|
cuando
te llego el llamamiento ¡cómo llorabas, como
reías, si, hasta los ángeles se contagiaban
con tu alegría! ¡¡Eras tan feliz!! Y
yo lo era contigo.
Cuándo
te apartaron, ¡qué dicha! ¿Verdad? Nada
importaba todo era yo y mi hijo amado, con su evangelio.
¡Que feliz, que bello te veías! Y cuando llegaste
a aquel bendito lugar que por algunos días fue tu
hogar. Todos tus amigos, ahora eran grandes misioneros como
tu; ¡cómo los quisiste!, Cuando tuviste que
dejarlos lloraste por ellos mas de lo que llorabas por tus
hermanos.
¡Que
feliz eras en tu primer día!, Predicando cuando la
lluvia mojaba tu cuerpo. ¡Que gozo! Eras feliz, ¡qué
grande eras! Nada te importaba, todo era para mi y tus hermanos,
pero . . .
Ahora
te veo triste y la batalla aun no ha terminado, la melancolía
invade tu alma. Las pruebas . . . no las valoras como antes,
y . . . las reglas, ¿dónde las pusiste?
Despierta
hijo. Vístete con tu armadura, eres mi hijo, fuiste
llamado para triunfar, lucha, sé obediente, cumple,
llámame a cada momento, nunca te he dejado. ¡Te
amo!
¡Que
feliz soy ahora!, Dé nuevo has empezado a reír,
ya no piensas tanto en el hogar, ni en el mañana,
todo soy yo me amas y me quieres dar lo mejor de ti. Ahora
que bello te vistes y hasta tu camisa parece mas blanca.
¡Que orgulloso me siento de ti! De nuevo estas en
la calle con pasos seguros, con pasos de guerrero, ¡qué
bello te ves mi hijo.
¡
¡ ¡ MI GRAN MISIONERO ! ! !
|