‘Espantapájaros’: ciencia ficción desde la frontera

No se sorprenda el lector: existe ciencia ficción escrita en México desde hace mucho. Al menos, desde 1773, según Gabriel Trujillo Muñoz, nuestro más eminente investigador y ensayista nacional en el tema. El cuento fantástico de don Manuel Antonio de Rivas, introductorio a un ‘almanaque celeste’ sería, de acuerdo a Trujillo Muñoz, nuestra opera prima de la ciencia ficción nacional. Quizás sería más apropiado llamarle ‘proto ciencia ficción’, considerando que el género como tal se etiquetó hasta el siglo XX gracias al inmigrante Hugo Gernsback. De igual forma, Trujillo Muñoz en una muy espléndida –aunque a ratos churrigueresca– crónica de la ciencia ficción mexicana, Los confines (Vid, 1999), ennumera las obras de sf nacionales que se han escrito desde la locura de de Rivas en el siglo XVIII. La lista es cuestionable, sin duda, pero habla (lo más importante) de la pasión de un contemporáneo 100% mexicano por un género tradicionalmente (y no sin razón) asociado con la cultura anglosajona.

Esta pasión tiene mucho que ver con el libro que leí hace unos días (me lo fumé, como le platicaba a un lector, sin muchas penas durante día y medio, y eso porque tengo que administrar mi tiempo en cuestiones menos interesantes que la lectura), escrito por el propio Trujillo Muñoz y que se llama Espantapájaros (Lectorum, 1999). Tengo que comenzar diciendo que no tengo el placer de conocer e Trujillo Muñoz y por eso lo que diré es un guayabazo (como dicen en Saltillo, Coahuila) auténtico: es admirable su empuje como cienciaficcionero nacional. De nuevo, su pasión. Sé que es médico cirujano y que vive en Baja California. Y he leído un par de libros suyos. Eso es todo.

Espantapájaros narra, sin tapujos, la historia de un fallido experimento de ingeniería genética del gobierno estadounidense a mediados de los noventa. El escenario es la frontera México-Estados Unidos: Arizona, California, Baja California, Sonora. Lugares que deben de ser mágicos (al menos para quienes hemos viajado por climas y carreteras similares) y que Trujillo Muñoz toma como tarima ideal (recordemos el Area 51, en Nevada) para un experimento secreto gringo. El sujeto de experimentación es el graco, una especie de superarma biológica con un valor añadido muy peligroso: una suerte de hiperinteligencia que le permite, en muy pocas generaciones, igualar e incluso rebasar a sus creadores. Para que haya drama, como decía Woody Allen, tiene que haber conflicto, y en Espantapájaros es la predecible fuga de los gracos (no predecible para el lector, sino para los protagonistas de la propia historia). El resto del libro nos cuenta la sangrienta batalla entre la CIA y otras agencias gringas y un puñado de hiperviolentos gracos –que, a la sazón, chupan sangre, vuelan como helicópteros Apache y son enormemente fuertes–. No sé si el autor haya tenido la intención de crear compasión hacia la ‘humanidad’ de los gracos cazados a duras penas por los humanos (por ahí hay una melodramática escena madre-cría), pero nunca encontré tal. Los vi tan poderosos que me daban pena los pobres humanitos. Asimismo, la asociación entre los gracos y un curioso ser sobrenatural que hace unos tres años robó los encabezados de los diarios es muy divertida.

Pero ¿qué está mal con Espantapájaros? Primeramente, la pésima calidad de la edición. No creo que la sf nacional vaya a avanzar mucho con estas horribles portadas, papel y manejos tipográficos. Pero eso no es culpa del autor. Lo que sí me llamó la atención fue la, a ratos, descuidada redacción. Incluso hallé errores ortográficos que no deberían de estar (o al menos esa es mi idea) en un libro que ya se encuentra a la venta al público. Otros puntos a considerar: Nabokov decía que la clave de toda narración eran la estructura y el estilo (no lo leí en la contratapa de Rayuela de pie en Gandhi, no se preocupen). En cuanto a estructura, no creo que haya algo que reprocharle a Espantapájaros –del punto A se va al B, y así sucesivamente, lo cual es de aplaudirse por la enorme cantidad de concentración y orden que requiere–, pero sí al estilo. Demasiado burdo, tosco, en ocasiones torpe. Me dirán que así redacta él, pero yo creo que es una falta de coherencia estilística. Otro detalle que me llamó la atención es la facilidad que tiene Trujillo Muñoz para el ensayo (una redacción más rígida por naturaleza, pero que él logra aderezar a su gusto en Los confines… tanto aderezo que a ratos me hastiaba el tono de suplemento cultural) en contraste con la ausencia de rigor sintáctico de su noveleta o cuento largo, como le quieran llamar. En cuanto a la historia en sí, como decía, me gusta que vaya tan bien ordenadita, pero a veces peca de demasiado mamucas: yo sé, la sf es un género mamucas per se (o al menos esa es mi idea), pero Espantapájaros tiene momentos melodramáticos que harían que a Spielberg (el rey de los momentos prefabricados) se le pusiera la piel chinita. No les cuento cuáles para no arruinarles la historia.

Como sea, Espantapájaros es fresca. Es fresca porque a) no se desarrolla en la Ciudad de México (aleluya), b) es ciencia ficción mexicana (lo cual en sí es una rareza, aún con 327 años de tradición detrás) y c) no tiene complejos en generar un plot en tierras estadounidenses y recrear una realidad novedosa para los que habitamos a unas 30 horas en coche de aquellos lugares. Bien por Trujillo Muñoz, pues no maneja pendejas referencias a la Colonia del Valle ni a Coyoacán, o los baratos recursos chilangos como el lingo tepiteño o la descripción urbana con sus microbuses y sus himnos a la Alex Lora. Caray, éstos no tienen nada de malo, pero ya tuvieron su momento y su lugar. ¿Por qué no dar paso a planteamientos más auténticos, como el de Espantapájaros?

Esa sería mi conclusión: esta novela del veterano Gabriel Trujillo Muñoz podría pecar de ingenua y tener un montón de defectos estilísticos, pero no se le puede tachar de inauténtica o falta de pasión. De mi parte, una felicitación al valiente autor –valiente porque si en México te gusta la ciencia ficción te tachan de retrasado(a) mental o ‘muchacho poco serio’– y, a los lectores, una sugerencia: cómprenla y vean una pequeña muestra de lo que se hace en México. Ambas obras (Espantapájaros y Los confines) son fácilmente conseguibles en Gandhi y posiblemente en Sanborns. En naimaisonline continuaré reseñando, en la medida de lo posible, obras de ciencia ficción mexicana.

LG, agosto del 2000.

¡Regrésame ya!
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