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Parte III- InspiraciónLlamas Lo que sigue, son algunas de las notas más oscuras halladas en la "libreta negra de notas", distinta a las anotaciones del "cuaderno verde", como le llamo, que integran la primera parte. También hay pedazos de fax sueltos. Aquí se pueden ver algunos ejemplos claros de cierto "solipsismo", del cual abusa Liedsson, y que, quizás, puede llamar a confusión acerca del verdadero estado de animo del autor. Por otra parte, lo escrito no son todas las ideas posibles y muchos de los hechos nombrados allí son ficticios, al menos para quien lee esto por primera vez. Por ejemplo, la descripción de una supuesta explosión en el Casino de Viña del Mar, relatado en primera persona, donde parece sugerirse que se trata de un atentado. Curioso ejercicio de imaginación que reaparece luego en algunos otros segmentos de este diario. Otro caso de mención de sucesos extraños es el de la llamada "Guerra del Golfo", nombrada como al pasar. Una investigación particular en los archivos históricos pertinentes ha arrojado que probablemente se refiera a la llamada "Guerra del Golfo de México", hace aproximadamente un siglo, durante la cual, los insurgentes zapatistas fueron enviados en balsa hacia las costas cubanas o a donde los llevara su suerte. Se sabe que éste episodio permitió el descubrimiento de la isla Contadora. Otros hechos o países nombrados, por ejemplo Ruanda, nos han sido mas difíciles y hasta imposibles de explicar. Sin embargo, la referencia al conflicto entre Ecuador y Perú, mucho mas cercano y políticamente grave, se halla en términos incomprensibles, a pesar de ser el único evento real del que hay referencias. Para mas datos, véase el volumen de notas paralelo a ésta edición "Ensayos Sobre el Viajero Inmóvil. Notas explicativas del Diario de Liedsson", adonde se brindan algunas pistas y se desarrollan algunas hipótesis acerca del particular sentido(o ignorancia) histórico del autor.
Arrastraba mis pies llenos de arena aún cuando trepé por el murallon de rocas y comencé a correr sobre la vereda costanera. Las enormes lozas cubiertas de escombros desparramados por la explosión. El clamor de las bocinas, la gente corriendo, las sirenas que comenzaban a aparecer y las luces, el fragor del mar, y las enormes llamas amarillas conjuraban un caos estremecedor, en un lugar que momentos antes había sido pacifico y relajado. Me uní a la cantidad de curiosos que se acercaban fascinados a las llamas del Casino, una enorme pira ritual asomando entre las palmeras negras. Ninguno sería útil allí, pero todos deseaban estar lo mas cerca posible. La confusión de la marea humana que, de repente, comenzó a congregarse allí, me arrastró, casi sin esfuerzo, hasta los mismos límites de la plaza, ahora llena de restos de mampostería y otras cosas que no quise nombrar. La gente llegaba, detenida por el enorme calor, hasta cierto límite del desastre. Los carabineros no acertaban aún a organizar nada. Salté el débil cerco humano, entrenado en varias notas anteriores, y comencé a caminar alrededor de la enorme hoguera. Algunos gritaron cosas que no entendí y no quise escuchar. Debía buscar algo, no sabía qué. Al menos estar en el lugar para poder escribir después sobre ello. El calor amenazaba derretirme y mis ropas levantaban temperatura. El sudor reemplazó al frío y una sensación de terror crecía amparada en las paredes de mi vacío estómago. Llegué a completar un semicírculo, como pude, acercándome y alejándome, en tanto la gente alrededor seguía esos mismos vaivenes. Un carabinero trató de detenerme cuando me vio acercar demasiado a una escalinata que sobresalía de la muralla de fuego, pero la gente lo desbordó y tuvo que contentarse con gritar algo incomprensible desde lejos. De todos modos, tomé un pedazo de metal y comencé a correr algunos restos ardientes. La escalera quedó liberada y me permitió ver un corredor libre de fuego que descendía. Supuse que sería la entrada a algún tipo de sótano. La tentación era muy grande. M<iré a los costados. Muchos rostros de enormes ojos estaban fijos en mi, como midiendo el tamaño de mi locura. Les grité: -!Por aquí! !Por aquí se puede entrar! !Quuizá hay alguien vivo aún! Nadie se movió. El terror los detenía al parecer, o alguna otra cosa. Venían mas carabineros hacia mi. No quise saber cómo se sentían sus manos encima. Nunca me gustaron los policías. No lo pensé y bajé por el corredor oscuro, rodeado de lenguas de fuego. Una completa insensatez. Mientras lo hacía, recuerdo que pensé: "Una recreación de las puertas del infierno para uso personal". El humo y la falta de oxigeno deben haber hecho el resto porque eso es lo único que recuerdo.
Fragmento de Fax encontrado y probablemente enviado: "Esta mañana no he podido hacer nada. Me he sentado delante de la mesa, donde amontono papeles y libros, mirando durante media hora la hoja en blanco. Es inútil. Estoy paralizado. Sé que debo subsistir, que debería escribir algo y mandarlo al diario. Pero no puedo. Yo estuve allí. ¿Entendés? Desde esa noche en la playa de Viña, no dejo de ver las llamas todo el tiempo delante de mis ojos, y el horror del fuego y las sirenas no me deja concentrar. Me despierto a medianoche repitiendo esa pesadilla y me acuerdo de aquella que te suele perseguir a vos: cuando te encontrás en medio de esa fosa común, rodeado de cadáveres, y no podés gritar. Yo sueño, en cambio, que veo una mano saliendo desde abajo de los escombros y grito para que alguien más venga, pero nadie me escucha, por el ruido de las sirenas." "Y ni una palabra en los diarios. Nada, absolutamente. No puedo entenderlo. Los que me encontraron inconsciente en la playa, dos adolescentes de camperas de cuero y pelo rasta, junto a los médicos del hospital, siguen pensando que estuve borracho. Sabes que casi nunca bebo nada. Por lo demás, casi no puedo recordar nada, mas allá del hecho de haber pasado entre la gente y tener ese enorme incendio frente a mis ojos. No sé cómo explicarlo. También perdí mis ropas, y las fotos de mis documentos lucen distintas, como levemente retocadas. "Trato de no pensar en aquello leyendo el Quijote que conseguí en una librería de viejo. Cada vez descubro más profundamente que es un libro magnifico. Admiro esa capacidad de Cervantes de crear ficción dentro de la ficción y cómo la ficción dialoga con la realidad. Eso por lo menos me transporta lejos de aquí. Seguro que estarás pensando que me di cuenta tarde de todo eso, que antes me lo habías dicho vos. Pero ya sabés como son éstas cosas: No es tan importante leer, sino releer". Me digo para convencerme: "No es un hecho trivial saber qué día es hoy, o creer saber qué día es hoy." El almanaque, mi memoria y mi reloj coinciden. Debo concluir que la fecha es correcta. Pero ¿hemos llegado todos de la misma manera a vivir éste día? Me refiero a los hechos objetivos de los que todos sabemos, a los actos públicos, no a las experiencias particulares de cada uno. Más allá de la rutina propia, cercana, de alimentar al gato, discutir con la esposa, regar las plantas o llegar al trabajo siempre por el mismo lugar hay sucesos como la Guerra del Golfo, la caída en el precio internacional del petróleo, la hambruna en Ruanda, etc. las cosas que pasan en esa otra realidad que son los diarios. ¿Ha sucedido todo eso en realidad, tengamos o no conciencia de ello cada uno de nosotros?. No lo sé. A veces dudo y sospecho de forma cada vez más aguda que los otros poseen una versión distinta del asunto. Ayer, acodado en la barra de un café en el centro de Santiago, uno de esos sitios atendido por señoritas en minifalda, que vistas desde la calle, parecen estar desnudas, y al que acuden solamente hombres de mediana edad con su uniforme de administrativo, me encontré de frente al noticiero de la cadena ECCO. Al principio, observaba sin prestar atención a los soldados ocultos en una zona selvática, disparando sus metrallas y bazucas hacia algún lugar en la espesura. Pensé en Medio oriente (imposible), pensé en Africa. Sin embargo, el cartel en letras amarillas bajo la imagen rezaba "Conflicto limítrofe Perú-Ecuador". Asombrado, le pregunté a alguien cercano si eso era cierto. El tipo me miró tratando de encontrar algún rastro de burla en mis palabras. -Desde hace tres meses -murmuró. -¿Dijeron algo acerca de la bomba en el Caasino de Viña?- insistí. El tipo me miró con cara de no haber comprendido. Le repetí la pregunta. -¿Cuándo se
supone que fue eso? - dijo. -Es muy raro lo que me dice. -¿Qué tiene de raro? Fue una coincidencia.. Yo estaba allí y el Casino estalló. Había fuego y humo por todos lados, estaba lleno de ambulancias, carros de bomberos... -Imposible - me interrumpió. -¿Porqué? -su rostro impasible me comenzabba a exasperar. -Porque anoche estuve allí y perdí como trres mil pesos. El tipo sonrió de costado y apuró el fondo de la mínima tácita que tenía adelante, antes de marcharse y dejar unas monedas sobre el mostrador. Una de las chicas de rojo de la barra se acercó apresuradamente a recoger las monedas y la taza vacía. Miró de frente mi sonrisa como si se tratase de la más vulgar de las payasadas. Me pasé la mano por la barbilla y comprobé que mi barba no era lo que solía ser y probablemente estuviera despeinado, amen de la ropa gastada que llevaba. Aún enrojecido, salí corriendo a comprar un periódico, y efectivamente, después de los titulares, había tres páginas de informe sobre la guerra. Ni una palabra acerca de la bomba en el casino. No había pasado tanto tiempo, supuse, aunque no estaba seguro de las fechas. Dos días, pensé. En dos días no se olvida un atentado así en este lugar del mundo. Pero no había ni un mísero comentario. Mi universo de hechos conocidos se tambaleaba. Yo mismo lo hacía y al cruzar por Banderas casi me atropella un micro. Un sudor frío me crecía desde las piernas. Caminaba entre la multitud sintiéndome, más que nunca, un extraño a la humanidad. ¿Cómo un hecho tan grande como la guerra a las puertas de donde vives se te puede escapar de esa manera, más aún siendo alguien entrenado en buscar las noticias? ¿Cómo podía haber estado tan aislado sin darme cuenta? ¿Cómo era posible que algo tan grave como la explosión del casino de Viña del Mar no estuviera registrado por las redes de noticias? ¿Qué era real y qué no?. Tenía la sensación de haber despertado de un sueño de años y que el mundo que yo había conocido, evidentemente, no estaba allí. Afortunadamente, en la central telefónica había un fax de Guillermo. Un cable a tierra lastimoso.
Extranjero Fragmento de fax recibido: "...y es así que el jefe ignora porqué te fuiste después de tus últimos trabajos para el diario. Me preguntó y no pude mentir, así que, en éstos días, vas a recibir un fax directo. Sos un testigo privilegiado en ese lugar, así que le sos útil. Es mejor que comiences a registrar toda la información que consigas en Santiago sobre la guerra Si pudieras reconsiderar el resto de tu situación, también te lo agradecería. Tenés derecho de hacer lo que te dé la gana, por supuesto. Pero también está tu mujer que viene casi todos los días a preguntar por vos. Mi posición en el medio de éste caos no me divierte. Sólo el jefe y yo sabemos donde estás y no tendré valor por mucho tiempo para seguir mintiéndole a ella. Me lastima verla tan mal. Me hace sentir innecesariamente cruel." "PD: ¿De qué Quijote me hablás? ¿ Acaso no fue Avellaneda el que escribió ese librejo del que se perdió la primera parte? Por lo demás, es un libro bastante plomo y te sugeriría que no lo releas, en bien del buen gusto y nuestra amistad. Chau. Guillermo. 19-8-93."
Releí varias veces esa incomprensible referencia al Quijote de Avellaneda, apócrifo a mi entender, sin importarme el resto del mensaje, sobre el cual no podría tomar ninguna posición. Jamas lo había visto ni siquiera en una librería de viejo y me consta que Guillermo había revisado y anotado algunas ediciones de Cervantes para una editorial nacional, algunos años atrás. Si era una broma, yo no la entendía. Terminé de leer el fax en la puerta de la oficina de Huérfanos adonde los recibían por mi y me dirigí despacio hacia Independencia para tomar un micro hacia la Universidad. Quería hablar con alguien acerca de dar clases allí o algo por el estilo. La cuestión era no perder demasiado el tiempo antes que el tiempo comenzara a perderme a mi. Todavía esa noche, volviendo a Valparaíso, me encontraba confuso por las promesas a medias conseguidas en la Universidad ("Su caso es raro. Dice que no lo persiguen políticamente en su país, pero, sin embargo, usted se considera un exiliado. Eso es extraño, muy extraño") y las palabras del fax sueltas en mi memoria. También estaba el viejo de la playa y su carga de presagios. "Y espero que no te queme los oídos". Todo me parecía levemente distinto a cada paso. Era como moverse en una casa conocida por años, en la que la posición de los muebles había sido sutilmente alterada y uno no deja de tropezar con ellos a cada instante. En una hoja anoté la historia que el viejo me contó en la playa. Sé que hay algo en esa historia. Una explicación de porqué hago lo que hago. Todo lo que hago es para que lo que deje detrás hable de mi. Como el griego que incendió la acrópolis y cuyo nombre fue prohibido. Dio resultado, porque no recuerdo su nombre. Pero es cierto que tampoco llego a comprender lo que me sucede. Me consuelo pensando que, en realidad, nadie puede entender lo que le pasa. "El pez no sabe que vive en el agua." Devolví la libreta negra de notas al cajón de la mesa de luz y me detuve a escuchar los ruidos de la calle. El silencio avanzaba. Otro día que se acababa arrastrándose detrás de las montañas. El viento del mar soplaba acariciante. Dejé la ventana del cuarto abierta y me acosté vestido con la radio a bajo volumen. Las llamas volvían a agitarse cada vez que entrecerraba los ojos para relajarme.
Un limite del mar Estoy arrumbado en el cuarto de éste hotel como un mueble viejo, escribiendo acerca de un tipo que no entiende porqué el tiempo lo abandona y lo deja transparente y sin peso. Me dejé la barba y mi pelo ya pasó del borde del cuello de la camisa, como lo detestaban las ignorantes maestras fascistas de mi infancia. Los primeros días en esta habitación blanca, tuve la sensación de divagar. Me acosaba la idea constante de estar viviendo un mal sueño del que debería despertar renovado. Pero también esa idea me resultaba vana. No había ningún hombre nuevo detrás del paso de esas horas lentas y pesadas. Sólo la conciencia del aburrimiento, eterno, infinitesimal. Cada hora desgranada en microsegundos espesos, morosos, sin muchas intenciones de acabar. Me consumía en tareas vagas: leer; escribir cartas que hacían de bitácoras de vuelo; leer, acostado, de pie, soñoliento; de nuevo, escribir. Dar vueltas por la habitación explorando cada uno de sus bordes, conociendo a sus ocupantes. La primera noche traté de dar caza a una araña a pesar del mal agüero que esto significaba (A la mañana siguiente, tenía su marca en el cuello). Y luego, a veces, llorar. Llorar para probar los límites. Hasta dónde era real, hasta dónde podía soportarlo. "Berenice, Berenice. A veces te amo, a veces te odio de tanto desearte aquí. Pero ya estoy tan lejos que tu recuerdo es sólo un punto de luz y no hay forma de volver atrás. Hace frío. He comenzado algo que no puedo detener y ahora sólo dejo que el tiempo me arrastre. Probablemente hay un mar adelante adonde nadar, probablemente me estrelle contra las rocas. No lo sé". Dejé esas palabras en el cuaderno que siempre ocupaba mi mísero escritorio. Lo dejaba abierto, con la esperanza de que alguien, aunque más no fuera la muchacha malhumorada de la limpieza, entrara y lo leyera y pudiera, al menos, conectarme con éste alguien. Tenía ya cierta teoría acerca del tiempo, pero era demasiado increíble, aún para mi mismo. Quedaba la ilustre posibilidad, ciertamente también, de que yo hubiera enloquecido de alguna forma y entonces lo que dijera o hiciera sería inútil. La realidad que yo palpara, no sería la misma para los demás y eso se paga caro. Suponía, sin embargo, que la verdad sería mucho más terrible que lo imaginado.
El encuentro con la verdad, pienso, suele ser un espectáculo temido por los mortales. En éste tiempo extraño que me ha sido regalado, los acontecimientos han definido nuevos espacios. Intento apoderarme de los límites de esos espacios. Y ponerlos por escrito. Esa es mi forma particular de dar caza a la verdad. Ahora acepto lo que intuyo y trato de que eso no me haga daño. Me sirve para filtrar las experiencias, para ver las cosas de cierto color y no sufrir por ello. Ayer fui al Casino. Allí estaba, intacto bajo el sol del mediodía, rodeado de palmeras, con los coches de punto negros estacionados al frente. Me temblaban las piernas. Los hijos de los turistas corrían por la costanera como en un cuadro de Corot. Todo era apacible y sencillo. Increíble. No quise acercarme y observé por un rato el edificio desde lejos, como temiendo un maleficio. Luego caminé hasta Pollo Stop y me senté a almorzar frente al mar. Una plancha de amianto que se extendía desde el fondo del horizonte. Demasiado bello para no ser real. Demasiado real para no ser. Miraba mis manos, los cubiertos sobre el mantel a cuadros rojos, el resto de los rostros, ocupados en su propio y limitado mundo. ¿Qué sabían ellos que yo no podía? ¿Qué los hacía distintos a mi? Tal vez el poder saborear la comida sin pensarse a si mismos como un pedazo de nube. Pero hoy, está la lluvia, la sensación de que todo es inútil o que ya ha sido hecho. Está el domingo que se aproxima a su fin y el frío en los pies. Quien lea mis dispersos escritos no comprenderá el hilo conductor o la idea central. Como se gusta decir en los talleres literarios: el "tema" de los mismos. Sencillamente no hay ninguno. Me interesa que no haya ninguna idea central, ningún hilo conductor, ningún "tema". Eso es un invento de nuestro impotente cerebro. La necesidad de una guía, una señal, que nos lleve de las narices hacia algún lugar, sin tener que molestarnos en buscar. Una historia puede hacernos comprender el porqué de unos hechos, pero, puede no ser necesario que suceda algo para identificarnos con el sin sentido y la disolución. Al fin y al cabo, la falta de metas o esperanzas en sucesos próximos es lo que nos da una idea cabal de lo que Es. Y lo que Es no tiene sentido y se diluye. Podemos advertirlo en cualquier momento a nuestro alrededor. Me siento irreprimiblemente mal, lleno de pesar y con las sensaciones dislocadas. Nada encaja en su sitio. La mujer de la conserjería tiene otro rostro, las calles están levemente alteradas. Las cosas que hago son incomprensibles para los demás y ya no pretendo hacerme entender. Las cosas en el mundo siguen siendo iguales: veloces y demenciales como en un videoclip, pero es otro mundo. No el que yo conocí o imaginé. Es una sensación que no puedo definir y no puedo preguntarle a nadie por ello. Pienso en mudarme a Santiago. Prefiero creer que todo es alguna especie de alucinación, como en un cuento malo escrito por un adolescente, adonde todo termina: "...y me desperté". Pero sé que no voy a despertar. Entonces juego, tentando a la muerte, caminando muy cerca del borde del muelle o perdiéndome por las callejas que suben espiraladas por las colinas de Valparaíso, cubiertas de casas de madera coloreada y zinc, con niños que juegan en un impertérrito hilillo de agua que desciende, siempre igual. Modelo de todas las postales. Espero que la muerte me haga comprender algo o que, por lo menos, borre mi consciencia.
Saturación El tiempo ha muerto. Lo siento. Partí una tarde de Setiembre del aeropuerto de Mendoza y aun estoy cruzando los Andes en vuelo; me detuve en los pubs de Valparaíso y aun escucho la música golpeándome los oídos, transportándome indefenso; aún estoy de pie en la playa, escuchando al viejo ciego hablar sobre el cielo abandonado; aún estoy leyendo las cartas de una mujer que no recuerdo; aún un amigo deposita fax`s en una máquina del centro, papeles que yo recojo religiosamente y leo sin mucho interés. A veces también respondo. Todos esos hechos creen definirme. Creen delimitarme antes que simplemente me esfume "en el aire". ¿Estaré repitiendo esos actos toda mi vida?. El cansancio del día, una acumulación nada despreciable de sopor. En la radio la guitarra viva de Hendrix horadando la semioscuridad titilante del cuarto, junto al viento húmedo que se desliza adentro con la luz de los carteles luminosos. Voodoo Chile. El sabor amargo de la cerveza escandinava, sentado en el piso, la espalda apoyada contra la pared. Tengo tres cartas en el piso, las tres de la misma persona. Le escriben a alguien que debo ser yo: "detesto la certeza de que el mundo es una cosa estable y tranquila, a pesar de la guerra y la depresión" -escribe ella, mi antigua Berenice- "Encuentro sencillamente insoportable la idea de trabajar doce horas diarias, criar hijos, ver televisión, lavarme los dientes y rezar antes de dormir. Nada me garantiza que al final de eso no terminaré tan sola y asustada como al principio, cuando no sabía hacer esas cosas. También está mamá, husmeando por los rincones, preguntando por vos como al descuido, que porqué no te ve hace tiempo, que porqué no llamas. Estas con mucho trabajo, estas de viaje y ya volverás. Excusas, excusas. Como el amor que siento y no puedo matar". Ella dice, ella dice. Ella dice también que "nunca dejé de amarte, a pesar de todo lo que hice, pero se me olvidó demostrártelo. Te suplico que reveas ésta situación. Nunca es tarde para empezar de nuevo". El que debo ser yo pregunta: ¿empezar de nuevo qué?. Para recomenzar algo, se necesita acabarlo antes de alguna forma, y el que debo ser yo, no recuerda nada de eso. Ahora quiere usar el miedo o la dulzura para recuperar mi presencia. Pero mi presencia material en su vida es lo menos importante. Difícil es que lo entienda. Nunca estaríamos juntos, a través de la rutina. Y sin embargo esa rutina es a lo único que podemos aspirar y llamar vida. Una rutina que yo podría destruir todas las mañanas dejándole notas de despedida bajo la puerta. Como la última vez. "Por las noches, te espero, sé que inútilmente, porque en el fondo de mi corazón, sé que no vas a venir. Pero a pesar de todo, sé que tengo que esperarte. Mi vida se justifica en la espera. Pero necesito volver a sentirme viva. Sé que te pido mucho más de lo que podes dar, pero no porque no seas capaz, sino porque estás cansado de confiar." Por algún tiempo también aspiré a las cosas que creí merecer de la vida. Las cosas básicas que llevaban impreso en el dorso "esto es parte del camino a la felicidad". Junté para ello varios años de inútiles estudios, única salida para un hijo de clase media baja, y un puesto de trabajo en un lugar, hasta cierto punto interesante, la redacción de un nuevo diario. Alquilé un departamento, compré una pequeña moto y algunos otros objetos inútiles que no me hicieron mejor, pero aliviaron el aburrimiento de existir en la mediocridad prometida. Me convencí a través de curiosos momentos de lucidez que todo lo que hacía era lo correcto. Los amigos a quienes aún veía, mis relaciones en el trabajo, las mujeres con las que salía. Alguien, que no era yo, interpretaba desde las sombras mis actos y les asignaba un puntaje. Dos para una relación positiva y prometedora, uno para una persona neutra pero de la cual no era conveniente alejarse, cero para alguien peligroso que era mejor tener lejos. Mis errores hicieron el resto, o mejor, mis errores lograron demostrarme que algo no había encajado dentro de mi, a pesar de las cuidadas clasificaciones. El camino detrás parecía claro, pero me había llevado en la dirección equivocada. Tuve que revisarlo todo de nuevo y sólo Dios sabe el tiempo, el dolor y la duda que eso me costó. En el proceso de revisación, utilicé cirugía mayor. Para ello, desbaraté amistades y relaciones sociales a fuerza de crítica y desesperación. No contento con ello, la emprendí con las pocas cosas que quedaban en pie: abandoné mi trabajo y la única relación de pareja estable en años. De alguna forma, actuaba al jorobado de Notre Dame enloquecido en lo alto de su campanario, rechazando a la muchedumbre con aceite hirviente, como en la película de mi niñez. Debo agradecer que todo terminara esa tarde en el aeropuerto de Mendoza. Eso le dio un toque de dramatismo a mi chata existencia, que por lo demás, volvió a ser chata. Siempre dejamos un vacío detrás. Siempre alguien nos deja un vacío y se va. Somos seres efímeros. Nuestra gloria y nuestra caída son sólo destellos en la Gran Oscuridad. Destellos que sólo son vistos de cerca. El resto es la Gran Oscuridad y sólo a ella podemos aspirar. De ella venimos, está en nuestra sangre y se acomoda como nuestro destino. Tristeza sin fin, tristeza, sobre un mar de brumas ocultando el horizonte.
Un atardecer amarillo. Las luces exteriores prestándole un tono acaramelado a las maderas de la habitación. Brillos que explotaban en cada gota sobre los charcos del patio y deslizándose sobre los vidrios que dan a la calle. Nubes de luz, espectros del espacio, fulgores concavos en el aire limpio, recién llovido. Yo, sin embargo, no estaba allí. Me sentía culpable. Intolerablemente culpable. Había gastado cuarenta y cinco dólares en un par de cd`s que, en realidad para mi, no tenían precio: Tresspass y Foxtrot de Génesis, y contaba las monedas restantes, calculaba angustiosamente la manera de estirar mis menguados ahorros, sin tener que salir desesperadamente a lavar platos para pagar la cuenta del hotel. Muchas veces había tropezado, en esos días, con la insoportable idea de que debería hacer algo en los próximos meses para poder subsistir. Pero mi antigua profesión de escriba se me aparecía odiosa y carente de futuro. Inevitablemente, me recordaría todo lo que quería olvidar. Supuse además, que al no ser conocido en el medio, probablemente debería empezar desde las profundidades, como era obvio, y eso significaba notas deportivas, horóscopos o algo peor. Definitivamente no quería todo eso otra vez.
El siguiente pasaje, teñido de cierto lirismo filosófico, deriva posteriormente a lo que, al parecer, sería un comentario político de la realidad que Liedsson experimentó en su país de origen. Llama la atención, sin embargo, la falta de datos concretos acerca de nombres y fechas. Por otro lado, la simple enumeración de hechos, no nos deja adivinar su contraparte en la realidad y allí deberíamos acudir, nuevamente, al uso de hipótesis para señalar analogías entre lo nombrado y la historia argentina reciente. De todas formas, ese es un análisis que queda en manos de los especialistas.
Dentro de una hora, saldría para la radio y quería revisar antes las noticias. Conseguir ese trabajo era un tremendo alivio para mi alma oprimida, así que trataba de ser responsable y complaciente dentro de mis límites naturales. Había conseguido un diario argentino, fechado dos días atrás y a precio extorsivo, el cual no era mi favorito, pero serviría para saciar la sed de hechos. "La colección de hechos que nos definen", pensé. Necesitaba, tal vez, saber cómo el país se mantenía vivo donde lo dejé, seguro de que no se me extrañaría. Necesitaba saber, con una pasión fría y autoflagelante, cómo continuaba el robo deportivo de la minoría en el poder; cómo seguía el carnaval de los excluidos, con su minuto diario en los noticieros oficiales; imaginar la autosuficiencia irónica de los comerciales de T.V. anunciando la muerte del país desértico e indómito a manos de las ciudades criminales, habitadas por arios de última generación; ver, tal vez, la caravana enfermiza de estrellas decadentes, políticos sonrientes, modelos de dudosa fama; escuchar, tal vez, a los nuevos escritores viejos vendidos al diablo a falta del dios dinero; a los opinadores profesionales sobre temas inauditos; saber, tal vez, de los ídolos caídos desde alturas fabulosas, de los sicofantes tardíos; viajar, con las sirenas desmelenadas a las playas atestadas del tórrido verano. Me preguntaba si aun asesinarían a los periodistas molestos, si aún secuestrarían a los gobernadores, elegidos "democráticamente", para filmar videos porno con ellos y luego chantajearlos. Un negocio todavía virgen aquí en el sur, pensaba. ¿Seguirían festejando el precio que hay que pagar para pertenecer al primer mundo? ¿Seguirían callando a las voces del pasado?. La ecuación parecía simple: ellos se quedaron. Me echaron de mi casa y se quedaron dentro. De la forma que se mire es así. Puede oírse el ruido de la fiesta desde la calle. La gente que pasa en harapos se detiene y mira. ¿Qué hacer? Escribir o hacer películas testimoniales sobre ello? o ¿Tomar un arma y vaciarla sobre los que comandan el barco encallado? Los que dicen pelear el fuego con gasolina. Grandes hombres de nuestra historia. Pero la culpa sigue siendo de la memoria. En mi corta experiencia como ser humano conocí mucha gente que se dejaba olvidada esa cosa en sus cajones mas íntimos. Otros, ni siquiera la tenían. En el transcurso de los años, la memoria había sido devaluada incontables veces como para hacerla irreconocible. Por otra parte, sin devaluaciones nunca podría haberse adaptado a los tiempos que corrían ya que la llegada de nuevos hechos, actitudes y decadencias forzaba el espacio de la consciencia colectiva, para obligarlo a desalojar los antiguos hechos, dejar incólumes las actitudes y agregar nuevas decadencias. La tentación de ser víctimas y victimarios nos arrastró a lugares insólitos. Y la reivindicación del olvido como único fenómeno de la historia. Sobre el pasado, decimos, no se puede hacer nada, sólo escribir sobre él. Y llorar a los muertos. Dar cursos, seminarios y mentirles a las nuevas generaciones; darle la oportunidad a las quinceañeras de compartir pistas de baile, tragos, camas de hotel, con los verdugos que mutan y rejuvenecen; organizar charlas y video-debate a las que acuden siempre los mismos ciudadanos de barba de tres días y cartera verde en ristre; erigir carteles que señalan "Aquí se ubicaba el benemérito Campo de Concentración para la redención de los Desaparecidos". Aparecer con nuevos trajes. Imaginar también, mientras podamos, que los problemas se solucionarán mañana. Un mañana anónimo que nunca llega. Y de nuevo, el doble juego, y, si hay posibilidad de que el viento cambie, pasarse al bando de los verdugos sin el mínimo malestar. Arcadas en la puerta del tiempo. Mirar atrás sin ver que algo pasó y nos hizo una señal. Ser inmunes. Eternos. Esa es la lógica de los que escriben la historia. La historia se escribe con el olvido de los hechos. La lectura no calmó mi angustia. Adivinaba las respuestas y me daba nauseas. Soy víctima de mis palabras. A la una salí, asqueado y sin demasiadas novedades, tomé un taxi que me depositó en la entrada de la radio. Las sombras cubrían el edificio, que se caería con algún viento macho del pacífico, pero había luz en sus ventanales y eso me reconfortó.
Horas de radio En los siguientes párrafos, extractos de un libreto de programa radial, se describen, muy superficialmente algunas peculiares teorías que tratan de dar respuesta a tres preguntas fundamentales, enunciadas en el texto: ¿Qué somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos?. Sin contestarlas por completo, se ofrece, sin embargo, un principio de ideas orientadoras, sobretodo, del clima intelectual en que Liedsson se hallaba sumergido. Pueden trazarse analogías, por supuesto, entre algunas de las ideas generales aquí planteadas y el pensamiento científico actual. Ese es un camino de análisis posible.
"Son las tres a.m. en todo el país. Aquí tu compañía en la madrugada: Nuevas respuestas para viejas preguntas. Música, noticias y comentarios hasta las seis de la madrugada por Radio Pacífico. Estamos con ustedes a lo largo de toda la costa chilena a través de nuestra cadena de repetidoras. No queremos olvidar enviar un saludo a nuestros amigos de Talca que llamaron solicitando un tema musical." "Tenemos cosas interesantes para compartir con ustedes ésta noche de viernes. Tenemos los titulares de El Mercurio dentro de una hora aproximadamente. Tenemos la música que ustedes han programado a nuestro fono y el comentario de un tema que la gente de producción halló de gran actualidad. Podríamos agregar que siempre fue de gran actualidad. Puede resumirse en las preguntas: ¿de dónde venimos?, ¿qué somos?, ¿adónde vamos?. Supongo que todos nos hemos preguntado eso alguna vez. La respuesta , parece ser ofrecida actualmente por la ciencia, suplantando en muchos sentidos a las religiones. ¿Qué piensas tú de esto? Puedes llamar a nuestro fono para dejarnos también tu opinión. Pero ahora, el operador me señala que es tiempo de nuestro próximo tema musical: desde el quinto puesto del ranking Pacífico llega el grupo Deacon Blue y su Real Gone Kid. Quédense con nosotros en ésta frecuencia." Los primeros compases en el piano llenaron los auriculares y la voz de una chica se elevó (uhu, uhu, uhu, uhu) mientras el micrófono se cerraba. Estaba nuevamente aislado en la cabina respirando los vapores de la nausea. Por todos los rincones metálicos: encierro. A los tres minutos, la música comenzó a descender. El operador me hizo una señal. Comencé a leer despacio, relajado, deteniéndome en cada frase, mientras una nueva música, suave, etérea, subía detrás de mi voz lanzada a lo largo de toda la noche rocosa y húmeda. Piedras oscuras lamidas por la espuma en Isla Negra, bosques altivos desmenuzados en plata por la luz de la luna. "Si un ángel apareciera delante de ti, en éste instante, -leí- y estuviera dispuesto a responder una sola pregunta, ¿cuál crees que sería esa pregunta?. Algunas de esas preguntas están rondando la mente humana desde el principio de los tiempos y, con la llegada de nuevas formas de cultura, las respuestas que se ensayan, varían. Las preguntas para hacer al ángel podrían ser: ¿Qué somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos?. Como están las cosas, no debería extrañarnos que el ángel nos responda en los mismos términos que un científico ante las cámaras - silencio, las voces electrónicas in crescendo. ¿Qué somos? -continué. Genéticamente hablando, los humanos somos un noventa y nueve por ciento chimpancés. Los científicos dicen que un visitante del espacio exterior nos clasificaría como una tercer especie de chimpancé; no con la clasificación exclusiva con que nos premiamos a nosotros mismos. Entonces ¿qué nos hace distintos a otras especies de simios?. Algunos dicen que la inventiva, algo que adquirimos como consecuencia de desarrollar un lenguaje. Los primeros signos de inventiva, aparecieron hace cerca de cincuenta mil años, ha juzgar por las herramientas elaboradas, el arte rupestre y la forma de enterrar a los muertos de nuestros antepasados. Es posible que los cambios en la caja emisora de la voz, en nuestra garganta, facilitara la transmisión de información, permitiendo el desarrollo de la inventiva en las antiguas comunidades humanas. El profesor Stephen Jay Gould, está de acuerdo con esto y señala que la creatividad y el lenguaje, probablemente, evolucionaron juntos. Para ciertos filósofos, como Scrhödinger, el mundo es una construcción de nuestras sensaciones, percepciones y memorias, y el lenguaje ayudaría a crear ésta construcción." Hice una señal al operador, con sus pequeños ojos melancólicos, y la música subió nuevamente. Me relajé y esperé. Esperaba la respuesta al desafío por parte de desconocidos que a esa hora estuvieran dispuestos a pensar sobre si mismos y discutir lo que eran. Eso me salvaba de la nausea. Sólo temía la voz intimidante de la derecha infecciosa en el poder, los mismos capaces de justificar la prohibición del aborto y la peor masacre, todo en el mismo párrafo. Los mensajes con insultos como "bolchevique" o las referencias a diversas formas de homosexualidad, directamente no me eran entregados. Aún me faltaba decirles que, en realidad, todos venimos de una ristra de moléculas unidas entre si caprichosamente y que aún no sabemos, probablemente nunca sepamos, adónde vamos. Y eran apenas las tres y diez.
Las formas en el agua Lo siguiente, es el contenido de la "libreta verde" adonde hay un esbozo de historia acerca de un personaje llamado Berenice, lo cual no deja de ser significativo. Creemos que ésta historia actuó a modo de catarsis en el autor, ya que le permitió cerrar una situación inconclusa en su pasado, de la única forma que podía hacerlo: imaginariamente. Ignoramos si algunos de los hechos se corresponden con la realidad. Lo cierto es que su comprobación empírica ha sido entorpecida por la desaparición de la agenda de David llena de direcciones y números telefónicos. Sin embargo, la misma no sería de mucha ayuda, ya que las direcciones y números que figuraban en ella no correspondían, en muchos casos, a quienes identificaban o, simplemente, no existían. Otros decían no haber conocido jamas a David. Extraño, aunque de alguna manera, apoya la tesis de Liedsson acerca de un tiempo paralelo.
Les dejo, a quien sea, una visión: fondo azul difuso. Los pies se despegan del suelo y estoy suspendido por unos segundos en una caída que me ramifica en miles de átomos. Soy y no soy el ente que cruza la superficie tensada del agua hacia el fondo índigo y móvil. El frío en la piel. Escamas que crecen como deseo ardiente desde cada poro. Soy nuevamente un pez, un reptil. Floto en el silencio luego de la zambullida y el agua me recibe con una corona de burbujas. Las formas vienen después. Aparecen desde el añil como nubes, abriéndose paso en el líquido. Me siento indefenso y tranquilo, víctima y huésped. Me rodean con movimientos ondulantes y su gracia me contagia. Parecen espumosas y suaves, pero intuyo que guardan algo tórrido e inicuo en su interior. Siento una enorme alegría pisciforme y nado. Nado junto a ellas. Nos vamos, despacio, contoneando nuestros cuerpos en las aguas azules. Nadamos hermanados, hacia un confín oscuro e impensado, las formas y yo...
Despertar. De alguna forma, se debe hacer siempre, pase lo que pase. Por la tarde, después de las cuatro, había paseado por Alameda y la zona céntrica hasta la plaza de Armas, comprando ropa y dejando que el smog se pegara a la piel, como un amigo. En Ahumada me detuve a comprar algo de música, nada memorable. Sólo algo del viejo y buen jazz que acuna nuestras almas, hermano. Algo del gran Charlie Parker, algo en vivo de Miles Davis, algo de una nena rubia y holandesa que tocaba el saxo como un negro del Bronx , mezclando el acid con el pop con el rock. El efecto era extraño y prometedor. También había tropezado en un escaparate con algo de los Ratones Paranoicos y Divididos. "Como en casa - pensé - sólo que infinitamente más solo." No bailo, no, Carolina. Y sin querer me encontré a mi mismo mirando un fino frasco de Paloma Picasso. Imaginando una primorosa encomienda y una tarjeta rosa: "With all my Faraway Love". Sin firma. Un golpe de efecto. Simplemente eso. Desistí a tiempo de la idea. Afortunadamente, ya no tenía dinero. La primera noche en Santiago dormí como un bendito, sintiendo ese alivio que sólo la seguridad del futuro incierto te puede dar. El alivio de saber que todos tus problemas no tienen solución de ninguna manera. Entrégate a ellos y goza. Si no puedes enfrentarlos, claro. Con ese convencimiento encaré las próximas jornadas. Los días pasaron sobre mi sin tocarme. Me acepté como un ser alado e intemporal. Es decir, venido de otro tiempo. A un tiempo donde el Quijote no era el Quijote y las fechas estaban sutilmente alteradas por un hado maléfico. Si le comentaba eso a alguien, sonaría divertido o me tomarían por un literato venido a menos, cuya obra aún no se ha escrito y que sólo será comprendida dentro de un par de siglos. Bien mirado, era una sensación de poder nueva, de triunfo en la derrota. Como si pudiera reírme de todas las demás criaturas sabiendo algo que ellas no sabían. Me volví petulante y engreído, debo reconocerlo, pero, en cierta forma, eso me ayudó profesionalmente. Conseguí un puesto en la redacción del Mercurio y desde allí comencé a organizar mi vida nuevamente. Se sabe, que en el mundo de los negocios y de las noticias conviene ser agresivo y orgulloso como una marca de fábrica. Eso brinda posibilidades de acenso, debido a que en la lucha por la existencia, el triunfo debe ser adjudicado a los vencedores (El Chesterton de mi tiempo dijo eso, ¿no?. Aquí, ignoro si existió). Todo pareció estabilizarse, una vez aislado de Berenice, quién no sabía mi nuevo paradero, alejado el fantasma de las deudas, que apretaban mi cuello sin piedad, y sin ninguna mujer a la vista que empañara el horizonte. Lo único estable en el mundo eran las hamburguesas de McDonald al mediodía, la lata de Free, la computadora y la música de Radio Futura. Me instalé en esa rutina como una tabla de salvación, la usé como un antídoto contra el desmantelamiento de la conciencia. Mis nuevos compañeros aprendieron a mantenerse a una saludable distancia, lo que me permitió no intimidar con nadie y disfrutar a solas de mi nuevo conocimiento adquirido. Hasta que me encargaron esa estúpida nota central en la Universidad de Chile. Algo, un artículo creo, sobre el presupuesto para Investigación. ¿Qué opinaban los docentes-investigadores acerca del nuevo presupuesto en Educación comparado con el de Defensa? "Alguien debe tener una opinión sobre eso!"- me dijeron como toda señal. Y allí partí, hacia la Universidad. Altivamente ignorante de todo lo concerniente al tema, pero completamente seguro de que tampoco aprendería nada nuevo. Daniel Montoya©1999
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