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Profesiones femeninas


Por: Andrea Lago
Fuente: Mujer Nueva

Existe, sin sombra de duda, una “feminización” de algunas de las profesiones actualmente menos valorizadas por nuestra sociedad y una lucha de las nuevas generaciones de mujeres por salir de ellas.

La enseñanza pre-escolar y de los primeros años escolares; el cuidado de niños y ancianos y algunas profesiones como enfermera, secretaria y asistente social son ejemplo de esta realidad.

Y muchas mujeres jóvenes no optan por estas carreras, no por no desear ejercerlas, sino porque aparentemente corresponden a profesiones de segunda categoría en las que trabajan quienes no “pudieron” hacer otra cosa.

Quién no ha sido testigo de la presión ejercida sobre una buena alumna que al llegar al momento de la opción de carrera recibe amables consejos: “eres inteligente, estudia derecho o medicina; no te dediques a la enseñanza, eso no da para vivir y estarías desperdiciando tu capacidad”.

Porque para buena parte de la sociedad actual, éstos son trabajos y profesiones de poca importancia y, por lo mismo, muy poco valorados. Simples funciones “que cualquiera puede realizar”, que no exigen mucha preparación ni capacidad y, por lo tanto, no merecen mejor retribución económica. Son incomparables con lo que realiza un abogado, un ingeniero o un médico.

Y esto parece ser cierto: no hay comparación entre construir un edificio y formar la mente, el corazón y el espíritu de un niño; tampoco podemos equiparar la defensa de un criminal con la atención esmerada y cariñosa a un anciano o a un enfermo que recibe un trato digno y humano de manos de quien le atiende.

Esta desvalorización puede producirse por varios motivos: porque son mal remuneradas, aunque es difícil saber si esto es consecuencia o causa de su poca valoración; porque no requieren una preparación ardua, aunque los profesionales de la educación deben prepararse constantemente para atender a las necesidades intelectuales, psicológicas y físicas de cada uno de sus alumnos; o porque las consideran carentes de “poder”, sin embargo, una maestra tiene en su poder las mentes de aquellos que en 25 años gobernarán la sociedad, mentes que ella forma y moldea según sus conocimientos y perspectivas.

Si las profesoras de pre-escolar y primaria se pusieran de acuerdo y decidieran inculcar a sus alumnos un determinado hábito, en 30 años el mundo se regiría por estos códigos de conducta.

¿Sin poder?

Debemos revalorizar estas “profesiones femeninas” para que el enorme aporte de muchas mujeres a la sociedad obtenga el reconocimiento que merece y siga siendo realizado positivamente.

La mujer no debe retirarse de estas actividades, son campos en los que puede colaborar eficazmente y tal vez con mejores resultados que los varones en la transformación y construcción de una sociedad más humana y justa.

Una sociedad más cercana al hombre y que no termine por destruirlo. De no hacerlo, la opción por trabajar en la educación de niños pequeños, en la atención de enfermos, niños y ancianos, etc; quedará restringida a aquellos que realmente no pudieron realizar otra cosa.

La actuación femenina mayoritaria en estas áreas se comprende y está totalmente respaldada por las exigencias que estas “vocaciones” presentan y que encuentran respuesta en la misma naturaleza de la mujer. No es accidental que tradicionalmente haya sido ella la que ha desempeñado estas labores.

La psicología nos descubre elementos de la personalidad femenina que le permiten realizar exitosamente estas importantes labores.

Su capacidad de donación y entrega incondicional que la llevan a olvidarse de sí misma para velar por el otro; su visión integral del ser humano y de las circunstancias que le permiten atender al que sufre sin transformarlo en un objeto de estudio ni en un impersonal conjunto de órganos; su capacidad de escucha, de comprensión, de colocarse en el lugar del otro que le facilita colaborar y ayudar con mayor eficacia Y humanismo.

Incluso podemos considerar su constitución física, que la hace menos agresiva a la vista, más accesible e inspiradora de ternura y confianza.

Un niño se asusta más ante un varón que ante una mujer, aunque no conozca a ninguno de ellos.

Recordemos que la finalidad de todo lo que una persona hace debe ser el mismo ser humano, no estamos al mismo nivel que el resto de lo existente sino que poseemos la mayor dignidad y valor intrínseco entre todos los seres vivientes.

Todas las acciones destinadas directamente a colaborar en la formación y educación de una persona son en sí mismas infinitamente valiosas y deben ser consideradas como las de mayor valor subjetivo y objetivo.

En caso opuesto arriesgamos el futuro de las sociedades. La educación, el cuidado de los desvalidos, son fundamentales para la construcción de sociedades que respeten y defiendan al ser humano.

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