Parte IV-Verificación


Fiesta de los sentidos

Me encontré de pié en la antesala de un laboratorio del segundo piso, en la Universidad de Chile, admirando el cuidadoso trabajo que alguien había realizado en esos azulejos, preguntándome si debería esperar mucho tiempo más a quien poder entrevistar. Una tarde terriblemente densa y calurosa.

Entonces entró Flavia, de jeans gastados, polera negra y ese cabello de un rubio indefinido cayendo a los costados de su rostro. Llevaba una bolsa de plástico blanca. La dejó en el suelo frente a ella, mientras se acomodaba en el único sillón de la antesala vacía sin siquiera mirarme. Comenzó a revolver dentro con cierta prisa, mientras llamaba a Adrián, el ayudante que me había atendido. El apareció en la puerta con los lentes sobre la barbilla, colgando de las orejas. Ella, en tanto, descubría una cabeza ensangrentada envuelta en varias capas de bolsas. Una cabeza de ternero con los ojos muy abiertos y la lengua asomando en la punta del hocico ennegrecido.

-Trae formól. - dijo ella, mientras tomabaa por debajo el cráneo y la sangre chorreaba por su mano pálida.
-No hay. Tendría que preparar. - dijo Adriián, moviendo una palma arriba y abajo del marco de la puerta.
-Y ¿qué esperas?. - Adrián desapareció denntro del laboratorio.
Ella me miró un par de veces, aun sin saludar. Notó que me encontraba algo confundido e incómodo. No dijo nada, cruzó de dos zancadas hasta el baño y comenzó a lavarse. No lucía muy amigable.
- ¿Le impresiona? - Me preguntó. Yo no resspondí. Examinaba la cabeza de ternero. La piel del cráneo se notaba suave y despedía colores tornasolados ante la luz que entraba por los ventanales. Adentro se oían los frascos de vidrio y las canillas que abría Adrián preparando las substancias. Pronto, el olor del formaldehído inundó todo el lugar. Flavia salió del baño y se dirigió hacia mi llevando las manos en la cintura, con ojos inquisitivos. Note que, a su manera, era hermosa. Antes de llegar a mi lado, se detuvo, pareció tener la súbita memoria de algo y regresó sobre sus pasos. Cerró la puerta del baño desde adentro.

Al salir, me encontró mirando aún fijamente los despojos en la bolsa. Ella, sin prestarme atención, tomó la bolsa y la llevó dentro.
- Qué se le ofrece? - preguntó al salir, ccon tono profesional, perfectamente dueña de la situación. Me hizo sentir como un niño.
-Lamento molestarla - respondí.- Soy perioodista y desearía hacerle algunas preguntas.

Ella parecía no prestar atención. Miraba las manchas que quedaran en el piso.

-Nos cuesta conseguir el material para traabajar, como verá. Es muy difícil tener acceso a éstos mamíferos tan grandes desde un laboratorio que está en el medio de una ciudad como Santiago -Increíblemente, su acento parecía más suave y podía entender todo lo que decía sin demasiado esfuerzo- Siéntese, por favor, y cuénteme qué es lo que puede interesarle a la prensa en un laboratorio de neuroanatomia comparada.
-En realidad, no es sobre la neuro...
-Neuroanatomía comparada.
-Eso, gracias. No es por eso por lo que laa molesto, sino por su opinión acerca del presupuesto estatal de éste año para Educación, donde se incluye el presupuesto de Investigación y Desarrollo ¿no es cierto? - Ella asintió con la cabeza- Como usted sabe, hubo importantes recortes y aumentos inexplicables en el de Defensa, por ejemplo. -Entrecerró los ojos y frunció los labios observándome.
-Me parece que no soy la más indicada paraa responder esas preguntas -dijo, mientras ponía las manos abiertas sobre su regazo.- Hay gente aquí con más experiencia en investigación que yo, más aún, gente capacitada para opinar sobre política universitaria...
-No se preocupe, por favor -la interrumpí--. Para el artículo que planeo, necesito la opinión de gente que esté involucrada directamente en el tema, gente de todos los niveles. Es para obtener un punto de vista general al respecto. ¿Me entiende? -Ella asintió con la cabeza.
- Siendo así, adelante pues. Espero que mii opinión le sirva. Pero le advierto que mi punto de vista puede ser muy subjetivo.
-Lo tendré en cuenta. - Saqué el pequeño ggrabador del bolsillo interior del saco y lo encendí delante de su rostro.
-Bien. ¿Podría preguntarle en qué trabaja su laboratorio y en qué medida afectaría su tarea una reducción del actual presupuesto?.
-Su acento es raro -dijo- Oh! Lo siento, llo siento! -se retractó- Olvidé que estaba grabando.

Le repetí la pregunta. Entonces ella me lo explicó todo. Lo hizo - ahora lo sé- como sólo ella podría hacerlo. Con detalles inenarrables y descripciones indescriptibles, con un ajuar de términos científicos y médicos que jamas podría imaginar que existieran y que se refirieran a cosas exactamente dentro de nuestra cabeza. La única palabra que pude reconocer fue amígdala. Pero la derivación de la narración me hizo vislumbrar que no se refería, por supuesto, a las amígdalas que yo creía conocer, sino a otras más oscuras y prodigiosas.

En un momento, cuando pareció terminar, la interrumpí para invitarla a seguir su descripción frente a un par de tazas de café.
-Me parece realmente interesante lo que haace. Realmente grande -le dije, sin haber entendido una palabra, mirando dentro de esos ojos azules, como dos lagunas de coral adonde nadar en busca de perlas.

-Más grande es, sin embargo, la evolución de las aves a partir de los reptiles jurásicos - me respondió y quedé perplejo mirándola aún mas extasiado - No me mire así y vamos. No tengo toda la tarde para perder.

Ya en el bar, me perdí en la contemplación de cada uno de sus gestos, cada una de las líneas de su rostro, con la intención explícita de aprenderlas de memoria, con el fin implícito de compararlo con aquel otro rostro que hacía tiempo había olvidado. Y ella hablaba, con gestos medidos, pausadamente. Modulando cada palabra, como pesándolas para encajar en un todo armonioso y único.
-Pero... ¿me está oyendo realmente? -preguuntó de repente- ¿En qué está pensando?
- No voy a mentirle, doctora -le dije, bajjando los ojos y revolviendo por enésima vez el café instantáneo que nos habían traído- Pienso en un fin de semana en las montañas, antes que la primavera avance y se lleve toda la nieve. ¿Qué opina? -Esta vez, logré sorprenderla. Se quedó mirándome fijamente, por primera vez desde que nos sentáramos, mientras la taza de té humeaba entre sus manos y las volutas de humo ocultaban el brillo de sus ojos coral.
-Opino que debería hacerlo, aun está a tieempo. Además hace unos días hermosos últimamente -continuó con tono casual, tratando de seguir interesada en algo especial que ocurría en el transito afuera, entrecerrando los párpados, pero el mensaje había sido recibido.
-No estoy hablando de ir solo -volví a ataacar- digamos que es una invitación formal. Nesecito alguien que me enseñe a esquiar.

Dos horas después, la esperaba a la salida de la Universidad. Bajamos, caminando despacio, por Independencia hacia la estación del metro, secretamente unidos en una idea, por entre los comercios callejeros que comenzaban a establecerse a esa hora en las veredas grasientas, hablando a los gritos por sobre el ruido del tráfico y la gente. A esa hora en que comienza a refrescar en Santiago.

Le robé el primer beso en un descanso de las escaleras del metro, mientras terminaba de buscar en su bolso los tickets blancos. Como al descuido, ella se quedó quieta, un poco rígida, fingiéndose sorprendida, mientras mi brazo se deslizaba por su espalda. Una espalda firme y cálida bajo la fina polera que remarcaba su busto.

Nubes de colegiales comenzaban a rodearnos desde todos los rincones. El tren llegaba y vomitaba gente desde el interior de su vientre y nosotros de pie allí, entorpeciendo el desenvolvimiento de la tarde. El resto, es una historia conocida. Allí fueron los momentos de magia y abandono irrecuperables.

Tiempo de deshielo

La visión de la lluvia sobre la avenida. Hojas desgastadas deambulando sobre las superficies lisas. Planicies de todo vacío. Nadie, hasta donde se pierden los ojos. Los Andes dominando toda la visión y la ruta que se mete en sus entrañas. Un destello que dura milisegundos. Luego el trueno que huye dejando un profundo rumor de miedo. Un árbol raquítico contra el cielo gris en la barranca. Casas blancas trepadas a las laderas pardas. Hay un agujero en el suelo por donde se filtra el agua que fluye. Agua del deshielo anunciando la primavera. Luego, el sol aparece en una curva.

Debimos dejar el auto por falta de combustible, así que decidimos seguir a pie. No importa. Seguimos, como siempre, hacia arriba. Subimos la pendiente del cerro tomados de la mano, siguiendo la guía de la aerosilla abandonada. Falta el aire. Abajo, en el hueco de las montañas, se adivina Santiago bajo una nube de smog. Las inútiles botas para nieve empantanándose y sus gritos sordos, sin ecos, llevados por el viento. La tomé en mis brazos en un momento, cuando parecía imposible que diera un paso más. Adelante, recortada contra el cielo ahora azul profundo, se veía la ruta apareciendo nuevamente de sus locos rodeos. La estación de esquí de Farallones se divisaba cercana desde allí, adornada de banderas y del brillo lustroso de los carros estacionados en fila. Pero las distancias engañan la mirada y los desniveles nos hacen creer que algo puede estar mas cerca o mas lejos de lo que en realidad está. Nos faltaban aún cuarenta minutos de ascenso forzoso.


Habitación 14, al final del pasillo. La siesta fría y lenta, pegada a los vidrios. Ella elige la penumbra, la luz justa para el amor, y nos perdemos en un abrazo tembloroso, ligero. Y entonces es el sabor de la carne blanca y sagrada conquistada por la brisa; es el gemido liberado en trance y los ojos entornados de la caricia osada; es el perfume de menta, los dedos que titubean ante el roce de lo inexplorado; el encaje blanco y mudo; y es la entrega y la victoria de las lágrimas pugnando por salir envueltas en grito. Grita, gime y su rostro se vuelve a la pared. Recuerdos futuros: La luz facetada de la ventana, el brillo de aceite en los muslos entreabiertos, su aliento entrecortado y frágil, su lengua fría e inquieta en los rincones y un animal húmedo y tibio descansando entre sus piernas. Algunos le llaman ternura. Testigos: un viento paralizante sacudiendo las aberturas después de la medianoche; la silueta de las montañas recortadas en las ventanas; su ropa flotando en la habitación; su aliento. Por último, las pesadillas.

Daba vueltas en la cama y allí estaban, las llamas. Siempre elegantes e inquietas. Las veía desde todos los ángulos. Con el paso del tiempo, la visión se había perfeccionado y ahora, las imágenes eran cada vez más nítidas. Tenía, además, un mapa mental de la playa de Viña a esa altura, y todo, el cerro con el reloj de las flores, el canal, la mansión del presidente, las mareas, todo, se ajustaba a las diferentes rotaciones que el sueño le imprimía a las imágenes para mostrarme vistas aéreas, travellings, zooms, rotaciones diversas. Al parecer, mientras dormía, mi cerebro se convertía en un simulador tridimensional incapaz de repetir otro demo. Mis gritos nos despertaron a ambos. Las cortinas de la habitación estaban corridas y una luna voluptuosa se derramaba sobre las mantas. Ella me abrazó en la oscuridad, notó que sudaba. Me preguntó qué pasaba, le describí a medias mi pesadilla, y mientras lo hacía, traté de obviar toda mención a sus causas conocidas. Solo me aferraba a ella y sentía mis ojos húmedos. La oía hablar recostado sobre su pecho, su respiración y su acento suave contra el silencio de la noche. La luz fantasmal. Eso me devolvía la calma. Pero la calma, sabemos, sólo se alcanza con la muerte.

A pesar de mis pesadillas, comenzamos una relación extraña, paradójica, llena de fantasías que cumplíamos sin demora. Ambos sintonizados en el mismo estado. Pasábamos largas horas sentados en los bares sin decirnos nada, mirándonos en silencio, como en cualquier novela barata. Nuestra luna de miel nos había abierto espacios nuevos para explorar, nuevas cosas en común, nuevas manías y así logré, al menos por un tiempo, dejar de sentirme un intruso en mi propia existencia. Dejábamos la realidad colgada en cualquier perchero de hotel y durante dos horas la vida nos pertenecía por completo. Ella no era ella, yo no necesitaba ser yo mas de lo necesario. Éramos sólo dos seres compartiendo un minuto infinito.

Sin embargo, todas las rosas se marchitan y los veranos traen tormentas malévolas, la belleza termina en la adultez y el genio en una boardilla. Todo tiene un inmenso final pendiente. Ella me decía: "ustedes, los hombres, siempre están ocultando algo. Lo hacen, tal vez, para parecer más interesantes o para dominar el juego. Lo cierto es que una se siente un poco en manos de un pequeño aprendiz de psicópata, oyendo lo que quiere oír, viendo lo que quiere ver." Yo, simplemente, sonreía y le devolvía sus frases invertidas. No comprendía de qué forma podía intuir tanto. A veces le hacía notar el hecho que, comúnmente, también las utilizábamos y luego las dejábamos, preñadas y abandonadas. Ella repetía que sólo era un caso particular dentro de ese más general que ella enunciaba. Le dije: "parece que no puedo hacer bien las cosas nunca, no hay nadie con quien pueda llevarme bien durante algún tiempo. Lo siento, en todas mis relaciones me porto igual"


Las siguientes son algunas copias de cartas enviadas de las cuales no parece haber respuestas. Las mismas se completan con notas tomadas de los cuadernos de Liedsson que parecen cerrar la historia sugerida por las mismas.


"Flavia: ¿Debo escribir algo? ¿Qué sentido tiene poner la frustración en tinta? ¿Quién se beneficia con eso?. No sé ninguna respuesta. Cuando me siento mal, lo único coherente que puedo hacer es escribir, para aclarar las ideas y no matar a nadie. Por eso, esto no es una carta de amor."

Hoy, otra vez. Me levanté esperanzado, con la idea de verte, de compartir alguna (la poca y casi nula) intimidad que conseguimos; había algo de sol entre las nubes; esperanzado que al menos cambiaríamos por unas horas nuestros encuentros de shopping y muchedumbre por el silencio del nido artificial; pensando que eso podría ayudarme a estar mas cerca tuyo. Error.

Hoy, otra vez, sonó el teléfono con tu voz al otro lado cuando menos la esperaba y eso, según la experiencia, sólo puede significar malas noticias. Por supuesto, lo eran. Trataste de apaciguarme de entrada, lo recuerdo claramente, y el hecho de saber que lo estabas haciendo me enfureció. Eso fue suficiente (más allá de que siempre hay algo o alguien que tiene el turno anterior al mío). Tuve ganas de colgar, como un gesto definitivo, para subrayar el despecho, la desilusión. Aun no lo he hecho y no me explico porqué. De todas formas, no voy a llamarte, no voy a preguntarte "cuando nos vemos entonces?" (siempre el mismo idiota), ni nada que se le parezca. Pienso que es tu turno, porque, otra vez, (oh! casualidad) siento que tengo razón. Y debo mimar mi orgullo de vez en cuando."

Hoy, otra vez, como siempre, no puedo ni debo reprocharte nada, porque tú también tienes razón, supongo. Pienso que no estoy en la mejor posición para exigirte ningún renunciamiento. Eso es cierto. Pero la vida, mi amor (puedo llamarte así?), si es que somos libres, está hecha de elecciones. Uno elige constantemente el curso de sus acciones y esas elecciones sucesivas hablan de lo que realmente pensamos y sentimos."

Una cosa que aprendí es que cuando se consigue pareja, aparte de la belleza de la relación, también se consiguen nuevos problemas y cuando te casas (vade retro Satanás!) con la mujer que amas, también te casas con su historia, su familia, su trabajo y todo el perjuicio que ello trae aparejado (No debería escribir esas cosas, realmente)."
Adiós.

El telegrama tenía fecha de dos días antes y un irónico "urgente" en tinta celeste, cruzándolo. En un par de líneas se me comunicaba que Berenice había fallecido cuando daba a luz un varón de dos kilos y medio que, al parecer, la sobrevivió. Ningún otro dato. Un pésame superficial entre líneas. El teléfono de Guillermo para comunicarme. Su último fax fue hace meses. Qué podía decirle?

Ese era su hijo. Esa era mi Berenice. Ese era el último eslabón que me ataba al pasado. La desintegración comenzó exactamente en ese momento.

Flavia no podía entender que yo me sintiera de esa forma por alguien a quien había abandonado voluntariamente hacía ¿un mes, un año, un siglo? No lo sé. Pero el dolor era real. Cada vez mas punzante, mas limpio. Un dolor sólo imaginado por los fanáticos. Eso provocaba fricciones cada vez mas incontenibles, cada vez mas quemantes. Ella me quitaba el telegrama de la mano y lo arrugaba entre sus manos, cada vez que podía, pero no se atrevía a destruirlo. Fricciones que tarde o temprano nos harían estallar.

"Amada Flavia: Te escribo con la convicción de que es un acto inútil. Me siento tan mal que ni siquiera puedo llorar. Estoy tan confundido y perplejo que no puedo hablar, ni pensar, ni ver a nadie cerca mío. Lo único claro es que te amo, te deseo, te necesito, pero parece que eso no es suficiente. No veo porqué debo sentirme culpable por lo que siento, si hasta ayer decías sentir lo mismo por mi."

En éste instante daría mi razón por comprender sólo por un segundo lo que pasa por tu mente. Daría mi alma al diablo (si es que el alma y el diablo existen) por estar a tu lado, por saber que, a pesar de las situaciones en que estamos inmersos, tus sentimientos no han cambiado. Esta separación me suena a un adiós y no puedo acostumbrarme a la idea de que esto esté sucediendo."

Lo único que tengo es el recuerdo para ejercitar, para consolarme. De repente, cuando creía que todo había pasado y ya nada quedaba en mi memoria, están las imágenes, claras, vivas. La Flavia que supe conocer y amar y que hoy me parece extraña, lejana."

Recuerdo nuestro primer encuentro en la Universidad, tu mirada plácida, tu voz pausada y calma, los besos robados mientras caminábamos hacia el centro cuando pasé a buscarte, luego. Aceptaste mi historia y te quedaste. Le diste rienda suelta a la felicidad. Una felicidad a la que yo no tenía derecho, al parecer. Así, me hiciste conocer el lado oscuro de la Luna: el deseo. La grandeza sutil de desear y sentirse deseado. Recuerdo cada café con Selva Negra y tus ojos al otro lado de la mesa. Las cosas que imaginábamos. Tus labios brillantes y esa lengua fina y dulce recorriéndolos despacio. Entonces había magia, la misma que estamos dejando que la realidad nos robe. Recuerdo nuestra Luna de Miel (puedo llamarle así?) en las montañas, una experiencia perfecta. Recuerdo la llegada, el viento frío, nuestro primer beso a solas, nuestro primer desayuno, las charlas, los paseos. Recuerdo tu miedo en nuestro primer encuentro íntimo y profundo, la noche en vela sintiendo tu respiración a mi lado, el calor de tu cuerpo, el despertar en brazos de la fiebre y ese llanto compartido al final, preanuncio de futuros dolores, como éste. Ahora que no puedo ni siquiera verter una lágrima, lo extraño, no te imaginas cuánto. Recuerdo las charlas en el bar del gitano en Providencia. Recuerdo nuestros almuerzos en Veracruz, varios mediodías; la noche fugaz en Disco Inferno, por Bella Vista arriba, adonde intuí tu forma de bailar y que nunca más volví a ver. Recuerdo nuestros encuentros en el nido artificial. Recuerdo cada caricia, cada beso, cada entrega y la forma en que gritabas cuando hacíamos el amor. Extraño el sabor y la suavidad de tu piel, tu olor, la forma en que hacías las cosas que hacías. ¿Cómo puedo hacer para vivir sin todo eso ahora si te vas? ¿Cómo puedo acostumbrarme a vivir con esos recuerdos en un mañana aséptico?"

No hay respuesta."

Ninguna carta me fue respondida. Al llamarla por teléfono, lograba esquivarme

"Y bien, mi querida amiga. Sucedió. La tormenta que veía crecer en el horizonte se ha desatado. Parece que se terminó. Parece que todo lo que dijimos, planeamos e hicimos, simplemente se terminó. Así, como una película de clase "B". Sin ningún sentido, como comenzó. "

Cometí, otra vez, el error de creer. ¿Cuando me voy a curar de eso? No lo sé. Otra vez, termino convencido que el amor no es suficiente, y menos para las mujeres. Ustedes están siempre buscando algo más que no sé qué es. Tengo un maldito nudo en la garganta que no me deja ni respirar, a pesar de saber que esto sucedería. A pesar de saber que tu miedo nos iba a hacer esto. Lamento decirte que eso te seguirá destruyendo toda la vida."

Como una vez te dije, uno elige constantemente en la vida y tú, parece que lo hiciste condicionada por tu miedo. Elegiste seguir ocupando un lugar ficticio en una trama que no te pertenece y de la cual eres víctima consciente."

Te amo y no te pedí nada a cambio. Sólo que compartiéramos nuestra vida, el futuro. Esa cosa tan intangible y huidiza. No puedo entenderlo. Justo ahora que teníamos casi todo. No entiendo porqué tuviste que hacerme tanto daño, porqué tuviste que jugar conmigo de esa forma. Podrías haberme dicho desde el principio que eras incapaz de comportarte como una mujer madura hasta el final, y yo hubiera sabido a qué atenerme. Me hubieras dicho: "Juguemos un mes, dos meses a ser amantes y después adiós!". Pero así. Después de todo lo que pasamos juntos. No lo entiendo. No puedo comprenderlo. Lo entiendo, sí como el resultado de una infinita maldad o estupidez. Vos sabrás."

Por eso, yo te maldigo. Mi maldición dice que no podrás volver a sentir nunca mas con otro lo que sentiste conmigo (si es que no lo fingiste). Te maldigo a no poder hallar nunca mas un instante de magia como los que tuvimos y si los encuentras, te van a recordar a mi. Sé que mis maldiciones son vanas y lo hago simplemente por despecho, para no enloquecer creyéndome un imbécil que llegó a las puertas del cielo y se tuvo que volver . Sé que me vas a olvidar en la primera esquina, con el primer borrico que cruce tu puerta con una tarjeta de crédito. Pero eso, también es parte de tu maldición."

Cuando consigas todas las cosas materiales que deseas, que justo en éste preciso momento no puedo darte, lo cual no quiere decir que nunca pueda hacerlo, y pienses que todo en tu vida se ha estabilizado, vas a comenzar a notar que te faltó algo y vas a recordar nuestras siestas, nuestra Luna de Miel, nuestros efímeros momentos de felicidad. Todo aquello que no necesito nombrar."

No entiendo este amor que me hace odiar todo lo que me rodea, que no me deja ver una película en paz, porque te veo a ti en cada otra; que no me deja cruzar ciertas calles, porque por allí anduvimos antes; ni atender el teléfono, por miedo a que seas tú; ni mirar a los carteles de Coca Cola, porque hay uno en tu calle; ni acostarme con las prostitutas, porque hacen el amor como tú. Libérame de esta maldición!.

¿Cómo pude creer en ti? ¿Cómo puedo amarte tanto y destruirme de ésta manera? Sé que debo seguir existiendo de alguna forma, con o sin ti."

Nunca podré librarme de mis palabras. Siempre estarán allí, para mi desprecio o mi ira. Me consuela saber, de todas formas, que el hombre es una invención reciente, consecuencia de cierta inverosímil toma de conciencia, y que, tal vez, esté cercano su próximo fin, como en los límites del mar un rostro de arena.

Luego supe que mi maldición ficticia había sido mas certera y profunda de lo que imaginaba.


Esa tarde llamé dos veces a su departamento, en el borde de Las Condes, sin éxito. En un momento de lúcido presentimiento, decidí ir a buscarla, con la inocente excusa de tomar algo en Providencia. La atmósfera me parecía sofocante en el metro, y aun afuera, entre los árboles de la Avenida Vespucio.

Nadie respondió al timbre. Tenía la llave que ella me dejara alguna vez. Rejas negras y candados. Cuando entré, todo estaba en orden. Las cortinas semicorridas, una suave penumbra de siesta se detenía aún en el lugar. Ella estaba en el piso, su cuerpo cruzado sobre la alfombra que solíamos usar de diferentes formas. Pensé que me miraba desde esa posición horizontal, la creí descansando o bromeando. No era así. Había algo en esos ojos fijos y sin brillo. Lo confirmé al tomar su brazo, rígido y frío bajo la camisa. Grité de espanto sin darme cuenta.

A su lado, en la pequeña mesa de vidrio, había un sobre. Tuve miedo de tocarlo, pero mi nombre estaba allí escrito. No otra cosa, sino mi nombre. Adentro había una carta. Lo guardé apresuradamente en el bolsillo y salí en busca de ayuda. Nada más.

Inútil es describir las horas de declaraciones que tuve que repetir, primero, en el jardín verde y fresco de su casa, mientras varios desconocidos husmeaban de aquí para allá entre sus cosas, y después en esas salas vacías y heladas, con paredes de revoque caído y carabineros de rostro neutro, tirando a hijo de puta, para ser más exacto. Siempre las mismas preguntas básicas repetidas hasta el desvarío con el fin de tensar tu ánimo y que cometas un error. Alguien vino desde el fondo de un pasillo y dijo: "Fue TTX. Encontramos un frasco con restos. Mata por asfixia y no deja huella." Los que estaban sobre mi se relajaron por unos instantes, pero luego comenzaron a hacerse otras preguntas que me involucraban desde diferentes ángulos. Me soltaron cuando se dieron cuenta que realmente no entendía de lo que estaban hablando y que lo más factible era que ella usara ese veneno en su trabajo cotidiano.

Afortunadamente, a nadie se le ocurrió revisar mis bolsillos y yo no dije ni una palabra acerca de la carta.

Muy tarde, a la noche, regresando en un taxi a mi habitación en la calle Vergara, algunos fragmentos de su carta me impresionaron. Otros, me dejaron transido, sin poder comprender. Parecían líneas alucinadas, escritas por un loco:

"Este es el día de inducción. La pantalla parpadea en la semioscuridad del cuarto. El zumbido del aire acondicionado y las luces fosforescentes y vivaces de los osciloscopios. Demasiados osciloscopios, dijo él. Escribo: 100. 3.500.DC.16. Enter. Ahora todo está en camino. El proceso es completamente independiente de mi. Absolutamente. Las manchas de miles de dedos sobre el teclado plástico. En los ratos libres, escribo, pero la red nunca está libre. Tengo el cronometro. Está colgado disciplente de mi bolsillo. La impresora terminó. Ese ruido infernal. Cien milisegundos. Tres pulsos. Eso está mal: bajar la frecuencia de estimulación. Teclear: 100.4.500.DCC.16. Dedos que danzan en la sombra sobre los mosaicos numerados. Izquierda, abajo, derecha, izquierda, izquierda. Enter. Una línea fosforescente blanca aparece transversal en la pantalla cuando el pulso viaja a través de los conectores BNC y los cables coaxiales. Cables como venas, latiendo en la penumbra bajo la tarima de metal, por detrás de las computadoras y del enorme Grass plateado. Falta el aire. Hay olor a polvo, quizás por el viento de anoche. Temperatura dentro de la cámara de aislación: 26.7. No hay alarma y el parpadeo del ojo Phillips que convierte los delirios digitales en líneas impresas. Toneladas de papel continuo. Cuatrocientos milisegundos. Pulsos F en el borde de la hoja. Mirar el reloj. Es temprano aún para ir a comer. Espero que alguien venga a buscarme. Los walkman`s cuelgan fláccidos desde la mesada de mármol a un costado. Música decapitada. Pilas rojas y secas, víctimas del mal de la energía. La noticia del hijo muerto del presidente de tu país y los periódicos que lloran, me recuerdan involuntariamente tus cartas, tus maneras. Adivino los autos y las cámaras y los micrófonos en pos de un ataúd. Como en la película de Buñuel. Deberías verla. Lo demás es puro insulto a la inteligencia. Cambiar los parámetros. Ahora. La impresión anterior atascada en los puertos paralelos. LPT1, dicen. Las cloacas de la información. Como el noticiero de la tarde. Cuando yo muera, probablemente, no habrá nadie. Pienso. Datos guardados en FCD407.DAT. Después será el tiempo de buscarlos y resucitarlos. Listas de números binarios convertidos en líneas verdes que excitan la imaginación. Lector maníaco de Ciencia Ficción en las horas de trabajo. Datos guardados en FCD14.DAT. El proceso de resucitar los números debe hacerse con cuidado. Pero tampoco es algo que dependa de mi. 100.4.500.FCC.16. El tipo estaba allí, acodado en la barra, como yo, y no paraba de hablar. Conocí una chica que se suicidó, contaba él. Estabamos por casarnos. Aplastaba el enésimo cigarrillo en un cenicero abandonado a un costado. Le gustaban las pastillas y tenía amigos muy raros que le conseguían esas porquerías. Desde hierba hasta lo que se te ocurra. Yo corté con todo eso después que vi como le fue a ella. Supongo que la cosa igual no hubiera funcionado. El bar estaba por cerrar de un momento a otro. Le conté mi vida pero no escuchó. Se dormía de a ratos mecido por la borrachera o vaya Dios a saber qué. Nunca pensé que podría agradarme tanto, le dije. Es como amor. Un gygabyte entero de puro amor. Después lo hicimos, de todas formas, no sé donde ni cómo. Los únicos capaces de entender a un hombre son su amante y su perro, me decía. Aunque discutas, es así. Ajustar el trazo del eje de las X`s. Quinientos milisegundos. Con diez voltios por división está bien. Se aprecia un electroencefalograma plano y dócil, observó otro recién llegado, no fácilmente alterable por las acciones de la vida cotidiana. La sala estaba repleta de gente, las graderías más altas se perdían en la oscuridad y todos guardaban un silencio espectante, mórbido. ¿Qué diablos entienden ellos por vida cotidiana?, le pregunté. (confieso que de mala manera). Un cubículo, oscuridad, una luz repentina y débil y el calor por unos momentos. Luego, la cabeza aparece unida a un enchufe plástico. Aún así, puede moverse. Un ecologista idiota discute siempre vivamente acerca de si sienten algo. No sienten nada, le digo, siempre en el mismo tono. El duda. Tiene sus razones. Me baso en mis observaciones, agrego. Allí. Justo cuando levanto la pequeña palanca roja, después de ajustar la frecuencia y la duración, estoy mirando por el monitor. Siempre duermen. Están quietos cuando los pulsos de 10 o 20 voltios cruzan su cerebro. Duermen como sólo ellos pueden hacerlo. Acurrucados en una pequeña bolita blanca y peluda en un rincón de la cámara. Las manos juntas bajo el abdomen y la cola rígida, agitándose a veces en un sueño. La gente en las graderías se revolvía incómoda. Cuando terminó de aburrirme, salí a la calle sin ánimo para nada y paré el primer taxi que cruzó. Le dije simplemente, adelante y partimos. Fin de la primera parte. Salir al DOS>. En el departamento no había nadie. Hace años que vivo sola. Tipear WIN. Oscuridad y un reloj de arena. Luego la silueta de la mujer árabe bajo las grandes arcadas de mármol. Tiene las manos a los costados contra un fondo de estrellas. Las mil noches y una. Parece desesperada o abandonada. Luego se va y el mosaico se extiende por todos los filamentos de colores. El reloj de arena se convierte en una flecha. Rígida y certera al corazón de Bill Gates.¡Muere!. Axess. Macro. Playback. Sunny2, con todas las marchas y contramarchas. Mil veces borrada y vuelta a escribir, hasta alcanzar ese grado de perfección única, absoluta. Como una canción de Kraftwerk. Recontar las monedas para el almuerzo. Uno no debería estar para éstas cosas. Todo mi dinero guardado en los cajones adonde no podré recuperarlo. De todas formas, me es inutil ahora. El tipo del ascensor me miraba mientras subíamos. Sé que alguien me vio entrar. Ahora viene la inducción. Si pueden creerme. Alta frecuencia. Trenes de cuatro pulsos, diez milisegundos entre pulsos, doscientos milisegundos entre trenes. Desconectar aquí y conectar allí donde se lee "pulse out". Los contornos negros del metal. Recordar que la tierra debe estar siempre bien conectada. A todo el edificio si es posible. Dos metros en lo profundo. Antenas del orco. Enviamos nuestros pecados por un cable. La inducción continúa, pendiendo de éste cronómetro reencontrado en los cajones del abandono. En la habitación de al lado, las voces, sobre el ruido de la impresora. Preparé algo para merendar sin encender la TV. La detesto, con su ruido bobo y las escenas repetidas. Prefiero oír música. Alguien envía algo por la red, algo que no puede ser leído. Estará listo mañana temprano. Con suerte, terminaremos antes de las tres. Polvo sobre los videos VHS y sobre las palabras de Celan:

yo cavo, tú cavas
y también cava el gusano
y lo que aquí canta dice:
ellos cavan.

Las cajas solitarias de terlgopor metamorfoseado bajo el instruction manual del polígrafo. Hablamos las voces ajenas, siempre. No sé adónde termina mi propia voz y donde comienza alguna ajena. Una hora después, el viento y estaba sola. Sentí el olor a polvo en el ambiente y cerré las ventanas. Una de las tantas cosas inútiles que a las mujeres nos enseñan a repetir de forma mecánica. Pero está todo en cinta. Siempre podremos acceder a ello con el tiempo suficiente. El mismo tiempo "tensado por una atención extrema hacia las marcas de la historia". La casa de enfrente. Media manzana de ladrillo, césped y tres autos en el enorme garaje siempre abierto. Sin niños que griten ni hagan olas en la piscina cristalina, como los que nunca tendré. Arriba, en el techo, puede verse algo que gira sin fin, desparramando destellos plateados entre los pinos sacudidos por el viento. Y todo está quieto. Sólo la bolita de pelo blanco en el monitor. Duerme y respira imperceptiblemente. Debería dejar ésta blusa con el cuello gastado. Encendí la radio, también entonces, para no sentirme tan sola. Stone Temple Pilots, como ahora. La tarde se cuela entre los árboles. Pilotos con temple de piedra dejando caer las hojas listas para recibir el otoño. Una alfombra ecológica. La memoria reciclada de las cosas. Diagnostico: mortalmente aburrido. Guitarras que aúllan y chillan y gimen y rasguñan sobre éstos delicados tímpanos recién nacidos. Amor y paz. Very nice, very nice, very nice... but maybe in the next world. Los que maldicen las autopistas son los místicos. Allí donde Bukowski falló. Donde las fronteras nunca estuvieron tan cerradas y los ojos tan abiertos. ¿Pueden oírme? Gritar desde el fondo de la ansiedad, al oeste de la locura. Treinta mil almas flotando entre las nubes, me contaste. Como aquí: el Estadio Nacional repleto de cadáveres, adonde el otro día, tocó Peter Gabriel. {Oh! Vico, ruega por nosotros!). ¿Adonde van con los frentes de tormenta anunciados por el Servicio Meteorológico y las cartas del Weather Center?¿Es que nadie los oyó canturrear en las noches palabras de piedad, mientras los quemaban con ácido o los arrojaban al mar desde un avión? Sólo los que tiran la primera piedra son capaces de oír doce horas seguidas el llanto de un condenado sin inmutarse. Una hora, cuatro minutos. La amplitud no se ha alterado. Permanece ensimismada en el fondo del cristal líquido y ni una maldita espiga para consolarnos. Era lo esperable, después de todo. Trozos de cinta de enmascarar con siglas escritas en fibra. Por todos lados: Post-it, con mensajes evanescentes. Nosotros y la conciencia del ser habitando el edificio de enfrente, entre las ratas y las piedrecillas del sendero. La sonrisa del borracho confundida con el rostro sonriente de la anciana en el hospital psiquiatrico. Un microscopio electrónico abandonado entre las telarañas y el herrumbre. Los espectros de Huxley y Cajal nos visitan de noche para usarlo. De todos modos, es la una y el teléfono en silencio. En ésta edad ya no respetamos a los dioses ni a los bosques. No creo encontrar algo para comer. Lo dudo cada vez más. Esqueletos de ballenas semi enterrados en la playa. Un cuadro que los necrófilos adoran. Pintado por Seurat en su vejez. Todo puntos de colores vivos, imposibles de televisar. Ahora el proceso está en su última etapa. Break in 1020. Odio el BASIC. Pero es útil. System. Buscar otra macro en las entrañas del hijo de Axon Instruments, INC. Trial 1, run 1, sweep 1, dataset 0. No esperaré mucho. Es tiempo de hacer luz aquí. Cuando acabe la promediación, me daré cuenta si todo estuvo bien. Sino deberé hacerlo todo de nuevo y quedarme hasta las siete de la tarde. Para entonces será muy tarde, y ¿quién sabe si no hay alguien realmente afuera que ha permanecido escondido como yo?. Esperando, tal vez, a que el viento se calme, a que el polvo se aplaque, para poder salir y saber qué sucedió. Ahora no me importa. Tengo todo lo que necesito. Me tengo a mi misma. No sé por cuánto tiempo. Veo el frasco que robé de otro laboratorio, oculto entre mis cosas. No sé cuándo será el momento preciso para abrirlo y hacerlo por fin. Sé que el proceso es completamente independiente de mi."

"Postdata: Cuando estoy allí, rodeada de máquinas y consolas y videos, oyendo música electrónica en los auriculares a media luz, siento que la aislación perfecta del mundo exterior, hecho de sangre y dolor, puede ser posible, real. Una infinita paz me invade. Pensé en escribirte, contarte qué me sucede, con la vana esperanza de que puedas entender lo que haré alguna vez. Pero ese no es mi objetivo central. Ahora simplemente quiero dejarme ir, deambular por esos lugares que no todos visitaremos. Tal vez así, puedas llegar a intuirme. Creo que te amo. Cambio"

Mas abajo aún, en una letra distinta, rápida e ilegible: "Perdóname. Sé que esto no basta para reparar todo el daño que te causé. Me creí dueña del mundo y me equivoqué y ahora lo lamento. Te quiero, no sé si como antes, no sé de qué forma. No puedo entender lo que me pasa, te lo juro. No fue mi intención jugar contigo. En mi afán de ser mujer, no dejé de ser una niña malcriada que no conoce el valor de las cosas y que, como siempre, sólo piensa en el presente"

Supuse que, en realidad, trataba de decirme algo más de lo que estaba escrito. Ay! la maldición marxista de la búsqueda de lo oculto tras lo visible. Se me ocurrió pensar que habría algo en las referencias cruzadas y ocultas en ese cúmulo de palabras. Pero mi intuición estaba muerta. Como Berenice, como ahora Flavia, como mi improbable pasado, como mi evanescente futuro. Muerta y sin enterrar.

Revelación


Viajé al otro día hacia la costa, adonde todo parece confluir. Ya medianoche, salí a caminar por la playa de Viña con la esperanza de encontrar al viejo. Llevaba la última carta de Flavia en el bolsillo y el telegrama que me anunciaba la muerte de Berenice, convencido de que él podría discernir alguna trama oculta, algún sentido que se me escapaba de todo aquello.

Caminé durante horas, sin poder hallar ni rastros del viejo vagabundo. Ya cansado, decidí volver para alcanzar el tren de regreso a Valparaíso. Al darme vuelta, allí estaba la hoguera y la marchita figura encorvada a su lado. Ningún acto de magia podía asombrarme ya.

El viejo removía las brasas, con el rostro al frente, las cuencas vacías, en la misma posición que lo dejara hacía un tiempo atrás, no podría precisar cuanto. Miré al fuego, esta vez. Las llamas despedían una luz extraterrena, límpida, sin chispas. Caminé hacia allí. Note que no había sombras en la arena de alrededor. Sin embargo, ya no podía sentir miedo, ni ninguna otra emoción humana. Tenía sólo espacio para el dolor, denso, certero y profundo. Me acerqué lo mas que pude y me detuve a unos metros. El viejo, de alguna forma, sabía de mi presencia. Saqué de mis bolsillos los papeles que traía y los arrojé en la arena delante del espectro. El dirigió su rostro hacia mi.

-Es inútil que traigas tu rabia y desesperración a éste lugar, no puedo tomarlos -dijo.

-No es simplemente rabia lo que traigo. Teengo mucho, mucho, dolor también -la voz me temblaba- Quiero que me digas algo. No sé qué. Quiero entender - Hice un silencio para tomar aire y tratar de detener el temblor que me asaltaba- ¿Qué es todo este sufrimiento incomprensible? ¿Es acaso una maldición tuya, viejo?.

-Despacio, despacio. No deberías preguntarr todo tan rápido y a los gritos. El conocimiento se alcanza a través de las preguntas correctas en el momento adecuado. ¿Qué te preocupa?

-Casi nada -reí nervioso - Sólo que me sieento cada vez mas desencajado del tiempo en que vivo, aún mas que antes de llegar a este lugar. La única mujer que he logrado amar sin reservas en los últimos años se suicidó. Mi mejor amigo embarazó a otra mujer que significaba mi único lazo real con el pasado y también ella murió. Mi tierra ha sido desbastada y sus verdugos son reconocidos por el resto del mundo. No puedo pertenecer a ningún lugar. Creo estar enloqueciendo. Me siento cada vez mas viejo, cansado y sin peso, como si estuviera diluyéndome y no puedo encontrar salida a esta sensación que me persigue. Todo el tiempo pasan a mi alrededor cosas que no comprendo. Y lo peor es que siento que no hay consuelo para todo este delirio en el que estoy envuelto. ¿Qué tiene todo esto que ver con lo que me contaste antes?

-¿A qué te refieres?

- !No me respondas con otra pregunta! La úúltima vez que estuve aquí, dijiste algo a lo que no le presté atención en ese momento. Algo como... "ahora el secreto es tuyo y espero que no te queme los oídos." ¿Era eso una maldición?

-No tanto. Según como lo veas - respondió el viejo - Era una forma de advertirte lo que sucedería. Es un riesgo que corriste. Quien decide tomar la vida en sus propias manos, corre siempre el riesgo de perderla o de sufrir mucho por ello. Pero esa fue tu elección. Estuvo bien. -No respondí. En silencio miraba a la oscuridad, aún de pie. Mi sombra era la única cosa real sobre el piso. Mi sombra y el viento que traía el olor del mar. Lejanos resabios de mujer.

- ¿Qué tuvo que ver la explosión? ¿Porqué nadie pareció enterarse de eso?- me acerqué aún mas y me puse en cuclillas a su lado- Yo mismo vi las ruinas, sentí el calor de las llamas, vi las ambulancias sacando los restos, a la gente enloquecida entre el ruido y el humo y el agua que caía. Las imágenes me persiguen en una pesadilla que se repite todas las noches. ¿Me engañan mis recuerdos?

-Tus recuerdos no. Tú te engañas. Piensas que todos deben saber lo mismo que sabes tú en todo momento, en todo lugar. Crees que tu conciencia es lo único capaz de conocimiento y que los demás son sólo títeres en tu decorado fantasmal. Pues bien, -dijo sacudiendo la cabeza hacia abajo. Unos cabellos ralos le caían sobre la frente- Es exactamente lo contrario. Tú eres el fantasma. Mira tus manos. Mira tus ropas. El viento pasa a través de ellas. Y aún así crees que eres real.

-No, no entiendo - alcancé a decir.

-Tu tiempo, lo que crees que es tu tiempo,, tu ahora, tu presente o como lo llames, sencillamente, no te pertenece. Eres un intruso en este tiempo. Tu verdadero tiempo se acabó para ti después de aquella noche. Desde entonces has estado errando en un tiempo paralelo, actuando actos que no eran los tuyos, figurando en tramas que no te pertenecían. Tuviste suerte, hasta ahora, de no encontrarte contigo mismo en algunos de esos pliegues de la realidad que crees vivir.

-¿Tratas de decirme que todas estas cosas que me suceden, mis sensaciones, los sentimientos que tengo, las cosas que he hecho, simplemente, no existieron, no fueron jamas?

-Existieron, fueron reales para ti, dentroo de tu conciencia. No mas allá. Si tu conciencia desaparece, esos actos, esas emociones desaparecen. Pero estabas usando cosas que también le pertenecen al otro que eres realmente tú en este tiempo y lugar. Y, por supuesto, él tampoco entiende gran cosa de lo que le sucede y en éste momento está sufriendo lo mismo que tú. Por cierto, de un momento a otro puede llegar.

-Estas completamente loco, viejo - Mi mentte recorría escenas fugaces: Berenice en una plaza húmeda en Córdoba, Flavia en la penumbra de un cuarto de hotel, la sonrisa de Guillermo prestándome dinero, las llamas danzando extraviadas, la música de jazz que llegaba desde algún lugar. Me resistía a creer que todo eso nunca hubiera sido.

- No me crees. Bien. Mira, tú que puedes.-- Su brazo señaló hacia algún lugar en la oscuridad a sus espaldas.

Una sombra caminaba pausadamente por la playa hacia nosotros, al borde de las olas, siguiendo mis pisadas. Tardó aún un tiempo en llegar hasta nosotros y en todo ese lapso, sentí la angustia anudarse alrededor de mi vientre como una serpiente.

Cuando el extraño llegó a nuestro lado no se detuvo y siguió caminando aún un poco más. Es difícil de explicar, yo debería haber tomado mas en serio al viejo. Lo cierto es que reconocí al extraño cuando pasó a mi lado y hubiera querido no hacerlo: era yo mismo. Es una sensación indescriptible verse llegar hasta si, con la mirada perdida, las ropas desencajadas, buscando sin saber qué. Viéndose como en una filmación, pero sin el marco de la cámara. Hasta ese momento yo creía saber lo que buscaba.

El extraño se detuvo a unos metros mas adelante, de espaldas a nosotros, como escrutando en la oscuridad. De repente se volvió y pareció reconocer la hoguera y al viejo, tal como me había pasado a mi mismo unos momentos antes. El extraño, el otro yo, comenzó a regresar sobre sus pasos, mis pasos. Miré al viejo y este sonreía. Una sonrisa desdentada e indescifrable. Lo odié de alguna forma indescriptible y única. Al momento, sentí pánico, miedo culpable por ese odio, como si blasfemara en presencia de los dioses. Comencé a correr por la playa a oscuras con la risa del viejo en mis oidos.

El otro yo había llegado hasta la hoguera y arrojaba un par de papeles delante del viejo ciego.


Huida y transformación

Tengo miedo de morir. Tengo miedo de eso que se acerca ésta noche, a lo que no puedo darle otro nombre más que muerte, final. Descomposición.

¿Hay alguien allí? ¿Qué debo hacer? ¿A quién o qué debo orar? ¿Qué sentido tiene hacerlo?

Las palabras del viejo no lograron tranquilizarme y me han abierto mas interrogantes, han sembrado mas dudas, han regado el miedo y ahora crece como una selva descontrolada en mi interior. Lo único que sé es que no puedo quedarme aquí. Debo salir, moverme. Huir si puedo. Aunque esa es una de las ideas mas torpes que se me puedan ocurrir. No se puede huir así, sin mas, del destino. Y ahora creo que éste existe y soy su prisionero. Soy prisionero de una rama aberrante del tiempo y del destino, conjugados ambos mágicamente. La buena noticia es que ésto acabará pronto.

Muerta Flavia, muerta Berenice, no puedo confiar en mi único amigo. Estoy, al fin, extraordinariamente solo en un tiempo que no me pertenece. Puedo notar la transparencia que gana mis manos.

Son las ocho, casi anochece. Recojo mis papeles, un par de libretas de notas, algo de ropa y salgo. Voy al puerto, a leer las luces de los barcos que llegan. Espero que no sea demasiado tarde.

El puerto oscuro de Valparaíso en el setiembre moribundo. El viento que envuelve todas las cosas bajo la quietud de las estrellas. Estoy al borde del muelle, sostenido sobre las aguas sombrías. Mis ojos recorren todo el horizonte, las luces como joyas cubriendo las colinas. Me envuelve el olor del mar, de los barcos anclados como abandonados. Los pies se despegan del suelo y estoy suspendido por unos segundos en una caída que me ramifica en miles de átomos. Soy y no soy el ente que cruza la superficie tensada del agua hacia el fondo tenebroso y móvil. El frío viscoso en la piel. Escamas que crecen como deseo ardiente desde cada poro. Soy nuevamente un pez. Sólo un pez. Floto en el silencio luego de la zambullida y el agua me recibe con una corona de burbujas que acarician mis sienes. Ahora sí, aparecen las Formas.

Aparecen desde el añil como nubes fosforescentes, abriéndose paso en el líquido. Me siento indefenso y tranquilo, víctima y huésped. Me rodean con movimientos ondulantes y su gracia me contagia. Parecen espumosas y etéreas, pero intuyo que guardan algo abrasador e ignominioso en su interior. Sin embargo, siento una enorme alegría pisciforme y nado. Nado junto a ellas. Nos vamos despacio, contoneando nuestros cuerpos en las aguas de la noche. Nadamos hermanados, hacia un confín oscuro e impensado, las Formas y yo...

Fin

Daniel Montoya©1999

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