| La joven águila
vivía encantada esta experiencia, pero estaba escrito
que su vida debía transcurrir rodeada de otras aves,
y así fue como termino formando parte de los emplumados
habitantes del gallinero.
Vida apacible, sin duda: comer todo el día, chismorrear
con el vecino, alborotarse por cualquier ruido, atrapar
algún gusanito despistado... Por la noche dormir
en su palito, acurrucada entre las gordas ponedoras.
Claro, se veía distinto: el patote feo un dia se
convirtió en cisne, el pollito amarrillo crecio y
llego a ser el rey del gallinero, con una cresta tan roja
y hermosa que parecia una corona.
Las mismas gallinas cluecas cobijando docenas de huevos
que un buen día se convertirían en bolitas
de pelusa en movimiento. ¿Y ella? Sin duda era la
más altiva, la más distante, la que veía
mas lejos, y la que tenia alas más largas.
Alas ¿para qué?
Él ultima día de este cuento, la joven águila
miro por fin el cielo. Entre las más oscuras nubes
de lluvia se formo de pronto un hueco que atravesó
un rayo de sol.
Y este rayo inflamo el corazón del águila,
dio energía a sus dormidas alas y, extendiéndolas
en toda su envergadura, las hizo vibrar, al principio, lentamente,
algo de vuelo, luego cada vez mas alto y más alto,
hacia aquel pedazo de cielo y aquel rayo de luz que la llamaba.
Queridos lobatos... hay una verdad en esta historia, reflexionemos:
¿Cómo nos sentimos hoy? Atados al suelo? Confortables
y cómodos como gallinas? O muy por el contrario,
hemos desplegado las alas del alma que nos llevan a la luz
del cielo. Seamos águilas del sol y no animales de
la tierra..
¡Arriba el espíritu, miremos al
cielo!
|