‘El sexto día’: Arnold está de vuelta

En una entrevista reciente que le hicieron a Arthur C. Clarke le preguntaron sobre los horrores de la ingeniería, y el viejito se limitó a tirar la carcajada y a decir algo así como "el hombre lleva jugando con ella desde que manipuló los primeros vegetales". En un libro básico que espero que todos ustedes hayan leído (uy, soné como maestra de secundaria), Brave New World, Aldous Huxley le agarra mala onda a la clonación y se pone en un plan francamente tribal. Ya saben, eso de que la tecnología nos está destruyendo y hay que volver a toda costa a nuestro estado primigenio. Esta idea, si lo piensan un poco, no es tan nueva tampoco: podría decirse que una de las ideas centrales de las religiones judeocristianas es volver a aquello que se perdió (la inocencia de Adán y Eva, of course). Y si nos clavamos más en la textura, verán que el vocablo religión tiene, entre tantas etimologías, la raíz religare; simple y sencillamente, "religar" (¿captan la idea?).

Tecnologías fuera de control como la ingeniería genética y la clonación, por lo tanto, nos alejarían más del paraíso perdido. De esa forma podemos entender un poco mejor la paranoia.

Un poco más poéticamente, Gattaca usa este mismo para contarnos la historia de un discapacitado genético que alcanza sus sueños (uno de los mejores eslogans que he visto en años fue aquel de "no hay un gen para el espíritu humano"). Hay quien me dirá que Gattaca es un simple mamotreto de superación personal, pero yo no la veo así. Para mí es un cuento de huevos. De los grandes huevos del personaje de Ethan Hawke por decirle al mundo "¿y por qué no?".

Y ahora presencié otra visión, muy diferente, del mismo tema. El sexto día, y esto es lo que más me gustó, no tiene ningún complejo de decirnos que esta tecnología ya está aquí y, querámoslo o no, va a afectar nuestras vidas. Pero mientras en Brave New World esta postura es apocalíptica y en Gattaca casi, casi utópica (simplemente vean esa atmósfera de una sociedad cromada y estéticamente exquisita), en El sexto día toma un giro casi paródico: la tecnología está en todos lados, en autos que se manejan por sí solos, refrigeradores que hacen las compras del super y preparan un régimen nutricional con tocar un botón y perros que han muerto y son clonados para evitar el "sufrimiento" de sus dueños.

Todo esto es una parodia, claro. El mensaje entre líneas parece ser que la tecnología (y la globalización, por qué no) nos puede convertir en una especie de gringo retrasado mental que habla con sus máquinas, se masturba con su "acompañante" virtual que le concede todos sus deseos, consume comida sintética y sus héroes nacionales son los Teletubbies. Eso me gustó. En parte, Demolition Man (aquella con Wesley Snipes y Sylvester Stallone) trató de llevar a cabo esta sátira, pero creo que todo se pierde en el consabido contraste de policía-rudo-tradicional que, después de haber sido mantenido en una cámara criógenica, tiene que enfrentar el sacarinoso futuro de todos-somos-felices.

El personaje de Arnold Schwarzenegger no viene del pasado ni estuvo congelado, y de todas formas le caga un poco esta situación de que hasta las sillas hablen y en los centros comerciales te ataquen vendedores holográmicos, pero también parece ser un tipo práctico que ha entendido que es imposible ir contracorriente.

Un mal día, su personaje (Adam Gibson, curioso, si tomamos en cuenta que Adam es Adán en inglés) llega a casa y se da cuenta de que un clon ha tomado su lugar y vive su vida y hasta parte su pastel de cumpleaños. Los malos lo quieren retirar inmediatamente, pues en el contexto del filme la clonación humana es ilegal. ¿Y por qué lo clonaron, pues? Bueno, ahí hay un chanchullo tenebroso que no pienso contarles.

La trama no tiene tantos huecos, y hasta tiene sus muy decentes "vueltas de tuerca" (como dicen mis aburridos colegas del Primera fila). En este sentido, El sexto día es disfrutable. Otro aspecto que le da, digamos, colorido, es la pequeña ración de violencia y sexo que el director Roger Spottiswoode le da al filme, y que es un poco extraño de encontrar en una película de Arnold. Hay algunas tripas, miembros cercenados y sobadas de nalgas que le dan un toquecito ligeramente gore al asunto, y en lo personal lo encuentro saludable, considerando que Arnold siempre se ha caracterizado por ser un modelo para los chamacos, y que ahora parece que ha entendido que los adolescentes quieren algo más nasty para sus ojos.

Es, dicho sea entre paréntesis, lo que sentí que le hizo falta a Titán A/ E.

Por supuesto, los detalles a la Schwarzenegger comienzan a surgir a medida que avanza la película: las frasecillas "punchline" (le dice a un tipo que se clone para que así se pueda joder a sí mismo), los enemigos con pésima puntería y las situaciones en las que Arnold parece indestructible (y que hacen surgir un "ay no maaaaa" entre la audiencia). Estas cuestiones ya no son NADA novedosas, pero es imposible pensar en una película del buen Arnold sin semejantes detallitos. A esto habría que añadir lo poco plausible que resulta "copiar" en una especie de PocketZip la mente de un ser humano y metérsela vía óptica al clon para que "reempiece" su vida en donde el otro la terminó, pero para efectos del argumento funciona. Y hasta llegar a ser cómico.

En suma: la recomiendo. No hay mucha ciencia ficción en el cine durante estos días, y El sexto día puede ser un buen relax para una tarde de pistolas de rayos y decentes efectos especiales. Y lo mejor, sin duda, es saber que Schwarzenegger, que cada vez se ve más acabadón, todavía puede sacar unos brincos, sobre todo después de su última mamarrachada, El día final.

Lucilla Godoy, diciembre del 2000.

¡Regrésame ya!

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