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Los Hábitos. 1

La Práctica. 1

La Práctica Interna. 1

Los Pre-Recuerdos. 2

Las Afirmaciones. 3

El Pensamiento Positivo. 4

Programa Tu Práctica. 4

El Plan de Treinta Días. 5

Los Hábitos

Las acciones que menos nos cuesta realizar son las que realiza­mos de forma habitual. La manera más fácil de concederte un deseo consiste en crear un hábito de las acciones que debes realizar para que tu deseo se cumpla.

Puedes crear hábitos nuevos de la misma manera que has creado los que ya tienes, es decir, mediante la repetición. Todos tus hábitos se han formado repitiendo rutinas, una y otra vez, hasta convertirlas en algo natural. Para crear un há­bito nuevo, lo único que tienes que hacer es aplicar el mismo principio.

La Práctica

Cuando yo iba al instituto; intenté unas tres o cuatro veces aprender a tocar la guitarra. Abría mi libro de canciones hasta encontrar una de Bob Dylan, y luego trataba de colocar mis dedos sobre las cuerdas tal como mostraba el libro. Luchaba con las cuerdas y me maltrataba las yemas de los dedos duran­te unos dos o tres días y luego lo dejaba. Un año más tarde, vol­vía a la carga: las mismas canciones, la misma guitarra, el mismo resultado.

En la universidad, conocí a un estudiante de música que se mostró dispuesto a enseñarme a tocar la guitarra, pero con una condición: tendría que practicar al menos veinte minutos al día durante treinta días seguidos para adquirir el hábito. Si yo no estaba dispuesto a practicar, él no estaba dispuesto a enseñar­me. Accedí a sus condiciones y, al cabo de treinta días, ya toca­ba la guitarra.

Mi profesor me enseñó una lección importante acerca de la guitarra, pero me enseñó algo aún más importante acerca de la vida. En treinta días puedes convertir casi cualquier cosa en un hábito si lo practicas solamente unos cuantos minutos todos los días.

Supongamos que quieres salir a caminar todas las maña­nas para conservarte en forma, pero tienes problemas para renunciar a tu rutina diaria, es decir, a tu hábito de leer el periódico. Lo que necesitas es un nuevo hábito para reem­plazar el antiguo. Durante treinta días, sal a caminar cada mañana en lugar de leer el periódico. Puede que al principio te sientas un poco incómodo porque tu viejo hábito aún está presente. Pero hacia la segunda o tercera semana, comenza­rás a constatar que es más natural caminar cada mañana que leer el periódico. Al cabo de un mes de práctica, descubrirás que pasear se ha convertido en tu nuevo hábito.

Si lo intentas y te parece que el nuevo hábito no arraiga, es probable que te hayas saltado un día. Así no funcionará. No puedes saltarte ni un solo día. Si lo haces, tu impulso vol­verá a cero y tendrás que volver a comenzar. Es como dete­nerte cuando conduces el coche por una cuesta helada. Si intentas partir después de haberte detenido, no lo conseguirás, y verás que la mejor solución es deslizarse hasta una parte plana y volver a empezar. Durante aquellos primeros treinta días, si te saltas aunque sea sólo un día de práctica, tendrás que volver a poner el reloj en el día 1 y comenzar desde el principio. La próxima vez, practica todos los días. Cuando llegue el día 30, descubrirás que has creado un nuevo hábito.

La Práctica Interna

Cuando pensamos en la práctica, solemos pensar en lo que yo denomino práctica externa, el tipo de práctica que realizamos con el cuerpo. Pero hay un segundo tipo de práctica, que es igualmente útil cuando se trata de cultivar un hábito nuevo y que resulta mucho más fácil de aplicar. Yo lo denomino practi­ca interna porque se realiza mentalmente.

Tú mismo has llevado a cabo tu propia práctica interna desde que eras niño. ¿Recuerdas cuando tenías que dar una charla ante toda la clase y lo ensayabas una y otra vez mental­mente? ¿O cuando querías pedirle a alguien que saliera conti­go y ensayabas, palabra por palabra, lo que ibas a decir y cómo ibas a decirlo? Si eras atleta, es probable que te imaginaras a ti mismo como campeón. Si actuabas en una obra, te imaginabas interpretando tu papel intachablemente ante una sala abarro­tada. Si pertenecías a un grupo musical, te imaginabas tocando todas las notas correctamente.

Todo esto son ejemplos de lo que los psicólogos llaman visualización. Es una palabreja rebuscada para referirse a la práctica que realizas con tu mente en lugar de tu cuerpo. Las últimas investigaciones en visualización demuestran que a nuestra mente le cuesta distinguir entre una actividad que vi­sualizamos y una que llevamos a cabo realmente. Esto sugiere que te puedes beneficiar tanto de practicar mentalmente como físicamente.

Por ejemplo, los investigadores de la Universidad Estatal de Ohio dividieron a un grupo de jugadores de baloncesto en tres equipos. Cada equipo hizo varios lanzamientos desde el punto de penalización, y los investigadores registraron la puntuación. Durante el mes siguiente, el primer equipo practicó estos lanzamientos durante media hora cada día. El segundo equipo hizo ejercicios de visualización de ellos mismos lanzando durante media hora cada día pero sin practi­car realmente. El tercer equipo no practicó ni visualizó el ejercicio.

Al cabo de un mes, los investigadores volvieron a probar las habilidades de cada equipo, El tercer equipo, cuyos jugado­res no habían practicado ni visualizado la práctica, no registró ningún progreso. El primer equipo, el de los jugadores que ha­bían practicado lanzamientos, mejoró sus resultados en un 28 por ciento. El segundo equipo de jugadores, que habían hecho ejercicios de visualización, pero sin practicar, mejoró en un 27 por ciento, prácticamente lo mismo que el primer equi­po, pero sin haber tocado la pelota.

¿Cómo puede tener nuestra mente un efecto tan podero­so sobre nuestro cuerpo? En realidad, no sabemos la res­puesta. Sólo sabemos que eso sucede, y tú también lo sabes por tus propias experiencias. ¿Alguna vez te has desperta­do repentinamente en medio de una pesadilla, bañado en sudor y temblando de miedo? Todo estaba en tu mente, pero ¿cómo le explicas eso a tu cuerpo? Desde luego una pesadilla es algo no intencionado. Imagínate, pues, lo que puedes lograr cuando tu mente se propone aplicarse conscientemente.

Para practicar la visualización, intenta realizar este sencillo ejercicio. Tendrás que ser lo bastante flexible para doblarte y girarte, de modo que te aconsejo hacer un precalentamiento y ejercicios de estiramiento antes de que sigas (si tienes proble­mas de columna, no hagas este ejercicio y pasa directamente al siguiente). Necesitarás al menos un espacio equivalente a un brazo de diámetro.

1. Ponte de pie y extiende tus brazos hacía los lados como si fueras un avión preparado para despegar. Señala con tus dedos índices. Observa qué señala tu índice derecho. Ahora, gírate todo lo que puedas a nivel de la cintura, conservando tus brazos extendidos, y mira hacia donde señala tu dedo hasta que ya no puedas girarte más. Recupera la posición inicial, deja caer los brazos, respira profundamente un par de veces y re­lájate.

2. Cierra los ojos. En tu ojo mental, realiza el ejercicio que acabas de realizar, pero esta vez girándote aún más allá de donde te detuviste antes. Recuerda dónde señalaba tu dedo ín­dice cuando paraste la primera vez. En esta ocasión, imagínate dónde señalará tu dedo cuando pase más allá de ese primer punto.

3. Abre los ojos y haz en la realidad lo que acabas de visua­lizar mentalmente. Es probable que te gires más lejos la segun­da vez porque te has visualizado haciéndolo. Lo practicaste mentalmente, y tu cerebro interpretó tu práctica mental corno si fuera una experiencia real. Cuando ejecutaste tu segundo giro, fuiste capaz de realizar con tu cuerpo lo que ya habías eje­cutado con tu mente.

He aquí un segundo ejercicio: estira tus brazos hacia el frente, ambos a la misma altura y paralelos al suelo. Cierra los ojos e imagina que alguien acaba de dejar sobre tu mano iz­quierda un cubo de agua, y que tú debes esforzarte todo lo que puedas para sostener el cubo y mantener tu brazo nivelado. En tu mano derecha, alguien desliza una cuerda. Atado al extremo de la cuerda hay un globo grande lleno de helio. A medida que el globo asciende, tira suavemente de tu brazo derecho, mien­tras que tu brazo izquierdo sostiene a duras penas el cubo de agua, que parece volverse más pesado a medida que pasan los segundos.

Ahora, abre los ojos. Es probable que tus brazos ya no estén nivelados uno con otro. Cuando tu mente elaboró estas imágenes (el cubo de agua en una mano y el globo en la otra) tu cuerpo no tuvo otra alternativa que responder. Ese es el poder de la visualización.

Los Pre-Recuerdos

El término visualización es engañoso. La práctica interna con­siste en mucho más que ver mentalmente las imágenes ade­cuadas. También debes experimentar las sensaciones adecua­das, oír los sonidos, gustar los sabores y oler los olores adecuados. Tienes que experimentar tu sesión de práctica mental como si de verdad la vivieras físicamente. Cuanto más realista sea esta práctica mental, con mayor solidez se fijará la «experiencia» en tu cerebro.

En ocasiones, hay experiencias mentales tan poderosas que se viven como recuerdos, y no como algo que acabas de soñar. A este tipo de poderosa imagen mental la denomino pre-re­cuerdo. Se trata de algo que «recuerdas» antes de que suceda, porque quieres que suceda de la manera que la has «recorda­do». Visualizas las imágenes, las sensaciones y los sonidos de tu experiencia y, si los hay, los sabores y los olores con la misma claridad que tendrías sí ya los hubieses vivido.

Los pre-recuerdos constituyen la práctica interna más po­derosa, y rivalizan con los recuerdos que conservas de la ex­periencia real. A tu mente le cuesta tanto establecer la diferencia entre lo que es real y lo que has imaginado, que puedes utilizar los pre-recuerdos para crear nuevos hábitos de la misma manera que has utilizado la experiencia real para crear tus hábitos actuales. Lo único que esto requiere es repe­tición.

Si quieres utilizar los pre-recuerdos para formar nuevos há­bitos, formúlate las siguientes tres preguntas:

1. ¿Qué vería a través de mis propios ojos si estuviese real­mente poniendo en práctica mi nuevo hábito?

2. ¿Qué oiría?

3. ¿Cómo me sentiría?

Supongamos que quieres crear un nuevo hábito de leer por la tarde cuando vuelves a casa del trabajo, para renun­ciar a tu viejo hábito de dejarte caer sobre el sofá a mirar la televisión. En primer lugar, imagínate tu televisor. Luego piensa en tu mano estirándose para apagarlo. Escucha men­talmente el «clic» del interruptor e imagínate el diálogo que se acaba en mitad de una frase para dejar que se instale el silencio,

Ahora, coge un libro interesante. Imagina los espacios de tu casa cuando te mueves en busca de tu silla o sofá pre­ferido, ¿Qué aspecto tendría la sala a tu alrededor? ¿Cómo te sentirías cuando te instalaras en una posición cómoda en esa silla?

Imagina que ahora abres el libro. ¿Qué aspecto tendrían las páginas? ¿Qué textura? ¿Qué ruido harían cuando hojearas el libro? Para profundizar en tu experiencia, piensa en la siguiente pregunta:

¿Cómo me sentiría si realmente estuviese disfrutando de este nuevo hábito?

La práctica interna es un sustituto eficaz de la práctica ex­terna, si bien la mejor manera de crear un hábito nuevo es em­plear ambas. Practica tu nuevo hábito externamente al menos una vez al día. Luego, practícalo internamente al menos una vez al día. Si practicas ambos, adoptarás tu nuevo hábito más rápidamente de lo que jamás imaginaste.

Las Afirmaciones

Existe un segundo tipo de práctica interna, tan simple que cuesta creer que realmente funciona. Se trata de algo que has practicado desde la edad en que empezaste a articular tus primeras palabras.

Aunque nos cueste reconocerlo, todos hablamos con noso­tros mismos. Y, aún más importante, todos nos escuchamos. Los psicólogos llaman a esto afirmación. Con esto, quieren decir que si te dices algo con la suficiente frecuencia, comien­zas a creerlo.

La mayoría de las personas no tenemos problemas para afirmar nuestros defectos. Tiramos sin querer una taza de té y decimos: «¡Qué torpe soy!». Olvidamos llevar nuestro maletín al trabajo y decimos: «¡Sería capaz de olvidarme de mi propia cabeza!». Cometemos un error cobrándole un precio incorrec­to a un cliente y decimos: «¡Toda la vida he sido un desastre para los números!».

Sin embargo, también podemos afirmar nuestros puntos fuertes. Incluso podemos afirmar cualidades que aún no po­seemos, como una manera de desarrollarlas y convertirlas en hábito.

Por ejemplo, si quisieras convertirte en el tipo de persona que salta de la cama todas las mañanas a las seis, te puedes decir: «Adoro levantarme todas las mañanas a las seis, fresco y revigorizado para todo el día». Si eres vendedor y quieres aprender a disfrutar haciendo prospectos para nuevos nego­cios, te puedes decir: «Me fascina trabajar en la búsqueda de nuevos clientes». Si quieres desarrollar el hábito de gestionar mejor tu tiempo, te puedes decir: «Me fascina planificar mí tra­bajo y trabajar en mi plan».

Yo he utilizado las afirmaciones para crear todo tipo de há­bitos útiles. Por ejemplo, detestaba enfrentarme a los problemas. Cada vez que me encontraba con un problema, mi costum­bre era esquivarlo y esperar que desapareciera. Después de cua­renta años escondiendo la cabeza en la arena, entendí que jamás conseguiría lo que quería de la vida hasta que aprendiera a solu­cionar los problemas que se me presentaban. No bastaba con sólo enfrentar los problemas. Yo quería aprender a disfrutar so­lucionándolos, de modo que imaginé el siguiente contrato con­migo mismo:

Durante treinta días, y al menos diez veces al día, me comprome­to a decirme lo siguiente: «Me fascina solucionar problemas». También me comprometo a decirlo con una sincera convicción que no dejará lugar a dudas. Al cabo de treinta días, si todavía detesto solucionar problemas, quedo habilitado para aferrarme a ese hábito el resto de mi vida.

Y entonces me puse manos a la obra. Durante los prime­ros días sentí una resistencia. Cada vez que repetía mi afirma­ción, una vocecilla rabiosa se pronunciaba interiormente: «¿A quién quieres engañar con este truco de la afirmación? ¡Si tú siempre has detestado solucionar problemas!». Yo no podía estar en desacuerdo con eso (y no quería mentirme a mí mismo) de modo que fingía ser un actor interpretando el papel de un personaje que disfrutaba solucionando proble­mas. Antes de que pudiera percatarme, la resistencia desapa­reció.

Al cabo de una semana, comencé a disfrutar repitiendo mi afirmación. Dos semanas después, empecé a sentir impa­ciencia por formularla. Me sentía bien, como si estuviese des­prendiéndome de un pesado fardo cada vez que la pronun­ciaba. Solía repetir mi afirmación más de diez veces al día, sólo para divertirme. Incluso empecé a reír cuando la de­cía, porque me procuraba un gran bienestar. Sabía que si podía aprender a disfrutar solucionando problemas, podía lograr cualquier cosa. No es de extrañar, por lo tanto, que me sintiera emocionado con aquella perspectiva.

Al cabo de treinta días, me di cuenta de que buscaba pro­blemas para solucionarlos. Cada vez que encontraba uno, solía escucharme diciendo: Me fascina solucionar problemas. Y luego, me lanzaba directamente a solucionarlos. Mi afirmación se había vuelto realidad, lo cual me permitió dar un salto cuali­tativo en mí vida.

El primer paso para crear una, afirmación consiste en cer­ciorarse de que apoya tus valores. Si piensas que es inmoral o indeseable, no funcionará (y tú no querrás que funcione). El si­guiente paso consiste en seguir orientaciones similares a las que utilizaste cuando creaste un deseo presentable. Tienes que ser específico. Afirma lo que deseas y no lo que no deseas. Utiliza el presente como tiempo verbal. Procura darle un timbre emo­cional intenso.

El último punto es el que más importa. El verdadero poder de una afirmación proviene de la intensidad de tu sentimiento, no de cuántas veces lo digas. Lo que buscas es una satisfac­ción emocional, no simplemente una repetición. Sin embargo, ¿cómo puedes sentir una emoción a propósito de algo en lo que realmente no crees?

No te preocupes acerca de si crees una afirmación, sino que preocúpate de si quieres creer en ella. Sí quieres creer en ella, intensamente, y la repites con la misma intensidad, no tardarás en empezar a creer en ella, de la misma manera que has creído tantas cosas absurdas y negativas acerca de ti mismo. Sí lo que vas a hacer es llenarte de propaganda de todos modos, ¿por qué no escoger una propaganda que sirva a un objetivo útil? Asegúrate de que tu afirmación contiene palabras relacionadas con lo emocional, como amor y goce, y procura sentir esas pa­labras cuando las pronuncies. La emoción es el ingrediente má­gico que convertirá tu afirmación en realidad.

A medida que pasen los días, descubrirás que es cada vez más fácil adecuar tu comportamiento a tu afirmación. No se trata de forzarte, sino de escucharte a ti mismo. Por ejemplo, sí tu afirmación es «Prefiero comer alimentos sanos», eso no signi­fica que tienes que renunciar a la llamada comida basura inme­diatamente. Escucha tu afirmación. Siéntela. Luego, cambia pro­gresivamente tu conducta cuando se den las condiciones. No tardarás en descubrir que sustituyes con toda naturalidad un dulce por una manzana y un pollo frito por un plato de pasta. Al cabo de treinta días, comenzarás a pensar de manera diferente acerca de lo que puedes comer, de modo que también será natu­ral comer diferente.

El Pensamiento Positivo

Algunas personas piensan que las afirmaciones son lo mismo que el pensamiento positivo, y creen que el pensamiento positivo consiste en engañarse para sentir lo que realmente no sienten. Cuando no les funciona, es decir cuando intentan pensar positivamente pero siguen sintiendo malestar, se frustran y dicen que el pensamiento positivo no funciona, que todo es una mentira.

Lo que sucede es que no lo han entendido. El pensamiento positivo no es una cuestión de engañarse a sí mismo, sino de orientar los propios pensamientos hacía lo positivo. Pensemos en los siguientes ejemplos:

¿La copa está medio vacía o medio llena?

¿Acaso la hora más oscura no es justo la que precede al amanecer?

Hoy día es el primer día del resto de tu vida.

¿Tú eres parte del problema o parte de la solución?

Estos son los grandes clichés del pensamiento positivo. Los escépticos, que no se pueden desprender de su propia manera negativa de ver el mundo, lo han convertido en ob­jeto de ridículo. Sin embargo, esto se contradice con el poder que tienen estas ideas para reorientar tus pensamien­tos. El pensamiento positivo no trata de mentirse a sí mismo, sino de reconocer que existe un aspecto positivo y un aspec­to negativo en toda circunstancia, y que nosotros tenemos el poder de interpretar uno u otro. Podemos escoger la nebu­losa o la esperanza.

Por otro lado, las afirmaciones constituyen la práctica de una nueva manera de pensar. Así como tuvimos que practicar cuando aprendimos a montar en bicicleta porque aquello era extraño e incómodo al principio, tienes que practicar nuevas maneras de pensar porque al principio es posible que te pa­rezcan extrañas e incómodas. Las afirmaciones te permiten llevar a cabo esta práctica y desarrollar nuevas maneras de pensar.

Programa Tu Práctica

Programa la fecha y hora de tus sesiones de práctica, de la misma manera que programas otras citas importantes. Des­pués, respeta tu programación. Si tienes problemas para respe­tar las citas contigo mismo, ese es el primer hábito que tienes que cambiar. Aprende a tratar una cita contigo mismo de la misma manera que tratarías una cita con el presidente de la na­ción. Aunque no hayas votado por él, seguramente no lo harías esperar.

El Plan de Treinta Días

Puedes convertir casi cualquier cosa en un hábito si elaboras lo que yo denomino un Plan de treinta días. Lo único que tie­nes que hacer es decidir cuál es el nuevo hábito que deseas ad­quirir, y luego comprometerte a practicarlo diariamente duran­te sólo treinta días. Si en ese plazo no estás satisfecho con los resultados, renuncia. No hay que insistir.

Asegúrate de programar las prácticas de cada día y respeta tu programación. No te saltes ningún día por tratarse de fines de semana, días festivos o por enfermedad, ni porque hayas te­nido que viajar fuera de la ciudad. No aceptes ningún tipo de excusa por no respetar tu compromiso, ni siquiera por un día. Sí te saltas un día, vuelve a comenzar.

Lo más interesante acerca del Plan de treinta días es que minimiza tu resistencia natural al cambio. No te exiges renun­ciar a nada. Sólo intentas probar algo nuevo durarte un tiem­po. Eres capaz de soportar casi cualquier cosa durante unos cuantos días. Al cabo de treinta días, si no te agrada tu nuevo hábito, tienes toda la libertad para volver al antiguo. Sin em­bargo, es muy probable que para entonces tu nuevo hábito te haría sentir más cómodo que el viejo hábito que has reemplazado. 

Inspirado entre otros por Keith Ellis La Lámpara Mágica –una estrategia para alcanzar tus objetivos. 2001 Urano 8495787008

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