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Lima - Peru

El dia en que Jesus guardo Silencio!
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Aun no llego a comprender como ocurrió. Si fue real o un sueño. Solo recuerdo que ya era tarde y estaba en mi sofá preferido con un buen libro en la mano. El cansancio me fue venciendo y empece a cabecear.
Me encontré en algún lugar entre la semi-inconsciencia y los sueños, no había nada en especial, salvo una pared lleno de tarjeteros, como las que tiene las grandes bibliotecas. Los ficheros iban del suelo al techo y parecían interminables en ambas direcciones. Tenían diferentes rótulos.
Al acercarme, me llamo la atención un cajón titulado: “muchachas que me han

 
gustado”. Lo abrí descuidadamente y empece a pasar las fichas. Tuve que detenerme por la impresión, había reconocido el nombre de cada una de ellas: ¡se trataba de las muchachas que a mí me habían gustado!.

Sin que nadie me lo dijera, empece a sospechar donde me encontraba. Este inmenso salón, con sus interminables ficheros, era un crudo catalogo de toda mi existencia. Estaban escritas las acciones de cada momento de mi vida, pequeños y grandes detalles, momentos que mi memoria había ya olvidado. Un sentimiento de expectación y curiosidad, acompañado de intriga, empezó a recorrerme mientras abría los ficheros al azar para explorar su contenido.

Algunos me trajeron alegría y momentos dulces, otros por el contrario, un sentimiento de vergüenza y culpa tan inmensos que tuve que volverme para ver si alguien me observaba.

El archivo “amigos” estaba al lado de “amigos que traicione” y “amigos que abandone cuando más me necesitaban”. Los títulos iban de lo mundano a lo ridículo “libros que he leído”, “mentiras que he dicho”, “consuelo que he dado”, “chistes que conté”... otros títulos eran: “asuntos por los que he peleado con mis hermanos”, “cosas hechas cuando estaba molesto”, “murmuraciones cuando mama me reprendía de niño”, “videos que he visto”, “cosas que hice cuando nadie me veía”... no dejaba de sorprenderme de los títulos. En algunos ficheros había muchas más tarjetas de las que esperaba y otras veces menos de lo que yo pensaba.

Estaba atónito ante el volumen de información de mi vida que había acumulado. ¿Seria posible que hubiera tenido el tiempo de escribir cada una de esos millones de tarjetas? Pero cada tarjeta confirmaba la verdad. Cada una escrita con mi letra, cada una llevaba mi firma. Cuando vi el archivo “canciones que he escuchado” quede atónito al descubrir que tenia mas de tres cuadras de profundidad, y ni aun así, vi su fin. Me sentí avergonzado, no por la calidad de la música, sino por la gran cantidad de tiempo que demostraba haber perdido.

Cuando llegue al archivo”pensamientos pecaminosos” un escalofrío recorrió mi cuerpo. Solo abrí el cajón unos centímetros, me avergonzaría conocer su tamaño. Saque una ficha al azar y me conmoví por su contenido. Me sentí asqueado al constatar que “ese” momento, escondido en la oscuridad, había quedado registrado. No necesitaba ver mas.

Un impulso desesperado afloro en mi. Un pensamiento dominaba mi mente: ¡nadie debe ver esta tarjeta jamas! ¡Tengo que destruirla! En un frenesí insano arranque un cajón. ¡Tenia que vaciar y quemar su contenido! Pero descubrí que no podía siquiera desglosar una sola tarjeta del cajón. Me desespere y trate de tirar con mas fuerza, solo para descubrir que eran mas duras que el acero cuando intentaba arrancarlas. Vencido y completamente indefenso, devolví el cajón a su lugar. Apoyando mi cabeza en el interminable archivo, testigo invencible de mis miserias, empece a llorar.

En eso, él titulo de un cajón pareció aliviar en algo mi situación: “Personas con las que he compartido el evangelio”, la manija brillaba. Al abrirlo encontré menos de diez tarjetas. Las lagrimas volvieron a brotar de mis ojos. Lloraba tan profundo que no podía respirar. Caí de rodillas al suelo, llorando amargamente de vergüenza. Un nuevo pensamiento cruzaba mi mente: nadie deberá entrar a este salón, necesitaba encontrar la llave y cerrarlo para siempre. Y mientras me limpiaba las lagrimas lo vi ¡oh no! ¡Por favor, no! ¡El no! ¡Cualquiera menos Jesús! Impotente vi como Jesús abría los cajones y leía cada una de mis fichas.

No soportaría ver su reacción. En ese momento no deseaba encontrarme con su mirada. Intuitivamente Jesús se acerco a los peores archivos, ¿por qué tiene que leerlos todos? Con tristeza en sus ojos busco mi mirada, yo baje la cabeza de vergüenza, me lleve las manos al rostro y empece a llorar de nuevo. El se acerco y puso sus manos en mis hombros.

Pudo haber dicho muchas cosas, pero no dijo una sola palabra. Allí estaba junto a mí en silencio... y lloro conmigo. Volvió a los archivadores y de un lado del salón empezó a abrirlos, uno por uno, y en cada tarjeta firmaba su nombre sobre el mío. ¡No!, Le grite corriendo hacia él. Su nombre no tenia por que estar en esas fichas, no eran sus culpas, ¡eran las mías! Pero allí estaban, escritas en un rojo vivo. Su nombre cubrió el mío, escrito con su propia sangre. Tomo la ficha de mi mano, me miro con una sonrisa triste y siguió firmando las tarjetas. No entiendo como lo hizo tan rápido. Al siguiente instante lo vi cerrar él ultimo archivo y venir a mi lado, me miro con ternura a los ojos y me dijo: “consumado es, esta terminado, yo he cargado con tu vergüenza y con tu culpa”. En eso salimos juntos del salón... salón que aun permanece abierto... porque todavía faltan mas tarjetas que escribir.

Aun no sé si fue un sueño, una visión o una realidad... pero, de lo que sí estoy convencido es que la próxima vez que Jesús vuelva a ese salón, intentare que encuentre mas fichas de que alegrarse, menos tiempo perdido y menos fichas vanas y vergonzosas.

Elder Osorio from Elder Hubbard

 



 

 


Esta pagina esta dedicada para miembros de la Iglesia deJesucristo de los Santos de los Ultimos Dias.
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