‘Starship Troopers’: ciencia ficción de pedigrí, cortesía de Robert A. Heinlein
Vamos a olvidarnos por un momento de la relativamente reciente adaptación de Paul Verhoeven del clásico Starship Troopers de Robert A. Heinlein. Ya habrá tiempo para eso.
No existe un sólo pueblo ni una sola religión (con la honrosa excepción del budismo tibetano y el Tíbet como nación) que no hayan practicado la guerra. (Quizás habría que mencionar el curioso caso de Costa Rica, hasta donde yo sé, el único país americano que no posee un ejército.)
Así, una gran tradición militar se alza sobre las conciencias de casi todas las culturas. Los griegos eran unos cabrones en el arte de la guerra. La Ilíada, que junto con La Odisea representa la épica más grande de todas las épocas (sí, aunque nos duela, el Popol Vuh es inferior, y probablemente sólo la poesía épica hindú se le aproxime) tienen como motif central a la guerra. El espartano es el pueblo guerrero por excelencia. Por ahí leí que el consejo de ancianos revisaba cada bebé y que se deshacían de los que consideraban poco aptos para la guerra, es decir, aquellos que tenían deformaciones o que de plano no pintaban para el espíritu castrense. Los tiraban a un barranco.
Los romanos eran otros desgraciados en este rubro. El ejército romano elevó a dimensiones insospechadas la organización del ejército. Me atrevo a decir que hasta Napoleón no hubo una organización militar tan escrupulosamente cuidada. Luego de los romanos llegó el ejército mongol, menos glamoroso pero no por ello menos pavoroso, y la Edad Media también logró conjuntar armadas y ejércitos de miedo, sobre todo del lado francés y británico, pueblos que han vivido durante siglos con la guerra.
De este lado del charco, la cultura azteca dominó a sus vecinos a punta de trancazos. Eran fuertes y orgullosos. Y también un poco nobles. Creo que llegamos a un punto importante: el poder físico, la sublevación militar, quizás la forma original de dominación e incluso orden en las sociedades.
Esto me lleva al imperio que gobierna el mundo contemporáneo: los Estados Unidos. Los gringos, de acuerdo, dominan al mundo porque su cultura se ha impuesto globalmente (MTV, Silicon Valley, McDonalds, Nike, Coca-Cola, ustedes pongan el ejemplo). Mi pregunta es (y aquí hay un punto que podríamos discutir en el message board): ¿los gringos son tan poderosos por su cultura o su cultura es tan poderosa por el desplante militar que le precede? Pocas naciones en el mundo son tan religiosas y a la vez tan belicosas como la norteamericana. Suena a contradicción, pero es la verdad: ningún estado en el mundo, escuchen bien, ninguno menciona a Dios en sus declaraciones oficiales. Los gringos siempre se encomiendan a Dios. In God we trust se lee en el billete de un dólar. Al mismo tiempo, son los espartanos de la era moderna. Aprovechan los nombres de los belicosos indios nativos de Norteamérica para nombrar sus armas de guerra (Cheyenne, Cherokee, Comanche, Tomahawk), ya sean misiles o helicópteros.
En este contexto, es fácil saber por qué surge una novela tan compleja y apasionante como Starship Troopers. A esto añadan el momento en el que se publicó: 1960, la guerra de Corea seguía fresca, la Guerra Fría estaba en su apogeo, Vietnam venía por ahí…
Unas palabras sobre Robert Anson Heinlein y su Starship Troopers. En su momento, le ganó el apelativo de militarista e incluso fascista. Poco importó que ganara el Premio Hugo con esta obra. Para muchos, Heinlein era un puerco que había convertido a un encantador borreguito pacifista (su personaje de Juan Rico) en un soldado profesional.
Sería importante mencionar que Heinlein (por si no lo sabían), es uno de los pilares de la ciencia ficción. Su nombre descansa (murió en 1988) junto al de Isaac Asimov y Arthur C. Clarke como los escritores más influyentes de la sf de todos los tiempos. Y posiblemente Heinlein no sólo sea el más influyente de los tres, sino el que tiene más oficio y una voz más poderosa. Sus textos literalmente te engullen, te convencen. La voz "didáctica" de las figuras paternas que algunos han señalado en sus cuentos y novelas es fuertísima, y parece ser la del propio Heinlein. En Starship Troopers no sólo describe al ejército del futuro –y a la parte más cruda de las fuerzas armadas, la infantería– sino que defiende elocuentemente a la guerra como un "mal necesario".
Starship Troopers está dividido, a mi gusto, en tres partes muy bien diferenciadas: el entrenamiento en el boot camp de un civil de la Federación Terrestre, el sudamericano Juan Rico –o Johnny Rico–, las primeras escaramuzas como soldado ya cualificado y su entrenamiento como oficial o militar de carrera. En eso se lleva 263 páginas de mi edición de Ace Science Fiction.
Detalle de una de las armas utilizadas por los M.I. de la versión de Paul Verhoeven. Créanme: no tienen nada que ver con el impresionante despliegue de los M.I. de la novela de Heinlein.
No es un libro largo. Tampoco es pesado, con excepción de algunos monólogos de los superiores de Johnny. Tampoco tiene mucha acción, ojo: en general, Starship Troopers es una cuidada meditación sobre el arte de la guerra. Como sea, las descripciones no quedan a un lado: ¿qué es un M.I.? ¿Cómo es un Power Suit? ¿Qué pasa con los insectos invasores? ¿De qué manera interviene el ejército en una sociedad ultravanzada que ha dejado en el pasado varios de los vicios que nos definen como sociedad actual? La respuesta a esas preguntas no las encontrarán, definitivamente, en la peliculita de Verhoeven (y sí en el gran libro de Heinlein). En mi próxima entrega nos meteremos más a fondo en los recovecos de Starship Troopers.
Lucilla Godoy, octubre del 2000.
¡Regrésame ya!