senté cerca de la ventana abierta para respirar aire limpio, sano. Esperaba que la pureza de las estrellas borraran los alaridos que aún palpitaban en mi mente... o es que aún gritaba.

La atmósfera era suave y refrescante, aunque pronto se inundó de pasos y voceríos. A pesar de aquel aluvión bullicioso, distinguí como en un pálido sueño una imagen débil que se vestía con la noche, cruzando el jardín, hundiéndose en lo más negro del bosque. María había desaparecido para siempre.

Días después me acosaron a preguntas, me culpabilizaron, me castigaron, estuvieron a punto de ingresarme en un reformatorio, hasta que comprendieron que yo entendía aún menos lo que había ocurrido. Decidieron que la culpa de todo había sido de María y de aquel joven que también había desaparecido.

Por fortuna, mis padres no tardaron en sacarme de allí. Cuando les vi llegar me abalancé al coche deseosa de que me liberaran lo antes posible. Sin mediar palabra por parte de nadie, el coche arrancó alejándose a toda prisa de aquel lugar.

Desde la ventanilla de atrás me asomé para darle un silencioso y eterno adiós al internado, aunque cada día vuelvo allí con mi pensamiento y paseo atravesando el jardín, las tristes piedras cubiertas de líquenes, las aulas húmedas, las baldosas blancas de los baños.

Lo último que supe de Moby Dick es que fue ingresada en una institución psiquiátrica en estado catatónico. No ha vuelto a hablar desde que se abrasara con una solución de sosa cáustica y cal viva. Por lo visto, su aspecto es tan monstruoso que nadie la ha visitado nunca, ni siquiera las hermanas de la institución.

A María y a ese joven misterioso se los tragó la tierra. Rastrearon el bosque y los pueblos colindantes, se hicieron llamamientos en prensa y radio, incluso se prometieron recompensas. Hubo muchos rumores, historias. Casi se convirtieron en leyenda, pero lo cierto es que nadie les encontró jamás. Pero yo sé que forman parte del bosque, de mis sueños, de mi vida. Y si hay algo que me haga estremecer de verdad es imaginar una cabaña medio devorada por la espesura y dos siluetas danzando bajo una blanca y carnosa luna.

 

Elena Rubio (Barcelona)

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59- NADIA

Me llamo Nadia y soy un personaje de cuento.

Sí, como lo oyen. Soy uno de los muchos y muchas que desfilan ante la imaginación de vosotros, locos escritores que nos ponéis a trabajar en cada una de vuestras historias. Sé que os puede parecer un trabajo insólito, pero es tan digno como cualquier otro. Además, alguien tiene que hacerlo. ¿Qué sería de vuestros cuentos si no hubiera personajes?

En fin, me imagino que ya os habréis hecho una idea de lo importantes que somos, así que voy a tratar de explicaros con un ejemplo en qué consiste mi quehacer rutinario.

Antes de nada, la señorita Imaginación nos convoca y nosotros aparecemos raudos ante ella, deseando ser los elegidos para cubrir los puestos vacantes que ofrece el autor. En la última convocatoria yo iba muy bien vestida y le agradé.

Tras aprobar el examen de la señorita Imaginación, tuve que pasar el del señor Razonamiento, que me observó pensativo durante un buen rato. Justo cuando parecía que iban a contratarme, nos interrumpió la señorita Inseguridad, que entró en escena gritando. "No, ella no vale. Todo es inútil. La historia será un fracaso. Nadie querrá leerla".

Yo miré a la inoportuna con fastidio, siempre estaba con la misma cantinela. En muchas ocasiones no nos contrataban por su culpa, pues el autor es propenso a dejarse convencer por sus visiones pesimistas. Mas en este caso no ocurrió así y conseguí el puesto.

– Fantástico –pensé–. Por fin voy a trabajar.

Sin embargo mi alegría duró muy poco, ya que en ese instante la señorita Imaginación me quitó mi vestido blanco, mis zapatitos azules y mi bolsito a juego.

Estuve así largo rato hasta que estornudé. Entonces unas horribles ropas aparecieron sobre mi piel. Eran harapos sucios, espantosos. Todavía los miraba con repugnancia cuando me di cuenta de que me encontraba en otro lugar. Estaba en un bosque. Lo noté porque el suelo era muy frío y yo, cielos, yo no tenía zapatos. ¿Pero qué clase de cuento era aquél?

Descubrí un riachuelo a pocos metros de mi posición. Tenía sed, seguramente porque al autor le daba la gana, ya que poco antes de comenzar la pesadilla, me había bebido un vaso de limonada. De cualquier forma me incliné sobre el agua cristalina para beber.

Fue entonces cuando vi mi rostro, sucio como si hubiera metido la cabeza en un saco de hollín, y mi pelo, que caía mechones sobre mi frente, apelmazado y grasiento.

Normalmente yo soy pelirroja, tengo una media melenita muy bien cuidada, una cara limpia y ovalada, con unos ojos grandes, muy expresivos de color azul. No soy ni alta ni baja, ni flaca ni gorda, y mi figura merecía algo más que aquel vestuario, que aquel aspecto deplorable.

Un ruido me alertó y me giré. Detrás de mí había aparecido una manada de lobos hambrientos que me observaban con una expresión fiera y con sus fauces babeantes abiertas de par en par. Los salvajes animales tenían aspecto de estar muy, pero que muy hambrientos.

Solo me faltaba eso. La idea de que el cuento se titulase "La cena de los lobos" cruzó mi mente y provocó que mi gesto se ensombreciera.

Los animales avanzaron amenazadoramente hacia mí, rodeándome con sus ojos inyectados en sangre. Mi única salida era el agua, así que intenté saltar al río para salvarme.

Pero no pude. No pude porque el autor no lo tenía así dispuesto. Y por eso yo era incapaz de despegar los pies del suelo, a pesar de que ponía en ello todas mis fuerzas.

– ¿Qué es lo que te pasa? –quería gritarle al autor–. Esos animales no se andan con chiquitas. ¡Me van a devorar!

Pero tampoco podía abrir la boca. Me giré, o mejor dicho, el autor hizo que me girase y me encaré con los hambrientos caninos. Por fin despegué mis labios y grité:

– ¡Socorro! ¡Pobre de mí! ¡Socorro!

Vaya unas frasecitas. El autor debía ser un chalado muy cursi. Mira qué hacerme decir eso... ¡Por favor, qué poca originalidad! Supuse que me encontraba en un típico cuento de damisela en apuros, o más bien de harapienta en apuros porque con aquellas ropas...

De pronto surgió un joven entre la maleza, un espadachín con muy buena planta, que se interpuso de un salto entre los lobos y yo.

– No te preocupes nena –me dijo–, yo te salvaré. Yo te salvaré, nena.

Pero ¿de dónde habían sacado aquel tipo? "Claro, es lógico –pensé en voz alta–. En estas ocasiones lo normal es que aparezca un joven apuesto a rescatar a la chica."

El espadachín sonrió, y al hacerlo su dentadura brilló como si fuera de perlas, mientras mantenía a raya a ocho lobos que pretendían tumbarle. "Por la misma regla de tres –continué–, siempre suele ganar."

Los lobos salieron en desbandada y huyeron bosque a través. "Y quedarse con la chica", concluí con un ribete de temor.

El joven se giró hacia mí. A pesar de la cruenta pelea que había sufrido, no tenía ni el más leve rasguño. De hecho, ni siquiera se había despeinado.

– ¿Qué te ha parecido? –me preguntó.

Iba a decir "patético". Pero de mi boca salieron otras palabras, cortesía del autor, claro está.

— Has sido fantástico.

Me lo veía venir. Se acercó a mí, y tras cogerme el rostro entre sus manos, empezó a inclinar la cabeza con deliberada lentitud, acercando sus labios a los míos.

– ¡Alto! –chillé.

Ya no lo aguantaba más. Me separé de él bruscamente y di rienda suelta a mi furia contenida.

– ¡Se acabó! –grité–. Paso por lo de los harapos y lo del pelo sucio, y también por no tener zapatos. Lo de los lobos, bueno, son gajes del oficio. Lo he soportado todo, pero eso de acabar con éste –señalé el personaje que tenía al lado–, no lo admito. Me niego. Este cuento es patético. ¿Me oyes, autor? Preferiría ser la protagonista de un relato de Edgar Allan Poe antes que de tu historia.

– Pues a mí me gusta mi papel –dijo el guaperas que me acompañaba.

Iba a contestarle enojada cuando un hecho muy extraño llamó mi atención. Un folio caía suavemente desde el cielo planeando en dirección a donde yo me encontraba. Al tenerlo al alcance de mis manos extendí los brazos y lo cogí. Instantes después leí su contenido, tan breve como claro: "Escribe lo que quieras. Firmado: el autor".

Lo releí incrédula una y otra vez. ¿Iba realmente en serio? ¿Podía escribir lo que quisiera?

Como para contestar a mis preguntas, una pluma apareció flotando frente a mis ojos. La cogí con lentitud, comprendiendo al fin que el mensaje que había recibido no era una broma pesada, sino una oportunidad única que nunca antes se le había presentado a un personaje.

Instantes después, un escritorio surgió de la nada misteriosamente, cambiando el aspecto del bosque, que ya de por sí era algo peculiar. Sin titubear, me senté. "Muy bien –dije–. Allá voy".

Me incliné sobre la mesa y empecé a escribir.

– Me llamo Nadia y soy un personaje de cuento.

 

Eva Pérez Rodríguez (17 años)

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Recopilado del programa "Cuento contigo" y editado : Fernando Fernández de Villegas
(Barcelona - España)