Lucilla Godoy

1.13 Esta columna cumple un año

Siempre me he considerado una creyente de la ciencia ficción. Por supuesto que esto tiene que ver con mi formación. Mi papá me inició en el género. El es ingeniero, oficial retirado de la Armada y aficionado a la literatura, por lo que no le costaba trabajo leer historias de guerras espaciales con sofisticadas máquinas y héroes de fábula. A los nueve años ya había leído el primer libro de la serie Fundación de Isaac Asimov, a los doce ya había tenido el placer de conocer la narrativa de importantes autores como Harlan Ellison, Poul Anderson, David Niven, Ray Bradbury y Arthur Clarke, incluyendo libros como Mundo anillo, Crónicas marcianas y El fin de la infancia. Es decir, una formación más bien clásica en la ciencia ficción, una combinación entre la parte "suave" y la "dura" del género.

Alguna vez Asimov hizo la distinción entre ambas. La suave explora las posibilidades poéticas del género (Bradbury es un ejemplo clásico de esta tendencia). En la dura, la fidelidad de las descripciones tecnológicas son importantes incluso en los argumentos de las historias (el escritor duro por excelencia sería Clarke). En las dos persisten más o menos los mismos temas: la fascinación por las máquinas y su interacción con el hombre, el héroe, la lucha entre la ciencia y la tecnología contra la humanidad de los personajes, la guerra, el destino (ya sea del individuo o del planeta) y, claro, el futuro. Son temas que me apasionaban (y la fecha lo siguen haciendo). Ahora leo poca ciencia ficción —confieso que sé poco de los autores contemporáneos, con excepción de William Gibson, Bruce Sterling y el grupo de escritores que han expandido el universo de Star Wars— pues más bien me he interesado en el cine de este mismo género.

El cine fue otro hobbie que mi papá me heredó: a los cuatro años fui a ver Star Wars al cine Hollywood, a los seis salí de la sala con una profunda decepción por Superman, a los siete vi Alien y El imperio contraataca, y a los nueve me volví fan de Blade Runner. Habrá quien nos diga que en los libros ahora mismo se está haciendo la mejor ciencia ficción, o al menos la que vale la pena. Tiene toda la razón. No obstante, creo que la ciencia ficción nació para ser un género visual. Quienes lean esto ya habrán quedado boquiabiertos ante la ciudad de Theed y la ciudad submarina de los gunganos. Esos son algunos de los mejores argumentos del cine de ciencia ficción: lo que vemos en la pantalla grande, mundos y situaciones imposibles que nos asombran y nos ponen a soñar. Este género —que es medio fantoche, kitsch, infantil y obsesivo-compulsivo— es cada vez más espectacular y lucrativo. Por lo mismo, es motivo de crítica de los entusiastas del cine alternativo, pues realizar cine de ciencia ficción es caro y necesita una infinidad de recursos, lo cual suele ser sinónimo de "superficialidad". Hay quienes piensan que las películas hechas con poco dinero son mejores que las megaproducciones. Por desgracia, eso es muy difícil que se lleve a cabo con la ciencia ficción. ¿Por desgracia? Posiblemente sea lo mejor que nos pueda pasar. Nada mejor que una cinta de ciencia ficción filmada con muchos millones de dólares. Me han tachado de frívola (no frígida) por defender el main stream hollywoodense; creo que encuentro lo que busco en el cine, y sobre todo en el de ciencia ficción: dos horas encantadas en las que me olvido de todo.

Y también me gusta escribir mi columna. Y me gusta que ustedes, los lectores, la única razón de ser de este espacio mensual, me escriban. Es hora de dar algunos agradecimientos: a Paco Cuevas y Ana Paula Anayegui, coordinadores editoriales y quienes descuartizan mis textos mes tras mes; a mi amiguito Nexus (con todo y su "obsesión no. 34" por la que me han preguntado tanto); a Juan Carlos, César y Alonso, fans de hueso colorado de Star Wars que me han aceptado en su "grey" y que han apuntado siempre mis errores y aciertos; por supuesto a Leslie Fastlicht, la Jedi master de Cinemanía que me da oportunidad de escribir sobre lo que me gusta (y me paga por ello); y, finalmente, a todos los que leen Mos Eisley Spaceport y a los doscientos y tantos locos que me escriben mensualmente (eso sin contar la lista de correos del club de fans) y que tienen mi buzón a reventar todos los días. Muchas gracias, y que la Fuerza siga con ustedes.

 

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