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A.I.": dos horas y veinte minutos con el mejor Spielberg (y Kubrick)Mi romance con Steven Spielberg se remonta a 1981, cuando vi por primera vez Los cazadores del arca perdida. Poco tiempo después apareció E.T. y vi en video Tiburón. Olvidemos los elementos típicos del cine spielbergiano (las nubes, los niños, la guerra) y centrémonos en dos aspectos de su obra que creo que son irreprochables: uno, que le dio forma al Hollywood contemporáneo como ningún otro director de su generación (como Griffith o Ford o Huston o Wilder lo hicieron en su momento) y, dos, que es un narrador nato, un auténtico storyteller con el genio y el oficio para crear mitos cinematográficos de fin de siglo.
En este 2001, tenía muchas expectativas de su A.I., y no me sentí decepcionada.
El miércoles asistí a la première en el Museo del Niño de la Ciudad de México (bien por Videocine, no podía escoger mejor sitio), y sé que el feeling detrás del filme de Spielberg y el cuento de Brian Aldiss (publicado en la revista Harper’s Bazaar en 1969) que no he leído y en el que está basado A.I., me acompañará un buen rato. A veces es bueno ver una película así. Me hacía falta recordarme que los buenos cuentos de robots son aquellos que hablan del hombre. De la muerte, de las necesidades religiosas, del amor, del apego. El hombre es la medida de todas las cosas. Al menos hasta que encontremos vida extraterrestre inteligente (y no precisamente por Jaime Maussán y esa calaña de semiidiotas).
El argumento de A.I. va más o menos así: una pareja joven que tiene a su hijo pequeño en estado de coma, decide adquirir un robot niño creado para sentir amor (sí, así como se lee). Después de un abrupto comienzo, el niño robot y su madre adoptiva forman un lazo afectivo muy fuerte. El problema es que el niño en coma vuelve en sí y regresa a su casa. Evidentemente, hay un gran conflicto con David, el niño robot, quien finalmente es arrojado de su hogar postizo. Empieza una búsqueda por la humanidad y, sobre todo, por regresar a casa.
Pero A.I. no es tan ñoña como El hombre bicentenario. Y no estoy hablando del hermoso cuento de Asimov, sino de la tibia película (ahora me parece así) de Chris Columbus. David busca la humanidad pero por una razón en específico: siendo un niño de carne y hueso podrá regresar a casa y reclamar el amor que le ha sido negado por su madre.
No sé que opinen ustedes, pero Haley Joel Osment es uno de los mejores actores de la actualidad, niños, adolescentes y adultos incluidos. El rango de emociones que puede actuar es sorprendente, y su fuerza escénica me deja con la boca abierta. Es el tipo de actores cuya sola mirada te golpea como un mazo. Júntenlo con un director tan habilodoso como Spielberg para sacarle el mayor provecho a las expresiones y las emociones, y el resultado es tremendo. El niño robot que llega a casa del matrimonio joven al principio de la película es tan, tan diferente al niño robot que viaja a la ciudad perdida al final del mundo en busca del hada azul. El personaje emprende una búsqueda. El personaje muta. El personaje encuentra ciertas respuestas y se queda con ciertas preguntas. El personaje aprende a aceptar las consecuencias de lo que ha pasado en la historia.
Técnicamente hablando, A.I. es un festín: la fotografía del querido colaborador de Spielberg, Janusz Kaminsky es, si acaso, otoñal: le imprime un tono melancólico al futuro, lo cual es un pensamiento lindo, pensar que el futuro puede provocarnos la nostalgia del pasado. Recordar el futuro.
Asimismo, ILM y Stan Winston se lucen al crear robots, tanto digitales como en animatronic, absurdamente verosímiles. Traten de buscar el "brinco" entre la cara digital y la cara real de esa primera escena en la que el Dr. Hobbie "abre" la cara de aquella primera robot. Es simplemente imposible.
Pero vuelvo al espíritu de la película, y les diré que este es un filme extraño y sui generis. No parece una película de Spielberg, al menos no al 100%. Como les decía al principio, hay nubes, el protagonista es un niño, una gran luna y un osito de peluche. La música también es de John Williams.
El detalle, como ustedes sabrán, está en Stanley Kubrick. Claro que no es justo decir que esta es una típica película de Kubrick. De nuevo, no al 100%, aunque sí se siente su toque mágico. Ciertas atmósferas son más densas. Los silencios tenían un rol clave en Kubrick, y en A.I. es sorprendente encontrarse con muchas tomas introspectivas, cadenciosas, casi mudas. Incluso la música de Williams parece haber sido tomada, en ciertas partes, de 2001. Digamos que, aunque mantiene ciertos temas o motifs verdaderamente juguetones (los pueden identificar cuando el pequeño David juega a las escondidillas con su madre), es más grave de lo acostumbrado. El humor está dosificado con cierta tacañería… A.I. es en muchos puntos una tragedia kubrickiana, y no lugar para muchos chistes.
Kubrick era un hombre interesado más en las pesadillas que en los sueños de la ciencia ficción. 2001 va a la madre de todas las preguntas (¿de dónde demonios venimos?) y lo hace relatando una historia de tragedia y decepción. Me pueden decir que Dave Bowman llega, finalmente, a un sitio (a dónde lo haya llevado el monolito), y que su vida tiene un nuevo propósito, pero no ha sido sin sacrificar varias cosas, incluyendo su vida como ser humano. Naranja mecánica es brutal en su visión de un futuro ultraviolento y a la vez ultrarregulado, y detrás de todo ese humor negro (que destila desde la novela de Burgess) cabe una frase que leí hace muchos años al final de una novela del marqués de Sade: El crimen no paga, envilece.
Con A.I. Stanley Kubrick parece preguntarse exactamente lo opuesto a 2001: no de dónde venimos, sino a dónde vamos. Y la respuesta llega a manos de un robot niño.
Ahora, lo verdaderamente interesante del asunto es que no imagino a Kubrick dirigiendo por sí solo este filme. Quizá él tampoco, y por eso recurrió a Steven Spielberg, el chico de oro de Hollywood, definitivamente más interesado en los sueños que en las pesadillas de la ciencia ficción.
El resultado, para mí, no podía ser mejor. La autocomplacencia moralina de los finales de Rescatando al soldado Ryan o La lista de Schindler se desvanece en A.I. Sí, la cosa alcanza niveles de melodrama y cursilería porque el mismo tema así lo exige, porque las reglas del filme así están puestas desde el principio. Después de todo, estamos hablando de un niño robot que ha sido programado para amar a su mami. Hay un ingrediente de ternura y a la vez de tristeza que está adherido al filme.
Y de nuevo, creo que eso era algo que Kubrick también sabía, de ahí que tratara de hacer que Spielberg participara en el proyecto.
Ahora que el buen Stanley ha hecho el viaje de David Bowman que todos haremos algún día, quiero pensar que esta hermosa e impecable pieza, A.I., es, en gran medida, su obra póstuma, realizada a través y por el arte de un Steven Spielberg más maduro que nunca, y me ha hecho recordar, en este verano de su mágico año 2001 que nunca más volverá, por qué la ciencia ficción se nos da a los espíritus nostálgicos y a veces taciturnos.
Lucilla Godoy, agosto del 2001.