‘Star Wars: Rogue Planet’: allá viene Darthie

Hace ya un tiempo que pedí mi copia de Star Wars: Rogue Planet (nada que ver con el Rogue Squadron) a Amazon.com. Lo tenía congelado, como suelo hacer, en espera de tener el tiempo suficiente para leerlo como los dioses mandan. Y la verdad es que, entre Asimov, Clarke, el Espantapájaros que ya comenté y mi buen amigo Shakes no me había metido en esta obra de Greg Bear. Bueno, esta semana ya pude sumergirme en sus páginas con olor a selva chiapaneca —a la sazón, un mundo llamado Zonama Sekot— y ahora sólo puedo decir: que a gusto voy a dormir (son las 12:10 PM, últimamente mi mejor horario para escribir… y más con el soundtrack de Gladiador, que me pone a soñar un poco más con valquirias que con romanos, no sé por qué).

El autor: Greg Bear, estadounidense. Bear es un tipo que lleva mucho tiempo en el negocio de la ciencia ficción. Comenzó a publicar en la revista Famous Science Fiction en 1967, y para 1975 ya era autor de tiempo completo. Fue, junto con William Gibson, Orson Scott Card y Bruce Sterling, la voz dominante de la sf en los ochenta. La principal característica de Bear es su profundo conocimiento tanto técnico como científico, lo que le permite crear escenarios plausibles los cuales, a su vez, en la pluma de un escritor tan hábil generan situaciones y personajes inteligentes. Bear es un heredero de la escuela de "ciencia ficción dura" —que le da un lugar predominante a la lógica científica a sus historias— y eso lo hace todavía más extraño para nuestros tiempos. Bear ha ganado dos premios Hugo y cuatro Nebula. Ha escrito una historia basándose en el universo de Fundación de Isaac Asimov (Foundation and Chaos). De ese tamaño. Ah, y es yerno de Poul Anderson (autor clásico de sf que creó maravillosas distopías en las que la Tierra del futuro era un pastiche entre invenciones high-tech y órdenes sociales anacrónicos), lo que me hace pensar que sus hijos, si no heredan el don y el gusto por el género, por lo menos tendrán aletas, antenas, cuatro ojos y un color de piel verdoso.

Rogue Planet es, hasta donde tengo entendido, el primer encargo que Del Rey Books/ Lucas Books le hace a Bear para la serie Star Wars –él mismo se considera fanático desde 1977–. Y vaya encarguito: la primera crónica de una aventura entre Obi-Wan Kenobi y su alumno padawan Anakin Skywalker después de los eventos de La amenaza fantasma. El dúo dinámico de marras, en esta ocasión es enviado por un burócrata Mace Windu-con-cara-de-Samuel-Jackson (me da la impresión de que Mace Windu se la pasa firmando cheques en el Templo Jedi o armando frases domingueras como "you’re talking of the prophecy of the one who will bring balance to the Force") a un mundo ubicado en lo más recóndito de la galaxia, Zonama Sekot, el cual no se rige ni por la República ni por la Federación de Comercio u otro estado que se les ocurra. Zonama Sekot es el rogue planet del título —según mi diccionario Bantam "rogue" significa "pícaro" o "bribón"… creo que ustedes entienden por dónde va la cosa— y esconde un extraño secreto bajo el cual diseñan y producen las naves estelares más rápidas y hermosas de la galaxia. Obi-Wan y Anakin —después de una intensa secuencia inicial en los bajos fondos de Coruscant— se hacen pasar por clientes millonetas que quieren comprar una nave sekotana.

El secreto en cuestión es tan complejo y divertido —difícil de entender en las primeras páginas en las que es expuesto, pero luego detona al 200% el desenlace de la trama— que no se los voy a contar. Sólo les diré que si sobreviven a la lectura del proceso de creación de la nave, apreciarán enormemente la segunda parte del libro, en la que los plots y subplots se desenvuelven tan ágilmente que ya no podrán dejar Rogue Planet.

Así, es fácil ver cómo con 339 páginas y un maestro narrativo como Bear, dos personajes que en un filme de 130 minutos no se desarrollan ni al 10% —y menos por un oxidado George Lucas, que espero se haya tomado sus vitaminas para el Episodio II— van desenrrollándose gentilmente a lo largo de la historia. Anakin es más o menos el mismo chamaco caguengue del Episodio I —sólo que ahora, en vez de 9 años, tiene 12—, lleno de dudas, complejos, sombras y miedos. Obi-Wan Kenobi aparece, ante la inmisericorde pluma de Bear, como un maestro temeroso aunque compasivo, y muchas veces superado por las habilidades naturales de Anakin. Las dudas de Obi-Wan sobre el potencial de su padawan en ocasiones son iguales o más grandes que las de Anakin, y eso le confiere una humanidad muy especial. Así, Obi-Wan terminará con más dudas, más o menos en el mismo lugar miserable que en el principio (como pensando en la perra hora en la que Qui-Gon Jinn le encargó al chamaco). Pero eso no sucede con Anakin, quien, al final del libro, deja ver con poca o nada sutileza que es capaz de convertirse en el peor asesino que hayamos soñado. Si Darth Vader en el Episodio I sólo estuvo presente en un par de acordes de la música de John Williams y en el último segundo de los créditos, en Rogue Planet se asoma a cada página, sobre todo en la segunda mitad del libro. Uyuyuy.

Otra inserción muy, muy notable, es la de los personajes de Willhuf Tarkin y Raith Sienar. Tarkin, para que lo ubiquen, apareció en el Episodio IV, interpretado por el veterano Peter Cushing. Cuando ya estaba a bordo de la Estrella de la Muerte, Tarkin ya era un Moff (o sea, alguien GRANDE) y se daba el lujo de dejarnos frases inmortales como aquella de "charming… to the last". En Rogue Planet, Tarkin es un joven comandante que prevé el futuro de la galaxia a manos del homo sapiens (recordemos que el Imperio de la trilogía clásica es un estado racista y discriminador de las diferentes especies de la galaxia). Parece llevarla muy bien con el Gran Canciller Palpatine y con uno que otro senador corruptillo.

Sienar, por su parte, con el paso de las décadas será el genio detrás de la Armada Imperial y la Estrella de la Muerte. Además, es quien diseñó y fabricó el maravilloso, maravilloso Sith Interceptor de Darth Maul que, por algún extraño fetiche lucasiano, aparece en el Episodio I algo así como, tres segundos y medio, creo. Juntos ven en las naves sekotanas una oportunidad para… no les cuento más.

Me pregunto, ¿cómo se las arregló Bear para hacer una historia de Jedi en la que apenas y en una escena tiene que salir el sable de luz para arreglar los problemas? He ahí la maestría de este gran autor. Gran parte del libro se desenvuelve en el embrollo Tarkin/ Sienar (cuya flota confiscada a la Federación de Comercio tarda muuuuucho en llegar a Zonama Sekot), el conflicto Anakin versus Anakin, la benevolente naturaleza de los nativos de Zonama Sekot y la extraña desaparición de la caballera Jedi Vergere (así se llama, no me vean feo)… ah, y en la aún más extraña relación entre los yuuzhan vong que introdujo R.A. Salvatore en Vector Prime y los sekotanos… ahora sí, no les cuento más. Hay pocos golpes, y la verdad es que no los necesita. La intriga republicana, el misterio de Zonama Sekot y el pequeño conflicto interno del niño Skywalker son suficientes.

Después de leer Rogue Planet entenderás mejor las diferentes personalidades de los personajes principales de La amenaza fantasma —incluyendo el por qué Qui-Gon Jinn no desaparece… cosa que sigue sin quedarme clara— y, no lo tengo que decir, te sentirás mejor preparado para lo que viene en mayo del 2002. Creo que Rogue Planet es la mejor novela de SW que he leído, incluso diría que es una pieza de muy buena ciencia ficción: bien estructurada, con cierta lógica y muchísima imaginación. Compra obligada.

Para saber más de Greg Bear, haz clic aquí.

Y si tienes una American Express, VISA o Master Card, te sugiero que hagas el sacrificio y pidas tu copia de Rogue Planet. en Amazon.com. (Y si no sabes inglés, es un buen momento para aprender.)

LG, septiembre del 2000.

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