"La momia regresa" (y de qué forma)

El fin de semana pasado, UIP me invitó a sus oficinas a ver cómo se revive (de nuevo) a una momia. ¿Y saben qué? No es que sea ingenua, pero la idea de un ejército de perros egipcios devastando la antigua ciudad de Karnak me entusiasma mucho. La momia regresa es, igual que hace dos años, una dignísima cinta abridora de la temporada de verano en Hollywood.

 

Resulta lógico que un estudio como Universal resucite de esta manera el mito de la momia. Durante los veinte y los treinta, la Universal (así, en femenino) fue responsable de los filmes de Drácula (con Bela Lugosi), Frankenstein (con Boris Karloff), El hombre invisible (con Claude Rains) y, por supuesto, La momia. El buen lector recordará o tendrá presente la clásica caracterización de la momia: flacucha, cubierta en vendas y lenta como ella sola.

No así la momia que Stephen Sommers, contra viento y marea (y un montón de escépticos, entre los que me cuento), se dio a la tarea de revivir en 1999. Ese año, el filme estelarizado por Brendan Fraser y Rachel Weisz literalmente chamaqueó a la industria con una recaudación de 44 millones de dólares en su primer fin de semana en Estados Unidos (algunos recordarán un refrito estrenado por esas fechas, Talos, la momia… bueno, no tiene nada que ver). La fórmula era efectivísima: buen humor —con un toquecillo de autoparodia—, un argumento lineal sin muchos recovecos —resuciten a la momia, luego regrésenla a la tumba o acaba con el mundo— y efectos visuales de primera —cortesía de ILM—. Pero también estaba ese otro elemento que a mí, por lo menos, me sorprendió: la momia ya no era esa cosa vendada con los brazos extendidos, sino un ser realmente malo, semiencuerado y con un poder que nos hacía decir "ah, caramba".

 

Este año, con un primer fin de semana incluso más grande que el anterior —casi 70 millones de dólares—, La momia regresa repite más o menos esos elementos y añade otros. De nuevo el mundo está al borde del apocalipsis (y hay una serie de gags estupendos en torno al tema, gracias al excelente John Hannah) y unos idiotas resucitan a Imhotep. La novedad estriba en el rey Escorpión, un desalmado general egipcio que hizo un pacto con el dios Annubis, quien le ha dado su ejército personal para que devaste a la Tierra —los perros egipcios de los que les hablaba en un principio—. Así, la primera secuencia de La momia regresa, en la que vemos al rey Escorpión —interpretado por el luchador gringo The Rock, quien gracias a Dios no habla, sólo gruñe— dirigiendo a sus huestes, vale muchísimo la pena. Es tal el impacto visual y la perfección técnica de los efectos digitales —de nuevo de ILM— que sin duda sentirán que sus boletos han sido desquitados. Disfrutarán enormemente, estoy segura, esos close ups de los perros egipcios bípedos que sirven de infantería del rey Escorpión.

Por fortuna, el resto de La momia regresa tiene otras siete u ocho secuencias de acción que valen la pena. Hay que recordar las reglas para una secuela que tan sabiamente Wes Craven nos puso en la cara con Scream 2: una segunda parte debe tener más de todo. Más muertos, más situaciones inverosímiles, más efectos visuales. Por favor, no se fijen en el acartonado Brendan Fraser tratando de ser un esposo preocupón —en este capítulo ya está casado con el personaje de Rachel Weisz y ambos tienen un chavito que, por cierto, lo hace bastante bien— ni en el milagroso viaje de Londres a El Cairo en cuestión de horas (¿en 1933?). Lo que realmente vale la pena de La momia regresa es el asombro ante las muy bien logradas escenas de acción y lo que son capaces de hacer una bola de geeks con software Maya y computadoras Silicon Graphics. Visto de esa forma, La momia regresa no tiene pierde: garantiza 2+ horas de diversión palomera.

 

Un detalle más: no pierdan de vista las referencias que el hábil Sommers hace a lo largo del filme. A lo largo y ancho están Los cazadores del arca perdida y Jurassic Park. Habrá quien diga que se trata de plagios, pero, para mí, es evidente que Sommers creció, como muchos de nosotros, viendo las películas de Indiana Jones o cosas más sanguinolientas como Excalibur —del que ha heredado ciertas tomas panorámicas— y Alien. Bien por él y bien por nosotros: si por un par de horas se pueden trasladar a los treinta, cuando los aventureros hurgaban en milenarias tumbas egipcias despertando momias jugosas, ya la hicieron.

Lucilla Godoy, mayo del 2001.

  ¡Regrésame ya!

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