LA IGLESIA CATÓLICA ES LA ÚNICA
DEPOSITARIA
DE LA RELIGIÓN CRISTIANA
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§ 6.º Poderes que Jesucristo dio a su Iglesia Hemos probado que la Iglesia es una verdadera sociedad, y que por este título le es necesaria una autoridad. Esta autoridad es la que une las fuerzas individuales de los miembros y las dirige hacia el un común. Sin autoridad no hay sociedad posible. Hemos probado también que la Iglesia es una sociedad jerárquicamente organizada, y de ahí hemos llegado a comprobar en ella la existencia de esta autoridad. La jerarquía es la subordinación de los poderes. Nos queda por demostrar en qué consiste la autoridad de la Iglesia. La naturaleza de los poderes se determina por el fin de los mismos. Jesucristo Redentor vino al mundo para enseñar a los hombres el camino de la salvación; —para santificarlos mediante la gracia y la remisión de los pecados; —para gobernar Él mismo su Iglesia durante su vida apostólica. Luego Él ejerció en este mundo la triple autoridad de doctor, pontífice y rey. La Iglesia tiene por fin perpetuar visiblemente en la tierra la misión de Cristo, que es la salvación de los hombres. Es menester que herede la triple autoridad indispensable para este fin. La Iglesia ha recibido, pues, de Jesucristo, su fundador, los poderes necesarios para enseñar santificar y gobernar a los hombres. Nuestro Señor Jesucristo dio a Pedro la plenitud de estos tres poderes: Pedro es Doctor infalible, Soberano Pontífice, Virrey del reino de Jesucristo. Los otros apóstoles participan de la autoridad de Pedro: son también pastores de la Iglesia. Unidos al supremo jerarca, constituyen la Iglesia docente, encargada de enseñar, de santificar y de gobernar a los fieles. 145. P. ¿Qué poderes dio Jesucristo a los pastores de la Iglesia? R. Jesucristo dio a sus apóstoles poderes correspondientes a su divina misión. La religión que el Salvador confía al cuidado de su Iglesia docente comprende tres cosas: las verdades que hay que creer, la gracia que hay que recibir, los preceptos que hay que seguir para alcanzar la vida eterna. Por consiguiente, es necesario a los apóstoles un triple poder: 1.º Un poder doctrinal para enseñar las verdades que hay que creer; 2.º Un poder sacerdotal para conferir la gracia; 3.º Un poder pastoral para gobernar a los fieles. Además de esto, Jesucristo es, a la vez: a) Doctor: tiene palabras de vida eterna b) Pontífice: es el Sacerdote de la nueva alianza; c) Rey: su reino no tendrá fin. Este triple poder de enseñar, de santificar, de gobernar, que Jesucristo posee en toda su plenitud, lo transmite a sus apóstoles con las siguientes palabras: «Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra… Como m¡ Padre me ha enviado, así Yo os envío… El que a vosotros oye, a Mí me oye; el que a vosotros desprecia, a Mí me desprecia.» — Quienquiera que desee salvarse debe obedecer a este triple poder: creer en la palabra de la Iglesia, recibir sus sacramentos, seguir sus leyes.
1.º Jesucristo da a su Iglesia el poder de enseñar. Jesucristo confiere a su Iglesia el derecho de predicar, en nombre de Dios, el dogma y la moral, e impone a los hombres el deber de creer en su palabra. La orden de Nuestro Señor es terminante: «Id, predicad el Evangelio… El que creyere se salvará; el que no creyere se condenará.» Luego la voz de la Iglesia es la voz del mismo Dios; creer a la Iglesia es creer a Jesucristo. Inmediatamente después de la venida del Espíritu Santo, los apóstoles usaron de este poder divino. A los que querían prohibirles predicar les contestaron aquella sentencia que debía hacerse célebre y convertirse en divisa del cristiano frente al tirano: «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres: no podemos callar». Pero, ¿por qué esta autoridad absoluta de los pastores de la Iglesia en cuestión de enseñanza? —Si cada cual pudiera interpretar a su gusto la doctrina del Evangelio, bien pronto existirían tantas religiones cuantos son los individuos. Puesto que Jesucristo vino a traer la verdad a los hombres, debió, so pena de no realizar su misión, proveer a la conservación de esta verdad y substraerla a los caprichos del espíritu humano. Por eso estableció una autoridad encargada de guardarla intacta. Jesucristo ordena a sus apóstoles que enseñen, y a los fieles que crean. «Si alguien no oyere a la Iglesia, consideradle como gentil y publicano.»
2.º Jesucristo da a su Iglesia el poder de santificar. El Salvador da a los apóstoles el poder de bautizar las naciones, de perdonar los pecados, de celebrar la Misa en memoria de Él, de administrar los sacramentos. Empero los sacramentos, el Santo Sacrificio, las funciones del culto son los medios de santificación; luego Jesucristo da a su Iglesia el poder de santificar. Los apóstoles ejercen este poder, como se lee en los Hechos, y declaran haberlo recibido del Señor. «A nosotros, dice san Pablo, se nos ha de considerar como ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios». El poder sacerdotal es necesario a la Iglesia. —No le basta al hombre estar instruido en la verdad: necesita valor para practicarla; y este valor no puede hallarlo en sus propias fuerzas, debe buscarlo en Dios. Es Dios quien da la vida sobrenatural, el auxilio de la gracia, y le place darlos mediante los sacramentos. Luego sin el poder divino y sobrenatural de administrar los sacramentos, la Iglesia no podría desempeñar su misión de salvar a los hombres, puesto que sin la gracia es imposible entrar en el cielo. La Iglesia no puede ni aumentar el número ni mudar la naturaleza de los sacramentos; sólo puede reglamentar lo que se refiere a su administración. Ella determina también las ceremonias del culto, del Santo Sacrificio y de la oración pública. 3.º Jesucristo da a su Iglesia el poder de gobernar. — Este poder confiere el derecho de dictar leyes, imponer a los fieles la obligación de observarlas y castigar a los transgresores de las mismas. El derecho de dictar leyes comprende los poderes legislativo, judicial y coercitivo, porque toda ley supone el derecho de dictarla, de juzgar y de castigar a los que no la observan. Jesucristo da este poder a sus apóstoles: «Todo lo que atareis en la tierra será atado en el cielo…» Luego les confiere el derecho de atar las conciencias con leyes. — El poder legislativo es necesario a toda sociedad. En la familia, en la ciudad, en el ejército, en una sociedad cualquiera, es necesaria una autoridad que tenga el derecho de hacerse obedecer. El poder es el alma, es la vida de la sociedad. La Iglesia es una sociedad espiritual y religiosa y, conforme al plan del Hombre-Dios, la más extendida de todas las sociedades. Tiene, por consiguiente, el poder de dictar leyes. Si este poder no existiera, cada uno querría portarse según su capricho, forjarse un culto a su manera: de donde no podría menos de resultar la anarquía. ¿A qué se reduciría entonces la doctrina del Evangelio, la santificación de las almas, la práctica del bien?… —No, la Sabiduría Encarnada no ha podido entregar de esta suerte al azar su Iglesia, depositaria de todas las verdades, de todos los preceptos, de todas las gracias necesarias al hombre. — El poder de dictar leyes es necesario a la Iglesia para explicar el Evangelio. —Y en verdad, la ley del Evangelio no es, como la ley de Moisés, local, transitoria. Como está destinada a todos los pueblos hasta el fin de los siglos, no comprende sino preceptos generales cuya aplicación práctica debe ser determinada, según las circunstancias, por los pastores de la Iglesia. Así, por ejemplo, el Evangelio ordena hacer penitencia: ¿qué penitencia hay que hacer? La Iglesia es la encargada de decírnoslo. — Finalmente, los apóstoles, que son los intérpretes más fieles de las palabras de su divino Maestro, desde el principio se atribuyen la autoridad legislativa: trazan leyes dictan sentencias y castigan a los culpables. La autoridad de gobierno comprende el derecho:
146. P. ¿Debían los apóstoles transmitir a sus sucesores los poderes que recibieron de Jesucristo? R. Sí; estos poderes debían pasar a los sucesores de los apóstoles. Jesucristo les dijo: «Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos.» Esta promesa no podía referirse a los apóstoles solamente, porque debían morir; luego debía extenderse a los continuadores de su ministerio. Luego los poderes de los apóstoles han sido transmitidos a sus sucesores de todos los siglos. Fuera de eso, Jesucristo da éstos poderes a la Iglesia para la salvación de los hombres; luego la Iglesia debe conservarlos mientras haya hombres en la tierra. 1.º La Iglesia es inmortal; no puede terminar con los apóstoles. Es así que no podría existir sin la autoridad, que es su base. Luego los apóstoles, depositarios de esta autoridad, debían transmitirla a sus sucesores, y así sucesivamente, de generación en generación, hasta el último día del mundo. 2.º La transmisión de los poderes apostólicos es un hecho atestiguado por la historia. En los primeros días del cristianismo, los apóstoles establecieron en todas partes obispos, consagrándolos con la imposición de las manos y dándoles la misión de predicar el Evangelio. Estos obispos enseñaron en nombre de Jesucristo, condenaron los errores y dictaron leves. Los fieles aceptaron su autoridad sin discusión: prueba evidente de que creían en la transmisión de los poderes apostólicos.
7.º Prerrogativas inherentes a los poderes de la Iglesia 147. P. ¿Cuáles son las prerrogativas que Jesucristo concedió a su Iglesia docente? R. Jesucristo concedió a su Iglesia docente tres prerrogativas principales: a) La infalibilidad para preservarla de error en sus enseñanzas; b) La independencia para poder ejercer libremente sus poderes sobre la tierra; c) La perpetuidad para conservarse siempre la misma y continuar su misión de salvar a los hombres hasta el fin de los siglos. La autoridad de la Iglesia no puede subsistir ni desenvolverse sin estas tres grandes prerrogativas. Si no tuviera la infalibilidad, podría equivocarse acerca de la verdadera doctrina de Jesucristo y engañar a los fieles. Si careciera de la independencia, se vería cohibida en el ejercicio de su misión. Si le faltara la perpetuidad, no podría extender su acción a los hombres de todos, los tiempos, cuya salvación debe asegurar. a) Infalibilidad de la Iglesia 148. P. La Iglesia docente ¿es infalible? Sí; la Iglesia es infalible: no puede engañarse cuando enseña las verdades que hay que creer, los deberes que hay que cumplir y, el culto que hay que rendir a Dios. Nuestro Señor Jesucristo dijo a Pedro y a los apóstoles: «Id, enseñad a todas las naciones… Yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación de los siglos.» Con estas palabras, Jesucristo prometió a sus apóstoles, hasta el fin del mundo, su asistencia particular en el ejercicio de su enseñanza; y esta asistencia divina implica la infalibilidad; si así no fuera, Jesucristo sería el responsable del error. Hay obligación de escuchar a la Iglesia como a Jesucristo mismo: «Quien a vosotros oye, a Mí me oye.» Pero como es imposible que Dios nos obligue a escuchar a una autoridad sujeta a error, es preciso que la Iglesia sea infalible. La infalibilidad es necesaria a la Iglesia para desempeñar su misión. Es la madre de los cristianos, y debe poder alimentarlos con el pan de la verdad, sin estar expuesta a propinarles el veneno del error.
1.º La Iglesia docente es infalible. —Jesucristo dijo al colegio de los apóstoles, reunido bajo la autoridad de Pedro: «Como mi Padre me ha enviado, así Yo os envío.» Pero Jesucristo fue enviado con el privilegio de la infalibilidad; luego envía el colegio de los apóstoles con la misma prerrogativa. — Jesucristo añade: «Yo os enviaré el Espíritu Santo, Él os enseñará toda verdad». —Es así que el Espíritu tu Santo no puede enseñar a la Iglesia toda verdad sin preservarla de todo error. Luego la Iglesia es infalible. — Jesucristo dice también: «Todo lo que atareis en la tierra será atado en el cielo; todo lo que desatareis en la tierra será desatado en el cielo.» De acuerdo con esta promesa, las sentencias de la Iglesia deben ser aprobadas en el cielo. Es así que Dios no puede aprobar el error; luego las sentencias de la Iglesia han de ser infalibles. — Por último, Jesucristo promete que las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia. Pero si ella no es infalible, el infierno podrá prevalecer contra ella; lo que sería contrario a la promesa de su divino Fundador. Una autoridad con la cual Jesucristo está siempre, no puede engañarse sin que se engañe el mismo Jesucristo; —un poder cuyos hechos debe ratificar el cielo, no puede errar sin comprometer la responsabilidad de Dios; —un oráculo doctrinal cuyas decisiones hay que aceptar bajo pena de condenación, no puede enseñar el error, porque Dios nos impondría la obligación de creer en el error. 2.º Es necesario que la Iglesia sea infalible. —Jesucristo ha confiado a su Iglesia el depósito de la revelación para que lo transmita en toda su integridad a todas las generaciones. Pero ella no lo podría transmitir intacto a los pueblos si estuviera expuesta a engañarse. Y como Dios jamás niega los auxilios necesarios para el cumplimiento de un deber, por eso da a la Iglesia la infalibilidad, que es la gracia de estado indispensable para que pueda ser siempre fiel guardiana del sagrado depósito. Luego la Iglesia es infalible. Toda autoridad, para enseñar, juzgar y gobernar, se atribuye una infalibilidad, supuesta o real. Así, por ejemplo, no hay autoridad en la familia sin la supuesta infalibilidad del padre; —no hay autoridad en la escuela sin la supuesta infalibilidad del maestro; —no hay autoridad en los tribunales sin la supuesta infalibilidad de los magistrados; —no hay autoridad en la sociedad civil sin la supuesta infalibilidad del legislador. Tal es la base esencial. y fundamental del orden social: todo poder es necesariamente considerado como infalible. Ahora bien, la Iglesia no es una academia que emite opiniones: es un soberano que dicta sentencias. Ella manda a la conciencia, exige el asentimiento interior del espíritu. Una infalibilidad supuesta, suficiente para obtener hechos exteriores, no basta a la Iglesia, sociedad religiosa y sobrenatural, para someter las inteligencias; le es necesaria la infalibilidad real. La conciencia no puede someterse sino a la verdad cierta. Para tener el derecho de imponer la fe en su palabra, so pena de muerte eterna, un poder debe estar cierto de que no se equivoca; de otro modo ejercería una tiranía estúpida. La infalibilidad real es una necesidad lógica para toda autoridad que habla en nombre de Dios. Malebranche lo dice con mucha razón: «Una autoridad doctrinal divinamente instituida no se concibe sin la infalibilidad.» «Así, añade Lacordaire, toda religión que no se declara infalible, queda por eso mismo convicta de error; porque confiesa que se puede engañar, lo que es el colmo, a la vez, del absurdo y del deshonor en una autoridad que enseña en nombre de Dios.»
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* Sacado de: La Religión Demostrada del Padre Hilaire.