Mi
vencidario
Nací en el año
1969 en el condado de Manhattan
en la ciudad de Nueva York
y aunque hoy vivo en
Queens, no me considero como
parte de este barrio de
Maspeth sino que es solo el lugar en donde vivo por ahora. Pasé más de 30 años viviendo en la calle 94 en la esquina de la avenida Broadway en
el barrio que hoy llaman "The Upper West Side". Me acuerdo que cuando
era pequeña, vivían
muchos hispanos
en mi vecindario y la mayoría
eramos inmigrantes humildes. Mi madre trabajaba en una factoría y luego en una distribuidora carnicera en Flushing, mientras que mi abuela cuidaba
niños y vendía
comestibles como pasteles
en hoja, pastelillos y otros bocadillos.
En Broadway, había
un pequeño colmado -
su propietario era Hugo, un
cubano muy amistoso quien había llegado a este país años atrás y pudo ahorrar hasta
comprar su propio negocio - al que íbamos todos los niños
por las tardes
a comprar golosinas y otros antojos. Una Coca Cola en una pequeña latilla valía $.25 y un chocolate
"Kit Kat" también se conseguía por otra peseta. Con $2. semanales,
yo lograba comer todos los bocados
que se me antojaren.
Conocía
a los otros niños del
vecindario y jugábamos
juntos delante de uno de los edificios
cuando terminábamos nuestras tareas . Cada uno
protegía al otro porque no todos teníamos hermanos mayores y siempre andábamos en una pequeña pandilla para este
mismo propósito. Nuestros padres también se conocían
y existía cierta confianza y amistad entre ellos. Aunque todos
mis amigos hablaban Inglés, la mayor parte de sus padres todavía estaban aprendiendo el idioma y esto limitaba
sus posibilidades económicas, pero ellos siempre se las buscaban para
poder mantener su familia y pagar
el alquiler mensual.
A medida que fueron
pasando los años, el vecindario fue cambiando. Hubo una época
cuando las gangas eran muy
poderosas y populares que nuestra vecindad
estaba repleta de personas adictas a las drogas,
había empezado 'la fiebre del
Crack'. El Hotel Narragansett, mi mamá me contaba, había sido un hotel muy
lujoso pero en ese entonces, era un refugio para todo
tipo de indeseable y otras pocas personas que habían quedado desamparadas con hijos y no tenían otro lugar en donde
vivir. El sótano de este hotel estaba
unido por un grupo de callejones a nuestro edificio. Cuando éramos niños nos gustaba explorar este subnivel.
Había gatos realengos por todas
partes que se trataban de esconder cuando sentían la presencia humana pero como eran demasiados solamente lograban treparse en las tuberías adjuntas al techo y esconderse. No era un lugar bonito ni agradable pero
para nosotros era un mundo obscuro y desconocido que en nuestras imaginaciones guardaba diversas aventuras en cada rincón.
Pasaron
unos cuantos años más y empezamos a ver una ola
de construcción de tiendas
nuevas y todos los pequeños comercios de las personas que habíamos conocido por mucho tiempo fueron desapareciendo
poco a poco. Los alquileres comerciales
empezaron a subir tanto hasta que
Hugo - unos de los últimos que logró quedarse - tuvo que vender el colmado. El restaurante de
frituras que le quedaba al lado también tuvo que ceder y cerrar
sus puertas hasta que quedó
una pared enorme de madera
que solamente servía para mantener a todos fuera y pegar diversos
avisos y anuncios que a nadie le interesaban. La pared permaneció
por un buen
tiempo. Diría que acerca de
dos o tres años.
Ya cuando
cumplí los 13 años, mis amigos se habían mudado porque a la vez que iban renovando
algo necesario también iban aumentando los alquileres de los apartamentos. Los dueños vendieron nuestro edificio varias veces a compañías de bienes
raíces y el sótano
fue alterado para que ya
no se pudiera pasar de allí hasta el Hotel
Narragansett. Ahora se empezaron a mudar
anglosajones de distintas profesiones. Los apartamentos que el año anterior alquilaban por $400. mensualmente,
cobraban como mínimo
$2,000. y ellos podían pagarlo.
Hoy, hay muy
pocas personas de mi pasado
que todavía viven allí. Cuando me casé, hace tres años, me marché con mi hija y nos instalamos en otro condado. Mi madre tuvo suerte
que nunca tuvo tanta necesidad y pudo permanecer. A veces,
vuelvo a visitarla. Aunque tengo llaves
para entrar al edificio, han contratado
un guardián de seguridad
que se supone que actúe como portero pero
él nunca abre la puerta ni ayuda a los
inquilinos con sus paquetes sino que
se sienta a leer el periódico
y se asegura que todos firmen una
lista para saber quien entra y sale. Las personas que ahora viven
allí nunca saludan, nunca sonríen, nunca mantienen la puerta abierta, y siempre me miran como si no hay manera de que yo pueda
vivir entre ellos. A veces
me molesta y a veces me entristece ver todos los cambios
acontecidos, pero trato de pensar en lo positivo. Ya no hay tanto crimen
y las gangas que aterrorizaban a los vecinos desaparecieron
completamente. El area está
rodeada por un sinnúmero de tiendas abiertas hasta bien tarde
en la noche y las calles las mantienen
alumbradas siempre. Es muy raro cuando
un chico
travieso se sale con las suyas y alcanza a romper los bombillos de la lámparas como antes. Y hasta
se puede pasear de día o de noche con las misma certeza
de que nadie los atracará.