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HISTORIA DE MÉXICO

 

ESTABLECIMIENTO DEL RÉGIMEN COLONIAL

INTRODUCCIÓN

(Inicia control uno)

La rendición de los mexicas era necesaria, si se quería salvar la esperanza de recuperar, en algún momento, la libertad y con ello la dignidad de un pueblo que había logrado en poco tiempo la supremacía sobre vasto territorio mesoamericano. Esto desató honda preocupación de los demás pueblos indígenas, que de alguna manera veían en ellos, el freno a las ambiciones españolas.

Pero sus ambiciones se verían frustadas, no por un grupo guerrero, sino por la realidad misma, el territorio mesoamericano no era fuente de riquezas en oro y piedras preciosas como soñaban los invasores, no tendrían oportunidad de llenarse las bolsas con arena de playas de oro, ni podrían llevarse trozos de de las ciudades del Dorado, ni de Cibola o Quivira o los Tesoros de la Reina de California o de Las siete ciudades de plata, porque simplemente, no existían. Seguirían envejeciendo, junto con sus ambiciones, el sueño de bañarse en "La Fuente de la Eterna Juventud".

Tuvieron que reconocer, al finalizar la batalla y reunir el botín de 400,000 pesos, de los cuales restaban, la quinta parte del rey y la misma porción para Cortés, que los 100 pesos que les tocó, No les daba, ni para comprar el boleto de regreso a España. Acusaron, entonces a Cortés de haberse confabulado con Cuauhtemoc, para quedarse con la lana (aquí nos podemos dar cuenta del sentimiento o conciencia de corrupción que posteriormente nos heredarían) Cortés, como Pilatos, para calmar los exarcebados ánimos de sus soldados, permite que, un grupo de ellos, encabezados por García de Llerena le diera tormento a Cuauhtémoc y Tetlepanquetzal, quemándoles los pies mojados en aceite. Lo único que lograron, es comprobar la fuerza del espíritu de una raza en decadencia pero indomable. Es memorable la frase que se le atribuye a Cuauhtémoc, cuando en un momento crítico del tormento, Tetlepanquetzal mostró signos de flaqueza, el último emperador azteca, se dirigió a él, para recordarle que estaban en las mismas condiciones con la frase "¿Acaso estoy yo en un deleite o baño?"

Los españoles, no tenían más opciones, que regresar frustrados a España o apropiarse de la verdadera riqueza: las tierras. Cortés calma los ánimos e inicia la repartición de las otrora propiedades indígenas. Surge el sistema de explotación más ruin e hipócrita sostenida por la iglesia católica, la Encomienda. Los españoles no tendrían que trabajar, con la "misión" de convertir a los indígenas a la fe católica y en calidad de tutores iniciaron la explotación del pueblo mexicano, explotación que duraría más de 300 años. La encomienda fue una figura de justificación de los actos de barbarie española sobre pueblos, que si bien, no comulgaban con las ideologías europeas, dentro de ellos mismos, con un lenguaje propio, con una religión propia, con un sistema organizado de gobierno, una economía basada en la agricultura y el comercio y un elevado conocimiento en las ciencias matemáticas, astronomía, arquitectura, etc. eran pueblos civilizados, en la definición exacta del concepto. La encomienda le dio poder al español, si no de derecho, sí de hecho; con la justificación de "encaminarlos" a la fe católica y abandonaran sus costumbres "paganas" cometieron los abusos más crueles e imaginables sobre la raza autóctona que este territorio vio nacer. JD*.

*(La bibliografía rescatada que a continuación se transcribe, pertenece a Raúl Martínez Bolaños)

RECONSTRUCCION DE LA CIUDAD

Seguramente se hubiera podido elegir un nuevo lugar para levantar la ciudad que alojara a los conquistadores, pero quizá Cortés pensó que era preferible arrebatar a los indígenas el sitio que ocupaba antes la hermosa capital de los aztecas, donde se habían construido los más importantes templos del México indígena. Por ello, tan luego se rindió Tenochtitlan, los españoles se retiraron a Coyohuacan, ordenando a sus aliados se dieran a la tarea de levantar los cadáveres y limpiar los escombros de la población; una vez que se hubo aseado el islote, se empezó a trazar la ciudad colonial a la que se dio el nombre de México.

La parte central se destinó a ser entregada a los conquistadores, se trazaron grandes manzanas y éstas se dividieron en solares, correspondiendo los mejores a los principales jefes del ejército vencedor dejándose a los naturales que quisieran adscribirse a la población en algunos barrios periféricos como tlatelolco. Bajo la dirección de los españoles se fueron levantando grandes edificios de tipo europeo, aprovechando siempre la mano de obra gratuita de los indios.

Se procedió también a organizar el gobierno, y si bien es cierto que se respetaron los cargos de justicia mayor y capitán general de Hernán Cortés, se nombraron regidores y alcalde, entregándose este nombramiento a Pedro de Alvarado.

Nuevas expediciones de conquista

Los desagradables sucesos inmediatos a la captura de Tenochtitlan mucho pesaron en el ánimo del conquistador para organizar algunas expediciones a otros territorios de México, casi seguramente con el fin de evitar mayores desórdenes en la ciudad, para impedir la sorpresa de insurrecciones que pudieran intentar otras naciones mesoamericanas o para satisfacer las ambiciones de riquezas de algunos de sus soldados. Lo cierto es que cuando apenas cesaba el estruendo del combate de México, enviaba nuevas expediciones a diferentes regiones, la primera de ellas a la zona de Michoacán, dirigida por Francisco Montano quien logró entrevistarse en Tajimaroa con los purépechas que le permitieron pasar a Tzintzuntzan, en donde trató con Tzintzíncha Tangaxoan, que no sólo aceptó la embajada, si no que envió preciosos obsequios a Cortés. Poco después y aún en el año de 1521, llegó a la región Cristóbal de Olid, para imponer sumisión a los tarascos, los cuales, la aceptaron sin gran resistencia y toleraron que su soberano fuera bautizado.

Otra importante expedición fue la que emprendieron Gonzalo de Sandoval y Francisco de Orozco; salieron de Coyohuacan el 30 de octubre de 1521 y en Tepara se separaron para emprender conquistas diversas, pues Sandoval con 200 infantes, 35 de caballería y numerosos indios aliados se dirigió a Tochtepec, Huatuxco y Aulicapan para realizar en el año de 1522 la conquista de Coatzacoalcos. Mientras, Orozco, que partía para Oaxaca, emprendía algunas campañas en la región mixteca y finalmente, aprovechando las profundas diferencias entre zapotecas, mixtecas y mixes, lograba la captura del gran valle oaxaqueño, entrando en la ciudad el 25 de diciembre de 1521.

Con estas nuevas conquistas, que se sumaban alas logradas previamente en la ruta de Veracruz a México, el conquistador garantizaba la seguridad de las tierras capturadas en el centro del país.

Gobierno personal, de Hernán Cortés

Es indudable que el capitán extremeño mantenía el prestigio y autoridad sobre sus soldados; a pesar de ello, en la corte, algunos amigos de Velásquez, entre los que se contaba el obispo Fonseca, lograron que se designara a Cristóbal de Tapia para que viniera como gobernador a manejar la colonia. Este llegó a Veracruz en diciembre de 1521 y demandó al Ayuntamiento que lo reconociera, pero una hábil maniobra del conquistador frustró sus Atentos, ya que hizo reunir en Cempoala a Francisco Álvarez Chico, alcalde de Veracruz, a Pedro de Alvarado de México, a Cristóbal Corral de Segura de Frontera, a Andrés de Monjaraz de Medellín, y a Gonzalo de Sandoval y Diego de Soto en su propia representación, para que todos ellos se presentaran ante Tapia y le hicieran saber que en aquellos momentos era sumamente peligroso el acatamiento de la orden real, por lo que, con mmuestras de respeto, besaron las órdenes, se las colocaron en la cabeza y declararon: "Obedézcanse, pero no se cumplan". Con esta curiosa expresión desacataban el mandato real, simulando respeto y obediencia para la Corona. Cristóbal de Tapia aceptó la decisión de los ayuntamientos y aunque viajó a léxico y se instaló en Coyohuacan, acabó regresando a España.

Con este golpe de audacia, el conquistador se mantuvo al frente de I colonia, pero, preocupado por el reconocimiento de la metrópoli, envió e mayo de 1522 a Alonso de Ávila y Antonio Quiñones con una carta y considerables tesoros para que los entregaran al soberano, con tan mal fortuna que éstos nunca llegaron a su poder, pues en el viaje fueron asaltados y los obsequios enviados por Cortés acabaron en las manos del pirata francés Juan Florín.

A pesar de estos incidentes, sus esfuerzos y desvelos en la empresa de conquista fueron comprendidos y compensados plenamente el 15 de octubre de 1522, cuando el rey Carlos I de España expidió en Valladolid un documento por el que otorgaba a Cortés el título de gobernador de México el grado de capitán general de las tierras conquistadas.
En su decidido empeño por convertirse en el más notable de los conquistadores de América, planeó nuevas conquistas, una de ellas para someter a los pueblos de Colima, comisionando en primera instancia por Villafuerte, Álvarez Chico y Cristóbal de Olid, quienes después de algunas batallas fracasaron y sólo con el refuerzo de Gonzalo de Sandoval lograron la conquista de aquella región.

Mucho le interesaban las tierras de Guatemala y las Hibueras (Honduras) cuya conquista preparó con una doble expedición. Una por tierra comandada por Pedro de Alvarado, salió de México el 6 de diciembre de 1523; recorrió los territorios de Oaxaca y Chiapas y se presentó en Quetzaltenango. Después de algunos combates fue recibido por el cacique Sequechul al que traicionó y dio muerte; avanzó sobre Guatemala para consumar en el año de 1524 la conquista de esa región que más tarde gobernó.

La expedición de las Hibueras se entregó a las órdenes de Cristóbal Olid, salió de Veracruz el 11 de enero de 1524, desembarcó en Cuba don fue convencido para rebelarse contra Cortés y emprender la conquista por cuenta; llegó a las Hibueras y aliado a Gil González de Avila sometió a naturales y desconoció la autoridad del capitán general de México. Al tener noticias de estos sucesos Cortés decidió enviar a Francisco Las Casas disciplinar a Olid, pero las tormentas lo hicieron naufragar y llegar desamparado a Honduras. No obstante ello, se alió a Gil González y juntos sublevaron contra Olid al que hicieron degollar en la plaza de Naco, para consumar la conquista.

Como Cortés carecía de noticias de las Hibueras se decidió a salir México para someter personalmente a Olid; con unos 300 soldados españoles y poco más de 3000 indios aliados, abandonó la ciudad el 12 de octubre 1524 llevando con él a los señores de la confederación y algunos misioneros. A su paso por Orizaba se deshizo de la Malinche, casándola con uno de soldados, Juan Jaramillo. Continuó el viaje por tierras de Tabasco y Campeche, pero en la población de Izancanac, con el pretexto de que preparaba una rebelión en su contra, hizo asesinar el 25 de febrero de 152 a Cuauhtémoc, a otros señores indígenas y a uno de los frailes que lo acompañaban.

Logró llegar finalmente a las Hibueras y al enterarse de la muerte de Olid se dio por satisfecho y como recibiera noticias de los desórdenes desatados en México, apresuró el regreso, desembarcando en Veracruz en mayo de 1526.

Gobierno de los oficiales de Cortés

Al salir de la ciudad de México, el conquistador designó a Alonso Zuazo, Alonso de Estrada y Rodrigo de Albornoz para que gobernaran en su lugar. La ausencia del capitán desató serias disputas entre sus oficiales, las que le fueron comunicadas en Coatzacoalcos, nombrando entonces a Gonzalo de Salazar y a Pedro Almíndez Chirino para que vinieran a México a solucionar, los problemas y a gobernar de común acuerdo con los antes designados, pero éstos, al llegar a la ciudad, decidieron gobernar sin la intervención de Estrada y Albornoz. En abril de 1525 se complicó la situación cuando Rodrigo de Paz, alguacil mayor y apoderado de Cortés, declaró como únicos gobernantes a Salazar y Chirino. Éstos hicieron correr la versión de que el conquistador había muerto y presionaron a De Paz para que entregara 60000 pesos que según Chirino debía el capitán al erario.

En octubre de 1525, el apoderado se refugió en el palacio de Cortés, que fue asaltado por Chirino y Salazar; se capturó a su defensor para torturarlo quemándole los pies y ahorcarlo, acusado de conspirar contra ellos. Iniciaron entonces un gobierno despótico, de persecución de los amigos del conquistador, hasta obligar a muchos vecinos a, protegerse en el convento de San Francisco, que no respetaron, pues se introdujeron en él para aprehender a Francisco Las Casas, juzgarlo por la muerte de Olid y remitirlo a España.

Cortés fue informado por Zuazo de los desórdenes de México, para que enviara a Dorantes con la destitución de sus oficiales y el nombramiento en favor de Las Casas, pero como ya no estaba en México, los partidarios del capitán nombraron a Andrés de Tapia, quien se apresuró a someter a los oficiales, asaltó el palacio en donde hizo prisionero a Salazar y persiguió a Chirino hasta capturarlo en el convento de San Francisco en Tlaxcala, para encadenarlo y exhibirlo en una jaula junto a su cruel compañero. Esto no fue suficiente para tranquilizar a la población, pues Estrada y Albornoz recuperaron el mando, desatando la persecución de los partidarios de Chirino y Salazar, situación que perduró hasta el regreso de Cortés, el 20 de junio de 1526.

Los oficiales reales

La serie de intrigas que contra el conquistador de México circulaban en la corte, así como los informes de los desórdenes en la colonia, decidieron al soberano al nombramiento de Luís Ponce de León para que, con el carácter de juez de residencia, tomara cuentas a Cortés y se hiciera cargo del gobierno. Se presentó en la ciudad de Mexico el 2 de julio de 1526 y cuando intentaba cumplir su comisión, cayó enfermo de una fiebre que lo mato el 20 de julio. Antes de morir designó a Marcos de Aguilar para que lo sustituyera. Este funcionario, a quien se regateaba autoridad, logró mantenerse en funciones hasta los últimos días del mes de febrero, cuando murió, no sin antes designar a Alonso de Estrada para que asumiera el mando. El derecho de éste a ejercer el cargo fue puesto en duda por muchos vecinos de la capital, pero al ser confirmado por cédula real del 22 de agosto, se mostro encarnizado enemigo del capitán y se dio a la tarea de perseguir a su partidarios, hasta desterrar a Cortés, que se refugió en Tlaxcala para después marchar a España en demanda de justicia.

La primera Audiencia Gobernadora

Ante los numerosos errores y atropellos de los gobernantes personales, rey Carlos I integró un gobierno colectivo que se encargara de manejar colonia. Por cédula real del 13 de diciembre de 1527, firmada en Burgos, designó a Ñuño Beltrán de Guzmán como presidente y a los oidores Juan Ortiz de Matienzo, Diego Delgadillo, Alonso de Parada y Francis Maldonado, para que de inmediato se hicieran cargo de la administrador justicia de la Nueva España. Inicialmente se presentaron en la capital los cuatro oidores, pero como murieran Parada y Maldonado, asumieron el mando Matienzo y Delgadillo, a los que más tarde se sumó el presidente Nuño de Guzmán, La gestión de éstos fue sumamente cruel para la población, pues su desmedida codicia originó frecuentes abusos contra vecinos, particularmente contra los indígenas, a quienes robaron propiedades, los herraron y esclavizaron para repartirlos por miles entre allegados. Desataron el terror al no respetar siquiera a los religiosos; al propio Zumárragá, obispo y protector de los indios, le evitaron insistentemente la comunicación con España y fue preciso que viajara a Veracruz en agoste 1529 para hacer llegar a la corte una relación de lo sucedido en México.

Cuando a finales de 1526 se tuvieron informes de que Hernán Cortes regresaba a México con el titulo de marques del Valle de Oaxaca y el cargo de capi tan general de la Nueva España, Nuño de Guzmán decidió salir de la capital con 500 soldados españoles y poco más de 10000 indígenas para emprender la conquista de Michoacán y Jalisco, mientras dejaba al frente del gobierno a Matienzo y Delgadillo que cometían nuevos atropellos, llegando a violar el convento de San Francisco para aprehender a Cristóbal de Ángulo y García Llerena, apoderado de Cortés. Los clérigos organizaron una procesión para solicitar se devolviera a los reos a la jurisdicción eclesiástica, pero en lugar de ser escuchados se los atacó. El propio Zumárraga estuvo a punto de perder la vida a manos de Delgadillo, que lo atacó con una lanza, por lo que el obispo excomulgó a los oidores. Estos, en represalia, descuartizaron a Ángulo y cortaron un pie a Llerena. Ante tan violentos sucesos el obispo dejó en entredicho a la ciudad y el 7 de marzo de 1530 se retiró con los religiosos a Tetzcoco.

Por fortuna para la población, las quejas de Zumárraga y otras personas interesadas habían llegado a España, por lo que la emperatriz, en ausencia del monarca, nombró a Don Antonio de Mendoza para que en calidad de virrey viniera a México a encargarse del gobierno. Como demandara tiempo preparar el viaje, se nombró una nueva audiencia para que sustituyera a la que estaba en funciones.

 

La Segunda Audiencia Gobernadora

Así como había sido equivocado el nombramiento de la primera audiencia resultó acertada la designación de la segunda, integrada por Sebastián Ramírez de Fuenleal en calidad de presidente y los oidores Vasco de Quiroga, Juan de Salmerón, Alonso de Maldonado y Francisco Ceynos quienes destacaron por sus bondades personales y el buen gobierno que a la colonia proporcionaron.

Se instalaron en México en diciembre de 1530, aunque su presidente no se presento hasta el mes de septiembre del siguiente año; su primera tarea consistió en tomar residencia a Matienzo y Delgadillo, a quienes por sus crímenes y abusos los condenaron a pagar 40000 pesos. Organizaron sabiamente las actividades de gobierno y mostraron especial preocupación por favorecer a los indios, razón por la que dieron a conocer disposiciones como las de crear juntas para evitar abusos contra los naturales, reducirles los tributos, establecer la prohibición de que se los obligara a trabajar, favorecer la educación de los niños indios abandonados, y facultar a sus pueblos para elegir a sus alcaldes y regidores. Pero posiblemente una de las medidas que mas favorecieron a los nativos fue la reducción de repartimientos y facultades de los encomenderos, pues con ello se logró en parte sujetar constantes atropellos de los conquistadores.

Mucho se preocuparon los oidores por favorecer el desarrollo del país mediante la importación de ganado y algunas variedades vegetales, así como la fundación de nuevas ciudades que hicieron más seguras las rutas, tal como sucedió con Puebla, fundada en 1530 por el oidor Salmerón. Después de algunos años de buen gobierno, gracias a lo cual fue posible organizar la colonia, la segunda audiencia gobernadora cedió sus funciones al primer 15 virreyes, Antonio de Mendoza, conde de Tendilla, designado por ce del 17 de abril de 1535 y llegado a México para asumir su cargo el 1 octubre de ese año. (Fin del control uno)

El Virreinato

(Inicia control dos)

Con el virreinato la Corona española encontró una forma segura y bondadosa para controlar sus colonias de América, particularmente en los territorios de México, que por su extensión y complejidad demandaron mayor cuidado por parte de las autoridades europeas. En los primeros de dominación colonial, se designó a algunos nobles españoles para que en representación del monarca se encargaran del gobierno; muchos de dejaron un grato recuerdo de su gestión, además de que resultó benéfica la Nueva España. Este fue el caso del primero de los virreyes, Don Antonio de Mendoza, que mucho procuró aliviar la penosa condición de los sectores humildes de la población, favoreciendo su educación, prohibiendo que s mantuviera en la difícil condición de cargadores y aplicando las Nuevas Leyes, por las que se regulaban las encomiendas, ordenando además que no se heredaran. Muy a su pesar, grandes calamidades cayeron sobre la población nativa, pues en el año 1545 se desató una peste que duró varios meses y dio muerte a unos 800 mil indígenas; durante este triste suceso el
virrey Mendoza empeñó todo su esfuerzo y recursos para socorrer a 1a población afectada.

Otra importante actividad del virrey fue la de mejorar las condiciones culturales de la Nueva España. Para ello, trajo a México en el año de 1536 la primera imprenta, con la que pronto se editaron algunos libros que se difundieron en toda la colonia; igualmente y junto con el obispo Zumárraga, estableció algunos colegios para indígenas, entre los cuales posiblemente el más importante fue el de Santa Cruz de Tlatelolco. Estableció también en 1536 la primera casa para acuñar monedas de plata y en ese mismo año instaló el obispado de Michoacán, nombrando para dirigirlo al ilustre oidor Vasco de Quiroga. Años más tarde, en 1541, fundó en esa región la ciudad de Valladolid.

Tuvo este virrey algunas inquietudes en relación con la expansión y conocimiento de la colonia que gobernaba; por ello, mandó a Francisco de Ulloa a explorar la California, con lo que se originaron serias diferencias con Hernán Cortés, que había ya recorrido aquellas lejanas regiones. En 1537 comisionó a Francisco Vázquez de Coronado para explorar las regiones del norte con el propósito de encontrar la fabulosa ciudad de Quivira. Para el año de 1541 tuvo que salir de la ciudad de México, con un fuerte contingente de 100 soldados españoles y 30 000 indios aliados para socorrer a la provincia de Nueva Galicia. In la zona de Guadalajara se había producido una rebelión de indígenas que no había podido ser controlada a pesar de los esfuerzos de algunos jefes españoles, entre ellos el conquistador Pedro de Alvarado, que regresó de Guatemala para intentar someter a los rebeldes, habiendo muerto en la empresa. El virrey después de una breve y exitosa campaña regresó a la capital.

La bondadosa gestión del virrey de Mendoza terminó en e| año de 1550 cuando fue comisionado por el soberano español para hacerse cargo del virreinato del Perú, en donde permaneció hasta el año de su muerte en 1552. Sucedió en México a este virrey otro notable personaje, Don Luís de Ve/asco.

Expansión de la colonia

La conquista y colonización de México no culminó con la caída de Tenochtitlan, por el contrario, sólo fue éste el primer acto de ese drama, la puerta por donde se filtraron los europeos para apoderarse de los vastos territorios de nuestro país, hasta hacer de la Nueva España la más grande de las colonias hispanas de América, con una superficie aproximada de 4000000 de kilómetros cuadrados. En este proceso se siguieron diversos procedimientos; el primero de ellos consistió en combatir, hasta la derrota, a los pueblos altamente desarrollados de Mesoamérica, a los cuales sometían cuando vencían a sus ejércitos y capturaban a sus gobernantes, tal como sucedió con las naciones sojuzgadas por Hernán Cortés: Cempoala, Tlaxcala, Tetzcoco y las que siguieron a Tenochtitlan, Coatzacoalcos, Oaxaca, Chiapas y Michoacán. Para esta misma época son de considerarse dos conquistas más, la de Chiapas realizada por Diego de Mazariegos en 1527 de Yucatán, lograda por los Montejo entre los años de 1527 y 1547 fue una empresa fácil, pues en los primeros intentos fracasó Francisco Montejo y tuvo que refugiarse en Tabasco, para que en 1537 su hijo Francisco realizara la conquista de la península. Fundó Campeche en 1940 y Mérida en 1542 y finalmente Valladolid y Salamanca en 1547 para la dominación europea en aquellas tierras.

Conquista de la Nueva Galicia

Aun cuando algunos de los primeros conquistadores como Francisco Montano, Cristóbal de Olid, Villafuerte, Álvarez Chico y otros habían incursionado con algún éxito por los territorios de Michoacán y Colima, fue la expedición de Nuño Beltrán de Guzmán, iniciada en los últimos días de 1529, la que hizo posible el establecimiento del Reino de la Nueva Galicia. Esta campaña, una de las más crueles y sanguinarias, ya que el conquistador la impuso quemando y arrasando poblados, torturando y asesinando públicamente a los caciques indígenas, la emprendió el presidente de la Primera Audiencia cuando tuvo noticias del regreso de Cortés; abandonó entonces la ciudad de México, pasó por Toluca y Xilotépec. Al llegar a Püruáñdiro fue recibido por el cacique Caltzontzin que se había sometido, pero el conquistador no respetó siquiera esa situación y le dio muerte. Avanzó a Tototlán, capturó Cuitzeo y marchó sobre Chápala, Poncitláh y Tónalán, desde donde envió a Chirino a explorar Zacatecas. En abril de 1530 fundó la villa del Espíritu Santo (Guadalajara) y se lanzó a la conquista de Colima y Nayarit; y logró llegar hasta Navito y Culiacán, en donde instaló algunas colonias y regresó a Jalisco.

Por cédula real se ordenó a Guzmán que designara con el, nombre de Nueva Galicia a las tierras conquistadas y que instalara su capital en Compostela. Años más Urde se comisionó a Luis de Castilla para que incorporara esa provincia á Nueva España. Nuño de Guzmán desacató la orden y regresó a México donde fue reducido a prisión por Diego Pérez de la Torre, pero logró huir para marchar a España en donde se le confinó en la Villa de Torrejón de Velasco, hasta el año de su muerte en 1550.

Las expediciones de Hernán Cortés

El conquistador había regresado a México el 15 de julio de 1530 y a pesar del reconocimiento de que había sido objeto con el cargo de capitán genera! y marqués del Valle, lo? oidores Matienzo y Delgadillo le negaron la entrada a la ciudad, por lo que se instaló en Tetzcoco donde recibía a un gran número de amigos. Con la segunda audiencia mejoró su situación, pero como viera que no tenía oportunidad de intervenir en el gobierno y que algunos t capitanes organizaban expediciones al norte, quiso mantener su prestigio de I conquistador y preparó algunos viajes, en ellos recorrió los territorios de * Colima, Compostela y Chiametla para dirigirse a la Península de la Baja California, conduciendo una exploración que lo hizo entrar en conflicto con r el virrey De Mendoza que había enviado a Francisco de Ulloa a reconocer I aquellos lugares. Después de estos viajes regresó Cortés a España y se refugió en Castilleja de la Cuesta, en donde murió el 2 de diciembre de 1547.

La conquista del norte del país

Seguramente una de las empresas más penosas fue la dominación de las tierras situadas al norte de Mesoamérica, en principio planeada con el propósito de encontrar las fabulosas riquezas referidas por la leyenda, poco después alentada por la espléndida realidad de las zonas mineras. Para lograr la captura de esas regiones se recurrió a todos los medios posibles: en ocasiones llevando ejércitos de españoles e indios y estableciendo colonias de naturales ya sometidos, poblados que servían para reprimir a los grupos bárbaros. A pesar del éxito inicial de este procedimiento, algunas tribus belicosas, como las de los cascanes y huicholes, ponían en peligro a las poblaciones y a las rutas; entonces las autoridades coloniales decidieron garantizar la seguridad y la paz comprándolas a esos grupos rebeldes.

La conquista de Zacatecas

El primer reconocimiento de esa región lo realizó Chirino por órdenes de Nuño de Guzmán, pero fue Cristóbal de Oñate, gobernador de la Nueva Galicia quien comisionó a Juan de Tolosa para que en 1541 conquistara Zacatecas. Estas tierras pronto interesaron a las autoridades de la Nueva España por su riqueza minera, tanto que años más tarde y con el propósito de mantener una ruta segura, el virrey de Velasco estableció con españoles e indígenas de México y Tlaxcala, las poblaciones de Querétaro, Silao, Acámbaro y Guanajuato; esta última, a su vez, habría de convertirse en el más importante centro minero de la colonia.

La conquista de Durango

En el año de 1544 el capitán Francisco de Ibarra recorrió gran parte de los territorios del actual estado de Durango y sometió la región a la dominación española. Tiempo después el virrey de Velasco ordenó se creara con las tierras de Durango, Sinaloa, Sonora y Zacatecas la provincia de la Nueva Vizcaya, designando en 1563 al propio Ibarra como gobernador de ella. Este se preocupó de mantener el orden en su gobernación y pensó ampliarla, apoderándose de algunas regiones de Chihuahua y Coahuila.

La conquista de San Luís Potosí

La realizó Francisco de Urdiñola en el año de 1550; para lograrlo utilizó numerosos grupos de indios, principalmente tlaxcaltecas con los que fundó algunas poblaciones en San Luis y Coahuila, de ellas posiblemente la más importante fue Saltillo.

Las expediciones a oriente

El virrey Don Luis de Velasco pretendió encontrar la ruta que conectara • la colonia con las tierras de la especiería; en 1565 comisionó a Miguel López \ de Legaspi para que intentara el viaje. Este logró llegar y conquistar las J Filipinas, fundando en ellas la ciudad de Manila.

Conquista de Nuevo León

Fue iniciada por Luis de Carvajal en 1579; acompañado de judíos conversos sometió la región y estableció la villa de San Luis (Monterrey), pero como fueran acusados de prácticas heréticas se les castigó severamente y la colonia declinó rápidamente. En 1596 Diego de Montemayor se presento en esa provincia, repobló Monterrey y estableció nuevas ciudades en los territorios que fueron Mamados Nuevo Reino de León.

 

Conquista de Nuevo México

Esa remota región era posiblemente uno de los lugares más referidos por la leyenda, por eso desde tiempos tempranos llamó la atención de algunos aventureros corno Cabeza de Vaca y Vázquez de Coronado; sin embargo su conquista la llevó a cabo, no sin serios problemas, Juan de Oñate en el año de 1605.

Conquista de las Californias

La dominación española en el extremo noroeste de la Nueva España fue impuesta por misioneros que se dieron a la penosa tarea de emprender la evangelización y pacificación de las tribus bárbaras de aquellas lejanas tierras; establecieron fundaciones religiosas en cuyo derredor se levantaron nuevos poblados, en los que se incorporaba a la vida laboriosa a los naturales, tal como lo hiciesen en el año de 1697 fray Eusebio Kino en la Baja California y fray Junípero de Serra años más tarde en la California.

Es conveniente precisar que la conquista total de las tierras de México fue un lento proceso que duró varios siglos y que comprometió todo el esfuerzo y valor de los soldados españoles venidos a América y que si se quisiera ubicar en tiempo, debe afirmarse que iniciado en el año de 1519, con la conquista de la costa de Veracruz por los ejércitos de Hernán Cortés, concluyó en la segunda mitad del siglo XVIII con la conquista de los territorios de Tamaulipas, a los que se llamó Nuevo Reino de Santander. (Fin de control dos)

 

EL RÉGIMEN COLONIAL

El drama de la conquista de México, contemplado a más de cuatro siglos de distancia, se presenta ante nuestros ojos con la complejidad de un choque brutal de dos mundos completamente diferentes, fenómeno por el cual habrían de confundirse, en una sólida manifestación, sistemas económicos, creencias religiosas, expresiones culturales y pensamientos filosóficos distintos, para producir los rasgos característicos de nuestra personalidad actual.

Difícil ha sido para el mexicano del siglo XX comprenderse a sí mismo, pues su condición de mestizo frecuentemente lo confunde, ya que no puede explicarse el proceso violento que lo originó. Violento, porqué para establecer la nueva sociedad colonial, el español, con lujo de fuerza y crueldad, se unió a nuestra india ocasionalmente para procrear al mestizo, hombre que nació con el conflicto de no ser plenamente aceptado en el seno de la sociedad española del padre, pero tampoco por las comunidades indígenas de que procedía la madre.

Este problema no fue solamente racial, se dio en muchos otros aspectos cuando los europeos pretendieron acabar con las expresiones culturales de los pueblos indígenas sometidos para sustituirlas por las correspondientes a la cultura europea. Pues, a pesar de que se dieron a la tarea de derruir e incendiar templos, de destruir códices y documentos, despedazar esculturas y acabar con todo vestigio de la religión y la cultura prehispánica, sólo lograron que la población nacional fuera aceptando —sin abandonar por completo sus costumbres y tradiciones— los elementos culturales que más les favorecían para desempeñarse con ventaja en la sociedad colonial.

Así, pues, tenemos que concluir aceptando que los tres siglos de dominación española en México gestaron una sociedad nueva, una cultura y un hombre igualmente novedosos, distintos de las raíces indígena y española que los integraron, pero desprendidos siempre de una u otra. Por ello es cien sabido que, en nuestro ser actual, están presentes esas dos poderosas raíces es, con frecuencia expresada una de ellas con mayor vigor.

Como todos los aspectos de la nueva sociedad colonial, la base económica mantuvo algunas formas indígenas, lo mismo en la tenencia de la tierra que en las formas de trabajo, pero en su mayor parte se impuso las modalidades europeas propias de los conquistadores. De una o de otra manera, resulta interesante revisar las principales actividades económicas de la Nueva España.

El régimen de propiedad

En el momento mismo de la conquista, las tierras de México cambiaron de dueño, pues no solamente fue el derecho impuesto por la fuerza de las armas en favor de la Corona española, sino que esa posesión se cimentó de manera legal en tres diferentes fuentes:

• Primero, en las Leyes de Partida, que autorizaban el derecho de conquista en tierras habitada por infieles

• En segundo término, en las Bulas de Alejandro VI, por las que se distribuían entre España y Portugal las tierras descubiertas;

Finalmente el Tratado de Tordesillas, celebrado entre esas dos naciones y por el cual se modificaba la Línea Alejandrina, tratado confirmado en 1506 por el Papa Julio II. Lo cierto es que, a partir de la conquista, las tierras de México pasaron a ser parte del Real Patrimonio y su dominio eminente correspondió a los reyes, que transmitieron a los -particulares la propiedad de algunas porciones.

L as primeras asignaciones de tierras

A nombre del monarca, y como premio a sus esfuerzos durante la conquista, Hernán Cortés hizo la primera entrega de tierras entre sus soldados. A los infantes dio una pequeña porción, a la que llamaron peonía, y cinco veces esa superficie a cada soldado de caballería. Aunque estas primeras propiedades agrarias de particulares dejaron de distribuirse en 1589, originaron una primera división social entre los peninsulares, estableciendo grandes y pequeños propietarios.

Con posterioridad a estos primeros repartos fueron otros los procedimientos seguidos para la distribución de tierras; probablemente la más socorrida y legítima fue La Merced Real, por la cual el monarca entregaba a un español o a una comunidad indígena, tierras baldías o realengas. En ocasiones fue preciso que se legitimara la situación de tierras que habían sido apropiadas sin autorización previa; en estos casos la Corona estableció el recurso de composición, por el cual, y mediante el pago de una cantidad determinada, se reconocía la propiedad.

En el año de 1589 se pretendió regularizar la propiedad individual; con ese propósito se establecieron nuevas medidas de tierra, correspondiendo las mayores a las destinadas para la cría de ganado. Así, por ejemplo, el Sitio de Ganado Mayor comprendió 1755 hectáreas (4.336,70 acres), el Sitio de Ganado Menor 780 hectáreas (1.927,42 acres), el Criadero de Ganado Mayor 438 hectáreas y el Criadero de Ganado Menor 195 hectáreas (481,86 acres). Algunas propiedades de menor extensión fueron la Caballería de Tierra con 10 hectáreas (24,71 acres), la Fanega de Sembradura de Maíz 3 hectáreas (7,41 acres) y los solares para casas y molinos sólo 17 áreas. De hecho fueron éstas las medidas agrarias que prevalecieron durante los tres siglos de vida colonial. (La medida en acres es adicional, que no te caliente la cabeza)

La propiedad comunal

Para los indígenas se mantuvo la propiedad comunal, que se legalizó en los pueblos configurándose una clara distribución de ellos. A la parte urbana que se llamó Fundo Legal se le destinaron 600 varas a los cuatro vientos a partir de las torres de la iglesia; estas tierras, desde 1567, se declararon inalienables y se asignaron para casas, solares y corrales. El Ejido, con una legua de largo en derredor del fundo legal, se constituía de tierras para "pastoreo y para obtener leña, piedras o aguas. Los Propios fueron tierras entregadas a los pueblos por cédula real y para obtener productos destinados sufragar los gastos del poblado. Las tierras de Repartimiento estaban integradas por campos de cultivo para beneficio de la población. Finalmente, a cada pueblo se le entregaba parcelas de usufructo legal que, sin ser propiedad de particulares, sí eran heredadas

El problema agrario

Numerosos fueron los conflictos que se presentaron durante la época colonial, muchos de ellos originados por la voracidad del español que, no conformes con la extensión de su propiedad original, la ampliaba mediante el despojo de las tierras de indios, arrebatando a los pueblos sus ejidos, sus Propios, las tierras de repartimiento y, en ocasiones, hasta algunas partes del fundo legal. Mucho contribuyó también a estos problemas agrarios la carencia de títulos de propiedad de los indígenas, pues ello favoreció el fácil despojo de sus tierras por los europeos.

Otro factor decisivo en el complejo problema agrario de la Nueva España fue el latifundismo eclesiástico, ya que esa institución, por medio de compras, hipotecas, herencias o legados, adquirió enormes extensiones de tierras que, para los finales del siglo XVIII, representaban aproximadamente el 50 por ciento de las tierras nacionales. Lo grave fue qué la Iglesia, no. Solamente impidió el desarrollo de Una clase media rural, sino que al mantener improductivas grandes extensiones de terreno, mucho contribuyó a la miseria del campesinado de la época.

El trabajo

El cambio en las actividades económicas originó nuevas modalidades trabajo, dándose el caso de que se intentaron muy diversas formas, lo mismo para el indígena que para el mestizo y otros sectores de la sociedad colonial; pero particularmente, como siempre sucede, fueron los sectores humildes de la población novohispana los que con su esfuerzo soportaron el peso de la economía de esa época.

El trabajo indígena esclavo

Inicialmente, el conquistador consideró que sería fácil resolver la demanda de trabajo para beneficiar sus propiedades sobre la base de someter a esclavitud a grandes grupos de indígenas, que adquirían esa condición por haber sido hechos prisioneros en las guerras de conquista o por la entrega que de ellos hacían algunos caciques nativos. Posteriormente también fueron reducidos a esa situación por deudas.

En los primeros años de la dominación colonial, el trabajo del indio esclavo adquirió gran importancia y era aplicado a todas las actividades, principalmente a la agricultura y a la minería. Pero en el año de 1571 el virrey don Luis de Velasco (padre) liberó a 150000 indios esclavos de las minas y, a partir de entonces, el trabajo esclavo del nativo tendió a desaparecer, mientras aumentaba considerablemente el trabajo de esclavos negros, introducidos las más de las veces de contrabando en América. Fue a estos a quienes se destinó a los trabajos más pesados.

Trabajo de los indios encomendados.

Fue seguramente una de las más importantes formas de trabajo en los primeros dos siglos de la época colonial, aunque es preciso aclarar que no consistía en la entrega de tierras en favor de un español, pues, en cierta forma, la institución de la encomienda respondió a propósitos humanos. La cédula real que creó la encomienda dice que es "la asignación de un determinado número de indígenas a un español para que los protegiera, los catequizara y los enseñara a vivir en orden, a cambio de un tributo o trabajo". Por tanto, y a pesar de que las encomiendas nunca implicaron la entrega de tierras, muchos de los encomenderos llegaron a apoderarse o a sentirse dueños de las tierras y pueblos de los indios a ellos encomendados. Esto, y los frecuentes atropellos al exigirles demasiado trabajo, en lugar de protegerlos y educarlos, obligó a que la Corona las limitara o reglamentara a fin de evitar los constantes abusos.

En el año de 1521, Hernán Cortés, para favorecer a sus principales capitanes, repartió las primeras encomiendas en nuestro país. Para el año de 1523 se dio a conocer la cédula real que prohibía las encomiendas, lo cual ocasionó el disgusto de muchos encomenderos americanos, que veían en ella el único premio a sus esfuerzos en la conquista y colonización del continente. Posiblemente por esto, para 1528 se autorizó a la Primera Audiencia para que hiciera nuevas entregas, y además, como para estas fechas. Tanto en las Antillas como en México algunos de los conquistadores habían muerto y sus hijos reclamaban el derecho a disfrutar las encomiendas, en 1536 la Corona las confirmó por segunda vida. En 1542 se dieron a conocer las nuevas leyes, por las que se limitaban las encomiendas y se establecía que • no debían conseguirse por la guerra y también que las que estuvieran vacantes pasaran a poder de la Corona. Las frecuentes protestas de lo encomenderos de América obligaron al monarca a confirmarlas por tercer vida en 1555, por cuarta vida en 1607 y por quinta vida en 1629.

A partir de la segunda mitad del siglo XVI decreció el trabajo de indios encomendados, pues éstos preferían pagar en especies y no en trabaje paralelamente a este fenómeno, aumentó considerablemente el trabajo d peón asalariado. La encomienda fue finalmente abolida en 1720, ordenándose que los de ella pasaran al tesoro real.

Fue una cruel forma de trabajo obligado que, si bien es cierto remuneraba, representó una de las contribuciones más pesadas para los pueblos indígenas. En 1550 se autorizó al gobierno para sacar tandas de los pueblos 3 ó 4 veces al año para que realizaran trabajos en las minas, haciendas y obrajes. Este trabajo vivió sus mejores momentos durante la segunda mitad del siglo XVI, pero la resistencia de los naturales obligó a las reformas del cuatequil de los años de 1601 y 1609 y a que, para el año de 1632, se ordenara su supresión, aunque se mantuvo para servicio de la minería.

El trabajo a jornal

Este tipo de trabajo se estableció desde 1521 y se desarrolló poco en los primeros años, pero a partir de 1551 creció rápidamente para convertirse en la forma de trabajo más importante del México colonial. Existen autores que afirman que perduró en la época independiente y que ha sido nuestra manera de trabajar el campo hasta 1910, cuando la revolución pretendió liquidarla sin lograrlo, pues es de advertir que en la actualidad son muchos los campesinos que trabajan a jornal en tierras de grandes propietarios.

Entre las circunstancias que favorecieron el trabajo a jornal podemos mencionar la asimilación del indígena a las nuevas formas económicas monetarias —que lo hicieron interesarse en recibir un pago en dinero por su trabajo— y la adscripción del peón a la tierra, lo que se lograba con el endeudamiento de éste, así como la transformación del indio encomendado y del cuatequil en jornalero. Las condiciones de trabajo de los peones fueron siempre difíciles, pues además de su situación de labradores adscriptos, se sumaron las jornadas prolongadas y los salarios insuficientes, amén de las restringidas libertades de que disfrutaron y la explotación de su salario a través de las tiendas de los patrones, las que se encargaban de endeudar al peón con anticipos y cobrando precios mayores por los artículos proporcionados.

El trabajo del peón asalariado fue, sin embargo, una de las formas que más favoreció la transformación económica de la sociedad colonial, ya que no solamente influyó para extender el uso de la moneda, sino que contribuyó grandemente a la creación y desarrollo del mercado interior, formado en buena parte por grandes grupos de consumidores indígenas.

El trabajo en la industria

En el proceso de transformación de la economía novohispana, el español introdujo dos formas de producción industrial, la primera de tipo feudal a través del taller artesano, con las características que tenía en la Europa de finales de la Edad Media, en el que tanto los trabajadores como la producción quedaron bajo riguroso control del gremio (asociación de artesanos de un mismo oficio). En estos talleres los trabajadores estaban sujetos a tres jerarquías, maestro, oficial y aprendiz, imponiéndose severas condiciones para alcanzar el reconocimiento de maestro, grado que estaba prohibido a los indios y a los individuos de casta.

La otra forma de trabajo industrial se dio en los obrajes, que representaron una forma de producción capitalista y en cierta forma el antecedente de la fábrica actual, solamente que en ellos las condiciones del trabajador fueron verdaderamente penosas, pues estaban sujetos a prolongadas jornadas de 14 a 16 horas diarias, incluyendo los domingos y días festivos y sin poder abandonar el obraje. Con estos trabajadores se siguieron procedimientos semejantes a los que se emplearon con n el peón de campo, pues se les pagaban salarios muy bajos, generalmente en fichas o vales que debían canjear en las tiendas de raya y expendios de bebidas, en donde se procuraba mantenerlos endeudados a fin de adscribirlo permanentemente al obraje.

A pesar de las duras condiciones de los obrajes, los que en ocasiones más se antojaban cárceles para trabajadores indios, negros y mulatos, fue en ellos en donde descansó el desarrollo industrial de la Nueva España, creándose grandes centros industriales en México, Puebla, Guadalajara, Querétaro v algunas otras poblaciones.

La minería

No es la minería la actividad básica para el desarrollo de una sociedad, pero en el caso de la Nueva España es casi siempre la primera que se analiza, por haber sido la actividad fundamental de nuestro país, principalmente por el gran interés de los españoles y la Corona para acumular metales precioso (bullonismo)

El notable desarrollo de la minería novohispana obedeció a diversos factores, entre los que deben citarse, la abundancia de minas de plata en nuestro territorio, el carácter rápido de la riqueza minera y la política proteccionista de la Corona. Esta última fue tan notoria, que las autoridades españolas mucho se preocuparon por salvaguardar la minería de la intervención de elementos que le fueran adversos; así, por ejemplo, no toleraron que sobre ella operara el crédito eclesiástico, y sólo se admitió que los mineros fueran provistos por comerciantes a través de préstamos a corto plazo. . Igualmente, los monarcas mostraron su interés por esa actividad establecer una serie de instituciones y normas exclusivas para la minería; como fueron: el Banco de Minería y el Tribunal de Minería, Las ordenanzas de Minería y, hacia los finales de la vida colonial el Colegio de Minería, con el único propósito de impulsar la producción minera sobre la base de un explotación científica. No debemos olvidar que mucho de esta preocupaciones se explican en virtud de que la Corona disfrutaba de una quinta parte de la producción minera (quinto real).

La explotación minera de la Nueva España cubrió tres períodos, el primero de ellos desde 1532, cuando se descubrieron las primeras minas, en año de 1554; en este lapso los metales se trabajaron con el primitivo Beneficio de Fuego, que ocasionaba la pérdida de gran cantidad de metal. El segundo, de 1554 a 1792, fue la época en la que se trabajó con el llamad beneficio de patio o amalgamación de la plata con el mercurio, proceso introducido por Bartolomé de Medina en la zona de Pachuca, que si bien es cierto dio mejores resultados, también resultó más cruel para el trabajador que, con los pies, tenía que amalgamar el mineral con la sal magistral y el mercurio. Ello implicó un fuerte sacrificio de trabajadores, que morían en corto tiempo por el reblandecimiento de huesos. La tercera y última etapa fue a partir de 1792, cuando se intentó imponer formas científicas en explotación de las minas.

La minería fue la actividad de mayor importancia en la Nueva España, tanto que influyó notablemente en la distribución de la población, pues en derredor de los principales fundos mineros se edificaron grandes ciudades y se establecieron fuertes grupos de campesinos para abastecer con su producción a la población y a los mineros. Igualmente, al amparo de la minería se desarrollaron el comercio, las comunicaciones, la propaganda: religiosa y, desde luego, el uso de la moneda. La minería se organizó en tres grandes distritos mineros: el primero de ellos integrado por las minas de Taxco, Tlalpujahua, Sultepec, Zumpango del Río y Espíritu Santo; el segundo, que se encontraba en explotación activa a mediados del siglo XVI, formado por los reales del monte de Pachuca y Atotonilco, y el tercero, integrado por las minas de Zacatecas, descubiertas en 1547, y las de Guanajuato, descubiertas en 1554.

A causa de la minería se creó la leyenda de la inmensa riqueza de México, particularmente cuando se daba a conocer la extraordinaria producción de la mina de la Valenciana en Guanajuato, que por varios años cubrió ella sola poco más del 50 por ciento de la producción mundial de plata. Pero esta tan famosa riqueza fue puesta en duda por el ilustre barón de Humboldt, llegado a México a principios del siglo XIX, quien redactó un interesante trabajo en el que hizo ver los factores que habían obstaculizado el trabajo minero en la Nueva España, aclarando que, a pesar de existir una inmensa cantidad de minas en nuestro territorio, muchas de ellas eran pobres o de minerales de baja ley, lo que obligaba a que fueran abandonadas. Señaló además que la explotación minera se había caracterizado por un torpe estancamiento tecnológico, responsable del poco incremento de la producción.

Otro de los grandes males de nuestra minería fue la falta de capitales para su impulso, pues aunque parezca absurdo, los grandes mineros de la época colonial utilizaban sus capitales para remitirlos a España a fin de ayudar a sus familiares o a sus poblados de origen, para adquirir grandes extensiones de tierra en México o para construir enormes fincas y bellos palacios en las principales poblaciones del país, pero no para favorecer o impulsar la producción minera. De todas formas es conveniente precisar, como lo hacen algunos investigadores, que si la extracción de metales poco favoreció a la población americana, no debe olvidarse que gracias a la plata y el oro de nuestro continente se consolidó y desenvolvió plenamente en Europa un nuevo régimen de producción: el capitalismo.

La agricultura

Contrariamente a lo que sucedió con la minería, la agricultura recibió poca atención y casi siempre estuvo sujeta a las trabas feudales que prevalecían en España. Entre ellas:

• El acaparamiento de enormes extensiones de terreno mediante el latifundismo laico y eclesiástico;

• La imposición del Mayorazgo responsable de que solamente el hijo mayor heredara la propiedad del padre y que los hermanos menores carecieran de ella;

• El ausentismo, por el que se dejaba en manos de administradores irresponsables y voraces el manejo de las tierras, en detrimento de la producción, causante de que grandes zonas de cultivo se mantuvieran ociosas;

• Junto a estos factores negativos deben considerarse también la miseria del campesino, que determinó que la agricultura fuera apenas consuntiva, es decir, produjera solamente lo necesario para abastecer al reducido mercado al que estaba destinada;

• El atraso tecnológico y, finalmente, las severas limitaciones y prohibiciones para el cultivo de algunos vegetales.

La producción agrícola

Los españoles operaron importantes cambios en la agricultura, en particular Hernán Cortés y algunos de sus compañeros, que vieron el establecimiento del régimen colonial como una empresa que mucho favorecía a sus intereses personales. Fue por esto que, desde los primeros años de dominación en nuestro país, se introdujeron nuevos elementos técnicos para el trabajo agrícola, entre ellos los animales de tiro y el arado, así como una gran cantidad de cultivos: trigo, vid, olivo, morera, lino, cáñamo y algunos frutales, que se sumaron a la base agrícola indígena, compuesta principalmente de maíz, fríjol, chile, calabaza, algodón, cacao, tabaco y vainilla, para vigorizar notablemente la agricultura novohispana.

En el caso de la agricultura, las autoridades siguieron una política de prohibiciones y limitaciones, causante en gran parte de su estancamiento, ya que por norma se aplicaron a los productos que, como la vid, el olivo y el lino, competían directamente o ya beneficiados con los de la metrópoli. Tal fue el caso de la caña, cuyo cultivo se autorizaba para la producción de aguardiente, a fin de evitar la competencia con los vinos importados de España.

Productos agrícolas de gran exportación al Viejo Mundo fueron la vainilla, el añil y el tabaco, este último de cultivo libre hasta 1764, cuando fue sometido a estanco; a partir de entonces sólo podía cultivarse legalmente en Orizaba, Córdoba, Huatuxco y Songolica, y beneficiarse en cuatro grandes fábricas ubicadas en México, Córdoba, Guadalajara y Querétaro.

El crédito agrícola

Más que muchas otras actividades, la agricultura requirió capitales que la incentivaran para hacer posible una producción suficiente que abasteciera a la población del país. Además de los capitales privados que se aplicaban a ella, se establecieron tres diferentes fuentes de crédito, una con los pósitos que dependían directamente de los ayuntamientos; otra la del crédito eclesiástico a través de los .juzgados de capellanía y de los bienes de obras pías; la tercera, los capitales de las cajas de comunidades de las repúblicas de indios.

Los pósitos fueron instituciones controladas por los ayuntamientos, que almacenaban en paneras grandes cantidades de granos para prevenir la escasez de cereales y venderlos a la población en las épocas difíciles. Como instituciones de crédito, prestaban semilla a los labradores pobres, con un interés del uno por ciento; el préstamo comprendía cantidades de semilla destinada a la siembra y la necesaria para que el campesino subsistiera hasta que levantara su cosecha.

El crédito eclesiástico se canalizó a través de dos instituciones, los juzgados de capellanía, verdaderos bancos de la Iglesia que prestaban generalmente con la garantía de hipoteca, y los fondos de obras pías, capitales acumulados para sufragar obras de beneficencia: hospitales, escuelas, asilos, etc. Frecuentemente se destinaban a préstamos para agricultores, ya fueran pequeños o grandes propietarios, pero siempre en hipoteca. Es conveniente señalar que, en cierta forma, el crédito eclesiástico contribuyó a que la Iglesia entrara en posesión de grandes extensiones de terreno, cuando por falta de cumplimiento en el pago recogía las tierras ofrecidas en garantía.

Nos parece absurdo que se destinaran capitales o semilla de propiedad de las comunidades indígenas para el préstamo agrícola, pues por desgracia estos fondos, producto del trabajo colectivo de las repúblicas de indios y acumulados en las cajas de comunidades, eran otorgados en préstamo a los grandes terratenientes, que casi nunca los reintegraban.

La ganadería

Como es bien sabido, la economía prehispánica careció de elementos para desarrollar la ganadería, actividad de hecho desconocida por los pueblos mesoamericanos, pues no existían en nuestras tierras animales apropiados para la domesticación; por lo tanto, la implantación de ella, fue una de las grandes novedades del régimen colonia. Fue Hernán Cortés, en el año de 1522, quien se preocupó por introducir en México las primeras especies de animales vacunos, porcinos y caballar; más tarde fueron llegado otras especies, como el lanar y cabrío. Los indios solo estaban autorizados para poseer unas 500 cabezas de ganado. El ganado vacuno fue el que más se extendió, aunque también el lanar tuvo un gran auge, tanto, que para finales del siglo XVII, existían en la Nueva España poco más de cinco millones de cabezas; con ellas abastecían de sebo y lana a la colonia

La industria

Nuestra situación de pueblo sometido a coloniaje explica ampliamente el pobre desarrollo industrial del país. Efectivamente, los españoles fijaron primordialmente su atención en la explotación de la riqueza minera y en algunos productos altamente apreciados en Europa, como el cacao, el añil, la grana, la vainilla y el tabaco, y poco cuidado prestaron a la industria, tanto que sólo permitieron el desarrollo de aquellas que no compitieran con la producción de la metrópoli, pero además, como ya antes hemos indicado, estuvo casi siempre sujeta a las severas reglamentaciones del taller artesano.

- En resumen, podemos considerar que los principales obstáculos para el desarrollo de la industria fueron: la preferencia por la minería, las - prohibiciones del gobierno español a determinadas manufacturas, el monopolio del Estado sobre ciertos productos (estancos), el carácter consuntivo de la economía colonial, los privilegios a los gremios artesanos y las restricciones al trabajo de los obrajes, así como las difíciles condiciones de los trabajadores,

La industria novohispana se desenvolvió en medio de un serio conflicto entre el taller artesano y el obraje; el primero de tipo feudal, disfrutó de toda la protección del Estado, mientras que el segundo, que representó una institución capitalista de producción, fue víctima de numerosas restricciones y con frecuencia se lo combatió hasta demolerlo, con los pretextos más simples. Este conflicto entre uno y otro sistema industrial fue, en mucho responsable del precario desarrollo de nuestra industria, y cuando la Corona española se dio cuenta del daño ocasionado al país y se decidió a abolir los gremios por cédula real de 1790, era demasiado tarde.

Algunos datos, en relación con la industria novohispana, permiten establecer un juicio más preciso de ella; por ejemplo, su limitación se advierte cuando sabemos que en los años finales del período colonial la producción industrial alcanzaba de 7 a 8 millones de pesos anuales para una población de 5 millones de habitantes. Otro importante dato que nos hace comprender el estancamiento de nuestra industria nos lo ofrece con claridad el que mientras el 90 por ciento de nuestras exportaciones comprendía productos no industriales como la plata, la grana y el añil, el 10 por ciento restante era de productos manufacturados.

Los talleres artesanos

Representaron éstos, como tantas veces se ha dicho, una forma feudal de producción, agrupados en corporaciones y protegidos por el gremio, al que podemos considerar como la asociación de artesanos de un mismo oficio, lo que da al gremio el carácter de una asociación monopolista de la producción de un determinado artículo en beneficio de los maestros de los talleres.

El propósito fundamental de los gremios era evitar la competencia y el trabajo libre; para ello dictaban ordenanzas a través de las cuales establecían el lugar, hora de venta, precio y calidad del producto, señalando también sanciones para quienes desacataran las ordenanzas con castigos que iban desde el azote, la multa y la cárcel, hasta la clausura del taller y la confiscación de las mercaderías. Celosos de los intereses de los maestros, casi siempre españoles, se estableció una jerarquía de tres niveles que en su orden de importancia fueron: maestro, oficial y aprendiz, con severas limitaciones para los mestizos y hombres de casta que no podían alcanzar el grado de maestro.

Los obrajes

No obstante que representaron una forma de producción más avanzada, por su atraso técnico y las condiciones deprimentes en que trabajaron poco contribuyeron al desarrollo industrial del país. Por lo general, el obraje era una especie de cárcel insalubre, en la que prestaban servicios los negros, mulatos, indios y presidiarios. En ocasiones se permitía el trabajo de mujeres y niños sujetos a largas jornadas y a salarios reducidos. Los principales centros industriales en los que operaron obrajes fueron: México, Guadalajara, Querétaro, San Miguel el Grande y Puebla.

El comercio

Fue otra de las actividades económicas de gran importancia para el estado español, ya que con él aprovechó los mercados americanos para colocar la producción industrial europea a cambio del saqueo de la riqueza del continente.

Resultó tan notoria la explotación realizada a través del comercio, que algunos autores han querido caracterizarlo estableciendo que España enviaba a México productos de gran volumen y poco valor, mientras que en nuestro país eran embarcados con destino a la metrópoli artículos de poco volumen y gran valor. Para confirmar esta aseveración basta recordar que en tanto nosotros exportábamos a Europa plata, oro, tabaco, vainilla, grana, añil y cueros, a cambio recibíamos vinos, aceite, telas, vinagre, mercurio, jabón y artículos de hierro, sin contar con que nuestro país servía de puente para hacer llegar a España los productos importados de oriente y llegados de las Filipinas, entre los que se encontraban la seda, las especias, incienso, mirra, perfumes, porcelana y muchos otros artículos de gran demanda en el viejo continente.

La Casa de Contratación

 

Con el propósito de lograr un mejor control sobre el comercio de sus colonias, la Corona española creó la Casa de Contratación, fundada en Sevilla en el año de 1503 en .donde se mantuvo hasta él año de 1772, para trasladarse al puerto de Cádiz y mantenerse en él hasta el año de 1790, cuando se suprimió. La Casa de Contratación tuvo como función principal la administración del comercio en América, para lo cual expedía leyes y señalaba prohibiciones al intercambio de determinados artículos; además dispuso de tribunales para juzgar los pleitos entre comerciantes y con motivo del comercio en América. Ejerció tal control, que ninguna carga podía ser enviada de España a sus colonias o de América a Europa sin el conocimiento y autorización de ella.

Edificio de la Casa de Contratación en Sevilla.

El comercio exterior

El dominio imperialista de España nos impidió toda posibilidad de comerciar con otras naciones europeas, y aun con el resto de sus colonias en América; ello ocasionó serios problemas para la seguridad y desarrollo de las actividades mercantiles, al no existir libertad para demandar los productos de mayor calidad y obtenerlos a mejores precios. Quizá fue esto lo que determinó que, durante el siglo XVIII, alcanzara una gran importancia el comercio de contrabando, que hacía llegar ilícitamente al consumidor de la Nueva España productos de buena calidad a un menor precio.

Hubo otros importantes obstáculos para el progreso del comercio exterior, por ejemplo la acción de los piratas y corsarios que asaltaban las embarcaciones para apoderarse de su cargamento, actividad que aumentó considerablemente después del año de 1588, cuando España perdió la hegemonía de los mares al ser derrotada la Armada Invencible de Felipe 11 por la flota inglesa. Para proteger su comercio, España creó el sistema de flotas que resultó en cierta forma negativo, no sólo porque para costear las flotas se tenía que aumentar el precio de los productos, sino porque la prolongada espera para el envío de una flota obligaba a que las mercaderías permanecieran largo tiempo almacenadas en Sevilla, con riesgo de que el descuido y la humedad las echaran a perder. También deben considerarse los numerosos y altos impuestos señalados al comercio, que sólo servían para elevar peligrosamente los precios de los artículos, hasta hacer casi imposible su consumo por la población humilde de la Nueva España. Entre los principales impuestos sobre el comercio pueden mencionarse el de flota, almirantazgo, avería, derecho de tonelada, almojarifazgo y alcabala.

En la segunda mitad del siglo XVIII, el monarca Ilustrado Carlos III comprendió los grandes males que el monopolio comercial había ocasionado 'tanto a España como a sus colonias; para corregirlo dio a conocer en el año de 1778 la Real Pragmática del Comercio Libre, documento por el cual suprimía el sistema de flotas y las prohibiciones de intercambio entre las colonias, permitía la apertura de varios puertos al tráfico comercial y disminuía o suprimía algunos de los numerosos impuestos que pesaban sobre el comercio. A pesar de los buenos propósitos de Carlos III poco se benefició el comercio español, pues para entonces muchas naciones europeas que contaban con una industria de mayor calidad que la española y utilizaban algunos puertos libres y los territorios de Estados Unidos incrementaron el contrabando.

El comercio interior

No tuvo gran oportunidad para desenvolverse, principalmente por la falta o pésimo estado de las vías de comunicación, a lo que se sumaba la inseguridad de los caminos, en los que operaban, casi impunemente, bandoleros e indios bárbaros que asaltaban los transportes que conducían las mercaderías. Otro penoso lastre para el comercio interior fue el impuesto de La alcabala que era pagada tantas veces como cambiara de mano un producto, de tal suerte que, al llegar al consumidor, había elevado considerablemente su precio.

La hacienda pública

Las grandes deficiencias administrativas del estado español se reflejaron, poderosamente en sus colonias de América, particularmente en la Nueva España donde los errores fueron notables; caso concreto el de la hacienda pública cuya organización dejó mucho que desear, pues se estableció sin plan alguno a través de numerosas oficinas de impuestos que solo contribuyeron a disminuir los ingresos por los abusos y la inmoralidad de los empleados y funcionarios que las manejaron. Se sumaron a estos errores la multitud de fuentes de ingreso y su defectuosa recaudación, así como la pésima distribución de los egresos, ya que por numerosos informes sabernos que más de la mitad de lo recaudado se invertía fuera del país, como lo prueba el que a principios del siglo XIX, de los 20 millones de ingreso anual, 7 millones se enviaran a España, 4 500 000 se mandaran en calidad de ayuda , a colonias que como la Florida, Panzacola, Cuba, Puerto Rico y otras, no contaban con suficientes ingresos y solamente 8 500 000 pesos se quedaran en la Nueva España para cubrir los gastos de la administración publica y el sostenimiento del ejército creado en 1763.

Juzgamos conveniente aclarar que la corona española recibía de sus dominios americanos 9 millones de pesos anuales; por tanto la contribución de nuestro país, ascendía a más de las dos terceras partes, nos obliga a concluir en el sentido de que la Nueva España era la más importante fuente de ingresos de la España imperialista. I

La reforma fiscal del siglo XVIII

El desorden de la hacienda pública obligó a que en la segunda mitad del siglo XVIII el rey Carlos III enviara a la Nueva España, en calidad de visitador, a don José de Calvez; éste, después de un cuidadoso estudio que le permitió conocer todos y cada uno de los errores de ella, impuso una serie dei reformas fiscales que hicieron posible corregirlos y con ello se aumentaron, considerablemente los ingresos de la colonia. De las disposiciones ordenadas por Gálvez las más importantes fueron: la supresión de muchas de las oficinas recaudadoras, así como la reducción de funcionarios y empleados; la, creación de nuevas fuentes de ingreso y una nueva organización de ellas.

Las medidas aplicadas por el visitador rindieron indudables beneficios, pues si para el año de 1766 los ingresos totales de la Nueva España ascendían a poco más de 6 millones de pesos anuales, a partir de 1789, después de la reforma, ascendieron a más de 20 millones de pesos anuales.

Las fuentes de ingreso

Los ingresos de la hacienda pública tuvieron un doble origen: los impuestos, aplicados a muy variados aspectos y actividades, y el tributo, que era pagado únicamente por los indios. Los principales renglones de ingresos de la Nueva España fueron:

El Quinto Real, establecido en el año de 1504 y que consistía en separar una quinta parte de la producción minera para beneficio del tesoro real.

Derecho de amonedación, cobrado a los mineros a partir dé 1536 por la
acuñación de moneda.

Los Estancos: monopolios de Estado sobre determinados productos entre ellos se contaron el del mercurio; el de la pólvora, establecido en 1590; el de los naipes, arrendado hasta 1763, y el del tabaco, organizado en 1764.

Alcabala, o impuesto de venta, se cobró desde el año de 1571 y fue, suprimida en el 1897, durante el gobierno de Porfirio Díaz.

Recurso de composición. Se aplicó a partir de 1591 y tuvo como» propósito regularizar las tierras adquiridas de manera indebida.

Almojarifazgo, impuesto aduanal que en ocasiones alcanzaba hasta un 15 por ciento del valor del embarque.

Otros ingresos fueron manejados directamente por el Estado entre ellos, el papel sellado (antecedente del timbre), los correos, las loterías, la venta de oficios y la media anata; este último consistía en el pago de medio año de sueldos para conseguir empleo.

La organización política

El gobierno de las colonias de América

A partir del descubrimiento y la conquista de las tierras de América, la autoridad suprema de ellas recayó en el rey, quien delegó algunas funciones de gobierno en adelantados o gobernadores. Al poco tiempo, el fracaso de los (gobiernos personales y el crecido número de las colonias en el continente, decidieron al monarca en el año de 1511 a establecer el Real Consejo de Indias para que se encargara de asesorarlo en los asuntos de América, para que, estudiara las leyes de las colonias y para que hiciera las veces de tribunal \supremo en los conflictos del Nuevo Mundo.

Por largo tiempo el Real Consejo de Indias cumplió su cometido, a pesar de que el trámite de los asuntos demoraba la solución de problemas por el engorroso papeleo, pero a partir de 1717, cuando se creó la Secretaría General del Despacho de Indias, se lo redujo a un órgano meramente consultivo.

El Consejo intervenía en asuntos eclesiásticos, hacendarlos y militares también se encargaba de expedir nombramientos para las colonias. Pero si su principal función fue, sin duda, la de estudiar las leyes que debían regir en las tierras de América y de conocer las violaciones que en relación a ellas se cometieran. Por eso, los diferentes funcionarios coloniales, entre ellos lo virreyes, los gobernadores, etc., hacían llegar al Real Consejo proposiciones de ley para que ese alto cuerpo decidiera si se debían aprobar o no.

En el transcurso del primer siglo de dominación se fueron aprobando, si orden alguno, una enorme cantidad de leyes que debían ser aplicadas en las colonias. Estas Leyes de Indias eran recopiladas por el Consejo, que sintió necesidad de codificarlas, lo que se logró en el año de 1680, con grandes esfuerzos por la gran variedad de asuntos en que intervenían. Esta codificación de las Leyes de Indias fue publicada en el año de 1681 por mandato expreso del monarca Carlos II.

El gobierno de la Nueva España

Una vez lograda la conquista de Tenochotitlan se hicieron varios intentos para organizar políticamente a la Nueva España, primero a través del gobierno personal de Hernán Cortes, mas tarde con los oficiales reales (1524-1525), responsables de numerosos desordenes en la ciudad y de graves atropellos a la población indígena, lo que obligo que el monarca resignara jueces de residencia (1526-1528), que cometieron los mismos desaciertos y abusos de sus antecesores. En 1528 se hizo cargo del gobierno la Primera Audiencia, que continuo el mal gobierno hasta que fue sustituida en 1531 por la Segunda Audiencia Gobernadora, que venia a realizar, por primera vez una tarea constructiva y bondadosa en el gobierno colonial. Esta Audiencia se mantuvo en funciones hasta el año de 1535, cuando se creo el virreinato, que habría de ser a la postre la forma mas conveniente para el gobierno del país.

El virrey

Era representante del monarca en la colonia, con funciones ejecutivas y judiciales; por lo tanto hacía las veces de gobernador, capitán general, superintendente de la real hacienda y presidente de la real audiencia. La designación de los virreyes se hacía a juicio del rey, eligiendo indistintamente entre nobles, clérigos e intelectuales de España, en ocasiones con fortuna, pues fueron varios los virreyes bondadosos y con visión para gobernar. Pero otras veces con gran desacierto, cuando designaron a alguno; personajes que se distinguieron por su crueldad y su pésimo gobierno, que con su acción mucho perjudicaron a la Nueva España. Al término de su gobierno eran sometidos un juicio de residencia para revisar sus actos y desde principios del siglo XVIII se disminuyeron sus facultades y quedaron obligados a rendir cuentas de su administración.

Las audiencias

Fueron organismos que se establecieron en calidad de tribunales de segunda instancia y en ocasiones de primera instancia; ventilaban, por tanto, asuntos de lo criminal y lo civil, aunque también algunas veces asumiere funciones de gobierno, cuando el monarca las facultó para hacerlo. Éste fue el caso de la primera y segunda audiencias de México que trabajaron entre los años de 1528 a 1535, o bien en los períodos de ausencia del virrey, como sucedió a la muerte de don Luis de Velasco en 1564, cuando la audiencia integrada por Ceynos, Villalobos y Orozco se hizo cargo del gobierno Nueva España, hasta la llegada en 1566 del virrey Gastón de Peralta.

Como órganos judiciales conocían de los juicios sentenciados por los corregidores. En el aspecto penal representaban la última instancia, aunque para las causas civiles se podía recurrir al Consejo de Indias siempre y cuando el pleito pasara de 10000 pesos. Normalmente debían dedicar dos días a la semana para ventilar los casos entre indios, no obstante que, a partir de 1570, se fundó un juzgado de indios en el que se atendían sus querellas sin costo alguno.

Se establecieron en nuestro país dos audiencias, una con sede en la ciudad de México en el año de 1528, y la otra en la Nueva Galicia, designada en 1548 y que dependía judicialmente de la de México.

Los visitadores

Ocasionalmente los monarcas españoles acostumbraron enviar a las colonias de América a hombres letrados, de su confianza, para que con facultades específicas intervinieran en diversos asuntos de la administración pública. Estos funcionarios vinieron a México principalmente durante la segunda mitad del siglo XVIII y gracias a ellos se ordenaron importantes reformas, como aquellas a que dio lugar la visita de don José de Gálvez.

Los jueces de residencia

Cuando en España se tenían noticias de las arbitrariedades y malos y manejos de algunos funcionarios americanos, se designaban jueces encargados de tomarles cuentas; estos jueces de residencia cumplieron frecuentemente su encargo extralimitándose en sus funciones, como sucediera con Francisco de Bobadilla al aprehender a los hermanos Colón para remitirlos a España. Otras veces actuaban de manera justa, al tomar residencia a los virreyes una vez cumplida su gestión.

Gobernadores de reinos y provincias

Algunos de los territorios que dependían de la Nueva España, entre ellos Nueva Vizcaya, Nuevo México, Nuevo León, Tlaxcala, Veracruz y Yucatán, fueron encargados a gobernadores, cuyas funciones consistían únicamente en el manejo político y administrativo de la provincia, con facultades semejantes a las del virrey, pero dependiendo de éstos en los restantes aspectos.

Alcaldes mayores y corregidores

Fueron funcionarios ejecutivos y jueces de primera instancia en algunas ciudades, obligados a cuidar celosamente los límites de su jurisdicción. Entre sus deberes, tenía visitar los pueblos de los indios para ampararlos y hacerles justicia. Debían atender el cuidado y obra de las ciudades, pero se les prohibía intervenir en asuntos de justicia que pudieran impedir una honrada administración de ella.

Los cabildos

Los conquistadores trasplantaron a América el gobierno de los ayuntamientos, forma política medieval que hasta antes de Carlos I había sido respetada por los reyes como manifestación de las autoridades de la ciudad. Sus intervenciones adquirían vigencia política y jurídica, como lo prueba el que Hernán Cortés estableciera el Ayuntamiento de Veracruz para obtener el nombramiento de capitán general y justicia mayor, y para que el cabildo escribiera al soberano español en demanda de la confirmación del nombramiento. A pesar de que los ayuntamientos implicaban la fuerza de las ciudades frente a la autoridad real, como ya en la metrópoli habían sido sometidos por el monarca, éste permitió que se instalaran en la Nueva España para que se encargaran de administrar las finanzas de la ciudad, de distribuir los solares a los vecinos, de organizar el cuerpo de policía, de organizar las milicias en caso de guerra, de otorgar las licencias a los comercios y de intervenir en los precios de los artículos de consumo para protección de la., población.

En un principio, el pueblo participaba en las elecciones del ayuntamiento y más tarde sus miembros fueron designados por el rey, además de que sus reuniones y resoluciones debían ser aprobadas por el virrey; de esta manera] se limitaron considerablemente las aspiraciones de autonomía de los1 cabildos.

La organización municipal se impuso también a las repúblicas de indios, pero con diferencias notables frente a los cabildos de las villas o ciudades de los españoles, ya que se integraban con un gobernador, uno o dos alcaldes, varios regidores y algunos funcionarios menores entré los que se contaron los mayordomos, los escribanos y los alguaciles. Pero debe advertirse que indios de república sostenían como autoridad al cacique o señor natural, al que tributaban y rendían servicios personales.

La elección de los miembros del cabildo indígena se hacía en el atrio del templo o en las casas de la comunidad; para los cargos se elegía entre los indios principales y su elección debía conocerla el alcalde mayor y confirmarla el virrey. Las elecciones eran anuales y como requisito para ser electo se demandaba hablar el castellano.

La organización de los cabildos indígenas originó una fuerte oposición y serias protestas para que la elección no se hiciera solamente entre los indicar nobles o ancianos, para que se pudiera elegir de entre los barrios y no sólo la cabecera, y contra la intervención del clero en las elecciones; en respuesta a estas demandas, la Real Audiencia ordenó a fines del siglo XVIII que tomara en cuenta para las elecciones a los indios macehuales.

Entre las funciones del cabildo indígena estuvieron la administración y justicia del pueblo, la policía, el cobro de la tributación, el cobro de un tributo para cubrir los salarios de los funcionarios de la República y el cobro de un impuesto adicional para cubrir los sueldos de los funcionarios regionales.

Los virreyes más notables

Sesenta y dos virreyes gobernaron la Nueva España, del año de 1535 en que se creó esa forma de gobierno, al año de 1821, cuando se liquidó la dominación colonial por la consumación de nuestra independencia. Muchos de esos funcionarios vinieron a servir en el gobierno de México los intereses de la Corona española, descuidando mucho el progreso del país y dedicando su atención a la recaudación de fondos para remitirlos a la metrópoli. Algunos otros desempeñaron el cargo para servir a sus propios intereses y fueron responsables de grandes desórdenes y de una política cruel y [arbitraria en perjuicio de la población; entre ellos podemos mencionar: conde de Salvatierra (1642-1648), por el mal trato a los indios; conde de Baños (1660-1664), por los serios conflictos que ocasionó en la capital; conde de Paredes (1680-1686), cruel y arbitrario virrey que se atrevió a dar muerte a un visitador real; Antonio de Vezarrón, arzobispo de México (1734-1740), a quien se ha calificado como el más inepto de los virreyes; Pedro Cebrián y Agustín, conde de Fuenclara (1742-1746), que cometió una serie de arbitrariedades como ordenar el encarcelamiento del ilustre Lorenzo de Boturini, y finalmente, el virrey José de Iturrigaray (1803-1808), que gobernó con serios desaciertos y al que se acusó de malversación de fondos.

Otros virreyes se identificaron con la población, particularmente la indígena, a la que ayudaron, así como con los intereses de la colonia a la que trataron de impulsar con sus servicios; de estos funcionarios vale la pena recordar a los siguientes:

Don Antonio de Mendoza (1535-1550)

Fue el primero de los virreyes de la Nueva España; entregó su esfuerzo para organizar la administración pública y para proteger a los indios; con ese propósito dio a conocer las Ordenanzas de buen tratamiento a los naturales, prohibió herrar a esclavos. Cuidó de la educación creando escuelas para indios; entre ellas la más importante fue la de Santa Cruz de Tlatelolco.

Se dio a la tarea de promover algunas actividades económicas como la agricultura, introduciendo nuevos cultivos, la ganadería y algunas industrias como el tejido de lanas. Para favorecer el desarrollo económico del país ordenó la acuñación de moneda y la fundación de nuevas ciudades. Se mostró interesado en la expansión de territorios, y para lograrla, ordenó abrir .vías de comunicaciones y preparó expediciones de reconocimiento y conquista a la zona norte del país. Dejó un grato recuerdo en la Nueva España, de donde fue promovido en 1550 para hacerse cargo del virreinato del Perú.

Don Luis de Velasco (1550-1564)

Gobernante prudente, justo y enérgico, celoso guardián del respeto a los naturales, actitud que determinó ordenara la liberación de 150000 indios esclavos de las minas, este hecho le valió que se lo llamara "padre de los indios". Durante su gobierno, el 25 de enero de 1553, se fundó la Real y  Pontificia Universidad de la Nueva España.

Don Martín Enríquez de Almanza (1568-1580)

Fue otro notable defensor de la población indígena a la que socorrió frente a la escasez y el hambre ocasionados por las epidemias de tifoidea de los años de 1576 y 1577, que según el padre Juan Sánchez sólo atacó a los naturales, dando muerte a las dos terceras partes de ellos. En los momentos de mayor incidencia el virrey se dio a la tarea de fundar hospitales para atender a los afectados.

Garantizó con su esfuerzo la tranquilidad de la colonia y la seguridad de los caminos y en premio a sus servicios en México se lo promovió al Perú.

 

Don Luis de Velasco (Hijo), marqués de Salinas

Siguió la ruta bondadosa de su padres y ello le valió gobernar en dos3) diferentes ocasiones la Nueva España, la primera entre los años de 1590

Izquierda: Don Luis de Velazco (padre), segundo virrey de Nueva España

(1550-1564). Derecha: Don (Francisco Fernández de la Cueva, duque de Alburquerque. (Museo Nacional de Historia.)

1595, para ser enviado luego al Perú. Vino a México por segunda vez, en 1607, y al término de su segundo gobierno en el año de 1611, en reconocimiento a sus valiosos servicios se lo designó presidente del Real Consejo de Indias.

Preocupado por la seguridad de la población y las actividades del país, concertó la paz con los grupos chichimecas que amenazaban los caminos y fundó poblaciones utilizando para ello gente de Tlaxcala. Promovió las actividades industriales fundando obrajes destinados al trabajo de los textiles. Aceleró los trabajos para construir el desagüe de la ciudad de México, bajo la dirección de Enrico Martínez.

Francisco Hernández de de la Cueva Duque de Albuquerque (1653-1660)

Logró una época de tranquilidad y progreso para la Nueva España. Favoreció a los trabajadores, particularmente a los agricultores y comerciantes. Combatió el bandolerismo hasta restablecer la seguridad de los caminos. Convirtió a la corte virreinal en refugio de artistas y hombres de letras, dando con ello un notable impulso a la cultura colonial.

Antonio Sebastián de Toledo Marqués de Mancera (1664-1673)

Afrontó una gran cantidad de problemas económicos, al ser fuertemente presionado por las autoridades peninsulares para remitir mayores cantidades a la corte, pues a pesar de enviar fondos considerables y ayudar a otras colonias, sus aportaciones resultaban insuficientes para las aspiraciones de la reina.

Dedicó especial atención a la protección de los humildes, frenando las vejaciones contra los indios y combatiendo el comercio de esclavos negros, Molesto por los numerosos obstáculos para realizar su trabajo, decidió renunciar al cargo.

Fray Payo Enríquez de Rivera (1673-1680)

A pesar de su condición de clérigo, preparó ejércitos para defender las ^costas de las incursiones de piratas y bandoleros ingleses y franceses. Organizó la administración de la justicia con el propósito de evitar los abusos de los alcaldes y corregidores. Se distinguió por su honestidad y la aunada manera de solucionar los problemas; al retirarse legó su fortuna para que se aplicara en obras de caridad.

 

 

Juan Francisco de Güeraes y Horcasitas Conde de Revillagigedo (1746-1755)

No obstante que aprovechó su posición para realizar negocios que le permitieron acumular una importante fortuna, su obra de gobierno destacó como una de las más benéficas, pues llego acabo una reforma general de administración y corrigió la desbarajustada hacienda pública con resultados inmediatos, ya que para el año de 1752 hizo ascender la recaudación a más de 7 millones de pesos. Cuidó celosamente de la mineria, la agricultura y el Comercio, al que intentó beneficiar ampliando la libertad de intercambio, suprimiendo las restricciones y las tarifas al valor de las mercancías, y combatiendo el contrabando.

Fue quien preparó la expedición de José de Escanden a Tamaulipas, para integrar los territorios de la Nueva Santander al virreinato. Amparó decididamente a los indios y debe considerárselo como un buen gobernante, laborioso y enérgico.

 

Carlos Francisco de Croix Marqués de Croix (1766-1771)

Le correspondió actuar en una época difícil en la que se desataron algunos conflictos y serias rebeliones por la expulsión de los jesuitas ordenada en 1767; a pesar de ello realizó una buena administración, en particular en el manejo de la hacienda pública.

 

Juan Antonio Maria de Bucarelí y Urzúa (1771-1779)

Es posible uno de lo virreyes de los que se guarda un mejor recuerdo, no solamente por haber establecido numerosas instituciones de beneficencia y por la prudencia y tino de su administración, sino porque para su obra consideró como meta fundamental favorecer el bien público.

Dio a conocer sabias disposiciones para el manejo del comercio, la minería, la agricultura y la hacienda pública, gracias a lo cual pudo enviar grandes cantidades a España.

 

Juan Vicente de Güemes Pacheco, segundo conde de Revillagigedo (1789-1794)

Con este personaje se cierra la lista de virreyes notables de la Nueva "España; se destacó grandemente por su actividad y acierto en el manejo de los negocios públicos; logró reorganizar toda la administración y garantizó "una rápida y correcta aplicación de la justicia.

Realizó una extraordinaria labor en beneficio de la ciudad capital a través de obras públicas de ornato, empedrado de calles y banquetas, desagüe y alumbrado público. Trató de evitar la vagancia y mal vivencia ordenando se dieran oportunidades de trabajo; fomentó la agricultura, la minería y la Industria.

Estuvo atento a la vida cultural de la colonia y se esforzó por impulsar la instrucción pública abriendo escuelas primarias y reglamentando la enseñanza media y superior.

 

 

El territorio. División política de la Nueva España

Difícil, en verdad, resulta trazar el mapa de la Nueva España pues además de su lento proceso de integración, fue objeto de diversas divisiones políticas y porque en realidad el virreinato no se constituyó definitivamente hasta el siglo XVIII, formado entonces por reinos, provincias, gobernaciones y capitales generales.

Durante los siglos XVI y XVII se dividió en 3 reinos: México, Nueva Galicia y Nuevo León; 2 gobernaciones: Yucatán y Nueva Vizcaya, y 6 provincias: Sinaloa, Sonora, Coahuila, Nuevo México y Texas; pero según el cuidadoso estudio hecho por Edmundo O’Gorman, para la mitad del siglo XVIII la Nueva España se dividía en 2 reinos, 2 gobernaciones y 10 provincias, las que a continuación se anotan:

Reino de México, con 5 provincias: México, Tlaxcala, Puebla, Oaxaca y Valiadolid.

Reino de la Nueva Galicia, con 3 provincias: Jalisco, Zacatecas y Colima.

Gobernación de la Nueva Vizcaya, con 2 provincias: Guadiana (Durango) y Chihuahua.

Gobernación de Yucatán, con 3 provincias: Marida de Yucatán, Tabasco y Campeche.

Provincia de Nuevo León.

Provincia de Nuevo Santander (Tamaulipas).

Provincia de Nuevas Filipinas (Texas).

Provincia de Nueva Extremadura (Coahuila).

Provincia de Sinaloa.

Provincia de Sonora.

Provincia de San José de Nayarit (Nuevo Reino de Tole

Provincia de la Vieja California (Baja California).

Provincia de la Nueva California (Alta California).

Provincia de Nuevo México de Santa Fe.

Entre las reformas que se hicieron a la división política de la Nueva España, se contaron: la creación de la Comandancia y Capitanía General las Provincias Internas, el 22 de agosto de 1776, incorporando a ellas Sinaloa, Sonora, California, Nueva Vizcaya, Coahuila, Texas y Nuevo México; así como el cambio del sistema de reinos, gobernaciones y provincias, al de Intendencias, por ordenanza del 4 de diciembre de 1786, quedando establecidas a partir de esa fecha las Intendencias de México, Puebla de los Ángeles, Nueva Veracruz, Mérida de Yucatán, Antequera de Oaxaca, Valladolid de Michoacán, Santa Fe de Guanajuato, San Luis Potosí, Guadalajara, Zacatecas, Durango, Arizpe, Sonora y Sinaloa.

Los intentendes que sustituyeron a gobernadores y alcaldes mayores, dispusieron de facultades administrativas, políticas y judiciales y se los hizo responsables del progreso, de las actividades económicas dentro de su jurisdicción.

 

La sociedad Novohispana

Se integró originalmente de dos raíces: la indígena o nativa y la española que se le incorporó a partir de 1521; a esos dos grupos se sumó más tarde el negro, traído a México para aplicarlo a los trabajos más pesados. Con estos tres troncos, el indígena, el español y el negro se fue componiendo la población novohispana que resultó, a la postre, muy compleja por las constantes mezclas de los grupos iniciales y de los productos de ellos entre sí, hasta constituir fuertes sectores mestizos, cuya identificación y origen resultaba verdaderamente difícil de establecer.

 

La población indígena

Era la población originaria del país, calculada para el año de 1521 en 4 1/2 millones de individuos, cifra que decreció durante la época colonial, por enfermedades que acabaron con gran parte de ella; por la explotación, la miseria y su empleo en los trabajos rudos de las minas, los obrajes y las obras públicas, o bien porque se la utilizó como brigadas de choque en empresas de conquista y colonización de la zona norte. Según los datos más serios, para 1570 había unos 3 300 000 indígenas; para 1646 después de las grandes epidemias de tifo exantemático, solamente 1 250000; hacia 1793 se había recuperado un poco este grupo y contaba con 2320000 individuos, y al estallar la guerra de independencia en 1810, Navarro y Noriega reporta una población de 3.676 281 naturales.

Fue sin duda alguna el grupo más numeroso de la Colonia, el que aportó la mayor parte de la mano de obra para el trabajo del campo y que, a pesar de tener libertad de contratación, era retenido en las haciendas por medio de deudas. El indio estuvo sujeto al pago de tributos al encomendero y a la corona, y su condición jurídica era semejante a la de los menores de edad, pues quedó en calidad de tutelado de las autoridades españolas y en esa misma condición para las Leyes de Indias.

En los primeros años de la colonia algunos funcionarios intentaron protegerlos y educarlos, pero en los siglos XVII y XVIII se los abandonó a tal grado que no se construyeron más escuelas para ellos y por consiguiente no se logró transformarlos en un sentido de progreso y mantuvieron su carácter y costumbres anteriores.

Los españoles

Representaron él grupo privilegiado del México Colonial, objeto de un o proceso de crecimiento, pues de los 1154 del total de conquistadores (según Orozco y Berra), para el año de 1810 apenas si llegaban a unos 15000 individuos. Por los datos de numerosos especialistas podemos afirmar que hubo épocas que atrajeron poderosamente la inmigración española, y momentos en que no solamente no vinieron a la Nueva España, sino que emigraron de ella. Por ejemplo, parece que, a raíz de la conquista, el arribo de españoles fue considerable, ya que para el año de 1529 el obispo Zumárraga reportaba la presencia de 8000 peninsulares, pero para 1540 había únicamente 1385. Este descenso vertical obedeció seguramente, a que muchos de ellos marcharon a la conquista del Perú. La población europea ascendió a 6 400 para el año de 1570 y siguió en rápido aumento como lo demuestra el hecho de que para el año do 1646 hubiera unos 13 700. Pero de esa época, al final do la vida colonial, su inmigración parece haberse establecido, ya que casi dos siglos después, en el año de 1810 apenas había 15 000 europeos en el país.

En los primeros tiempos vinieron a México soldados de profesión, dispersados después de las guerras de reconquista; algunos segundones y no pocos individuos de baja condición social que llegaban al continente en busca de fortuna. Tiempo más tarde fueron arribando algunos hidalgos, frailes, funcionarios letrados y clérigos, cuya tarea consistió en ayudar en la organización y administración de la colonia. El dominio económico, social y político de los españoles sobre el resto de la población fue notorio, y a pesar de que fueron frenados por el centralismo de la corona, el sector de peninsulares fue el monopolista de la riqueza, de los altos cargos del gobierno, la iglesia y el ejército.

La población negra

Fueron, traídos al continente en calidad de esclavos para aplicarlos a los trabajos más pesados y ya para 1553 había en la Nueva España unos 20 000 negros. El comercio de ellos hizo que para el año de 1646 hubiera poco más de 35 000, pero desde mediados del siglo XVII la inmigración negra disminuyó rápidamente, en virtud del aumento de los hombres de casta que los sustituían en los trabajos rudos. Por eso, para 1810 apenas si existían unos 10000 negros, distribuidos principalmente en las costas y zonas tropicales, destinados a cultivos penosos, como el de la caña de azúcar y otros.

Su condición jurídica fue muy semejante a la esclavitud, por tanto fue el grupo inferior de la población colonial, temido por el espíritu levantisco y rebelde que se agudizaba por la existencia de grandes grupos de cimarrones, negros evadidos que se refugiaban en la sierra y vivían del bandolerismo. Esta actitud de la población negra fue considerada por los españoles para reglamentar su existencia, a través de las Leyes de Indias, que les imponían severas restricciones y prohibiciones, pues aun en el caso de que fueran libres, se los consideró infames de derecho, y se los sujetó a disposiciones rigoristas, estrictamente vigiladas para su cumplimiento, entre ellas las siguientes:

que no se sirvan de indios para su trabajo;

que no se reúnan públicamente y que no anden de noche por las calle: de pueblos o ciudades;

que no usen armas, ni joyas, ni telas finas;

que no monten a caballo, ni formen parte del ejército.

Además de esas restricciones se los obligó a pagar un tributo al rey y se ordenó que trabajaran en las minas. Este grupo no pudo jamás liberarse de las condiciones a las que se lo condenó, pues aun en los casos de que una negra hubiera casado con un español, era mal vista y únicamente se la autorizaba para usar algunas telas finas y muy contadas joyas.

 

Los Criollos

El criollo era el hijo de padres españoles nacido en las colonias, por tanto sería éste uno de los sectores más reducidos de la población novohispana pues en realidad fueron muy pocos los criollos puros, ya que la inmigración femenina española fue mínima. No obstante ello, en virtud de que al criollo se lo consideró el segundo grupo en importancia después del peninsular, con posibilidades para poseer ranchos y haciendas pequeñas, desempeñar algunos cargos en el gobierno y en los ayuntamientos, alcanzar grados de oficiales en el ejército, así como ejercer funciones de abogados y empleos en el clero muchos mestizos en los que predominaba el color blanco de la piel, cuyo: padres contaban con recursos económicos suficientes para educarlos y colocarlos socialmente, se hicieron pasar por criollos. Esta tendencia fue tan socorrida que, a finales de la época colonial, una enorme cantidad de mestizos se hacía reconocer a través del bautizo como criollo y por ello se reporta para ese entonces una población de 1 130 000 de esos individuos.

Uno de los aspectos más importantes de la población criolla fue si preocupación por la cultura, pues fueron ellos los que concurrieron a las escuelas con el propósito de prepararse, de tal suerte que representaron el grupo culto de la colonia. Esta razón, y el hecho de sentirse con mayores derechos en el país que los mismos peninsulares, determinó que, para los finales del siglo XVIII, apareciera una seria oposición de intereses con los españoles, tan cierta, que es bien sabido que tanto en México como en otras regiones de América, fue precisamente el sector criollo el que promovió y dirigió las luchas por la independencia de las colonias.

 

Las castas

Junto con la población indígena fue el sector más numeroso de la Nueve España; se constituyó con los individuos de sangre mezclada y dio lugar a una gran variedad de tipos, en los que se apuntaron algunos que se aproximaban más, por sus características físicas y el color de la piel, a los indios, otros a los europeos y otros más a los negros.

A los individuos de casta se les prohibió vivir en los pueblos de indios, estuvieron sujetos al pago de tributo y fueron el grupo económicamente activo del país, dedicados a diversos trabajos como el pequeño comercio y la pequeña industria, los servicios domésticos, o como caporales, capataces, vaqueros o administradores de ranchos o haciendas. Según fuera el color o los rasgos físicos del hombre de casta era la posibilidad de practicar un determinado trabajo, así, a los mulatos y tipos negroides les correspondieron los más difíciles y pesados en las minas, los obrajes y el campo.

Entre las castas existieron notables diferencias, al permitirse algunas ventajas al mestizo producto de la unión de españoles con india, mientras que los otros tipos producto de mezcla eran considerados casi al mismo nivel del negro. Para distinguir a los hombres de casta se intentó establecer con cierta precisión las líneas de origen, lo cual dio lugar a que se propusieran clasificaciones como la que a continuación se cita:

Español con india produjo al mestizo.

Mestizo con española dio el castizo.

Castizo con española produjo al español.

Español con negra dio al mulato.

Mulato con española produjo al morisco.

Morisco con española dio al salto atrás.

Salto atrás con india o mulata produjo al lobo.

Lobo con mulata dio al jíbaro.

Jíbaro con india produjo al albarazado.

Albarazado con negra dio al cambujo.

Cambujo con india produjo al zambaigo.

Zambaigo con mulata dio al calpamulato.

Calpamulato con sambaigo produjo al tente en el aire

Tente en el aire con mulata produjo al no te entiendo.

No te entiendo con india dio al ahí te estás.

Tanto por el celo para registrar las mezclas, como por el nombre que a ellas se aplicaba, es fácil comprender que los sujetos de casta eran despreciados por los restantes sectores de la sociedad, particularmente cuando se encontraban más alejados de los grupos de origen.

 

La vida y ocupaciones de la Sociedad

Una vez que se ha explicado la integración de la sociedad novohispana vale la pena precisar que no sólo desde el punto de vista racial se establecían diferencias entre los sectores de ella, si no que se fijaban también por el lugar de residencia y por el tipo de ocupación. Los españoles y criollos vivían en las ciudades dedicados a las funciones de gobierno y al manejo y administración de las actividades económicas importantes. Los indios radicaban en sus antiguos lugares y se ocupaban del trabajo del campo y algunos oficios; los mestizos se establecieron en algunos centros urbanos y trabajaron el pequeño comercio y algunas actividades industriales. Las castas se situaron en los lugares de su ocupación, ya fueran las zonas mineras, los obrajes o las grandes haciendas a las que entregaron su fuerza de trabajo.

 

Las grandes contradicciones económicas, políticas y sociales entre los sectores privilegiados y los sectores humildes de la población fueron las causantes de las frecuentes rebeliones y muestras de inconformidad de la época colonial y, finalmente, del enfrentamiento de ellos en la guerra por la independencia nacional, a pesar de que muchos autores han divulgado la idea de que los tres siglos de dominación española en México representaron un período de paz ininterrumpida, lo que ha valido que se hable de la siesta colonial. No hay nada tan equivocado, ya que, de las condiciones antes expuestas, surgieron numerosas rebeliones en la Nueva España, promovidas por todos los sectores de la sociedad, lo mismo por españoles y criollos, que por indios, mestizos y hombres de casta.

Entre los movimientos de rebeldía promovidos por españoles y criollos podemos mencionar el de encomenderos en contra de las nuevas leyes que limitaban la encomienda (1543-1544); la conjuración de Martín Cortés, hijo del conquistador, también contra las limitaciones a las encomiendas (1565-1566); la Conspiración de los Machetes dirigida por Pedro de la Portilla en 1799, y la de españoles acaudillados por Gabriel Yermo en 1808 por la que se destituyó al virrey José de Iturrigaray, acusado de querer alzarse con la colonia.

Las insurrecciones y levantamientos de indios fueron muy numerosos y se dieron durante todo el período colonial y a todo lo largo del país, pero de ellos los que más nos llaman la atención son los levantamientos de las tribus de "Sonora y Sinaloa a fines del siglo XVII y principios del XVIII, y la rebelión promovida por el indio Mariano en la región de Tepic en el año 1801, que tenía el propósito de restablecer en México una monarquía indígena. Hubo también guerras promovidas por hombres de casta, algunas de ellas llevadas a cabo con extrema crueldad y afán de venganza en contra de los sectores españoles," como la que dirigió en la región de Yucatán Jacinto Canek en el año de 1761, sofocada con el sacrificio de sus principales dirigentes.

No podía faltar este tipo de luchas entre el sector más levantisco de la población, los negros, que desataron una primera conjuración en 1537 y pare 1609 se sublevaron en la región de Orizaba baja la dirección de Yanga, con tal éxito, que como fuera difícil someterlos, las autoridades coloniales le: concedieron la paz y el permiso para vivir en libertad en el pueblo de San Lorenzo.

Cabe aclarar que solamente hemos mencionado algunas de las más notorias rebeliones del período colonial, pero como ya se ha dicho antes este tipo de movimientos fue constante y se ha llegado a registrar más de cien de ellos en la época a que-hacemos referencia.

 

LA IGLESIA Y LA CULTURA EN LA NUEVA ESPAÑA

La Iglesia Novohispana

La importancia de la Iglesia Católica en la Nueva España se comprende si se recuerda que la colonización se realizó también como una cruzada religiosa para convertir al cristianismo a los pueblos indígenas llamados de infieles. Esta tarea resultó una razón más, con la que se pretendió justificar el derecho de sojuzgar y poseer las tierras de naciones no cristianas.

Por varios siglos los señores del norte de España se significaron como defensores de la religión europea a través de las guerras contra los moros, luchando contra los judíos hasta lograr su expulsión o combatiendo las frecuentes herejías en sus territorios. Posteriormente, cuando en diversos puntos de Europa se propagó la Reforma religiosa, los monarcas españoles se convirtieron en paladines de la Contrarreforma y se hicieron reconocer como defensores de la fe católica. Con ello adquirieron el derecho de intervenir directamente en la organización y manejo de la Iglesia en el imperio español, con el pretexto de mantener la unidad de la fe en las tierras de la península o en las recientemente conquistadas en América. Este derecho les fue reconocido por los Papas a través del Real Patronato Eclesiástico, por el cual eran los reyes quienes manejaban a la Iglesia en nuestro continente, y no las autoridades pontificias.

El Real Patronato eclesiástico

Más que un organismo para el control de la Iglesia en las colonias de América, se lo puede entender como el resultado de un contrato bilateral entre los reyes españoles y el Papado, en virtud del cual éste delegaba a los reyes sus derechos para nombrar ministros para la Iglesia de las Indias y solamente se reservaba el de confirmar lo que hicieran los monarcas, o rechazarlo si las personas nombradas no eran dignas, mientras los reyes se comprometían a velar por la implantación, el arraigo y crecimiento de la fe católica en sus territorios.

Por medio del Real Patronato, el Estado español, además de nombrar a los altos dignatarios de la iglesia, arzobispos y obispos, vigilaba la administración del diezmo y el aprovechamiento de ciertos impuestos eclesiásticos; autorizaba la construcción de iglesias, monasterios y hospitales; ortogaba permisos para que los clérigos y monjes salieran de España a las Indias; fijaba los limites de las diócesis, cuidaba el aprovechamiento de los productos de los beneficios eclesiásticos, y finalmente, autorizaba la ejecución de las bulas pontificias dentro del reino. Por disponer de todas estas facultades, algunos autores afirman que la iglesia Católica nació y se organizo en América bajo la tutela de los reyes.

 

División eclesiástica de la Nueva España

Así como políticamente se distribuyo a nuestro país en reinos, gobernaciones y provincias, la organización eclesiástica impuso la división de diócesis, la primera de ellas, la Charólense, a la que originalmente de la situó en Puebla; la diócesis de México, establecida como obispado en 1530 bajo la dirección de fray Juan de Zumárraga y elevada a la categoría de arzobispado en 1547; la diócesis de Antequera (Oaxaca) en 1535; la diócesis de Michoacán en 1536 la diócesis de Chiapas a cargo de fray Bartolomé de las Casas en 1538; la diócesis de Compostela en 1548, trasladada más tarde a Guadalajara; la diócesis de Yucatán en 1561; la diócesis de Durango en 1620, y casi para, finalizar la dominación colonial, se crearon la diócesis de Linares en 1777 y, la de Sonora en 1779; todas ellas en su condición de obispados fueron sufragáneos del de México.

Organización de la Iglesia colonial

Con los conquistadores vinieron a América algunos religiosos que tenían a su cargo el auxilio espiritual de los soldados, y una vez impuesta la dominación, darse a la tarea de convertir a los naturales a la religión católica. Esta primera empresa religiosa corrió a cargo de frailes de diferentes órdenes y bajo su acción se fue creando la Iglesia Novohispana, hasta alcanzar todos los territorios sometidos. Cuando la obra evangelizadora de los misioneros se había cumplido, llegaban los sacerdotes para instalarse en las parroquias y templos a fin de administrar los sacramentos y, desde luego, encargarse del control administrativo de la iglesia de cada lugar. Este fenómeno dio origen a frecuentes disputas entre los miembros del clero regular y el secular, tanto por el control de los distritos de evangelización, como por el manejo y recaudación del diezmo.

El clero regular

Es aquel que se constituye con individuos que viven en comunidad, sujetos a reglas o normas de pobreza, humildad y caridad, y que en México se encargaron de evangelizar a los indios y ayudarlos a mejorar sus condiciones económicas y sociales, sin olvidar que muchas veces fueron sus únicos defensores ante los atropellos y arbitrariedades de los conquistadores.

Los frailes misioneros venidos a la Nueva España se preocuparon también de la educación de los naturales, para lo cual crearon numerosas escuelas y se dice que prefirieron aprender los idiomas nativos en lugar de obligar a los indios a aprender el castellano. Esto, según Ricard, lo hicieron con el propósito de conservarlos en su norma peculiar de vida, además de mantenerlos alejados de los europeos que sólo les podían ofrecer malo ejemplos y malos consejos. Una vez que el misionero aprendía la lengua del lugar, emprendía la elaboración de gramáticas y la redacción de catecismo para enseñar el cristianismo a la población indígena. Entre las órdenes religiosas venidas al país vale la pena recordar a las siguientes:

Los franciscanos

Aunque ya con el capitán Hernán Cortés, además del clérigo Juan Díaz, había venido el fraile mercedario Bartolomé de Olmedo, los primeros en llegar México fueron los franciscanos; tres de ellos, Juan de Ahora, Juan de Tecto Y Pedro de Gante, de noble origen flamenco, se presentaron en 1523 y realizaron los primeros trabajos de evangelización. Pedro de Gante llevó acabo una notable labor educativa estableciendo escuelas para indios, la primera en Tetzcoco, mientras que los dos restantes morían en el año de 1525, sacrificados por el conquistador durante su viaje a las Hibueras.

Un segundo grupo de franciscanos, a las ordenes del fray Martín de Valencia, desembarco en Veracruz en mayo de 1524; entre ellos venían fray Toribio de Benavente (Motolinía) y fray Martín de Coruña, distinguidos por sus esfuerzos a favor de los indios. La orden de los franciscano se distribuyo en el valle de México, Puebla, Morelos, Michoacán, Nueva Galicia, Hidalgo, Querétaro, Guanajuato, Durango y Sinaloa; como ya se ha dicho, su principal obra fue la de llevar acabo la conquista espiritual del país.

Los dominicos

A las órdenes de fray Tomás Ortiz, y contando entre ellos a Diego de Montemayor y a Vicente de Santa María, se presentaron por primera vez en el año de 1528, se distribuyeron en los territorios del valle de México, Puebla, Morelos, Oaxaca, Chiapas y Guatemala, y tuvieron como principal preocupación la conversión de los indios. Pensando que esto lo podrían lograr con una buena preparación de sacerdotes, crearon escuelas destinadas a cumplir este propósito, dedicando especial atención a la prédica.

Los agustinos

Fue seguramente la orden que con mayor éxito actuó en servicio de la gran masa indígena de la Nueva España, pues se incorporaron con acierto y bondad a las comunidades de naturales para evangelizarlos, educarlos y enseñarles nuevas formas de cultivar sus tierras, así como la manera de trabajar algunas artesanías que, hasta la fecha, representan una segura fuente de ingresos para nuestros pueblos de indios.

Los primeros agustinos llegaron en mayo de 1533 a las órdenes de fray Agustín Gormaz, y entre ellos se contaron Francisco de la Cruz y Jerónimo Jiménez. En este viaje acompañó a los agustinos el destacado maestro de filosofía Alonso Gutiérrez, quien, fascinado por la plática de Francisco de la Cruz sobre la noble empresa que se proponían realizar en las Indias, decidió participar de ella y al desembarcar en Veracruz tomó los hábitos de esa orden con el nombre de Alonso de la Veracruz. Actuó brillantemente en México como profesor del colegio de estudios mayores del pueblo de Tiripitío y más tarde en la Real y Pontificia Universidad. Entre los muchos méritos de este agustino, destacan el haber sido el primero en publicar obras de filosofía en América: Didáctica Resolutio y Física Especulatio, además de figurar como el fundador de las bibliotecas públicas en México.

Los jesuitas

Una de las más importantes y poderosas órdenes religiosas fue la de los jesuitas, que llegaron a México en el mes de septiembre de 1572 bajo la dirección de Pedro Sánchez. Entre ellos venían Pedro Díaz, Francisco Bazán y Diego López. Los jesuitas se establecieron en todas las poblaciones de importancia del país y se dedicaron a la enseñanza media de los sectores acomodados de la sociedad novohispana, con tanto éxito que a eso se debió seguramente el poder espiritual y económico que alcanzaron en la colonia, poder puesto claramente de manifiesto cuando, en el año de 1767, al ser ordenada su expulsión de los territorios españoles, se desató una gran cantidad de rebeliones en su defensa.

La orden de los jesuitas se distribuyó en las grandes ciudades y además en los territorios de Durango, Sinaloa, Sonora, Chihuahua y las dos Californias.

Otras órdenes religiosas

Además de las órdenes ya mencionadas vinieron a la Nueva España muchas otras congregaciones, cada una de ellas con una especial preocupación frente a la población colonial: los carmelitas llegados en 1585 se extendieron por Puebla, Guanajuato, Oaxaca, Veracruz, San Luis Potosí y Michoacán. Los mercedarios, que vinieron en 1594, construyeron monasterios en Puebla, Guadalajara, Morelia, Oaxaca, Zacatecas, Aguascalientes, Veracruz y otras poblaciones de importancia. Los hipólitos, cuya principal tarea fue la atención de enfermos y la fundación de hospitales, así como los felipenses, antoninos y los juanicos, se establecieron en nuestras tierras en el año de 1657.

Las últimas órdenes religiosas que llegaron a la Nueva España durante los siglos XVII y XVIII fueron la de los betlemitas y los Camilos, cuyo establecimiento y acción fueron penosos, fundamentalmente porque para entonces las órdenes anteriores habían ocupado casi todo el país y porque tanto las autoridades civiles como el clero secular venían combatiendo duramente a los miembros del clero regular.

Vale la pena concluir la revisión de los integrantes del clero regular reconociendo que fueron ellos los que primero se dedicaron a la atención de los grandes núcleos de población indígena, y que la obra civilizadora y pacificadora inmediata a las luchas de conquista fue obra de ellos, compromiso que supieron cumplir bondadosamente, protegiendo y educando al indio. Por ello, cuando fueron sustituidos por los miembros del clero secular, el indígena sintió tan profundamente el cambio, que no solamente vio interrumpido el proceso de su incorporación a la cultura occidental, sino que se fue olvidando la atención de su educación, lo que determinó que para los dos siglos finales de la dominación española no se contemplara avance alguno en el desarrollo cultural de la población india, y que, por el contrario, se la condenara a un penoso atraso y a una visible ignorancia que han sido responsables de las condiciones de miseria y abandono que guarda ese importante sector de la población nacional.

El clero secular

Está formado por sacerdotes que no están sujetos a reglas de vida en común y tienen a su cuidado la administración y control de las parroquias, dependiendo directamente de las diócesis u obispados. Sus miembros llegaron tardíamente a nuestro país, cuando la pacificación y catequización de los grupos indígenas habían sido realizadas por los frailes de las distintas órdenes religiosas. A pesar de esto, como elementos básicos de la organización de la Iglesia cristiana lograron desplazar a los misioneros para enviarlos a tierras más lejanas a continuar su tarea pacificadora. Contrariamente al clero regular, los miembros del clero secular poco entendieron al indio y, por tanto, la ayuda que le prestaron fue nula. En cambio, su acción se encaminó a asegurar, más que la fe, los ingresos y el dominio económico de la Iglesia en nuestro territorio a través de la administración de los sacramentos y el cobro del diezmo y otros servicios religiosos; se olvidaron, por tanto, de socorrer y atender a los sectores humildes de la población a quienes tanto habían ayudado los misioneros.

El clero secular disfrutó de grandes ventajas, ya que no solamente era en cierta forma independiente de la Santa Sede, sino que además organizó reuniones de clérigos coloniales, llamados concilios mexicanos, en los que se decidía libremente la aplicación de normas para la iglesia de la Nueva España.

 

El Santo Oficio

La Reforma religiosa obligó a los pueblos católicos europeos a tomar una -MM serie de medidas tendientes a frenar el avance de las nuevas ideas en sus territorios. Entre las principales disposiciones al respecto, se contó el fortalecimiento de la Inquisición, destinada a castigar las discrepancias de criterio religioso y todo acto contrario a las normas de la Iglesia. Aunque en las colonias de América la amenaza del protestantismo fue mínima, ya que la población indígena no tenía grandes posibilidades de información de las ideas reformistas, y los españoles que venían a México eran en su inmensa mayoría partidarios del catolicismo, la Corona española ordenó en 1569 que se estableciera en la Nueva España. Pero, el Tribunal del Santo Oficio se constituyó definitivamente el domingo 4 de noviembre de 1571 bajo la presidencia del obispo don Pedro Moya de Contreras.

El propósito fundamental de la Inquisición fue lograr la unidad religiosa en el reino; para ello vigiló la actitud de los individuos ante la fe, persiguió a los judaizantes y a los luteranos y se encargó de elaborar el índice, catálogo de libros y publicaciones que, de acuerdo con ese tribunal, podían ser introducidos en la colonia y leídos por sus habitantes. En un principio la Inquisición cumplió con la tarea para la que había sido creada, pero para los finales de la época colonial desvirtuó sus funciones y se dedicó a perseguir y castigar asuntos de orden político.

Algunos españoles quisieron valerse del Santo Oficio para castigar a los indios que cometían faltas o errores frente a la nueva religión; afortunada mente prevaleció el buen juicio, cuando el Consejo Supremo en España ordenó que no se procediera con los indígenas, porque a ellos no se los podía considerar herejes.

A pesar de que en nuestro país la Inquisición dio muerte en la hoguera a cerca de medio centenar de individuos, no mostró la crueldad de los tribunales peninsulares, en donde fue tal el daño que ocasiono, que desde el triunfo del liberalismo en 1812 se ordenó su extinción, pero logró mantenerse hasta el año de 1820, cuando se la hizo desaparecer de todos los territorios españoles.

La riqueza eclesiástica

Desde el punto de vista económico la institución más segura y poderosa fue la Iglesia, como lo demuestra el que en poco tiempo pudiera acumular grandes capitales, numerosas fincas y bienes raíces, los que mantuvo en su poder a pesar de las numerosas disposiciones que a fines de la época colonial se dictaron para buscar una mejor distribución de la riqueza. Su control sobre grandes extensiones de tierra fue tan evidente, que hasta algunos autores de posición conservadora, como Lucas Alamán, afirmaron que para los primeros años del siglo decimonono esa institución era poseedora del 50 por ciento de las tierras útiles de la nación. Y casi 50 años después de consumada la independencia, la situación seguía siendo la misma, como lo prueba el hecho de que el presbítero Francisco Javier Miranda considerara arbitraria la legislación liberal y la Constitución de 1857, dado que, según su propia declaración, la Iglesia era dueña de las dos terceras partes del territorio nacional.

Los bienes de la Iglesia

Por su gran variedad y dispersión hubiera resultado difícil realizar un catálogo de la riqueza eclesiástica, pues habría que considerar los solares y edificios destinados al culto en poder del clero secular, los capitales acumulados por éste y que, muy frecuentemente, se aplicaron a préstamos con garantía de tierras que casi siempre pasaban a su poder por incapacidad del deudor para cubrir el préstamo. El clero regular fue también un gran poseedor, tanto en capitales como en propiedades territoriales; éstas alcanzaron una gran extensión, lo mismo en los monasterios, huertas y tierras aledañas que en las fincas de temporalidad establecidas en la mayoría de los estados del norte del país.

Fuentes de la riqueza eclesiástica

La base de ella fue la merced real, por la que se otorgaron las primeras propiedades, tanto a las diferentes órdenes religiosas como al clero secular. Parece ser que la principal fuente de ingresos fue el diezmo, el que, a pesar de no ser aplicado al sector indígena, hizo concurrir fuertes sumas al tesoro de la Iglesia, tanto, que se calcula que para los finales del siglo XVIII pasaba de los 18 millones de pesos anuales, cantidad que era casi la misma a la del presupuesto estatal. Este impuesto, que representaba una décima parte de los sueldos y ganancias de trabajadores y comerciantes mestizos, criollos y españoles, gozaba de todo el respaldo de las autoridades civiles que colaboraban con la Iglesia para su cobro.

Otro importante renglón de ingresos de la iglesia lo constituyo el de las donaciones, legados, herencias y limosnas, pues en una sociedad sujeta a las trabas y represiones dictadas por la moral cristiana fue costumbre que todos los miembros de ella, cualquiera que fuera su situación económica, hicieran entregas de dinero con la pretensión de encontrar el perdón de los pecados o para mantener buenas relaciones con las autoridades eclesiásticas. Igualmente el cobro por el servicio de los sacramentos (obvenciones parroquiales), las primicias y las oblaciones contribuyeron a elevar considerablemente el poder económico de la Iglesia de la Nueva España.

La Iglesia organizó instituciones internas que aseguraron la acumulación de su riqueza; de ellas, las más importantes fueron los Fondos de Obras Pías, destinados a obras de beneficencia que eran aprovechados para el otorgamiento de préstamos, con el consecuente aumento de los capitales, y así también, los juzgados de capellanía, verdaderos bancos de la Iglesia anexos a cada obispado y a través de los cuales se realizaban todas las operaciones financieras del clero secular.

La reforma eclesiástica

El aumento siempre creciente del poder económico y político del clero obligó a los monarcas españoles del siglo XVIII a la aplicación de una serie de medidas que limitaran ese poder, particularmente en el terreno económico, pues en el político era suficiente con girar instrucciones a las autoridades civiles para que, en lo posible, mantuvieran bajo control a la Iglesia. Si bien es cierto que la mayoría de las disposiciones se dictaron en contra del clero regular, no dejó de haber algunas que afectaran directamente al secular.

En 1737 se dio a conocer la orden que obligaba a pagar impuestos a los bienes eclesiásticos, que hasta entonces habían disfrutado de una total exención. Para 1763 el monarca ilustrado Carlos III hizo pública la prohibición de que la Iglesia siguiera adquiriendo bienes.

Uno de los problemas de mayor gravedad entre el poder espiritual de la Iglesia y el temporal de los reyes lo representó la querella con los jesuitas cuando éstos decidieron respaldar al Papado en sus luchas contra las monarquías europeas. De resultas de ello se los expulsó de Portugal, Francia y otros países, disposición que fue aplicada sigilosamente en los territorios españoles el 25 de junio de 1767 y que tuvo serias consecuencias en la Nueva España, pues en no pocas poblaciones se dieron levantamientos y motines para tratar de proteger a los miembros de la compañía. Se pretendió liquidar definitivamente el problema jesuita con el decreto del 27 de marzo de 1769, por el que se reglamentaba la venta de los bienes confiscados a esa orden.

Para el último tercio del siglo XVIII las disputas entre el Papado y la monarquía eran cada vez más serias y ponían en peligro la autoridad lograda por los reyes españoles a través del Real Patronato. Para afirmar su autoridad, Carlos III dio a conocer en los años de 1775, 1776, 1777 y 1780 algunos ordenamientos para el restablecimiento del Real Patronato Eclesiástico y fortaleció el poder civil en la colonia con un decreto llamado Ordenanzas de Intendencias, por el que daba ingerencia en la Iglesia a los funcionarios del Estado, invistiendo a la mayoría de los intendentes y gobernadores como vicepatronos. Más tarde, en 1795, se trató de someter judicialmente a la Iglesia por medio de la Ley de Fueros Eclesiásticos, en la que se disponía la intervención de jueces laicos en los tribunales eclesiásticos.

Otras disposiciones reformistas de carácter económico consistieron en leyes que obligaban a que se cubriera al Estado el 15 por ciento de todos los bienes amortizados, la mayoría de ellos en poder de la Iglesia, así como una ley de 1798 sobre venta de bienes eclesiásticos de algunos establecimientos religiosos, debiendo ponerse el producto de las ventas en la Caja Real de Amortización al 3 por ciento de renta anual.

Finalmente, una de las más interesantes medidas, que mucho justifica la actitud reformista del estado español, fue la Real Cédula de Consolidación del 28 de noviembre de 1804, por la que se ordenaba recoger los capitales de los juzgados de capellanía y los de obras pías y enviarlos a España, aunque se obligaba la Corona a reconocer los capitales y a pagar los réditos con hipoteca de las rentas reales. Según don Mariano Cuevas los capitales que pasaron a España por la aplicación de la Real Cédula ascendieron a 44500000 de pesos fuertes de plata.

 

La cultura colonial

Los tres siglos de dominación española en México representaron, como ya hemos dicho, la época durante la cual se forjó una nueva nación, con una población mestiza y una cultura producto de la combinación de elementos indígenas europeos. Por ello, el juicio que sobre las diferentes actividades culturales de la colonia pueda hacerse, tiene que descansar en un amplio criterio, y no en apego estricto a los patrones que los europeos han empleado para clasificar y estudiar su literatura, su arquitectura, su pintura o sus actividades científicas. Por el contrario, el análisis de la cultura de la Nueva España tiene que considerar las raíces indígenas originales que hacen acto de presencia de manera vigorosa en todas ellas, y las aportaciones impuestas por los dominadores peninsulares en todas las expresiones, ya sean artísticas o culturales.

La cultura novohispana muestra tres momentos bien definidos: el primero corresponde al siglo XVI y está inspirado en un humanismo religioso por el que se intentó desarrollar los valores de la población nativa. El segundo, durante el siglo XVII, es una época barroca que intenta evadirse del mundo de la realidad a través del conceptismo y culteranismo. El tercer período se da en el siglo XVIII y es una etapa de modernidad inspirada en la Ilustración, que da especial atención al desarrollo de las ciencias, a pesar de que tiene que luchar contra los prejuicios de la sociedad colonial.

La educación

La organización de la educación se planeó originariamente como un recurso para propagar la religión cristiana, más que como un servicio de 'carácter social. Es por ello explicable que las primeras escuelas se destinaran a la población indígena y que en ellas fuera la doctrina la base de la enseñanza, tanto así, que muchas veces quienes las atendían prefirieron ¡aprender los idiomas nativos y editar catecismos y cartillas religiosas en lengua indígena, en lugar de enseñar el castellano y buscar la incorporación de los naturales a la cultura occidental.

En pocos años de recibir educación, muchos de nuestros indígenas mostraron una gran disposición y capacidad para aprender todas las disciplinas que se les ofrecían en las escuelas de altos estudios, aun el latín, la filosofía o la teología; esto alarmó a algunos funcionarios, que empeñaron todo su esfuerzo en combatir la educación para indios, hasta que, para los finales del siglo XVI, la habían destruido, reduciendo sus escuelas a simples instituciones de enseñanza elemental en donde apenas si se les enseñaba a leer y escribir.

Las escuelas para mestizos tuvieron un destino semejante a las de los indios, pues si bien es cierto que en un principio se les dio gran importancia, con el tiempo se las descuidó y casi desaparecieron, quedando en cambio muchas instituciones educativas para servicio de los sectores privilegiados de la sociedad, que, al final de cuentas, fueron los únicos que disfrutaron del derecho a educarse.

Las escuelas para indios

Magna obra realizaron en este aspecto los primeros religiosos venidos al país, pues a pesar de que su interés primordial consistía en la conversión de los naturales, a través de esa acción establecieron escuelas en las que se les enseñó el español, el evangelio, a leer y escribir, y muchas otras actividades. En este esfuerzo es conveniente advertir que se lograron algunas importantes innovaciones pedagógicas, como las que alcanzara Jacobo de Testera, que para hacer más sencillo su cometido de catequizar a los indios, hacia pintar en lienzos algunos pasajes religiosos que mostraba y explicaba a sus alumnos, aplicando procedimientos para hacer objetiva la enseñanza.

 

La escuela elemental de Tetzcoco

Casi inmediatamente después de su llegada a México, Pedro de Gante se trasladó a Tetzcoco y, en el palacio de Netzahualpilli, estableció la primera escuela para indios. En esa institución se les ofrecía la religión cristiana y, ayudándose de cantos y música, se les enseñó el castellano. Algunos alumnos aventajados llegaron a aprender a leer y escribir.

La escuela de San José de Belén de los Naturales

El mismo Pedro de Gante se instaló en México en el año de 1526 y estableció una nueva escuela para indios, a la que se dio primero el nombre de San Francisco y más tarde el de San José de Belén de los Naturales, institución a la que podemos considerar como la más importante de nivel elemental, que llegó a contar con cerca de mil alumnos y en la que además de; la doctrina cristiana y la lectura y escritura, se les enseñaban algunas artes y oficios.

Los hospitales de Santa Fe

El destacado oidor Vasco de Quiroga tuvo la feliz idea de organizar los Hospitales de Santa Fe para atender, proteger y ayudar a trabajar y subsistir a algunos grupos de población indígena. Los resultados fueron verdaderamente notables, y han hecho decir a muchos autores que la obra de Quiroga hizo realidad en México, en pleno siglo XVI, la existencia de las primeras instituciones de sentido socialista del mundo moderno. En ellos se instalaron escuelas para indios en las que, además de la religión y las primeras letras, se les enseñó una gran variedad de oficios: herrería, sastrería, carpintería, cantería, curtiduría, etc. Estos hospitales, y en particular sus escuelas, mucho ayudaron a los naturales a mejorar sus condiciones económicas y sociales en los lugares en que se establecieron.

La educación superior de los indios

No fue fácil que se aceptara la idea de ofrecer educación superior a la población nativa, a pesar de lo cual se instaló en el pueblo de Tiripitío una escuela de estudios mayores, destinada a la atención de hijos de caciques. Pero la institución que efectivamente ofreció ese tipo de enseñanza fue el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, fundado el 6 de enero de 1536 por el virrey don Antonio de Mendoza y el obispo fray Juan de Zumárraga. Fue sin duda el de Tlatelolco el colegio de mayor prestigio en los primeros tiempos de la colonia y logró conjuntar entre su planta de profesores a los más destacados intelectuales que había en México, entre ellos a fray Bernardino de Sahagún, Arnaldo de Basado, García de Cisneros, Andrés de Olmos, Juan de Gaona, Francisco de Bustamente, Juan Focher y algunos otros.

El trabajo de esta institución ofreció magníficos frutos y pronto entregó alumnos brillantes como Antonio Valeriano, Alonso Vegerano y Pedro de Buenaventura, el primero originario de Azcapotzalco y los dos últimos de Cuauhtitlan, que manejaban con soltura el latín y la filosofía, y que discutían con autoridad algunos de los problemas fundamentales de la teología, circunstancia que acarreó para este colegio la enemistad de no pocos españoles como Jerónimo López, consejero del virrey, quien escribió al monarca para pedirle que no se educara a los indios en las disciplinas superiores, por considerarlo peligroso para la dominación y control del país. Los ataques a este colegio rindieron al fin sus frutos, pues para los finales del siglo XVI había perdido su condición de escuela superior y se la había reducido a una escuela de primeras letras.

La educación de las niñas indias

Mucho preocupó a Zumárraga el constante peligro en que se encontraban las niñas indias frente a la actitud cruel e injusta de los conquistadores; por esta razón, decidió crear escuelas para niñas en las que se las educara en la religión cristiana y se las preparara en las labores del hogar, con la pretensión de evitar los atropellos que cometían los españoles y buscar que en lo posible legitimaran su unión con ellas.

La educación del mestizo

La situación de los mestizos era penosa, pues generalmente eran abandonados por el padre español y se veían obligados a vagar en las poblaciones sin ningún amparo, de tal suerte que, a los pocos años de lograda la conquista, muchos niños mestizos ociosos recorrían las calles de las grandes ciudades. Para resolver este grave problema se creo el Colegio de san Juan de Letrán en el que a los internos se los educaba en la religión, se les enseñaba a leer y escribir y se los preparaba en algunos oficios. Igualmente importante fue Colegio de Nuestra Señora de la Caridad, destinado solamente a las niñas mestizas y algunas españolas desamparadas. Las alumnas eran internas y se las adiestraba en las labores domésticas con el propósito de prepararlas para el matrimonio, existiendo funcionarios que quisieron proteger al colegio y a sus alumnas y ofrecieron dinero y empleo a quienes se casaran con pupilas educadas en él.

La educación para criollos y españoles

Este sector de la población colonial dispuso de numerosos colegios en todos los niveles de enseñanza. Para las primeras letras se contó con escuelas atendidas por religiosos, además de una gran cantidad de maestros que trabajaban en forma particular, sujetos a las ordenanzas dadas a conocer por el virrey don Gaspar de Zúñiga y Acevedo en el año de 1600.

En el nivel medio casi todas las escuelas eran atendidas por las principales órdenes religiosas que operaban en el país; entre estos colegios podemos recordar al de San Gregorio, al de San Pablo, atendido por agustinos, y el de San Pedro y San Pablo organizado por los jesuitas. En la atención de la educación media destacaron muy especialmente los jesuitas, que establecieron colegios en casi todas las poblaciones de importancia. En ellos se encargaron de la educación de los jóvenes criollos y algunos mestizos acomodados, logrando notable control de la sociedad novohíspana. Algunos de sus colegios obtuvieron gran éxito y perduraron mucho tiempo después de expulsada la orden y otros, como el de San Ildefonso, fueron el punto de partida para grandes instituciones posteriores, en su caso la Escuela Nacional, Preparatoria.

Vistas las limitaciones que imponía la sociedad de la época a la educación de la mujer, se logró desde los finales del siglo XVII que se establecieran algunas escuelas para ellas, la primera la de San Miguel de Belén, más tarde, en el siglo XVIII, la de la Enseñanza y finalmente la de las Vizcaínas, fundada en 1775 y que fue ya una escuela de tipo moderno en la que no se imponía la enseñanza de la religión y en la que se daba oportunidad a la mujer para que aprendiera algún oficio que le permitiera ganarse la vida.

La Real y Pontificia Universidad de la Nueva España

Existió en México una institución de estudios superiores semejante a las de Europa: ella fue la Universidad, cuyo establecimiento ordenó el príncipe Felipe II por cédula real del 21 de septiembre de 1551, aunque no empezó a trabajar hasta el año de 1553. Esta institución fue creada disfrutando de los mismos privilegios y reglamentos de la Universidad de Salamanca, la más prestigiada de España, y por lo tanto contó con la facultad de otorgar grados académicos: bachiller, licenciado y doctor.

Las facultades ejecutivas correspondían al rector, pero según el reglamento la autoridad suprema recaía en el claustro, en el que estaban representados los intereses de la Corona y de la Iglesia, los primeros a través del rector y los segundos por el maestrescuela. No fue la única escuela de estudios superiores para criollos pero sí la más importante y por sus aulas desfilaron los más distinguidos intelectuales del México colonial. Gran parte de su vida trabajó con procedimientos medievales, abusando del escolasticismo, del verbalismo y la educación libresca y sólo en los momentos postreros de la dominación española recibió la corriente de modernidad de la filosofía del siglo XVIII.

Otras instituciones de estudios superiores

Se crearon algunas otras instituciones de altos estudios como la de Santa María de Todos Santos preocupada de estudios literarios, que recibía a mestizos y criollos de escasos recursos, a quienes para ingresar se los sometía a un riguroso examen en latín. Así también, en el año de 1792, y por el empuje de la corriente científica de la época, se estableció el Real Colegio de Minería, que de inmediato atrajo a los más brillantes intelectuales, con los que abrió amplios horizontes al estudio de las ciencias del momento.

La imprenta y el periodismo

No obstante lo caro y lo difícil que resultaba conseguir el papel, para el año 1535 se estableció en México la primera imprenta, manejada por Esteban Martín, que publico una primera obra: La Escala espiritual para llegar al cielo de Juan Clímaco y algunos otros escritos necesarios para la catequización de los indios y para usos religiosos: cartillas, vocabularios, confesionarios, sermones, autos y coloquios. Una nueva imprenta se estableció en el año 1539 por gestiones de Juan Croberger, que obtuvo el permiso real para instalar en la Nueva España, solo que este no la trabajo personalmente, pues contrato a Juan Pablos para que se trasladara a México y la manejara.

Juan Pablos publicó a finales de 1539 La breve y más compendiosa doctrina en lengua mexicana y castellana, compuesta por fray Juan de Zumárraga, y poco después, una segunda obra con el título de Manual de adultos. Pablos se comprometió a mantener en el pie de imprenta el nombre de Cromberger y aun después de muerto éste sus herederos conservaron la concesión real para imprimir en la Nueva España.

La impresión de libros y documentos era una tarea difícil, ya que se requería la autorización del obispo y del virrey y que para las obras que trataban asuntos del continente se demandaba el permiso del Consejo de Indias; de todas maneras es indudable que la imprenta sirvió para impulsar notablemente la cultura en el país.

La imprenta de Juan Pablos fue también la primera que dio noticias de interés nacional, intentando ofrecer una verdadera información periodística. El sábado 10 y el domingo 11 de septiembre de 1541 hizo circular en las calles de la ciudad unas hojas volantes en las que se daban noticias del terremoto de Guatemala. Por casi dos siglos estas hojas vendidas en las calles fueron los únicos elementos para informar a la población, ya que el primer periódico, La Gaceta de México; esta publicación duró más tiempo y desapareció en 1742 con el nombre de Mercurio Volante.

Algunos destacados personajes intentaron la publicación de periódicos y revistas; entre ellos, Juan Antonio Álzate dio a conocer el diario literario de México, que sólo se publicó del 8 de marzo de 1768. José Antonio Bartolache hizo una nueva publicación del Mercurio Volante, con abundante y actualizada información de física y química; lamentablemente este importante órgano de carácter científico solo pudo ver la luz pública de octubre de 1772 a febrero de 1773. El espíritu inquieto de Alzate le hizo intentar una publicación mensual con el nombre La Gazeta de literatura de México, en la que se divulgaron las más valiosas informaciones científicas de la época y en la que se combatió a la filosofía tradicional de la colonia; alcanzó gran éxito y pudo ofrecerla al publico de 1788-1794.

Otra de las publicaciones exitosas fue La Gazeta de México compendio de noticias de la Nueva España, dirigida por Manuel Antonio de Valdés, que salio por primera ocasión en enero de 1784 y se mantuvo hasta el año de 1810. Jacobo de Villarutia y Carlos Maria Bustamante publicaron en el año de 1805, con la ayuda del virrey, El diario de México, que habría ser el primer periódico cotidiano del país.

La historiografía

La aventura de la conquista de América, en particular la de nuestro territorio, inspiró a muchos de los participantes para recoger los principales sucesos de la lucha contra los pueblos indígenas. De esa intención nació una de las actividades culturales mas brillantes del del siglo XVI, pues no solamente son magníficas las Cartas de relación del conquistador Hernán Cortés, en las que rinde cuenta de sus hazañas al monarca español, o la extraordinaria obra escrita por el soldado Berna! Díaz del Castillo La verdadera historia de la conquista de la Nueva España, sino que son muy de considerarse las obras de algunos religiosos convertidos en cronistas como Bernardino de Sahagún con "su valiosa obra de contenido histórico y antropológico, Historia general de las cosas de la Nueva España, o las no menos importantes de Bartolomé de las Casas Historia de las Indias; de fray Toribio de Benavente Historia de los indios de la Nueva España; de Juan de Torquemada Monarquía indiana; de Jerónimo de Mendieta Historia eclesiástica indiana; de Diego Duran Historia de las Indias de Nueva España e islas de tierra firme o la de José Acosta Historia natural y moral de las Indias.

Fue tal la importancia que se concedió a esta actividad, que algunos hijos de caciques educados a la usanza europea se dedicaron a recoger noticias de sus antigüedades para componer relatos históricos como los que dio a conocer Fernando de Alva íxtlilxóchitl, o los de Hernando Alvarado Tezozómoc, que se publicaron con el nombre de Crónica mexicana. Los trabajos iniciales en el campo de la historia fueron .respetados íntegramente durante el siglo XVII, pero el espíritu científico del siglo XVIII impulsó a varios estudiosos a realizar revisiones históricas, como sucedió con Francisco Javier Clavijero, que publicó su Historia antigua de México con la intención de organizar, compendiar y corregir la historia de nuestros pueblos indígenas.

Las ciencias

Las actividades científicas tuvieron que enfrentarse con serios obstáculos para su desarrollo, entre ellos, los prejuicios de la sociedad colonial, la falta de respaldo de parte de las autoridades tanto civiles como religiosas, así como el aislamiento de los grandes centros de la cultura mundial. Durante el siglo XVI se redujo a unos cuantos aspectos como la historiografía, la medicina y el conocimiento de los vegetales; en relación con este último se alcanzaron logros de primera importancia al recoger el valioso legado de los pueblos prehispánicos, que hizo posible la elaboración de un libro de farmacología, obra del indio Martín de la Cruz traducida al latín en 1552 por Juan Badiano.

En los finales del siglo XVI y principios del XVII surgió la preocupación por nuevas disciplinas como la ingeniería y la cosmografía; de esa corriente científica destacaron algunos personajes como Enrico Martínez y Carlos de Sigüenza y Góngora. El resto del siglo XVII mostró una decadencia de las ciencias y los intelectuales de entonces gastaron su energía en otro tipo de actividades como la literatura, la poesía y otras expresiones artísticas. Se preocuparon también de estudiar las lenguas indígenas, dándose a conocer valiosos trabajos, como el que José Agustín Aldama publicó con el título de Arte de la lengua mexicana.

Contrariamente al siglo anterior, el XVIII muestra un vigoroso desarrollo de las ciencias, y al influjo de las ideas de la Ilustración se forma una pléyade de notables intelectuales que disponen del espíritu enciclopedista de su época, que se manifiesta cuando un mismo personaje se preocupa de las más variadas disciplinas científicas: matemáticas, historia, ciencias naturales, astronomía, medicina, etc. Hombres de este tipo fueron: José Antonio Álzate (1729-1790), Joaquín Velázquez y Cárdenas de León (1732-1786), Antonio León y Gama (1735-1802) y José Ignacio Bartolache (1739-1790), a quienes se debe, en gran parte, el desarrollo de la ciencia moderna en México.

La literatura

Tres distintos estadios vivió la lírica mexicana, uno de ellos el humanismo renacentista, con poetas de la escuela sevillana venidos a México, entre los que se contaron Gutierre de Cetina, Eugenio Salazar de Alarcón y Juan de la Cueva; otro, el barroquismo, que se amparó principalmente en la corriente conceptista, cuyo máximo exponente en la Nueva España fue, a no dudarlo, la extraordinaria sor Juana Inés de la Cruz, y finalmente, el 'neoclasicismo que alcanzó su máxima expresión a finales del siglo XVIII con Manuel de Navarréte.

Según parece, el primer poeta novohispano, a pesar de no ser originario del continente, fue Bernardo de Balbuena, que en su obra Grandeza mexicana, por vez primera ofrece nuevas formas de fuerte expresión americana. Francisco de Terrazas, hijo de uno de los Conquistadores, fue el primer lírico nacido en el país y su obra más importante se publicó con el nombre de Mundo y conquista. Otro importante poeta de la Nueva España fue Antonio de Saavedra Guzmán, que en su Peregrino indiano cantó las hazañas de Cortés durante la conquista.

En la segunda mitad del siglo XVII hace acto de presencia en las letras mexicanas sor Juana Inés de la Cruz, genial mujer que maneja con notable destreza todos los géneros literarios: la prosa, que se muestra espléndida en la respuesta al ataque que con el pseudónimo de sor Pilotea le lanzara el obispo de Puebla; el verso con una considerable cantidad de poesías, de las cuales las más conocidas son sus famosas redondillas; y aun el teatro, en donde muestra toda su madurez intelectual en Los empeños de una casa. Amor es más laberinto y algunos autos sacramentales.

Otro importante grupo de poetas novohispanos actuó en las postrimerías del siglo XVII y gran parte del siglo XVIII; de ellos los más destacados fueron Juan de Arreóla, Francisco José de Soria, Manuel Antonio Valdés, José Manuel Colón y fray Juan de Valencia. Igualmente importante fue el grupo de poetas jesuitas de la segunda mitad de ese siglo, entre ellos Diego José Abad, Francisco Javier Alegre y Rafael Landívar, este último de origen guatemalteco, pero que a pesar de ello logró una magnífica descripción de la-naturaleza y las costumbres del campo mexicano en su obra Rusticatio mexicana.

El teatro tuvo diversas aplicaciones y grandes exponentes en la Nueva España. En los principios de la época colonial se lo empleó con propósitos religiosos para la evangelización de los indios mediante la representación de autos y pasajes bíblicos que facilitaron la comprensión de la doctrina. Tiempo después se cultivó con la aspiración de realizar obras del corte y la importancia de las españolas. En este campo de la literatura, México tuvo la satisfacción de contar con uno de los genios del Siglo de Oro de la literatura española en la persona de Juan Ruiz de Alarcón, que para los primeros años del siglo XVII produjo un teatro de contenido moral en el que destacan obras de la valla de La verdad sospechosa. Las paredes oyen. Los pechos privilegiados, Don Domingo de Don Blas, El tejedor de Segovia y algunas más que han hecho que a Ruiz de Alarcón se lo considere a la misma altura de los grandes escritores de su época: Pedro Calderón de la Barca, Lope de Vega, Tirso de Molina, Miguel de Cervantes y otros.

El arte colonial

Muestra quizá más vigorosamente los rasgos fundamentales de la cultura colonial, pues son notables las influencias indígenas en todo él, como sucede en la arquitectura, en la que la mano de obra de los naturales impuso algunas modalidades y elementos prehispánicos mezclados con los elementos de la arquitectura europea introducida por los españoles. Por la forma de su realización son también frecuentes las mezclas de estilos: románico, gótico y aun algunos elementos mudéjares.

La arquitectura

La actividad arquitectónica fue inmediata a la conquista, no solamente porque había la necesidad de reconstruir la ciudad, sino porque era necesario edificar las poblaciones que habrían de ocupar los conquistadores, así como nuevas ciudades y construcciones donde se pudiera emprender la colonización del país.

Aun cuando resulta difícil lograr una clasificación de estilos arquitectónicos en la Nueva España (por las constantes mezclas de elementos), pueden distinguirse cuatro diferentes estilos: el de la primera época, que se vale de recursos románicos de tipo fortaleza, góticos y mudéjares; el renacentista con la expresión del plateresco; el barroco que degenera en el churrigueresco y el neoclásico de la segunda mitad del siglo XVIII.

Las primeras construcciones se caracterizaron por sus pesadas fábricas, las capillas abiertas, los atrios, las capillas posas y las espadañas en donde se sitúan las campanas. En esa forma se construyeron la mayoria de los monasterios franciscanos como el de México, Huejotzingo, Tepeaca, Calpan, Cuernavaca, Xochimilco, Tlalmanalco, Tzintzuntzan, Pátzcuaro, Acámbaro y Marida. Los agustinos buscaron en sus construcciones menos sobriedad que los franciscanos y desarrollaron el estilo plateresco que muestran los conventos de Actopan, Acolman, Yecapixtla, Ocuituco, Meztitlan y Cuitzeo. Por su parte la orden de los dominicos prefirió el barroco que se contempla en Oaxtepac, Tepoztlán, Azcapotzalco, Coyoacán, Chimalhuacán y Oaxaca. Durante el siglo XVIII se redujo considerablemente el tamaño de la ornamentación del barroco y se cubrió de esa manera la mayor parte de las superficies de los edificios, dando lugar al churrigueresco, que nos dejó magníficos ejemplos en el Sagrario de la Ciudad de México, en la Santísima de Tepotzotlán, en Santa Prisca de Taxco y en el Santuario de Ocotlán.

La arquitectura neoclásica de los momentos finales de la colonia alcanzó su máxima expresión con la obra de Manuel Tolsá; de ella destaca el Palacio de Minería edificado en la calle de Tacuba de la ciudad capital.

La pintura

Los misioneros intentaron valerse de la pintura para auxiliarse en su tarea evangelizadora, haciendo pintar lienzos y paredes con escenas religiosas para explicarlas a los nativos. En otras ocasiones realizaban ese mismo tipo de pintura en los muros de sus monasterios, empleando colores ocre o blanco y negro. También utilizaron la pintura, algunas veces realizada por indígenas, para pintar sus altares y capillas, particularmente las abiertas en las que se oficiaba para grandes núcleos de aborígenes.

El primer pintor de fama que vino a México fue el flamenco Simón de Pereyns (perinés), que llegó acompañando al virrey Gastón de Peralta y que tuvo la virtud de crear la primera escuela de pintura, contando con destacados alumnos como Andrés de la Concha, Alonso de Villasana y Francisco Zumaya. De Zumaya fue discípulo Baltazar de Echave Orio, que casó con una hija de su maestro y más tarde fue a su vez maestro de su propio hijo, el segundo de los Echave, y de Luis Juárez. Todos ellos se mostraron magníficos dibujantes.

En el año de 1633 llegó a México Sebastián López de Arteaga, creador de una nueva escuela que rompe con el renacentismo anterior y se manifiesta como un pintor sombrío con grandes contrastes de luces y sombras. Fue autor de algunas obras famosas: La incredulidad de Santo Tomás, Los desposorios y otras. López de Arteaga fue maestro del tercero de los Echave, Baltazar de Echave y Rioja, de Pedro Ramírez y de Juan Juárez.

En los principios del siglo XVIII los más notables pintores fueron Juan y Nicolás Rodríguez Juárez, Juan Correa y Cristóbal de Viilalpando. Culminó la pintura colonial con la obra de Juan de Ibarra y Miguel Cabrera, cuya misión fue secularizar la plástica, apartándola de la temática religiosa, haciendo motivo de su pintura el retrato y los bodegones.

La escultura

En un principio la realizaron los indígenas siguiendo la tradición prehispánica para aplicar sus obras a la ornamentación de monasterios y templos. En los finales del siglo XVI se trajeron a México algunos escultores andaluces para que tallaran esculturas en madera, las doraran y las estofaran para decorar los altares y retablos de los templos. Durante el siglo XVII la escultura cayó dentro de la expresión barroca y se impregnó de un sentimiento trágico y doloroso que hizo que se realizaran vírgenes y Cristos en los que se evidencia fuertemente esa actitud.

El grupo más importante de escultores novohispanos trabajó en los momentos finales de la época colonial y produjo notables obras que se conservan en el México de hoy; los más notables de este grupo fueron José Zacarías Cora, nativo de Puebla y autor de las estatuas que rematan las torres de la catedral de México; Mariano de las Casas, creador de la escuela de talladores de Querétaro, y finalmente Manuel Toisá, autor de verdaderas obras maestras de escultura entre las que destacan el Ciprés Neoclásico de la Catedral de Puebla y la Estatua Ecuestre de Carlos IV.

Conclusión

En el campo de la cultura, como en otros muchos de la sociedad colonial, se dieron grandes contradicciones que, para los primeros años del siglo anterior, anunciaban la necesidad de romper con las formas viciosas del estado virreinal. La cultura, al igual que la economía y la política, fueron patrimonio casi exclusivo de los sectores privilegiados de la sociedad, que mantuvieron al margen de ella a los grupos humildes de la población nacional. Aun entre esos elevados sectores de españoles y criollos, de alto y bajo clero, se abrieron abismos profundos que permiten explicar la actitud de ellos ante el estallido de la guerra de independencia en el año de 1810.

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