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Tiburones enloquecidos Como tiburones enloquecidos ante el olor y la vista de aquella sangre, los revolucionarios prosiguieron su camino, vociferando como locos, hacia el convento de los Carmelitas, donde se hallaban presos otros ciento cincuenta sacerdotes. Una vez que todos ellos fueron brutalmente asesinados, la horda regreso a la Prision de la Abadia, donde quedaban aun muchos presos. En las Carmelitas, los espantados sacerdotes, al ver a aquellos lunaticos ensangrentados, corrieron a refugiarse en la capilla, donde arrodillados, comenzaron a orar; los vandalos irrumpieron en el santuario y provistos de hachas, picas y garrotes los masacraron. Murieron de esta manera, el arzobispo de Arles, los dos hermanos La Rochefoucauld, los obispos de Saintes y de Beauvais, el confesor Hébert y el titular de los benedictinos Dom Chevreul. Algunos sacerdotes lograron escapar trepandose a arboles y saltando los muros de casas vecinas donde se refugiaron. |
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