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El planeta de los simios’: ¡Me lleva la changada! ¡Tim Burton es un genio!En uno de los finales más sorprendentes en la historia del cine, Charlton Heston, el desafortunado astronauta de El planeta de los simios de 1968, llega a la zona prohibida y se encuentra con lo que queda de la estatua de la libertad a la orilla de una playa. Trato de imaginar el asombro de la audiencia (intentando recrear un símil, me acuerdo de la primera vez que vi El sexto sentido y como, con las lagrimotas a punto de salirse, miré el anillo de casada de la esposa de Bruce Willis y el frío vaho emanando de la boca de ella… intenso), armando en un segundo la escena completa: el astronauta no viajó a otro mundo, sino a la propia Tierra pero en un futuro distante… los simios han evolucionado y son la especie dominante en el planeta.
"You idiots! You blew it!"Dejemos algo muy en claro desde ahora: el final de aquel El planeta de los simios (lo siento por los que no la han visto) es perfecto. Ha sido delicadamente tijereteado y tiene los acabados de un artesano experto. No será superado, ciertamente, en este año. Muy posiblemente no en esta década (lleva, a mi gusto, tres décadas en la cumbre).
Pero eso no demerita la maravillosa, espléndida y recalcitrante fantasía burtoniana que este verano podemos ver en los cines: El planeta de los simios de 2001 se mantiene por sí sola, tanto como espectáculo como una obra de arte de uno de los más genuinos creadores de nuestro tiempo, y encuentra su propio estilo y su propia voz, y se coloca muy dignamente junto al Apes original, a la cual no trata de imitar ni superar. Es nuestro Apes como el Apes del 68 lo fue para nuestros padres, o como para muchos de nosotros Woodstock 94 equivalió a Woodstock 69.
Sólo un cineasta de la talla de Tim Burton lo podía lograr. Sólo alguien que desde niño sudaba ciencia ficción y seriales televisivos y matinés de películas B, alguien que leía a Edgar Allan Poe en su infancia y que, mientras otros niños soñaban con El club de Mickey Mouse, veía en Vincent Price a su máximo ídolo. Aquellos que hayan visto el corto Vincent sabrán de qué hablo.
Tim Burton tomó al clásico Apes y lo transformó a conciencia. Si alguien me pregunta: ¿John McTiernan hará lo mismo este año con su Rollerball (versión nueva del filme de 1975)? Diré que lo dudo mucho. McTiernan, por muy hábil que sea como realizador, carece de la formación de Burton. McTiernan es ese tipo de directores que buscan hacer un remake porque es un reto más en su carrera (como Gus Van Sant, ex director indie, falló en su re-realización cuadro por cuadro de Psicosis). Burton parece respirarlo. Por eso su Batman es contundente junto al Batman gay de Schumacher (y advierto que no tengo nada en contra de los gays, pero no puedo dejar de decir que Joel Schumacher vierte sus preferencias sexuales en sus filmes, lo cual me parece perfectamente válido aunque no me fascine). Burton logró poner de nuevo a Batman en la mente del público porque su lectura y su interpretación del mito del hombre murciélago fue honesta y muy propia (otra advertencia: conozco las influencias en el Batman burtoniano del trabajo de Frank Miller, así es que antes de que brinquen los fans de Miller, este no es un artículo sobre él, sino sobre El planeta de los simios y Tim Burton).
Eso es lo que Burton llama "reimaginación". Yo no entendía qué demonios quería decir con eso, pero ahora ya: se necesita un gran director con un estilo visual y narrativo muy peculiar para llevar a cabo una reimaginación. Los otros directores, los menos talentosos, quizá sólo harán remakes.
Nuestro Apes comienza, si mal no recuerdo, en el 2023. En una estación espacial, se está estudiando una suerte de tormenta cósmica con la ayuda de chimpancés genéticamente desarrollados. Estos lindos changuitos son capaces de pilotar una cápsula que no es tan rudimentaria como podría pensarse. Así, al ser enviado uno de ellos a la tormenta y no regresar, su entrenador, el Capitán Davidson (el dotado Mark Wahlberg, y no sólo lo digo por Boogie Nights, sino porque es dueño de esa extraña combinación de actor con un irresistible carisma + innata habilidad para bailar, como John Travolta), decide lanzarse sobre el chimp en su propia cápsula. Nuestro amigo viajará en el futuro (no se espanten, esto no es ningún secreto: el pod de Davidson tiene un medidor de años similar al del DeLorean de Volver al futuro) y caerá, uh, en un planeta en el que los simios son amos y señores.
Ojo: este mundo no es la Tierra. Primer detalle que Burton deja muy en claro al mostrarnos unas amplias tomas del mundo de marras con varias lunas orbitando. Es improbable que en 600 años la Tierra haya generado dos o tres lunas extra, así es que podemos asumir que este Apes no se desarrolla en La Gran Canica Azul.
Lo que sigue es más o menos obvio, considerando que esta película se basa ligeramente en la novela de Pierre Boulle. El astronauta se encontrará con que los simios tienen un intelecto y una sociedad desarrollada, y que los humanos son bestias de segunda (se tiene en mayor estima al caballo) y que, para colmo, se reproducen a velocidades estratosféricas y representan una amenaza como para nosotros podrían ser las cucarachas o las ratas. Nuestro querido astronauta, sin embargo, trae dentro de sí la semilla del cambio y provocará una insurrección.
Burton logra crear varios estados de ánimo en la audiencia: repulsión al vernos reflejados en el espejo de nuestra propia crueldad hacia otras especies (los changos tratan a los hombres como los hombres tratamos a todo lo que se mueva, incluyendo otros hombres), candor por la delicada relación entre el astronauta y la simia interpretada por Helena Bonham-Carter (gran, gran actuación), quizá hasta morbo por la manera en que desarrollan una simpatía mutua y algo más, odio por la estúpida actitud del irracional General Thade (Tim Roth, enoooooooooorme) y su repudio a la raza humana, una fuerte versión del clásico personaje del militar loco (vean Dr. Strangelove o Dr. Insólito —en español— de Kubrick para que me entiendan mejor), quien es, irónicamente, el simio más humano de la cinta. Y ese odio, probablemente, se convierta en comprensión y hasta empatía, a medida que el personaje se desarrolla en la película.
Enmedio, hay finísimos gags o chistes que remarcan el lugar en el que estamos y las nuevas reglas del juego (en breve, el chango come en la mesa y viste lujosas ropas y al humano se le encierra en jaulas), buenas secuencias de acción (tengo que admitir que las escenas de acción son las que menos bien se le dan a Burton) y unos FX y edición de audio de primera, por no hablarles del maravilloso maquillaje y el diseño de producción: esas formas de caracol presentes en todos lados, el impecable vestuario, la fabulosa ciudad de los simios…
El final lo dejo a su consideración. Es complejo (mucho), confuso y genera dos que tres paradojas en el tiempo de las cuales Isaac Asimov estaría orgulloso. Yo, siendo franca, todavía no lo acabo de digerir. Era de cajón que Burton provocara un final sorpresivo (si no no sería un digno Apes), pero su naturaleza es mucho más enredada que el original (el cual, insisto, es perfecto y sigue sin ser superado tanto por su ejecución como por su premisa) y merece discutirse. Mis canales están abiertos, incluyendo el e-mail que tanto trabajo me cuesta responder y la porquería de message board de Yahoo! que un día sirve y otro no.
Creo que este Apes es el primer clásico de esta nueva década de la cual ignoro el nombre (¡que alguien me diga en qué década estamos!) y, por mucho, la mejor película de ciencia ficción del año (mejor que Final Fantasy, a mi parecer) antes de ver A.I. de Spielberg. Por favor, váyanla a ver al cine y disfrútenla en su glorioso esplendor. ¡Bravo!
Lucilla Godoy, agosto del 2001.