"Entré
al sitio web de la Universidad y ahí nos enteramos de que
había alguien suelto disparando", contó a Clarín.com
Laura Alstaedter, que tiene 32 años y nació en Banfield.
Hoy daba clases en la Universidad de Virginia Tech cuando se desató
la tragedia en el campus, que dejó al menos.
"Escuchamos
ruidos de tiros y todos nos pusimos muy nerviosos", recuerda
Laura Alstaedter. Esta argentina de 32 años, profesora
de Castellano en la Universidad de Virginia Tech, estaba dando
clases en uno de los edificios del complejo universitario donde
se produjo la mayor masacre en la historia de Estados Unidos.
"Terminé
de dar clase cerca de las 9.55. Como cualquier otro día,
los chicos salieron al pasillo. En ese momento comenzó
a circular el alerta sobre un tiroteo. Entonces decidí
hacer entrar al aula a todos los alumnos, pero todavía
no sabíamos qué pasaba ni la gravedad", explica
Laura, oriunda de la localidad bonaerense de Banfield.
Encerrados,
algunos estudiantes bromeaban como método de defensa ante
el creciente nerviosismo. Otros espiaban por las ventanas. Eran
15 alumnos. La docente encendió su computadora y observó
que la página en Internet de la Universidad alertaba sobre
el ingreso de un hombre armado al campus. "Así nos
enteramos que había alguien suelto disparando y también
que la Policía recomendaba que no salgamos al patio",
explicó a Clarín.com.
"Nos
quedamos encerrados más de media hora y tuve que salir
del aula varias veces para decirles a otros alumnos que se alejen
de las ventanas", agregó. La preocupación dio
paso al miedo recién cuando se confirmó oficialmente
la muerte del primer estudiante. "Los chicos comenzaron a
mandar mensajes de texto a sus familias para avisar que se encontraban
bien y fuera de peligro. Vivimos horas de pánico total",
dice la docente argentina.
A
las 10.15 ya se había producido el segundo tiroteo en una
zona conocida como "Norris Hall". Esa residencia se
encuentra pegada al edificio de cuatro pisos donde Laura estaba
enseñando Castellano. "Los agentes nos pidieron que
abandonemos las instalaciones por las dos escaleras traseras.
Cuando salimos, las calles estaban saturadas de patrulleros, ambulancias
y policías. Por suerte no nos pasó nada", dice
aliviada, luego de pasar la pesadilla.
Por
Mariano Zucchi, Clarin, 16 de abril de 2007