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El
ataque...
Convencido
de que era innecesario seguir defendiendo el palacio y de que al deponer las
armas los suizos se asegurarian la amnistia, Luis les envio apresuradamente
una orden de alto el fuego, la ultima orden que habria de firmar como rey
de Francia.
Actualmente, se puede ver este interesante documento en el Museo
Carnavalet, en Paris.
En realidad,
fue la sentencia de muerte de los guardias suizos y de muchos otros de los
ocupantes del palacio.
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"...Les
femmes en général sont épargnées.
La princesse de Tarente, Mlle de Tourzel, Mme Campan ainsi échappent.
« Lève-toi, coquine, dit à cette dernière
un Marseillais, la nation te fait grâce.» Plusieurs
femmes de la reine, quelques gentilshommes sont conduits à
la prison de l'Abbaye..."
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La
nota de Luis XVI a los suizos, hoy en el Museo Carnavalet
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Las turbas
no tardaron en precipitarse en su interior y dar comienzo a una carniceria
espantosa.
El periodista
Mercier ha dejado un relato de este horror:
"Con los sirvientes, las hordas no mostraron misericordia alguna.
Los pobres desdichados no habian pensado en huir.
Muchos participaban incluso en las doctrinas revolucionarias y mal podia ocurrirseles
que las furias del populacho se volverian contra ellos.
Siguieron tranquilamente en su trabajo y en medio de el los sorprendieron
las turbas borrachas... desde los chefs de cocina hasta el ultimo ayudante,
todos murieron..."
S.
Loomis, "Una amistad fatal"
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El
mariscal de campo d'Hervilly, antiguo jefe de la guardia constitucional
fue quien se ofrecio para llevar el mensaje de Luis ordenando
a las tropas suizas: "Il se réserve d'ailleurs d'en
faire « l'usage qu'il jugerait le plus avantageux »,
c'est-à-dire qu'il ne le transmettra que si les Suisses
ont vraiment le dessous"
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El
antiguo constituyente Clermont-Tonnerre quien se habia hecho presente
para defender al rey fue asesinado, al igual que los aristocratas y
sirvientes, indefensos y desconcertados ante la furia del ataque. A
medida que eran destrozados, sus cuerpos eran arrojados por las ventanas
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"Pero
ahora se acuerda el rey, el monarca sin cabeza -pronto dejara de tenerla materialmente-
de su deber de no exigir de los otros valor y sacrificio de sangre cuando el
mismo se ha mostrado sin energia, y envia orden a los suizos para que cesen
en su defensa del palacio.
Pero eterna palabra, fatal en su lamentable destino,
¡es demasiado tarde! Su falta de decision y su olvido han costado ya
la vida a mas de mil personas.
Sin obstaculo alguno invade la enfurecida masa el
indefenso palacio.
De nuevo
relucen las sangrientas linternas de la Revolucion: clavadas en picas son
llevadas las cabezas de los asesinados realistas, y solo a las once de la
mañana termina la carniceria.
Ninguna
cabeza mas cae en aquel dia, pero si una corona..."
S.
Zweig
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