Lucilla Godoy

1.18 ¿Qué piensas, Isaac?

En efecto: me refiero a Isaac Asimov. Pienso en mi volumen de cuentos completos de robots que recientemente encontré (y de forma milagrosa), arrumbado en un clóset en casa de mi hermano. Dicho libraco (una edición de 536 páginas, fechada en1984 por Editorial Martínez Roca y llamada, simple y sencillamente, Los robots), me acompañó durante un poco de infancia y un mucho de adolescencia. Recuerdo con cariño a este Isaac, escritor ruso naturalizado estadounidense —y no puedo dejar de pensar en ese otro Isaac, también judío, protagonista de algunos emocionantes episodios del libro del Génesis, que en algo se emparentan con la ciencia ficción—, cuyos seres mecánicos iluminaron mis lecturas durante la década de los ochenta. Nunca he leído una biografía de Isaac, y no pretendo documentarme más de lo que esta columna necesite. Esto es lo que recuerdo de su vida: llegó a Estados Unidos muy joven, se entusiasmó por la ciencia desde esa temprana edad, y por la lectura de tebeos espaciales —como le llaman los españoles al cómic de ciencia ficción—, revistas clásicas como Astounding Stories y, por supuesto, libros de Wells y Verne, entre un montón de vacas sagradas de la ciencia ficción. Estudió en una universidad neoyorquina, y por esas fechas comenzó a publicar por entregas una épica de ciencia ficción más o menos conocida: Fundación. Se tituló y se doctoró; sus conocimientos iban de la biología a la literatura, de la física a la historia (en todas sus horrendas variantes). Publicó (hasta donde yo sé) más de 200 libros, algunos de divulgación científica, otros de puritita ficción. La hizo de antologista, presentador y padrino de otros escritores.Ganó toneladas de premios y en su momento, junto a Ray Bradbury y Arthur C. Clarke, fue considerado el más grande escritor de ciencia ficción del siglo XX. Ahora bien: con la distancia de los años, no creo que Asimov haya sido el mejor literato del mundo. Su prosa es parca, incluso un poco naif. Sin embargo, lograba una síntesis perfecta entre sensibilidad artística y conocimiento académico. Y un poquito de imaginación, claro: él vio una imperial Trántor antes que Doug Chiang bocetara Coruscant para el Episodio I, a las paradojas de los viajes en el tiempo antes que 12 monos, e incluso a las armas psíquicas (recuerden a El Mulo) antes que Akira o Domu. No obstante, su concepción del robot choca con la del resto del mundo. Asimov no vio a un ser mecánico derritiendo tanques, ni a un replicante cazando a un blade runner en un edificio podrido por la lluvia ácida. Asimov concibió al robot como un ayudante, un golem benéfico, un ser creado a imagen y semejanza del hombre, pero infinitamente menos estúpido e irracional que aquel creado a imagen y semejanza de Dios. Todas las historias de robots asimovianas asumen que el robot tiene algo de humano, y eventualmente ese será el motif recurrente en todas ellas: la búsqueda de la humanidad, y los detallitos que nos hacen ser lo que somos: el amor, la amistad, el trabajo, la sociedad, la guerra, la muerte. Como sea, los robots de Asimov podrán ser muy humanos, pero siempre serán robots. Esa diferencia está marcada desde un principio, con las omnipresentes Leyes de la robótica, que cito de memoria:

1. Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño.

2. Un robot deberá obedecer las órdenes de un ser humano, mientras éstas no entren en conflicto con la Primera Ley.

3. Un robot deberà proteger su propia existencia, mientras ésta no entre en conflicto con la Primera y la Segunda Ley.

El día de hoy (mediados de enero), vi El hombre bicentenario, una adaptación familiar de Chris Columbus sobre The Bicentennial Man (cuento corto de Isaac) y The Positronic Man (noveleta escrita entre Isaac y Robert Silverberg). Algunas cosas me gustaron y otras no, pero como soy en general una persona crédula, debo decir que disfruté enormemente la película. Robin Williams limita los sketches que lo han hecho amado por unos y odiado por otros, la realización de Columbus respeta la visión asimoviana sobre el futuro —mucha luz, tomas muy abiertas y un aire de prosperidad en el mundo del siglo XXI y XXII que se respira a lo largo de la cinta— y su producción es impecable, los SFX son excelentes y, en general, el argumento no se desvía de un leit motiv muy claro: la búsqueda de Andrew por alcanzar la humanidad (su propia iluminación, diría yo). No me gustaron ciertos momentos excesivamente melosos, otros exageradamente gringos —como aquella payasada de la libertad— y que se introdujera al lector en las tres Leyes de la robótica, pero que se ignoraran olímpicamente a lo largo de la trama —cuando son un obvio detonador de plots—. Así pues, creo que todo fan de Asimov tiene que ver esta película que corría el grave peligro de malinterpretar el trabajo de Isaac y que, a mi gusto, sale bien librada. Para Isaac escribir de robots era escribir de hombres; a través de los robots explotó los temas que nos obsesionan y le dan misterio a nuestra existencia, y descubrió que un androide es más interesante cuando deja de ser una amenaza para convertirse en un ser vivo que busca las mismas respuestas que nosotros. Ahora me pregunto qué pensará Isaac al ver su más querido cuento de robots en la pantalla grande. Él murió (si la memoria no me falla) en 1992, y es una lástima que no haya visto la llegada del año 2000 y al robot Andrew cobrar vida en la bonita película que Columbus preparó. ¿Qué piensas, Isaac?

 

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