
(Ustedes disculparán el gerundio, pero me agradó para el título.) ¿Por qué nos llama tanto la atención Marte? Brian Stableford comenta, en la enciclopedia de la ciencia ficción de los chamánicos John Clute y Peter Nicholls, que el planeta rojo "parecía el más apto para tener vida afuera de la Tierra, y por esa razón siempre ha sido de cardinal importancia para la sf". La superficie rojiza y el nombre mítico (el dios romano de la guerra, Ares en su correspondencia helénica), me atrevo a decir, lo elevan a un plano en el que ningún planeta puede comparársele. Posiblemente el lector sabrá (o posiblemente no) aquella cuestión del astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli, quien en el siglo XIX descubrió los canali marcianos, surcos o conductos en la superficie de este mundo que, por un error de traducción, fueron comprendidos (o más bien incomprendidos) como "canales", lo cual denotó la presencia de agua y, ergo, de vida. La imaginación colectiva sobre Marte explotó a fines del mismo siglo XIX, pero alcanzó niveles de histeria colectiva en el XX: historias sobre la fertilidad de los campos marcianos, los hombrecillos marcianos… la sonda estadounidense Viking fue el primer vehículo (no tripulado) que logró aterrizar en Marte (1976) reveló que, en efecto, Marte posee inmensos canales, pero están secos; su atmósfera no es respirable (dióxido de carbono), es muy frío, su año dura 687 días terrestres y otros detallitos, como tormentas de arena de 50 km de alto, que harían muy difícil que Hilton pusiera una sucursal marciana. Aún así, este año Hollywood se dio gusto con dos historias marcianas de alto presupuesto: Misión a Marte, de Brian de Palma, y El planeta rojo, de Anthony Hoffman. La primera está realizada, al parecer, con mucha prisa, y falla en un final moralino y bobalicón (y confirma que de Palma está medio acabado). La segunda se estrena este diciembre, y nos pinta a una colonia en Marte que se ha convertido en la esperanza de la Humanidad tras haber hecho popó la Tierra (ni modo, así es). No obstante, como comentaba anteriormente, los churros marcianos nunca han fallado en la pantalla de plata. En el muy disfrutable libro Arañas de Marte (que encuentran en cualquier Sanborns, conste), el desparpajado escritor gachupín Pedro Duque hace un recuento de la obsesión del cine y la televisión por el planeta roja bajo el eslogan "un puñado de crónicas marcianas para uso de abducidos, cinéfagos y futuros candidatos a astronautas" (¿a poco no son algo serio estos españoles?). Al hablar de Marte hay que hablar, casi forzosamente, de invasiones; algunas son netamente bélicas, otras más disimuladas, pero la mayoría son muy interesantes y casi todas divertidas. En estas invasiones radica, también, el valor de la paranoia, cuestión íntimamente ligada a la psique norteamericana de la década de los cincuenta, la época de oro de los cheeseballs. En el libro de Duque podrán regodearse con un recuento de maravillosas películas de serie B –ideales para comer pizza un sábado por la tarde y vomitarlo todo unas horas más tarde– con títulos como The Astounding She-Monster (La asombrosa mujer monstruo, 1958), Attack of the Fifty Foot Woman (Ataque de la mujer de cincuenta pies, 1958), The Beast with a Million Eyes (La bestia con un millón de ojos, 1956), The Blob (El blob, 1958), The Day Mars Invaded Earth (El día en que Marte invadió la Tierra, 1962) y Devil Girl from Mars (La chica diabólica de Marte, 1958). No en todos estos filmes se menciona a Marte directamente, pero el motif de la invasión y la xenofobia está presente: recordemos que es la era en la q ue el capitalismo y el socialismo se odiaban con odio jarocho (lo siento Héctor, pero así es eso del odio jarocho). Pero en esa época hubo joyas genuinas del género: en The War of the Worlds (La guerra de los mundos, 1953), George Pal adaptó la famosérrima novela de Herbert George Wells en un auténtico espectáculo adelantado a su época (¡con dos millones de dólares de presupuesto, una locura en aquel entonces!) ganadora de un Premio Oscar por Mejores efectos visuales. Pal posicionó en nuestras mentes, además, la efigie de los invasores tripié que son, como todos sabemos, derrotados por gérmenes terrícolas (para información sobre un buen plagio disfrazado de "homenaje", ver ID4 del nefasto Roland Emmerich). Otro clásico: Invasion of the Body Snatchers (La invasión de los ladrones de cuerpos, 1957) de Edward L. Cahn. El curioso Pedro Duque comenta que esta cinta "ha sufrido más análisis que el ovni de Roswell". La trama es más o menos sencilla: un pueblo californiano es invadido por huevecillos del espacio exterior (sabemos, aquí entre nos, que son marcianos), los cuales hacen una copia al carbón de los lugareños mientras éstos duermen, y ocupan su lugar al día siguiente. ¡Bujujú! Toda una metáfora sobre la caza de "cabezas rojas" por el senador MacCarthy y la sustitución del individualismo por la maquinaria comunista.
Con esas bases, es fácil comprender por qué no funcionan hoy en día las películas sobre invasiones extraterrestres (con excepción de la mentada ID4): no hay más sustento que el milenarismo. Hollywood no posee un verdadero enemigo al cual tenerle xenofobia. Incluso la espléndida Mars Attacks! (Marcianos al ataque, 1996) de Tim Burton fracasó estrepitosamente en taquilla porque la parodia tampoco tiene validez. Se han perdido un poco los códigos. Cuando salí del cine, maravillada, de ver aquella película, me tocó escuchar a un idiota comentar que esa cinta "no tenía nada de serio". Y estaba muy molesto, pues al parecer esperaba una invasión a gran escala a la ID4. Me contuve de decirle algo. Voy a terminar esta marciana columna dedicándole unas líneas a quien considero (y ustedes también, seguramente) la voz más autorizada para hablar de Marte: Ray Bradbury. Mi edición de Crónicas marcianas tiene el prólogo de Jorge Luis Borges, y eso la hace aún más especial. En esta obra clásica de la sf, Bradbury describe cómo los marcianos son invadidos por los terrícolas y, aunque con dificultades en un principio, finalmente son conquistados. Digamos que el tema de Crónicas marcianas es, como apunta el maestro Borges, no muy diferente a una invasión prusiana o al desembarco en Normandía; la ciencia ficción de calidad no anhela predecir el futuro, y sin embargo sí puede verse reflejada en el pasado o en el presente. Si no me creen, hurguen en sus videos o DVDs de Matrix o Blade Runner y verán que el meollo del asunto no es el futuro, sino este presente o lo que hicimos antes del mismo. El meollo somos nosotros. La buena ciencia ficción toma en cuenta que "el hombre es la medida de todas las cosas". Lo importante realmente no son los marcianos, sino los hombres. Y eso es algo que Bradbury sabía, como leemos en el más memorable cuento del volumen, El picnic de un millón de años, en el que los niños de la última familia sobreviviente del género humano se mueren de ganas, recién aterrizados en el desolado Marte, por conocer a los marcianos. Y vienen aquellas inolvidables y bellísimas líneas cuando la familia se ve reflejada en un poético canal bradburyano: "Los marcianos estaban allí, en el canal, reflejados en el agua violeta: Timothy y Michael y Robert y papá y mamá. Los marcianos les devolvieron una larga mirada silenciosa desde el agua ondulada…". ¡Nos vemos el próximo mes!
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