Cuando
la procesion paso frente a los establos reales sobre la plaza de armas,
ella levanto la vista hacia la balaustrada del techo.
Alli,
en una camilla, habian llevado a su hijo mayor, el delfin, para que viera
el desfile.
El
niño se estaba muriendo.
Hacia
ya mas de un año que padecia una enfermedad de la columna vertebral
que, por un curioso efecto, lo envejecia mucho mas alla de sus años.
En
poco tiempo, el niño de diez años se convirtio en un anciano
encorvado y marchito.
No
solo su cuerpo resulto de tal manera afectado, sino tambien su mente.
Decia
cosas que en labios de alguien de su edad resultaban desconcertantes.
Poco
antes de su muerte se corto un mechon de pelo para darselo a un paje a
quien tenia gran afecto.
«Aqui teneis, Monsieur -le dijo- un mechon de mis cabellos.
Es lo unico que puedo daros, pues de nada mas dispongo.
Pero cuando yo haya muerto podeis presentar esta prenda a mi padre y a
mi madre, y espero que ellos, al recordarme, os recordaran».
Estaba convencido de que la duquesa de Polignac intentaba envenenarlo,
y no queria permitirse que se le acercase.
Sus
padres lo llevaron a Meudon para alejarlo del pandemonium de Versalles,
y alli murio, un mes despues de haberse inaugurado los Estados Generales.
El
dolor de Maria Antonieta no reconocia limites y fue terrible de ver.
Cuando
el niño hubo recibido la santa uncion, ella se retiro con su marido
a un cuarto contiguo y alli, sollozando de angustia, se dejo caer de rodillas
ocultando la cabeza en las rodillas de el.
En
medio de los asuntos de Estado de Versalles, nadie tuvo tiempo para respetar
el duelo de la pareja real.
Incluso, una delegacion de los Estados Generales insistio en ver al rey
una hora despues de la muerte de su hijo.
-¿Es
que no hay padres entre vosotros?- pregunto Luis.
Pero finalmente accedio a recibirlos y escucho el discurso que le habian
preparado.
La
propia Maria Antonieta fue quien mejor transmitio la atmosfera de confusion
en medio de la cual habia perdido a su hijo, en una carta que escribio
unas semanas despues de la muerte del niño.
«Mi
querido pequeño, el delfin, se fue sin que nadie pareciera advertirlo
siquiera».
El
heredero del trono era ahora el duque de Normandia, el segundo hijo varon
de Maria Antonieta.
Ese niño, que contaba entonces tres años, habria de ser
el rey perdido, Luis XVII, el principe que jamas goberno y sobre cuyo
nombre y cuya persona se ha abatido la bruma de un misterio impenetrable.
S.
Loomis, "Una amista fatal"