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Señal
Bien, pensó, es como en la frase "Dios es argentino, pero atiende en Buenos Aires". Nunca mas cierto. Aqui estoy. Un extranjero en mi propio país, tratando de huir de mi destino. Pensó que eso estaba bien. Huir del destino, o de lo que fuera, en realidad era una forma de encontrarlo nuevamente adelante, después de un largo rodeo, por cierto. Pensó en los tres viajes que había tenido que hacer. Toda la noche durmiendo en esos colectivos de línea. El mareo de la velocidad, la ruta oscura regada de luces veloces, las ganas constantes de vomitar, acurrucado como podía en el asiento y, para peor, el baño clausurado. Pensaba en el tipo ese en la parada de Villa María, riendose solo a su lado en el bar. No olía muy bien asi que había tenido que levantarse e ir a respirar el aire frío de Julio. Solo en la plataforma de la terminal había descubierto qué limpio era el aire del campo a las dos de la mañana. Pensó en la médica que había venido a su lado (¿era ese viaje o el anterior?), gorda y plácida, desparramada en el pequeño asiento que debían compartir por catorce horas. "Entonces, has decidido ser pobre", respondió cuando él le dijo que pensaba dedicarse a la investigación. "Este es un pais muy pobre para permitirse el lujo de hacer ciencia", dijo ella, parafraseando en reverso a algún ministro hindú. Se sentía expuesto despues de haber escuchado eso. Alguien profunda, irremediablemente equivocado y confuso, remando contra las corrientes de la Historia. Pensaba en todas esas cosas, pero en realidad no pensaba en nada. Le daba la mismo. Sólo estaba cansado y quería olvidarse de ese lugar adonde había nacido y crecido y perdido años enteros en la Universidad, escuchando a profesores tan ignorantes como él mismo y a estudiantes exaltados por los goces perdidos del comunismo. Quería olvidarse de la miseria, escapar del desempleo, aprender nuevas costumbres, sonreir y llenarse de todas esas buenas intenciones de las que se llenan los que se van. Quería volver a casa con el pasaporte sellado, listo para abordar el avion salvador que lo alejaría de la desesperación. Quería sacarse esos malditos zapatos de veinte dolares. ¿Era desencanto? No. Apenas rabia de las cosas que nunca fueron ni serían. Eso ocurre comunmente al final de la adolescencia, pero no a los treinta. "¿Será normal?", se preguntó. Sacó el walkman, que sabe Dios quién pagaría, y se colocó los auriculares. El ruido prosaico y monotono de Buenos Aires fue reemplazado por el vacío de un estudio en Londres, adonde Marillion registrara "Script for a Jester Tears", canciones perfectamente envejecidas y, por lo mismo, intemporales. El CD aterrizó sobre "Forgotten Sons" y comenzó a desarrollar diez minutos de esa canción desesperada y terrible adonde se nos recuerda que "somos mortales y los mortales sólo pueden morir", plagada de silencios y guitarras infernales y coros de monjes recitando versos acerca de la masturbación y el abandono. Recordó a su madre muerta y fue como si el sol se hubiera escondido tras bandadas de palomas. Un intenso frío le recorrió las piernas y se acurrucó aun mas en el asiento de piedra, como si una corriente de viento polar hubiera atravesado la plaza. Una pareja madura se sacaba fotos usando el teatro como fondo. La luz no era buena y los rayos oblicuos del sol hacían parecer todo mas frío y desolado de lo que era. "No quiero esa vida", se dijo. Su madre había muerto una muerte anonima en un anónimo hospital atendida por enfermeros anonimos. No pudo decirle nada parecido a un adios. La última vez que había hablado con ella por telefono había sido por error, tratando de contactar a su hermana. No se habían dicho nada en especial. De hecho, apenas se hablaban en los últimos dos años. Después, ella había enfermado de repente y en menos de veinticuatro horas, ya no estaba. Alguien murmuró cosas como mala praxis, irresponsabilidad, paciente de alto riezgo. Todas las palabras y las definiciones eran ahora completamente inútiles y especificamente irrelevantes para describir eso que pasaba llamado Vida y Muerte. Su padre se perdía y no sabía dónde estaba ni porqué. Su hermana menor, ya casi no vivía de día y paraba en la casa sólo para dormir o comer, con sólo trece años. La casa estaba llena de perros y gatos. Los articulos de la cocina se mezclaban salvajemente con las herramientas del auto y había una escalera de pintor, enmohecida y sucia, en medio del living con sillones despanzurrados. Su hermana mayor no encontraba rumbo entre todas esos hechos y objetos desparramados a lo largo del tiempo. "¿Quién junta los pedazos de un hogar destrozado?", se preguntaba sobre las voces que se escapaban de los auriculares. Sólo queria huir y olvidarse. Dormir durante diez años y despertar cuando todo estuviera reducido a cenizas y el viento se hubiera calmado. Pero no podía. El sólo pensarlo producía nauseas. El paso del tiempo producía nauseas. Los milenios acumulados, aparentemente sin sentido, producían nauseas, mas profundas aún que las de la simple existencia. La paloma se posó adelante, a unos cuatro metros, sobre el borde de cesped. En ese momento, la canción entraba en su climax final y las palabras "forgotten sons" se repetían contra un fondo tortuoso y estremecedor. La idea lo asaltó de improviso. "Yo también soy un hijo olvidado". Algo muy parecido a lástima de si mismo. Pensó, sin querer, en eso. Toda su vida había estado consolandose con el papel de víctima. Pero ahora era distinto. Pensó que tal vez ahora podría hablar con ese espiritu, ahora que había partido, ahora que ya no era su madre, ahora que ya no era algo humano. Hablar sin las ataduras de la carne, ni del rol impuesto por la herencia y las costumbres. Hablar sin esperar un silencio por respuesta o algo peor. Hablar sin la interferencia del miedo o la desilución. Como nunca había hablado con ese ser, siempre distante, siempre admonitorio, siempre peligroso. Miró a la paloma, quien se acercaba despacio, picoteando invisibles puntos en el piso. Pensó "si estás alli, al menos, dame una señal". El animal se detuvo y lo miró. "Si estas alli, dame una señal" El ave comenzó a acercarse, con su caracteristico movimiento de cabeza, hasta quedar casi a sus pies, siempre picoteando aqui y allá. La distancia que los separaba era de apenas un metro, no mas. "Si estas alli, dame una señal" Como si el ave comprendiera sus palabras se acercó un poco mas, movió la cabeza levemente a un costado, de pie sobre el cemento del paseo y lo miró, por un instante, único y fugaz. Un escalofrío de magia le recorrió la espalda. La canción terminaba, desvaneciendose por fin en el amplio ambiente del parque y sólo le quedaba su propio silencio interior y el ruido del tráfico a lo lejos. Un niño llegó corriendo por el paseo, haciendo todo el ruido posible con sus botas. La paloma se elevó con el resto de la bandada. En un instante ya no estaba allí. Es increible el vacío que una paloma deja en el espacio de los recuerdos. El se quedó mirando a lo lejos, sintiendo el halo de un portento aún por producirse. Las aves dieron una vuelta rasante sobre la plaza y se dirigieron hacia el sur, oscuras y leves en el smog sucio de la mañana. "Esta bien, pensó, eso fue una señal". Como una rama de olivo después de la tormenta. Pero, supuso que sería dificil conseguir olivo volando sobre los techos de una ciudad tan grande.
Daniel Montoya©1999
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