3.29 Sobre "Blade Runner" (primera parte)

Desde hace un tiempo los lectores de esta columna me han pedido un artículo relativo a Blade Runner. Bueno, el tiempo ha llegado, y espero no decepcionarlos.

Quisiera comenzar con la siguiente pregunta: ¿qué hace de Blade Runner una de las películas de ciencia ficción más fascinantes de la historia? No es precisamente porque haya arrastrado masas (apenas 31 millones de dólares de taquilla en dos estrenos), y sin embargo es considerada una de las pocas cintas de culto de la sf. De hecho, creo que podemos contar a estas últimas con una mano: la serie Star Wars, la serie Star Trek, 2001: Odisea del espacio, la serie Alien y, aparentemente, The Matrix. A esta lista hay que añadir Blade Runner. Y es que la película de Ridley Scott reúne, al menos, dos de los grandes temas de la ciencia ficción de todos los tiempos: el robot y la distopía.

Empezaré hablando de la distopía. El especialista Brian Stableford (lectura muy recomendada, por cierto) la define como "el antónimo de eutopía (utopía) y denota a esa clase de sociedades hipotéticas que contiene imágenes de mundos peores que el nuestro". Scott arranca su opus magna (sí, más grande incluso que Alien y Gladiador) en Los Angeles, año 2019. El paisaje urbano es gris y oscuro, una perenne lluvia permea la ciudad, y de las chimeneas de algunos rascacielos emanan enormes llamaradas (y no de petate, precisamente). Lo primero que vemos de Blade Runner es a través de los ojos de Dave Holden, el cazarrecompensas que más tarde será atacado por Leon —aunque es válido conjeturar que aquella mirada pertenece a alguno de los replicantes que han llegado a la Tierra, posiblemente Roy Batty—, y no es una vista agradable. Claro, es agradable en el sentido en que Ridley Scott y, más exactamente, Syd Mead —el futurista que consultaron para la filmación—, le pudieron dar un genuino toque estético a semejante ambiente desolador. Quizá haya alguien que diga que el futuro de Blade Runner no es exacto, y realmente es algo que no nos interesa, pero cualquiera que haya llegado a la Ciudad de México por avión, y de noche, verá que la cosa no andaba tan errada. Ridley Scott alguna vez comentó que no creía que el futuro en cuarenta años —de 1982 a 2019— fuera a cambiar radicalmente. Las cosas, básicamente, siguen iguales. La gente usa corbata y sombrillas para cubrirse de la lluvia. Más interesantes son los elementos orientales: tanto los anuncios japoneses que flotan por la ciudad como los ideogramas chinos en las patrullas policiacas —dicen "policía" en mandarín, por cierto—. (Si acaso lo único relativamente libre de Blade Runner sean los spinners, esas espléndidas patrullas capaces de lo mismo volar que rodar en las calles. De acuerdo a Syd Mead, la tecnología que es inspiro al spinner no es nada mafufo tipo "dispositivo antigravítico del Dr. Chunga", sino la de despegue vertical de los tradicionales Harriers británicos.) Al mismo tiempo, se filtra la noción, no tan encubierta, de que la tecnología es mugrosa per se. Todos los escenarios de Blade Runner están repletos de piezas tecnológicas que le dan al ambiente general un aire de suciedad: cables, monitores, switches, focos y, claro, robots.

 

Obviamente, a esto se une otra idea aún más profunda: la tecnología no sólo es sucia, sino que nos corrompe. La tecnología ha dejado a la Tierra en un estado decadente. La tecnología nos ha exterminado. Blade Runner, como ustedes sabrán, está basada (sólo basada) en la novela Do Androids Dream of Electric Sheep? (de ahora en adelante DADoES), que quiere decir "¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?" (Pocos títulos tan hermosos como ese). Philip K. Dick, su visionario autor, plantea que una guerra mundial a fines del siglo XX devastó a la humanidad y al planeta Tierra. Para 2021 —año en que se desarrolla el libro—, las clases pudientes han podido emigrar a otros mundos, y se apoyan para su colonización en robots humanoides. Entre la gente que "se ha quedado atrás", K. Dick introduce el concepto de kipple. En realidad, es una palabra que no podría traducirse, aunque lo cierto es que es sinónimo de desorden e incluso entropía. J.R. Isidore, el chickenhead —una especie de retrasado mental que no puede viajar a otros planetas— vive obsesionado con el kipple, la fuerza destructora de la naturaleza —que permite que actúe la creadora y, lo que es más, le da sentido—. El kipple devasta todo. El kipple es aquel "king of pain" de la canción de The Police: "There’s a butterfly trapped in a spider’s web". El kipple es el polvo que cubre los muebles y los electrodomésticos, es el desorden en los escritorios de las oficinas, es una fuerza irresistible que tiende, como el resto del universo, al caos. La Primera Ley del Kipple, según J.R. Isidore, es que "el kipple saca de la jugada a lo no-kipple".

En DADoES, la Tierra es un caos. Es el paraíso del kipple. J.R. Isidore lo dice de una forma elocuente (como sólo un lunático puede): "Nadie puede ganarle al kipple más que temporalmente y quizá en algún punto, como en mi departamento, en donde he creado un balance entre la presión de kipple y no-kipple. Pero eventualmente moriré o me iré lejos, y entonces el kipple de nuevo tomará control. Es un principio universal que opera a lo largo del universo; el universo entero se mueve hacia un estado final de total y absoluta kipplelización".

En la novela de K. Dick, un polvo radiactivo cubre la Tierra, y mata lentamente a sus habitantes. La guerra, de hecho, a exterminado a la inmensa mayoría de las especies animales. Este hecho tan triste es uno de los ejes de la historia. Los simulantes de gatos, perros o caballos podrán ser perfectos, pero nada es más enriquecedor para la vida de una persona que adquirir un animal real. Como pueden esperar, comprar uno es tarea titánica: hay que firmar papeles, dar anticipos, ser objeto de préstamo, armar un plan de pagos hipotecarios… como pagar hoy en día, digamos, una casa. En DADoES, Rick Deckard sueña, por curioso que suene, con poseer una oveja. Cuando el Capitán Bryant lo llama para retirar a ocho androides, o "andys" —como las llama K. Dick— ve una buena oportunidad para completar su enganche y arreglar un financiamiento. Mil dólares por cada andy retirado, no suena tan mal. Deckard tiene esposa, Iran, quien sueña también con tener un animal real, de carne y hueso, en la azotea.

Es, por decirlo de alguna forma, una suerte de escape o "fuga" al hecho de tener que vivir en un mundo que está muriendo.

 

Los andys de DADoES son diferentes a los replicantes (término acuñado para el filme) de Blade Runner. Sí, ahí están Leon, Pris y Roy Batty. Sin embargo, Zhora, la encantadora de serpientes, no trabaja en un antro de quinta categoría, sino que es cantante de ópera (y muy buena). El nombre también es diferente: Luba Luft. En cuanto a Roy Batty, aunque también es el líder del grupillo ilegal de andys, es bastante imbécil, y no tiene ni un gramo de la deliciosa malicia del replicante interpretado por Rutger Hauer. Curiosamente, tiene una esposa, Irmgard, que le celebra todas sus decisiones. Les sorprenderá que los andys de DADoES sean semiidiotas. Bueno, el propio Deckard lo dice al retirar fácilmente a Roy Batty: "Los androides son estúpidos". Las escenas finales, en la casa de J.R. Isidore, carecen de la angustia provocada por Ridley Scott. Eso no quiere decir que sean malas… digamos que se van por otro lado.

Rachael, en cambio, sufre una transformación del libro a la película. La frígida androide con vaginismo recreada por Sean Young es, para K. Dick, una auténtica megabitch. Fría y calculadora, pero no por ello menos sexy, la Rachael del Instituto Rosen (Tyrell en el filme) se las arregla para embaucar dos veces al pobre Deckard. Una de ellas es cuando hacen el amor. Vale la pena pensar un poco en esta multimentada escena sexual: a un androide no le es permitido estar en la Tierra, ya no digamos tener derechos civiles. Un androide no puede tener posesiones y bienes materiales ni prestaciones sociales. Un androide no puede estar casado o recibir una herencia. Vaya, legalmente hablando, un androide ni siquiera está vivo. De ahí que no se le llame muerte o deceso, sino "retiro". ¿Qué sucede entonces cuando un replicante que es idéntico fisiológicamente a un ser humano —carne, huesos, sangre— posee emociones como miedo, excitación, odio e incluso amor? Y lo que es peor: Deckard se enamora de Rachael porque estos sentimientos son genuinos, ergo, ¿cómo demonios considerar que ese androide no tiene vida o merece derechos?

Esa es la gran paradoja de Philip K. Dick. El examen Voigt-Kampff ofrece una solución satisfactoria al dilema.

El examen Voigt-Kampff es una prueba de empatía. El entrevistador, un Blade Runner, formula una serie de preguntas normalmente asociadas con animales. Esto tiene sentido, considerando la referencia general de la distopía creada en DADoES. La humanidad siente algo de lástima por los animales, pues son los que peor la han llevado. Ahora haz una situación hipotética que involucre el sufrimiento de algún animal y tendrán, casi en automático, una respuesta empática; es decir, una identificación con el sufrimiento del otro. En el universo Blade Runner los androides carecen de empatía. Cuando escuchan algo así como "estás en un desierto y encuentras a una tortuga patas para arriba. No la ayudas. ¿Por qué?" su reacción empática es lenta —o inexistente—, y esto se demuestra en los movimientos de la pupila y el vello capilar después de unas cuantas preguntas.

 

Los budistas nos hablan constantemente de la "emoción suprema". Y aunque John Lennon y su "all you need is love" se molesten, no consideran que sea el amor, sino la compasión, la capacidad que tiene el ser humano para sufrir por los sufrimientos del otro (y actuar en consecuencia). Los androides no son compasivos. Los androides pueden ver cómo uno de los suyos —o cualquier forma de vida— es devorado, y en realidad no les importa.

Por eso Phil Dick era un genio.

La otra gran diferencia entre los andys de K. Dick y los replicantes de Scott es la longevidad. Y no porque unos tengan más que otros —son prácticamente los mismos años—, sino porque en DADoES la edad no es un factor. En Blade Runner es el motor existencial que ha provocado la revuelta de Roy Batty y su ulterior encuentro con el "creador", Tyrell. ¿Por qué un androide no puede vivir más años?

De eso hablaremos en nuestra siguiente entrega.

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