‘La célula’: ¿ciencia ficción o thriller onírico?

(Así es, Videocine, en un desplante inesperado de inteligencia, llamó a esta cinta La célula, siendo su título original The Cell. Pudieron haberle puesto Pasión celular: el regreso o alguna estupidez por el estilo, pero optaron por traducirla fielmente. Con esas bases, hasta da gusto llamarla por su nombre en español: La célula).

Para responder a la pregunta que da título a este artículo, creo que La célula tiene un poco de ambos. Para ser más justa, un poco de ciencia ficción y un mucho de thriller. Y onírico. Válgame.

El conflicto de La célula es relativamente sencillo: el FBI captura a un despiadado asesino en serie quien, por algún mal al que no le puse mucha atención, cae en un coma. No hay forma de saber en dónde escondió a su última víctima, la cual morirá en 40 horas si no se le rescata. La única solución es probar una innovadora tecnología (esta es la parte de sf), la cual permite que una persona (en este caso, Jennifer Lopez en la mente del desquiciado Vincent D’Onofrio) se introduzca de manera virtual en el inconsciente de otra. Es, por así decirlo, una terapia psicológica in situ, en el mero mero inconsciente del paciente.

Ahora imaginen hacer esto en el inconsciente de un asesino en serie…

La célula es, visualmente hablando, muy poderosa. No se le puede reprochar nada al diseño de producción que crea una especie de mezcla entre la estética del bondage, Lewis Carroll y Dave McKean. Muy aterrador pero a la vez muy hermoso. Es difícil de explicar.

De la misma manera, la trama tiene problemas para explicarse. Esto es, creo, por la propia naturaleza del filme, que se desarrolla en un sueño o, más bien, en una pesadilla. Las imágenes no nos llevan a mucho, hay bastante incoherencia. Esto es lógico --no podríamos esperar menos de película que finge haber extraido una serie de imágenes oníricas--, al menos hasta cierto punto. El problema es que La célula pierde esta maravillosa coherencia argumental por cuestiones más concretas --encontrar a la chica desaparecida-- lo cual suena lógico, considerando que esta era la trama original, pero le q uita algo del encanto. Es por eso que el encuentro final, el decisivo, se siente un poco forzado. Al parecer algo se rompe en la espléndida anarquía que habíamos visto durante hora y media, y a mi gusto no se arma muy bien al final.

Pero eso no le quita méritos a esta cinta que trata de meterse en uno de los problemas más añejos y complejos del hombre: el sueño, la pesadilla… supongo que así como los científicos nos dicen que el universo es infinito y está en constante expansión, podemos pensar que el espacio interior es igual de infinito que el exterior, y probablemente más complejo y confuso. ¿Cómo abordar el tema del sueño?

Borges decía que el sueño es ficción, quizás la ficción más primitiva. Decía que no podíamos escudriñar los sueños directamente (nadie puede), sólo hablar de la memoria de los sueños, y éstos muy probablemente no tengan nada que ver con el sueño en sí.

La pesadilla le añade ese toque de horror al sueño. Vuelvo a Borges: en su espléndido libro Siete noches el maestro recuerda los nombres de la pesadilla: dice que el español, por el diminutivo, le quita fuerza. En griego se le llama efialtes, en referencia al demonio que inspira la pesadilla; en alemán es alp, que quiere decir, según Borges, algo así como "la opresión del elfo".

Y viene la más terrible de todas: la inglesa nightmare. Night, noche, mare, yegua. La yegua de la noche. Tremendo.

La célula, con todo y sus imperfecciones, nos acerca un poco (y con un estupendo pretexto de ciencia ficción) a cabalgar esta yegua de la noche. Sólo por eso vale la pena verla en el cine, con la pantallota y el Dolby Digital a todo lo que da. Venga de ahi.

Lucilla Godoy, octubre del 2000.

¡Regrésame ya!

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