Lucilla Godoy

1.17 Dios salve a Alien

En un lugar de mi buzón, de cuyo nombre no quiero acordarme, tengo un correo de un lector que pidió, hace ya bastante tiempo, que le dedicara un espacio a la serie de Alien con motivo de su 20º aniversario. Tristemente, 1999 ya quedó atrás y con éste, el mentado cumpleaños. Mi lector ya reclamó su columna sobre Alien, y yo me siento mal. Verán: son ustedes (los lectores) una especie muy interesante. Algunos me escriben para darme sus calurosas felicitaciones (siempre bien recibidas) y otros para darme sus calurosas regañizas (bueno, también son bien recibidas). Con otros mantengo una correspondencia constante (como Edgar, un saludo desde aquí. También un saludo para Osvaldo, que conste) y otros sólo me reclaman. A todos ustedes: gracias. Ofrezco disculpas por mi ausencia, pero fue por causas de fuerzas mayor. Cualquier queja, extiéndanla al Gran Emir Paco Cuevas. Ahora, el prometido comentario sobre la serie Alien.

1. Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979). Es una lástima ver a Ridley Scott, autor de esta joya de la ciencia ficción y de ese otro monumento que es Blade Runner, haciendo cochinada tras cochinada en el Hollywood de hoy. Si tengo que escoger una película de Alien sería esta. Es la más sencilla y la más terrorífica (creo) de todas. Además, posee ese valor intrínseco en casi todas las franquicias hollywoodenses: el privilegio de ser la original, de tener ese feeling que sólo la primera película puede tener. Aunque algunos no lo crean, vi Alien a los seis años de edad. Resulta que yo crecí en Ciudad Satélite (para los lectores de provincia, un fraccionamiento en las afueras del DF), y ahí las reglas para entrar en los cines eran más relajadas. A mi papá (de quien ya les he platicado) no le importaba mucho que yo no durmiera en varias noches, y me llevó a espantarme, pero también comenzó a consolidar mi afición por el género. Aquí cabe una anécdota: unos años después, en el cine Apolo (una sala enorme, completamente sateluca que, por cierto, aún existe), anunciaron una cosa que se hacía llamar Alien 2. Mi papá no lo pensó dos veces (ni yo) y me llevó, emocionado, a ver la supuesta secuela. Cuál sería mi sorpresa (y la suya), que el pasquín plagiaba el nombre del biomecanoide de Giger para hacer una marranada medio gore y medio de vacilada, en la que un moco tipo Blob aterrizaba en la Tierra y desolaba a un pueblillo norteamericano. De aquí salto a 1986.

2. Aliens: el regreso (Aliens, 1986). En aquel año del Mundial en México al fin llegó la verdadera secuela. Y fue una cosa de miedo. Si algo me encanta de Aliens, es que tiene el sello peculiar de James Cameron (cuando hacía películas emocionantes con una historia de amor embarrada, no historias de amor con emociones embarradas), quien se despertaba de su exitazo Terminator (me niego a considerar el título con el que se exhibió en México: El exterminador). El choque entre marines y aliens es maravilloso —tanto que Fox Interactive sigue explotándolo en sus videjuegos para PC—, y el resultado es la cinta más trepidante de la serie. Ahora que la veo, encuentro en ella un sabor encantadoramente ochentero, pero eso sólo la hace más deliciosa.

3. Alien 3 (1993). Comienzan los problemas (hey, no todo puede ser lindo). David Fincher podrá haber hecho una intensa (aunque dispareja) película como El club de la pelea, o un bien pausado thriller como Seven, y debo admitir que me sorprendió más de una vez en El juego, pero hizo de Alien un video de MTV. Alguna vez mi amiguito Nexus (un besote para él) me envió una copia de uno de los guiones base para esta tercera instalación, escrito por el mismísimo William Gibson y que fue rechazado por el estudio (no quise preguntarle de dónde lo robó). Debo decir que Gibson no me parece el mejor narrador del mundo, pero al menos es fiel a su estilo. Alien 3 trata de regresar a los elementos de la original (ambientes claustrofóbicos, solamente una criatura extermina a todos los mundos, existe una conspiración detrás), pero falla en su cometido. Falla, supongo, porque las escenas de acción (con todo y esa hiperactiva cámara) no tienen la fuerza suficiente, porque el tema religioso no está lo suficientemente bien desarrollado, porque la muerte de Ripley huele más a kitsch que a un genuino elemento argumental… y así me podría seguir. Además, no me gustó que se muriera el Rottweiler.

4. Alien: la resurrección (Alien: Resurrection, 1998). Con todo, Alien 3 respeta la naturaleza de la criatura: el depredador perfecto, el cazador amoral, bla bla bla. El francesito que realizó esta cuarta parte (sigo sin acordarme de su nombre) me convenció durante, quizás, una hora y media de película (esto le sonará familiar al lector). La transformación de Ripley es espeluznante, los personajes están bien delineados, los emplazamientos de cámara, sin ser espectaculares, son efectivas… vamos, hasta me tragué el asunto de la clonación de Sigourney. Pero aquí viene mi queja recurrente, y que siempre haré: ponerle ojos a la criatura, al alien, equivalió a darle un abanico de emociones que un cazador perfecto como era en las otras tres cintas no necesitaba. La criatura gigeriana, sin ojos, fuerte, ágil, no necesitaba mezclarse con otras especies. ¡Hasta tenía senos! Durante tres filmes nos dijeron que el depredador número uno del universo ya no era el hombre, sino el alien; ahora resulta que se mezcla y toma lo mejor de ambos… eso me huele a antropocentrismo, un feo mal que suele darse hasta en las mejores historias de ciencia ficción. Si hay una quinta película de Alien, espero que no la haga un francés. Y ojalá que nos cuenten qué demonios pasó con el Space Jockey. Por favor.

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