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Odio y destruccion "Uno no se muere de tristeza", escribio Madame Du Barry inmediatamente despues de la muerte de su amante, el duque de Brissac. Para ella, vivir significaba que tenia que amar. A su alrededor, se agitaban por todas partes las fuerzas del odio y la destruccion. ¿Que podia ser mas natural que el hecho de que esta criatura de la naturaleza, esta mujer de emociones esencialmente solidas, sanas, buscase instintivamente restablecer el equilibrio de las cosas por medio de ese olvido de todo lo que proporciona el amor, la unica aseveracion triunfante del hombre sobre el caos que amenaza envolverle? |
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"Todo cuanto me sucede se me antoja misterioso y loco", le habia escrito cierta vez Brissac, "y creo que la unica sabiduria es que estemos juntos". Tales asuntos amorosos, muchos de ellos nobles y apasionados, eran comunes en aquella oscura noche del derrumbe de un mundo. Bajo la misma sombra de la guillotina muchos hombres y mujeres hallaron unos en otros la confirmacion del jubiloso principio de la vida, y de esa manera triunfaron sobre la despreciable maldad de un Greive, el repugnante sadismo de un Hebert, la fria y virginal escrupulosidad de un Robespierre, que proyectaba su utopia carente de amor y vida con la frialdad de un profesor de economia y la precision de un cirujano en funciones. |
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