| La madre de Tommy,
al entrar, ocupó una de las sillas que yo había
puesto cerca de mi escritorio. El padre no tardó
en seguirla. ¡Bien! Al menos estaban lo bastante preocupados
como para ser puntuales. Tras intercambiar una mirada de
sorpresa e irritación, se ignoraron en forma ostentosa.
Les hice un análisis detallado de la conducta de
Tommy y su desempeño escolar, rezando por hallar
las palabras adecuadas para unirlos y ayudarlos a ver lo
que estaban haciendo con su hijo. Pero esas palabras no
venían a mí. Tal vez fuera mejor mostrarles
alguno de sus trabajos borroneados, hechos al descuido.
En el fondo de su pupitre encontré una página
arrugada, manchada de lágrimas. Era una prueba de
lenguaje. Había algo escrito por ambos lados: no
era la tarea indicada, sino una frase repetida una y otra
vez.
Después de alisarla en silencio, se la di a la madre
de Tommy. Ella la leyó, y sin decir palabra, la entregó
a su marido. El hombre frunció el entrecejo. Luego
su expresión se ablandó. Pareció estudiar
esos garabatos durante una eternidad.
Por fin plegó la hoja con cuidado y, tras guardársela
en el bolsillo, buscó la mano que su esposa le ofrecía.
Ella se enjugó los ojos y le sonrió. Yo también
lagrimeaba, pero ellos no parecieron notarlo. Él
la ayudó a ponerse el abrigo y salieron juntos.
Dios me había dado a su manera, las palabras para
reunir esa familia. Me había guiado hasta esa página
de papel barato, cubierta con el desborde de angustia de
un niño atribulado.
Las palabras eran:
"Querida mamá...Querido papá...los
amo...los amo...los amo."
Jane Lindstrom
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