En 1965, Frank Herbert le regaló al mundo el primer libro de la serie The Dune Chronicles. Ha sido tal éxito de esta épíca de la ciencia ficción (más de 12 millones de copias vendidas), que sólo podría comparársele con esa otra gran serie de novelas de Isaac Asimov, Fundación. El cuento (corto o largo), no se le daba muy bien, y no fue sino hasta que publicó trabajos largos que comenzó a ganar notoriedad (lo cual le ganaría el desprecio de Borges, quien solía juzgar los méritos de un literato por su capacidad de síntesis). Así, en el periodo 1963-64, sacó a la luz Dune World, cuya continuación, The Prophet of Dune, llevó a la fusión de ambas historias en el por todos conocido Dune. Prácticamente un desconocido en la escena sci-fi de los sesenta, Herbert surgió para ganar el Premio Nébula y también el Hugo en la categoría de Mejor Novela (compartido con la hoy olvidada …And Call Me Conrad, de Roger Zelazny). ¿Por qué tuvo tanto éxito? Herbert realizó en Dune una extraña combinación de ecologismo, religión (de un modo muy ecuménico, diríamos), política a la Shakespeare —con intrigas que no le piden a nada a las de Ricardo III— y, claro, esa bizarro atmósfera alienígena que sólo la buena ciencia ficción provoca. En Dune asistimos a la lucha entre dos bien puestas familias de la galaxia: los Atreides y los Harkonnen (que se odian con odio jarocho). Por mandato imperial, los Atreides son enviados al fabuloso, maravilloso y exótico mundo de Arrakis, controlado por los Harkonnen. En medio de este evidente conflicto, surge la figura de Paul, un quinceañero que, según la underground religión femenina de los Bene Gesserit, puede ser el Kwisatz Haderach: un hombre cuyos poderes mentales servirían de puente entre el espacio y el tiempo. Paul es la figura mesiánica de Dune, su eje y su centro: alrededor de él y de la consecución de su destino se desarrollará esta épica, al igual que del mundo que mencionábamos anteriormente, Arrakis, un lugar tan inhóspito que Tatooine parecería, junto a él, un paradisiaco balneario de Quintana Roo. Según Pardot Kynes, primer panetólogo de Arrakis, este mundo era una mera "expresión de energía (…) una máquina movida por su sol". Esto nos puede dar una ligera idea de lo terroríficamente salvaje que es Arrakis, cuya naturaleza desértica fue descrita de forma magistral por Herbert en una entrevista en los setenta: "Verás, un océano de dunas es sólo otro tipo de fluido, sólo que ocupa más tiempo para moverse (…) Crea ondas que, cuando las ves desde el aire, son análogas a las olas del mar". ¿De dónde salió este genio que imaginó la ecología de un mundo, su religión, inventó un idioma para éste y las características étnicas de sus habitantes?
Frank Herbert nació en Tacoma, Washington. Sus biógrafos relatan la increíble diversidad de empleos que realizó antes de dedicarse full time a la ciencia ficción: camarógrafo de televisión, locutor de radio, buzo, maestro, reportero y, finalmente, editor de periódicos. 13 años antes de su obra maestra, comenzó a publicar cuentos en la revista Startling Stories. Después del arrollador éxito de Dune, se dio a la tarea de completar la primera trilogía con los libros Dune Messiah (1969) y Children of Dune (1976). Estaba tan comprometido con los fans y con la saga, que decidió iniciar una segunda trilogía, y en 1981 publicó God Emperor of Dune, al que siguió Heretics of Dune (1984) y Chapter House Dune (1985). Así, como los grandes, culminó con su obra —¡y pudo verla plasmada en el cine!— y murió en 1986. El año pasado, Brian Herbert, hijo de Frank, quien realizó un par de obras con su padre, se echó la nada fácil tarea de escribir una precuela (¿dónde he visto eso?), ayudado por su amigo Kevin J. Anderson, conocido de sobra por el lector. El resultado fue Dune: House Atreides que, según la prestigiada The New York Times Book Review, "captura el sentido de seriedad que distinguió a los primeros libros".
No vamos a redundar en el asombroso genio de Herbert, pero quiero terminar con el famoso comentario que hizo Arthur C. Clarke sobre Dune: "Único… no sé de nada que se le compare, con excepción de El señor del los anillos". En nuestra siguiente entrega hablaremos de la versión cinematográfica que ese otro genio, David Lynch, se aventó a hacer en 1984.
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