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Mujeres Competidoras


 

Cuando ponemos de relieve la fuerza que existe en el encuentro y la relación con otras mujeres al compartir proyectos, sentimientos, vivencias, nos desplazamos de la rivalidad a la complicidad. Afirmamos nuestro protagonismo al plantearnos el reto de ser leales con nosotras, de tomarnos en serio. Quizá hayamos confiado, ingenuamente, en que determinadas transformaciones se producirían por el mero enunciado de unos principios, o en que la simple repetición de conceptos como «liberación» o «solidaridad» determinados problemas desaparecerían, y con ellos la rivalidad y la envidia, y las relaciones de poder. [1]

 

El Día Después

A diario veo a muchas mujeres que vienen a comprarse ropa, que tanto influye en nuestro estado de ánimo, y he llegado a varias conclusiones, que se cumplen en la mayoría de los casos: cuando vienen dos amigas, y una le muestra o otra como le queda una prenda, la amiga le recomienda que no se la compre, si es que ve que le queda "demasiado bien"; ya que eso la hace sentirse mal a ella misma, la acompañante; en algunos casos, es esa misma amiga quien vuelve al día siguiente a comprárselo ella misma. Algo que casi nunca ocurre con prendas menos favorecedoras. Conozco casos de coincidir ambas, al día siguiente, en la tienda, para comprarse el mismo vestido que, el día anterior, ambas estuvieron “de acuerdo” que no le sentaba bien a una de ellas. [Comentario de una dependienta]

La Competencia Femenina

P 27- 28

Algunos diarios hacen referencia a la competencia femenina como un factor que las impide relajarse en su dedicación y cuidados a su aspecto físico. El problema de fondo lo clavó la escritora Virginia Woolf: «Las mujeres son duras con las mujeres. A las mujeres no les gustan las mujeres.» ¿Será verdad?

«Y es que buscar a un hombre, tenerlo como prioridad, es la solución al descarte que se produce cuando el trabajo es incierto y la fami­lia dudosa,  y cuando ya quedan pocas amigas, o acaso ninguna, todas abismadas sobre su ombligo, como manada de hienas que somos: to­das en busca de la misma presa, hombro con hombro por pura ventaja práctica de supervivencia.» (2089)

Algo más adelante la misma autora de la observación anterior repara en la mirada fría que suelen cruzarse las mujeres y que revela la interiorización de un hábito, lamentable, de competencia y disgusto entre ellas:

«Esta tarde le he preguntado a Ernesto si se había dado cuenta alguna vez de cómo se miran las mujeres en los pasos de peatones, cómo se revisan unas a otras con envidia o desprecio. »

P 29

«¿Por qué empeñarnos en ser perfectas físicamente, por qué no pensar en cómo plantar cara a quien se atreva a criticar nuestro aspecto? Me gustaría disponer de un megáfono y decirlo a los cuatro vien­tos. Claro que también me gustaría que todas las mujeres pudiéramos levantarnos de la segunda fila en que estamos sentadas y jugar el mis­mo papel que los hombres en la historia. Algunas ya lo han hecho, pero apenas tenemos conocimiento de ello.» (1227)

P 29-30

Como siempre, las propias mujeres son las mejores aliadas del enemigo. Leamos un fragmento del diario de una mujer casada que dejó de trabajar al llegar los hijos. Es largo y muy bueno:

«Pienso en el trabajo perdido, en las compañeras entrando en la oficina y tomando sus cafés con sacarina, sus piernas cruzadas, alargan­do los minutos como una goma elástica que va de las ocho a las nueve, de las nueve a las diez, y así hasta el mediodía en que salen a la calle con adioses y hasta luegos pensando en comer rápido aunque sano, y volver a estirar la goma de las tres a las cuatro, de las cuatro a las cin­co, y así hasta la noche temprana que se abate sobre ellas y las dirige tal vez a casa, tal vez a las copas de los bares o a los brazos de hombres anodinos que les dirán: "¡Qué bella!", que les dirán: "Te quiero." Y ellas no sabrán ver la falacia o la mentira, porque tendrán los ojos engaña­dos por su insultante juventud, esa juventud que tanto las distanciaba de mí, que las hacía arrinconarme, tenerme un falso respeto que me do­lía en los adentros como un grito que dijera: "Estás muerta, ni nos mires."» (331)

La autora del siguiente texto tiene 50 años y lucha por mantener­se en forma intelectualmente, pero admite la tentación de la oferta imperante, irresistible, aunque la viva de forma contradictoria: ¡«Me gustaría que la estética me importase menos, y algunas veces, cuando me compro ropa que no necesito o una crema cara, vuelvo a casa y me digo: no, nunca más, no soy tan frívola ni una fashion victím.» (1291)

Es un testimonio que coincide con el expresado por la escritora norteamericana Erica Jong en su último libro, ¿Qué queremos las mujeres?, cuando formula sus propias inseguridades: «Siempre he vivido como una contradicción mi condición de intelectual y mi deseo de estar guapa. Creía que no era posible conciliar ambas experiencias.» Y Erica Jong plantea otra contradicción de mayor calado al expresar la incomodidad de ver cómo envejece su aspecto cuando la experiencia y los años le han proporcionado una libertad interior impagable, justo cuando se siente mejor por dentro se ve peor por fuera. Por ello deci­dirá someterse a un estiramiento:

«Me sentía como la princesa Langwidere de Oz quitándose una de sus treinta cabezas para sustituirla por otra. (...) No es una cara joven, pero sí una cara nueva. Es una luna sin cráteres. ¿Qué código moral he transgredido para sentirme tan culpable? »

[2] Mi Vida Es Mía.- 2363 Mujeres Descubren su Intimidad a partir de sus Diarios Personales. Págs. 27 a 30


NOTAS

[1] Malas.- Rivalidad y complicidad entre mujeres. por Carmen Alborch. Ed. Aguilar pág. 16.

[2] Mi Vida Es Mía.- 2363 Mujeres Descubren su Intimidad a partir de sus Diarios Personales

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