Parte II - Incubación


Las calles llenas de polvo de estrella

A Berenice le gusta soltarse el pelo cuando hay viento, y es lo que hace en éste momento, acodada en la barandilla de la terraza. La luz cae perpendicular sobre su rostro, prestándole una expresión que no le pertenece del todo y remarca, de alguna forma, su palidez. Está maquillada con cuidado, pero no puede evitar cierta mirada vidriosa, que muestra su real estado de animo. Alguien la ha invitado a conversar un par de veces, pero se ha negado. Es ese hombre de mediana edad y prominente vientre que le sonríe desde el otro lado del salón, levantando una copa de licor. Desde el fondo del salón llega una música hipnótica, de ritmo monótono y tribal. A mordisqueado algunos bocados, pero sólo mira las luces de los muros de enfrente, relamiendo esa tristeza morosa que la posee desde hace tiempo, como un manto neblinoso que fuera junto a ella. Más exactamente, desde que encontró la nota bajo la puerta. Pero ahora sólo sabe que odia las recepciones y las presentaciones de libros, las cosas que hacen perder el tiempo inútilmente, con el sólo fin de aliviar el ardor del ego ajeno.

También a Berenice le gustan los hombres, pero no de algún tipo reconocible, con características detallables. Tal vez, lo que unifica a todos los que creyó llevar a la cama por amor alguna vez, es poseer algo retorcido o problemático en su personalidad; casi todos dependientes o sufrientes de inseguridad crónica. Tipos a los que había que proteger de si mismos. Pero ella no lo sabe, o prefiere callarlo. Tampoco sabe de lo que es capaz, ni sabe demasiado de si misma.

Por lo pronto, regresa al salón, sintiendo escalofríos, como después de una mala noche. Pero ésta noche ni siquiera comenzó. Trata de mezclarse con los demás y comentar algo acerca del motivo de estar allí. "Sí, la primera parte del libro me pareció interesante, pero la tensión no se mantiene hasta el final. ¿Te diste cuenta?"; "Es que hay demasiados personajes para una trama tan simple. Imagínate que todos tienen que tener su parte"; "Pero a pesar de todo, me parece adorable su forma de decir las cosas"; "Lo que es exagerado, sin duda es su manía por las descripciones. Me parece que los desiertos no deben tener tanta poesía como él dice"; "De ninguna manera, deberías haber visto el Valle de la Luna de noche. Es inigualable. " Y así.

Berenice asiente y sonríe, asiente y sonríe, deseando que todo termine. Decide llenar nuevamente su copa y se acerca a uno de los mozos que deambula con gesto adusto entre las mesas. Toma una copa y deja la que traía consigo, en el momento en que alguien sube al estrado a su izquierda y emergen los aplausos. El hombre, vestido con un traje oscuro, de bigotes y semicalvo, carraspea frente al micrófono abierto, mientras acomoda los papeles que lleva en la mano.

"Señoras, señores, amigos todos -comienza. La interpretación que podríamos dar de éstas páginas que hoy nos convocan aquí serían vanas e ilusorias, por tanto, no las haremos. Como el título que nuestro buen Alejandro osó ponerle a éste cúmulo de palabras impresas recientemente en nuestra ciudad: personajes. Un título que parece no decir nada pero que se encuentra cargado de significados encontrados. Materia y anti-materia anulándose mutuamente. Sin embargo, debo reconocer, que después de leer éste libro, nos quedan algunas reflexiones para hacer, lo cual ya es bastante - Silencio-. Algunas veces -continúa-, las palabras fluyen, como un rrío naciente y otras veces, chocan con paredes desconocidas o se pierden por túneles inmensos que no quedan en ningún lugar y no van a ninguna parte. La función de la crítica, se sabe, nosotros, es guiar esas palabras por el Recto Camino, para decirlo usando un termino caro al budismo zen. Es decir, nuestra función es, digamos, la función del faro en las noches tormentosas del pensamiento. Como el glorioso "Faro de Alejandría", que me dícen ahora, fue encontrado en el fondo del Mediterráneo. No es de extrañar, porque todo lo que alguna vez existió, existe aún."

"Pero -dice el orador-, ¿Desde qué lugar se debe construir una literatura como espacio de reflexión? ¿O es que, acaso, la Perdida Primera no nos niega el acceso a la Ciencia, es decir, desde un punto de vista contrario, la Inconsciencia? ¿Desde qué ignominia de la escabrosa conciencia se halla el ser dividido en su fantasía; ser-objeto-de-otro-que-piensa; ser-objeto-de-otro; ser-objeto? Preguntemos -dice- ¿Estamos de alguna manera unidos en el ser-objeto-de o simplemente, aceptamos el no-ser-objeto-de? Es esa la pregunta que la literatura debe responder. Esa y no otra. Aunque puede haber Otras. Otras con mayúscula y sin H. El espacio de deflexión, decía, así construido no puede ser entendido de otra forma más que como espacio inverso de deyección. Punto neutro, si los hay. También los hay. Si. Como éstas niñas aquí delante - y señala a las damas de las primeras filas, de pie-, ellas están aquí esperando a que el sujeto-supuesto-del-deseo les entregue una valiente explicación del porqué de su anorgasmia. O, mejor dicho, del porque de su lujuria por la falta de orgasmo. Todos sabemos que no existe ninguna droga que altere el comportamiento. Así, ellas crean su propio espejo que les refleja una palabra invertida, unos labios mal pintados, un menage-a-tröis de indecible profundidad. La profundidad del Mandala invertido o de la decepción de los viejos amantes. Pero, esto suena como si no fuéramos a ningún lado, pero es que estamos yendo al no-lugar, desde donde, digo yo, se debe construir el espacio para que la literatura reflexione. Sobre qué y para qué va a reflexionar, eso es harina de otro costal, como diría mi amigo Miller. Nuestra pregunta es, aquí, arquitectónica, basal. Estamos interesados en una ingeniería del deseo, una biotecnología del ser, una aeronáutica de los espacios internos y no otra cosa es la literatura que pensamos atender en éstas estancias. Nos dirán -dice-¿qué clase de lugar debe ser ese? Piienso que ese lugar no debe ser, siquiera. Siquiera por respeto a las viejas glorias, las insignias muertas por la causa de la LI-TE-RA-TU-RA. Eso que los franceses llaman la muerte del padre tribal a manos de la computadora portátil, o algo peor -Se detiene, suspira-. Estamos, sí -dice-, al borde del abismo. Como la princesa robada atada desnuda al altar de sacrificio y nuestro dios es un dios vengativo. Un dios hecho de viento y lluvia, de papel y tinta, de lánguidos anocheceres de otoño, donde todo se apaga lentamente, de becas universitarias y dedicatorias a los gobernantes de turno. Ese es nuestro dios. ¿A quién lloraremos entonces? ¿En qué lugar alojaremos a la princesa desnuda, tranquilizándola con palabras de cortesía, con finezas gastronómicas y sirvientas melancólicas que la llenen de cuidados; para después, !oh, bestias lujuriosas!, entrar en las sombras de sus aposentos y forzarla a la mas baja ignominia? Esto es, leerle párrafos del conocido diccionario de Laplanche y Fontalis. ¿Serían ustedes capaces?. No me respondan. Ese lugar del que hablamos debería tener aire acondicionado, nos dicen, pienso, debido a las acaloradas y no-útiles discusiones que se avecindan - Los presentes, se revuelven algo inquiettos, tal vez por la mención de la palabra prohibida-. Pero no es allí - continúa el orador, seguro de su efecto- adonde giraremos sin fin, dueños de la más absoluta poesía, hermanos. No. Una y mil veces, !no!. !Observen ustedes!. La carne de los antepasados profanada por los suplementos literarios y por las críticas de cine -levanta en la mano una hoja de periódico -el titular reza: "Negó Pekín el inicio de nuevas hostilidades contra Vietnam"-. La voz de los dioses transmitida por las FM de dudoso buen gusto, incluidas las que difunden Rock and Roll. Sacudirse y girar, traducía mi abuelo, experto filólogo, a quien se le escapaba el verdadero sentido sexual del término. Para él también el lugar estaba negado. Igual que para nosotros y ¿quién sabe por cuánto tiempo? Todo por culpa de nuestra División. La Sagrada División del Sujeto Barrado que nos separa del continuum de la Gracia, hermanos. La División de la Alegría, seguirá allí. Sujeto perenne que no puede contemplar la risa de los mendigos ni las puestas de sol sin emocionarse hasta las lágrimas más saladas de que disponga. Menos aún, al saberse parte del Otro, el Gran Otro de la Incomunicación. Porque, seamos sinceros, ¿Quién ha comprendido algo hasta ahora? !Sólo aquel que es capaz de ser uno-con-el-objeto-que-es-en-si-mismo-uno-con-el-Universo! -grita. La consciencia del Abandono. Universo, decía, un sólo verso, etéreo, cálido, amable, rejuveneciente, grácil, brillante. Big, Bang. Eso, pienso que sería un buen tema para una novela ¿no les parece?. La voz que dice el Nombre del Padre resuena, hermanos, en algún viejo altillo, un desván empapelado de telas de araña. Hemos escuchado la voz del violín -dice-, solitaria, tal vez, sin extrañar la cadencia y la armonía...sólo la afinación. Porque...-continúa, apoyando un puño contra su pecho- !¿desde qué lugar se debe construir una literatura comprometida con un espacio de reflexión y que, a la vez, sea un espacio de poder que permita el libre interjuego entre las bandas de Moebius y los escenarios giratorios de Madonna? ! !¿desde dónde? ¿desde dónde?!!¿he?! - y grita, tomando el micrófono con ambas manos mientras comienza a desajustarse la corbata con movimientos nerviosos. Un Elvis calvo y de gafas, aullando sin música en un cóctel privado. Lastimoso final cuando se arroja desde el estrado entre la gente al grito de "!¿he?! !¿he?! !¿he?!".

En éste punto, Berenice, se persigna y dejando la copa vacía sobre una mesa cualquiera va en busca de su abrigo. Afuera, comienza una tenue llovizna.

Lluvia en el pelo, viento en el rostro.

Desde hacía un tiempo, pensaba que las diversas formas de la soledad, ya no le eran extrañas. Sola entre la gente, sola en si misma. A la madrugada se revolvía infinitamente entre las sabanas arrugadas y encontraba sus ojos inflamados en el espejo al levantarse. Luego, un café sin azúcar, apurado hasta la borra, y la carrera hacia el negocio. Siempre partir. Nunca dormir profundamente dos noches seguidas. Las horas del trabajo que borran ilusoriamente la existencia. Y a pesar de todo existir. Cuando la distracción acaba, o en los ratos de ocio, se regresa a la existencia, de donde nunca se sale y adonde siempre se vuelve con dolor. Sólo arrastrarse por las nuevas horas que llegan y se decoloran, como las anteriores, y dejan ese gusto amargo de mal sueño. Arrastrarse sin la esperanza de que acaben. Sin la posibilidad de apagar la consciencia, de desactivar el sentido o la depresión. Y sobre todo ello, la lluvia.

Sin embargo, Berenice amaba las tardes de lluvia. Le traían buenos recuerdos. En otra tarde de lluvia, algún tiempo atrás, las cosas habían sido diferentes. Así fue que encontró a David, en una de esos raros atardeceres en los que lograba salir temprano del negocio, y aprovechaba para cruzar hasta la Plaza de la Intendencia y respirar el aire húmedo y fresco. Se relajaba paseando sobre las baldosas mojadas y evitando los charcos mientras los artesanos comenzaban a colocar sus puestos. Daba un par de vueltas hasta el borde de la Cañada, luego hasta el muro de los Tribunales y la Municipalidad y regresaba a sentarse frente a la pirámide de vidrio y aluminio en el centro. Observaba la gente, leía una y otra vez los mensajes en la cinta roja electrónica, se aburría, pero sabía que era la única forma de descanso para su agotado cerebro con listas de precios, talles y rostros de gente malhumorada. El estaba al otro lado de eso, al otro lado de sus pensamientos, mirándola, mientras fingía leer el diario en un banco al frente. El pelo lacio sobre la frente, facciones angulosas y un jean gastado bajo el saco azul marino, como de colegial, con las manos entrelazadas sobre las rodillas.

No fue amor a primera vista. Ella lo supo con el tiempo. Ella era incapaz de entregarse a ese sentimiento arrollador y perverso, sin antes decidir a quién, porqué y bajo qué circunstancias serían despertados. Si el amor era algo intratable e irresistible, era mejor cuidarse de sus síntomas.

Y ella escribía, en una carta que no pensaba enviar: "La vida se las ingenia siempre para darnos coletazos a lo largo del camino. Pueden ser pequeños accidentes que desencadenan catástrofes inauditas; pueden ser imperfecciones que amargan las visiones bellas. Puede ser un punto faltante en una larga cronología, algo que no sucedió. Los hechos nos explican y hablan un lenguaje propio. ¿Qué significan cuando están allí? ¿Qué significa dormirse sin sueños y olvidar la vida; a los que conocimos y a los que, de alguna manera, amamos? ¿Qué tiene de distinto una habitación de hotel de otra habitación de hotel? ¿Hacia donde van los hechos que nos construyen de ésta forma? ¿En qué se diferencia un día sin vos de otro día sin vos? ¿Acaso es distinto el hastío a cada momento?"

Y luego: "La vida se las ingenia para darnos palizas inesperadas, siempre, a lo largo del camino, dejándonos sentados mirando la dirección contraria. Hacia atrás. Así, uno cree que avanza, y en realidad, sólo vuelve a los mismos lugares donde el torbellino se retuerce, para girar una y otra vez atrapado en las mismas formas del dolor. Por eso el dolor nos eleva, en espiral, pero a nuevas formas de dolor. ¿ Dejamos atrás realmente los hechos? o, acaso, ¿nos persiguen siempre los mismos hechos una y otra vez, en diferentes situaciones, para suceder nuevamente, de una manera más perfecta? Los hechos son la infección de la vida que se esparce. No habrá otro hombre en este mundo que me haga sentir lo que me hiciste sentir"

El le decía que su perfil le recordaba antiguos castillos europeos. Misteriosos y señoriales. Eso la hacía estremecer. Pero no podía entender bien porqué. Ahora que escribía sobre ese pasado, le parecía una cosa muerta y perimida. "El hecho que dejara de hacerte caricias, y muchas veces te insultara, no implicaba para mi dejarte de amar". Y volvía a dar vuelta ese casete que él le dejara y escuchaba "Love, love will tear us apart", cantada por esa voz oscura y vibrante, y sin saber porqué, recordaba que David le había contado que quien cantaba en esa cinta, había muerto. Entonces, también se daba cuenta que no hacía mas que pensar en todas esas cosas, cosas diferentes, pero que en realidad eran una sola, durante todo el tiempo, sin descanso. "...simplemente busco que mi vida vuelva a tener algún sentido", se justificaba y acababa manchando el papel con esas lágrimas que caen en círculos.

El cuento de la cinta

"El amor, el amor nos despedazará". La cinta vuelve a girar con vida propia. Berenice espera una llamada mientras se encuentra recostada en el sofá. Aún no había podido averiguar el porqué de aceptar esa cita con Guillermo. No le desagradaba, pero tampoco le parecia fascinante. Adivinaba claramente sus intenciones, podía hasta imaginar lo que le diría o haría en determinada situación, pero no podía decir no. Nada, mas allá de ser el mejor amigo de David y, por tanto, un ilusorio contacto con él. Nada palpable. Pero no podía rechazarlo y se dirigía hacia su destino como empujada por un viento maléfico y cegador. Allí estaban las orillas del Estigio y una figura embozada sacaba una mano esquelética desde abajo del manto corrompido y la abría ante sus ojos. Imaginaba lo que seguía.

Eso pensaba mientras bajaba por el ascensor, media hora antes de la cita, como siempre. El mismo ascensor en que viera y sintiera a David, inexplicablemente, por última vez. El espejo y las maderas lustradas de los costados estaban llenas de reminiscencias difusas y sensaciones vagas. El recuerdo de una ambigua excitación la angustiaba antes de llegar a planta baja, pero el rostro de su memoria no era el de David. Las facciones sufrían un leve proceso de desintegración. Temía comenzar a olvidarlo.

Una vez en la calle, la atmósfera densa de ruido y humo, terminó de borrar el rostro de su mente y fue reemplazado, indeliberadamente, por el de Guillermo. Sonriente, seguro de si mismo, tratando de perecer amigable. La posibilidad la asustó. Apuró el paso hasta la avenida, a pesar que aún era temprano.

- ¿Porqué no caminamos por un rato?- dijo él, utilizando su mejor sonrisa. Todo él oliendo a litros de Kevin. Se puso a su lado y ella no pudo evitar un ligero temblor recorriéndole la espina dorsal. Aferró su cartera y respiró profundamente tratando de parecer casual. Se avergonzaba de sus piernas y de su forma de caminar con tacos, a los que no estaba acostumbrada. Trataba de no pasar por tonta. Sin embargo, parecía condenada a demostrar lo contrario.

-Te noto tensa, Beri -dijo Guillermo.
-No estoy bien.
-Supongo que no tenés demasiado motivo parra estar bien.
-¿Sabes algo de David? -preguntó ella de rrepente. Ahora él se puso tenso.
-Por favor, Beri. No te invito a salir parra hablar de David.

Ella guardó silencio.

Caminaron despacio, recorriendo las peatonales sin rumbo. El tenía las entradas del cine en el bolsillo y las acariciaba con la yema de los dedos.

-No me llames "Beri" -le dijo ellla después de un rato.
-Lo siento, no sabía que te molestaba tantto.
-Así me decía él. - Guillermo no necesitabba preguntar a quien se refería.

Entraron a un bar. Tenían tiempo. Ambos ordenaron y bebieron un cortado en silencio. Por momentos, Guillermo trataba de iniciar conversación sobre temas superficiales. Ella respondía con monosílabos ausentes. Por fin preguntó:

-¿Porqué no me dijiste antes lo que sabíass? ¿Porqué me ocultaste tanto tiempo esa información, haciéndome esperar y pensar cosas que no eran? - El miraba la cuchara que giraba dentro de su café sin responder.

-No sé - dijo por fin.

- ¿Qué es lo que no sabés?

-No sé como explicarlo -comenzó él, sin miirarla a la cara- Aún para mi es muy confuso. Yo creí conocerlo, pero me equivoqué. No termino de entender porqué hizo lo que hizo. Sé que se sentía muy mal, angustiado por cosas que sólo él veía, me parece.

-No estás contestando lo que te pregunté.<

-Sí. Pero tengo que decirte esto antes. Daavid no era, no es, lo que nosotros pensamos que es. Eso es lo que quisiera que comprendas, antes de seguir acosándome con preguntas que no sé cómo responder. Sé que tuve la culpa. Debí haberte dicho lo que sabía cuando me preguntaste, pero, comprendéme. Le prometí a él guardar el secreto - Berenice abrió los ojos enormes por unos segundos en un gesto adorable- Sí, lo que oíste. Por eso no me importó demasiado después. Hice lo único que podía hacer. Nada mas. Por eso estoy aquí, creo. Tal vez, para tratar de arreglar algo del daño que él causó. Pero también por otro motivo, un poco mas íntimo. -Berenice miraba a la calle, ausente. Parecía no haber oído nada. Su rostro sin expresión, con dos enormes ojos oscuros y los labios remarcados en rojo.

Cuando se hizo la hora, cruzaron al cine, sin que ella cambiara demasiado su actitud.

Las aguas envenenadas

En la escena que ella recordaba, el hombre se hallaba de pie en el centro de una habitación moderna, pero cálida, con muebles de madera. Parecía una casa de campo. El acababa de colgar el teléfono y la chica aparecía desde el fondo de la habitación. Una morena delgada y sensual. Un rápido cambio de cámaras mostraba los rostros sonrientes de ambos, por unos segundos, al reconocerse. Luego la perspectiva cambiaba de nuevo y los rostros adquirían la seriedad del deseo. Ella vestía una blusa blanca y llevaba el pelo suelto en cascada hasta la pollera amplia y oscura. En la historia, él estaba casado y ella era su cuñada. Ambos mantenían una relación clandestina desde hacía cierto tiempo. Pero en ese instante, ella se acercaba ondulando, excitante y se paraba frente a él. Entre las butacas oscuras del cine, Berenice despertaba a sus viejas conocidas, las lágrimas y se mordía el labio inferior mientras las luces y sombras se revolvían en la pantalla. Sabía que Guillermo, a su lado, no le prestaba atención a la película. Tenía los ojos clavados en ella a través de las penumbra densa del cine. Berenice pensaba: "Qué perdida inútil de tiempo!" mientras enjugaba delicadamente el borde del párpado. Pero la acción continuaba. La chica se quitaba lentamente los aros y uno de ellos (!oh! manejos del destino) rodaba a un lugar en la alfombra del cual sería imposible rescatarlo después y la trama se resolvería gracias a ese objeto. Pero ahora, ella simplemente besaba, con la boca abierta y el movimiento de su lengua se adivinaba en la mejilla, mientras él la levantaba despacio entre sus brazos. Ella lo rodeaba con sus piernas a la altura de la cintura, corría levemente sus ropas mientras él hacía otro tanto. Todo balanceándose a un metro del suelo. Luego, ella descendía despacio, dulcemente, hasta encontrar el tope adecuado y húmedo para detener su caída. Al parecer, ella no usaba ropa interior. Sin embargo, la caída había comenzado. Fundido en negro, la piedad de lo sobreentendido. Todo le recordaba a si misma y en ese momento, Berenice sintió un roce demasiado evidente en la oscuridad y miró a Guillermo, furiosa, casi a punto de soltar un improperio. Sus ojos tranquilos y profundos la calmaron. Se contuvo de gritar, aun sintiendo esa mezcla de excitación y repulsión que la embargaba. Excitación por la situación. Repulsión por lo que sucedía en su mente. Y la película apenas por la mitad.

Después de la medianoche, Berenice terminó en el departamento de Guillermo, sin tener aún una buena excusa para darse a si misma. Podría decirse que algo inquieta al principio, pero luego se acostumbró. Entonces él apareció desde el fondo de la habitación, terminando de anudar una salida de baño color beige. Ella pensó "¿cómo se atreve, qué se cree?". Sin embargo, no le dijo nada. Hizo ademan de tomar su cartera y salir. El sirvió las bebidas con gestos medidos, suaves y comenzó a hablar. Lo hizo durante diez minutos, diez horas, diez siglos, una pequeña eternidad. Berenice no se movía, aun con la cartera al hombro y sentada en el borde del sillón. Lo cierto es que cuando su mano le rasguñó la espalda tratando de desprenderle el soutien, recién tomó conciencia de esos labios acariciándole el cuello y de la sensación de fuego y nieve en el centro exacto del vientre. Entonces era tarde para decirle a su propia boca que no se abriera en ese gesto voluptuoso y a sus propias piernas que no se separaran insinuando la victoria por anticipado. Cayó bajo su cuerpo sin darse cuenta, sin intentar calmar los latidos que amenazaban con desencajarle el pecho.

Antes de dormitar en el sillón, cansada y jadeante, con las ropas arrugadas a un costado y el semen corriendo entre sus piernas, entreabrió los ojos y la vio una vez mas. La mano esquelética con la palma vuelta hacia arriba, esperando, codiciosa, su moneda.

El nuevo rostro de la muerte

Supo que estaba embarazada aún antes del primer síntoma. Corrió a la farmacia y compró un test comercial que no hizo mas que confirmar los motivos de su ansiedad. Ahora entendía porqué el rostro de David se borraba de su mente. Los días, esa pesadilla absurda y continua, la habían vaciado lentamente, comenzando por sus recuerdos. El inmisericorde paso del tiempo había secado hasta sus lágrimas, y éstas le parecían ahora una cosa artificial e inocua. No eran suficientes para lavar todo ese dolor. Un dolor seco y compacto en el fondo de lo que algunos llaman "alma". Seco, frío y compacto como nieves eternas. Eso era a todo lo que podía aspirar.

Decidió que la criatura debería tener el rostro de David, sino su nombre, a pesar de todo, para poder recuperarlo de alguna forma. Pero a la vez, supo que quizás nunca vería ese rostro, como una forma de pagar una culpa que asumía por si sola, como real. Todas esas ideas confusas la sumían en depresiones recurrentes que Guillermo soportaba en silencio. Nada memorable.


Daniel Montoya©1999

 

 

 

 

 

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