Lucilla Godoy

1.16 Lucilla va a Madrid

(Lo que leerán a continuación es verdadero.)

Joder, que la Fuerza me ha llevado a la Madre Patria. Cuando caminé por las bellísimas calles madrileñas (a mediados de septiembre) la capital de España se engalanaba con tres películas que me han hecho divertirme muy a su manera: Ojos bien cerrados del maestrazo Kubrick (título gachupín: Eyes Wide Shut), Austin Powers 2, de Myers (título gachupín: Austin Powers: la espía que me achuchó) y Star Wars: Episodio I — La amenaza fantasma de Lucas (título gachupín: ídem). Star Wars inundaba las salas de la ciudad, y la vida en general del español: Hasbro copaba las jugueterías y las tiendas departamentales El Corte Inglés; KFC y Pizza Hut se regordeaban con la consabida promoción galáctica y Nintendo y PlayStation hacían de las suyas en exquisitos antros de diversión como FNAC, donde se podía encontrar los juegos The Phantom Menace o Star Wars: Racer por unas 7000 pesetas (50 dólares). Y hay más: por pura ociosidad, me metí a un hipemercado (allá les dicen "grandes superficies") y le eché un ojo a la mercadería de Star Wars: Lays receta campesina (papas Sabritas) con Qui-Gon Jinn; Ruffles Alioli Olé (o sea, con queso) con Obi-Wan; Doritos Tex-Mex (nachos), con Darth Maul; Miel Pops (Corn Pops con… huh, miel) con Jar Jar; Honey Loops de la Reina Amidala; Rice Krispies con 3PO y Smacks (con Darth Maul en la caja y, de regalo, una vistosa cuchara del Episodio I). Un buen día (martes, me parece), decidí lanzarme a ver Star Wars. Llegué, pues, a un cine ubicado en la Gran Vía (una gran vía madrileña). Le pregunté a la amargada taquillera si la tenía en versión subtitulada y, pobre de mí, la respuesta fue un NO con sabor a butifarra. Como sea, me dije: "Ya estás aquí, vale la pena". Así, mi plan inicial, como adivinarán, fue ver los primeros diez minutos y salir corriendo ante el infame doblaje español. "Lo triste del asunto", pensaba, "es que en México no quise verla doblada… y ahora esto". No podía entrar a la función de las 7:15, así es que me compré para las 10:30 (800 pesetas, unos 55 pesos). Ahora imagínenme en mi hotel a las 9:30, tratando de convencerme de ir a ver Star Wars doblada al gallego, sola y en un cine que parecía caerse a pedazos. Pero lo hice. Caminé desde el hotel (muy céntrico) hasta el teatro Palacio de la Música. Una cadenita bloqueaba la entrada al cine. Las puertas se abrirían hasta las 10:00, y los parroquianos comenzaban a amontonarse. Tranquila, me senté en una banca, junto a un teporocho dormido (alguien le había puesto a un lado un yogur y un sandwich). En eso, una mujer llegó y lo despertó a punta de gritos. Hablaron en un dialecto ibérico desconocido para mí y ella le regaló un abrigo de lana. El teporochito la colmó de besos. En eso, abrieron la cadenita y me dispuse a pasar. Bajé las escaleras. Aquello parecía la guarida del Rancor. Me dirigí al baño, que olía al Cine Apolo en sus peores épocas. Salí y acudí a la dulcería. Un combo de palomitas y Coca grande con hielos: 600 pesetas (4 dólares, más o menos). Así pues, al entrar a la sala fui recibida por un sujeto disfrazado de botones y ¡con una linterna en la mano! "¿En dónde quiere sentarse?", me preguntó y yo lo quería golpear. Como sea, me acompañó muy amablemente hasta mi fila y, por supuesto, no le di propina. Observé la sala. Realmente me encontraba en un cine muy viejo… butacas frías, columnas carcomidas… y estaba llenísimo. Seguía pensando que eso era un grave error. ¡Zaz! ¡Zaz! Se apagan las luces. Desfiló ante mí una ventiena de comerciales. ¡Pum! ¡Pas! Vuelven a encenderse. "¿De qué se trata esto?", me pregunté y, diez minutos más tarde, exactamente a las 10:30, volvió a oscurecerse la sala. Vi tres tráilers de Fox Ibérica y luego, para mi beneplácito, escuché el lindo sonido del Dolby Surround EX. ¡Cómo sonaba aquello! ¡Qué combinación de folclor y alta tecnología! Cuando empezó la cinta, me sentí como en casa. Después, cuando Qui-Gon comenta "Dígalez que dezeamos abordar de inmediato", me cayó el veinte. ¿Se imaginan al de por sí aturdidor Jar Jar hablando como niño español, o a Watto como dueño de charcutería, o a Obi-Wan Kenobi con la voz institucional de Antena 3? Yo los escuché, y fue horrible, pero también pintoresco y de cierta forma encantador. Delante de mí habían dos gays que se la pasaron discutiendo si R2-D2 aparecería o no en la película. Cuando finalmente se descubrió, uno de ellos exclamó "¡Te lo he dicho! ¡Es Erredós, es Erredós!" Y en el momento en el que Anakin Skywalker (léase Anaquín Escaiwolker) gana la carrera de Boonta, el cine estalló en un inolvidable aplauso, y un niñito por ahí preguntó: "¡Mamá, mamá! ¿Se ha terminao?" La muerte de Qui-Gon y la identidad de Padmé tomó por sorpresa a la audiencia y, obviamente, cuando la película acabó, aquello parecía caerse por los aplausos. Salí entre aquel mar de gente, como a las 12:45 y Madrid estaba en plena fiesta. Y en martes. De regreso a mi hotel me sentía contenta y satisfecha, y comprobé, por mucho que me discutan, que La amenaza fantasma es una fiesta global, un happening de proporciones épicas, una historia humana que ha hecho soñar y ser feliz a la gente de alrededor del mundo. Niños y adultos salimos como encantados de aquel roído cine madrileño. ¿Qué más puedo decir? Que la Fuerza os acompañe… ziempre.

 

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