| 14 de octubre de 1793 Hasta el ultimo momento, Fouquier, no introdujo la acusacion de Hebert, pero alli la tenia, lista para hacerla estallar como una mina una vez que las inculpaciones anteriores hubieran movido suficientemente el piso a la acusada. "Finalmente -expresaba-, la viuda Capeto, inmoral en todo sentido y una nueva Agripina, esta tan pervertida y se halla tan familiarizada con todos los crimenes que, olvidando su condicion de madre y los limites fijados por las leyes de la Naturaleza, no vacilo en permitirse con Luis Carlos Capeto, su hijo, segun confesion de este ultimo, indecencias tales que con solo pensar en ellas y mencionarlas se estremece uno de horror". De todo esto Maria Antonieta no tenia la menor idea cuando, dos dias mas tarde, se presento ante el tribunal. O bien Fouquier omitio esos pasajes en la copia que le fue entregada de la acusacion, o Chaveau-Lagarde, movido por la compasion, los aparto de sus ojos, pues es indudable que, como se proponia Fouquier, esa ultima infamia la tomo por sorpresa. Ante el tribunal y luego del largo cuestionario, se llamo a un testigo sensacional: Hebert. Comenzo por proclamar sus sospechas sobre el guardia Toulan, afirmando que habia demostrado demasiada simpatia hacia la viuda Capeto, y afirmo que entre sus efectos personales se habian encontrado articulos contra-revolucionarios.
Despues, sin advertencia alguna, anuncio que "Simon
habia sorprendido al joven Capeto en placeres solitarios que hacian daño
a su constitucion. Cuando Simon le pregunto quien le habia enseñado
a hacer esas cosas, el replico que era su madre y a su tia a quienes tenia
que agradecer ese habito. Apenas si cabe imaginar lo que sintio Maria Antonieta al oir esas palabras. No dijo nada y en la version estenografica no
consta que hiciera ningun gesto ni movimiento de horror. -Hay razon para creer -continuo Hebert- que ese
criminal contacto no era dictado por el placer sino por la calculada esperanza
de debilitar al niño, ya que seguian pensando que estaba destinado
a llegar al trono y esperaban tenerlo moralmente dominado de resultas
de su plan. El presidente se volvio a la acusada. -¿Que respondeis a esta declaracion? -interrogo. -No tengo conocimiento de los incidentes que menciona Hebert- respondio ella en voz baja. Al parecer, el propio presidente se sintio molesto
por el testimonio de Hebert, pues intento pasar a otros puntos. -Ciudadano presidente- lo interpelo, se os ruega llamar la atencion de la acusada sobre el hecho de que no ha respondido al cargo formulado por el ciudadano Hebert respecto de lo que pasaba entre ella y su hijo. Quiza de mala de gana, el presidente se volvio hacia Maria Antonieta y repitio la pregunta.
Entonces la reina se levanto de su asiento. -Si no he respondido- contesto, es porque la Naturaleza se niega a responder a semejante cargo imputado a una madre. Despues, con un gesto de intenso dramatismo, se volvio del presidente a la galeria ocupada por el publico, donde estaban las pescaderas y mujeres de la calle. -¡Apelo a todas las madres que hay en esta sala!. Sus palabras actuaron sobre los espectadores como una descarga electrica. El inesperado llamamiento de mujer a mujer, de madre a madre, pasando por encima de las cabezas de los hombres y de las fronteras de clase y diferencia politica fue un golpe maestro, de todo caracteristico de los gestos instintivamente adecuados de Maria Antonieta. En la galeria estallo el pandemonium, acompañado por algo que podian ser aplausos. Varias mujeres se desmayaron y hubo que sacarlas de la sala del tribunal. Herman, el presidente del tribunal, hizo sonar la campana llamando al orden. Presurosamente paso a otro tema, esta vez Varennes. Tras unas pocas preguntas trajo a colacion otro nombre que tambien debe de haber llenado de emocion a la prisionera. -¿Quien os proporciono el famoso carruaje
en que partisteis con vuestra familia? Otro murmullo recorrio la sala. Cuando, a las tres, el tribunal decreto un receso de dos horas, se observo que los jueces tenian expresion preocupada al abandonar la sala. Esa noche, Robespierre tenia que cenar con uno de los jurados en un reservado del restaurante de Venua. Cuando se entero de los cargos de Hebert y de la respuesta de Maria Antonieta golpeo furiosamente el tenedor contra el plato. -¡Estupido!- grito. ¡Como si no fuera suficiente con que la Capeto sea una Mesalina, ese idiota tiene que convertirla en Agripina tambien!. Como los jueces, Robespierre temia que Hebert les hubiera hecho perder el caso. Le quedaba un mes y medio de vida. S. Loomis, "Una amistad fatal". |
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