P 27- 28
Algunos diarios hacen referencia a la
competencia femenina como un factor que las impide relajarse en su
dedicación y cuidados a su aspecto físico. El problema de fondo lo clavó la
escritora Virginia Woolf: «Las mujeres son duras con las mujeres. A las
mujeres no les gustan las mujeres.» ¿Será verdad?
«Y es que buscar a un hombre, tenerlo como
prioridad, es la solución al descarte que se produce cuando el trabajo es
incierto y la familia dudosa, y cuando ya quedan pocas amigas, o acaso
ninguna, todas abismadas sobre su ombligo, como manada de hienas que somos:
todas en busca de la misma presa, hombro con hombro por pura ventaja
práctica de supervivencia.» (2089)
Algo más adelante la misma autora de la
observación anterior repara en la mirada fría que suelen cruzarse las
mujeres y que revela la interiorización de un hábito, lamentable, de
competencia y disgusto entre ellas:
«Esta tarde le he preguntado a Ernesto si se
había dado cuenta alguna vez de cómo se miran las mujeres en los pasos de
peatones, cómo se revisan unas a otras con envidia o desprecio. »
P 29
«¿Por qué empeñarnos en ser perfectas
físicamente, por qué no pensar en cómo plantar cara a quien se atreva a
criticar nuestro aspecto? Me gustaría disponer de un megáfono y decirlo a
los cuatro vientos. Claro que también me gustaría que todas las mujeres
pudiéramos levantarnos de la segunda fila en que estamos sentadas y jugar el
mismo papel que los hombres en la historia. Algunas ya lo han hecho, pero
apenas tenemos conocimiento de ello.» (1227)
P 29-30
Como siempre, las propias mujeres son las
mejores aliadas del enemigo. Leamos un fragmento del diario de una mujer
casada que dejó de trabajar al llegar los hijos. Es largo y muy bueno:
«Pienso en el trabajo perdido, en las compañeras
entrando en la oficina y tomando sus cafés con sacarina, sus piernas
cruzadas, alargando los minutos como una goma elástica que va de las ocho a
las nueve, de las nueve a las diez, y así hasta el mediodía en que salen a
la calle con adioses y hasta luegos pensando en comer rápido aunque sano, y
volver a estirar la goma de las tres a las cuatro, de las cuatro a las
cinco, y así hasta la noche temprana que se abate sobre ellas y las dirige
tal vez a casa, tal vez a las copas de los bares o a los brazos de hombres
anodinos que les dirán: "¡Qué bella!", que les dirán: "Te quiero." Y ellas
no sabrán ver la falacia o la mentira, porque tendrán los ojos engañados
por su insultante juventud, esa juventud que tanto las distanciaba
de mí, que las
hacía arrinconarme, tenerme un falso respeto que me dolía en los adentros
como un grito que dijera: "Estás muerta, ni nos mires."» (331)
La autora del siguiente texto tiene 50 años y lucha por
mantenerse en forma intelectualmente, pero admite la tentación de la oferta
imperante, irresistible, aunque la viva de forma contradictoria: ¡«Me
gustaría que la estética me importase menos, y algunas veces, cuando me
compro ropa que no necesito o una crema cara, vuelvo a casa y me digo: no,
nunca más, no soy tan frívola ni una fashion victím.» (1291)
Es un testimonio que coincide con el
expresado por la escritora norteamericana Erica Jong en su último libro,
¿Qué queremos las mujeres?, cuando formula sus propias inseguridades:
«Siempre he vivido como una contradicción mi condición de intelectual y mi
deseo de estar guapa. Creía que no era posible conciliar ambas
experiencias.» Y Erica Jong plantea otra contradicción de mayor calado al
expresar la incomodidad de ver cómo envejece su aspecto cuando la
experiencia y los años le han proporcionado una libertad interior impagable,
justo cuando se siente mejor por dentro se ve peor por fuera. Por ello
decidirá someterse a un estiramiento:
«Me sentía como la princesa Langwidere de Oz quitándose
una de sus treinta cabezas para sustituirla por otra. (...) No es una cara
joven, pero sí una cara nueva. Es una luna sin cráteres. ¿Qué código moral
he transgredido para sentirme tan culpable? »
[2] Mi Vida Es Mía.-
2363 Mujeres Descubren su Intimidad a partir de sus Diarios Personales.
Págs.
27 a 30
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